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viernes, 3 de abril de 2026

Alberto Varela, 27 años, cofrade del Ferrol: «El Viernes Santo de 2017 hubo un momento en el que sentí un verdadero encuentro con Dios que me marcó de por vida. Noté cómo se podía remover mi corazón y todas mis entrañas»


Alberto Varela Muñiz tuvo un encuentro con Cristo y ahora es es delegado de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol / Foto: Cedida por Alberto Varela Muñiz - El Español

* «Una vez tienes esa experiencia de Dios y puedes sentirlo de verdad, es algo que te cambia la vida»

Camino Católico.- Alberto Varela Muñiz en su adolescencia vivió un evento que cambió por completo su forma de ver la vida. Sintió un encuentro con Dios que, en sus palabras, "me marcó de por vida". A sus 27 años, es delegado de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol.  

"Mi círculo más cercano es creyente, pero no practicante. Vengo de una familia católica muy de cofradía y de fe puntual, pero no de fe de cada domingo", explica en una conversación telefónica con El Español. "Mi proceso de despertar fue progresivo", agrega.

En su caso, el punto de inflexión llegó durante la adolescencia, alrededor de los 13 años. A raíz de su participación en la Semana Santa de Ferrol, algo empezó a fraguarse en su interior. "Me disgusté mucho porque había estado rezando para que hiciera buen tiempo en los días grandes", explica.

A partir de entonces, Alberto empezó a frecuentar la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, en la plaza de Amboage. "Era algo totalmente intrascendente en aquel momento. Simplemente quería ir a ver a la Virgen, no es que me interesase la eucaristía, ni la fe, ni nada", relata.

Sin embargo, con el paso de los años, Alberto fue cumpliendo etapas dentro de su hermandad y cuando pasó a la sección de portadores, empezó a preguntarse, a raíz de una lesión, si valía la pena estar debajo de un paso.

"Me pregunté si existía dentro de mí un pozo más espiritual y fue a partir de ese momento cuando empecé a frecuentar la iglesia los domingos", comenta.

Alberto menciona que, “en el Viernes Santo de 2017, mientras realizaba la estación de penitencia con la Virgen de los Dolores, hubo un momento en el que sentí un verdadero encuentro con Dios que me marcó de por vida. Noté cómo se podía remover mi corazón y todas mis entrañas", añade.

Alberto Varela Muñiz junto al obispo Fernando García Cardiñanos / Foto: Diócesis de Mondoñedo-Ferrol 

Este episodio marcó profundamente la vida de Alberto y tuvo la certeza de que lo que sentía era real y que su acercamiento a Dios era sincero.

"Un par de años más tarde, cuando tomaba unas cañas con unos amigos, conocí a un chico que estaba preparándose para ser sacerdote, era siete u ocho años mayor que yo", cuenta. Este encuentro fortuito le llevó a descubrir la delegación de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, de la que ahora es delegado.

Actualmente, Alberto compagina su vida como opositor con la pastoral juvenil. "A mi amigo Jorge le salió trabajo en Navarra y el obispo pensó en mí para tomar el relevo", recuerda.

Para Alberto, ser un joven católico hoy en Galicia es desdecirse de lo que pensaba hace diez años. "Temía que la fe fuese a seguir siendo algo residual, algo que se fuese haciendo cada vez más de nicho y que iba a ir apagándose", indica.

Alberto, no obstante, asegura haber conocido a Cristo de primera mano. "Una vez tienes esa experiencia de Dios y puedes sentirlo de verdad, es algo que te cambia la vida", asevera.

Este joven de 27 años forma parte de una comunidad en la que puede vivir su fe de manera compartida. "Es algo muy bonito y heredado de las primeras comunidades cristianas que se escondían en las catacumbas. Es un refuerzo maravilloso y una experiencia vital increíble".

jueves, 2 de abril de 2026

Papa León XIV en homilía en la Misa de la Cena del Señor, 2-4-2026: «El Señor nos ama y por eso nos perdona, purifica y lava, para que podamos corresponder a su amor»

* «No comprendemos que Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios. Así se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede existir. El Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él. Y el don divino nos transforma. Con su gesto Jesús no sólo purifica de las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de servicio y de amor» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Dejarnos servir por el Señor es, por tanto, condición para servir como Él lo hizo. ‘Si yo no te lavo’, le dijo Jesús a Pedro, ‘no podrás compartir mi suerte’ (Jn 13,8); si no me acoges como siervo, no puedes creer en mí ni seguirme como Señor. Al lavar nuestra carne, Jesús purifica nuestra alma. En Él, Dios ha dado ejemplo no de cómo se domina, sino de cómo se libera; de cómo se da la vida, no de cómo se destruye» 



