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domingo, 25 de octubre de 2026

Rafael Quirós dejó a su novia y su trabajo de informático para ser sacerdote y misionero en Benín pese a que puede ser asesinado: «Me fío de Dios, mi fuerza proviene de Él; proclamo que Dios ha dado la vida por ti»


Rafael Quirós contando su camino con Dios y su vocación misionera | Foto: Obras Misionales Pontificias

* «Yo tenía novia, yo trabajaba, todo me iba muy bien. Pero en un momento me doy cuenta de que algo faltaba en mi vida, que necesitaba algo más. Esta inquietud acabó llevándome al sacerdocio y a la misión, pero me enfadé un poco con Dios porque dije: ‘déjame tranquilo, tengo 30 años, estoy bien, todo me va bien, soy buen chico. Voy a misa los domingos, me porto bien con la gente’»

Vídeo de Obras Misionales Pontificias en el que Rafael Quirós cuenta su testimonio

Camino Católico.- “No busco ser mártir, pero hay que aceptar el riesgo; me fío de Dios, mi fuerza proviene de Él”, dice el misionero Rafael Quirós, que vive la misión en una zona de riesgo en Benín amenazada por el terrorismo yihadista. Este sacerdote diocesano de Barbastro, dejó a su novia y su trabajo como informático para ser presbítero y anunciar a Jesucristo.

“Sigo porque aquella gente necesita que estemos”, asegura pese a saber que puede ser asesinado. Para Rafael, la misión es estar junto a quienes más lo necesitan y devolverles la dignidad que tienen como hijos de Dios, incluso arriesgando la propia vida. En esta entrevista con las Obras Misionales Pontificias, comparte su día a día, la alegría de la gente y la fe de una comunidad que sigue adelante en medio de las dificultades.

Su primer destino en 2011 fue una remota parroquia de Fô Bouré, en la diócesis de N’Dali, en el norte de Benín. Allí pasó una década trabajando en la agricultura de subsistencia, la atención comunitaria y la creación de lazos con diferentes etnias locales como los baribas, peúles y gandos. Fue en 2020 cuando el obispo le pidió que fundara una nueva parroquia desde cero, Nuestra Señora del Pilar en Mari Besen Gbere, una zona rural con apenas un 2% de población católica.

Recuerda que era informático y tenía una vida sin problemas: “Yo tenía novia, yo trabajaba, todo me iba muy bien. Pero en un momento me doy cuenta de que algo faltaba en mi vida, que necesitaba algo más. Esta inquietud acabó llevándome al sacerdocio y a la misión, pero me enfadé un poco con Dios porque dije: ‘déjame tranquilo, tengo 30 años, estoy bien, todo me va bien, soy buen chico. Voy a misa los domingos, me porto bien con la gente’”.

Y así acabó como misionero en Benín, un país muy pobre. Él está en una zona rural de sabana arbórea: “Imaginaros chozas, pero ahora ya no es tan bonito ni tan romántico, porque ya no son chozas con techos de paja, sino que ya ponen las chapas onduladas, lo cual es un error porque dan un calor espectacular, pero no hay que cambiarlas cada año ni repararlas cada año”. Se trata de una economía de subsistencia, pero a pesar de ello “lo que encuentras es alegría. Es gente con ganas de sonreír, con ganas de pasarlo bien”.

Rafael Quirós trabajando en la misión en Benín | Foto: Obras Misionales Pontificias

Este misionero aragonés reconoce que cuenta con muchos catequistas y muchos fieles comprometidos con la fe, que le ayudan porque está solo, y “son ellos los protagonistas de la Iglesia. Al fin y al cabo, yo soy un extranjero y hablo su lengua bastante regular. Lo intento, celebro las misas solo en sus lenguas. No la celebro ni en francés”. En el territorio hay entre 30 y 40 pueblos. Reconoce que por ahora solo llega a diez: “En este momento al que más lejos llegó está a 28 kilómetros. Unos kilómetros de pistas infernales”. Cuando llueve son verdaderos barrizales y, “de hecho, la gente se sorprende, los locales se sorprenden de que llegue”.

