“Es imposible que yo, por mi propia voluntad, accediera a dejar el alcohol. Solo pudo ser Dios, que me echaba una mano, no encuentro otra explicación… Mi familia era muy creyente, pero, desde la adolescencia, yo estaba muy separado de la religión. Un día, en el programa de reinserción, fuimos de viaje final de curso a Fátima, y me confesé. Todavía recuerdo cómo me sentí después de la confesión. Me emocionó. Fue algo increíble… Tenía mucho miedo a confesarme porque no sabía ni qué decir. Pero el sacerdote me ayudó. Me sentí tremendamente aliviado y comprendí muchas cosas”

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