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domingo, 20 de abril de 2025

Meditación del Domingo de Resurrección: «Cristo ha resucitado y encontrarse con Él te llena» / Por Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol

20 de abril de 2025.- (Camino Católico) El obispo de Mondoñedo-Ferrol, Fernando García Cadiñanos reflexiona sobre el Domingo de Resurrección, inicio de la Pascua, en el que los cristianos "estamos llamados a ser luz, levadura y esperanza" en medio de "una cultura de muerte… Cristo ha resucitado". Lo hace en el espacio ‘Meditación de Semana Santa” emitido por 13 TV. Este es el texto completo de la meditación: 

¡Aleluya! Cristo ha resucitado. ¡Feliz Pascua de Resurrección! Queridos amigos y amigas, concluimos hoy nuestras reflexiones que nos han acompañado a lo largo de toda esta semana. Y lo hacemos en el día grande, el día de la Pascua, que es el punto de referencia de nuestra fe. No olvidéis que cada domingo, la Pascua Semanal, se orienta a la única Pascua y a ella hace referencia como si de un eco se tratara. Cristo ha resucitado.

Y con Él todos un día resucitaremos. Él ha sido el primero, el primogénito de entre los muertos. Él es la cabeza de este cuerpo, que es la Iglesia, llamada también a resucitar junto con su Esposo, que ha entregado su vida por ella. La Resurrección de Jesús, que es la seguridad de nuestra futura Resurrección, se convierte así en nuestra esperanza. Podemos decir que la fiesta de la Pascua es la fiesta de donde brota la esperanza, que nos permite vivir y afrontar el futuro. Porque los cristianos somos el pueblo de la esperanza.

Así lo reza el himno de la liturgia. Somos el pueblo de la Pascua. ¡Aleluya! Es nuestra canción. No porque pensemos que las cosas van a salir bien, no porque queramos ser optimistas por naturaleza, sino porque sabemos que nuestra vida no concluye en el vacío, sino que tiene una meta, una meta tan grande que justifica el esfuerzo del camino. Como nos recuerda el Papa Francisco en la bula con motivo del Año Jubilar, la esperanza cristiana consiste precisamente en esto. Ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, la vida no termina, sino que se transforma para siempre. No nos dejemos, por tanto, robar esta esperanza.

Muchas veces y de formas diferentes, las distintas generaciones se han preguntado, ¿cómo será eso? ¿Cómo se producirá esta Resurrección al final de los tiempos? San Pablo responde a esa pregunta observando la naturaleza. En ella se da ese proceso de continuidad y discontinuidad que está presente también en el acontecimiento de la Resurrección. Toda la naturaleza está llena de momentos de muerte y resurrección, especialmente cuando observamos el grano de trigo que, pudriéndose, da luz un cuerpo nuevo y diferente. No sabemos cómo, pero no es irracional. Dios lo hace en la naturaleza y lo puede hacer con nosotros. No podemos responder a la forma, pero estamos seguros de que un día también nosotros resucitaremos con Cristo y la muerte será vencida definitivamente. Pero nuestra esperanza en la Resurrección no solo es un acontecimiento del futuro. Sería poca cosa y daría la sensación de que nuestra fe en el resucitado tendría que aguardar al mañana.

No es la certeza del final de una película feliz, sino que es la fuerza y la gracia que nos permite y nos ayuda a vivir en el hoy y aquí de nuestra historia. Cristo vive y te quiere vivo. Cristo vive y quiere darte su vida, vivificarte, llenarte de su misma gracia. Como nos recuerda 'Evangelii Gaudium', la Resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de este mundo nuevo y, aunque se los corte, vuelven a surgir porque la Resurrección de Jesús ha penetrado la trama oculta de esta historia porque Jesús no ha resucitado en vano. Sí, Cristo vive. Esta es la experiencia que hicieron los apóstoles y las mujeres en la mañana del primer domingo. Esta noticia no es un acontecimiento del pasado, sino experiencia real en la vida de todo creyente a lo largo de la historia, porque el descubrimiento de Jesús como el viviente cambia la vida y es el inicio de un camino de fe que se convierte en respuesta de amistad a un acontecimiento de amor previo. Si él vive y te quiere vivo, el amigo de la vida quiere llevarte a la vida. Déjale entrar en tu vida. Experimenta la amistad con aquel que ha vencido a la muerte. Entra en comunión con aquel que siempre abre la puerta de su corazón.

