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sábado, 3 de octubre de 2026

Francisco Javier Soriano era rebelde, se escapó de casa a los 17 años, iba con malas compañías, drogas y hoy es sacerdote: «Dios lo tenía planeado; no imaginaba su misericordia y su paciencia para esperar»

Francisco Javier Soriano, a la izquierda, vivió una adolescencia de rebeldía, escapando de casa. con malas compañías y drogas, pero Dios lo rescató y es el primer sacerdote español de los Misioneros de la Caridad, fundados por Santa Teresa de Calcuta

* «Estar con los niños de la calle me hizo un hermano más de ellos; ahí ya estaba Dios verdaderamente trabajando en mí… El Espíritu Santo me puso algo en el corazón. Me puse a mirar en internet porque no sabía qué hacer con mi vida; escribí 'órdenes misioneras' y la primera en la que hice clic fue Misioneros de la Caridad. Si te digo la verdad, yo a la Madre Teresa de Calcuta la confundía con Teresa de Ávila. Me encontré con el Señor a través de la espiritualidad de Madre Teresa, que no la conocía, pero fue como hecha para mí de alguna manera»

Camino Católico.-  Hay vidas en las que la vocación parece asomar desde la propia pila bautismal. San Francisco Javier, antes de convertirse en el gran patrón de las misiones y cruzar océanos por Cristo, fue un joven noble, orgulloso, apasionado y con ganas de devorarse el mundo.

Siglos después, otro español bautizado con su mismo nombre, Francisco Javier Soriano, ha recorrido un trazado que guarda un sorprendente paralelismo. En cierta forma, su nombre auguraba a un personaje inquieto, rebelde y sin miedo a la aventura; lo que pocos preveían es que, tras un convulso historial de huidas, noches sin rumbo y descarriamiento, este valenciano acabaría convirtiéndose en el primer sacerdote español de los Padres Misioneros de la Caridad, la rama sacerdotal masculina fundada por la Santa Teresa de Calcuta.



Javier descubrió de manera providencial a su congregación a través de internet tras una inesperada visita de su padre

La rebeldía y el orgullo de irse a los 17 años

Criado en Valencia, en el seno de una familia numerosa de seis hermanos cuyos padres son miembros del Opus Dei, la adolescencia de Francisco Javier tomó un rumbo inesperado. «Tuve una adolescencia bastante rebelde y loca en Valencia», reconoce en conversación con María Rabell García en El Debate con absoluta franqueza. Las malas compañías, las drogas y una relación sentimental desafortunada comenzaron a alejarlo de sus raíces.

La tensión en el hogar llegó a un punto de quiebre cuando su padre decidió marcar un límite definitivo. «Mi padre me había amenazado con que a los 18 se acababa su responsabilidad de cuidarme, y lo escribió ahí en la nevera para que lo viéramos». Movido por el orgullo tras una discusión en casa, Javier decidió no esperar a cumplir la mayoría de edad: «Así, por orgullo, dije: 'Pues me voy'. A los 17 años me fui de casa». Jamás volvería a residir en el domicilio familiar. Comenzó entonces un periplo de supervivencia alojándose donde podía: en casa de la abuela de su novia, con amigos y en etapas cortas al borde de la intemperie.

El primer exilio en México

Desesperados por rescatarle de la espiral en la que se había metido, sus padres agotaron vías de ayuda en España e intentaron enviarlo fuera para alejarlo de malas influencias. Javier, que desde niño sentía un «ansia de irse lejos y de buscar», aceptó poner tierra de por medio.

Su destino fue México, donde ingresó como voluntario durante un año en Hogares Providencia, una obra de acogida para niños de la calle fundada por un sacerdote español. Aquella dura realidad le transformó: «Estar con los niños de la calle me hizo un hermano más de ellos; ahí ya estaba Dios verdaderamente trabajando en mí». Como además tocaba el violín, sus padrinos de confirmación le consiguieron una audición en una orquesta escuela de la Ciudad de México. Lo que iba a ser un voluntariado de doce meses se convirtió en una estancia de tres años en el país.

La intuición de una madre y el abrazo de un padre

Sin embargo, la ilusión de los primeros tiempos con la música pronto se truncó en tierras mexicanas. Lejos de su familia, Javier se desvió nuevamente y entró en ambientes peligrosos. Pero a miles de kilómetros de distancia, la fe de sus padres no dejó de velar por él. Una noche, en su pueblo de Teruel, su madre se despertó de sobresalto en mitad de la madrugada con una corazonada. Se giró hacia su marido y le dijo: «Tienes que ir a México que Javier no está bien».

Francisco Javier, con un grupo de Misioneras de la Caridad

El padre confió en la intuición de su esposa, compró los billetes esa misma madrugada e hizo un viaje relámpago de cinco días a México. Javier intentó montar una comedia para disimular su situación: fingió haber perdido las llaves de su vivienda para no mostrársela y alquiló una habitación en un hotel de la «zona roja» de la capital.

El engaño duró pocas horas. Estando a solas en la habitación, su padre le miró y le soltó a bocajarro: «Tú no estás bien». «Esa no te la esperas. Me derrumbé porque no me lo esperaba», confiesa Javier. Aquella noche, padre e hijo lloraron, se reconciliaron y reconstruyeron su relación. Como reflexiona hoy el presbítero: «Una madre que reza siempre da fruto, y cuando el padre también se suma, aún más».

