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sábado, 4 de julio de 2026

Papa León XIV en homilía en Lampedusa, 4-7-2026: «No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco; llorar ante el dolor de otros como Jesús es entrar en el movimiento del amor, en el que Dios se ha revelado»

* «Quien se deja llevar por esta dinámica de compasión, de misericordia, comienza a vivir de un modo diverso, a ser ciudadano de un modo diverso, a trabajar de un modo diverso. Entonces puede surgir verdaderamente la civilización del amor, propuesta por mis santos predecesores Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Junto con un gran número de profetas y mártires del siglo pasado, ellos comprendieron que a los abismos del corazón humano y a los horrores de la guerra, únicamente sabe responder la misericordia mediante nuevos comienzos. Ahora, sobre los hombros de estos gigantes, hemos entrado en un milenio en el cual dar forma espiritual, cultural, jurídica, política y económica a la civilización del amor. Que la inmensidad del dolor que observamos nos haga acoger la radicalidad de esta llamada» 

  

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la omilía del Papa León XIV 

* «Tenemos aquí junto al altar la imagen de la Virgen de Porto Salvo, patrona de Lampedusa. Tal vez ustedes sepan que a san Agustín le gustaba describir la vida humana como navegación por un mar en tempestad y su destino como un puerto firme y seguro. No nos dejemos vencer por el miedo, sino consideremos las dificultades cotidianas como un tiempo de oportunidad y testimonio. Que su fe, queridos amigos, sea intensificada por estos años de prueba y de compromiso generoso. Que esta venerada imagen vuelva a hablarles con la fuerza de un tiempo en el que, cuantos les han transmitido la devoción, se confiaban a la intercesión de la Virgen con radical sinceridad. Todos tenemos en Dios un puerto seguro, del cual cada comunidad cristiana está llamada a ser un reflejo en la tierra. Y a ustedes, comunidad de Lampedusa y Linosa, que no les falte nunca el respiro de la fe, de la esperanza y de la caridad» 


 

4 de julio de 2026.- (Camino Católico)  “No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco. Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de otros —como ha hecho Jesús— significa entrar en el movimiento del amor, en el que Dios se ha revelado” ha subrayado el Papa León XIV en su homilía de la santa Misa, que ha celebrado en el Campo Deportivo "Arena", durante la visita pastoral a Lampedusa, en la mañana de este sábado 4 de julio de 2026.




El Papa León XIV ha reflexionado sobre el evangelio de la parábola del Buen Samaritano como la clave para interpretar la realidad que vive esta isla mediterránea y llamó a transformar la compasión en decisiones concretas. Al inicio de la homilía, el Pontífice ha recordado que "Dios siempre es el primero en amarnos" y ha afirmado que "la belleza del mar, de esta isla y de sus rostros es un reflejo de esa iniciativa gratuita". Asimismo, ha evocado la visita que realizó el Papa Francisco a Lampedusa el 8 de julio de 2013, en su primer viaje  como Sucesor de Pedro.



León XIV ha asegurado que la parábola del Buen Samaritano sigue describiendo la realidad contemporánea. "Hoy Lampedusa y Linosa se encuentran en un camino peligroso, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó".



El Sucesor de Pedro afirma que la isla ha contemplado durante años el sufrimiento de miles de personas víctimas de las redes de explotación y de los peligros del Mediterráneo. "Aquí no sólo han visto uno, sino a miles de seres humanos caídos en las manos de bandidos que los despojan de todo, los apalean y se van, dejándolos medio muertos". 


Recuerda también a quienes nunca lograron alcanzar tierra firme. "El mar se ha quedado con los otros, aquellos que no han conseguido llegar a donde esperaban". Y añade: "Los muertos en este mar son víctimas ya sea de decisiones tomadas o de decisiones omitidas".



Un pasaje particularmente significativo de la homilía ha estado dedicado al reconocimiento de los habitantes de la isla. "He venido a agradecerles, hermanos y hermanas de Lampedusa, por la proximidad que muchos entre ustedes han decidido ejercitar", afirma.



El Papa ha dado las gracias a voluntarios, asociaciones, Guardia Costera, autoridades civiles, personal sanitario, sacerdotes, religiosos, fuerzas de seguridad y a todos aquellos que "han decidido amar juntos".


También dirigió un saludo especial a los migrantes presentes. "Ellos mismos no han simplemente recibido, sino que muchas veces han ejercitado la solidaridad en su viaje, como pobres que ayudan a los más pobres".