2 de abril de 2026.- (Camino Católico)   “Cristo no ofrece su ejemplo cuando todos están felices y lo aprecian, sino en la noche en que fue traicionado, en la oscuridad de la incomprensión y la violencia, para que quede bien claro que el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros; nos ama, y por eso nos perdona y nos purifica. El Señor no nos ama si nos dejamos lavar por su misericordia; nos ama, y por eso nos lava, para que podamos corresponder a su amor” ha subrayado el Papa León XIV en su homilía de la Santa Misa vespertina de la Cena del Señor, celebrada, esta tarde, en la Basílica de San Juan de Letrán, Catedral de Roma.





En este Jueves Santo, “un día de ardiente gratitud y de auténtica fraternidad”, como lo describe el mismo León XIV, en el día del banquete con el que Jesús instituyó la Eucaristía, el “Sacramento de la salvación”, en la tarde que nos introduce en el Triduo Santo de la pasión, muerte y resurrección del Señor, “cruzamos este umbral no como espectadores, ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús”.





La celebración en la basílica constantiniana, ha asumido un tono de recogimiento y austeridad. Cardenales, obispos y sacerdotes de la Curia Romana y del Vicariato romano y numerosos fieles participaron en la primera Misa in Coena Domini de Robert Prevost, como Pontífice.






Después de la homilía, el Papa León XIV ha realizado el esperado rito del lavatorio de los pies a 11 sacerdotes ordenados el año pasado y a su guía espiritual a pies descubiertos, con un cierto pudor y profunda humildad. Quienes han participado en el lavatorio son: Andrea Alessi, Gabriele Di Menno Di Bucchianico, Francesco Melone, Clody Merfalen, Federico Pelosio, Marco Petrolo, Pietro Hieu Nguyen Huai, Matteo Renzi, Giuseppe Terranova, Simone Troilo, Enrico Maria Trusiani y Renzo Chiesa, director espiritual del Pontificio Seminario Romano Mayor.




Al concluir la Santa Misa, León XIV ha llevado el Santísimo Sacramento al lugar de la reposición en la Capilla de San Francisco y tras un breve momento de adoración, se ha retirado en silencio, tal como los fieles presentes en la basílica. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



JUEVES SANTO «CENA DEL SEÑOR» 


MISA VESPERTINA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Juan de Letrán

Jueves Santo, 2 de abril de 2026


Queridos hermanos y hermanas:

La solemne liturgia de esta tarde nos introduce en el Triduo Santo de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Cruzamos este umbral no como espectadores, ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús; como invitados a la Cena en la que el pan y el vino se convierten para nosotros en Sacramento de salvación. Participamos, en efecto, en un banquete durante el cual Cristo, «que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Su amor se convierte en gesto y alimento para todos, revelando la justicia de Dios. En el mundo, precisamente allí donde prevalece el mal, Jesús ama definitivamente, para siempre, con todo su ser.

Durante esta última Cena, Él lava los pies a sus apóstoles, diciendo: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15). El gesto del Señor forma una sola cosa con la mesa a la que nos ha invitado. Es un ejemplo del sacramento; a la vez que confirma su sentido, nos confía una tarea que queremos asumir como alimento para nuestra vida. El evangelista Juan elige la palabra griega upódeigma para relatar el acontecimiento del que fue testigo; significa “lo que se muestra ante los propios ojos”. Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la palangana y el delantal, es mucho más que un modelo moral. De hecho, nos entrega su propia forma de vida; lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne, su memoria inconfundible. Al asumir la condición de siervo, el Hijo revela la gloria del Padre, desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia.

Junto con la muda sorpresa de sus discípulos, incluso el orgullo humano nos hace abrir los ojos a lo que está sucediendo. Al igual que Pedro, que al principio se resiste a la iniciativa de Jesús, también nosotros debemos «aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; […] porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 20 marzo 2008). Estas palabras del Papa Benedicto XVI reconocen con lucidez que siempre estamos tentados a buscar un Dios que “nos sirva”, que nos haga ganar, que sea útil como el dinero y el poder. En cambio, no comprendemos que Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios. Así se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede existir. El Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él. Y el don divino nos transforma.

Con su gesto Jesús no sólo purifica de las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de servicio y de amor. Necesitamos su ejemplo para aprender a amar, no porque seamos incapaces de ello, sino precisamente para educarnos a nosotros mismos y a los demás en el verdadero amor. Aprender a actuar como Jesús, Signo que Dios imprime en la historia del mundo, es la tarea de toda una vida.