Y tiene claro a qué va, a “hablar de Jesucristo, dar la buena noticia, anunciar que Dios ha dado la vida por ti y que merece la pena y que es algo que puede devolver la dignidad a cualquier persona”.

Y es que, añade, “los misioneros hacemos la mejor opción social que puede haber, que es devolver la dignidad a la persona para que pueda luchar, para que haya educación, para que haya sanidad, para que haya derechos sociales, hablar de Jesucristo”. No es una cuestión de resultados, porque “Dios hace las cosas a su manera y a mí me toca sembrar y que recoja Dios”. En los pueblos se sorprenden porque dicen “nadie viene a vernos, ni la policía, ni los alcaldes, no viene a vernos nadie y qué se le ha perdido aquí que somos cuatro chozas perdidas en medio del campo, en medio de unos bosques”, pero, explica Rafael, “yo no soy el mensaje, yo soy el mensajero, el mensaje es el que es importante”.

La misión está en una zona de alto riesgo por el yihadismo. Allí tiene desplazados, gente que ha abandonado sus hogares más al norte y “vienen buscando campos donde poder cosechar, labrar y poder sacar a sus familias adelante”. Hay tensión y hay miedo, porque los asesinos no avisan: “Llegan un día dando tiros con motos y matan, secuestran, violan, hacen todas las barbaridades que quieren”. Reconoce que no tiene miedo, quizá “porque en mi parroquia no ha habido ningún acto todavía o porque soy un descerebrado, que también pasa un poco, o porque me fío de Dios”. Solo dice que “sigo porque aquella gente necesita que estemos”. Además, “tengo al lado, en una parroquia, a un cura nigeriano del norte. Es un chaval joven. Y su testimonio me pareció increíble porque me dijo que los curas del Norte de Nigeria nos ordenamos sabiendo que es muy fácil que vayamos al martirio. Cada misa que celebramos, y eso me tocó el corazón, la hacemos como si fuera la última misa, porque no sabemos si volviendo a casa nos van a matar”.

Elliott Moore, hijo de un pastor presbiteriano: «Abracé el catolicismo porque estar en la presencia física del cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo en la adoración eucarística me conmovió el corazón»

 Elliott Moore se ha hecho católico por su encuentro con Jesucristo en la adoración e impulsado por el rezo del santo rosario | Foto: Instagram de Elliott Moore

* «A pesar de haber sido fervientemente contrario a la Iglesia Católica. Comencé a investigar y comprender los argumentos católicos en torno a la autoridad eclesiástica, la sucesión apostólica, el Papa, la oración a los santos, la fe en la Virgen María, los sacramentos, la salvación y, sobre todo, la Eucaristía. Las incoherencias en las iglesias protestantes me impulsaron al catolicismo. Pese a mi inicial falta de comprensión y aceptación de las enseñanzas católicas sobre María, el Santo Rosario también desempeñó un papel fundamental al guiar mi corazón hacia la entrega absoluta a los pies de Jesús»

Camino Católico.- “No esperaba convertirme al catolicismo y solo por la gracia de Dios he experimentado cómo su plan perfecto se desarrollaba en mi vida. Fui bautizado presbiteriano, me crié en una familia presbiteriana y mi padre es pastor presbiteriano”,  relata el joven converso Elliott Moore en su testimonio en Yes Catholic.

“Tras visitar una gran variedad de iglesias a lo largo de los años, me di cuenta de que, sin importar dónde estuviera, cada persona tenía respuestas ligeramente diferentes a las preguntas más importantes sobre los sacramentos y la salvación. No podía saber con certeza quién tenía razón y quién no. Me sentía sin fundamento y no podía afirmar con seguridad si estaba viviendo en la Verdad”, recuerda.