Desde "este borde de Europa en el Mar Mediterráneo", Prevost dirige un llamamiento particular al continente europeo. Afirma que Europa posee "un potencial único" derivado de su historia y de su cultura y, precisamente por ello, "una equivalente responsabilidad". Pide afrontar la crisis migratoria mediante un proyecto de largo alcance que sea capaz de: "acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar". Subrayó que todo ello debe realizarse "velando por el respeto de la dignidad de cada persona". En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:




VISITA PASTORAL DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

A LAMPEDUSA


SANTA MISA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE


Campo deportivo “Arena”, Salina

Sábado, 4 de julio de 2026



Queridos hermanos y hermanas:

Dios siempre es el primero en amarnos. La belleza del mar, de esta isla y de sus rostros es un reflejo de esa iniciativa gratuita: el amor nos precede, nos rodea y nos reúne. Estoy agradecido al Señor por poder visitarles, siguiendo las huellas del Papa Francisco, que el 8 de julio de 2013 quiso venir a Lampedusa en su primer viaje como Sucesor de Pedro.

Los apóstoles, como saben, navegaron por el Mediterráneo y experimentaron la hospitalidad de los habitantes de sus islas y de sus costas, encrucijada de civilización desde hace milenios. El Evangelio resuena donde los pueblos se encuentran, las personas son acogidas, sus vidas se entrecruzan, las diversas culturas se ponen en diálogo. Se silencia, sin embargo, donde cada uno hace de sí mismo una isla, donde se evita el contacto y el intercambio se interrumpe. En este sentido, la parábola del buen samaritano, que se acaba de proclamar, describe una historia que continúa (cf. Lc 10,25–37) y la Encíclica Fratelli tutti nos ha ayudado a releerla en las dramáticas circunstancias históricas en las que todavía estamos inmersos. La Palabra de Dios es siempre actual y nos lleva a una conversación de la cual salir transfigurados. ¿Cómo responderemos, pues, al amor de quien nos ha amado primero?

Queridos amigos, hoy Lampedusa y Linosa se encuentran en un camino peligroso, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. v. 30). Aquí no sólo han visto uno, sino a miles de seres humanos caídos en las manos de bandidos que los despojan de todo, los apalean y se van, dejándolos medio muertos (cf. Lc 10,30). El mar se ha quedado con los otros, aquellos que no han conseguido llegar a donde esperaban. Sin embargo, sentimos su presencia, que nos interpela tanto como la de aquellos que han desembarcado, necesitados de atención y ayuda. Antes de cualquier otra consideración intelectual o convicción ideológica, el impacto con quien yace delante de nosotros, despojado de todo, llama a la proximidad. La Carta a los Hebreos nos ha dicho «Acuérdense […] de los maltratados, como si estuvieran en sus cuerpos» (Hb 13,3). ¡Es el centro de la parábola evangélica: nos hacemos próximos, nos volvemos prójimos (cf. Lc 10,36-37)!

He venido a agradecerles, hermanos y hermanas de Lampedusa, por la proximidad que muchos entre ustedes han decidido ejercitar. Ha sucedido una vez más el milagro de la compasión —«al verlo, se conmovió» (v. 33)— una revolución interior que hace brotar en nosotros el “sentir” de Dios y ensancha los pensamientos, el corazón y la vida. Doy las gracias a los voluntarios, a las asociaciones reunidas en el “Forum Lampedusa Solidario”, a las instituciones civiles, a la Guardia Costera, a los alcaldes y a las administraciones que se han sucedido en el tiempo; gracias a los diáconos, a los sacerdotes, a las religiosas, a los médicos, a los psicólogos, a los educadores; gracias a las fuerzas de seguridad y a todos aquellos que, con o sin el don de la fe, han decidido amar juntos. Sí, porque entre ustedes se organiza el amor, aquel amor del cual la compasión, que ve al hermano en el mar, es como el primer estremecimiento, la llamada profunda a atreverse a aquello que nunca se hubiese pensado. Saludo a las personas migrantes que están aquí: ellas mismas no han simplemente recibido, sino que muchas veces han ejercitado la solidaridad en su viaje, como pobres que ayudan a los más pobres. Gracias, hermanos y hermanas, porque no hay nada que se pueda dar por sentado en su gesto de hacerse prójimos, nada que sea automático.

La parábola nos lo relata: el amor está siempre en la libertad y la libertad está en las decisiones. Hay también quien elige no hacerse prójimo y quien decide no decidir. Los muertos en este mar son víctimas ya sea de decisiones tomadas o de decisiones omitidas. El desinterés por el bien común y la corrupción en los lugares de proveniencia, un sistema económico mundial que genera pobreza y exclusión, el miedo que fomenta prejuicios y desprecio, el pensamiento de que estos problemas no nos competen, los cálculos criminales de quien se lucra a costa del drama de otros, el paso lento y difícil de una mera gestión de las emergencias a la elaboración de políticas orgánicas y compartidas: todo esto reproduce, hoy, el apresurado “pasar de largo” (cf. vv. 31.32) del relato evangélico.