Un clic providencial en internet

Tras la partida de su padre, Javier se trasladó a un lugar más seguro, pero sumido en una angustiosa desorientación. Una noche, incapaz de conciliar el sueño, sintió un impulso interior: «El Espíritu Santo me puso algo en el corazón. Me puse a mirar en internet porque no sabía qué hacer con mi vida; escribí 'órdenes misioneras' y la primera en la que hice clic fue Misioneros de la Caridad». En aquel momento, incluso admite con gracia: «Si te digo la verdad, yo a la Madre Teresa la confundía con Teresa de Ávila».

Aquel clic le mantuvo despierto toda la noche fascinado ante la pantalla, contemplando el carisma de pobreza y entrega de la congregación. Al día siguiente contactó con los religiosos en México y aceptó realizar un discernimiento en una misión en el desierto de San Luis Potosí. Allí rezó de verdad por primera vez en su vida. «Me encontré con el Señor a través de la espiritualidad de Madre Teresa, que no la conocía, pero fue como hecha para mí de alguna manera», relata.

Aunque ingresó advirtiéndoles que no deseaba ser sacerdote, los Misioneros de la Caridad vieron algo en él. Tuvo que cursar un año intensivo para completar el bachillerato que no había terminado en España y, tras once años de entrega e integración en la orden, su discernimiento ha llegado a término.

Francisco Javier Soriano recibe este sábado, 3 de octubre, la ordenación presbiteral en Roma como el primer padre Misionero de la Caridad de nacionalidad española. Tras unos días de descanso en su hogar familiar, su primer destino pastoral no estará en España ni en Calcuta, sino en la frontera mexicana de Tijuana, regresando justo al lugar donde comenzó su rescate.

Al contemplar el mapa de su vida, desde la rebeldía hasta el ministerio sacerdotal, el nuevo sacerdote concluye maravillado de la pedagogía divina: «Dios sobrepasa de una manera increíble tus propios planes. Nunca me hubiera imaginado su misericordia y su paciencia para esperar... Es como si Él ya lo tuviera todo planeado».

Dos monjas y un fraile, los hermanos Clarke y todos dominicos: «La fe de toda la familia se profundizó y renovó; sólo Dios podía satisfacer el deseo de felicidad»

La hermana John Peter, el hermano Paul y la hermana Beatriz, todos ellos hermanos de sangre de la familia Clarke y además dominicos

* «Leí las Confesiones de San Agustín y eso cambió por completo mi perspectiva sobre lo que significa vivir la fe. Me di cuenta con sorpresa y alivio de que incluso los grandes santos luchan contra las tentaciones y el mal genio. Me di cuenta de que Dios es más grande y más cercano a mí de lo que podía imaginar. Me di cuenta de que Dios desea darnos felicidad. Anteriormente, había pensado en vivir la fe tratando de no equivocarme, tratar de seguir las reglas, tratar de superar mis fallos, tratar de ser buena»

Camino Católico.-  La Iglesia crece por atracción, por un testimonio de vida y de fe que provoca en el otro un deseo de pertenecer, de ser, de tener aquello que da la felicidad. Y lo mismo ocurre en muchas ocasiones con la vocación religiosa. Incluso en el seno de una misma familia.

Esto es lo que ha sucedido con la familia Clarke y la espiritualidad dominica. Tres hermanos han acabado en la orden, dos chicas como dominicas de Nashville, uno de los grandes fenómenos vocacionales en EEUU, y un varón como fraile. La familia Clarke son 8 hermanos. Todo fue en cadena y por esta atracción. 

Beatriz Clarke, la primera en ingresar como monja dominica, profesó sus votos perpetuos en julio de 2012

Beatriz fue la primera en ingresar al convento de las dominicas y relata que “justo antes de que comenzara mi tercer año de universidad, mi hermana pequeña John Peter de diecisiete años me preguntó si la llevaría a visitar la Casa Madre de Santa Cecilia en Nashville, Tennessee. Acepté; ella hizo los preparativos; y dos semanas después estábamos llegando a la entrada y nos recibió la Directora de Vocaciones. Aunque era mi hermana quien estaba interesada en la comunidad, y fue ella quien había hecho todos los preparativos para nuestra visita, la Directora de Vocaciones, la Maestra de Postulantes y la Maestra de Novicias aún estaban interesadas en mi discernimiento. Me hicieron lo que parecían preguntas comunes: ‘¿Cuánto tiempo llevas discerniendo?’, ‘¿Qué te atrae de la vida religiosa?’ y ‘¿por qué te gustan las dominicas?’. Pero deseaba que no me preguntaran nada”. 

“Mi hermana John Peter  era la persona interesada; Yo era la hermana mayor/chofer amable… pero sí, había estado discerniendo desde la Jornada Mundial de la Juventud en Toronto, y sí, la alegría trascendental de la vida religiosa me atraía, y sí, ciertamente sentía predilección por las dominicas por su amor al Oficio Divino y su celo por las almas… pero no, murmuraba para mis adentros. No. Esto no es para mí… al menos no todavía”, reconoce Beatriz.

“Llegué a Nashville considerándome abierta a una vocación religiosa, pero era una apertura muy limitada. Al reservarme el derecho a estar abierta, pero aún no, me cerraba a las gracias del momento presente, las únicas gracias que podían capacitarme para responder al deseo del Señor de la vocación que tanto anhelaba en el futuro. La alegría confiada que presenciaba en una hermana tras otra contrastaba gratamente con mi temor. Su vida de oración común hablaba del origen de su fortaleza, y su deseo de compartir el Evangelio, testificaban que habían encontrado al Señor. Pero su libertad era casi demasiado para mí. Para tener la libertad que ellas tenían, tendría que renunciar a las condiciones que había establecido para mi discipulado. Temerosa de adentrarme en aguas profundas, intenté minimizar la atracción que sentía por la alegría de las hermanas. Intenté adoptar una actitud escéptica hacia su alegría, pero sabía que era un don de Dios. Así pues, como no podía ignorarlas, intenté descartar la otra idea que rondaba por mi mente: la idea de que sus preguntas surgían porque veían algo que no era producto de mi propia planificación, preparación o bondad, sino un don gratuito de misericordia”, argumenta.

