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viernes, 20 de marzo de 2026

Diana Romero, fisioterapeuta: «Fui curada de una lesión grave de muñeca al ir a ver la película ‘Gema Galgani’ y ponerme la reliquia de la santa y orar: Santa Gema, sáname’; y se anuló la cirugía que estaba programada»

Diana Romero, junto con su esposo Jesús Gracia / Foto: ©Diana Romero - Religión en Libertad

* «De repente me di cuenta de algo sorprendente: no me dolía. Comencé a mover la muñeca en todas las direcciones. Flexión, extensión, rotaciones… No sentía dolor. Estuve aproximadamente una hora y media moviendo la mano sin poder creer lo que estaba pasando. No dejaba de dar gracias sin parar a Jesús y a Santa Gema por lo que estaba viendo. Me sentía en shock. El asombro, el agradecimiento, y la alegría me invadieron… Dios hace posible lo imposible, y Él, como Padre, espera de nosotros que confiemos en Él. Cree en un Dios grande… y verás cosas grandes»  

Camino Católico.- Hace siete meses, Diana Romero, joven madre de familia con dos niños pequeños, sufrió una grave lesión de muñeca que la ha tenido de baja, y muy limitada, durante siete meses, en los que ha necesitado mucha ayuda de su marido y de sus amigos para hacer muchas cosas por la limitación. 

Aunque había querido varias veces ver la película “Gema Galgani”, sólo lo consiguió el último día en que se proyectaba en Madrid. Ese día intervinieron el director y la actriz principal de la película. Al acabar la proyección ofrecieron la reliquia de primer grado de la santa para venerar. La joven madre se acercó a la actriz para venerar la reliquia y pedirle santa Gema que la curara. 

El director de la película se acercó a ella interesándose por su situación. Ella le dijo: “Yo quiero que Santa Gema me sane”. En ese momento tomó la reliquia y se la puso en su mano izquierda, donde tenía la lesión. Tres días después, cuando se quitó la férula, notó que su mano no le dolía, estaba curada. He aquí el testimonio de su sanación en primera persona que publica  Religión en Libertad:

«Para gloria de Dios, Jesús me ha sanado por intercesión de Santa Gema Galgani»

Mi nombre es Diana Romero. Soy colombiana, estoy casada con Jesús Gracia, de Zaragoza, soy fisioterapeuta y madre de dos hijos. Mi hija mayor tiene siete años y el pequeño dos.

El 28 de julio de 2025 sufrí una lesión en la muñeca. Tenía a mi bebé en brazos cuando de repente se lanzó bruscamente hacia atrás. Para evitar que se me cayera y se golpeara la cabeza, hice un mal movimiento con mi muñeca izquierda. Gracias a Dios conseguí sujetarlo, pero sentí un dolor muy intenso en la muñeca.

Fui a urgencias y me dijeron que se trataba de un esguince. En ese momento no me preocupé demasiado. Pensé que en unas tres semanas estaría recuperada. Sin embargo, el tiempo pasaba y el dolor no sólo no desaparecía, sino que cada vez era más fuerte y tenía mayor limitación en la movilidad de la muñeca.

Decidí acudir a un traumatólogo especialista en mano, que me mandó hacer una resonancia. El resultado mostró algo mucho más serio: tenía edema óseo y una rotura del fibrocartílago triangular, clasificada como Palmer tipo 2C, una lesión importante de la articulación. El traumatólogo fue claro: la solución era la cirugía.

En esta imagen con su marido Jesús Gracia puede apreciarse la mano protegida de Diana Romero antes de su curación / Foto ©Diana Romero - Religión en Libertad

Como fisioterapeuta, mis manos son mi herramienta de trabajo. Por eso decidí pedir una segunda opinión médica a un traumatólogo de confianza. Este doctor me propuso intentar primero todo el tratamiento conservador posible, porque una vez que se entra en cirugía ya no hay vuelta atrás.

Durante meses llevé férula y realicé 20 sesiones de fisioterapia privada con tecnología avanzada, diseñada para favorecer la regeneración del cartílago. Como fisioterapeuta, estaba muy ilusionada con ese tratamiento y confiaba en que podría evitar la operación.

