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viernes, 24 de julio de 2026

Papa León XIV en mensaje para la jornada de los abuelos: «El amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse»

* «El descubrimiento de la ternura de Dios, para muchos, sucede en el transcurso de la existencia, muchas veces propiamente en el último tramo de la vida. De hecho, cada vez más frecuentemente, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, es posible hacerse mayores sin haber tenido una experiencia real de fe. La edad avanzada, en este caso, a partir de las preguntas que nos hacemos con más urgencia en esta etapa de la vida, puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual. En este nuevo camino se puede reconocer que Dios, como dice san Agustín, «es madre porque calienta, porque nutre, porque amamanta, porque custodia» (Comentario al Salmo 26, II, 18). Es una conciencia que ayuda a no sentir vergüenza por la fragilidad que aparece y también a comprender que todos, siempre, tenemos necesidad los unos de los otros y requerimos atención y cuidados. A Dios, que se hace prójimo y al que aprendemos a reconocer en su ternura, podemos dirigirnos ahora con filial confianza en la oración. Nunca es demasiado tarde para comenzar a dirigirse a Él. Puede ser un gran don para todos»

 * «Podemos vivir como cristianos el tiempo de la ancianidad: “frágiles”, pero al mismo tiempo “llamados”. Un hombre y una mujer pueden renacer cuando son mayores (cf. Jn 3,4-6) y exclamar con el profeta: «Su salvación está en convertirse y en tener calma, su fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30,15). Una fuerza que puede convertirse en una invitación a no recurrir a los caminos de la arrogancia y del poder para garantizar la convivencia humana, sino a los caminos de la reconciliación y de la paz verdadera. En este tiempo, marcado de una manera tan fuerte por la violencia bélica y social, muchos se interrogan acerca de cómo será el mundo en el cual crecerán los propios nietos. Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero»

Camino Católico.- “El amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse. En particular, sobre la vida de muchos mayores parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido. Es lo que sucede en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología”. Estas son las reflexiones que guían el Mensaje del Papa León XIV para la jornada mundial de los abuelos y mayores publicado el 15 de junio, que se celebrará en la Fiesta de los Santos Joaquín y Ana, el domingo 26 de julio. 

El Papa pide que también lleven a los abuelos y adultos mayores con este mensaje, “la cercanía y el afecto" del sucesor de Pedro: “Háganlo de tal modo que las palabras del profeta ‘Yo nunca te olvidaré’ adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro”.

Afirmando además que “la Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: Yo nunca te olvidaré”. El texto completo del mensaje es el siguiente:

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

PARA LA VI JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y DE LAS PERSONAS MAYORES

[Fiesta de los Santos Joaquín y Ana, 26 de julio de 2026]

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Yo no te olvidaré (Is 49,15)

Queridos hermanos y hermanas:

Por boca del profeta Isaías el Señor promete que no se olvidará nunca de ninguno de nosotros. Nos asegura que nuestros rostros los lleva tatuados en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16) y que su amor es más grande que el de una madre por su hijo (cf. Is 49,15). El profeta nos permite entrever un diálogo íntimo y personal en el que Dios se dirige a cada uno y al pueblo tratándole de “tú”. También hoy podemos leer estas palabras dirigidas a nosotros y cada uno puede escuchar ese “nunca te olvidaré” como referido a sí mismo.

Son palabras que nos llenan de consuelo y de confianza. Son la respuesta a un angustioso sentimiento que agita el corazón: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado» (Is 49,14). ¡Cuántas veces en la Sagrada Escritura, en particular en los salmos, la oración nace de la desorientación de quien tiene la impresión de que la propia vida no le interesa a nadie y se desprecia a uno mismo! La dolorosa sensación de ser olvidados, desafortunadamente, es común en muchas personas, especialmente entre los mayores.

Sin embargo, el amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse. En particular, sobre la vida de muchos mayores parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido. Es lo que sucede en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología.

La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios. Que esta Jornada sea, por lo tanto, un estímulo para todos, en particular para los más jóvenes, y así retomar la bella costumbre de visitar a los propios abuelos, los mayores de la familia y también a aquellos que no reciben ninguna visita. Llévenles, junto con este mensaje y su presencia, la cercanía y el afecto del Papa. Háganlo de tal modo que las palabras del profeta “Yo nunca te olvidaré” adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro. «En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad» (Carta enc. Magnifica humanitas, 239).

La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: “Yo nunca te olvidaré”.

Es agradable descubrir a cualquier edad, pero especialmente cuando no se es ya joven, como dijo el beato Juan Pablo I, que somos destinatarios «de parte de Dios de un amor atemporal. Sabemos: tiene siempre abiertos los ojos sobre nosotros, incluso cuando parece que sea de noche. Es padre; más aún, es madre» (Ángelus, 10 septiembre 1978). Aunque no sea espontáneo pensar así, la verdad es que ni siquiera cuando somo mayores dejamos de ser hijos e hijas, y por eso sigue siendo válida cada día la invitación a volver a los brazos de Dios, cuyo amor es paternal y maternal a la vez.

El descubrimiento de la ternura de Dios, para muchos, sucede en el transcurso de la existencia, muchas veces propiamente en el último tramo de la vida. De hecho, cada vez más frecuentemente, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, es posible hacerse mayores sin haber tenido una experiencia real de fe. La edad avanzada, en este caso, a partir de las preguntas que nos hacemos con más urgencia en esta etapa de la vida, puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual. En este nuevo camino se puede reconocer que Dios, como dice san Agustín, «es madre porque calienta, porque nutre, porque amamanta, porque custodia» (Comentario al Salmo 26, II, 18). Es una conciencia que ayuda a no sentir vergüenza por la fragilidad que aparece y también a comprender que todos, siempre, tenemos necesidad los unos de los otros y requerimos atención y cuidados. A Dios, que se hace prójimo y al que aprendemos a reconocer en su ternura, podemos dirigirnos ahora con filial confianza en la oración. Nunca es demasiado tarde para comenzar a dirigirse a Él. Puede ser un gran don para todos.