“Al darme cuenta de que el Señor deseaba una verdadera apertura de mi parte, me volví hacia Él. En los meses posteriores a mi visita a Nashville, dejé de lado mis ideas preconcebidas sobre mí misma, mis planes, mi ‘trayectoria vocacional’, y permití que Dios me mostrara lo que quería mostrarme, cuando quería mostrarlo. La noche de Halloween, mientras oraba en la Casa de Estudios Dominica, Él me mostró lo que siempre nos muestra: amor. Pero esa noche volví a ver cómo su amor exige una respuesta total. Supe que, para mí, una respuesta total era la vida consagrada. Los meses posteriores al Retiro Vocacional de enero continuaron impulsándome a abrirme por completo: me encontré lista para aceptar mi vocación en sus términos infinitamente más benevolentes de lo que jamás hubiera imaginado. Profesé mis  ”.


John Peter Clarke fue la segunda de sus hermanos en ingresar en las monjas dominicas y profesó sus votos perpetuos en julio de 2013

Tras ella siguió su hermana John Peter quien explica que “puedes correr, pero no puedes esconderte. Incluso de niña, cuando no estaba corriendo por el jardín o la sala, me sentía atraída por los libros sobre la Madre Teresa y los santos. Nuestra familia nos animaba más con el ejemplo que con las palabras. Durante las frecuentes mudanzas, me tomaba mi tiempo para empacar esos libros y hojearlos; esos libros forjaron en mí el deseo de hacer algo arduo y heroico en un país lejano. Quizás mudarnos a menudo me ayudó a identificarme con los misioneros, especialmente cuando la humedad en Jackson, Misisipi, parecía rivalizar con la que Francisco Javier enfrentó en las selvas de la India”.

Pero añade: “Sin embargo, durante mi adolescencia, esa vocación misionera disminuyó. Pensé en ser escritora, fotógrafa para National Geographic, abogada para inmigrantes o arqueóloga. Necesitaba una introspección profunda. A los dieciséis años, leí las Confesiones de San Agustín y eso cambió por completo mi perspectiva sobre lo que significa vivir la fe. Me di cuenta, con asombro y alivio, de que incluso los grandes santos luchan contra las tentaciones y el mal genio. Comprendí que Dios es más grande, más elevado y más cercano a mí de lo que jamás hubiera imaginado. Comprendí que Dios desea darnos felicidad, y felicidad eterna. Antes, pensaba que vivir la fe consistía en intentar no equivocarme, seguir las reglas, superar mis defectos, simplemente ser bueno. Con San Agustín, empecé a ver que amar a Dios es cuestión de una profunda amistad, de una profunda oración, de un profundo amor que conduce a la alegría. Salía por la noche, miraba las estrellas y simplemente caminaba por nuestras doce hectáreas, tratando de asimilar estas nuevas ideas”.

Además, “por esa misma época, mi familia se unió a una parroquia que tenía un joven sacerdote auxiliar. Su amor por el Señor me inspiró a empezar a ir a misa diaria y a la Adoración vespertina. ¡No recuerdo si les pregunté o siquiera les dije a mis padres adónde iba a las 10 de la noche! Conocí a unas religiosas durante mi penúltimo año de instituto; hasta entonces, no sé si me había dado cuenta de que había religiosas más jóvenes que la Madre Teresa. Me intrigaba, pero no tenía mucho interés en averiguar si esa era mi vocación”.

“Cuando en agosto de 2005 mi hermana Beatriz ingresó en las dominicas, yo me dirigía a Roma y Colonia para la Jornada Mundial de la Juventud 2005, y luego a la Universidad de Toronto en otoño”, dice

“En Roma, visitamos la iglesia dominica de Santa Sabina. Estaba rezando por mi hermana Beatriz en la celda de Santo Domingo, ya que no pude estar presente en su ingreso como religiosa, cuando de repente lo comprendí: «Aquí también hay algo para ti, muchacha». La Vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa Benedicto XVI confirmó que Dios me estaba atrayendo hacia Él y que solo Él podía satisfacer mi anhelo de felicidad”, asegura.

“Me llevó todo el semestre de otoño en la Universidad de Toronto darme cuenta de que quería ir a ver a las hermanas en Nashville, y no solo a ver a mi hermana. La idea de un compromiso de cinco días para el retiro vocacional en enero —el mismo retiro que mi hermana había hecho el año anterior— me asustaba bastante, pero respiré hondo y pregunté si podía ir, esperando que no me preguntaran por qué. No le había contado a nadie —ni a familiares ni a amigos— que siquiera estaba pensando en la vida religiosa. Estaba avanzando hacia algo y realmente no sabía adónde me dirigía”, relata.

“Una vez que llegué a la Casa Madre, la paz y la alegría que experimenté en la capilla me hicieron detenerme en seco y querer quedarme. Hablé con la Hermana Beatriz una tarde y ella me recordó la historia del joven rico; me preguntó: "¿Dónde puedes ser feliz?". Todo, desde las historias de los misioneros hasta Agustín, pasando por mi inquietud interior y la Jornada Mundial de la Juventud, confluyó. No sé si logré articular una respuesta antes de salir corriendo a buscar a la Directora de Vocaciones para preguntarle si podía solicitar el ingreso, para seguir a Cristo siguiendo los pasos de Santo Domingo. Profesé mis votos perpetuos en julio de 2013”, concluye.

