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sábado, 26 de septiembre de 2026

Papa León XIV en homilía en París, 26-9-2026: «Jesucristo, por su encarnación, sale al encuentro de cada persona y se le revela como la verdadera fuente de agua viva capaz de saciar su sed de sentido, verdad y de plenitud»

* «El ser humano es, en esencia, un ser de deseo y sólo Dios puede llenar ese vacío interior. Sí, hermanos y hermanas: Jesucristo, el Buen Pastor, nos conduce, como el pastor guía a sus ovejas, hacia la fuente de la felicidad y la paz. Él conoce a cada uno y cada una de nosotros por nuestro nombre. Ninguno de nuestros secretos, de nuestras intenciones, de nuestras debilidades se le escapa. Él escruta las profundidades de nuestro corazón. Él dio su vida por nosotros y sigue entregándola a través de los sacramentos. Lleva sobre sus hombros a las ovejas cansadas o heridas, y trae de regreso con delicadeza a las que se han descarriado. Jesús revela el amor incondicional de Dios por nosotros. Para Él, ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible» 

  

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Dirijamos nuestra mirada hacia la Madre de Dios, Fuente de Salvación, aquella que guía nuestras vidas hacia su Hijo, autor de toda gracia. Con su “sí” libre y confiado, ella se convirtió en el humilde receptáculo querido por Dios, en el que el amor del Padre se encarnó para entregarse al mundo. Invoquémosla con confianza para que, por su intercesión, surjan manantiales de agua viva en el seno del Pueblo de Dios y hagan florecer por toda Francia los brotes de la fe, la esperanza y la caridad. Amén» 


26 de septiembre de 2026.- (Camino Católico) “Es Jesucristo, por su encarnación, quien sale al encuentro de cada persona en su historia y se le revela como la verdadera fuente de agua viva capaz de saciar su sed. No se trata tanto de una sed material, sino de una sed de sentido, de verdad y de plenitud que habita en el corazón de cada uno”, ha reflexionado el Papa León XIV en la homilía de la Santa Misa, que ha celebrado ante 700.000 personas en la plaza de la Concordia de París, en la tarde de este sábado 26 de septiembre.



León XIV ha invitado también a realizar un examen personal sobre aquello que cada persona busca para alcanzar la felicidad y advierte que, después de conseguir objetivos, recompensas o satisfacciones, puede reaparecer un vacío interior que lleva a buscar nuevos placeres, posesiones o formas de entretenimiento para evitar enfrentarse a esa inquietud profunda. “Cuando creemos que por fin hemos terminado nuestro trabajo y que nuestros esfuerzos han sido recompensados, muy a menudo resurge el vacío interior, aún más profundo. Entonces, para llenarlo, es posible que busquemos nuevos placeres, que queramos poseer cosas nuevas, que hagamos todo lo posible por “divertirnos” para no sentir ese malestar interior.”



Por ello, plantea una serie de preguntas a los fieles: «¿Cuál es nuestra sed más profunda? ¿Qué buscamos realmente en la vida?». El Papa señaló que todos desean felicidad, amor y plenitud, pero que la cuestión fundamental consiste en preguntarse en qué fuente se intenta saciar esa sed.




León XIV destaca que para Jesús cada persona posee una dignidad única e irrepetible: «Ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible». En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A FRANCIA

25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026


SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


“Place de la Concorde” (Paris)

Sábado, 26 de septiembre de 2026




Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias a Dios por el don que me ha concedido de estar aquí, en esta Plaza de la Concordia, para celebrar la Eucaristía. Sí, ¡qué bueno y dulce es para los hermanos y hermanas convivir unidos (cf. Sal 132,1), para proclamar la grandeza de Dios! Que mi presencia entre ustedes confirme su fe y los anime a irradiar y transmitir sin cesar la vida, la paz y el amor de nuestro amado Señor Jesucristo.