Queridos mayores, el Papa Francisco hablaba de ustedes como de un “nuevo pueblo” (Catequesis, 23 febrero 2022), en tanto que el número de personas avanzadas en edad nunca había sido así de elevado en la historia humana. Es cuanto más importante, pues, con ustedes, “nuevo pueblo”, reflexionar sobre cuál puede ser nuestra vocación cuando la fragilidad, que acompaña al hombre desde su nacimiento, parece tomar el control. Quiero decirles: ¡no tengan miedo de la fragilidad! Propiamente esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad que ilumina también las demás edades de la vida. De hecho, cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad «abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera» (Encuentro con la comunidad argelina, Basílica de Nuestra Señora de África, Argel, 13 abril 2026).

De esta forma podemos vivir como cristianos el tiempo de la ancianidad: “frágiles”, pero al mismo tiempo “llamados”. Un hombre y una mujer pueden renacer cuando son mayores (cf. Jn 3,4-6) y exclamar con el profeta: «Su salvación está en convertirse y en tener calma, su fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30,15). Una fuerza que puede convertirse en una invitación a no recurrir a los caminos de la arrogancia y del poder para garantizar la convivencia humana, sino a los caminos de la reconciliación y de la paz verdadera. En este tiempo, marcado de una manera tan fuerte por la violencia bélica y social, muchos se interrogan acerca de cómo será el mundo en el cual crecerán los propios nietos. Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero.

Hermanas y hermanos mayores: les agradezco porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros! 

Vaticano, 15 de junio de 2026

LEÓN PP. XIV



Fotos: Vatican Media

Carmen García, 26 años, abogada: «Cuando tengo juicios intento ir a Misa antes para ofrecer el trabajo que yo tengo que hacer ese día y pedirle al Señor que me dé la gracia para poder hacer lo que Él me pide»

Carmen García es una joven abogada que vive su fe diariamente invocando a Dios en la oración para que le dé la gracia de hacer su voluntad en cada situación y ante los juicios

* «Poder poner lo que voy a hacer cada día en manos del Señor y también en manos de la Virgen me ayuda a relativizar y a poner las cosas un poco en su sitio y a ser consciente de que yo tengo que hacer todo lo que pueda, tengo que intentar constantemente dar lo mejor de mí para los demás, para el lugar en el que se me ha puesto, pero sabiendo que las cosas tienen un límite y que hay cosas que yo voy a querer controlar que no lo voy a poder hacer… Cuando sufro algún daño, le pido al Señor un sentido para ese dolor y la capacidad también para que eso no rompa mi humanidad con la otra persona, con la persona que me ha hecho daño. Y, por otro lado, cuando yo estoy en la posición de ser la que daña, pues tener luz para poder reconocer el daño que he podido hacerle a otro»

Camino Católico.- Carmen García es una joven abogada que vive su fe en la parroquia de Santa María Magdalena de Torrelaguna, municipio perteneciente a la Diócesis de Alcalá de Henares, en cuyo portal cuenta su testimonio de vida y fe. Tiene 26 años, estudió Derecho en la Universidad de Alcalá y hasta 2024 colaboró estrechamente con la Delegación diocesana de Infancia y Juventud. Actualmente está en el equipo de orientación jurídica de la Asociación para la Acogida y el Acompañamiento Betania, que se dedica al acompañamiento de las víctimas que han sufrido abusos sexuales en entornos eclesiales.

«Estoy en la Iglesia Católica para encontrar y mantener el sentido de la vida. Yo, gracias a Dios, viniendo de una familia católica en un momento dado de mi vida encuentro ese sentido por un encuentro personal y el inicio de un camino personal con el Señor. Entonces, pues, buscar, mantener, el sentido de la vida: la mía personal, pero también la vida comunitaria y la vida colectiva de mi familia, de mi comunidad, de la Diócesis, de la Iglesia y de la sociedad en la que me muevo», dice esta joven abogada,

«El encuentro con Dios en un momento un poco complicado»

Y relata con precisión cómo comenzó su camino de encuentro y personal con el Señor.

«Yo vengo de una familia católica. Gracias a Dios mis padres me transmitieron la fe, a mí y a mis hermanos. Llega un punto en que uno empieza a ser consciente de que la fe que tiene no es que no sea algo personal ni algo propio, pero que forma parte de algo que es más colectivo, en este caso mi familia. Pero hay un momento dado en el que para mí surge la necesidad y sobre todo el deseo muy fuerte de tener ese encuentro, porque yo lo veía en la vida de otras personas.

»Entonces yo recuerdo el verano de 2015 (además recuerdo la fecha porque para un adolescente hay hitos importantes que recuerda con mucha claridad). Yo recuerdo unas vacaciones familiares en la casa de mis abuelos, en el pueblo de donde es mi abuela, una sobremesa con mi abuelo y con mis primas mayores y alguna de mis tías.

»Mi abuelo contó su historia de conversión, ya de adulto… bastante adulto. Una historia muy bonita, además, que en realidad es el eco de la historia de su suegra, de la historia personal y de la relación personal de su suegra con el Señor. Yo recuerdo ver en mi abuelo como un halo de libertad y de sentido que yo quería.