Descubre la aventura de vivir con Él, por Él y para Él. Esa es la gran experiencia de amor que necesitas, saborear en tu vida. Esa es la experiencia que te cambiará y recordarás para siempre. Esa es la experiencia que te permitirá vivir hasta que mueras y vivir luego eternamente. Hace pocos días leía la carta que escribía Clara a su hija Francisco con motivo de su primer aniversario. Esta mujer italiana, que está en proceso de beatificación, continuó con su embarazo rechazando ser tratada contra un tumor que provocaría la muerte del pequeño. En sus palabras, le comparte lo que ella vive y lo que significa disfrutar de esta vida nueva que Jesús resucitado le ha regalado. En esa hermosa carta le dice, tu nombre es Francisco porque San Francisco de Asís cambió nuestras vidas y esperamos que pueda ser un ejemplo para ti.

Es hermoso tener ejemplos de vidas que nos recuerden que puedes esperar grandes alegrías aún aquí en la tierra con Dios como nuestra guía. Sabemos que eres especial y que tienes una gran misión por cumplir. El Señor te ha querido desde la eternidad y Él te mostrará el camino a seguir si abres su corazón. Con estas palabras sencillas, dichas por una creyente a su hijo, se nos dice que encontrarse con Cristo te llena, plenifica tu corazón, lo alegra y le llena en sus deseos más íntimos. Podemos utilizar otra imagen muy presente durante este Año Jubilar.

Me refiero a la imagen de la puerta. Cristo es la puerta, siempre abierta, que nos permite entrar y disfrutar de una vida nueva, de la maravilla de estar en su hogar, con Él. Ojalá durante este año jubilar hagamos esta experiencia de entrar por esta puerta para que tengamos más vida, para que dejemos atrás experiencias de muerte que todos llevamos dentro. Que no se nos olvide lo que Él nos dijo.

He venido para que tengan vida y vida abundante. Los sacramentos son esos regalos que el Señor nos hace para ofrecernos esta vida que nace de la Pascua. Por eso, sabéis que en el marco del Jueves Santo hemos celebrado la Misa Crismal, una Eucaristía presidida por el Obispo con todo su presbiterio y el pueblo de Dios, donde se bendicen y consagran el Crisma y los aceites que se utilizan en los sacramentos, y que se convertirán en las mediaciones a través de las cuales el Señor nos ofrece su vida.

De esta manera simbolizamos que la vida que el Señor nos regala por diferentes sacramentos nace de la Pascua. Y si hay un sacramento en el que esa vida nueva vivifica nuestra carne mortal, es precisamente en la Eucaristía. Recordemos sus palabras, quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Yo soy el pan de vida. Y junto con los sacramentos, la vida nueva en Cristo se experimenta en la comunidad cristiana que vive gracias al Espíritu.

El Espíritu es el que nos hace vivir y tener vida. Por eso, durante la Pascua leeremos el libro de los Hechos de los Apóstoles, para hacer nuestra la misma experiencia de aquella primera comunidad de vivientes creyentes que, por la acción del Espíritu, querían generar mucha vida a su alrededor. Toda una provocación también para nosotros hoy.

Queridos amigos, la Pascua se abre ante nosotros con un gran horizonte de novedad. Vivimos en medio de una cultura de muerte en la que los seguidores del Resucitado estamos llamados a ser luz, levadura y esperanza. Acerquémonos a Cristo y toquémosle en sus heridas, en las heridas de la carne de nuestros hermanos que sufren, para reconocerle entre nosotros. Llevemos la esperanza que provoca en nosotros la vida que hemos encontrado. Resucita, vive y vivifica nuestro mundo. Recibe un abrazo pascual de hermano y amigo.

¡Felices Pascuas!