 «El que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37). Hermanos y hermanas, nuestra comunidad sedienta se abre paso hacia Cristo, fuente de agua viva; esa agua que sacia la sed y hace florecer la vida, esa agua del amor de Dios que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

El deseo de Dios habita en lo más profundo de nuestro corazón, y clamamos con el salmista: «mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,3). Es el clamor de un hombre, humilde y apasionado, cuya sed más íntima y existencial no deja de crecer. Ahora bien, es Jesucristo, por su encarnación, quien sale al encuentro de cada persona en su historia y se le revela como la verdadera fuente de agua viva capaz de saciar su sed. No se trata tanto de una sed material, sino de una sed de sentido, de verdad y de plenitud que habita en el corazón de cada uno. Jesús responde a ese profundo deseo de relación, de comunión con Dios, en quien reside la plenitud de la vida para siempre.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel veía cómo el agua brotaba del Templo y, al extenderse por el desierto, purificaba y fertilizaba todo (cf. Ez 47,1-2.8-9.12). Más tarde, san Juan verá brotar agua del costado traspasado de Jesús, al entregar el espíritu (cf. Jn 19,30-34). Todos pueden beber entonces de esta fuente para renacer y recibir el don del Espíritu, a fin de convertirse en hijos de Dios, en nuevas criaturas.

Hermanos y hermanas, hemos de reconocer que aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente. Cuando creemos que por fin hemos terminado nuestro trabajo y que nuestros esfuerzos han sido recompensados, muy a menudo resurge el vacío interior, aún más profundo. Entonces, para llenarlo, es posible que busquemos nuevos placeres, que queramos poseer cosas nuevas, que hagamos todo lo posible por “divertirnos” para no sentir ese malestar interior.

La Liturgia de la Palabra de hoy nos invita a examinar nuestro corazón: ¿cuál es nuestra sed más profunda? ¿Qué buscamos realmente en la vida? Todos anhelamos la felicidad, el amor y la plenitud. Pero, ¿en qué fuente buscamos saciar nuestra sed? ¿Nos conformamos con los bienes materiales, con las satisfacciones inmediatas, con esos pequeños ídolos tan numerosos que prometen la luna y las estrellas, pero dejan vacío nuestro corazón? Por el bautismo, hemos recibido el agua viva de la que habla el Evangelio, pero ¿realmente hemos encontrado a Cristo personalmente? El ser humano es, en esencia, un ser de deseo y sólo Dios puede llenar ese vacío interior. Sí, hermanos y hermanas: Jesucristo, el Buen Pastor, nos conduce, como el pastor guía a sus ovejas, hacia la fuente de la felicidad y la paz. Él conoce a cada uno y cada una de nosotros por nuestro nombre. Ninguno de nuestros secretos, de nuestras intenciones, de nuestras debilidades se le escapa. Él escruta las profundidades de nuestro corazón. Él dio su vida por nosotros y sigue entregándola a través de los sacramentos. Lleva sobre sus hombros a las ovejas cansadas o heridas, y trae de regreso con delicadeza a las que se han descarriado. Jesús revela el amor incondicional de Dios por nosotros. Para Él, ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible.

Al verlos aquí reunidos, hermanos míos, herederos de una larga y hermosa historia de santidad en Francia, les digo: sacien también ustedes su sed en esta fuente, que es el Corazón de Jesús traspasado. Sí, tienen sed de Dios, de vida, de verdad, de unidad, de paz, de comunión, de felicidad. Aspiren a redescubrir un horizonte luminoso, a construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe. No guarden esta fe en Jesucristo sólo para ustedes, más bien dejen que se desborde para saciar y colmar a las personas con las que se encuentran. Les corresponde a ustedes llevar la esperanza allí donde reinan el desánimo y la sequía espiritual.