Paul Clarke en su profesión simple como fraile dominico en la Fiesta de la Asunción de 2014

Y tras ellas llegó Paul, hermano pequeño de las dos, y ahora fraile dominico. “Con dos hermanas mayores que ya eran dominicas pensé que estadísticamente no debería ser dominico. La cuota familiar de vocaciones parecía estar llena. Así me liberé de la carga y la molestia de una vocación religiosa. Sin embargo, resulta que la providencia de Dios no se basa en análisis estadísticos. Y mucho mejor para mí”, explica la tercera de las vocaciones de los Clarke.

De este modo, el hermano Paul relata que “una vez que mis hermanas entraron a Santa Cecilia y mi familia comenzó a hacer viajes regulares para visitarlas en la Casa Madre en Nashville, la gracia de sus vocaciones comenzó a infiltrarse en nuestra familia. La fe de toda la familia se profundizó y renovó. En Nashville, tuvimos la oportunidad de conocer a una creciente variedad de hermanas y frailes dominicos que parecían haber aprovechado alguna fuente secreta de alegría y libertad. Nunca antes había conocido a personas tan extrañamente felices”.

Para él esos años fueron una dura lucha. “Durante esos años de la escuela secundaria y la universidad, mientras sentía un impulso hacia la vida religiosa, me resistí a la idea de que mi propia felicidad pudiera implicar tal sacrificio. Estaba resuelto a ser el dueño de mi propio destino, el capitán de mi alma, etc. Aún así, mientras trataba de ignorar la promesa de Cristo de que ‘quien pierda su vida, la salvará’, seguí fascinado por la paradójica libertad que vi en la vida dominica”, añade.

“Con la intención de saldar parte de mi deuda universitaria antes de solicitar ingreso a programas de posgrado en filosofía, me gradué de la Universidad de Santo Tomás en Saint Paul, Minnesota, y comencé a trabajar, primero en una constructora y luego en una editorial. A lo largo de ese año, muchas circunstancias de mi vida comenzaron a converger de manera alarmante en un solo punto: los dominicos. Mi deseo de estudiar y enseñar filosofía desapareció y luego resurgió repentinamente como un anhelo más fuerte y profundo de estudiar y predicar el Evangelio para la salvación de las almas. Tras conmoverme profundamente por algunos sermones sobre la carta de San Pablo a los Romanos, tres cosas se cristalizaron para mí: primero, necesitaba modelar mi vida no según mis propios caprichos y ambiciones, sino según la vida de Cristo; segundo, la Palabra de Dios es transformadora; y tercero, quería predicar la gracia y la libertad del Evangelio que habían transformado mi vida. Me llenó el deseo de ofrecer no solo una parte, sino la totalidad; solicitaría ingreso a los dominicos. Los votos de mis hermanos mayores habían sido un poderoso ejemplo de la alegría de una vida consagrada a Dios. Además, y lo que era más importante para mí, habían demostrado que una vida así es posible. Me di cuenta entonces de que no construimos nuestra felicidad, sino que la recibimos. La libertad no consiste en avanzar, sino en seguir adelante. Ingresé en la Orden en 2013 e hice la profesión simple en la Fiesta de la Asunción de 2014, concluye.

Publicado originariamente en Camino Católico en marzo de 2021.

Lydie se sumergió en el espiritismo para comunicarse con su abuela fallecida: «Un médium me dijo que fuera a un centro católico; Dios decidió intervenir para decirme: "¡Sal de ahí! ¡Es muy peligroso!»


Lydie se había confirmado, pero en la adolescencia se adentró en el espiritismo

* «Llegué a este centro católico. Allí había mucha gente rezando. El sacerdote me recibió en su despacho. Y le conté mi historia, le enseñé mis cuadernos. Rezó por mí y sentí el amor de Jesús en mi corazón. Me sentí abrumada, lloré. También sentí una gran paz. Necesitaba confesarme porque, con la iluminación del sacerdote, me dije: ‘Realmente he tomado un camino equivocado, me he puesto en peligro, me ha hecho daño’. Y quise pedir perdón. He recuperado mi libertad interior. En cualquier caso, ya no tengo ansiedad. Incluso he recuperado la alegría cuando estaba deprimida, y ya no tengo miedo» 

Camino Católico.- Deseando comunicarse con su abuela fallecida, Lydie se deja llevar por el espiritismo, hasta el punto de sentirse atrapada. Hasta que un día su médium la envía a un lugar inesperado, a un centro católico donde Dios la rescató del ocultismo. Ella ha aprendido cuán verdaderas son las advertencias de la Iglesia Católica que prohíbe las prácticas espiritistas y ocultistas. Cuenta su testimonio en un vídeo en francés a Découvrir Dieu así:

Lydie fue rescatada del ocultismo en un centro católico donde sintió el amor de Jesús

«Sé que mi abuela está con Dios y que puedo simplemente pensar en ella, rezar por ella; el Reino de Dios existe»

Me llamo Lydie y les voy a contar el encuentro más hermoso de mi vida. Vengo de una familia cristiana no practicante, pero sí cristiana por mi abuela paterna, quien tenía en su comedor una foto del Papa y, al otro lado, una foto del Presidente de la República. Y eso me marcó de pequeña. Y luego, había estatuillas de Lourdes por todas partes, y también representaciones de Jesús en la cruz.

