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sábado, 28 de marzo de 2026

Enkhjin Baatar, de 21 años: «Perdí el móvil en el autobús, fui a rezar al Niño Jesús ante el Belén, el teléfono no apareció; comprendí el poder de la oración Jesús escucha y responde a su manera; y me bautizaré católica»


Enkhjin Baatar posa para una fotografía frente a la Catedral de San Pedro y San Pablo en Ulán Bator, Mongolia / Foto: Cedida - UCANews

* «Lo que me atrae de la Iglesia Católica es el altar, donde el Cuerpo y la Sangre de Jesús son sacrificados y entregados a los fieles. Esto alimenta el alma. Quiero experimentarlo personalmente, Anhelo el día en que reciba por primera vez el Cuerpo y la Sangre de Jesús»

Camino Católico.- En una fría tarde de invierno en la capital de Mongolia, una estudiante universitaria se arrodilló en silencio ante un belén navideño en la Catedral de San Pedro y San Pablo. Había perdido su teléfono en un autobús abarrotado y se sentía impotente. Siguiendo la sugerencia de un amigo, había ido a rezar. Para Enkhjin Baatar, de 21 años, ese pequeño acto de confianza se convirtió en el punto de inflexión de un camino espiritual que aún continúa desarrollándose.

Enkhjin creció en la provincia de Hinti en el seno de una familia humilde y trabajadora. Sus padres, Uugan Baatar y Enkh Tuvshin, trabajan en una fábrica de procesamiento de carne para mantener a Enkhjin y a sus dos hermanas menores, Enkhguun, de 15 años, y Enkhmaa, de 13.

Al igual que muchos jóvenes de Mongolía de zonas rurales, se mudó a Ulán Bator para cursar estudios universitarios, llevando consigo la tranquila determinación de una estudiante de primera generación. Fue allí donde conoció a Khashdorj Michael Arvanai, un compañero de clase católico y monaguillo de la catedral.

Su familia —abuela, tía y primos— asisten regularmente a misa en la pequeña comunidad católica de Mongolia, que cuenta con poco más de 1.500 miembros en un país de más de tres millones de habitantes.

A través de la amistad, Enkhjin comenzó a encontrar una forma diferente de vivir la fe: “A través de él Khashdorj Michael Arvanai, comencé a conocer a Jesús de una manera más personal”, explica a UCANews

Una oración ante el pesebre

Tras perder su teléfono durante la Navidad, Enkhjin le confió su angustia a Arvanai. Él le sugirió rezar ante el pesebre, pidiendo la ayuda del Niño Jesús. “La experiencia fue profunda, No recuperé el teléfono gracias a las oraciones, pero sí obtuve mucha tranquilidad. “Fue entonces cuando empecé a comprender el poder de la oración. Jesús escucha. Cuando pedimos con fe y Él responde a su manera”, asevera.

Según ella, sus padres no tienen creencias religiosas y la dejaron en libertad de creer en la religión que quisiera.No se pudo contactar con sus padres, ya que viven en un pueblo remoto. “No hay razón para que rechacen mi decisión», añade. Mis padres confían en mí. Saben que las decisiones que tomo son buenas para mi vida”, añade.


Enkhjin, tercera por la derecha, posa para una fotografía con sus familiares / Foto: Cedida - UCANews

Atraída por el sacrificio de Cristo en el altar

Enkhjin había visitado previamente una iglesia protestante y notó su énfasis en las Escrituras. Sin embargo, según ella, lo que la atrajo al catolicismo fue el altar.

“Lo que me atrae de la Iglesia Católica es el altar, donde el Cuerpo y la Sangre de Jesús son sacrificados y entregados a los fieles. Esto alimenta el alma. Quiero experimentarlo personalmente, Anhelo el día en que reciba por primera vez el Cuerpo y la Sangre de Jesús”, dice.

Fue aceptada oficialmente como catecúmena el año pasado, y en esta vigilia pascual será bautizada en la Catedral de San Pedro y San Pablo.

La Iglesia de Mongolia, establecida apenas en 1992 tras la caída del comunismo, es todavía joven, compuesta en gran parte por conversos y sostenida por comunidades muy unidas y el acompañamiento personal.

