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domingo, 8 de febrero de 2026

Nerea Castellanos: «Me dijeron que podía morir en la operación del cáncer y dije a mi padre; ‘si me muero, habré llegado al cielo con el Señor y estaré mejor que aquí’; era el Espíritu Santo sosteniéndome, si no, no se explica»


Nerea Castellanos ha afrontado el Cáncer confiando en Dios / Foto: ©Cortesía de la entrevistada - Omnes

* «Lo que más saco en claro de todo lo que me ha pasado es el ofrecer el sufrimiento. Para mí fue una revelación. Me desperté angustiada, lloraba, intentaba distraerme con música o dibujando, pero nada me calmaba. Hasta que algo hizo clic dentro de mí y pensé: “lo voy a ofrecer”. Fue instantáneo. De repente el sufrimiento tenía sentido, me dio paz. Entendí que no era en vano, que podía ofrecerlo por alguien, por el Señor. Y eso lo cambió todo… Ahora soy más consciente de la confianza que tuve en Él y de la gracia que me dio. Veo su presencia en mi vida y estoy más agradecida»

Camino Católico.- Durante años, Nerea Castellanos (Alicante, 1995) vivió con un tumor del tamaño de una pelota de tenis sin saberlo. Lo que comenzó en abril de 2023 como dolores de cabeza, vómitos y problemas de visión —atribuidos inicialmente a migrañas y a una contractura cervical— terminó en un diagnóstico que le cambió la vida: un astrocitoma de grado 3 en el lóbulo frontal derecho del cerebro. A pesar de dos cirugías, radioterapia y quimioterapia, Nerea afirma que compartía su testimonio en Instagram, entre otras cosas, porque quería recordar todo aquello.

Desde el principio tuvo una certeza que no la abandonó: «sabía que se iba a curar». Efectivamente, en apenas nueve meses, el 25 de enero de 2024 recibió la buena noticia: «no hay enfermedad». Lo primero que hizo fue rezar ante el sagrario del Hospital Universitario San Juan. Hoy mira hacia atrás todo aquello y da testimonio de la fe que la sostuvo y del sentido que tuvo su sufrimiento.

En esta entrevista de Teresa Aguado Peña en Omnes, Nerea cuenta cómo afrontó su paso por el cáncer. Podemos vislumbrar su optimismo en pequeños gestos cotidianos, como la decisión de arreglarse y vestirse con colores alegres cada vez que acudía a oncología, una forma sencilla pero firme de plantar cara a un entorno marcado por la tristeza y el sufrimiento.

- Cuando te dijeron que tenías un tumor cerebral, ¿cómo fue el primer impacto? ¿Qué papel jugó la fe?

- Ha tenido todo el papel. A mí desde que me lo dijeron, yo pensaba «qué hay que hacer ahora». A lo mejor sin ser consciente, el Espíritu Santo y el Señor estaban en mí, porque en ningún momento tuve preocupación.

La gente me decía que mi actitud no era normal. Ahora soy todavía más consciente de que esa paz fue un don que el Señor me regaló en ese momento, y eso que yo siempre he sido muy positiva y muy risueña. De hecho, yo era como la que tenía que consolar a todo el mundo porque yo sabía que me iba a curar.

- ¿Por qué decidiste compartir tu testimonio en redes?

- Estaba viviendo tantísimas cosas que no quería que nada se me olvidase: las anécdotas del hospital, mis hermanos viniendo del extranjero a verme, conversaciones profundas con mi familia… Me hice una segunda cuenta privada de Instagram a modo de diario para guardar todo ahí, pero nunca llegué a subir nada. Sentía que no tenía sentido separar un “Instagram bonito” del real.

En el fondo, lo único que me frenaba era el miedo a que pareciera que buscaba pena o atención. Al final pensé: «esta es mi realidad, quiero guardarla para mí y también compartirla por si a alguien le sirve o se siente identificado. Y si a alguien le molesta, siempre puede dejar de seguirme».

