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lunes, 8 de junio de 2026

Papa León XIV a los obispos españoles, 8-6-2026: «La Iglesia debe ofrecer un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones y carismas, que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios»

* «La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor. En esta tarea, el ministerio del obispo asume una responsabilidad peculiar. Estamos llamados a ser principio visible de comunión, en primer lugar, de la comunión con Cristo, custodiando con amor la fe recibida, en docilidad a la Palabra de Dios y a la Tradición viva de la Iglesia; después, en la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal, con el presbiterio y con la propia comunidad diocesana, con la vida consagrada, con los movimientos, con las asociaciones y con cada carisma auténtico que el Espíritu dona para la edificación común. Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con el discurso del Papa León XIV

* «Nuestro viaje está hecho de encuentros, en ellos no faltarán los que viven momentos de oscuridad, y nos reclaman que nos hagamos para ellos samaritanos. Uno de los más dolorosos es con aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación»


8 de junio de 2026.- (Camino Católico).- “La Iglesia, en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, debe ofrecer un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios”, ha dicho el Papa León XIV este lunes a los obispos españoles durante su encuentro con la Conferencia Episcopal Española, coincidiendo con su 60º aniversario, en el marco de su viaje apostólico al país.


“Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado”, afirmó el Papa.


El Pontífice ha dedicado también una atención especial a la pastoral vocacional, advirtiendo de que “no puede reducirse a una simple búsqueda de números”. Según explicó, las vocaciones nacen “de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande”.


El Papa ha abordado también la cuestión de los abusos cometidos por miembros de la Iglesia. León XIV ha calificado esta realidad como “una de las experiencias más dolorosas” que encuentra la comunidad eclesial y reclamó una respuesta basada en “la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado”. “Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación”, afirma el Pontífice. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la alocución del Santo Padre, cuyo texto completo es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ESPAÑA

(6-12 DE JUNIO DE 2026)

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE ESPAÑA

SALUDO DEL SANTO PADRE

Sede de la Conferencia Episcopal (Madrid)

Lunes, 8 de junio de 2026

Queridos hermanos en el Episcopado:

Es con gran gozo que me presento ante vosotros en este tercer día de mi viaje apostólico en España. Después de saludar a los representantes políticos que me han recibido en el Parlamento, me gustaría ahora aprovechar estos momentos juntos para reavivar la comunión tal y como Jesús aconsejaba a sus apóstoles (cf. Mc 6,31). Agradezco a Mons. Luis Javier Argüello García las amables palabras que como Presidente de la Conferencia y en nombre de todos me ha dirigido, espero que las mías puedan confluir en ese diálogo en el Espíritu que supone acoger todo lo bueno que el Señor nos dice a través del hermano. El camino sinodal emprendido por la Iglesia, es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial, es uno de sus valores fundamentales.

Es un diálogo fecundo que como Iglesia vais definiendo en distintos modos. Uno concreto, que podemos evocar, es el de los congresos que estáis realizando. Me detengo en los celebrados en 2020 y 2025, que han tenido una especial repercusión: Pueblo de Dios en salida y ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión. Sus temas inciden en las cuestiones esenciales: ¿cómo se pueden afrontar los retos actuales? y ¿quiénes están llamados a acoger este desafío?

En mi contribución a esta reflexión, se me ha ocurrido proponeros la imagen de un viaje en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada. Es un viaje sui generis ya que realmente no nos movemos materialmente, pero en el que queremos dejar volar nuestro corazón.

Una tentación en los viajes es la de obsesionarnos con lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas, sin abrirnos, en docilidad al Espíritu, a la novedad de lo que encontramos. A esta tentación se añade la del equipaje, que, por parecidas razones, llenamos de cosas inútiles que terminan siendo un lastre. Por otro lado, no conviene tampoco olvidar algo que aprendemos de las vicisitudes de tantos emigrantes: una persona sola, sin raíces y sin recursos, es alguien que sufre terriblemente y que con gran dificultad puede establecer vínculos sólidos en el lugar adonde llega.

De ese modo, en esta primera fase de nuestro periplo, nuestra respuesta a la pregunta de cómo podemos afrontar este reto que nos hemos propuesto debe conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o incluso nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita. Cómo no recordar aquí el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona: con su belleza, que llega hasta el no creyente, o con los vínculos de pertenencia que ha sido capaz de tejer en la identidad espiritual de cada rincón de este amado pueblo, y que permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila. Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz.

Otro tesoro que no podemos olvidar en nuestra alforja es el Viático del peregrino. El Pan de la Palabra y de la Eucaristía nos son aún más necesarios que el alimento material, porque nos abren el camino de la salvación. No es un problema de cómo hacer más o menos atractiva la celebración, es sentir que, si somos parte de Él, su ausencia nos produce un desasosiego que podemos comparar con el hambre material. La vida sacramental va acompasando nuestra existencia como la de un niño que recibe el alimento de su madre, como la de un deportista que va midiendo las fuerzas necesarias para llegar a la meta.