Pero la realidad fue muy distinta. Cuando terminé el tratamiento me hicieron otra resonancia para evaluar la evolución. La lesión no había mejorado. Al contrario, ya no era un Palmer 2C, sino un Palmer 2E, lo que significaba que la rotura del cartílago se había agravado.

Tras hablar con un cirujano especialista en este tipo de lesión, me dijo que la única opción que me quedaba era una cirugía de mano. La programamos para el 9 de marzo de 2026.

A partir de ese momento intenté prepararme psicológicamente. Pero tenía muchísimo miedo. Miedo a no poder volver a ejercer mi profesión, miedo a tener secuelas en la muñeca, miedo a pensar qué haría si no pudiera seguir siendo fisioterapeuta.

También tenía miedo a la anestesia. En mi primer parto se excedieron en la cantidad, viviendo una situación muy angustiosa en la que sentí que me iba a morir.

A todo esto, se sumaban otras preocupaciones. Tengo otra lesión en el pie, una lesión de Lisfranc, que probablemente también necesitará cirugía. Y en ese mismo tiempo a mi padre le habían diagnosticado cáncer, y estaba esperando pruebas para saber el alcance de la enfermedad.

Además, mi familia vive en Colombia y mi familia política en Zaragoza, por lo que me preocupaba mucho cómo organizar el postoperatorio teniendo un niño de dos años que depende de mí.

En medio de todas estas preocupaciones, una amiga me comentó que estaban proyectando en el cine la película sobre Santa Gema Galgani. No pude ir con ella el día de su cumpleaños, pero me quedé con la inquietud de verla.

En mi oración personal le decía a Santa Gema que me gustaría ver esa película. Pensaba que ya no estaba en cartelera, pero sentí en mi corazón mirar en los cines Cinesa. Así descubrí que aún se estaba proyectando la película, y decidí ir con dos amigas el domingo 22 de febrero.

Al terminar la película hubo un coloquio con los actores y el productor, algo que me sorprendió mucho. En ese momento comentaron que la actriz tenía una reliquia de Santa Gema.

Me acerqué a ella, le di un abrazo y me dejó tocar la reliquia de primer grado. La pasé por la férula de mi muñeca mientras repetía una oración muy sencilla:

“Santa Gema, sáname. Santa Gema, sáname.”

En ese momento el productor me preguntó qué me ocurría. Le expliqué que en unos días me iban a operar de la mano. Él me respondió con naturalidad:

-Bueno, entonces con la cirugía te sanarás.

Y yo le contesté algo que salió de lo más profundo de mi corazón:

-Yo quiero que Santa Gema me sane.

Diana, con una imagen de Santa Gema Galgani (1878-1903), beatificada en 1933 y canonizada en 1940 / Foto: ©Diana Romero - Religión en Libertad

Mientras seguía rezando, comencé a sentir un latido muy fuerte en el corazón, como una fuerza interior muy grande.

Al día siguiente me encontraba afónica y con gripe, así que estuve dos días en reposo. Al tercer día me sentía mejor. Cuando fui a lavarme las manos me quité la férula y empecé a notar algo diferente: la mano estaba muy ligera, muy suave.

De repente me di cuenta de algo sorprendente: no me dolía.

Comencé a mover la muñeca en todas las direcciones. Flexión, extensión, rotaciones… No sentía dolor. Estuve aproximadamente una hora y media moviendo la mano sin poder creer lo que estaba pasando. No dejaba de dar gracias sin parar a Jesús y a Santa Gema por lo que estaba viendo. Me sentía en shock. El asombro, el agradecimiento, y la alegría me invadieron.

Conseguí una cita con el cirujano el 3 de marzo para que me revisara antes de la operación. Y efectivamente, el doctor, tras examinar mi mano, igual que lo había hecho un mes antes, me confirmó que la muñeca estaba estable, no había dolor y los rangos de movilidad eran completos, por lo que anuló la cirugía que estaba programada.

Como fisioterapeuta, aquello me impresionó muchísimo. Después de tantos meses con la mano inmovilizada, lo normal habría sido encontrar rigidez y limitación. Sin embargo, no había dolor y la movilidad era completa.

Para gloria de Dios, Jesús me ha sanado por intercesión de Santa Gema Galgani.

Dios hace posible lo imposible, y Él, como Padre, espera de nosotros que confiemos en Él.