De hecho, cuando me diagnosticaron el tumor me leí el libro de Elena Huelva, la chica que falleció de cáncer. Su testimonio me ayudó muchísimo, porque sentía que, de alguna forma, estaba hablando con ella. Por mucho que hablara con mis amigas u otras personas, no era lo mismo. Ella describía pruebas, sensaciones y momentos por los que yo también estaba pasando, y me sentía muy identificada. Aunque no pudiera hablar directamente con ella, me acompañó mucho. Por eso pensé que quizá yo también podría ayudar a alguien contando mi historia, sobre todo porque el cáncer cerebral, como fue mi caso, asusta mucho, y no siempre tiene por qué acabar mal.

Nerea Castellanos / Foto: ©Cortesía de la entrevistada - Omnes

- ¿Has visto frutos tras compartir tu testimonio?

- Sí. Ha habido algunos casos muy especiales. Uno de ellos es un padre al que tengo muchísimo cariño. Me contactó porque su hija de un añito tenía el mismo tumor que yo. De hecho, peor. Y es que le había llamado la atención cuando conté que lo único que me dio paz fue ofrecer el sufrimiento. Él quiso entender mejor esto.

Se sentía culpable, pensaba que la enfermedad de su hija era un castigo de Dios y hablamos sobre ello. Al final pude conocerlos en persona cuando vinieron a Alicante por el tratamiento. Pasé tiempo con la niña, jugando con ella, y fue un regalo. A día de hoy seguimos escribiéndonos.

- ¿Qué fue para ti ofrecer ese sufrimiento?

- Lo que más saco en claro de todo lo que me ha pasado es el ofrecer el sufrimiento. Para mí fue una revelación.

Un día, después de decirme que ya habían quitado prácticamente todo el tumor, yo tenía la cabeza puesta en volver a casa. Pero, a última hora, me avisaron de que tenían que ponerme una inyección en la tripa. Puede parecer una tontería, pero me entró un ataque de pánico: sentía que ya no podía más, que no tenía fuerzas para nada más. Y, para colmo, me explicaron que tendría que ponérmela cada día durante al menos quince días.

Al día siguiente me desperté angustiada, esperando el momento en que alguien entrara por la puerta para pincharme. Lloraba, intentaba distraerme con música o dibujando, pero nada me calmaba. Hasta que algo hizo clic dentro de mí y pensé: “lo voy a ofrecer”.

Fue instantáneo. De repente el sufrimiento tenía sentido, me dio paz. Entendí que no era en vano, que podía ofrecerlo por alguien, por el Señor. Y eso lo cambió todo.

- Antes de la primera operación, te dijeron que podías salir sin vida ¿Cómo enfrentaste la posibilidad de morir?

- En ese momento estaba a solas con mi padre y empezamos a hablar sobre ello. Le dije: “Papá, si me muero, no me voy a enterar. No voy a sufrir, voy a estar dormida”. Además, le expliqué que si me moría, habría llegado a la meta, al mejor sitio en el que puedo estar, habría llegado al cielo con el Señor y que estaría mejor que aquí.

Él entendía lo que decía, aunque le doliera. Yo sabía que ellos lo iban a sufrir por el apego humano que tenemos, pero para mí era una paz muy real. No estaba haciéndome la fuerte: lo sentía de verdad. Ahora pienso que era el Espíritu Santo sosteniéndome, porque, si no, no se explica.

Nerea Castellanos en su enfermedad ha visto como ha crecido su relación con Dios

- ¿Has visto cómo en esa enfermedad se ha reforzado tu relación con Dios?

- Sí, ahora soy más consciente de la confianza que tuve en Él y de la gracia que me dio. Veo su presencia en mi vida y estoy más agradecida.

Unos meses antes de todo esto yo ya estaba muy fortalecida en la fe. De hecho, una amiga incluso me dijo que parecía que el Señor me estaba preparando para ese momento. No voy sobrada de fe ni muchísimo menos, pero sí que ya entonces me veía con mucha fuerza.