Elliott Moore buscó e investigó la verdad en medio de las incoherencias de las iglesias protestantes y se ha hecho católico | Foto: Instagram de Elliott Moore

“Solo contaba con mi propia interpretación y opinión personal, lo cual era totalmente insuficiente. Se hizo evidente para mí que, si el cristianismo era verdadero, debía existir algún tipo de autoridad superior que pudiera mediar en las disputas denominacionales y unificar la fe cristiana. Esta autoridad, a mi parecer, era absolutamente necesaria, porque sin ella la verdad se convertía en arenas movedizas de opiniones divergentes, dejando que las preguntas se hundieran sin base”, reflexiona Elliott.

“Esta comprensión me llevó naturalmente al catolicismo, a pesar de haber sido fervientemente contrario a la Iglesia Católica. Comencé a investigar y comprender los argumentos católicos en torno a la autoridad eclesiástica, la sucesión apostólica, el Papa, la oración a los santos, la fe en la Virgen María, los sacramentos, la salvación y, sobre todo, la Eucaristía”, reconoce.

“Las incoherencias en las iglesias protestantes me impulsaron al catolicismo, pero la Eucaristía fue lo que me hizo permanecer en la fe. Estar en la presencia física del cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo en la adoración eucarística me conmovió el corazón profundamente. A pesar de mi inicial falta de comprensión y aceptación de las enseñanzas católicas sobre María, el Santo Rosario también desempeñó un papel fundamental al guiar mi corazón hacia la entrega absoluta a los pies de Jesús”, transparenta este joven.

Elliott Moore peregrinó por las iglesias católicas de Baltimore antes de hacerse católico | Foto: Instagram de Elliott Moore

“A la luz de estas nuevas revelaciones que me guiaban de regreso a la Iglesia que Cristo fundó, comencé a publicar contenido en Instagram hablando sobre mi camino explorando el catolicismo. Para mi gran sorpresa, una cuenta muy popular, @platinggrace, se puso en contacto conmigo y me invitó a una peregrinación a Baltimore para explorar las iglesias católicas más antiguas de Estados Unidos. Anteriormente, solo había experimentado el aspecto teológico de la Iglesia, pero ahora, después de conocer al Padre Leo y de estar en contacto con personas reales que viven su fe en las impresionantes catedrales que visitamos en Baltimore, todo empezó a tener sentido. Al regresar a casa, tomé la decisión de entregarme a la voluntad de Dios, dejando de confiar en mi propia comprensión errónea. Me uní a OCIA (Orden de Iniciación Cristiana de Adultos, antes la RCIA) y, casi un año después, ¡fui recibido oficialmente en la Iglesia Católica!", concluye.

María Elena Rocha perdió a su esposo y sus dos hijos en el terremoto de Venezuela: «Dios es mi gran amigo y le agradezco por la vida; no estoy sola, porque le tengo a Él, y a la Santísima Virgen María, que sabe lo que es este dolor»

María Elena Rocha perdió a su esposo y sus dos hijos en el terremoto de Venezuela. En la imagen la familia Moreira Rocha. De izquierda a derecha: Ricardo, María Elena, Enrique y Wilson, el esposo  | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

* «Peleé con Dios. Quedé con rabia. ‘¿Por qué me dejaste aquí? ¿Yo soy tan mala como para tener que quedarme aquí?’ Sin embargo, yo entregaba todo mi sufrimiento a Dios por la santificación de sus almas…Le pido a Dios que pueda cumplir mi misión rapidito para poder ir al Cielo, porque es lo que más añoro hoy en día. Incluso antes no tenía miedo a la muerte porque ese es nuestro destino: morir para vivir, y yo quiero vivir con Dios. Estoy abandonada a lo que sea que decida la Providencia»

Camino Católico.-  El 24 de junio de 2026, María Elena Rocha se encontraba en Caracas. Ese miércoles, feriado en Venezuela, decidió emprender una peregrinación junto a dos amigas para visitar lugares emblemáticos vinculados a los primeros santos venezolanos: Santa Carmen Rendiles y San José Gregorio Hernández.