Cree en un Dios grande… y verás cosas grandes.

Diana Romero

Alberto Varela, 27 años, cofrade del Ferrol: «El Viernes Santo de 2017 hubo un momento en el que sentí un verdadero encuentro con Dios que me marcó de por vida. Noté cómo se podía remover mi corazón y todas mis entrañas»


Alberto Varela Muñiz tuvo un encuentro con Cristo y ahora es es delegado de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol / Foto: Cedida por Alberto Varela Muñiz - El Español

* «Una vez tienes esa experiencia de Dios y puedes sentirlo de verdad, es algo que te cambia la vida»

Camino Católico.- Alberto Varela Muñiz en su adolescencia vivió un evento que cambió por completo su forma de ver la vida. Sintió un encuentro con Dios que, en sus palabras, "me marcó de por vida". A sus 27 años, es delegado de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol.  

"Mi círculo más cercano es creyente, pero no practicante. Vengo de una familia católica muy de cofradía y de fe puntual, pero no de fe de cada domingo", explica en una conversación telefónica con El Español. "Mi proceso de despertar fue progresivo", agrega.

En su caso, el punto de inflexión llegó durante la adolescencia, alrededor de los 13 años. A raíz de su participación en la Semana Santa de Ferrol, algo empezó a fraguarse en su interior. "Me disgusté mucho porque había estado rezando para que hiciera buen tiempo en los días grandes", explica.

A partir de entonces, Alberto empezó a frecuentar la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, en la plaza de Amboage. "Era algo totalmente intrascendente en aquel momento. Simplemente quería ir a ver a la Virgen, no es que me interesase la eucaristía, ni la fe, ni nada", relata.

Sin embargo, con el paso de los años, Alberto fue cumpliendo etapas dentro de su hermandad y cuando pasó a la sección de portadores, empezó a preguntarse, a raíz de una lesión, si valía la pena estar debajo de un paso.

"Me pregunté si existía dentro de mí un pozo más espiritual y fue a partir de ese momento cuando empecé a frecuentar la iglesia los domingos", comenta.

Alberto menciona que, “en el Viernes Santo de 2017, mientras realizaba la estación de penitencia con la Virgen de los Dolores, hubo un momento en el que sentí un verdadero encuentro con Dios que me marcó de por vida. Noté cómo se podía remover mi corazón y todas mis entrañas", añade.

Alberto Varela Muñiz junto al obispo Fernando García Cardiñanos / Foto: Diócesis de Mondoñedo-Ferrol 

Este episodio marcó profundamente la vida de Alberto y tuvo la certeza de que lo que sentía era real y que su acercamiento a Dios era sincero.

"Un par de años más tarde, cuando tomaba unas cañas con unos amigos, conocí a un chico que estaba preparándose para ser sacerdote, era siete u ocho años mayor que yo", cuenta. Este encuentro fortuito le llevó a descubrir la delegación de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, de la que ahora es delegado.

Actualmente, Alberto compagina su vida como opositor con la pastoral juvenil. "A mi amigo Jorge le salió trabajo en Navarra y el obispo pensó en mí para tomar el relevo", recuerda.

Para Alberto, ser un joven católico hoy en Galicia es desdecirse de lo que pensaba hace diez años. "Temía que la fe fuese a seguir siendo algo residual, algo que se fuese haciendo cada vez más de nicho y que iba a ir apagándose", indica.

Alberto, no obstante, asegura haber conocido a Cristo de primera mano. "Una vez tienes esa experiencia de Dios y puedes sentirlo de verdad, es algo que te cambia la vida", asevera.

Este joven de 27 años forma parte de una comunidad en la que puede vivir su fe de manera compartida. "Es algo muy bonito y heredado de las primeras comunidades cristianas que se escondían en las catacumbas. Es un refuerzo maravilloso y una experiencia vital increíble".