De hecho, al aceptar vivir en la verdad bajo la mirada de Jesús podemos ser auténticos, podemos ver nuestras vidas con lucidez. Ciertamente nuestras vidas son frágiles, vulnerables, destinadas a atravesar la muerte, pero también son maravillosas, milagrosas, capaces de renovarse en sus relaciones y de abrirse al amor verdadero.

«Beba el que cree en mí; […] “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”» (Jn 7,37.38). Al saciarnos de la fuente que es el Corazón de Cristo, nos convertimos nosotros mismos, como escribió Orígenes, en pozos, manantiales y ríos para los demás (cf. Homilía 12, 1, 2-3). En efecto, el creyente que bebe de ella se convierte también en fuente de vida gracias a su vínculo existencial con Cristo y transmite esa misma vida a su prójimo.

Queridos hermanos y hermanas, el agua viva del Espíritu Santo se ha derramado en abundancia y sigue dando fruto en la Iglesia a través de los misioneros y los testigos presentes en todas las culturas y entre todos los pueblos. Esta agua fecunda cuanto se deja tocar y transformar por ella para producir su fruto, es decir, la santidad de quienes adoran al Dios verdadero y sirven a sus hermanos y hermanas con caridad y generosidad. En este hermoso país que es Francia, muchos se han saciado de esta agua viva a lo largo de los siglos y han consagrado totalmente su vida al bien: los primeros mártires como Blandina, Potino e Ireneo; los santos fundadores y fundadoras de órdenes religiosas, los santos obispos como Martín de Tours y Francisco de Sales; los hombres y mujeres con un corazón sensible a las necesidades de sus semejantes, como Vicente de Paúl, Federico Ozanam, Juana Jugan y muchos otros. Aún hoy, son muy numerosos en nuestra sociedad, en nuestras parroquias y en nuestras diversas actividades quienes continúan comprometiéndose a favor de la vida, la familia, la verdad, la paz, la fraternidad y la justicia.

Desde esta hermosa ciudad de París, rezo con fervor para que el agua viva del Espíritu Santo se derrame sobre toda Francia. Pienso en ustedes, queridas familias, quienes, a pesar de las múltiples dificultades que enfrentan a diario, perseveran valientemente en su misión. Les agradezco de corazón por todo el bien que se realiza a través de ustedes; que nunca se agote en sus vidas la presencia concreta de Jesús. Pienso en ustedes, queridos jóvenes: son la Iglesia de hoy. ¡Qué hermoso es ver su entusiasmo, su dinamismo, su compromiso y la alegría que llevan a las comunidades cristianas! Pienso también en ustedes, queridos catecúmenos y neófitos, que emprenden el camino de la fe, de la conversión y de la iniciación cristiana. Que puedan dar testimonio, a quienes los rodean, del camino que están recorriendo y motivarlos a que, a su vez, se planteen preguntas. Que el don del Espíritu Santo los convierta en testigos vivos, dispuestos a difundir a su alrededor la civilización del amor.

Hermanos y hermanas: dirijamos nuestra mirada hacia la Madre de Dios, Fuente de Salvación, aquella que guía nuestras vidas hacia su Hijo, autor de toda gracia. Con su “sí” libre y confiado, ella se convirtió en el humilde receptáculo querido por Dios, en el que el amor del Padre se encarnó para entregarse al mundo.

Invoquémosla con confianza para que, por su intercesión, surjan manantiales de agua viva en el seno del Pueblo de Dios y hagan florecer por toda Francia los brotes de la fe, la esperanza y la caridad. Amén.

PAPA LEÓN XIV

Fotos: Vatican Media, 26-9-2026

Santa Misa de hoy, sábado, votiva de la Virgen María, presidida por el Papa León XIV, en París, 26-9-2026


Foto: Vatican Media, 26-9-2026


26 de septiembre de 2026.- (Camino Católico) El Papa León XIV ha celebrado, la tarde de este sábado, la Santa Misa, votiva de la Virgen María, ante 700.000 personas, en la Plaza de la Concordia de París. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.