Por otra parte, algo que suele costarnos mucho al viajar es comunicarnos con el otro. Sea debido a la lengua y la cultura distintas, sea por la desconfianza hacia lo desconocido, sea por las rencillas e incomprensiones que pueden darse incluso entre personas cercanas, nos sentimos limitados a la hora de expresarnos o de comprender a nuestro interlocutor. Es una experiencia que podemos llevar al anuncio del Evangelio, a la acogida del otro, a la capacidad de responder a los cuestionamientos del mundo que nos rodea o a la necesidad de activar la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad en nuestras acciones pastorales. Si antes hemos dicho que debemos abandonar todo lo que nos frena y aleja, ahora la consigna debe ser que nuestro patrimonio sea siempre instrumento y oportunidad de diálogo con aquellos que encontramos en nuestro camino.

Como sucede a los peregrinos del Camino de Santiago, en nuestro viaje podemos encontrarnos con esas inmensas planicies castellanas, vacías a nuestros ojos. Los pocos encuentros de estos peregrinos con algunas personas mayores o con trabajadores extranjeros, pueden ser una metáfora de muchas situaciones sociales que por desgracia se perciben en algunas de vuestras realidades eclesiales. No es la primera vez que España enfrenta una situación análoga: en el pasado, por ejemplo, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en las franjas de tierra quemada, surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América y que pueden ayudarnos aquí en nuestra misión.

Como entonces, estamos llamados a construir una nueva realidad, a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hiciera el famoso santo alfaquí de Granada, fray Hernando de Talavera, y más adelante repitiera en América santo Toribio de Mogrovejo, del que estamos celebrando el tercer centenario de la canonización, presentándolo precisamente como modelo de obispo en salida en un tiempo de misión y reorganización eclesial. Aunque los lenguajes en esta era digital son distintos y las culturas que ahora componen el mosaico de nuestras realidades, con migrantes de todas las partes del mundo, también han cambiado, pero el espíritu debe permanecer.

¿Cuáles son los puntos esenciales de ese espíritu? El primero tiene que ver con la capacidad de comunicar, de hablar con cada realidad presente en nuestro territorio, de abajarse no sólo para comprender, sino para compartir. Sólo sobre la base de poner en común todo lo bueno que hay en el propio patrimonio, aportando cada uno su granito de arena, podremos edificar una realidad nueva en la que la fe pueda hundir raíces profundas. Para ello, lógicamente, hay que comenzar por aprender el lenguaje del otro, iniciar procesos e ir tejiendo vínculos donde poder sembrar la semilla del Reino. El segundo es la llamada a crear realidades capaces ellas mismas de comunicar la propia experiencia de fe. Capaces de llevar —como hizo Toribio— la experiencia de Granada a América, es decir, de atesorar en nuestro equipaje los recursos que nos permitan afrontar con franqueza los retos siempre nuevos de la evangelización en cada circunstancia.

Después de las llanuras desiertas, encontraremos también grandes ciudades, en ellas, el silencio y la lejanía no son espaciales sino íntimos. Las respuestas serán distintas, pero los procesos para llegar hasta ellas, análogos: escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza.

Los peregrinos suelen salir de noche y muchas veces esa oscuridad inicial del camino puede asustarlos. Podríamos evocar el himno de vísperas, La noche es tiempo de salvación, para decir que, si vamos en buena compañía, las dificultades del caminar y el peligro de extraviarse se reducen. Es el Señor quien nos conduce, Él es el dueño de la historia y de cada una de nuestras historias, Él determina los tiempos. Nosotros caminamos tras de Él, más aún, caminamos con Él como miembros de un sólo cuerpo. Ese vínculo profundo exige a la Iglesia, en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios. La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor.

En esta tarea, el ministerio del obispo asume una responsabilidad peculiar. Estamos llamados a ser principio visible de comunión, en primer lugar, de la comunión con Cristo, custodiando con amor la fe recibida, en docilidad a la Palabra de Dios y a la Tradición viva de la Iglesia; después, en la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal, con el presbiterio y con la propia comunidad diocesana, con la vida consagrada, con los movimientos, con las asociaciones y con cada carisma auténtico que el Espíritu dona para la edificación común. Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado.

La comunión vivida de ese modo posee también una fuerza misionera. Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad a los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones, a los que no creen, a las autoridades civiles y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por el bien común.

Esta llamada a ser signo de comunión en Cristo, caminando en unidad y tendiendo nuestra mano al hermano que encontramos, nos pone delante de otro desafío que toca hoy el corazón de muchos: la dificultad de asumir compromisos definitivos y de tomar decisiones vitales profundas. En tantos jóvenes, y no sólo en ellos, la pregunta: “¿Para quién soy?” resuena como una búsqueda sincera de sentido, de pertenencia y de don. El corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias, se colma cuando descubre una llamada, cuando comprende que la vida llega a plenitud sólo si es donada.

Por eso, la pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números. Esta nace de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande. Donde el Evangelio es vivido con alegría, servicio y comunión, también la llamada del Señor puede ser nuevamente escuchada como promesa de vida.