La devoción hizo más cortos los sinuosos 40 kilómetros que separan a Tanaguarena, en La Guaira, de la ciudad capital. Allí vivía María Elena, en el edificio Caribbean Golf I, junto a su familia: su esposo Wilson, y sus hijos Ricardo, de 25 años, y Enrique, de 22 años. Ellos decidieron quedarse en casa ese día.

En Caracas, el día transcurrió con normalidad. María Elena y sus amigas habían visitado el Colegio Belén, en donde reposan los restos de Madre Carmen. Luego llegaron a la Casa Museo de José Gregorio Hernández y terminaron su peregrinación con una Misa en la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, donde también descansan los restos del médico de los pobres.

Los terremotos y la incertidumbre

6:04 de la tarde: María Elena y sus amigas hacían la fila para comprar un helado. Las nubes muy grises en Caracas anunciaban tormenta, pero el estruendo no llegaría del cielo sino de la tierra. A esa hora el suelo se movió con violencia extrema y el pánico se apoderó del ambiente. Las tres salieron como pudieron del centro comercial donde se encontraban.

Pronto colapsó el servicio eléctrico, cayeron el internet y las líneas telefónicas. Solo dos horas después, el grupo pudo sacar el auto de donde se encontraba estacionando y emprendieron el viaje de regreso a Tanaguarena, que esta vez pareció eterno.

Wilson, el esposo de María Elena Rocha, junto a sus hijos Ricardo y Enrique de vacaciones | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

María Elena cuenta a EWTN News Español que lo que se encontró en La Guaira parecía sacado de una película de terror. Ya entrada la noche, solamente los incendios rompían la oscuridad. Edificios enteros derrumbados. Personas buscando desesperadas entre los escombros y otras, lamentablemente, robando y saqueando. Había gritos, lamentos y llanto.

El camino hacia su hogar fue complejo. No solo por lo dañada que estaba la carretera, sino también por la conmoción que producía aquel panorama. Cada metro recorrido, cada escena de dolor y destrucción, era un golpe a la esperanza que aún mantenía María Elena de volver a encontrarse con los suyos. Solo a pie pudo llegar a su residencia.

María Elena se enfrenta a un dolor inimaginable

Era cerca de la medianoche cuando María Elena vió que en el lugar donde antes estaba el Caribbean Golf I ahora solo había una enorme pila de escombros. La mujer de 49 años dice haber sentido, paradójicamente, una gran paz interior a pesar de la tragedia. En medio de la confusión, le avisan que uno de sus hijos estaba vivo, pero atrapado en los escombros. Con mucho esfuerzo, María Elena se acercó al lugar.

Era Enrique, su hijo menor. Estaba malherido pero podía comunicarse con su madre. Las primeras horas luego de los terremotos fueron un caos en La Guaira, los rescates se hacían con las manos porque no se disponía de las herramientas necesarias para actuar con rapidez. Fue una madrugada larguísima, en la que Enrique le pedía a María Elena que no lo abandonara: “Tranquilo hijo que yo nunca te voy a dejar solo”, respondía.

María Elena Rocha junto a su hijo Enrique con el que habló cuando estaba sepultado bajo los escombros y todavía vivo antes de morir | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

Así llegó la mañana y después la tarde. Enrique, aprisionado y adolorido, no resistió. María Elena, siempre cerca, dice haber escuchado su último aliento: “Él esperó por mí para dar su último suspiro”. Enrique murió en el lugar, junto a su padre y a su hermano mayor. Fue días después que los rescatistas lograron recuperar sus cuerpos, a los que María Elena pudo dar cristiana sepultura.

“Dios es mi gran amigo”

Impresiona escuchar a esta mujer contar su historia. Aún derramando un par de lágrimas, dice con firmeza después de la tragedia: “Mi fe aumentó”. Pero el camino naturalmente no ha sido fácil sino lleno de dolor, de reproches e incluso —en algún momento— de rabia contra Dios. María Elena quedó sola y muchas veces pidió respuestas.