Mons. Fernando García Cadiñanos

Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Homilía del Domingo de Resurrección: Cristo ha resucitado y se ha iniciado una existencia nueva, santa y victoriosa, de la que participamos por la fe y el bautismo / Por P. José María Prats

* «Señor Jesús, que esta nueva vida que has obtenido para nosotros al precio de tu Sangre, transforme por completo nuestra vida personal, familiar y social, para que un día todos podamos participar plenamente de ella contigo en la gloria eterna»

Domingo de Resurrección 

Hechos 10, 34a.37-43  / Salmo 117  / Colosenses 3, 1-4  / San Juan 20, 1-9

P. José María Prats / Camino Católico.- En la segunda lectura, San Pablo nos recuerda que por el bautismo hemos muerto y resucitado con Cristo. Hemos muerto a una vida mundana, centrada en nosotros mismos –nuestros deseos, nuestra vanidad, nuestras ambiciones– y hemos resucitado a una vida nueva «escondida con Cristo en Dios», liberada de las seducciones de este mundo, sostenida e impulsada por el amor de Dios y entregada a la construcción de su Reino. Nos ha dicho San Pablo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra». Vivamos, pues, conforme a lo que somos: criaturas nuevas, liberadas de la esclavitud del pecado y que participan de la vida divina.

Recuerdo un programa que vi hace muchos años sobre la enfermedad del SIDA, que en aquella época conducía irremediablemente a la muerte. Entrevistaron a un joven de unos 30 años que había contraído esta enfermedad por el consumo de drogas. Me llamaron mucho la atención sus palabras: dijo que en su vida pasada se había equivocado por completo y que, si fuera curado, llevaría una vida de entrega total a los enfermos y de servicio a los demás.

Pues a nosotros se nos ha concedido lo que deseaba este joven: por la fe y el bautismo hemos sido curados: hemos muerto a una vida separada de Dios y hemos vuelto a nacer para vivir una vida superior, consagrada a Él y al servicio de los demás: «aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra».

Uno de los pilares de la espiritualidad de los Padres del Desierto era la toma de conciencia de que habían muerto. Desde esa conciencia vivían su vida como puro don, sin exigencia alguna de satisfacciones mundanas, sin pasiones, sin miedos. Una de las sentencias o apotegmas de los Padres dice así: «Preguntaron a un anciano: “¿Por qué tengo miedo cuando voy al desierto?”. Y respondió: “Porque vives todavía”».

Esta actitud debería arraigar en nosotros muy especialmente en este tiempo pascual haciendo nuestras aquellas palabras de san Pablo: «el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (Gal 6,14) y tomando conciencia de nuestra condición de criaturas nuevas.

Al escuchar el relato del Evangelio de hoy, hemos entrado de algún modo con Pedro y con el discípulo amado en el sepulcro de Jesús, hemos visto «los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza enrollado en un sitio aparte», y sabemos que Cristo ha resucitado y se ha iniciado una existencia nueva, santa y victoriosa, de la que participamos por la fe y el bautismo. 

Señor Jesús, que esta nueva vida que has obtenido para nosotros al precio de tu Sangre, transforme por completo nuestra vida personal, familiar y social, para que un día todos podamos participar plenamente de ella contigo en la gloria eterna. 

P. José María Prats

 

Evangelio

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». 

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

San Juan 20, 1-9

Camino Católico te desea ¡feliz Pascua de Resurrección 2025! ¡Cristo ha resucitado!

 


No está Jesús en el sepulcro: ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya, Aleluya! / Por P. Carlos García Malo

 


sábado, 19 de abril de 2025

Papa Francisco en homilía leída por el cardenal Re, 19-4-2025: «Cristo resucitado es el amor que nos acompaña y nos sostiene, el futuro de la historia, el destino final hacia el que caminamos»


El Papa Francisco ha confiado la celebración al cardenal Giovanni Battista Re

* «En Jesús Resucitado tenemos, en efecto, la certeza de que nuestra historia personal y el camino de la humanidad, aunque todavía inmersos en una noche donde las luces parecen débiles, están en las manos de Dios; y Él, en su gran amor, no nos dejará tambalear ni permitirá que el mal tenga la última palabra. Al mismo tiempo, esta esperanza, ya cumplida en Cristo, para nosotros sigue siendo también una meta que alcanzar; se nos ha confiado para que nos convirtamos en testigos creíbles de ella y para que el Reino de Dios se abra paso en el corazón de las mujeres y los hombres de hoy» 

 

   

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa Francisco, leída por el cardenal Giovanni Battista Re

* «Reproducir la Pascua en nuestra vida y convertirnos en mensajeros de esperanza, constructores de esperanza mientras tantos vientos de muerte aún soplan sobre nosotros. Podemos hacerlo con nuestras palabras, con nuestros pequeños gestos cotidianos, con nuestras decisiones inspiradas en el Evangelio. Toda nuestra vida puede ser presencia de esperanza. Queremos serlo para quienes carecen de fe en el Señor, para quienes se han extraviado, para los que se han rendido o caminan encorvados por el peso de la vida; para quienes están solos o encerrados en su propio dolor; para todos los pobres y oprimidos de la tierra; para las mujeres humilladas y asesinadas; para los niños que nunca nacieron y para aquellos que son maltratados; para las víctimas de la guerra» 