Antes hemos hablado de equipajes cargados y los peregrinos del Camino de Santiago saben bien que en la mochila debe cargarse sólo lo esencial. Como en reiteradas ocasiones propuso el Papa Francisco, en el actual contexto vocacional, es necesario decir que la conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación. Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a sacerdotes bien formados. El criterio para que los seminarios sean auténticas casas de formación es que aseguren una adecuada experiencia de vida comunitaria; que tengan formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual; y que cuenten con Centros Superiores de Teología dotados con los medios necesarios para desarrollar su función. Para ello es imprescindible, además de aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos.

En este terreno, las dificultades pueden ser vividas como oportunidades. A veces nos resulta difícil presentar la vocación de los laicos y su integración en este viaje de vida que como Iglesia estamos realizando. Por otro lado, vemos como en muchas obras, tradicionalmente gestionadas por religiosos, se recurre a colaboradores laicos para poder seguir realizando la tarea. Es una dificultad que podemos convertir en oportunidad de encuentro, de diálogo y de comunicación. De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su participación en este servicio eclesial como una llamada que Dios les hace a asumir su responsabilidad como cristianos, interiorizando el espíritu, sintiéndose parte de la misión que el Señor encomendó a los religiosos que la pusieron en pie.

Como veis, nuestro viaje está hecho de encuentros, en ellos no faltarán los que viven momentos de oscuridad, y nos reclaman que nos hagamos para ellos samaritanos. Uno de los más dolorosos es con aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación.

Esta misma lógica vale también para los desafíos de un mundo secularizado. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo no rechazan simplemente a Dios, muchas veces llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza, incluso cuando no saben darle un nombre. La Iglesia está llamada a reconocer estos anhelos, a escucharlos con respeto y a ofrecer, como Pedro y Juan al paralítico junto a la puerta del templo, el tesoro que les ha sido confiado: Jesucristo, en cuyo nombre el hombre puede levantarse y caminar (cf. Hch 3,1-10). También cuando colabora con otras instituciones, religiosas o civiles, incluso cuando ofrece ayuda material, educación, asistencia o promoción humana, la Iglesia no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo. Ese mensaje cala en la sociedad, que no duda de manifestar su aprecio por muchas de estas obras. Así cada gesto de caridad cristiana que nace del Evangelio lleva en sí una promesa más grande: restituir a la persona el convencimiento de ser amada.

En nuestro viaje recorremos aquella que san Juan Pablo II quiso llamar «Tierra de María». [1] En la Santísima Virgen tenéis a vuestra primera compañera de camino y vuestro principal tesoro, pues ella nos muestra con su vida cómo acoger la Palabra y custodiarla en el corazón, cómo acompañar en este itinerario a los discípulos y permanecer presente en el camino de la Iglesia como madre de comunión y de esperanza. A ella encomiendo vuestro ministerio, para que os ayude a ser, en medio del pueblo que tenéis confiado, esa levadura escondida de la que habla el Evangelio. Pequeña a los ojos del mundo, pero capaz, cuando permanece unida a Cristo, de hacer fermentar la masa (cf. Mt 13,33). La fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza de los medios, sino de la santidad de sus hijos, de la comunión de sus pastores, de la fidelidad humilde y perseverante de quien se deja guiar por el Espíritu.

En este camino os acompaña también san Juan de Ávila, patrono del clero español, en este año en el que recordamos el quinto centenario de la ordenación presbiteral. San Pablo VI lo definió «un maestro de vida espiritual benévolo y sabio, un renovador ejemplar de la vida eclesiástica y de las costumbres cristianas» y, al mismo tiempo, «un simple sacerdote». [2] En este santo doctor, la Iglesia reconoce la vida sacerdotal que cada obispo está llamado a custodiar y a hacer crecer en el propio presbiterio.

Mirándole a él, pienso en aquellos que son los más cercanos compañeros de los obispos en este viaje, en esos “simples sacerdotes”, en el sentido más alto y más exigente del término. Nuestro caminar con ellos debería trasmitir el valor de esa esencia: ser presbíteros enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral. Presbíteros que encuentren en el obispo no sólo una autoridad reconocida, sino un padre que les acompaña; y en los otros sacerdotes hermanos con los que compartir las fatigas y las alegrías de esta peregrinación llena de encuentros, en la que todos buscamos a Cristo.

Concluyamos este periplo espiritual con una oración del santo doctor que nos recuerda que cada renovación eclesial nace de un corazón configurado con Cristo: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón» (Sermón 57,20). Sea esta también nuestra súplica: Señor, danos tu corazón, un corazón capaz de alzar la mirada hacia ti, de ponerse en camino, de escuchar, de discernir, de servir, de corregir con caridad, de atender con paciencia y de anunciar con alegría. Porque la Iglesia que recibe el corazón de Cristo lleva consigo la columna de fuego que la guía, la sostiene, la defiende y la conforta, el equipaje necesario para afrontar cualquier reto.

Que Dios os bendiga. Muchas gracias.

Papa León XIV

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[1] Homilía en la celebración de la Palabra y Acto Mariano nacional, Zaragoza, 6 noviembre 1982, 1.

[2] Homilía en la canonización del beato Juan de Ávila, 31 mayo 1970.