“Peleé con Dios. Quedé con rabia. ‘¿Por qué me dejaste aquí? ¿Yo soy tan mala como para tener que quedarme aquí?’ Sin embargo, yo entregaba todo mi sufrimiento a Dios por la santificación de sus almas”, recuerda.

Su gran refugio siempre ha sido la fe. Ahora asiste regularmente a un grupo de oración en una parroquia caraqueña que, asegura, le ha sido muy provechoso. Busca ganar indulgencias para su esposo e hijos y dice siempre tratar de estar alegre y “que los demás vean a Dios en mí”.

“A pesar de la gran pérdida que tuve, mantengo el humor. Esa es una de las cosas que yo pedí a Dios cuando falleció mi hijo Enrique. Acepté su muerte con mucho dolor, se lo entregué a Dios, pero le pedí que no me quitara la alegría porque yo siempre fui la alegría de mi casa. Eso era lo que decían mis hijos y mi esposo”, comenta.

“Yo quiero que mi esposo y mis hijos sientan orgullo de su esposa y de su mamá. Yo sé que si yo estoy feliz, ellos van a estar felices. La felicidad es una decisión y yo decidí entregarle a Dios el ser feliz, porque Él nos quiere a todos felices”, añade.

Este 24 de octubre se cumplen cuatro meses de aquel día terrible. Más de 6.000 venezolanos perdieron la vida en cuestión de segundos, miles quedaron heridos y otros tantos aún están desaparecidos. Muchísimas personas ahora viven en medio del dolor y aún así, créame estimado lector, es común escucharlos decir —sacudiéndose el polvo como María Elena—: “Dios es mi gran amigo”.

“A pesar de todo, agradezco a Dios. Por haber podido hablar con mi hijo menor en ese momento. Ya agradezco a Dios por la vida”, aseguró esta admirable venezolana, pero añade con ese humor que nunca perdió por pura gracia divina: “Aunque le pido que me lleve rápido”.

“Le pido que pueda cumplir mi misión rapidito para poder ir al Cielo, porque es lo que más añoro hoy en día. Incluso antes no tenía miedo a la muerte porque ese es nuestro destino: morir para vivir, y yo quiero vivir con Dios”, dice.

María Elena asegura no saber aún qué va a ser de su vida pero afirma que “estoy abandonada a lo que sea que decida la Providencia”.

Un mensaje para Venezuela sobre el valor del sufrimiento

La Iglesia nos enseña que Dios no quiere el sufrimiento por sí mismo ni es su causa directa. La explicación de cómo puede Dios permitir el mal sin ser su autor es profunda, pero no resuelve por completo el dolor de cada pérdida. Por la fe creemos que Dios puede sacar bien incluso del mal, pero eso no convierte la muerte de inocentes en algo bueno ni justifica la tragedia.

Ese sufrimiento puede adquirir un sentido cuando se vive unido a Cristo. Como ocurrió en Venezuela después de los terremotos, el dolor puede despertar solidaridad, responsabilidad mutua y aún puede ayudar a una sociedad a preguntarse qué debe hacer mejor. Esta es la convicción de María Elena.

“Tenemos años sufriendo. Háganlo para que vean, que cuando uno entrega ese sufrimiento a Cristo, todas las cositas que nos pasan. Momentos de rabia e indignación, entregarlos a Jesús por beneficio de alguien. Van a ver cómo vienen las bendiciones”, dice.

María Elena Rocha luego de rescatar intacta de los escombros una estatua de Nuestra Señora de Fátima, perteneciente al Centro Luso Venezolano de Vargas | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

“Y otra cosa: agradezcan todo a Dios. Es increíble, cuando tu agradeces a Dios por las cosas malas y buenas, las bendiciones van a venir. No digo que no vayan a seguir habiendo problemas, porque yo sigo teniendo muchas cosas que enfrentar pero cuando estamos con Dios las cargas son más ligeras”, añade María Elena.