“Es Jesucristo, por su encarnación, quien sale al encuentro de cada persona en su historia y se le revela como la verdadera fuente de agua viva capaz de saciar su sed. No se trata tanto de una sed material, sino de una sed de sentido, de verdad y de plenitud que habita en el corazón de cada uno” ha reflexionado el Santo Padre en su homilía y ha invitado a convertir la fe recibida en una fuente de esperanza para los demás. Ha exhortado a las familias, los jóvenes, los catecúmenos y toda la comunidad cristiana a llevar el Evangelio allí donde existe el desánimo, la soledad y la «sequía espiritual».

domingo, 8 de diciembre de 2024

Matthieu, bombero en el fuego de Notre Dame: «Abandoné la fe al no entender cómo Dios permite el sufrimiento. En el incendio, la cruz brillaba en medio de las llamas y salí convertido de la Catedral, reconciliado con Cristo»


Los bomberos de París al entrar en la catedral en llamas, donde se aprecia la cruz «que brillaba con luz propia»

* «Puedo decir ahora que la presencia de Nuestro Señor estaba ahí para consolarnos. Fue una señal del cielo, una visión que cambió mi vida. He vuelto a ir a misa varias veces por semana. He vuelto a rezar, veo muchas películas para ponerme al día con muchas cosas que no he aprendido durante toda esta vida sin el Señor. También me he confirmado y me alegra acompañar a alguien al catecumenado. Pero, sobre todo, estoy mucho más atento al Señor y veo todos los signos que nos envía a través de los demás. Tengo el corazón abierto y trato de darme. Me alegra mucho dar mi tiempo a los demás. Me gusta escuchar a los demás porque veo que la gente necesita hablar, pero sobre todo necesita ser escuchada. No siempre es fácil, lo tengo que admitir, pero es realmente lo que la gente necesita en este momento»

Camino Católico.- «Frente a mí se encontraba el altar y la famosa cruz (...) La cruz brilló intensamente. ¡Pero, ojo! No estaba iluminada. Era la propia cruz la que difundía la luz. ¡Solo la veíamos a ella! Entonces experimenté una gran paz, y sentí que no debía tener miedo». Quien así habla es uno de los bomberos que entró en la catedral de Notre Dame de París en la noche de aquel aciago 15 de abril de 2019. Le ha relatado su experiencia a la revista Famille Chrétienne y a Les 7 routes Notre-Dame, un portal francés dedicado a las peregrinaciones religiosas y lo traduce y sintetiza Álex Navajas en El Debate.

Ha preferido mantenerse en el anonimato, y la página web le identifica con el nombre de Matthieu. Cuando llegó con el resto de los bomberos a la explanada del templo catedralicio en llamas, se quedó muy sorprendido al ver «a un montón de gente de rodillas, orando. ¡Fue muy impresionante! Cantaban, oraban. Los vimos devastados. ¡Estaban increíblemente unidos! Fue muy hermoso», rememora el bombero.

Matthieu iba a misa cuando era un niño. «Incluso era monaguillo», recuerda. «Luego, al ver todas las abominaciones que te puedes encontrar como bombero, además del dolor de las personas, abandoné la fe. No entendía cómo Dios podía permitir tal desolación», relata Matthieu, en una historia vital que recuerda a la de tantas otras personas que se apartan de Dios al experimentar el sufrimiento. «Sí, lo dejé todo. No entendía por qué Nuestro Señor permitía eso. Dudé durante muchos, muchos años. Pero el día del incendio, por asombroso que parezca, fui rescatado, y salí de la catedral convertido», subraya. El rescate de Matthieu, por supuesto, en medio de las llamas de Notre Dame, fue espiritual.