Fotos: Vatican Media, 8-6-2026

La curación de un niño que antes de nacer padecía una grave cardiopatía congénita, una tetralogía de Fallot, el milagro que estudia el Vaticano para beatificar a Gaudí: «Los médicos decían que no quedaba más que rezar»

El padre Josep Maria Blanquet, uno de los autores de la Positio de la causa para hacer santo a Gaudí, con el documento de los nueve teólogos consultores que aprueban por unanimitat el contenido de la “positio” | Foto: Agustí Codinach -Catalunya Cristiana

Camino Católico.- Cien años después de su muerte, Antoni Gaudí, el arquitecto de la Sagrada Familia está más cerca que nunca de los altares. La Iglesia ya ha reconocido oficialmente sus virtudes heroicas y el siguiente paso para su beatificación depende ahora de la validación de un presunto milagro que se estudia en el Vaticano.

El padre Josep Maria Blanquet, uno de los autores de la Positio de la causa para hacer santo a Gaudí, explica en un pódcast a Cope que el caso que actualmente estudia Roma está relacionado con un bebé que nació en 2021 con una grave cardiopatía congénita, una tetralogía de Fallot. Tras una compleja intervención quirúrgica, “los médicos llegaron a comunicar a la familia que no quedaba más que rezar”. Mientras tanto, familiares y miembros de la comunidad de la Sagrada Familia pidieron de forma expresa la intercesión de Gaudí. Hoy el menor tiene cinco años y lleva una vida prácticamente normal.

Pódcast de Cope en el que el padre Josep Maria Blanquet, uno de los autores de la Positio de la causa para hacer santo a Gaudí, explica el milagro que estudia Roma y todo lo referente a la causa para hacer santo a Gaudí

La familia catalana del niño vinculada a Gaudí pidió permanecer en el anonimato. El pequeño fue tratado en hospitales de Holanda y Alemania y la curación se produjo en Barcelona en 2024. La arquidiócesis de Barcelona envió la documentación a Roma el año pasado; ahora la comisión médica encargada por el Dicasterio para las Causas de los Santos del Vaticano la estudia línea por línea. Ellos son los que tienen que decir: ‘esto no lo podemos explicar científicamente’, nunca dirán 'esto es un milagro'", dice Reniel Alí Ramírez Herrera, postulador de la causa de Gaudí.

El caso presentado comenzó antes del nacimiento del bebé. "Ya se veía el problema de salud del niño en el vientre de su madre. Y a pesar de las complicaciones y de las sugerencias recibidas, la mamá decidió llevar adelante este embarazo. Después vino una lucha que llevaron adelante con una cierta tenacidad", explica Ramírez Herrera.

El proceso diocesano sobre esta posible curación ya ha concluido. Según explica Blanquet, toda la documentación médica, los testimonios de la familia y los informes de los especialistas han sido enviados al Dicasterio para las Causas de los Santos. El expediente, de cerca de 500 páginas, está siendo revisado actualmente en Roma por expertos designados por el Vaticano. Si supera esta fase, será analizado por una comisión médica y posteriormente por los órganos eclesiásticos competentes antes de llegar al Papa.

“El sueño era que la beatificación pudiera coincidir con la visita de León XIV, pero no hay tiempo material para completar todos los pasos pendientes”, reconoce Blanquet. Aun así, los impulsores de la causa mantienen la esperanza de que pueda producirse durante este año del centenario de la muerte del arquitecto. “Diciembre de 2026, año Gaudí” llega a decir Blanquet en el podcast especial de Cope.

La visita de León XIV tendrá también una fuerte carga simbólica. El Pontífice bendecirá la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, culminada este 2026, y rezará ante la tumba de Gaudí. Un gesto que refuerza la dimensión espiritual de quien dedicó los últimos años de su vida al templo y que muchos ya conocen como el Arquitecto de Dios.

Cristina Mena, periodista: «No podría vivir sin rezar, sin dar las gracias a Dios y pedir a Jesús que me ayude a ser una persona mejor; la oración sana el alma y llena el corazón; debemos dejarnos transformar por la Palabra de Dios»

Cristina Mena cree que todos debemos dejarnos transformar por la Palabra de Dios

* «No podría vivir sin dar las gracias a Dios y pedir a Jesús que me ayude a ser una persona mejor. La oración permite recuperar la esperanza y la confianza y adquirir consciencia de lo afortunados que somos, pararme y darme cuenta de que nada depende de ti, que todo está en Su mano. No tiene sentido perder la oportunidad de hablar con el único amigo que nunca falla. Un tropiezo puede recuperarse en menos tiempo cuando nos ayudamos de la Palabra de Dios. Y más cuando transcurrimos por el camino de conversión. Dios nos está hablando. Y no lo hace con un discurso muerto. Lo hace respondiendo a nuestras preguntas, ayudándonos a encontrar la razón de nuestra fe»   

Camino Católico.- Cristina Mena es periodista del equipo de informativos de Canal Sur TV, está casada y es madre, «verdadero papel que da sentido a mi vida». En el estrés cotidiano, la oración le permite “pararme y darme cuenta de que nada depende de ti, que todo está en Su mano”, dice en el portal de la Diócesis de Málaga donde comparte su testimonio de su relación con Dios.