Aunque a los ojos del mundo puede parecer que ahora tiene por delante un camino marcado por la desesperanza, esta mujer no duda un segundo en mirar a la cámara y, después de haber tenido que ponerle el pecho a tanto, decir con firmeza:

“No estoy sola, porque tengo a Dios, tengo a la Santísima Virgen María, que ha estado siempre conmigo y la he sentido. Quien mejor que ella, que sabe lo que es este dolor”.

Belén Perales tras ser abusada dejó de creer en Dios, pero «visitando la tumba de San Juan Pablo II me doy cuenta de que Él existe. Mis heridas han sanado con adoración y sacramentos. Soy una fan de la confesión»


Belén Perales se convirtió al catolicismo al visitar la tumba de San Juan Pablo II / Foto: Cortesía de Belén Perales

* «Yo seguía cabezota pensando que no podía volver a la Iglesia, que estaba excomulgada. Yo pensaba: ‘Mejor no me confieso, porque me van a echar de aquí’. Un día escuché desde adentro que Dios me decía: ‘¿Qué esperas?’. Bajé a la parroquia, dejé a mis hijas en un banco y me metí en el primer confesionario que vi. Le dije al sacerdote: ‘Mira, yo me llamo Belén, he hecho de todo menos robar y matar’. Y él me respondió: ‘Aleluya, hoy es fiesta en el cielo’”. El sacerdote tenía un cuadro del hijo pródigo y me explicó: ‘Ahora mismo Dios te está abrazando’. No conocía la misericordia de Dios. Cuando volví a la Iglesia, fue como un abrazo que nunca antes había sentido»

 

Vídeo del año 2002 de El Rosario de las 11 PM en el que Belén Perales cuenta su testimonio

Camino Católico.- Belén Perales, una mujer española de 60 años, vivió durante 35 años como atea, alejándose de la fe católica en la adolescencia tras una serie de experiencias traumáticas. Sin embargo, su vida cambió drásticamente en una visita a la tumba de San Juan Pablo II en el Vaticano, donde, según ella, tuvo una revelación profunda que la trajo nuevamente a casa. Cuenta su testimonio en El Rosario de las 11 PM, su propia plataforma de evangelización, en un vídeo de 2022.

Una vida marcada por el dolor y la rebeldía

Belén nació en el seno de una familia católica, la mayor de cuatro hermanos, pero desde pequeña sintió una profunda sensación de abandono. “Siempre tenía una sensación de que nadie me quería”, confiesa actualmente en una entrevista concedida a  ACI Prensa.

Belén junto a sus padres y hermanas / Foto: Cortesía de Belén Perales

La constante mudanza de ciudad a causa del trabajo de su padre alimentó estas inseguridades, generando una herida emocional profunda. “Desarrollé una especie de herida de abandono”, recuerda, y aunque esto la hizo más adaptable, también alimentó su resentimiento.

Su fe empezó a tambalearse en la adolescencia, tras ser víctima de abuso durante una estancia en un internado. Este episodio marcó un punto de ruptura en su relación con Dios y con su madre. “Salí del colegio muy enfadada contra el mundo... ese verano dejé de creer en Dios”, relató Belén. A partir de ese momento, comenzó a alejarse de la Iglesia y de la fe que había conocido de niña.

Día en el que los padres de Belén consagraron a su hermana Paloma y a ella a la Virgen del Pilar / Foto: Cortesía de Belén Perales

El largo camino en la oscuridad

Durante los siguientes 35 años, Belén vivió sumida en la confusión, buscando en relaciones fallidas y en el éxito profesional una paz que nunca lograba encontrar. Se casó varias veces y sufrió engaños y malos tratos en sus relaciones.

“Mi primer marido me estafó... cuando fui a hacer lo del divorcio, resultó que yo no estaba ni casada; era un estafador profesional que me había engañado”, recuerda con resignación.

“Después de lo del hombre aquel, mi primer marido, fui de mal en peor.  Conocí al padre de mi hija mayor; en fin, fue aquello una relación muy tortuosa. Fueron siete años muy duros. Yo lo pasé fatal. Conseguí salir de esa casa con mi hija y empezamos de cero otra vez. Yo arruinada otra vez”, recordó.