En la parábola, un sacerdote se encuentra allí «por casualidad» (v. 31) y, después de él, un levita. Los dos ven, pero pasan de largo. Desgraciadamente, nunca falta quien teme contaminarse por entrar en contacto con los demás, negando así —incluso ante el sufrimiento y la muerte— el origen común en Dios, la infinita dignidad de cada ser humano y la llamada al amor sin límites. Es tiempo de reconocer y afirmar que la pertenencia religiosa no debe convertirse jamás en motivo de discriminación, como si la fe tuviera límites y no fuera, en cambio, llamada universal a la salvación. Donde existían muros de separación, Cristo los ha derribado (cf. Ef 2,14). No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco. Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de otros —como ha hecho Jesús— significa entrar en el movimiento del amor, en el que Dios se ha revelado.

Queridos amigos, quien se deja llevar por esta dinámica de compasión, de misericordia, comienza a vivir de un modo diverso, a ser ciudadano de un modo diverso, a trabajar de un modo diverso. Entonces puede surgir verdaderamente la civilización del amor, propuesta por mis santos predecesores Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Junto con un gran número de profetas y mártires del siglo pasado, ellos comprendieron que a los abismos del corazón humano y a los horrores de la guerra, únicamente sabe responder la misericordia mediante nuevos comienzos. Ahora, sobre los hombros de estos gigantes, hemos entrado en un milenio en el cual dar forma espiritual, cultural, jurídica, política y económica a la civilización del amor. Que la inmensidad del dolor que observamos nos haga acoger la radicalidad de esta llamada.

Al igual que el samaritano podemos cambiar programa y dirección. Tenemos más recursos y oportunidades que el samaritano para dar concreción histórica a la esperanza. Él «se acercó y le vendó sus heridas, curándolas con aceite y vino. Después lo cargó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un albergue y se quedó cuidándolo» (Lc 10,34). También nosotros tenemos que reconocer que «la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (Carta enc. Magnifica Humanitas, 213). De esto, amigos de Lampedusa, ¡ustedes son testigos! Aquí, al confrontarse con ustedes, se entiende mejor nuestro tiempo y cada uno puede verificar la dirección de la propia vida. «Claro, no todos tienen el mismo poder de influir sobre la realidad […]. Sin embargo, nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí —no en otro lugar— está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza —aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio—; o si promueve la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado—» (ibíd., 212).

Por ello, desde este borde de Europa en el Mar Mediterráneo, se ve mejor la llamada que el fenómeno migratorio dirige a la sociedad europea. Tanto por este aspecto –como por lo que se refiere a la transición ecológica y de la promoción de la paz– Europa posee un potencial único, que deriva de su historia y de su cultura y, por eso mismo, una equivalente responsabilidad. Por su posición geográfica y por su estructura institucional, Europa tiene la capacidad —en esta área— de afrontar la crisis de modo orgánico, insertando los primeros auxilios en un plan estratégico de larga duración, que sea capaz de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar. Todo esto velando por el respeto de la dignidad de cada persona. Es un deber de las instituciones públicas, pero también de toda la sociedad civil y de la Iglesia.

Hermanas y hermanos, como decía recientemente en Tenerife, durante el viaje apostólico a España, también en Lampedusa la cultura de la acogida tiene una vocación turística que, por desgracia, puede sentirse amenazada por las rutas migratorias y desarrollarse en la indiferencia o incluso en contraposición a sus aspectos más dramáticos. Para muchos, de hecho, las vacaciones solamente implican distracción, ligereza, despreocupación. Incluso parece que se deba elevar un muro invisible entre el mar de los náufragos y el de los veraneantes. Tengan la audacia de pensar de modo diferente. Poco a poco, con creatividad, conseguirán que todo aquel que venga a pasar un período, incluso de descanso en esta isla, pueda volverse más humano al medirse con la caridad de ustedes, con aquello que el mar les ha enseñado y con los encuentros que los han educado. Hay auténtico descanso allí donde se reencuentra el sentido de la vida; hay verdadero bienestar cuando la economía es justa y fraterna. En esta economía, el cuidado de la creación y la amistad social se unen en una síntesis que la humanidad busca hoy.