La trayectoria de Enkhjin es emblemática de esa realidad: la evangelización a través de la amistad. Tuya, la abuela de Arvanai, ha observado con cariño el crecimiento espiritual de la joven: “Es una chica inteligente y devota. Todavía no comprende muchas enseñanzas de la Iglesia, pero dice: ‘Tengo fe en Jesús’”.



Enkhjin y su amigo Khashdorj Michael Arvanai que la invitó a ir a rezar ante el Belén (a la derecha) posan para una fotografía / Foto: Cedida -
UCANews

El llamado misionero 

Enkhjin aún no ha elegido a sus padrinos, algo que, según ella, sucederá cuando Dios lo disponga.

En Mongolia, donde la práctica budista tradicional y las influencias seculares dan forma a gran parte de la sociedad, la conversión a menudo no comienza con la instrucción doctrinal, sino con la experiencia vivida. 

Cuando se le preguntó cómo esperaba servir a la Iglesia, Enkhjin respondió que quería convertirse en lectora, es decir, proclamar la Palabra de Dios a los demás.

Su imaginación está marcada por el Evangelio de Juan. Se ve reflejada en Andrés, quien lleva a su hermano, Simón Pedro, ante Jesús, diciendo: «Hemos encontrado al Mesías». 

“Al igual que el apóstol Andrés, mi amigo Arvanai me acercó a Jesús. Este es un momento muy importante en mi vida como joven mongola. En el futuro, también quiero convertirme en un ‘Andrés’ para muchos ‘Pedros’, llevándolos a Jesús. Entiendo que este es el papel de todo misionero en esta joven Iglesia en Mongolia”.

Sachini Dilshani era budista: «Sufrí una afección cutánea persistente con 30 heridas sangrantes, busqué la intercesión de la Virgen María para pedirle a su hijo Jesucristo que me cure, Él me sanó y me bautizaré católica»


Sachini Dilshani Weerakoon recibirá el bautismo y se convertirá en miembro de pleno derecho de la Iglesia Católica el 4 de abril / Foto: Cedida - UCANews

Camino Católico.- Durante su adolescencia, Sachini Dilshani Weerakoon sufrió una afección cutánea persistente que le provocaba heridas sangrantes en ambas piernas. Pero ahora, a los 20 años, habla de ello no con dolor ni vergüenza, sino con gratitud.

Durante casi ocho años, esta mujer de Sri Lanka sufrió de ampollas abiertas en ambas piernas casi todos los meses —a veces más de 30 a la vez— que, según los médicos, eran causadas por una enfermedad autoinmune.

Con frecuencia, las heridas se abrían y sangraban, impidiéndole “dormir, trabajar o viajar con libertad”, según cuenta a UCANews. A menudo, esto le provocaba fuertes dolores de cabeza, lo que agravaba su malestar.

En mayo de 2025, Sachini Dilshani Weerakoon afirma que las ampollas dejaron de aparecer, lo que ella considera una cura milagrosa que cambió su vida y su fe. “Creo que Jesús sanó mis piernas por completo”, dice con una sonrisa.

Esta joven cuenta los días que faltan para la Vigilia Pascual del 4 de abril en la iglesia de San Judas Apóstol en Ashokapura, su pueblo, donde espera ser bautizada como católica.

Ashokapura, situada a unos 225 kilómetros al norte de la capital, Colombo, pertenece a la diócesis de Anuradhapura. La aldea es predominantemente budista, como el resto del país, pero cuenta con 30 familias católicas que conviven con sus 400 familias budistas.

Sachini Dilshani Weerakoon nació en una familia budista y creció practicando el budismo. "Aunque hemos sido budistas durante generaciones, mis padres nos llevaban a la iglesia de San Judas para encender velas", explica.

Estas prácticas son comunes en su aldea, donde el templo budista se encuentra cerca de la iglesia parroquial católica, y católicos y budistas se apoyan mutuamente en sus actividades religiosas. Los aldeanos también celebran juntos las festividades de otras religiones.

“Por eso existe una fuerte amistad entre budistas y católicos”, sonríe Sachini Dilshani Weerakoon. “Encender velas en la iglesia forma parte de la rutina de nuestra familia, especialmente en los cumpleaños —el mío y el de mis padres—, para pedir bendiciones divinas”, dice.