Él es el criterio auténtico, el «Maestro y Señor» (Jn 13,13) que despoja de todas sus máscaras tanto a lo divino como a lo humano. No ofrece su ejemplo cuando todos están felices y lo aprecian, sino en la noche en que fue traicionado, en la oscuridad de la incomprensión y la violencia, para que quede bien claro que el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros; nos ama, y por eso nos perdona y nos purifica. El Señor no nos ama si nos dejamos lavar por su misericordia; nos ama, y por eso nos lava, para que podamos corresponder a su amor.

Aprendamos de Jesús este servicio recíproco. De hecho, Él no nos pide que se lo devolvamos, sino que lo compartamos entre nosotros: «Ustedes también deben lavarse los pies unos a otros» (Jn 13,14). Así lo comentaba el Papa Francisco: «Es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñado» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 28 marzo 2013). Él no hablaba de un imperativo abstracto, ni de una orden formal y vacía, sino que expresaba su fervor obediente por la caridad de Cristo, fuente y ejemplo de nuestra caridad. El ejemplo dado por Jesús, en efecto, no puede ser imitado por conveniencia, de mala gana o con hipocresía, sino sólo por amor.

Dejarnos servir por el Señor es, por tanto, condición para servir como Él lo hizo. «Si yo no te lavo», le dijo Jesús a Pedro, «no podrás compartir mi suerte» (Jn 13,8); si no me acoges como siervo, no puedes creer en mí ni seguirme como Señor. Al lavar nuestra carne, Jesús purifica nuestra alma. En Él, Dios ha dado ejemplo no de cómo se domina, sino de cómo se libera; de cómo se da la vida, no de cómo se destruye.

Entonces, ante una humanidad abatida por tantos ejemplos de brutalidad, postrémonos también nosotros como hermanos y hermanas de los oprimidos. Así es como queremos seguir el ejemplo del Señor, haciendo realidad lo que hemos escuchado en el libro del Éxodo: «Este será para ustedes un día memorable» (Ex 12,14). Sí, toda la historia bíblica converge en Jesús, el verdadero Cordero pascual. A través de Él, las figuras antiguas encuentran su pleno significado, porque Cristo, el Salvador, celebra la Pascua de la humanidad, abriendo para todos el paso del pecado al perdón, de la muerte a la vida eterna: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía» (1 Co 11,24).

Al renovar los gestos y las palabras del Señor, esta misma tarde recordamos la institución de la Eucaristía y del Orden sagrado. El vínculo intrínseco entre los dos sacramentos representa la entrega perfecta de Jesús, Sumo Sacerdote y Eucaristía viva por los siglos. En el pan y el vino consagrados se encuentra, en efecto, el «sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (Conc. Vat. II, Const. dogm. Sacrosanctum Concilium, 47). En los obispos y en los presbíteros, constituidos «sacerdotes del Nuevo Testamento» según el mandato del Señor (Conc. de Trento, De Missae Sacrificio, 1), reside el signo de su caridad hacia todo el Pueblo de Dios, al que estamos llamados a servir, amados hermanos, con todo nuestro ser.

El Jueves Santo es, por tanto, un día de ardiente gratitud y de auténtica fraternidad. Que la adoración eucarística de esta noche, en cada parroquia y comunidad, sea un momento para contemplar el gesto de Jesús, arrodillándonos como Él lo hizo, y pidiendo la fuerza para imitarlo en el servicio con el mismo amor.


PAPA LEÓN XIV




Fotos: Vatican Media, 2-4-2026

Santa Misa vespertina de la Cena del Señor de hoy, Jueves Santo, presidida por el Papa León XIV, 2-4-2026


2 de abril de 2026.- (Camino Católico) Como Jesús a sus Apóstoles, en este Jueves Santo, León XIV en un gesto de humildad y misericordia ha lavado los pies a 12 sacerdotes de su diócesis, en la Misa in Coena Domini celebrada, esta tarde, en la Basílica de San Juan de Letrán, Catedral de Roma. Cumpliendo la voluntad del Señor de dar un ejemplo de entrega, de servicio y de amor lavándonos los pies los unos a los otros, el Papa en su homilía recuerda que al lavar nuestra carne, Cristo purifica nuestra alma, nos libera y nos da la vida. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.