Para complacer a mi abuela, mis padres me llevaron a catequesis: en aquella época, vivía en las afueras de París; era como una especie de educación popular. Y me gustaba mucho la catequesis porque hablábamos de Jesús. Y lo que me impresionaba de la vida de Jesús es que dio su vida para salvar a todos, y realmente lo vi como un superhéroe que hizo el bien a tanta gente que enseguida empecé a rezar todas las noches en mi habitación, pero en silencio, cuando mamá apagaba la luz. Y seguí así hasta mi profesión de fe al recibir el sacramento de la Confirmación.

Hubo un punto de inflexión un tanto impredecible en mi vida, porque alguien cercano me habló de las ciencias ocultas, en particular del espiritismo, la clarividencia, la reencarnación, la cartomancia y muchas otras palabras que terminan en "cia". Y entonces me generó una pequeña duda, confusión, al menos. Creo que empeoró un poco con la crisis de la adolescencia. Renuncié entonces a Jesús, al menos por un tiempo. Y me quedé así unos cuantos años.

Un día, mi abuela, de quien les hablé, falleció. Y quería comunicarme con ella. Así que había dos maneras de proceder: o tomabas la ouija y movías la mano hacia los números y las letras, y formaba palabras; o la invocación directa al espíritu para que se manifestase en escritura libre con un lápiz que yo sostenía sobre un papel, previos rituales espíritas

Con el tiempo, sí, hubo un diálogo, pero no era muy agradable, era un poco extraño y sí... No reconocí a mi abuela: en su forma de pronunciar las frases, en su forma de ser. No había ninguna referencia a mis recuerdos, en particular. Era un poco inverosímil, un poco extraño. Me asustaba mucho, pero, al mismo tiempo, era como una prisionera, no podía parar: de hecho, cada vez que tenía tiempo libre, volvía a coger el lápiz, incluso en clase, y volvía a empezar... La persona con la que me comunicaba, al principio, fingía ser protectora. Luego, finalmente, después, recibí insultos, mucha ansiedad, mucho miedo. También empecé a oír voces. Entonces, me preocupé muchísimo. Y mi moral no mejoró; al contrario, empeoró. Siento que mi depresión empeoró mucho. Incluso pensé en la muerte. Y duró... diez meses. Pero fue más llevadero: ¡fue un auténtico infierno para mí!

Después de la escritura automática, me adentré mucho más en la espiritualidad, ya que busqué un médium que respondiera a mis preguntas. Y al mismo tiempo, sentía atracción y una profunda repulsión por todo lo que experimentaba. Y me dije: esta es la persona que podrá ayudarme, iluminarme, darme respuestas. El día que fui a verlo, recibí mi beca de estudiante, y como quería ir allí... allí... invertí el dinero necesario. Incluso tomé un taxi que, sin duda, también me estafó. Y fui. Y cuando escuché lo que tenía que decir, mezcló todas las religiones: la reencarnación, Buda con Jesús... Fue un baño de... muchas cosas un poco extrañas. Pero no respondió a mis preguntas. Luego, tuvo que comunicarse con el más allá. Y me dijo que en ese momento, mientras estaba en trance, incluso fue un poco aterrador verlo en sus rasgos; estaba agitado por las sacudidas, sus ojos estaban un poco demacrados; Luego me dijo que fuera a un centro católico en el norte de Francia... realmente muy sorprendente. Pero no me dio la dirección exacta. Así que al día siguiente fui a una cabina telefónica a llamarlo. Le pregunté dónde estaba el centro y me dijo que llamara a información. Y me colgó: obviamente, ya no recordaba la conversación que habíamos tenido el día anterior.

Llegué a este centro. Allí había mucha gente rezando. El sacerdote me recibió en su despacho. Y le conté mi historia, le enseñé mis cuadernos. Rezó por mí y sentí el amor de Jesús en mi corazón. Me sentí abrumada, lloré. También sentí una gran paz. Necesitaba confesarme porque, con la iluminación del sacerdote, me dije: «Realmente he tomado un camino equivocado, me he puesto en peligro, me ha hecho daño». Y quise pedir perdón.

He recuperado mi libertad interior. En cualquier caso, ya no tengo ansiedad. Incluso he recuperado la alegría cuando estaba deprimida, y ya no tengo miedo. Mirando hacia atrás, me digo que lo que pasó con el médium fue sin duda contra su voluntad: fue porque Dios decidió intervenir para decirme: "¡Sal de ahí! ¡Es muy peligroso! ¡Vuelve a tu camino anterior, es mucho más seguro!".

Así que les diría a todos aquellos que se sienten tentados por las ciencias ocultas o que las practican, que tengan mucho cuidado, que vean lo que aporta a sus vidas: ¿aporta paz o, por el contrario, ansiedad o depresión? En cualquier caso, aunque hoy no haya encontrado el número de teléfono de mi abuela para llamarla al cielo, sé que está con Dios y que puedo simplemente pensar en ella, rezar por ella. Que el vínculo no se rompe, porque tengo esta esperanza de que está con Dios y de que el Reino de Dios existe".