Tras casarse hace dos años con Puthum Lakshan Silva, un católico, comenzó a encender una lámpara de aceite frente a las estatuas de Jesús y la Virgen María durante sus oraciones diarias.

También solía visitar el santuario de Madhu, un santuario mariano en la diócesis de Mannar, en el norte del país, que es frecuentado tanto por católicos como por muchos budistas. “En el santuario de Madhu, busqué la intercesión de la Virgen María para pedirle a su hijo Jesucristo, Dios, que me cure”. Tras una peregrinación, se sintió curada y no le volvieron a salir ampollas. «Me ha curado por completo», afirma.

Tras su sanación, sintió el llamado a convertirse al catolicismo y lo comentó con su párroco, Granville Chrisantha Srilal. Él le aconsejó que asistiera a misa y a clases de religión todas las semanas. Su catequista, Mahesha Manori, dice que Sachini Dilshani Weerakoon está "estudiando con mucha dedicación. Se esfuerza por fomentar el crecimiento espiritual, combatir la soledad y la desesperación, y compartir la fe con los demás”. Por su parte, el párroco asegura que la joven tenía el deseo personal de recibir el bautismo "sin ninguna presión de nadie".

El padrino de Sachini Dilshani Weerakoon, Nicholas Silva, y su madrina, Piyasenage Premalatha, también esperan con ilusión su bautismo. “Está contando los días para recibir la Eucaristía”, dice Premalatha.

Su familia también la ha apoyado en su decisión. Su esposo, Pathum Lakshan Silva, afirma que su decisión fue "puramente personal" y que "nunca la presionó de ninguna manera en asuntos religiosos".

La madre de Silva, Piyasenage Ramyalatha, de 44 años, que enseña religión a estudiantes budistas en el templo del pueblo, dijo que la decisión de Sachini Dilshani Weerakoon refleja la libertad religiosa en el pueblo.

Los católicos y budistas del pueblo dan "un ejemplo al mundo al convivir", declara Ramyalatha, quien también enseñó budismo a Sachini Dilshani Weerakoon.

Ramyalatha "nunca se negó a mi conversión al catolicismo", dice Sachini Dilshani Weerakoon mientras pasaba junto al templo budista y entraba en la iglesia para encender una vela.

“Creo en Jesús”, asegura   Sachini Dilshani Weerakooncon firmeza mientras entraba en la iglesia con un paso ligero, como para demostrar que ya no tenía ampollas dolorosas.

Homilía del evangelio del domingo: Jesús en su oración en Getsemaní ha decidido poner su corazón solo en la voluntad del Padre y todo su sufrimiento es vivido como un acto de amor al Padre y a los hombres / Por P. José María Prats

* «Nosotros podemos optar entre estas dos actitudes: poner la mirada y el corazón en el poder y el bienestar o bien en el amor y la fidelidad al Padre. La primera actitud nos conduce a la esclavitud y a la inquietud, la segunda a la paz y a la experiencia inefable del amor que vence sobre el sufrimiento y la muerte. Nosotros decidimos»

Domingo de Ramos – A

Isaías 50, 4-7 / Salmo 21 / Filipenses 2, 6-11 / San Mateo, 26, 14-27, 66

P. José María Prats / Camino Católico.-  El relato de la pasión no se presta a comentarios. Es un relato para meditar y contemplar en silencio dejándonos interpelar y conmover por su fuerza y su grandeza.

Quisiera tan sólo proporcionar una clave importante para esta contemplación: el contraste entre las actitudes del mundo y de Jesús.

El mundo que rechaza a Jesús se nos presenta como un mundo sin paz, que se agita angustiado bajo el poder de las pasiones y se funda sobre la mentira y la violencia: las maquinaciones de los líderes judíos para matar a Jesús, su juicio falseado, su manipulación de Pilato y del pueblo para que pidiera la crucifixión; las burlas y la crueldad de los soldados; los insultos de los que pasaban por allí, de los jefes de los judíos y de los ladrones crucificados; el soborno a los guardianes del sepulcro para que mintieran... Este mundo ha puesto su mirada y su corazón en el poder y el bienestar y, paradójicamente, obtiene la esclavitud y la desesperación.