La primera lectura nos ha recordado que practicando la hospitalidad, «algunos sin saberlo hospedaron a ángeles» (Heb 13,2). Sean pues, en lo pequeño, profecía de aquello que podemos alcanzar juntos a gran escala. Los primeros beneficiados serán ustedes y sus familias, superando las divisiones y las divergencias que solo la caridad puede disolver. Que la parroquia, en particular, sea una comunidad en la que, como en la escuela del Evangelio, se aprenda conjuntamente a acoger, acompañar e integrar, en un estilo de comunión.

Tenemos aquí junto al altar la imagen de la Virgen de Porto Salvo, patrona de Lampedusa. Tal vez ustedes sepan que a san Agustín le gustaba describir la vida humana como navegación por un mar en tempestad y su destino como un puerto firme y seguro. No nos dejemos vencer por el miedo, sino consideremos las dificultades cotidianas como un tiempo de oportunidad y testimonio. Que su fe, queridos amigos, sea intensificada por estos años de prueba y de compromiso generoso. Que esta venerada imagen vuelva a hablarles con la fuerza de un tiempo en el que, cuantos les han transmitido la devoción, se confiaban a la intercesión de la Virgen con radical sinceridad. Todos tenemos en Dios un puerto seguro, del cual cada comunidad cristiana está llamada a ser un reflejo en la tierra. Y a ustedes, comunidad de Lampedusa y Linosa, que no les falte nunca el respiro de la fe, de la esperanza y de la caridad: “O’scià!” [Saludo típico de Lampedusa].

PAPA LEÓN XIV




Fotos: Vatican Media, 4-7-2026

Santa Misa de hoy, sábado, 13ª semana del Tiempo Ordinario, presidida por el Papa León XIV, en Lampedusa, 4-7-2026


Foto: Vatican Media, 4-7-2026

4 de julio de 2026.- (Camino Católico)  Lampedusa ha vuelto a convertirse este sábado 4 de julio de 2026 en el corazón de la reflexión de la Iglesia sobre el drama de las migraciones durante la visita pastoral del Santo Padre. En la Santa Misa celebrada en el Campo Deportivo "Arena", el Papa León XIV ha presentado la parábola del Buen Samaritano como la clave para interpretar la realidad que vive esta isla mediterránea y en su homilía ha llamado a transformar la compasión en decisiones concretas y ha subrayado que "Dios siempre es el primero en amarnos" y "la belleza del mar, de esta isla y de sus rostros es un reflejo de esa iniciativa gratuita". Asimismo, ha evocado la visita que realizó el Papa Francisco a Lampedusa el 8 de julio de 2013, en su primer viaje  como Sucesor de Pedro. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.

Katie Flanagan: «Oraba con las Escrituras y escuche la llamada de Dios: 'deberías ser monja'; trabajaba de profesora pero me acompañaban esas palabras; ante el Santísimo Sacramento acepté la voluntad de Dios y soy religiosa»

Katie Flanagan profesó sus primeros votos como religiosa de las Hermanas Salesianas en agosto de 2016 y sus votos perpetuos el 5 de agosto de 2022 / Foto: Instagram Katie Flanagan

* «Cuando me senté allí, era la primera vez en años que rezaba ante el Santísimo Sacramento y no estaba luchando internamente. Me di cuenta de que algo había cambiado. Por primera vez en años, no estaba luchando con Dios. Simplemente sentí paz. Y creo que incluso lo dije en voz alta. Sabía que sentiría paz allí donde Dios me llamara a ir. Esa paz no eliminó mis miedos, pero me dio el valor para confiar en que Dios me guiaba hacia donde encontraría mi mayor alegría. Todavía me llevó dos años más ingresar al convento, pero decir sí al llamado de Dios ha sido el mayor regalo de mi vida, la mejor decisión que he tomado en mi vida: entregarme a Dios y a su voluntad. Dios rara vez grita. Más a menudo, susurra. Si permanecemos firmes en la oración, la Eucaristía, las Escrituras y la comunidad de fe, comenzaremos a reconocer su voz. Y cuando confiamos en Él, siempre nos guiará hacia algo mucho más grande de lo que podríamos haber imaginado» 

Camino Católico.- “Si de pequeña me hubieran dicho que algún día sería religiosa, me habría reído en su cara. Crecí en una comunidad de fe muy activa en Florida, donde mi familia participaba profundamente en la vida de la Iglesia. Pero ser religiosa simplemente no era una opción que me planteara.“Creo que, de niña, a veces bromeaba diciendo que pasaba más tiempo en la parroquia de Santa Rita que en mi propia casa. Era importante para nosotros y, en general, disfruté yendo a misa”, asegura Katie Flanagan a Yes Catholic.