También se reforzaron otros aspectos, como mi relación con mi ángel de la guarda. Antes de la operación, un sacerdote sugirió a mi padre que hablase mucho con mi ángel y con los ángeles de la guarda del quirófano, y lo hice así. Desde entonces lo tengo muchísimo más presente y hablo con él muchas veces al día.

- ¿Qué lugar ha ocupado la Virgen en ese proceso?

- Yo dormía todas las noches en el hospital con el rosario enrollado en mi mano. Al fin y al cabo es mi madre, literalmente.

Todos los días mi madre de la tierra dormía conmigo y me daba la mano; casi siempre se quedaba ella. El día de la operación, sin embargo, tuve que pasar la noche en reanimación y allí no podía entrar.

Esa noche sentí de verdad que la Virgen estaba conmigo, como si me estuviera dando la mano. No podía ver bien ni usar el móvil, pero conseguí poner música y pasé toda la noche escuchando Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre de Atenas y Tranquilo de Luis Po. No dormí nada, pero esas canciones me sostuvieron, especialmente la de la Virgen, que dice algo así como: “estoy aquí, soy tu madre, no tengas miedo”.

- Después de recibir la noticia de que no hay enfermedad, ¿qué sientes que te pide Dios?

- Eso todavía lo sigo descubriendo. Pero sentía muy claro que quería hacer algo que ayudara de verdad, tanto a nivel laboral como personal. Tenía mucha incertidumbre, pero también la convicción de que el Señor me había salvado porque tenía un plan para mí. Yo se lo preguntaba constantemente: “Señor, ¿qué quieres de mí?”.

Con el tiempo me regaló el trabajo en el que estoy ahora, en una fundación para personas con problemas de salud mental, donde soy muy feliz. Allí también conocí a mi pareja, con quien me caso el año que viene, y lo vivo como un regalo de Dios.

Siento que me ha salvado para este plan y que seguiré descubriendo más cosas, pero tengo claro que no puedo dejar de hablar de Él ni de intentar ayudar y ser su instrumento.

Papa León XIV en el Ángelus, 8-2-2026: «Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, Padre que custodia nuestro nombre y unicidad; cada herida sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas»

* «Los gestos de apertura y de atención a los demás son los que reavivan la alegría. Ciertamente, en su sencillez nos sitúan contracorriente. Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por otros caminos: hacer valer su identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies. Pero él rechaza los caminos en los que hubiera perdido su verdadero sabor, aquel que hallamos cada domingo en la fracción del Pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido» 

   

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «Con dolor y preocupación he tenido noticia de los recientes ataques contra diversas comunidades en Nigeria, que han causado graves pérdidas de vidas humanas. Expreso mi cercanía en la oración a todas las víctimas de la violencia y del terrorismo. Espero que las autoridades competentes continúen actuando con determinación para garantizar la seguridad y la protección de la vida de cada ciudadano... Aseguro mi cercanía a las poblaciones de Portugal, Marruecos, España —en particular de Grazalema en Andalucía— y del sur de Italia —especialmente de Niscemi en Sicilia—, afectadas por inundaciones y derrumbes. Aliento a las comunidades a permanecer unidas y solidarias, bajo la materna protección de la Virgen María»

 

 8 de febrero de 2026.- (Camino Católico)  “Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad. Cada herida, aun profunda, sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas y haciéndonos regresar al camino del Evangelio” ha dicho el Papa León XIV, ante decenas de miles de fieles, en la plaza de San Pedro, antes de rezar la oración del Ángelus.

El Santo Padre ha reflexionado sobre las palabras de Jesús «Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo», para recordar a los fieles del mundo que vivir las Bienaventuranzas da verdadero sabor a la vida y hace resplandecer la alegría cristiana: “Esta alegría se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo de sus gestos y de sus palabras”. De hecho, el Papa recuerda que vivir las Bienaventuranzas transforma la realidad, pues quien sigue a Jesús hace que la tierra sea distinta y que la oscuridad no tenga la última palabra.