Salvar el tesoro de la catedral

Pero regresemos a la noche del incendio. Cuando la dotación de bomberos en la que estaba Matthieu llegó a Notre Dame, «la aguja del tejado seguía en pie». «Sin embargo, cuando se derrumbó, se decidió recuperar los objetos del tesoro de la catedral, los cuales son de un valor incalculable», prosigue el bombero. «Reliquias, la corona de espinas, clavos de la crucifixión de Nuestro Señor, pero también custodias y otros objetos litúrgicos», enumera. Con todo su equipo, «seguimos al conservador hasta la sala del tesoro. El objetivo era salvar el mayor número posible de obras, con el mayor cuidado que pudiéramos», desvela.

Unos bomberos, durante la operación contra el fuego en Notre Dame

Cuando entró en el templo envuelto en llamas, «había un inmenso agujero en el techo». Fue entonces cuando pudieron ver la cruz resplandeciente. «Me quedé al menos 10 o 15 segundos atónito ante esta visión... Me sentía totalmente unido de corazón a corazón con esta cruz. Luego volví a trabajar. En ningún momento me sentí en peligro, y esto fue un detonante para mi reconciliación con Nuestro Señor», señala Matthieu. Ver a todos los fieles orando frente al templo envuelto en llamas «ya le había preparado» para lo que vendría después. «Puedo decir ahora que la presencia de Nuestro Señor estaba ahí para consolarnos. Fue una señal del cielo», señala rotundo.

¿Se trató realmente de un hecho milagroso, de una experiencia subjetiva, o de un simple reflejo de las llamas sobre la cruz dorada? Para Matthieu, curtido en numerosas operaciones contra el fuego, fue «una visión que cambió mi vida». Ciertamente, el bombero no iba predispuesto aquella noche para tener ningún tipo de «vivencia espiritual», y su destreza adquirida en labores de extinción de incendios nos hacen suponer que no es un hombre fácilmente impresionable. Esta dilatada experiencia, además, le servirá sin duda para distinguir cuándo las llamas se reflejan o cuándo no. Máxime cuando otros objetos dorados de la catedral permanecían en la penumbra mientras la cruz refulgía.

Otra perspectiva de los bomberos en el momento de acceder al templo parisino

Desde que el bombero «salió de la catedral convertido», ha vuelto a ir a misa. «¡Por supuesto que voy!», enfatiza. «Si es posible, varias veces por semana. He vuelto a rezar, veo muchas películas para ponerme al día con muchas cosas que no he aprendido durante toda esta vida sin el Señor», agrega. «También me he confirmado y me alegra acompañar a alguien al catecumenado. Pero, sobre todo, estoy mucho más atento al Señor y veo todos los signos que nos envía a través de los demás. Tengo el corazón abierto y trato de darme. Me alegra mucho dar mi tiempo a los demás. Me gusta escuchar a los demás porque veo que la gente necesita hablar, pero sobre todo necesita ser escuchada. No siempre es fácil, lo tengo que admitir, pero es realmente lo que la gente necesita en este momento», observa Matthieu.

«Cada mañana empiezo mi día con el Señor», confiesa el bombero. «No siempre es fácil, pero intento aprovechar bien este tiempo. Si lo hacéis, veréis cómo nos tranquiliza y el Señor nos irá moldeando. Así que no lo dudéis», invita Matthieu. Su conversión no se ha limitado solo a él: «Mi madre está volviendo a misa, y mis seres queridos están en proceso», señala.

La cruz quedó intacta tras el incendio de más de nueve horas. Se trata de una obra realizada en madera recubierta de oro por el escultor Marc Couturier, uno de los más importantes de Francia en el siglo XIX. Se puede encontrar una explicación racional a por qué la cruz no sufrió daños especialmente graves con las llamas, y es que la temperatura que alcanzó el interior del templo catedralicio no supero los mil grados necesarios para que el oro se funda. Donde sí se produjo un cambio radical fue en el alma del bombero Matthieu. Parece que Dios puede hacer brotar, de las cenizas, nuevas conversiones.