Lydie

Vídeo en el que Lydie cuenta su testimonio en francés

Vanesa Prieto, actriz, marcada por abusos en su infancia fue expulsada de los Testigos de Jehová: «A veces Dios viene a buscarnos a los lugares más insospechados y soy católica»


Vanesa Prieto es de Barcelona pero vive en París y tuvo su encuentro con Dios al conocer a su Oliver, su pareja / Foto: Facebook de Vanesa Prieto

* «Salí de los Testigos de Jehová hecha polvo. No me alejé de Dios por completo. Siempre he sido una persona espiritual y creo en un Dios que da sentido a todo. Tal vez por eso, ahí empezó para mí una etapa de mucha búsqueda. Me interesaba por el hinduismo, frecuentaba ciertas terapias o quería conocer el New Age. El catolicismo no entraba para nada en mis planes. Conocí a Olivier, quien al poco se convirtió en mi pareja. Era católico y estaba haciendo los ejercicios espirituales ignacianos. Poco a poco noté cómo el catolicismo empezaba a resonar en mi interior y sabía que, de algún modo, era un encuentro natural con la fe de mis ancestros, antes de abandonar su religión. En la vigilia pascual de 2019, el 20 de abril, recibí en la misma ceremonia el bautismo, la comunión y la confirmación. En 2021 recibí otro sacramento, el del matrimonio, al casarme con Olivier»

Camino Católico.-  Vanesa Prieto es una actriz franco-española que trabaja en todos los géneros. Interpretó el papel principal en Joyce (2018) de Martin Ziegler, se distinguió en Historia de un alma, una obra sobre Santa Teresa de Lisieux, y aparecerá en la serie de Netflix GIGN en julio. Actualmente, presenta In-secte, un monólogo que explora, con humor y tragedia, los mecanismos de manipulación a través del viaje de una niña que crece en una secta. Esta obra resuena con su propia historia.

Vanesa Prieto pasó su infancia con los Testigos de Jehová y los abandonó a los 19 años. Fue una experiencia dolorosa, y quiso ofrecer una perspectiva externa, a veces "un poco absurda", para concienciar al público sobre los mecanismos de manipulación. Dios le salió a su encuentro en sus inquietudes espirituales y fue bautizada en 2019 y en un taller de lectura de los textos de Teresa de Lisieux conoció en profundidad a la santa que fue transformando su vida. 

La historia de búsqueda y prueba de Vanesa Prieto comienza mucho antes de su nacimiento hace cerca de 40 años. Evoca a sus raíces más íntimas, cuando las familias de los que serían sus padres cambiaron por completo su vida: “Siendo ambos adolescentes en Barcelona, los abuelos y padres de ambos se convirtieron en bloque del catolicismo, que vivían más como algo tradicional y no tan vivencial, a una nueva fe, la de los Testigos de Jehová. Desde entonces, toda nuestra familia pertenece a lo que yo hoy no dudo en calificar de secta”.

Y es que la primera parte de su vida, la infancia y la adolescencia, “estuvo marcada por abusos de todo tipo, tanto emocionales como físicos. Crecí en un ambiente en el que, desde muy temprano, supe que Dios no podía estar ahí… Notaba que algo esencial no funcionaba, no estaba bien. Eran demasiadas las contradicciones entre el mensaje que se predicaba y las acciones que lo llevaban a la práctica”.

Años muy dolorosos

Fueron años muy dolorosos en los que sentía “la presión de ser muy buena a ojos de los demás para que mi entorno estuviera orgulloso de mí”. Y todo mientras sufría desgarros muy profundos, como saber de la existencia de dos hermanos suyos que fallecieron antes de nacer ella “casi por casualidad… Cuando preguntaba por ellos, apenas tenía respuestas. Mis padres no hablaban de ellos, era un tabú grandísimo. Lo que conozco es porque mis otros hermanos o abuelos en algún momento decían cosas sobre ese tema. Los dos nacieron con una enfermedad cardiaca congénita. Más allá de las circunstancias, lo que me entristece mucho es que no se hable de ellos, que no se les rememore, como si no hubieran existido”.

Vanesa Prieto en plena interpretación este año 2026 / Foto: Facebook de Vanesa Prieto

Además, ella misma fue víctima de abusos de distinto tipo por parte de quienes debían ser sus principales protectores. Una mirada retrospectiva de esa época lleva a Vanesa a lamentar con mucha tristeza el papel de su madre: “Era una mujer que siempre miró exclusivamente por mi padre, quien muchas veces actuaba con gran dureza contra sus hijos. No sé si fue por miedo o por sumisión, pero nunca nos protegió”.

Algo que se puso de manifiesto en el momento más complicado de esos años: “Cuando naces Testigo de Jehová, lo habitual es recibir el bautismo en la adolescencia. Cuando uno decide aceptarlo, lo hace con todas sus consecuencias y sabe que ya no hay salida posible de esa vida, salvo que se acepte romper radicalmente con todo. Es lo que me ocurrió… Yo me había bautizado por responsabilidad hacia la familia, pero atravesaba un período de cierta rebeldía. Tenía mis amigos fuera de ese ambiente y quería vivir mi vida, lo que generaba una gran tensión en mi casa. Hasta que todo se rompió”.

La expulsión

De pronto, un día su madre descubrió algo que la golpeó: “Supo que estaba con un chico y habíamos tenido relaciones. Sin dudarlo, me denunció ante la asamblea de ancianos y me sometieron a juicio. Yo reconocí que, a sus ojos, lo que había hecho era un pecado, pero no me podía engañar a mí misma y aclaré que, no solo no me arrepentía de nada, sino que no quería seguir formando parte de los Testigos de Jehová. El juicio acabó con mi condena y mi expulsión de la comunidad”.

“Cuando me echaron de la secta –continúa–, me fui de casa de mis padres y me independicé. Unos años después, cuando tenía 22, me casé con un chico. Después, nos divorciamos y, con 24, empecé a formarme y a trabajar como actriz.