La presentadora televisiva reconoce que «no podría vivir sin rezar, sin dar las gracias a Dios y pedir a Jesús que me ayude a ser una persona mejor». Lo recomienda porque «sana el alma, llena el corazón, permite recuperar la esperanza y la confianza y adquirir consciencia de lo afortunados que somos. No tiene sentido perder la oportunidad de hablar con el único amigo que nunca falla», afirma

Además reflexiona que «a lo largo de todo el año, la Palabra de Dios se nos hace imprescindible en el día a día de los cristianos. Podemos incorporar, identificar y aplicar múltiples pasajes de los Evangelios en distintas situaciones de nuestra vida cotidiana.  Particularmente, evoco muy habitualmente la parábola de los talentos, la del hijo pródigo, la del buen samaritano y tantas otras que nos inspiran. En el tiempo de Cuaresma, tiempo de que nuestro corazón cambie y de renovación, debemos abrirnos especialmente a la Palabra de Dios». 

Para Cristina Mena, «debemos estar especialmente atentos y sensibles para dejarnos transformar por la Palabra de Dios. Si es posible, preparando las lecturas de la Eucaristía para poder enriquecernos al máximo exponente con sus enseñanzas. Ir acompañados en nuestro camino cristiano de los textos bíblicos nos permite un deambular más lleno, completo, cargado de vida y del amor de Dios. Cada paso se afianza». 

Cristina Mena dice que Dios nos habla a través de su Palabra respondiendo a nuestras preguntas

Y prosigue: «un tropiezo puede recuperarse en menos tiempo cuando nos ayudamos de la Palabra de Dios. Y más cuando transcurrimos por el camino de conversión. Dios nos está hablando. Y no lo hace con un discurso muerto. Lo hace respondiendo a nuestras preguntas, ayudándonos a encontrar la razón de nuestra fe».

Si tuviera que quedarse con una oración, «me quedo inseparablemente con la perfección del Padrenuestro, a través de palabras sencillas y eternas, y el calor del Avemaría», dice convencida.

Cristina reza cada noche con sus hijos, «como punto y final de la jornada para dar las gracias. También cada domingo en Misa, y en momentos de dificultad, especialmente en temas de salud, «cuando hemos tenido que afrontar un diagnóstico desfavorable y aparece la desesperanza, es un salvavidas que logra mantenerte a flote», reconoce.

«A rezar me enseñó mi abuela, que era mucho más que eso. Vivían ella y mi abuelo con mi madre, con mi hermana y conmigo y su papel fue fundamental para tener una infancia feliz. Ella, y también, mi madre, me enseñaron a persignarme. No le gustaba que terminara besándome los deditos, porque era castellana, y ahora yo se lo enseño así a mis hijos. Primero fue el “Jesusito de mi vida”, luego el Padrenuestro. Poco después, en el cole, aprendí la “nueva versión” y se la enseñé yo a ella. Avanzamos con el Avemaría, siempre tres, y rezando al Sagrado Corazón de Jesús y de María. Con mi madre, tenía la costumbre de entrar a saludar al Señor siempre que pasaba por una iglesia abierta». 

A Cristina le marcó también, siendo muy pequeña, una profesora: «Rezábamos todas las mañanas, a pesar de ser un colegio público, y nos contó una pequeña historia de un joven bala perdida que salvó su alma porque sus oraciones pesaban más que sus malas acciones. Eso también dejó una semilla importante en mí».

Alberto J. Castro Tirado, doctor en astrofísica: «Intento profundizar en las revelaciones que transmite el Evangelio, rezo por la noche y termino diciendo: ‘Jesús, María y José’»


Alberto Castro Tirado, doctor en astrofísica, en la estación astronómica robótica BOOTES-1 en Huelva (España) en 2023

* «La fe me hace buscar la justicia, la humildad, me hace afrontar el trabajo con profesionalidad e intentar hacer bien al prójimo en la medida de mis limitaciones. ¡Ojalá y muchas personas tuvieran la oportunidad de encarar la vida como lo hacemos los cristianos! Es una preciosa experiencia el rezo bajo las estrellas. La oración es una manera de hacer una pequeña introspección cada día, ofreciendo el trabajo diario y el servicio a los demás, así como de pedir por el prójimo y recordar a los que ya se han ido y quienes han compartido momentos de su vida con nosotros»

Camino Católico.- Alberto J. Castro Tirado es doctor en astrofísica, nació en Málaga en 1966 presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos de los Olivos, donde estudió junto a los PP. Agustinos. Se licenció en Ciencias Físicas por la Universidad de Granada en 1989 (residiendo los cinco años en el ya desaparecido Colegio Mayor Loyola, de la Compañía de Jesús) para más tarde (1994) doctorarse en Astrofísica por la Universidad de Copenhague (Dinamarca).

También es Profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto de Astrofísica de Andalucía en Granada, y es responsable de una Unidad Asociada al CSIC en la Universidad de Málaga, ciudad donde pertenece a la Sociedad Malagueña de Astronomía (desde 1980) y a la Academia Malagueña de Ciencias (desde 2015). A Alberto J. Castro Tirado lo entrevistan en el portal de la Diócesis de Málaga y comparte su testimonio de su relación con Dios. 