19 de abril 2025.- (Camino Católico) “Cristo resucitado es el giro definitivo de la historia humana. Él es la esperanza que no declina. Él es el amor que nos acompaña y nos sostiene. Él es el futuro de la historia, el destino final hacia el que caminamos, para ser acogidos en esa vida nueva en la que el mismo Señor enjugará todas nuestras lágrimas”. Esto lo afirma el Papa Francisco en su homilía en la Vigilia Pascual en la Noche Santa, que ha leído el Cardenal Giovanni Battista Re, decano del Colegio Cardenalicio, que ha presidido la celebración por delegación del Santo Padre. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Santo Padre leída por el cardenal Giovanni Battista Re, traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente: 

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA

CAPILLA PAPAL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO 

LEÍDA POR EL CARDENAL GIOVANNI BATTISTA RE

Basílica de San Pedro

Sábado Santo, 19 de abril de 2025


Es de noche cuando el cirio pascual avanza lentamente hasta el altar. Es de noche cuando el canto del himno dispone nuestros corazones al gozo, pues la tierra brilla “inundada de tanta claridad, el fulgor del Rey eterno venció la tiniebla que cubría el orbe entero” (cf. Pregón pascual). Al terminar la noche, suceden los hechos narrados en el Evangelio que acabamos de proclamar (cf. Lc 24,1-12); la luz divina de la Resurrección se enciende y la Pascua del Señor ocurre cuando el sol aún está por salir. Con los primeros destellos del alba, se ve que la gran piedra que cubría el sepulcro de Jesús ha sido retirada y que algunas mujeres llegan a ese lugar llevando el velo del luto. La oscuridad envuelve la confusión y el temor de los discípulos. Todo sucede en la noche.

De este modo, la Vigilia pascual nos recuerda que la luz de la Resurrección ilumina el camino paso a paso, irrumpe en las tinieblas de la historia sin estrépito, resplandece en nuestro corazón de manera discreta. Y a esta luz corresponde una fe humilde, desprovista de todo triunfalismo. La Pascua del Señor no es un evento espectacular con el que Dios se impone y obliga a creer en Él; no es una meta que Jesús alcanza por un camino fácil, esquivando el Calvario; y tampoco nosotros podemos vivirla de manera despreocupada y sin dudas interiores. Al contrario, la Resurrección es como pequeños brotes de luz que se abren paso poco a poco, sin hacer ruido, a veces todavía amenazados por la noche y la incredulidad.

Este “estilo” de Dios nos libera de una religiosidad abstracta, ilusa al pensar que la resurrección del Señor lo resuelve todo mágicamente. Todo lo contrario: no podemos celebrar la Pascua sin seguir enfrentándonos a las noches que llevamos en el corazón y a las sombras de muerte que con frecuencia se ciernen sobre el mundo. Cristo ha vencido el pecado y ha destruido la muerte, pero en nuestra historia terrena, la potencia de su Resurrección aún se está realizando. Y esa realización, como un pequeño brote de luz, nos ha sido confiada a nosotros, para que la cuidemos y la hagamos crecer.

Hermanos y hermanas, esta es la llamada que, sobre todo en el año jubilar, debemos sentir con fuerza dentro de nosotros: ¡hagamos germinar la esperanza de la Pascua en nuestra vida y en el mundo!

Cuando sentimos aún el peso de la muerte en nuestro corazón, cuando vemos las sombras del mal seguir su ruidosa marcha sobre el mundo, cuando sentimos arder en nuestra carne y en nuestra sociedad las heridas del egoísmo o de la violencia, no nos desanimemos, volvamos al anuncio de esta noche: la luz resplandece lentamente incluso si nos encontramos en tinieblas; la esperanza de una vida nueva y de un mundo finalmente liberado nos aguarda; un nuevo comienzo puede sorprendernos aunque a veces nos parezca imposible, porque Cristo ha vencido a la muerte.