“Como estudiante de la Universidad de Florida, mi fe se convirtió en algo personal. Me involucré en el ministerio universitario”, dice. Como estudiante de magisterio con planes de enseñar a niños de primaria, era idealista respecto al papel de los educadores y la necesidad de que estos se centren en el desarrollo integral del niño. Supo por sus amigas que las hermanas salesianas, que dirigen escuelas católicas en todo el estado y el país, comparten esa misma visión de la educación.

Durante su orientación espiritual en su último año en la Universidad de Florida, Katie Flanagan “mientras oraba con las Escrituras, experimenté algo inesperado. De repente un pensamiento me vino a la mente un pequeño pensamiento: 'Deberías ser monja'. Recuerdo que tenía los ojos cerrados, la Biblia en la mano, y de repente abrí los ojos y pensé: '¿Quién dijo eso? ¿Quién lo oyó?'. Mi respuesta inmediata fue: `No, gracias’”.

“Tras graduarme, trabajé varios años como profesora en escuelas públicas. Amaba a mis alumnos, pero cada vez que rezaba, sentía que Dios me invitaba suavemente a considerar la vida religiosa. No era una voz fuerte ni una experiencia dramática. Era un susurro silencioso y persistente que simplemente no desaparecía”, dice Katie.

Katie Flanagan en una graduación con sus alumnos / Foto: Instagram Katie Flanagan

Habló con un amigo que había sido seminarista y que ahora es el padre Daniel Daza-Jaller, director de vocaciones de la diócesis de Palm Beach. Él la animó a visitar a algunas religiosas y descubrir si lo que sentía era una verdadera vocación. “Me animó a visitar a las Hermanas Salesianas porque las recordé de la conversación que había tenido con mis amigas de la universidad. Así que me puse en contacto con ellas, reservé un vuelo a Nueva Jersey donde está la casa madre”.

“Había algo en mí que me decía que este era un momento decisivo. Como si a partir de ahí no hubiera vuelta atrás. Pero al mismo tiempo, durante todo el viaje oraba con más fervor que nunca: ‘Dios, por favor, por favor, si me amas, por favor, permíteme llegar allí y odiarlo’. Quería odiarlo porque sabía que Dios solo nos llama a aquello que nos traerá la felicidad más profunda”, relata.

Pero en su primer día con las hermanas, mientras rezaba en su capilla, encontró la respuesta. “Cuando me senté allí, era la primera vez en años que rezaba ante el Santísimo Sacramento y no estaba luchando internamente. Me di cuenta de que algo había cambiado. Por primera vez en años, no estaba luchando con Dios. Simplemente sentí paz. Y creo que incluso lo dije en voz alta. Sabía que sentiría paz allí donde Dios me llamara a ir”.

Pero comparte que “esa paz no eliminó mis miedos, pero me dio el valor para confiar en que Dios me guiaba hacia donde encontraría mi mayor alegría. Todavía me llevó dos años más ingresar al convento, pero decir sí al llamado de Dios ha sido el mayor regalo de mi vida, la mejor decisión que he tomado en mi vida: entregarme a Dios y a su voluntad”.

Katie Flanagan con chicas en el campamento de verano / Foto: Instagram Katie Flanagan

Ni en un millón de años, si hubiera planeado mi vida, ni siquiera en la última página habría escrito: ‘Y tal vez me haga monja’. No era algo que se me hubiera pasado por la cabeza. Pero seguía apareciendo y no desaparecía. Y eso, para mí, fue una confirmación”, asegura.

Katie reflexiona sobre su camino: “Mirando hacia atrás, puedo ver que Dios me habló a través de cuatro cosas: las Sagradas Escrituras, la Virgen María, los sacramentos y las personas que puso en mi vida. Estas se convirtieron en el fundamento de mi discernimiento y siguen sosteniendo mi vocación hoy en día”.

“En el instante en que recuerdo haber escuchado la llamada de Dios, estaba rezando con un pasaje bíblico. La palabra de Dios tiene que ser fundamental en nuestras vidas, algo que debemos asimilar, meditar y leer a diario”, comparte.

“Rezar el rosario y mantener una relación más fuerte con María me otorgó la gracia de abrirme a la voluntad de Dios”, señala.

Katie Flanagan en una reunión de grupo / Foto: Instagram Katie Flanagan

Respecto a los sacramentos subraya que “comencé a ir a misa diariamente cuando estaba en pleno discernimiento y la gracia de Dios empezó a obrar en mí como consecuencia de mi cercanía con Él”.

Su comunidad de familiares y amigos marcó una gran diferencia. “Creo que crecer en la familia en la que crecí, con padres que me amaban como lo hacen, me hizo receptiva al amor de Dios desde el principio. Pero también la comunidad de fe en la que crecí en St. Rita, y los amigos con los que elegí rodearme. Todos ellos me apoyaron y me animaron, y me dieron un buen empujón un par de veces cuando lo necesitaba y estaba acobardada”.