»Yo era muy consciente de que en ningún momento había dudado ni de la existencia de Dios, ni me había apartado de la Iglesia, pero había algo que era mucho más profundo, que yo veía que le daba mucho más sentido a su vida. Y sobre todo, una cosa que a mí me ha marcado mucho y que me sigue marcando ahora fue encontrar un sentido al sufrimiento y ser capaz de atravesar por el sufrimiento con un sentido y con una profundidad…. A mí eso me despertó un deseo, pero también una necesidad.

»Me fui encontrando este tipo de historias en gente muy concreta y yo sabía que mi experiencia no tenía que ser la de ellos, no tenía que ser mimética. Intuía que había algo que iba a ser personal, porque evidentemente al Señor cuando tienes que decirle que sí, le tienes que decir que sí tú, no puede decir el vecino que sí por ti.

»Entonces recuerdo con mucha importancia el testimonio de mi abuelo y el de la madre de una de mis amigas que murió de cáncer hace ya tres años y con una vivencia de la enfermedad y del sufrimiento no deseada, pero sí asumida y habiéndole encontrado un sentido desde Dios. Recuerdo una de las últimas conversaciones con ella que me decía: “Carmen, es muy importante que mantengas ese deseo de querer tener un encuentro personal con el Señor”.

Carmen García y su abuelo. Gracias al testimonio de su conversión, ella tuvo su primera experiencia personal con el Señor 

»El encuentro con Dios se produjo en un momento un poco complicado. Yo estaba estudiando la carrera. Estaba en ya no recuerdo si primero o segundo. Yo estudié Derecho en Alcalá y la iglesia de Santa María es anexa a la facultad, entonces yo iba por las mañanas a rezar a la Capilla de las Santas Formas antes de clase y recuerdo como un momento de muchas preocupaciones personales, también a nivel familiar, también un poco con la incertidumbre de saber o no saber si había elegido bien.

«El Señor que me decía: ‘estoy aquí, te dejo que me veas un rato y que sepas que tu vida tiene algo más allá de lo que tú puedes ver, decidir y controlar» 

»Y entonces recuerdo estar una mañana rezando y de repente escuchar un silencio que me abrumó. O sea, yo además recuerdo salir de la Capilla y ver a la gente pasar y como un silencio brutal, que físicamente esto es imposible porque son las 9 y media de la mañana en una de las calles más concurridas de Alcalá y aquí lo que yo escucho es silencio. Y de pronto también mucha paz, como diciendo ‘bueno, ya, lo que tenga que salir ya saldrá.’

»Por curiosidad, cuando entré en clase me puse a leer el Evangelio del día. Era 15 de octubre, Santa Teresa de Jesús, que además mis padres me pusieron Carmen sobre todo por la devoción y por lo importante que ha sido para mis padres también la Orden de los Carmelitas. Ya ver eso fue como una especie de extrañeza en el buen sentido.

»Todos los 15 de octubre el Evangelio es el mismo, es San Mateo: “Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados.” Y entonces dije: ‘no… tiene que ser casualidad.’ Empecé a leer un poco más en profundidad el Evangelio y dije: ‘bueno, pues aquí hay algo que no depende de mí.’

»Es verdad que tengo una personalidad y una forma de ser que necesita tener bajo control muchas cosas. Si no, enseguida hay mucha incertidumbre, mucha inestabilidad. Y por primera vez me sentí muy en paz sabiendo que no tenía el control de la situación y que yo no podía hacer nada o no podía hacer más por resolver los problemas que en ese momento tenía abiertos. Yo creo que fue una llamada a la confianza y una demostración del Señor que me decía: “Bueno, estoy aquí, te dejo que me veas un rato y que sepas que tu vida tiene algo más allá de lo que tú puedes ver o de lo que tú puedes decidir y controlar”». 

«Todas las personas necesitamos encontrarnos con la misericordia»

Carmen García cuenta cómo vive un día de su vida cotidiana con Dios:

«Me levanto pronto porque yo no vivo en Alcalá ahora. Vivo en Torremocha. Cojo el coche y me vengo para acá y lo primero que hago siempre es, depende del día… si tengo algún juicio, si tengo alguna declaración, lo que sea… pero lo más normal es que yo vaya a San Pedro a rezar más o menos entre 40 y 50 minutos.

»Y después de eso me voy al despacho y la verdad es que la mayor parte de mi tiempo ahora mismo es el trabajo, pero poder empezar el día con la oración para mí se convierte en una necesidad, porque yo estoy empezando en el mundo profesional y yo creo que es un momento de mucha incertidumbre porque se abren muchas cosas que desconoces, a la vez es una responsabilidad grande sobre cuestiones de la vida de la gente que viene a pedirte asesoramiento. Poder poner lo que voy a hacer ese día en manos del Señor y también en manos de la Virgen me ayuda a relativizar y a poner las cosas un poco en su sitio y a ser consciente de que yo tengo que hacer todo lo que pueda, tengo que intentar constantemente dar lo mejor de mí para los demás, para el lugar en el que se me ha puesto, pero sabiendo que las cosas tienen un límite y que hay cosas que yo voy a querer controlar que no lo voy a poder hacer.

»Y eso no quiere decir que las cosas vayan a salir mal, y en el caso de que salgan mal no suponen un fracaso. Si yo no tuviese esa oración diaria sé que mi propia angustia, mi propio pesimismo, mi propia incertidumbre me comerían y me ganarían terreno. Entonces es un poco ir defendiendo el terreno todas las mañanas; luego por la tarde también sigo trabajando hasta la hora de la Misa. Voy a Misa en la parroquia. Y si tengo algo más urgente sigo trabajando un poco más cuando vuelvo.

Carmen García con la oración pone en manos de Dios todo lo que tiene que hacer cada día

»Cuando tengo juicios sí que es verdad que intento ir a Misa antes. Esto no tiene absolutamente nada que ver con una cuestión de superstición, no tiene absolutamente nada que ver con que yo he desarrollado un método en el que he comprobado que si voy a Misa antes del juicio me sale mejor. Para nada. Es una cuestión de ofrecer el trabajo que yo tengo que hacer ese día y pedirle al Señor que me dé la gracia para poder hacer lo que Él me pide.