Este anuncio, que ensancha el corazón, nos llena de esperanza. En Jesús Resucitado tenemos, en efecto, la certeza de que nuestra historia personal y el camino de la humanidad, aunque todavía inmersos en una noche donde las luces parecen débiles, están en las manos de Dios; y Él, en su gran amor, no nos dejará tambalear ni permitirá que el mal tenga la última palabra. Al mismo tiempo, esta esperanza, ya cumplida en Cristo, para nosotros sigue siendo también una meta que alcanzar; se nos ha confiado para que nos convirtamos en testigos creíbles de ella y para que el Reino de Dios se abra paso en el corazón de las mujeres y los hombres de hoy.

Como nos recuerda san Agustín, «la resurrección de nuestro Señor Jesucristo es nueva vida para los que creen en Jesús. Y éste es el misterio de su pasión y resurrección, que ustedes deben conocer bien y vivirlo» (Sermón 231, 2). Reproducir la Pascua en nuestra vida y convertirnos en mensajeros de esperanza, constructores de esperanza mientras tantos vientos de muerte aún soplan sobre nosotros.

Podemos hacerlo con nuestras palabras, con nuestros pequeños gestos cotidianos, con nuestras decisiones inspiradas en el Evangelio. Toda nuestra vida puede ser presencia de esperanza. Queremos serlo para quienes carecen de fe en el Señor, para quienes se han extraviado, para los que se han rendido o caminan encorvados por el peso de la vida; para quienes están solos o encerrados en su propio dolor; para todos los pobres y oprimidos de la tierra; para las mujeres humilladas y asesinadas; para los niños que nunca nacieron y para aquellos que son maltratados; para las víctimas de la guerra. ¡Llevemos, a todos y a cada uno, la esperanza de la Pascua!

Me gusta recordar a una mística del siglo XIII, Hadewijch de Amberes, que, inspirándose en el Cantar de los Cantares y describiendo el sufrimiento por la ausencia del amado, invoca el retorno del amor porque —dice — «volveré a ver […] clarear mi oscuridad» (Hadewijch, El lenguaje del deseo, Madrid 1999, 87).

El Cristo resucitado es el giro definitivo de la historia humana. Él es la esperanza que no declina. Él es el amor que nos acompaña y nos sostiene. Él es el futuro de la historia, el destino final hacia el que caminamos, para ser acogidos en esa vida nueva en la que el mismo Señor enjugará todas nuestras lágrimas «y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor» (Ap 21,4). Y esta esperanza de la Pascua, este “clarear en la oscuridad”, debemos anunciarlo a todos.

Hermanas, hermanos, el tiempo de Pascua es un tiempo de esperanza. «Todavía hay temor, todavía hay una dolorosa conciencia de pecado, pero hay también una luz que se abre paso. […] La Pascua trae la buena noticia de que, aunque las cosas parezcan ir mal en el mundo, el Maligno ha sido ya vencido. La Pascua nos permite afirmar que, aunque Dios parezca muy distante y sigamos estando preocupados por muchos pequeños detalles, nuestro Señor recorre el camino con nosotros […] hay muchos destellos de esperanza que vierten su luz en nuestro caminar en la vida» (H. Nouwen, Meditaciones diarias para la vida espiritual, Madrid 2019, 4 de abril).

¡Hagámosle espacio a la luz del Resucitado! Y nos convertiremos en constructores de esperanza para el mundo.

Francisco


Fotos: Vatican Media, 19-4-2025

Vigilia Pascual en la Noche Santa, desde la Basílica de San Pedro del Vaticano, 19-4-2025

Fotos: Vatican Media, 19-2-202

19 de abril de 2025.- (Camino Católico) En la Vigilia Pascual, en la que el Papa Francisco no ha participado, la liturgia ha comenzado con el templo sumido en la oscuridad total para simbolizar la muerte de Jesús. La celebración ha sido presidida por el Cardenal Giovanni Battista Re, decano del Colegio Cardenalicio, y concelebrada por 34 cardenales, 24 obispos y 260 sacerdotes, en una Basílica de San Pedro colmada de unos cinco mil fieles, incluidos los que siguieron la liturgia desde la plaza. Una noche santa —madre de todas las vigilias— en la que Cristo, Salvador del mundo, venció las tinieblas y resucitó de entre los muertos. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.