Katie Flanagan concluye con esta reflexión: “Dios rara vez grita. Más a menudo, susurra. Si permanecemos firmes en la oración, la Eucaristía, las Escrituras y la comunidad de fe, comenzaremos a reconocer su voz. Y cuando confiamos en Él, siempre nos guiará hacia algo mucho más grande de lo que podríamos haber imaginado”.

Katie Flanagan el 10 de septiembre de 2022 cuando impartió una reflexión al grupo Magníficat en la diócesis de Palm Beach / Foto: Diócesis de Palm Beach

La hermana Flanagan profesó sus primeros votos en agosto de 2016 y sus votos perpetuos el 5 de agosto de 2022. Ha ejercido como ministra pastoral y profesora de teología en la escuela secundaria St. John Neumann en Naples, y es profesora de teología y miembro del equipo de pastoral universitaria en la escuela secundaria Immaculata-La Salle en Miami.

Gonzalo Garrido, 22 años: «A los 16, me encontré con la misericordia del Señor al leer una biografía de San Francisco de Asís; empecé a investigar por pura cuestión académica, y el Señor se encontró conmigo»

Gonzalo Garrido dice: «Empecé a investigar por pura cuestión académica y el Señor se encontró conmigo»

* «Me encontré con el Señor en la historia porque yo empecé a leer libros de Historia, libros de la Iglesia y por una cuestión a lo mejor un poco circunstancial me encontré con una biografía de San Francisco de Asís y me tocó muchísimo. No sé cómo decirlo, pero encontré patente que eso era verdad. Era como una afirmación de que el Señor está presente, no es simplemente una cosa de los libros. Entonces dije: “si el Señor la ha llamado, pues, yo también quiero vivir esto.” En San Francisco de Asís vi mi pobreza. Antes de convertirse era un poco cabeza loca, como todos. Entonces yo vi mis miserias. En vez de asustarse el Señor las abrazaba, entonces encontré misericordia. Encontré misericordia por abrazar esa pobreza; o sea, no tener miedo a verla, como en el episodio en el que abraza a un leproso, que me marcó mucho»

Camino Católico.-  Gonzalo Garrido tiene 22 años y vive su fe en la parroquia de los Santos Juan y Pablo en San Fernando de Henares. El pasado mes de febrero concluyó el grado de Historia en la Universidad de Alcalá (UAH). El próximo curso comenzará un Máster en Documentación y Archivística con vistas a opositar en el mundo de las bibliotecas o los archivos. Este joven de San Fernando de Henares se convirtió con 16 años gracias a la lectura de la vida de San Francisco de Asís y en el último año se ha involucrado en actividades diocesanas como aquellas realizadas por la Escuela de Evangelización y por la Pastoral Universitaria.

Para llegar a su conversión, hasta entonces ya había hecho la comunión… y luego se apartó de la Iglesia. Y lo primero que responde al contar su testimonio al portal de la Diócesis de Alcalá de Henares es ¿qué hace un joven como él en la Iglesia Católica?:

– «Me criaron en la fe, pero una fe un poco más cultural. Es verdad que yo he recibido todos los Sacramentos por mis padres. Pero es verdad que cuando hice la Comunión ya dejamos de ir a la Iglesia. Tener una conciencia de por qué estoy en la Iglesia y de tener esa relación con el Señor la tengo a los 16 años.

»¿Qué hago en la Iglesia? Pues seguir al Señor. Tuve como una especie de conversión a esa edad, más o menos, y entonces me di cuenta de que verdaderamente si tenía un propósito en mi vida, si el Señor me había pensado de esta manera para tener para mí un plan de salvación, pues tenía que vivir la fe en comunidad, que es quizá lo que hasta hace poco no tenía. Por eso me empecé a implicar a nivel parroquial, dentro de la Diócesis de distintas maneras. Porque pensaba que la fe que a mí me habían transmitido y de la que luego yo había tenido ese avivamiento, tenía que ponerla en juego, poner los dones en juego.

»Yo había tenido ese encuentro tan fuerte y necesitaba transmitirlo de alguna manera. Por eso me empecé a implicar un poco más y a participar de la Diócesis». 

Gonzalo Garrido dice que está en la Iglesia Católica para seguir el Señor

«El Señor está allí y quiere estar conmigo» 

Así relata su encuentro con Dios que transformó su vida:

– «El Señor se encontró conmigo. Es verdad que yo no lo buscaba directamente, sino que empecé a profundizar: me gusta la Historia y no podía evitar tener el Cristianismo “ahí”. Era la base de todo lo que habíamos sido, entonces para un historiador no conocer lo que constituye la fe en Europa es algo inentendible.