Al término de la oración mariana, León XIV invita a rezar por la paz y recuerda las violencias en Nigeria que han resurgido en estos días. Tras hacer referencia al Día Mundial contra la Trata, el Pontífice expresa su cercanía a las poblaciones de Portugal, Marruecos, España e Italia afectadas por inundaciones y deslizamientos de tierra. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente: 

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro

Domingo, 8 de febrero de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Después de haber proclamado las Bienaventuranzas, Jesús se dirige a quienes las viven diciendo que, gracias a ellos, la tierra ya no es la misma y el mundo ya no está oscuro. «Ustedes son la sal de la tierra. […] Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,13-14). La alegría verdadera es la que da sabor a la vida y hace surgir lo que antes no existía. Esta alegría se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo de sus gestos y de sus palabras. Después de haberlo encontrado, parece insípido y opaco lo que se aleja de su pobreza de espíritu, de su mansedumbre y sencillez de corazón, de su hambre y sed de justicia, que impulsan a la misericordia y a la paz como dinámicas de transformación y reconciliación.

El profeta Isaías enumera gestos concretos que ponen fin a la injusticia: compartir el pan con el hambriento, albergar a los pobres sin techo, cubrir al desnudo, sin despreocuparse de los vecinos y familiares (cf. Is 58,7). «Entonces —continúa el profeta— despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar» (v. 8). Por una parte, la luz, que no se puede esconder porque es grande como el sol de cada mañana que disipa las tinieblas; por otra, una herida, que antes ardía y ahora sana.

Es doloroso, en efecto, perder sabor y renunciar a la alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón. Pareciera que Jesús pone en guardia a quien lo escucha para que no renuncie a la alegría. La sal que ha perdido sabor, dice, «ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por la gente» (Mt 5,13). Cuántas personas —quizá nos ha sucedido también a nosotros— se sienten descartadas, fracasadas; como si su luz se hubiera escondido. Pero Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad. Cada herida, aun profunda, sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas y haciéndonos regresar al camino del Evangelio.

Los gestos de apertura y de atención a los demás son los que reavivan la alegría. Ciertamente, en su sencillez nos sitúan contracorriente. Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por otros caminos: hacer valer su identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies. Pero él rechaza los caminos en los que hubiera perdido su verdadero sabor, aquel que hallamos cada domingo en la fracción del Pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido.

Hermanos y hermanas, dejémonos alimentar e iluminar por la comunión con Jesús. Sin exhibiciones seremos entonces como una ciudad en la cima del monte, no sólo visible, sino también atrayente y acogedora; la ciudad de Dios en la que todos, en definitiva, desean vivir y encontrar la paz. A María, Puerta del cielo, dirijamos ahora la mirada y la oración, para que nos ayude a ser y a permanecer como discípulos de su Hijo.

Oración del Ángelus:  

Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…


Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…


Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…


Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.


Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.


Amen.


Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…


Benedictio Apostolica seu Papalis


Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.


Amen.



Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:


Ayer, en Huércal-Overa, España, fue beatificado don Salvador Valera Parra, párroco plenamente entregado a su pueblo, humilde y solícito en la caridad pastoral. Que su ejemplo de sacerdote centrado en lo esencial sea un estímulo para los sacerdotes de hoy, para que sean fieles en la vida cotidiana vivida con sencillez y austeridad.


Con dolor y preocupación he tenido noticia de los recientes ataques contra diversas comunidades en Nigeria, que han causado graves pérdidas de vidas humanas. Expreso mi cercanía en la oración a todas las víctimas de la violencia y del terrorismo. Espero que las autoridades competentes continúen actuando con determinación para garantizar la seguridad y la protección de la vida de cada ciudadano.


Hoy, memoria de santa Josefina Bakhita, se celebra la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. Agradezco a las religiosas y a todos aquellos que se comprometen a combatir y eliminar las actuales formas de esclavitud. Junto con ellos digo: ¡la paz comienza con la dignidad!


Aseguro mi cercanía a las poblaciones de Portugal, Marruecos, España —en particular de Grazalema en Andalucía— y del sur de Italia —especialmente de Niscemi en Sicilia—, afectadas por inundaciones y derrumbes. Aliento a las comunidades a permanecer unidas y solidarias, bajo la materna protección de la Virgen María.


Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos italianos y de diversos países. Saludo a los fieles de Melilla, Murcia y Málaga, en España; a los procedentes de Bielorrusia, Lituania y Letonia; a los estudiantes de Olivenza, España, y a los confirmandos de Malta. Saludo también a los jóvenes conectados con nosotros desde tres oratorios de la diócesis de Brescia.


Sigamos rezando por la paz. Las estrategias del poder económico y militar —como nos enseña la historia— no generan futuro para la humanidad. El futuro está en el respeto y en la fraternidad entre los pueblos.


Les deseo a todos un feliz domingo.

Papa León XIV








Fotos: Vatican Media, 8-2-2026


Laurence Cottet era alcohólica e iba a suicidarse, pero entró en una Iglesia: «Oré a Dios que me sanó: ‘escucha, estoy al límite de mis fuerzas, no puedo más, la pelota está en tu tejado’; desde ese día no he bebido más»

Llevada a la desesperación por las dificultades desde su infancia, Laurence Cottet se refugió en el alcohol durante casi 50 años. Hasta que un día, en lo más profundo de su desesperación, el Señor la ayudó / Foto: @Nicolas Guyonnet

* Decidió dejar su trabajo para dedicarse por completo a la prevención. Durante los últimos 15 años, lo ha dado todo, viajando por Francia con su frágil figura para concienciar y ofrecer consejos con delicadeza a cualquiera que esté dispuesto a escucharla. Licenciada en estudios sobre adicciones, es voluntaria en el Hospital Universitario de Grenoble, ha escrito varios libros, fundó la asociación "Enero Seco" para promover el movimiento británico "Enero Seco" en Francia y se pronuncia sobre una amplia gama de temas, todo de forma voluntaria

Camino Católico.- Fue a los 6 años que descubrió las virtudes terapéuticas del alcohol. Laurence Cottet, la segunda de seis hijos en una familia que le prestaba poca atención, empezó por terminarse la última copa: "Mis padres no se llevaban bien y no nos demostraban ningún cariño", lamenta a Raphaëlle Coquebert en  Aleteia. "En ese clima de violencia física y psicológica, solo el alcohol aliviaba mi dolor".

El refugio de una mujer sedienta de amor

Tenía 15 años cuando su padre se fue de casa: su madre luchaba por llegar a fin de mes, dejando a los niños a su suerte. Laurence decidió tomar las riendas de su destino y huir: con una serie de trabajos esporádicos, ¡pensó que se las arreglaría perfectamente! Aprobó el bachillerato y empezó a estudiar Derecho: tras apenas aprobar, ingresó en la escuela de negocios, trabajando a tiempo parcial para financiarse. 

Tiene sentimientos encontrados sobre aquellos años: "No tenía ni idea", recuerda. "En los grupos de amigos con los que salía, bebían mucho, y yo les seguía la corriente. Me animaban porque, al parecer, era graciosa con unas copas". Sin darse cuenta, bebía para calmar sus heridas, esa falta de cariño que la carcomía.

Un respiro de unos años 

Un romance fulgurante en el trabajo puso fin a esos años caóticos. A los 29 años, mientras disfrutaba de una prometedora carrera en los departamentos legales de empresas consolidadas, conoció a Pierre Cottet. A pesar de su cáncer, creía que la felicidad era posible: «Nos casamos rápidamente. Fueron seis años muy felices, durante los cuales bebí con moderación, por placer». Pero en tres meses, la salud de su esposo se deterioró rápidamente. El 31 de marzo de 1995, a las 5:00 a. m., murió en sus brazos. Laurence tenía 35 años. A partir de entonces, fue una espiral descendente.

Autodestrucción

Desesperada tras este último golpe, la joven viuda recayó. En un año, se bebió las 300 botellas. Fue entonces cuando se convirtió en una auténtica alcohólica: "Significa", explica, "que el alcohol se convierte en una obsesión. Toda tu vida gira en torno a él. Es un círculo vicioso: bebes... para olvidar que estás bebiendo". ¿Las consecuencias? Borracheras increíbles que la llevaron a la comisaría, pérdida de memoria y un aislamiento cada vez mayor.