»Hablo de los juicios porque evidentemente para mí es también un terreno de juego que todavía es muy novedoso en el que tienes que controlar varias cosas, cosas que de repente se improvisan… También es importante cómo habla uno, el lenguaje que utiliza, cómo se organiza para que lo que uno tiene que decir se pueda comprender… Pues para controlar todos esos nervios y toda esa falta de experiencia que te generan mucha incertidumbre yo le pido al Señor serenidad.

»Suele ser habitual que estoy muy nerviosa hasta 5 minutos antes. No es automático, esto no es una cuestión de magia…pero una hija pide y el Padre concede esa gracia. Y si es la gracia que necesito pues ahí está, pero también un poco encaminado a poder hacer lo que el Señor me pide; no es una cuestión de automatismos ni de hacer como conjuros extraños, es más ofrecer la incertidumbre y el sufrimiento que eso te puede generar y ofrecer el trabajo, que además para los laicos es una cosa básica, es una cosa muy importante.

»Todas las personas, en cualquier circunstancia de nuestra vida, necesitamos encontrarnos con la misericordia y es verdad que hay un plano del trabajo de la abogacía en el que ves la necesidad de determinadas personas de encontrarse con esa misericordia. Normalmente quizá en el plano en el que más lo ves diríamos que a lo mejor es el derecho penal, porque te encuentras con situaciones que quizá generan más sufrimiento, sobre todo cuando estás hablando de delitos graves.

»Nosotros no somos jueces y nosotros, como abogados, no determinamos lo que una persona ha hecho bien o ha hecho mal, ni siquiera lo que necesita, pero yo creo que muchas veces trasluce las heridas que tiene la gente. Normalmente lo ves en las personas que han cometido un delito sea de mayor o menor gravedad, pero yo creo que toda historia que detrás de un delito esconde heridas sobre las que las personas necesitan recibir esa misericordia.

»La misericordia va de mano de la justicia. Esto no quiere decir que esas personas no tengan que cumplir con la sanción o con la pena que se les deba imponer; ni siquiera que no deban reparar, pero también la misión del derecho penal es tratar de evitar los delitos. El castigo no es un fin en sí mismo, pero es una respuesta necesaria que necesita la justicia.

»Hay historias en las que sí que te diría que creo que la justicia divina va por otro lado, pero esas ocasiones creo que pueden servir también para un encuentro. Yo todavía no lo he vivido, pero la gente con la que trabajo sí que me ha contado situaciones en las que ha habido personas que han delinquido y han cambiado totalmente de vida, no te diría que por un encuentro con Dios ni por haber experimentado la misericordia en primera persona pero creo que el Señor tiene sus herramientas y de repente da una lucidez gracias a la que uno puede ver que realmente se ha equivocado, que realmente lo ha hecho mal y quizá no se produce un encuentro con Dios pero es un primer paso a disponer el corazón hacia una manera de vivir.

«Jesucristo es el mejor abogado»

»Hay una parte de mi trabajo que es muy importante, que también forma parte de un proyecto casi personal; yo estoy dentro del equipo de orientación jurídica de la Asociación para la Acogida y el Acompañamiento Betania, que se dedica al acompañamiento de las víctimas que han sufrido abusos sexuales en entornos eclesiales;  te diría que es la parte más complicada del trabajo, pero evidentemente es la parte en la que yo más he experimentado el encuentro con Dios a nivel profesional. Yo la misericordia la veo a través de las víctimas que son capaces muchas veces de afrontar sus propios procesos y creo que eso trasluce también misericordia. Lo que yo más veo en mi trabajo es la misericordia con uno mismo y el poder comenzar de nuevo integrando y asumiendo las heridas que uno tiene. 

Carmen García en la facultad de Derecho de la UAH, donde estudió el grado

»Jesucristo es el mejor abogado; pero además no solo porque te defienda, sino porque es el único que puede darle un sentido a tu sufrimiento, estés en la posición en la que estés. Si estás en la posición de haber hecho daño a alguien, creo que es el Señor el que, de manera más directa o de manera más indirecta, a través de otras personas o a través de las circunstancias de tu vida, puede darte luz sobre lo que has hecho.

»Para eso es verdad que hay que tener un corazón dispuesto a asumir también el daño que uno hace, que creo que es algo muy complicado. Y en el caso del que sufre el daño, hay personas que desgraciadamente nunca llegan a encontrar ese sentido, y yo no me puedo poner en la piel de nadie que haya vivido una situación así, porque me parece que es imposible, pero en el caso de quien ha sufrido el daño sí que hemos visto a personas que le encuentran un sentido a ese sufrimiento.

»Encontrar un sentido al sufrimiento no quiere decir justificarlo, ni mucho menos, pero es verdad que son capaces de integrarlo en su vida y son capaces de hacer luego cosas grandes por los demás. Con grandes no me refiero a exitosas, sino que son capaces de dar mucho, de sacrificar mucho por amor a sus familias, a ellas mismas también, un amor propio y bien entendido, y también a la sociedad y a las comunidades de las que forman parte.

»Lo que más le pido a Dios siempre es que le dé un sentido al sufrimiento, al sufrimiento que todos padecemos, y también que me dé luz. Cuando el Señor te muestra lo que haces mal, siempre lo hace de manera compasiva, o por lo menos esa es mi experiencia.