- ¿Son compatibles ciencia y fe

- Fe y ciencia no tienen por qué ser incompatibles. Aunque no lo manifestemos, muy pocos de los grandes científicos son declaradamente ateos y muchos de ellos tienen un sentido de la religiosidad que se basa en el orden grandioso que percibimos en el universo cuando lo estudiamos. En algunos campos científicos vemos que la ciencia no puede dar una respuesta satisfactoria. En mi caso concreto, por ejemplo, en cuanto al origen del universo. Ahí, muchos de nosotros, vemos la existencia de un creador, en mi caso de Dios, porque no podemos explicar lo que ocurrió más allá del primer instante de la formación del universo. A partir de ahí la ciencia puede explicar el devenir y la evolución de todo el cosmos pero antes no. Ningún científico puede presumir estar en posesión absoluta de la verdad…La fe me hace buscar la justicia, la humildad, me hace afrontar el trabajo con profesionalidad e intentar hacer bien al prójimo en la medida de mis limitaciones. ¡Ojalá y muchas personas tuvieran la oportunidad de encarar la vida como lo hacemos los cristianos.

- ¿Como astrónomo y católico que puede decir de la estrella de Belén?

- Siempre me he preguntado si sería una conjunción planetaria o un fenómeno astronómico. Una de las situaciones que pudo dar lugar a la estrella de Belén es que el 17 de junio del año 2 antes de Cristo (dejando aparte la controversia en cuando al año real de nacimiento de Cristo) hubo una conjunción entre Júpiter y Venus que aparentaban estar en el mismo punto del cielo, con lo cual su brillo se multiplicó enormemente y lo convirtió en el objeto más brillante con diferencia en el cielo. Eso tendría que haber llamado seguro la atención, no sólo de los sabios de la época, sino de cualquier persona. También se puede atribuir a algún cometa de muy largo periodo que incluso no haya vuelto a pasar por la Tierra y que se acercara mucho en ese momento.

- ¿Cómo descubre a Dios?

- Descubro a Dios al darme cuenta de dónde se enmarca el hombre en el cosmos. El estudio del universo nos deja entrever que somos unos seres privilegiados, porque estamos en un planeta que es el único del sistema solar donde se han dado las condiciones para que se desarrolle la vida: temperatura, presión y diversos elementos químicos esenciales para ella. Y es un planeta que orbita alrededor de una estrella ‘del montón’ que está en una esquinita de una galaxia de lo más normal, la Vía Láctea, que forma parte de un conjunto de más de 50.000 millones de galaxias, cada una de ellas con sus cientos de miles de millones de estrellas... Con esa conciencia, tenemos que pensar que todos los seres humanos somos viajeros en una inmensa nave espacial que se llama Tierra, y no deberíamos fomentar los conflictos internos, las disputas...”. 

- Los mayas se equivocaron. Sobre el fin del mundo tendrá mucho que decir como católico y como científico... 

–Como hombre de ciencia que soy y también católico, con los conocimientos que voy aprehendiendo conforme investigo el universo, intento profundizar en las revelaciones que se nos transmiten en el Evangelio. Sabemos que los modelos actuales predicen una muerte del Universo. El cómo y el cuándo ahora mismo nadie lo sabe. Hay diversas teorías científicas y el Evangelio va en esa línea de que pasar tiene que pasar. Pero el mensaje que traduce es que debemos estar vigilantes porque no sabemos ni el día ni la hora.

- ¿Quién le enseñó a rezar? ¿Qué recuerda de eso?

- Mis padres Antonio y Loli, siempre han estado (y siguen estando) muy cerca de la Iglesia. Y aparte de acompañarles a la misa dominical -en Santa María de la Amargura primero y en San Francisco Javier después- ya desde pequeño, mi madre me inculcaba el rezo diario antes de dormir,  con las primeras oraciones infantiles (“Cuatro esquinitas tiene mi cama”, “Con Dios me acuesto, con Dios me levanto”, “Ángel de mi Guarda”). Mi abuelo Antonio también le inculcó a su hija (mi madre) la devoción a la Virgen María (en particular a la Virgen de Gracia, patrona de Archidona). Luego, tanto él como mi madre (muy mariana ella y quien desde que yo recuerde, reza el rosario casi a diario), se encargaron de mantener la llama mariana viva en mí. Quizá por ello he sido hombre de trono 25 años tanto de María Santísima de la Amargura (Zamarilla) como de Nuestra Señora de la Caridad (Cofradía del Amor).

- ¿Qué significa la oración en su vida? ¿Podría vivir sin rezar?

- La oración la tengo muy presente porque es una manera de ofrecer el trabajo diario y así como de pedir por el prójimo y recordar a los que ya han marchado a la Casa del Padre. Mi abuela Joaquina me decía que siempre pedía por todos y cada uno de los miembros de la familia y eso tampoco lo he olvidado (aunque no lo haga yo a diario como hacía ella).

- ¿En qué momento la tiene más presente?

- Por la noche, en el momento de retirarme a descansar, que es cuando, puedo hacer balance del día. Aparte de en la misa dominical, claro.