Después de la homilía, el Papa León XIV ha realizado el esperado rito del lavatorio de los pies a 11 sacerdotes ordenados el año pasado y a su guía espiritual a pies descubiertos, con un cierto pudor y profunda humildad. Quienes han participado en el lavatorio son: Andrea Alessi, Gabriele Di Menno Di Bucchianico, Francesco Melone, Clody Merfalen, Federico Pelosio, Marco Petrolo, Pietro Hieu Nguyen Huai, Matteo Renzi, Giuseppe Terranova, Simone Troilo, Enrico Maria Trusiani y Renzo Chiesa, director espiritual del Pontificio Seminario Romano Mayor.



Al concluir la Santa Misa, León XIV ha llevado el Santísimo Sacramento al lugar de la reposición en la Capilla de San Francisco y tras un breve momento de adoración, se ha retirado en silencio, tal como los fieles presentes en la basílica.




Fotos: Vatican Media, 2-4-2026

Homilía del P. Javier Martín y lecturas de la Misa vespertina de la Cena del Señor de hoy, Jueves Santo, 2-4-2026

31 de marzo de 2026.-  (Camino Católico).- Homilía del P. Javier Martín, FM, y lecturas de la Santa Misa vespertina de la Cena del Señor de hoy, Jueves Santo, emitida por Magníficat TV.

Palabra de Vida 2/4/2026: «Los amó hasta el extremo» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 2 de abril de 2026, Jueves Santo, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.

Evangelio: San Juan 13, 1-15:

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando, ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo:

– «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».

Jesús le replicó:

– «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dice:

– «No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó:

– «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

Simón Pedro le dice:

– «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dice:

– «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

– «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

Homilía del evangelio del Jueves Santo: Hemos sido liberados para liberar, Jesús nos ha lavado los pies para que los lavemos a nuestros hermanos / Por P. José María Prats

* «Que este signo tan bonito del lavatorio de los pies que realizamos en la liturgia de hoy se convierta en realidad cada día en el cuidado de nuestros ancianos, enfermos y personas necesitadas, y en la alegría de vivir para servir y promover la vida»

Jueves Santo

Éxodo 12, 1-8,11-14 / Salmo 116 / 1 Corintios 11, 23-26 / San Juan 13, 1-15

P. José María Prats / Camino Católico.-  Las lecturas que hemos proclamado nos ayudan a profundizar en el misterio que estamos celebrando en este día.

La primera lectura nos habla de las circunstancias que hicieron posible la salida de Egipto de los israelitas. Para liberar a su pueblo de la esclavitud del faraón, Dios suscitó todo tipo de plagas: convirtió en sangre las aguas del Nilo, hizo caer granizo con una fuerza extraordinaria, inundó el país de langostas, ranas y mosquitos... pero nada de esto fue suficiente para liberar a Israel.

¿Qué hizo posible esta liberación? El sacrificio de un cordero. Dios pide a su pueblo que cada familia mate un cordero, que pinte con su sangre las jambas y el dintel de su casa para salvar de la muerte a sus primogénitos y coma su carne para poder emprender el camino hacia una vida en paz y libertad en la tierra prometida.

Israel, pues, había asumido que su salvación estaba asociada al sacrificio de un cordero, cuya sangre los libraba de la muerte y cuya carne los sostenía en el camino hacia una vida plena y feliz. Cada año debían repetir este rito para hacer presente esta salvación y llevarla a su plenitud.

Es en el contexto de la celebración de este rito pascual cuando –como narra San Pablo en la segunda lectura– Jesús hace algo totalmente inesperado: «tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.” Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.”» El mensaje de Jesús a sus discípulos no puede ser más claro: “en mí se hacen realidad las figuras del Antiguo Testamento, yo soy el verdadero Cordero de Dios cuyo sacrificio os trae la salvación, cuya sangre os libra de la muerte eterna y cuya carne os sostiene en el camino hacia una libertad y felicidad plenas en la vida eterna. Cada vez que celebréis este rito se hará presente en vosotros el sacrificio por el cual os libro de la esclavitud del pecado y os comunico mi vida y mi victoria”.

Finalmente, el evangelio nos muestra que esta nueva vida que hace posible el sacrificio de Cristo, es una vida de servicio y entrega a los demás: hemos sido liberados para liberar, Jesús nos ha lavado los pies para que los lavemos a nuestros hermanos. Que este signo tan bonito del lavatorio de los pies que realizamos en la liturgia de hoy se convierta en realidad cada día en el cuidado de nuestros ancianos, enfermos y personas necesitadas, y en la alegría de vivir para servir y promover la vida.

P. José María Prats

Evangelio: 


Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.


Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos».


Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

San Juan 13, 1-15