»Es verdad que yo le pido mucho al Señor que no me deje dañar mucho. O sea, que me dé esa luz antes de llegar a determinados estadios de esa generación del daño sobre otros. Todos hacemos daño: a nuestra familia, a nuestros amigos… muchas veces no es un daño directo, no es una acción directa, como diríamos nosotros; es como una omisión, a veces el no estar pendiente de alguien que lo necesita y que sabemos que lo necesita. Esos además para mí son como los más complicados porque no se ven, y yo creo que son de los que más daño pueden hacer.

»Entonces yo creo que las dos cosas, cuando sufro algún daño, le pido al Señor un sentido para ese dolor y la capacidad también para que eso no rompa mi humanidad con la otra persona, con la persona que me ha hecho daño. Y, por otro lado, cuando yo estoy en la posición de ser la que daña, pues tener luz para poder reconocer el daño que he podido hacerle a otro.

Escapulario del Carmen – Foto: © Pixabay leandro_monsieur

»El hecho de que mi familia se sienta cercana a la Orden del Carmen sobre todo tiene que ver mucho con la historia de mis padres. Nunca hemos profundizado demasiado en eso, pero sí que es verdad que tienen mucha devoción tanto a San Juan de la Cruz como a Santa Teresa.

»Yo en la oración soy como muy seca, seca en el sentido de que aprecio mucho el silencio y el aprender a vivir la oración y la espiritualidad sin muchas florituras. Me encuentro muy a gusto y muy reconocida en la forma de hacer oración de la Orden del Carmen. Desde ese 15 de octubre también le pido a Santa Teresa que interceda por mí y por mi familia. Pero no hay una relación muy especial, no tenemos tampoco familia o algo que pertenezca a la Orden».

- Carmen García comparte la canción que esta escuchando últimamente que le acerca a Dios:

- El Canon de Thomas Tallis, interpretado por Libera, que es un coro de voces blancas. Es muy sencilla, es como la oración que uno hace antes de acostarse. Es una oración que pide perdón por las ofensas hechas en el día, que da las gracias y que le pide luz al Señor. Es muy sencillita, pero la verdad es que a mí me ayuda también a rezar.

- El libro que recomienda para conocer más la fe:

- Las cartas de Madre Teresa, que es una recopilación que hizo el postulador de su causa y que se llama “Ven, sé mi luz”.

Hay una preciosa que a mí me encanta en la que le habla del sufrimiento a una de sus compañeras y define cómo cuando uno está sufriendo es el beso que Jesucristo baja a darte desde la cruz. Si tuviese que decirle a alguien que la fe es esto, le diría que leyese esas cartas.

- Un santo que es un referente para ella:

- Madre Teresa, pero sobre todo San Rafael Arnaiz, porque a mí me ha educado mucho en la espera y en entender que los tiempos de espera son igual de queridos por el Señor como lo son las llamadas concretas a cosas concretas.

- Al final de la entrevista se le pide que termine las siguiente frases:

- Los jóvenes son… los que pueden arriesgarlo todo por un ideal.

Los jóvenes esperan… encontrarse con la Verdad.

La fe de los jóvenes… lleva a querer y a necesitar comprometerse.

El mejor lugar para rezar en a diócesis de Alcalá es… en el que más tiempo he pasado yo rezando: el monasterio de la Concepción que hay en Torrelaguna. Donde más tiempo he tenido la oportunidad de hacer silencio y de escuchar al Señor.

João Victor Corrêa: «Trabajaba como médico residente, durante el Covid crecí en mi intimidad con Dios, sentí la llamada a ser cura, dejé a mi novia y al terminar la residencia entré en el Seminario»

João Victor Corrêa es médico pero al sentir la llamada del Señor optó por responder y ser sacerdote

* «Las gracias que recibe un sacerdote, los frutos de su ministerio, la eficacia de su predicación y de toda su labor pastoral no provienen únicamente de su esfuerzo, sino de su correspondencia a la gracia de Dios. En definitiva, Dios es quien realiza la obra. Nosotros solo somos sus instrumentos. Hay que seguir el camino que Dios vaya indicando, escuchar y conocer la voz de sus ovejas, protegerlas con la propia vida y amarlas. En el fondo, no hay mucho que inventar: se trata simplemente de seguir los pasos de Cristo»

Vídeo del testimonio de João Victor Corrêa Maiolino de la Fundación CARF

Camino Católico.- Había terminado la dura carrera de medicina cuando en 2020, durante el Covid, João Victor Corrêa Maiolino, comenzó a dedicar más tiempo a la oración. “Cuando terminé la residencia, al día siguiente ya estaba con mis hermanos en el Seminario”, relata a la Fundación CARF este seminarista de 31 años de la Archidiócesis de Río de Janeiro, (Brasil). Lleva un año viviendo en España en el Seminario Internacional Bidasoa. En su testimonio, João Victor nos da las claves para aplicar la medicina en el acompañamiento y curación espiritual de las almas. 

Una familia sencilla 

João Victor Corrêa Maiolino es natural de la ciudad de Campos dos Goytacazes, en el estado de Río de Janeiro. Proviene de una familia muy sencilla. Su padre (Francisco Vicente), médico de profesión, pasaba un poco más de tiempo fuera de casa, pero se hacía presente de su modo discreto y observador. Su madre (Rosane), es profesora y aplicaba sus conocimientos de pedagogía en la formación de él y sus dos hermanos mayores: Thiago y su hermana Lívia. “Soy el más pequeño, aunque en estatura no lo sea”, comenta sonriente. 

“Mi familia no tiene una fuerte tradición católica. Todos hemos sido bautizados, pero solo mi hermano y yo vivimos la fe de manera concreta. Mi padre vive la fe de un modo más discreto y normalmente participa en la Santa Misa con ocasión de una Misa de difuntos, una boda o alguna otra celebración familiar. Mi mamá y mi hermana practican otra religión, el espiritismo kardecista”, explica. 