En el texto de la homilía leído por Battista Re el Papa Francisco afirma que “Cristo resucitado es el giro definitivo de la historia humana. Él es la esperanza que no declina. Él es el amor que nos acompaña y nos sostiene. Él es el futuro de la historia, el destino final hacia el que caminamos, para ser acogidos en esa vida nueva en la que el mismo Señor enjugará todas nuestras lágrimas”.

Homilía de la Vigilia Pascual: Cristo ha muerto y ha resucitado para encender en nuestros corazones la luz divina que disipa las tinieblas del pecado y nos da el poder de ser hijos de Dios / Por P. José María Prats

* «Que en verdad esta luz que hoy se renueva en nosotros nos convierta en lámparas que disipen la oscuridad, la injusticia y la desesperanza de nuestro mundo»

Vigilia Pascual 

Génesis 1, 1-2, 2  / Éxodo 14, 15-15,1 / Ezequiel 36, 16-17a.18-28 / Romanos 6, 3-11 / San Lucas 24, 1-12

P. José María Prats / Camino Católico.- Cada año, siguiendo el mandato de Dios, el pueblo de Israel se reunía –y se sigue reuniendo todavía– para celebrar la fiesta de Pascua haciendo memoria de su historia, que tenía como hecho central la liberación de Egipto. Para ello –como recordábamos este Jueves Santo– mataban un cordero, untaban con su sangre las jambas y el dintel de sus casas y comían su carne asada al fuego con panes ázimos y hierbas amargas. Un niño entonces preguntaba: «¿Qué significa este rito para vosotros?», y su padre le respondía con estas palabras: «Es el sacrificio de la Pascua del Señor, que pasó junto a las casas de los hijos de Israel en Egipto, hiriendo a los egipcios y protegiendo nuestras casas» (Ex 12,26-27).

En esta noche de Pascua, también los cristianos –a quienes San Pablo llama el «Israel de Dios» (Ga 6,16)– nos reunimos para hacer memoria de nuestra historia, una historia que ya no tiene como centro la liberación de Egipto, sino a Jesucristo. Lo hemos proclamado solemnemente al inicio de la celebración: “Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén”. Cristo es nuestro libertador; como dice el cántico del Benedictus, Él es «el Sol que ha nacido de lo alto para iluminar a los que vivíamos en tinieblas y en sombra de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79).

De hecho, el simbolismo de Cristo como luz que ilumina y vence a las tinieblas es central en esta vigilia pascual. Hemos empezado la celebración con un fuego encendido en la oscuridad de la noche, que nos ha recordado el principio de la creación cuando «la tiniebla cubría la superficie del abismo» y dijo Dios con su Verbo eterno: «”exista la luz”. Y la luz existió».

Y a continuación, como los hijos de Israel que caminaban de noche a la luz de una columna de fuego, hemos entrado en la iglesia guiados únicamente por la luz de Cristo, recordando sus palabras: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

Después hemos escuchado cómo esta luz «por la que todo fue hecho» iluminó y liberó a su pueblo a lo largo de su historia, mientras anunciaba y preparaba el acontecimiento decisivo que nos sacaría definitivamente de las tinieblas del pecado y de la muerte: «¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. ¡Ha resucitado!». Cristo es la «luz verdadera» que, por su resurrección y ascensión al cielo, el Padre ha puesto «en el candelero para que ilumine a los que entran en la casa» (Lc 8,16), es decir, a los que entran a formar parte de su Pueblo santo, que es la Iglesia.

En la liturgia bautismal que celebraremos a continuación encenderemos nuestros cirios en la luz del Cirio Pascual –que representa a Cristo resucitado– para significar que por la fe y el bautismo esta luz ha venido a habitar en nuestros corazones. Dice San Pablo: «el mismo Dios que dijo: brille la luz del seno de las tinieblas, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo.» (2 Cor 4,6).

Cristo ha muerto y ha resucitado para encender en nuestros corazones la luz divina que disipa las tinieblas del pecado y «nos da el poder de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Que en verdad esta luz que hoy se renueva en nosotros nos convierta en lámparas que disipen la oscuridad, la injusticia y la desesperanza de nuestro mundo.


P. José María Prats


Evangelio

El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron:

«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar».

Y recordaron sus palabras. Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás.

Eran María la Magdalena, Juana y María, la de Santiago. También las demás, que estaban con ellas, contaban esto mismo a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron.

Pedro, sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido.