Alberto Castro Tirado termina su oración cada noche con «Jesús, María y José»

- ¿Cómo reza, en qué momento, en qué lugar?

- Casi siempre en casa, primero junto al “rincón religioso” (como lo llama mi hijo) y luego ya recostado. Así que en mi caso la oración suelo hacerla por la noche, antes del descanso nocturno. Y la oración nocturna la termino con las palabras mencionadas al final de esta entrevista.

- ¿Son las estrellas buenas compañeras de oración? ¿Le ayuda su profesión a rezar?

- El investigar el Universo nos hace situarnos en el Cosmos y ver la pequeñez del ser humano frente a la inmensidad del mismo. Para mí, como para otros muchos científicos, Ciencia y Fe no son excluyentes. El contemplar la bóveda celeste estrellada en una noche oscura lejos de los núcleos de contaminación lumínica y si es posible, junto al mar, en mi caso, favorece esa comunión cuerpo-alma-naturaleza en la cual también es una preciosa experiencia el rezo bajo las estrellas.

- ¿Por qué recomendaría la oración a alguien que no la practique?

- Porque es una manera de hacer una pequeña introspección cada día, ofreciendo el trabajo diario y el servicio a los demás, así como de pedir por el prójimo y recordar a los que ya se han ido y quienes han compartido momentos de su vida con nosotros.

- ¿Cuál es su oración para recomendar?

A mí me gusta mucho una que aprendí en mi adolescencia, al estar mi abuelo materno gravemente enfermo (gracias a Dios se recuperó y pudimos disfrutar de él veinte años más) y que, aunque esté escrita en portugués, se entiende perfectamente y que comienza por “Santíssima Trindade, Pai, Filho, Espírito Santo, adoro-Vos profundamente” (del devocionario de la Virgen de Fátima). Y a mi hijo le he inculcado aquello que a mi esposa y a mí (durante las charlas prematrimoniales en 1991) nos enseñó D. Antonio Ramírez Mesa, quien por entonces era canónigo-sacristán de la Catedral, al terminar el rezo diario antes de dormir. Él nos decía que sus últimas palabras antes de dormir eran «Jesús, María y José». La razón que aducía él era que, si acaso falleciese durante la noche, que fueran estas últimas las palabras que sus labios hubiesen pronunciado. Yo sigo su recomendación.

José Antonio Sau, periodista y escritor: «No podría vivir sin rezar porque estoy continuamente haciéndolo, nos hace mejores personas y es la forma en la que Dios se manifiesta a los demás y hace su voluntad»

José Antonio Sau ora continuamente durante su vida cotidiana

* «Reflexiono y oro de forma continua. A veces me he sorprendido orando, por ejemplo, cuando voy por la calle, de un sitio a otro y, al reflexionar sobre el momento vital, ya sea coyuntural o general, que atravieso. Es algo incluido en mi cotidianidad. No tengo que ir a una parroquia para hacerlo, aunque de vez en cuando me escapo a alguna y tengo una conversación incluso más íntima. Lo he integrado tanto en el día a día y tengo tanta conversación interior con Jesús que casi podría decirse que lo hago partícipe de esa oración de forma continua… Lo que hago es dialogar continuamente con Jesús como si fuera un buen amigo al que le cuento todo, le pido consejo y le explico mis planes para que los sopese y me enseñe el camino. A veces le he pedido demasiado para mí. Ahora le pido más por los demás. A veces no he estado a la altura de lo que Él nos pide, pero hay que mejorar continuamente, no solo por uno, sino por los demás»

Camino Católico.- José Antonio Sau es periodista y escritor, y con diversos reconocimientos en ambos ámbitos. HA SIDO responsable de comunicación del Clúster Marítimo-Marino de Andalucía, ha desarrollado la mayor parte de su carrera en prensa escrita, especialmente en La Opinión de Málaga. Autor de varios libros, entre los que destacan ‘La chica de los ojos manga’ (2016, La Isla de Siltolá, finalista del XIII Premio Setenil al mejor libro de relatos editado en España), ‘Lola Oporto’ (Ediciones del Genal, 2018, finalista del I Premio Icue Negro, otorgado por el Festival de literatura policiaca Cartagena Negra) e ‘Historia de un suicida’ (La Isla de Siltolá, 2021), es, también, hermano del Sepulcro y no se achica a la hora de declarar su fe y en esta entrevista de Ana María Medina en el portal de la Diócesis de Málaga comparte su testimonio de su estrecha relación con Dios.

- ¿Quién le enseñó a rezar? ¿Qué recuerda de eso?

- En casa, mi abuela materna era muy creyente y recuerdo que me enseñó algunas oraciones cuando era pequeño. Mi madre también contribuyó bastante a que yo forjase una relación íntima con esta práctica, que, sobre todo, se ha afianzado a partir de los últimos años, ya bien entrado en la vida adulta. Antes sólo oraba yo, ahora también escucho. Pero hay un sacerdote que influyó mucho en mí: mi parroquia de toda la vida ha sido Santa María Goretti y, cuando tenía ocho o nueve años, tuvimos un párroco que se llamaba Agapito. Hacía misas para niños los domingos a las once de la mañana. La iglesia se llenaba. Sacerdotes como él me hicieron acercarme a la iglesia. Hoy su recuerdo se concreta en forma de sonrisa.