En 1996, cuando Internet estaba comenzando, compró un kit y decidió montar su empresa en línea. Comenzó a vender a través de esa plataforma y, para su sorpresa, el proyecto fue todo un éxito. A partir de ese momento, empezó a generar importantes ingresos gracias a su iniciativa empresarial en el mundo digital. A pesar de tener una carrera exitosa en los negocios, su vida personal seguía siendo un caos. “Seguí con otros novios... me volví a casar, pero salió mal igual”.

“Me fui a vivir con otra persona que resulta que tenía unas adicciones que yo no sabía, era un médico psiquiatra y era drogadicto. Luego me volví a casar, por la iglesia esta vez. Y salió mal igual porque esa persona tenía problemas, y yo también. Tuve dos hijas, mis dos hijas pequeñas con esa persona. Ahí ya me quedo sola con mis hijas, las dos pequeñas”, relató.

Belén junto a sus tres hijas / Foto: Cortesía de Belén Perales

Durante estos años, su vida estuvo marcada por la desesperanza y vivió alejada completamente de la fe. “Yo era atea, no creía en Dios, nada, cero”, afirma categóricamente.

El reencuentro inesperado con Dios

Todo cambió en el verano de 2012 durante un viaje a Roma con sus hijas. Aunque su intención inicial era visitar el Coliseo Romano, su hija Gabriela insistió en visitar el Vaticano. “Yo quería ir al Coliseo, pero mi hija quería ir al Vaticano. Al final, cedí”, cuenta. Lo que ocurrió dentro de la Basílica de San Pedro cambió su vida para siempre.

“Cuando entramos al Vaticano, yo estaba enfadada. Pensaba: ‘¿Qué hacemos aquí? ¡Qué horror!’”. Mientras tomaba fotos a sus hijas, Belén empezó a sentir algo inexplicable: “De repente, empiezo a sentir algo físico, no espiritual. Algo que entraba de repente... y automáticamente me doy cuenta de que Dios existe, y que si moría, me iría al infierno”.

El impacto fue tan grande que comenzó a llorar sin control. “Mis ojos soltaban lágrimas como si fueran dos grifos abiertos”, recuerda.

Belén Perales / Foto: Cortesía de Belén Perales

Frente a la tumba de San Juan Pablo II, sintió que estaba fuera de la Iglesia, separada de su “madre”, como llama a la Iglesia Católica, y que había rechazado a Dios durante todos esos años. “Sentí el dolor de estar fuera de la Iglesia, dándome cuenta de que Dios existía y que yo lo había rechazado”.

“Sentí ese dolor de estar fuera de la Iglesia, dándome cuenta de que Dios existía, que no era una mentira, y que yo lo había rechazado. Mi alma estaba sucia, llena de pecados. Pasaban por mi mente los pecados”, sostiene.

Al ver la tumba de San Juan Pablo II, dijo de pronto: "Niñas, vamos a rezar". Luego, se arrodilló en el tercer banco de la mano izquierda mientras sus lágrimas seguían cayendo. “Mi hija pequeña sacó pañuelos de papel y me limpiaba la cara. Yo quería rezar, pero no me acordaba ni del Padre Nuestro, porque hacía 35 años que no rezaba. Tenía 48 años y llevaba sin rezar desde los 13”.

Al salir de lugar, Belén pensó para sí misma: "Me he vuelto loca. Esto es producto de estar sola con mis hijas y cansada".

El regreso a casa

Tras esa experiencia, Belén volvió a Madrid, pero el proceso de regresar a la fe no fue fácil. Aún se sentía alejada de la Iglesia y pensaba que no podría ser aceptada de nuevo. “Yo seguía cabezota pensando que no podía volver a la Iglesia, que estaba excomulgada”, confiesa. Durante un año, asistió a Misa los domingos, pero no se atrevía a confesarse. “Yo pensaba: ‘Mejor no me confieso, porque me van a echar de aquí’”.