Me vine a París con 30 años. Durante los primeros años después de la ruptura familiar intenté seguir teniendo un contacto razonable con ellos. Les llamaba y acudía a verlos muy de vez en cuando. Hace unos años me di cuenta de que el movimiento solo iba de mí hacia ellos. Les llamaba, pero, si no lo hacía yo, ellos nunca me contactaban. Fui consciente de que podía estar viva o muerta y para ellos no tenía ninguna importancia, así que dejé de llamarlos. Desde entonces, el contacto es prácticamente nulo. Como mucho, un mensaje de texto alguna vez”.

Con todo, pese a que “salí de esa experiencia hecha polvo”, de algún modo “no me alejé de Dios por completo. Siempre he sido una persona espiritual y creo en un Dios que da sentido a todo. Tal vez por eso, ahí empezó para mí una etapa de mucha búsqueda. Me interesaba por el hinduismo, frecuentaba ciertas terapias o quería conocer el New Age. Me movía con mucha libertad e inquietud en distintos ambientes, pero nunca quería comprometerme con nada. El solo concepto de jerarquía o la presencia de sacerdotes me echaba para atrás, me repelía en lo más profundo. No quería formar parte de nada y, según empezaba a conocer algo, en seguida veía en ello el eco de una secta”.

Vanesa Prieto, actriz, ante uno de los carteles de una de sus representaciones en marzo de 2026 / Foto: Facebook de Vanesa Prieto

Camino de sanación

Fue un “camino de sanación que tenía que hacer en solitario, fiel a mí misma”. En este sentido, “el catolicismo no entraba para nada en mis planes. Veía demasiados puntos en común con los Testigos de Jehová y lo rechazaba. Y eso que, en el tiempo en el que aún pertenecía a la secta, en parte por rebeldía y en otra porque me sentía bien, me gustaba entrar a las iglesias vacías y sentarme un rato en sus bancos. Era una sensación extraña, pues era algo que no me estaba permitido y, sin embargo, me daba una gran sensación de paz”.

Entonces, en 2018, sucedió algo que lo volvió a cambiar todo: “Conocí a Olivier, quien al poco se convirtió en mi pareja. Era católico y estaba haciendo los ejercicios espirituales ignacianos. Cuando me hablaba de estas cosas, yo era muy reacia y lo veía carca. Se abría y me explicaba cómo era su fe, ¡y hasta me invitaba a ir a misa con él! Me daba algo de miedo todo eso, pero, al mismo tiempo, me sorprendía porque con él todo era distinto. Veía coherencia entre lo que decía y hacía. Sin ser un camino ni mucho menos perfecto, le veía feliz, demostraba que era algo natural a él y que le hacía mejor. Además, en un ambiente de mucha libertad, participamos juntos en iniciativas ecuménicas, conocimos varios carismas y valoré la diversidad del mundo católico”.

Fue así como consiguió romper con sus prejuicios y se decidió a dar un paso muy importante: “Poco a poco noté cómo el catolicismo empezaba a resonar en mi interior y sabía que, de algún modo, era un encuentro natural con la fe de mis ancestros, antes de abandonar su religión. No le dije nada a casi nadie, pues quería que fuera algo propio e íntimo, pero decidí inscribirme en una catequesis para conocer profundamente la fe católica. En ese momento lo hice por probar, por darle una oportunidad a esa experiencia, pero sin saber si la completaría hasta el final o no”.

Bautismo, comunión y confirmación

Ese tiempo de formación en un ambiente parroquial, acompañada por un matrimonio “cuyo testimonio personal de coherencia también fue clave”, desembocó en un día inolvidable para ella: “En la vigilia pascual de 2019, el 20 de abril, recibí en la misma ceremonia el bautismo, la comunión y la confirmación. y en 2021 recibí otro sacramento, el del matrimonio, al casarme con Olivier”.

Fue entonces, después de bautizarse cuando conoció a Santa Teresa de Lisieux. "Buscaba una actividad relacionada con mi espiritualidad cristiana, y mi ahora esposo me habló de un taller de lectura de los textos de Santa Teresa de Lisieux en la iglesia de Saint-Leu-Saint-Gilles en París", recuerda. Durante la pandemia de Covid, que paralizó el mundo, trabajó con el director y montó la obra Historia de un alma, que se representó en iglesias parisinas. “Fue una puesta en escena muy sencilla, pero muy bonita y a mí me permitió estrechar aún más en mi vida la relación con la fe”.

"Así conocí a Teresa de Lisieux, y siempre ha estado presente en mi vida. A menudo le confío mis inquietudes, comparto mis proyectos con ella porque ¡ella también era actriz!". Santa Teresa de Lisieux escribió, en efecto, ocho obras de teatro, antes llamadas recreaciones piadosas. Dos de ellas están dedicadas a Santa Juana de Arco, a quien ella misma interpretó.

Santa Teresita de Lisieux interpretando a Juana de Arco / Foto: Office Central de Lisieux

"Lo que más me inspira de Teresa es su increíble seguridad en sí misma, su asombro ante las cosas y su capacidad de soltar. Aprendo mucho de ella porque yo suelo intentar controlarlo todo", afirma Vanesa Prieto.

Una nueva vida en la que Vanesa continúa caminando en la fe: “He completado dos años de formación en Teología. Lo he hecho por conocer más cosas cada día y porque lo que más me fascina del catolicismo es que, al abrir mi alma, tengo muchas más preguntas que respuestas. Y eso es apasionante”.