»Yo empecé a investigar por pura cuestión académica, y el Señor se encontró conmigo. Tuve un encuentro bastante fuerte de entender que esto no es solamente una cosa del pasado,  una historia, sino que es un momento que se repite en todas las partes de la Historia y que te llama personalmente a ti.

»Me encontré con la misericordia del Señor. Evidentemente he tenido “mis idas y venidas” pero para mí como fue el momento de decir: “el Señor está allí y quiere estar conmigo.”

»Me encontré con el Señor en la historia porque yo empecé a leer libros de Historia, libros de la Iglesia y por una cuestión a lo mejor un poco circunstancial me encontré con una biografía de San Francisco de Asís y me tocó muchísimo. No sé cómo decirlo, pero encontré patente que eso era verdad. Era como una afirmación de que el Señor está presente, no es simplemente una cosa de los libros. Entonces dije: “si el Señor la ha llamado, pues, yo también quiero vivir esto.”

»En San Francisco de Asís vi mi pobreza. Antes de convertirse era un poco cabeza loca, como todos. Entonces yo vi mis miserias. En vez de asustarse el Señor las abrazaba, entonces encontré misericordia.

»Encontré misericordia por abrazar esa pobreza; o sea, no tener miedo a verla, como en el episodio en el que abraza a un leproso, que me marcó mucho.

»Y también encontré la humildad, el desapego, en el darse cuenta de “te estás apegando a muchísimas cosas y luego acabas perdido”. Verdaderamente hay una libertad muy plena en desapegarse de las cosas. No tanto a lo mejor de lo material, del dinero, etc., sino también de los apegos, de nuestras propias cosas, las que tenemos “por dentro”».

«No es que tú encuentras al Señor y toda tu vida es súper fácil y súper bonita»

Gonzalo Garrido lleva seis años dentro de la iglesia y cuenta su experiencia de ir contracorriente ir a contracorriente en este:

–  «Es muy complicado, la verdad. Muy complicado porque sobre todo cuando eres más joven es el  “¿qué pensarán?”.

»Digamos que mi familia es católica culturalmente, pero no tiene verdaderamente una fe muy sólida, salvo mi abuela y mi madre. Se vivía raro un poco en la familia tener una fe implicada. Por esa parte es muy complicado por las incomprensiones de tu familia, las incomprensiones de tus amigos.

»Yo, con el paso de los años, me he dado cuenta de que es la esencia del cristianismo, ¿no? No es que tú encuentras al Señor y toda tu vida es súper fácil y súper bonita. Tiene partes bonitas, pero también implica un poco de cruz. El Señor se entregó en una cruz. Entonces, por una parte complicado, por lo el “qué dirán”, o quizá porque te dejas arrastrar…

»Pero cuando verdaderamente te la juegas, en el sentido de que te expones ante el resto -porque al final uno no puede tener miedo de la fe, ¿no?- también es muy bonito porque hay gente que a lo mejor tiene más incomprensión que rechazo en una generación que está muy secularizada. Aunque gracias a Dios no es una secularización de rechazo, sino una secularización de desconocimiento. Es muy bonito que la gente te pregunte y puedas explicarle lo que es la fe».

Este joven vive su vida cotidiana con el Señor así:

– «Empieza el día complicado porque yo tiendo mucho a la pereza.  Entonces siempre me ayuda, nada más levantarme y desayunar y todo, la oración: tener mi rato de oración, de estar con el Señor, de leer las lecturas del Evangelio, y luego ya pedirle la fuerza para ponerme con los estudios, para llevar el día.

»Luego hago actividades de deporte o actividades académicas,  o incluso un poco de recreación. Por la tarde intento meter también un poco la oración, porque yo creo que es el pilar porque soy un desastre, o sea, mi defecto es que soy muy vago, entonces sin una oración no me sustento en nada.

»Luego continúo con las cosas que tenga que hacer: tareas en casa o participar de alguna cosa para la que me llamen. Y por la noche igual: rezar, tener un rato de oración.

»Intento, la verdad, ir a Misa todos los días, pero igual no  me cuadran los horarios y no voy, pero para mí los dos pilares del día son la oración (el día que no tengo oración soy un absoluto desastre) y la Eucaristía. Para decir: “El tiempo es del Señor: para”». 