Jesús, en cambio, se nos presenta sereno y dueño de sí mismo en todo momento a pesar de las burlas, las humillaciones y los tormentos físicos: su serenidad en el momento del arresto, la confesión valiente de su divinidad ante el Sanedrín, su silencio ante Pilato y ante los insultos y afrentas de tantos... En su oración en Getsemaní ha decidido poner su mirada y su corazón solamente en la voluntad del Padre y todo su sufrimiento es vivido como un acto de amor al Padre y a los hombres. Cada latigazo y cada insulto asumido desde esta actitud es un sí al Padre que exalta el amor hasta el punto de que –como dice Isaías– «no sentía los ultrajes».

Nosotros podemos optar entre estas dos actitudes: poner la mirada y el corazón en el poder y el bienestar o bien en el amor y la fidelidad al Padre. La primera actitud nos conduce a la esclavitud y a la inquietud, la segunda a la paz y a la experiencia inefable del amor que vence sobre el sufrimiento y la muerte. Nosotros decidimos.

P. José María Prats


Evangelio: 


En aquel tiempo uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.


El primer día de los ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él contestó: «Id a casa de Fulano y decidle: ‘El Maestro dice: mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.


Al atardecer se puso a la mesa con los doce. Mientras comían dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar». Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del Hombre se va como está escrito de Él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!, más le valdría no haber nacido». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Así es».


Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo». Y cogiendo un cáliz pronunció la acción de gracias y se lo pasó diciendo: «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».


Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño’. Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea». Pedro replicó: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré». Jesús le dijo: «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante tres veces, me negarás». Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y lo mismo decían los demás discípulos.


Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo: «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres». Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo: «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».


Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ése es: detenedlo». Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Maestro!». Y lo besó. Pero Jesús le contestó: «Amigo, ¿a qué vienes?». Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con Él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: «Envaina la espada: quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? El me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar». Entonces dijo Jesús a la gente: «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis». Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.


Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon: «Éste ha dicho: ‘Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’».


El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?». Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo». Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?». Y ellos contestaron: «Es reo de muerte». Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros; lo golpearon diciendo: «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».


Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo: «También tú andabas con Jesús el Galileo». Él lo negó delante de todos diciendo: «No sé qué quieres decir». Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí: «Éste andaba con Jesús el Nazareno». Otra vez negó él con juramento: «No conozco a ese hombre». Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron: «Seguro; tú también eres de ellos, se te nota en el acento». Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: «No conozco a ese hombre». Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.


Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.


Entonces el traidor sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores diciendo: «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente». Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!». Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas dijeron: «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre». Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía "Campo de Sangre". Así se cumplió lo escrito por Jeremías el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».


Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices». Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?». Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.


Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?» pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con Él».


Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?». Ellos dijeron: «A Barrabás». Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Que lo crucifiquen». Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Que lo crucifiquen!». Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!». Y el pueblo entero contestó: «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.


Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de Él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante Él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.


Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir "La Calavera"), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que, destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». «Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y Él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?». Hasta los que estaban crucificados con él lo insultaban.


Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó: «Elí, Elí, lamá sabaktaní». Es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; en seguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.


Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.


Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia; lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.


A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor estando en vida anunció: ‘A los tres días resucitaré’. Por eso da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: ‘Ha resucitado de entre los muertos’. La última impostura sería peor que la primera». Pilato contestó: «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis». Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.


San Mateo, 26, 14-27, 66

Que al acompañar a Jesús en su Pasión, nuestro corazón se convierta y aprendamos a amar con humildad, perseverancia y fidelidad / Por P. Carlos García Malo

 


David Patterson: «Me enojé por el divorció de mis padres, abandoné la fe, bebía alcohol hasta perder el conocimiento, mi madre rezaba por mí, fui a un retiro, me confesé y 6 meses después Dios sanó mis adicciones»

David Patterson contando su testimonio de conversión 

* «Cuando comenzó la primera charla, el orador captó mi atención. Me habló del amor de Dios. Dijo que ‘un simple “sí” a Cristo cambiará tu vida para siempre’. Continuó: ‘Hoy es 15 de agosto. Corran al Sacramento de la Reconciliación y sean libres. Hagan de hoy el día en que le dijeron “sí” a Jesús’. Me tocó la fibra sensible, porque, más que nada, anhelaba ser libre y sabía que no lo era. Así que esa noche corrí a confesarme. Mientras me confesaba, me sentía cada vez más ligero, y cuando el sacerdote me dio la absolución, me sentí libre. Me sentí transformado»