Dinamismo espiritual

Con todo, si se tiene que quedar con unos instantes que simbolicen este complejo camino, el primero es el que se dio hace tres años, al principio de esta nueva etapa: “Fue una ceremonia en Notre Dame poco antes del incendio. Fue un momento de gran belleza, reflejo del dinamismo espiritual que se percibe en ciertos ambientes de la ciudad. Aquí la llaman la ‘llamada decisiva’. Éramos unas 800 personas y para mí tuvo un significado muy emotivo, pues era la ceremonia previa al bautismo”.

El recorrido vital de Vanesa ha estado marcado por el dolor tanto como por la aspiración a la belleza y el deseo de jamás dejar de ser ella misma. Y siempre con un gran mar de fondo: la búsqueda espiritual. Porque, como concluye, “a veces Dios viene a buscarnos a los lugares más insospechados”.

Homilía del evangelio del domingo: Somos la viña del Señor y hemos de producir frutos de justicia y santidad / Por P. José María Prats

* «Todos, y muy especialmente los dirigentes del Pueblo de Dios, hemos de preguntarnos: ¿Valoramos, custodiamos y comunicamos debidamente el tesoro de gracia que hemos recibido de Dios? ¿Promovemos en la Iglesia la santidad y la virtud o intentamos más bien acomodarnos a los valores del mundo para evitar su rechazo y persecución? ¿Trabajamos en la viña del Señor al servicio del Reino de Dios o al servicio de intereses políticos, ideológicos o personales? Desde la atalaya que Dios ha construido en medio de su viña, ¿identificamos, advertimos y combatimos valientemente las amenazas que se ciernen sobre ella o preferimos mirar cómodamente hacia otro lado?»

Domingo XXVII del tiempo ordinario – A

Isaías 5, 1-7 / Salmo 79 / Filipenses 4, 6-9 / San Mateo 21, 33-43

P. José María Prats / Camino Católico.-  Las lecturas de hoy nos presentan la figura del Pueblo de Dios como viña del Señor, una viña que Él plantó y cuidó con gran esmero: la sacó de Egipto, le dio una Ley e hizo con ella una Alianza, la trasplantó a una tierra fértil, «construyó en medio de ella una atalaya y cavó un lagar». La atalaya representa a los dirigentes de Israel a quien Dios encargó orientar y velar por su pueblo, y el lagar donde se pisan las uvas nos habla de los frutos de justicia y santidad que Dios esperaba de este pueblo. Sin embargo, a pesar de tantos cuidados, la viña no produjo uvas, sino agrazones.

En el evangelio, Jesús atribuye la responsabilidad de este drama a los labradores a quien Dios arrendó su viña, es decir, a los dirigentes de Israel. Ellos se rebelaron contra el dueño de la viña y se apropiaron de ella, persiguiendo hasta la muerte a los profetas y hasta al mismo Hijo que Dios envió para reclamar los debidos frutos de justicia y santidad.

Por no haber dado los frutos esperados, Dios anuncia lo que va a hacer con su viña: «derruir su tapia para que la pisoteen» y «arrendar la viña a otros labradores», dársela «a un pueblo que produzca sus frutos». Y así ocurrió: en el año 70 las legiones romanas arrasaron Jerusalén y su templo, y el legado espiritual de Israel fue puesto en manos de un nuevo pueblo, la Iglesia, regido por un nuevo Sanedrín, el de los apóstoles presididos por San Pedro, cuyos sucesores son los obispos y el Papa.

De todo ello podemos sacar alguna enseñanza para nuestro tiempo. Hoy vivimos –al menos en Europa– una situación de fuerte crisis dentro de la Iglesia que nos mueve a hacernos la misma pregunta que se hace el salmista: «¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?» A menudo tendemos a atribuir esta crisis al poder destructor de fuerzas externas como los materialismos ateos, el mayo del 68, las ideologías o los medios de comunicación. Pero las lecturas de hoy desmienten esta tesis: Si el Pueblo de Dios se mantiene fiel a la misión que ha recibido, el Señor se constituye en su muralla y nada ni nadie puede hacerle daño. Es su infidelidad, y muy especialmente la de sus dirigentes, la que hace que el Señor «derribe su cerca para que la saqueen los viandantes».

Esto no debe llevarnos a la desesperanza sino a la conversión, porque el futuro está en nuestras manos, depende de nuestra fidelidad. Recordemos aquellas palabras de Dios a Abraham: «No destruiré la ciudad si encuentro allí a diez justos». Somos la viña del Señor y hemos de producir frutos de justicia y santidad. 

Esta conversión debería ir precedida de un examen de conciencia. Todos, y muy especialmente los dirigentes del Pueblo de Dios, hemos de preguntarnos: ¿Valoramos, custodiamos y comunicamos debidamente el tesoro de gracia que hemos recibido de Dios? ¿Promovemos en la Iglesia la santidad y la virtud o intentamos más bien acomodarnos a los valores del mundo para evitar su rechazo y persecución? ¿Trabajamos en la viña del Señor al servicio del Reino de Dios o al servicio de intereses políticos, ideológicos o personales? Desde la atalaya que Dios ha construido en medio de su viña, ¿identificamos, advertimos y combatimos valientemente las amenazas que se ciernen sobre ella o preferimos mirar cómodamente hacia otro lado?

Sólo tras esta conversión que nos mueve a producir los debidos frutos de justicia y santidad podremos ser escuchados cuando oremos con el salmista: «Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y que tú hiciste vigorosa. No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:


«Escuchad otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.


Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.


Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: 


‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.


Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».


Le contestan:


«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».


Y Jesús les dice:

«No habéis leído nunca en la Escritura:


“La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente”


Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

San Mateo 21, 33-43