Gonzalo Garrido en el jardín del Colegio de Málaga, donde estudió el grado en Historia por la Universidad de Alcalá (UAH)

«Que el Señor me guíe para evangelizar»

Gonzalo Garrido cuenta cómo logra evangelizar en el día a día a su familia o a sus amigos: 

– «Es quizá lo más complicado. Yo siempre le pido al Señor que me guíe, porque soy bastante desastre en estas cosas.

»Con la familia es de una manera como más cotidiana: servir, aplicar las bienaventuranzas, y poner esa llama de Cristianismo en una familia que no es muy creyente.

»Con mis amigos o las personas de mi Universidad yo creo que la manera de evangelizar es no tener miedo a, por ejemplo, si te ven una cruz, o si dices “no puedo ir a esto porque tengo que ir a Misa”… de alguna manera siempre te preguntan y tú explicas, ¿no?  Es dar un poco de testimonio de lo que verdaderamente haces.

»Digamos que, por una parte, es el servicio más cotidiano: “si necesitas algo estoy para servirte.” Y por otra parte, si hay algún tipo de duda, explicar, dar tu testimonio.

»Es verdad que, gracias a Dios, participo a veces de la Escuela de Evangelización de la Diócesis, y me ha enriquecido muchísimo en eso porque siempre tienes el miedo del rechazo…Y precisamente las evangelizaciones que hacen me han ayudado a darme cuenta de que es lo más natural exponer la fe y exponerte. Que al final se pone en juego tu vida». 

Respecto a llevar símbolos religiosos que muestran la pertenencia a Cristo fuera de los ambientes de fe dice:

– «Sí, es importante. Tampoco hay que llenarse de objetos religiosos…pero pequeñas cositas: una cruz, a lo mejor alguna pulsera, alguna cosa que sirva también para recordarte lo que eres. Porque desgraciadamente yo soy un poco cabeza loca, y a veces te dejas arrastrar por el mundo.

»Pero para mí es como un recuerdo de “oye, Dios se ha entregado en una cruz por ti, por amor, ¿por qué vas a tener miedo? Te ha dado el mayor amor, ¿por qué vas a tener miedo a cualquier otra cosa?” Entonces, para mí sí que es muy importante.

»Y llevarlo sin ningún tipo de complejo. No muchos jóvenes llevan un símbolo religioso, y la verdad es que la mayoría te pregunta y entras en un tono de conversación muy favorable para explicar lo que es y lo que significa para ti».

Gonzalo Garrido reza frente al Santísimo en la Capilla de las Santas Formas, para él el mejor lugar de la Diócesis de Alcalá de Henares para rezar

«Dios está en la universidad»

Cursando el grado de Historia, Gonzalo aprendió sobre un periodo de la Iglesia: 

– «Gracias a Dios tuvimos una asignatura de Introducción al Cristianismo, una optativa muy bonita, y me gustó mucho, que yo no lo conocía porque yo tenía total desconocimiento…La época tardo-antigua, los últimos siglos del Imperio Romano, ya cristianizado, y los primeros de la Europa que se va cristianizando….Yo sigo profundizando en eso porque no tenía ni idea, y la verdad es que me está gustando mucho». 

En cuanto a si Dios está en la Universidad responde con claridad:

– «Evidentemente el Señor siempre está aunque luego nosotros incluso nos perdamos, siempre está. En torno a lo que es la presencia tangible, es verdad que yo en los primeros años en la Universidad no vi una presencia como tal de gente católica, pero con el paso del tiempo he ido conociendo a gente y he visto que sí que hay bastantes universitarios que tienen fe, y que tienen una fe implicada en el sentido de una fe formada…

»Desde hace poco ayudo en la pastoral de la Universidad, y poco a poco, hay cositas que se van notando: conoces a grupos de chicos católicos que hay allí, alguna vez hemos hecho alguna conversación en la cafetería, quedamos para hacer formación. Es discreta porque el entorno universitario de Alcalá no es el menos favorable de todas las universidades de Madrid, pero quizá no es el entorno más favorable a veces para la fe». 

Gonzalo dice que una canción que está escuchando últimamente que le acerque a Dios es «Alza la mirada»

El libro que recomienda para conocer más la fe es «Sabiduría de un pobre’, de Eloi Leclerc, que trata de la vida de San Francisco de Asís. No trata temas teológicos muy complejos, pero te acerca de una manera muy vívida a la fe».

Es evidente que su santo que es referente para él es «San Francisco de Asís»

Y para finalizar se le pide que termina la frase: 

Los jóvenes son… «el impulso que necesita la Iglesia».

Los jóvenes esperan… «encontrarse con la Verdad de su vida».

La fe de los jóvenes es… «auténtica».

El mejor lugar para rezar en la Diócesis de Alcalá es… «la Capilla de las Santas Formas».