Sin embargo, aunque sus padres no vivan la fe católica, eligieron un colegio católico de los Salesianos para su educación. Y en la convivencia familiar, con momentos de alegría y diversión, su madre siempre les obligaba a reconciliarse en las discusiones entre hermanos. 

La importancia del deporte en su formación personal 

La adolescencia es una etapa de cambios y rebeldías, pero João Victor la vivió tranquila. Sus preocupaciones estaban mucho más relacionadas con el deporte que con cualquier otra cosa. “Lo que me apasionaba era jugar al baloncesto. No me gustaba estudiar, aprobaba y ya está. Sin embargo, practiqué baloncesto a un alto nivel hasta el punto de mudarme a Río de Janeiro, con 16 años, para jugar en el club Fluminense”, relata. 

Esta experiencia deportiva ayudó a João Victor muchísimo en su formación personal, pues le permitió desarrollar habilidades muy importantes, como el trabajo en equipo, la disciplina y la capacidad de prepararse para grandes desafíos bajo presión. Sin embargo, no continuó con su carrera deportiva porque sufrió varias lesiones y, a los 17 años, tuvo que elegir entre baloncesto y estudiar en la universidad. Y optó por los estudios.

João Victor Corrêa con su familia

Los duros seis años de medicina  

“Elegí Medicina. Como es una carrera muy competitiva en Brasil, tuve que estudiar muchísimo para conseguir una plaza, teniendo en cuenta que hasta entonces nunca había estudiado tanto. Al final necesité dos años de curso preparatorio para lograrlo y, con 19 años, ingresé en la facultad”, recuerda el joven brasileño. 

Tras seis años de carrera, comenzó a ejercer como médico residente. Tenía una novia y su vida iba muy bien. 

La vocación sacerdotal vino con la pandemia 

Sin embargo, durante la pandemia, en 2020, João Victor comenzó a dedicar más tiempo a la oración y, conforme fue siendo posible, también a la vida sacramental. 

Recuerda los momentos íntimos con Dios de aquella época: “Poco a poco fui creciendo muchísimo en mi intimidad con Dios y cada vez me acercaba más a Él. Hasta que, en un determinado momento, surgió una pregunta nueva en mi corazón: ¿Por qué no ser cura? Mi primera reacción fue rechazar esa idea de inmediato. Pero no funcionó. La pregunta volvía una y otra vez, hasta que decidí afrontarla de frente. Lo compartí con mi párroco y, en el proceso de discernimiento, terminé mi noviazgo y opté por tomar en serio esta llamada”.

Durante dos años, mientras João Victor realizaba la residencia en Medicina de Familia y Comunidad, discernió su vocación sacerdotal. Como la residencia era en la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ), vivía en Río y allí participó en los encuentros vocacionales de la Archidiócesis. Poco a poco las puertas se iban abriendo, aunque no sin esfuerzo y valentía. “Cuando terminé la residencia, al día siguiente ya estaba con mis hermanos en el Seminario”, sentencia. 

João Victor Corrêa, el primero por la izquierda, en el camino de Santiago 

El primer seminarista de Río en Bidasoa 

Así, en 2024 comenzó su formación como seminarista en el Seminario Propedéutico de la Arquidiócesis de Río de Janeiro y, a principios de 2025, tuvo la oportunidad de venir a estudiar al Seminario Bidasoa para continuar su formación. Lleva cerca de un año en España, “donde me encuentro muy a gusto”, señala. 

Cuando recibió la invitación para estudiar en Pamplona sintió una mezcla de sentimientos: sorpresa, alegría, miedo, incertidumbre, gratitud y muchos otros. “Fue algo muy inusual, porque fui el primer seminarista de la Archidiócesis de Río de Janeiro en venir a Bidasoa para cursar el primer año de Filosofía. Hasta entonces, todos los demás habían venido únicamente para comenzar los estudios de Teología. Para mí, esta oportunidad ha sido una gran gracia de Dios”.

El sacerdote que quiere llegar a ser: médico de almas 

Tras su formación en España, volverá a Brasil a recibir la ordenación sacerdotal. Y surgen preguntas inevitables: “¿Cómo anunciar a Cristo a las personas en nuestros días? ¿Qué tipo de sacerdote quiero llegar a ser?”. 

João Victor da algunas claves, equiparando la medicina con el sacerdocio: “Creo que el sacerdote, al igual que los médicos, necesita desarrollar muchas habilidades. No solo una buena formación teórica, sino también una gran sensibilidad en el trato humano, capacidad de observación, sentido pastoral y cercanía con las personas que Dios le ha confiado”. 

Pero por encima de todo, asegura que el sacerdote es un hombre de oración. “Las gracias que recibe, los frutos de su ministerio, la eficacia de su predicación y de toda su labor pastoral no provienen únicamente de su esfuerzo, sino de su correspondencia a la gracia de Dios. En definitiva, Dios es quien realiza la obra. Nosotros solo somos sus instrumentos”. 

Por eso, para llegar al corazón de las personas, ya sean los jóvenes o quienes están más alejados de Dios, es necesaria una vida de oración. “Hay que seguir el camino que Dios vaya indicando, escuchar y conocer la voz de sus ovejas, protegerlas con la propia vida y amarlas. En el fondo, no hay mucho que inventar: se trata simplemente de seguir los pasos de Cristo”, concluye este seminarista brasileño. 

La experiencia de João Victor refleja un proceso que viven muchos jóvenes cuando comienzan a plantearse una posible vocación sacerdotal. La llamada de Dios no suele manifestarse de forma extraordinaria. Con frecuencia nace en lo cotidiano: una vida de oración más intensa, el acompañamiento de un sacerdote, la participación en los sacramentos o el deseo creciente de entregar la vida al servicio de los demás.