"En aquella época, mi familia se estaba desmoronando y no tenía más amigos que mis compañeros de copas. Para guardar las apariencias, acabé bebiendo solo en casa, por las noches, lejos de miradas indiscretas. Me acostaba borracha".

Laurence Cottet al salir de la Iglesia, en la que entró y permaneció en ella orando, se fue a casa, vació todas las botellas de alcohol en el fregadero y no volvió a beber más / Foto: @Nicolas Guyonnet

Hasta el día en que cayó el telón. Laurence lo recuerda vívidamente: el 24 de enero de 2009, mientras trabajaba como ejecutiva en París para una importante constructora donde el alcohol era moneda corriente, bebió en exceso durante una recepción de Año Nuevo a la que asistieron 600 personas. Su cuerpo, exhausto, cedió y se desplomó en público, sembrando el pánico a su alrededor. Nadie le ofreció ayuda, su jefe ya no la quería y la vergüenza la abrumaba: era demasiado.

Una mano amiga del cielo

Poco después, una mañana, Laurence se emborracha de nuevo, se calza las zapatillas y se dirige a la estación de metro de Denfert-Rochereau para acabar con todo de una vez por todas. Pero al pasar por la iglesia de Saint-Pierre de Montrouge, en el distrito 14, oye las campanas. La religión no es lo suyo; ya estaba harta de ella en su infancia: misa todos los domingos, bendiciones e imágenes religiosas a raudales, escuelas monásticas... Con tal distancia entre las palabras y los hechos, lo rechazó todo por completo hasta la muerte de su marido. Esta repentina pérdida la acercó a Dios, aunque de una forma bastante vaga.

¿Por qué entró entonces en la iglesia? No lo supo decir. Lo cierto fue que la homilía del sacerdote la impactó: «Huye del libertinaje, el Señor te ha dado un cuerpo, no te pertenece. Debes ponerlo a su servicio». ¿Ese cuerpo que tanto estaba dañando? En el momento de la comunión, avanzó como un autómata y se oyó responder al sacerdote que le ofrecía la hostia sagrada: «Señor, no soy digna de recibirte, pero solo di una palabra y sanaré». Laurence se dirigió a Dios en su corazón: «Escucha, estoy al límite de mis fuerzas, lo he intentado todo, no puedo más, la pelota está en tu tejado».

Permaneció en oración largo rato, conmovida por la belleza de los cantos y aliviada por el entorno. Cuando finalmente decidió irse, sus pensamientos sombríos se habían desvanecido. Volvió a casa, vació todas las botellas restantes por el fregadero y reflexiona en su corazón. «Desde ese día», se maravilló, «no he bebido ni una gota de alcohol».

De adicta a experta en estudios sobre adicciones

Sin embargo, su camino hacia la recuperación duró unos diez años: un psiquiatra especializado en adicciones la ayudó a responder a la pregunta crucial: "¿Por qué bebo?", a verbalizar su sufrimiento enterrado (incluida una violación familiar a los 16 años) y a encontrar la paz. Luego, por lealtad a la memoria de su hermana menor, quien también tuvo problemas con el alcohol y se quitó la vida a los 42 años, Laurence decidió dejar su trabajo para dedicarse por completo a la prevención. Durante los últimos 15 años, lo ha dado todo, viajando por Francia con su frágil figura para concienciar y ofrecer consejos con delicadeza a cualquiera que esté dispuesto a escucharla.

Licenciada en estudios sobre adicciones, es voluntaria en el Hospital Universitario de Grenoble, ha escrito varios libros, fundó la asociación "Enero Seco" para promover el movimiento británico "Enero Seco" en Francia y se pronuncia sobre una amplia gama de temas, todo de forma voluntaria. "Me llevó años apreciar plenamente el regalo que Dios me dio el día que quise morir. Se lo debo mucho, ¿verdad?"