San Lucas 24, 1-12

Misterios Dolorosos del Santo Rosario desde el Santuario de Lourdes, 19-4-2025

19 de abril de 2025.- (Camino Católico).- Rezo de los Misterios Dolorosos del Santo Rosario, correspondientes a hoy, Sábado Santo, desde la Gruta de Massabielle, en el Santuario de Lourdes, en el que se intercede por el mundo entero.

Meditación del Sábado Santo: «Como la Virgen María guardar silencio, meditar, esperar» / Por Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol


19 de abril de 2025.- (Camino Católico) El obispo de Mondoñedo-Ferrol, Fernando García Cadiñanos reflexiona sobre el día de reposo que representa el Sábado Santo que, "como María al pie de la Cruz, guarda silencio, medita, espera… Cristo ha descendido a los infiernos para abrirnos las puertas de la vida”. Lo hace en el espacio ‘Meditación de Semana Santa” emitido por 13 TV. Este es el texto completo de la meditación: 

Queridos amigos y amigas, hoy es Sábado Santo. Jesús descansa después de su obra. Hoy es un día de reposo. Se me ocurre que, en cierta manera, se asemeja mucho a la obra de la Creación, cuando Dios realizó todas las cosas y al séptimo día descansó.

Se paró para contemplar, para recrearse en la obra realizada. Jesús también ha realizado una obra grande, una obra buena, una nueva Creación, y tiene que contemplarla. Es un momento de reposo, tras el ajetreo y plenitud de su entrega. Se puede sentir en paz, porque se trata de una vida buena y grande, lo que ha ofrecido al Padre por el Espíritu.

De cierta manera, ha tenido que acabar una etapa y descansar antes del comienzo de algo distinto. Su reposo se asemeja también al que el pueblo de Israel estaba invitado a vivir durante el Shabbat o en el Año Jubilar que estamos celebrando. Es la invitación a descansar para dar sentido al trabajo. Es la invitación a parar y gozar de lo que tenemos para no explotar más nuestra casa común, para descubrir que la felicidad no la dan las idas y venidas constantes, buscando siempre de algo más que hacer, en lo que ocuparse, algo que consumir.

El reposo de Jesús en el Sepulcro no solo es un mero tránsito tras su obra, sino que se convierte en una invitación a descubrir el sosiego y la contemplación como un estado de máxima vitalidad y plenitud en la vida. Porque el reposo de Jesús es muy fecundo. Hoy es el día en que se hace realidad lo que afirmamos en el Credo, descendió a los infiernos. El Señor baja a los infiernos. Con esta expresión no solo expresamos que realmente murió y que, por tanto, Jesús abrazó la muerte con todo lo que supone y significa. Su descenso a los infiernos, en cierta medida, es su total proceso de anonadamiento, de descendimiento. Jesús baja hasta lo más hondo de la naturaleza humana para redimirla y salvarla. Es el fruto de su amor más profundo por el ser humano.

El gran Orígenes tiene una homilía en la que expresa lo que significa que Jesús descienda a los infiernos. Dice así, hubo un tiempo en la tierra que tenía a todos nosotros arrodillados en las profundidades de los infiernos. Por esto nuestro Señor no ha bajado solo a la tierra, sino a la profundidad de la tierra, y allí nos ha encontrado arrodillados y sentados en la sombra de la muerte. Y tirando fuera de nosotros, nos prepara un puesto no sobre la tierra por temor a que seamos todavía arrodillados, sino que nos prepara un puesto en el Reino de los Cielos.

Este padre de la Iglesia sugiere que la bajada a los infiernos no es tanto una bajada a un lugar físico, ni siquiera al lugar de los muertos, sino el encuentro con la humanidad que se encuentra en situación de mayor inhumanidad. Cuando decimos que algo se convirtió en un infierno, nos estamos refiriendo a esto, la situación que destroza y deshumaniza. Su descenso a los infiernos es precisamente para posibilitar que no permanezcamos arrodillados sin dignidad, sino para permitirnos levantarnos y vivir con la dignidad que nos hace el sentirnos hijos de Dios.