Lawrence Feingold: «Fui educado sin religión, mi esposa embarazada padeció una gran ansiedad y no quería vivir; recé: ‘Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros’; nos convertimos al catolicismo»

Lawrence Feingold se convirtió al catolicismo cuando su esposa con ansiedad no quería vivir/  

* «Me vino a la mente las palabras del Padre a Jesús en el Bautismo. “Este es mi Hijo muy amado en quien encuentro mis complacencias”. Comprendí que esas palabras eran para mi esposa y para mí (y para todos) y que debíamos hacernos cristianos. Hasta entonces sentía una gran atracción por la figura de Jesús, pero no comprendía su relación conmigo ni creía en su divinidad, pero todo cambió. Comprendí que Él se hizo hombre para que todos, judíos y gentiles, pudiéramos ser amados y adoptados como hijos. Fuimos a Misa el domingo próximo y el sacerdote habló del Buen Pastor y eso nos removió»

Camino Católico.- Lawrence Feingold cuenta su testimonio de conversión al catolicismo y el de su propia esposa en primera persona y pese a que el camino fue largo, se puede resumir en estas afirmaciones que hace en The Hebrew Catholic: «Fui educado sin religión, mi esposa embarazada padeció una gran ansiedad y no quería vivir; recé: ‘Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros’; nos convertimos al catolicismo»

Después de su conversión y la de su esposa, estudió Filosofía y Teología en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma (1990-1999); estudió griego y hebreo en Jerusalén en el Studium Biblicum Franciscanum, vivió en Argentina, y fue profesor de Teología en el Instituto de Teología Pastoral Ave María. Actualmente también es director de la Asociación de Católicos Hebreos. Esta es su historia vital contada por él mismo:

Lawrence Feingold en una conferencia en el año 2018

«Me asaltó la idea de que Dios debe existir para que la vida no sea vana; comprendí que la capacidad de amar es un don de Dios que debemos implorar»

Fui educado sin religión, aunque siempre tuve interés en las diversas religiones. Mi padre era judío y mi madre, protestante, pero ninguno practicaba su fe. Mi padre renunció al judaísmo a los trece años, y yo crecí con cierta identidad judía. Estudié Historia del Arte en la Universidad de Washington y la maestría en la Universidad de Columbia. El profesor Norris K. Smith nos enseñó a estudiar el arte primariamente como expresión de las creencias y convicciones concernientes a Dios, al hombre y al mundo. Nos explicó que cada obra maestra era expresión de la cosmovisión del artista y de su visión de la naturaleza de la realidad. Nuestra preferencia y admiraciones por las obras de arte no puede ser divorciada de la visión del mundo que lo anima. Los mejores trabajos artísticos están sostenidos por una visión verdadera y profunda de la realidad y de la persona humana, en cambio los periodos de decadencia, muestran una visión falsa y superficial del mundo. Comparaba las obras y preguntaba si preferíamos una pintura de Rembrandt en nuestra habitación o un retrato de Willem de Kooning (arte abstracto), donde la mujer aparece deshumanizada, fea y donde no aparece la imagen de Dios. Mi creciente admiración por el arte cristiano no me llevó a rezar ni a convertirme, pero sí me ayudó a dar algunos pasos, quizás necesitaba una prueba personal.

Mi esposa, Marsha, era judía, pero perdió su fe durante sus estudios universitarios. En este tiempo mi esposa y yo vivíamos en Toscana (Italia), en un pequeño pueblo llamado Pietrasanta, donde yo hacía trabajos de escultura.

En 1988, mi esposa empezó a padecer una gran ansiedad con seis meses de embarazo, al punto de que no quería vivir. Este fue el catalizador que Dios preparó para nuestra conversión. Vi que necesitaba más amor; comprendí la insuficiencia de mi amor y de todo amor humano. ¡Cuánto anhela el ser humano ser amado por sí mismo! Pensé: “¿Cómo podemos anhelar tanto amor si no hay un Dios?, si no hay un Dios que nos ame como Padre la sed del alma humana, de amar y ser amada, está condenada a la frustración”.

La belleza del amor conyugal reside en que nos permite ver a la persona humana tal como es: tremendamente vulnerable, tremendamente digna de amor. Vi que la persona humana es más digna de amor de lo que nosotros somos capaces de amar. Si no existe un Dios que ame al Hombre con un amor perfecto, la persona humana sería absurda. Por tanto, me asaltó la idea de que Dios debe existir para que la vida no sea vana. Comprendí que la capacidad de amar es un don de Dios que debemos implorar. El amor es capaz de fortalecer nuestra mente y abrir los ojos de nuestra alma para ver lo que debimos haber visto desde siempre. El ser humano se desvanece sin el creador.

Así que me dispuse a rezar por primera vez. Tomé el tren a Florencia para orar en el Duomo, obra de Brunelleschi. En el camino sentí la necesidad de hacer esta oración: “Enséñame a amar, enséñame a ser luz para los demás”. No sé porqué recé así, pero me agradó. Tenía 29 años. Tras esta oración recordé las palabras del Salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Aunque ateo, conocía la Biblia por mis estudios de historia del arte y religiones comparadas. Y por gracia de Dios comprendí que esas palabras iban dirigidas a Jesucristo, su Hijo, a mí y a todos, en Cristo. Comprendí el misterio de la filiación divina. Recé: “Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros”. Fue un momento del Espíritu. Me vino a la mente las palabras del Padre a Jesús en el Bautismo. “Este es mi Hijo muy amado en quien encuentro mis complacencias”. Comprendí que esas palabras eran para mi esposa y para mí (y para todos) que debíamos hacernos cristianos.