- ¿Qué significa la oración en su vida? ¿Podría vivir sin rezar? 

- No tengo un momento concreto del día para hacerlo. Lo cierto es que he descubierto que lo hago continuamente, a veces uno cree que está inmerso en un soliloquio, analizando su vida y poniendo las cosas en perspectiva, y resulta que al final lo que hago es dialogar continuamente con Jesús como si fuera un buen amigo al que le cuento todo, le pido consejo y le explico mis planes para que los sopese y me enseñe el camino. A veces le he pedido demasiado para mí. Ahora le pido más por los demás. A veces no he estado a la altura de lo que Él nos pide, pero hay que mejorar continuamente, no solo por uno, sino por los demás. No podría vivir sin rezar y es una práctica integrada en mi día a día. Rezar nos hace mejores personas, por lo menos a quienes sí creemos. Y una buena persona es una bendición en su círculo íntimo, porque es la forma en la que Dios se manifiesta a los demás y hace su voluntad.

- ¿En qué momentos la tiene más presente?

- Reflexiono y oro de forma continua. A veces me he sorprendido orando, por ejemplo, cuando voy por la calle, de un sitio a otro y, al reflexionar sobre el momento vital, ya sea coyuntural o general, que atravieso. Es algo incluido en mi cotidianidad. No tengo que ir a una parroquia para hacerlo, aunque de vez en cuando me escapo a alguna y tengo una conversación incluso más íntima. Te diría que las primeras horas de la mañana son las que más uso para esta práctica. Antes, cuando iba desde el periódico al Ayuntamiento y pasaba junto a la Catedral, mientras el sol se derramaba sobre esas piedras antiguas y nobles, me invadía una sensación de bienestar inmensa y me daba por orar. Lo he integrado tanto en el día a día y tengo tanta conversación interior con Jesús que casi podría decirse que lo hago partícipe de esa oración de forma continua. Un amigo que falleció hace algún tiempo le dijo a otro: si esto, de lo que se trata, es de ir cuando se pueda o cuando te llame, al Sagrario o al templo que quieras, y echar allí un rato contigo y con Él, y contarle tus cosas. Siempre me acuerdo de ello.

- ¿Cómo reza, en qué momento, en qué lugar?  

- Pues como te he comentado, lo hago de forma continua durante el día, sobre todo cuando voy de un sitio para otro. A veces, si el trajín cotidiano me lo permite, entro en una iglesia y echo un rato a solas con Jesús y María. A veces he reflexionado sobre el trato que tengo con ellos y lo que busco, fundamentalmente, es apoyo y consuelo. Recuerdo algunos momentos puntuales de mi vida, tal vez cuando estaba más perdido, en los que oré y me fui muy confortado: por ejemplo, a veces, cuando era muy joven, iba a la capilla que el Descendimiento tiene en el Hospital Noble y, en los últimos años, a la abadía de Santa Ana, sede de mi cofradía. Aunque reconozco que tengo una relación especial con dos imágenes, son las que más sentimientos provocan en mí y, por consiguiente, más oraciones, cuando me hallo frente a ellas: Jesús Cautivo y la Virgen del Rocío. Pero lo cierto es que me gusta sorprenderme hablando con Él como si fuera un amigo, retomando tal vez una reflexión o una conversación del día anterior.

- ¿Por qué recomendaría la oración a alguien que no la practique?  

- Si uno está perdido, si uno está inmerso en el trajín del día a día y piensa que nadie lo escucha, si uno pasa un mal momento, si uno necesita de los demás pero es incapaz de encontrarlos, hay una manera muy fácil de tender un puente entre él y Dios, que es orar. Lo mejor es hacerlo en la soledad de la casa o en la intimidad de una parroquia, buscando la quietud de la tarde o el refugio de una mañana ajetreada. Y, si a uno le va bien, si su familia y amigos tienen salud, si sus sobrinos y sus hijos avanzan en la vida con bienestar, si uno no le pide mucho a la existencia, más allá de dar y de darse, también la oración puede complementar mucho, porque se convierte en un acto para dar gracias y, cuando uno está agradecido, se transforma en un instrumento de Dios, que quiere, sobre todo, que seamos buenas personas. El cristianismo siempre se concreta con una sonrisa franca y abierta al otro. Y para sonreír así a los demás, uno de los mejores caminos es la oración continua en la que no solo hablemos nosotros, sino que también hemos de escuchar.

- ¿Cuál es su oración para recomendar?  

- Cuando oro suelo hacerlo con mis propias palabras. Al final, tejo un soliloquio que, si estoy atento, se convierte en un diálogo entre un padre y su hijo o, como a mí me gusta verlo, como mi mejor amigo, la mejor compañía que uno puede tener. Pero en esto soy clásico: me sigue fascinando la introspección que me facilita el simple hecho de rezar un Padre nuestro o un Ave María. Son mis dos oraciones preferidas. Y las entono prácticamente todos los días. También suelo persignarme bastante. A veces lo hago de forma automática. Cuando me doy cuenta de que lo hago, sonrío.