Finalmente, un día, sintió un llamado interno. “Escuché desde adentro que Dios me decía: ‘¿Qué esperas?’”. Esa fue la señal que necesitaba para dar el paso. “Bajé a la parroquia, dejé a mis hijas en un banco y me metí en el primer confesionario que vi”.

Allí encontró a un sacerdote joven que la acogió con alegría. “Le dije: ‘Mira, yo me llamo Belén, he hecho de todo menos robar y matar’. Y él me respondió: ‘Aleluya, hoy es fiesta en el cielo’”. El sacerdote tenía consigo un cuadro del hijo pródigo y le explicó: “Ahora mismo Dios te está abrazando”.

Esa confesión fue el comienzo de su reconciliación con Dios y con la Iglesia Católica. “No conocía la misericordia de Dios. Cuando volví a la Iglesia, fue como un abrazo que nunca antes había sentido”, admite.

Una vida de evangelización

Desde entonces, Belén ha dedicado su vida a evangelizar y a compartir su historia con quienes la rodean. “Le dije a Jesús: ‘A partir de ahora, soy tu unidad de marketing. Donde vaya, te llevaré conmigo’”. Y así lo ha hecho. A lo largo de los años, ha llevado a varias amigas al confesionario y ha repartido rosarios a quienes se cruzan en su camino.

“Mis heridas han sanado a golpe de adoración y sacramentos. Soy una fan de la confesión”, afirma con una sonrisa.

Además, Belén fundó el canal 'El Rosario de las 11 PM' en YouTube, con el que difunde el rezo del Santo Rosario todas las noches y comparte testimonios de conversión, como el de ella: “El canal ha dado muchísimos frutos, desde conversiones interminables hasta gente que ha decidido ir al seminario para ser sacerdote, vocaciones... en fin, un poco de todo”.

Lo que más le sorprende, aunque reconoce que no debería, es la cantidad de milagros y conversiones que se han dado gracias al canal. Reflexionó sobre este hecho citando a Jesús: “Donde dos o más se reúnan en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Para Belén, estos acontecimientos son una prueba de que Jesús sigue vivo.

Además, expresa su compromiso con el proyecto: le ha prometido a la Virgen y a Jesús que estará al frente del canal “hasta el último día de su vida, o hasta que me fallen las fuerzas”.  

“Quiero darle gusto a mi madre, la Virgen, quien nos pide rezar el rosario. Estoy obedeciendo. Además, muchas personas en Internet no conocen a Dios, pero si lo conocieran, se enamorarían de Jesús como yo lo he hecho. YouTube permite que la gente, incluso sin buscar a Dios, pueda encontrarse con Él de forma inesperada. Me ilusiona saber que mis videos pueden llegar a los alejados, aquellos que más necesitan de este mensaje de esperanza y amor que Jesús nos da”, asegura.

Hoy, Belén vive una vida plena en la fe, agradecida por haber reencontrado a Dios después de tantos años de oscuridad. “Jesús me rescató cuando menos lo esperaba, y ahora quiero que todos sepan que Él está ahí, esperándonos”, concluye.

Homilía de Mons. Sebastià Taltavull, obispo de Mallorca, y lecturas de la Misa de hoy, XXX domingo del Tiempo Ordinario, 25-10-2026

25 de octubre de 2026.-  (Camino Católico)  Homilía de Mons. Sebastià Taltavull, obispo de Mallorca, y lecturas de la Santa Misa de hoy, XXX domingo del Tiempo Ordinario, emitida por 13 TV desde la Catedral de Mallorca.

Santa Misa de hoy, XXX Domingo del Tiempo Ordinario, en la Catedral de Mallorca, 25-10-2026

25 de octubre de 2026.-  (Camino Católico) Celebración de la Santa Misa de hoy, XXX domingo del Tiempo Ordinario, presidida por Mons. Sebastià Taltavull, obispo de Mallorca, emitida por 13 TV desde la Catedral de Mallorca.