Hasta entonces sentía una gran atracción por la figura de Jesús, pero no comprendía su relación conmigo ni creía en su divinidad, pero todo cambió. Comprendí que Él se hizo hombre para que todos, judíos y gentiles, pudiéramos ser amados y adoptados como hijos.

Fuimos a Misa el domingo próximo y el sacerdote habló del Buen Pastor y eso nos removió. Sin embargo, oscilaba entre el catolicismo y el protestantismo. Cuando creía en la fe católica me invadía una alegría profunda, cuando optaba por el protestantismo sentía tristeza, este ciclo se repitió varias veces, con las mismas consolaciones y desolaciones. En un momento dado optamos por el Anglicanismo, en Florencia, pero al leer a Henry Newman y a otros, optamos por el catolicismo. Fuimos recibidos en la Iglesia Católica el 25 de marzo de 1988 durante la Vigilia pascual.

¿Qué fue lo que, al leer las obras de Newman, me ayudó a encontrar la luz de la fe? Si mal no recuerdo, el punto decisivo para mí fue lo que él denominó el «principio dogmático»: la idea de que existe una plenitud objetiva de la verdad religiosa que proviene de Dios y no de nosotros, y que debemos implorar con perseverancia y recibir con docilidad una vez que se nos ha concedido la luz. En segundo lugar, Newman recalcó la necesidad imperiosa de que la Iglesia esté dotada de un principio visible de autoridad dogmática infalible para resistir las puertas del infierno y los ataques del escepticismo y la pasión humana. La obra de Dios habría sido incompleta e indigna de su sabiduría y omnipotencia sin una autoridad visible que la sostuviera a través de los siglos. Si Dios se esforzó tanto por encarnarse, revelar su verdad salvífica y morir en la cruz por mí y por todos los hombres, ¿acaso no se esforzaría también por mantener su presencia salvífica en nuestro mundo y una autoridad infalible sobre lo que reveló en su encarnación? ¿Acaso abandonaría Él su obra y su rebaño?

Pero, ¿qué autoridad infalible estableció Cristo en realidad? La respuesta no es difícil de encontrar si la planteamos de esta manera. Si Cristo estableció una autoridad infalible sobre la cual se fundaría su Iglesia, sobre la cual se edificaría a lo largo de los siglos, solo pudo ser la autoridad otorgada a Pedro y sus sucesores, pues esto fue lo que Cristo mismo prometió: «Tú eres Pedro, sobre quien edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». ¿Qué cuerpo cristiano puede tener una pretensión razonable de ser la Iglesia edificada sobre la roca de Pedro? Solo la Iglesia Católica hace esta pretensión, y la historia de dos mil años lo confirma, pues la sucesión ininterrumpida de Papas que gobernaron la Iglesia con la misma fe que los Apóstoles durante dos milenios solo pudo darse por la extraordinaria ayuda de Dios.

Y si Cristo estableció una autoridad infalible para su Iglesia, ¿qué nos queda sino someternos a ella? No hacerlo sería, en última instancia, rebelarnos contra Dios y rechazar la luz con la que Él desea que lleguemos a la verdad que nos hará libres.

Tras mi ingreso en la Iglesia Católica el 25 de marzo de 1989, por la gracia de Dios puedo hacer mías las palabras del Cardenal Newman. Newman escribe: “Desde que me convertí al catolicismo, por supuesto, no tengo más que contar sobre mis creencias religiosas. Al decir esto, no quiero decir que mi mente haya estado ociosa ni que haya dejado de reflexionar sobre temas teológicos; sino que no he experimentado ningún cambio ni he sentido ninguna inquietud. He vivido en perfecta paz y satisfacción. Jamás he tenido la menor duda… Fue como llegar a puerto tras una travesía por mares agitados; y mi felicidad en ese sentido perdura hasta el día de hoy sin interrupción”.

La razón de esta profunda paz interior que ilumina la vida de los conversos al catolicismo tras su conversión, siempre que perseveren, reside en el principio dogmático. Entramos en la Iglesia Católica porque vemos que es la religión ordenada, querida y fundada por Dios mismo. Está edificada sobre la roca. Creemos en toda la doctrina católica simplemente porque la Iglesia la enseña con plena autoridad, y reconocemos a la Iglesia como el oráculo de Dios, aquella que habla en nombre de Dios, la continuación de la misión del Mesías en la tierra.

Muchos judíos que llegan a creer en Cristo y en la Iglesia que Él fundó, sienten angustia ante lo que perciben como una traición al pueblo judío. Mi esposa y yo nunca experimentamos esta prueba. Al contrario, descubrí una gran atracción por lo judío que nunca antes había sentido. De niño nunca aprendí hebreo, pero encontré gran alegría al aprenderlo como cristiano, para poder rezar los Salmos, por ejemplo, en la lengua del Pueblo Elegido. Este sentimiento se afianzó y estimuló al leer el libro «Identidad judía», del padre Elias Friedman, fundador de la Asociación de Católicos Hebreos, que encontré poco después de nuestra entrada en la Iglesia Católica.

En los primeros años después de nuestra conversión, a menudo me preguntaban por qué había «elegido» el cristianismo o la Iglesia Católica, y no el judaísmo, el budismo o el protestantismo. La pregunta se formula en términos de liberalismo religioso, como si la religión fuera una cuestión de sentimientos, preferencias, lealtades o decisiones personales. La experiencia de los conversos no es que hayamos elegido algo, sino que es Dios quien nos ha elegido para redimirnos mediante la Encarnación y la Pasión del Mesías, que se continúa y se hace presente en la Iglesia Católica, y es Dios quien nos llamó a entrar en esa arca de salvación. Quienes hemos recibido la gracia de oír, sin mérito alguno, tenemos el deber de orar por aquellos que aún no han recibido ese don.

Lawrence Feingold