En el fondo, eso es lo que hizo constantemente Jesús, levantar, erguir, volver a los caminos, a los sentados y expulsados. Su descenso a los infiernos nos muestra que su amor no conoce límites, que su presencia nos acompaña incluso en los momentos más oscuros. El nuevo predicador de la Casa Pontificia hace referencia también a un pasaje del Evangelio Apócrifo de Nicodemo en el que describe precisamente esta escena del descenso a los infiernos. En este escrito, el autor pone en labios de uno de los muertos las siguientes palabras para describir este momento. Cuando Jesús descendió a los infiernos, surgió una luz como el sol. Todos fuimos iluminados y pudimos vernos el uno al otro. Me parece también una imagen muy gráfica de lo que supone vivir en el infierno, el lugar donde somos incapaces de vernos, de reconocernos como personas y mucho menos como hermanos que estamos vinculados unos con otros.

Por eso bajar a los infiernos es precisamente la conclusión de toda la obra de Jesús. Él ha venido para que nos reconozcamos, para que en el amor del Padre y la fuerza del Espíritu desterremos la indiferencia y la alegría del Reino de Amor se vaya abriendo paso entre nosotros.

El Sábado Santo es el día del silencio. En una sociedad saturada de ruido y superficialidad, este silencio sonoro nos hace mucho bien. Vivimos en una cultura que teme el silencio, que lo llena con distracciones constantes, redes sociales, noticias efímeras, relaciones superficiales. Pablo VI afirmaba que nosotros, los hombres modernos, estamos demasiado extrovertidos, vivimos fuera de nuestra casa e incluso hemos perdido la llave para volver a entrar en ella. Al no haber silencio nos falta fomentar y cuidar algo importante de lo que nos habla el Papa en su última encíclica, 'Dilexit Nos'. Nos falta un núcleo unificador que nos permita no dispersarnos, ni quemarnos, ni angustiarnos.

Sin embargo, aun en tantas búsquedas de interioridad como hoy se dan, algunas fuera de nuestra tradición, en general huimos de la interioridad, del encuentro con nosotros mismos, con nuestras sombras, con nuestra fragilidad. El silencio del Sábado Santo nos habla, pues, de la urgencia del silencio en nuestras vidas para el encuentro con Dios, con los demás y con la verdad.

Pero el Sábado Santo nos recuerda también algo que nos resulta mucho más complejo y que nos supone un reto en nuestro camino de fe. Me refiero al silencio de Dios. En muchas ocasiones experimentamos una especie de abandono, nos parece que Dios no escucha y no nos responde.

Pensemos en el silencio ante la injusticia, el sufrimiento del inocente. En ocasiones tenemos una forma de creer en la que pensamos que, si Dios existe, debe de hacer algo, tiene que actuar y no lo hace. Sin embargo, este silencio de Dios, como el que sintieron los discípulos en la barca durante la tempestad cuando él estaba dormido, no indica su ausencia sino, por el contrario, una presencia diversa.

Nos invita precisamente a fiarnos, a creer, a romper nuestros esquemas. El cristiano sabe bien que el Señor está presente y escucha siempre, incluso en la oscuridad, del dolor, del rechazo, de la soledad. Jesús asegura a los discípulos y a cada uno de nosotros que Dios conoce bien nuestras necesidades, pero Él actúa, como le vemos en la Cruz, desde la fragilidad y la debilidad, desde la cercanía para vivir nuestro dolor unido al Suyo.

Por último, el Sábado Santo nos permite plantearnos la muerte de Dios, de la que hablaron los filósofos modernos. Es la ocultación que de Dios se hace nuestro tiempo y que produce desesperanza y desolación en nuestros contemporáneos, porque cuando ausentamos a Dios de nuestras relaciones, el ser humano pierde las respuestas a sus interrogantes profundos y cae en la desolación y el hastío personal y hacia los demás. En este día la Iglesia, como María al pie de la Cruz, guarda silencio, medita, espera.

Queridos amigos y amigas, el Sábado Santo es un día de esperanza. Cristo ha descendido a los infiernos para abrirnos las puertas de la vida, para mostrarnos que el amor es más fuerte que el pecado, que la luz vence a las tinieblas, que el silencio del Sábado Santo nos transforme, que nos haga conscientes de nuestra necesidad de Dios, de nuestra necesidad de silencio, de nuestra necesidad de esperanza. Que este día nos prepare para celebrar la alegría de la Pascua, la victoria de Cristo sobre la muerte, la promesa de la vida eterna. Feliz día.

Mons. Fernando García Cadiñanos

Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Sábado Santo, día de oración intensa acompañando a la Virgen María, de abandono para unirnos en el sufrimiento de Jesús confiando que brotará la Luz de la Resurrección / Por P. Carlos García Malo