Camino Católico.- David Patterson, tiene 38 años, vive en Toronto (Canadá) y es el creador del portal Yes Catholic de Canadá, en el que cuenta su poderosa historia de conversión. Este medio cuenta con el apoyo de figuras de la Iglesia en Canadá, como el Arzobispo Emérito Cardenal Thomas Collins de Toronto.

Aunque la madre de David era católica, tras el divorcio de sus padres, él sintió resentimiento hacia su padre y deseaba que este "sintiera su dolor". También empezó a preguntarse "si la gente realmente creía en Jesús".

En noveno grado, pasó un verano en la casa de campo de su padre y terminó involucrándose profundamente con la marihuana, el alcohol y las fiestas. Con su adicción al alcohol llegaba a perder el conocimiento. Cuando regresó a la escuela en otoño, se juntó con malas compañías y continuó llevando una vida imprudente durante la secundaria y la universidad. De hecho, en un momento dado, David le preguntó a un amigo por qué le dolía la cabeza cuando no bebía, y el amigo le respondió: "Tienes los colmillos del lobo. Eres un alcohólico; bienvenido al club".

Afortunadamente, la madre de David nunca dejó de orar por su conversión. Cuando ella le pidió que asistiera a un retiro católico, él accedió a regañadientes y fue allí, que después de confesarse tuvo un encuentro con Dios. Su conversión se produjo el 15 de agosto de 2009, cuando tenía 21 años. Después de crecer seis meses en su relación con Cristo y perseverar en los sacramentos, el Señor le sanó de sus adicciones. Esta es su historia contada en primera persona.

David Patterson junto a su esposa Alexandra y su madre en el evento ‘Lift Jesus Higher Rally’ de 2017 en Toronto, Ontario

«Dios elige a los quebrantados, sana nuestros corazones y nos ama incluso cuando volvemos a caer»

De niño, tenía muchas preguntas sin respuesta sobre la fe. Cuando estaba en noveno grado, quería ver si alguien  realmente  creía en Jesús y en la Iglesia Católica, pero, para ser honesto, no vi a nadie que lo hiciera. Así que pensé: "¿Para qué?". Ya había experimentado mucha confusión y enojo por el divorcio de mis padres, y aunque mi madre seguía intentando animarme —convenciéndome de que hablara con tal o cual sacerdote—, yo ya estaba harto de todo eso, y solo tenía 15 años.

Ese verano, mi vida se fue al traste rápidamente. Me pasé todas las vacaciones bebiendo, fumando y juntándome con malas compañías. Lamentablemente, esa fue una muestra de toda mi experiencia en el instituto. Ojalá pudiera decir que mi época universitaria fue diferente, pero la verdad es que bebía con frecuencia, incluso hasta el punto de perder el conocimiento por culpa del alcohol.

Pero hay algo que debes entender. Aunque yo no pensaba en el cristianismo ni en Jesús, mi madre no había perdido la esperanza en mí. Rezaba por mí. Me insistía constantemente para que fuera a un retiro espiritual, y finalmente, para que dejara de  insistir , cedí.

El retiro no empezó bien. Estaba enfadado y no quería estar allí, así que me senté afuera en el aparcamiento gritándole a mi madre, intentando convencerla de que no quería entrar, deseaba marcharme. En medio del alboroto sentí que me tocaban el hombro y vi a un sacerdote con sombrero de vaquero. Era cariñoso y paciente, y me dijo: ‘Hijo, creo que deberías quedarte’. No solo me calmó, sino que incluso me convenció de quedarme, aunque seguía escéptica.

Cuando comenzó la primera charla, el orador captó mi atención. Me habló del amor de Dios. Dijo que “un simple «sí» a Cristo cambiará tu vida para siempre”. Continuó: «Hoy es 15 de agosto. Corran al Sacramento de la Reconciliación y sean libres. Hagan de hoy el día en que le dijeron “sí” a Jesús».

Me tocó la fibra sensible, porque, más que nada, anhelaba ser libre y sabía que no lo era. Así que esa noche corrí a confesarme. Mientras me confesaba, me sentía cada vez más ligero, y cuando el sacerdote me dio la absolución, me sentí libre. Me sentí transformado.

Al regresar del retiro, comencé a ir a misa solo. Empecé a frecuentar el sacramento de la Reconciliación. Y después de seis meses de estar cerca de Jesús, Dios sanó mis adicciones. Así que sí, Dios rompió las cadenas de mi vida.

Meses después, participé en otro retiro espiritual. Mientras oraba ante la Eucaristía, Dios puso una imagen en mi mente. Vi a un grupo de adolescentes alabando a Dios en el sótano de la iglesia donde crecí. Al día siguiente, como estaba en mi ciudad natal, fui a esa iglesia y hablé con el sacerdote, contándole lo que había visto. Su expresión cambió de inmediato. Me dijo: «Qué curioso, porque ayer tuvimos una reunión para hablar de buscar un coordinador de pastoral juvenil. Creo que tú podrías serlo».

Me sentía tan indigno. Si aquel sacerdote hubiera sabido dónde había estado y qué había hecho en mi vida, estaba seguro de que no me habría pedido que fuera coordinador de la pastoral juvenil. Pero no sabía que así es cómo obra Dios. Él elige a los quebrantados, sana nuestros corazones y nos ama incluso cuando volvemos a caer.

Acepté el puesto de coordinador de jóvenes y me asombró lo que Dios era capaz de hacer, aunque no tenía ni idea de lo que estaba  haciendo. Y lo curioso es que estaba tan concentrado en intentar ayudar a estos jóvenes desde mi propia fragilidad que olvidé por completo que Jesús me estaba ayudando constantemente a mí.

Lo sé porque el primer día de nuestro primer campamento de verano conocí a una monitora que cambió mi vida para siempre. Se llamaba Alexandra y era preciosa.

David Patterson junto a su esposa Alexandra

Cuando decidimos empezar a salir, nos tomamos de las manos, inclinamos la cabeza y le pedimos a Dios que nos bendijera y fuera el centro de todo lo que hiciéramos. Sé que nos escuchó. Después de salir durante meses, comenzamos una novena —una oración de nueve días— para discernir si estábamos llamados al sacramento del matrimonio. Durante toda la semana, lo único que oía en mi corazón era: «Propónme matrimonio».

Verás, Dios seguía actuando en mí, e incluso estaba dispuesto a involucrar a mi amigo para ayudarme a llegar a donde necesitaba ir. Un día, en medio de una conversación, mi amigo me preguntó de repente: "¿Amas a Alexandra?". 

Sin dudarlo, le dije que sí y que incluso estaba pensando en proponerle matrimonio el jueves (¡ni siquiera sé de dónde saqué la idea del jueves!). Pasamos el resto de la noche planeando cómo conseguiría el permiso de sus padres y el anillo.

La noche anterior al jueves, Alexandra me llamó y me dijo: «Oye, estaba pensando que mañana es el noveno día de nuestra novena para ver si estamos llamados al matrimonio». A la mañana siguiente fuimos a misa y luego a un lugar con vistas a un lago, el mismo sitio donde tuvimos nuestra primera cita. Fue allí donde le pedí a Alexandra que pasara el resto de su vida conmigo. ¡Por suerte, dijo que sí!

Fue un día muy especial, y sin embargo, Dios quería que supiera que también tenía otro significado que yo desconocía. Tras investigar un poco, me di cuenta: le había propuesto matrimonio a mi esposa el 15 de agosto, y fue el 15 de agosto de 2009 cuando regresé a la Iglesia. ¿Coincidencia? No lo creo.

La verdad es que yo era un desastre, pero era Su desastre. A pesar de todo, Dios nunca ha dejado de amarme y, al igual que mi madre, nunca se ha dado por vencido conmigo.

Alexandra y yo nos casamos un año después y hemos sido bendecidos con dos hijos. San Juan Pablo II dijo: «La vida con Cristo es una aventura maravillosa». ¿Sigo siendo un desastre? Sí. Pero sé que Dios obra todo para su gloria.

David Patterson