Sor Anna Maria, con 106 años, 36 de monja, sirve en clausura, adora y lleva el Evangelio a YouTube: «Esperé bastante antes de cumplir la voluntad de Dios, pero cuando es Dios quien quiere algo, se logrará siempre»


Sor Anna María del Sagrado Corazón / Foto: Adoratrici Perpetue Seregno

* «Jesús me pide continuamente amar al prójimo… Hay que tener mucha confianza, mucha fe, mucha esperanza y mucha paciencia. Mi abuelo nos decía que es la fidelidad la que nos mantiene jóvenes, y que es necesario mantener los ojos y el alma abiertos a lo bello, a lo bueno y a lo verdadero; así se tendrá una vejez serena. El amor mantiene joven el corazón… La vida es Cristo, camino, verdad y vida»

Camino Católico.- Sor Anna María del Sagrado Corazón, una religiosa italiana, cumplió 106 años el 14 de marzo en su monasterio en Seregno, cerca de Milán, donde continúa sirviendo a sus hermanas enfermas y compartiendo reflexiones sobre el Evangelio incluso a través de YouTube.

Sr. Annamaria ha reso lode a Dio e a tutti coloro che l'hanno accompagnata con la preghiera e hanno partecipato all Santa Messa di ringraziamento per i suoi 106 anni. pic.twitter.com/bCxJeRBWMm

Lúcida “en pensamiento y palabra” y con 36 años de vida en clausura, la religiosa —cuyo nombre civil es Anna Perfumo— pertenece a las Adoratrices del Santísimo Sacramento, según informó el diario italiano Il Giorno.  A pesar de su avanzada edad, sigue participando diariamente en la adoración eucarística, incluso durante la noche, y colabora en la enfermería del monasterio cuidando a religiosas ancianas o enfermas.

La celebración de su cumpleaños se realizó con una Misa de acción de gracias y un encuentro con familiares, vivido a través de las rejas de la clausura, donde sor Anna Maria permanece dedicada a la oración.

“Lo hago, como muchas otras cosas, por amor a Jesús, que me pide continuamente amar al prójimo”, afirma la religiosa en un video compartido por su comunidad.

“Los años son muchos, pero el corazón… con paciencia se cumplirá la voluntad de Dios. Recen por mí, y yo los recordaré siempre, en la tierra y en el cielo”, añade.

Carissim: quello che Dio vuole per noi, lo compie. Buon Pomeriggio! pic.twitter.com/KHUfjcUzFO

Según recoge Il Giorno, la vida de la religiosa estuvo marcada desde el inicio por dificultades. A los cuatro meses de nacida sufrió bronconeumonía —entonces prácticamente mortal— y, a los cuatro años, escorbuto, una enfermedad incurable en esa época. “El médico le dijo a mi madre: ‘Mañana no volveré porque la niña estará muerta’. Y sané milagrosamente”, recuerda.

Antes de ingresar al monasterio, trabajó durante años como institutriz y docente con niños, además de servir a personas necesitadas y a sacerdotes ancianos y enfermos. Sin embargo, siempre mantuvo en su corazón el deseo de consagrarse a Dios en la vida contemplativa.

Ese anhelo se concretó recién a los 70 años, tras la muerte de su madre. Luego de varios intentos, fue admitida en el monasterio de las Adoratrices en Génova, desde donde sería trasladada años más tarde a Seregno, donde vive actualmente.

En el video, Sor Anna Maria agradeció las muestras de cariño recibidas y comentó su vocación tardía: “Es verdad, tuve que esperar bastante antes de cumplir la voluntad de Dios, pero cuando es Dios quien quiere algo, se logrará siempre. Por eso hay que tener mucha confianza, mucha fe, mucha esperanza y mucha paciencia”.

En su mensaje, la religiosa también compartió una reflexión sobre el paso del tiempo y la fidelidad: “Mi abuelo nos decía que es la fidelidad la que nos mantiene jóvenes, y que es necesario mantener los ojos y el alma abiertos a lo bello, a lo bueno y a lo verdadero; así se tendrá una vejez serena. El amor mantiene joven el corazón”.

Finalmente, dirigió un saludo con ocasión de la Pascua: “La vida es Cristo, camino, verdad y vida. Que el Señor les conceda la paz y la alegría… también la paz entre los pueblos, para la fraternidad entre las naciones”.

Las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento son una orden contemplativa femenina de clausura cuyo centro es la adoración continua de Jesucristo en la Eucaristía. Su misión es interceder por la Iglesia y el mundo desde el silencio del monasterio, ofreciendo su vida como una oración constante. 

La congregación fue fundada en 1807 en Roma por la beata María Magdalena de la Encarnación (Caterina Sordini), quien impulsó un carisma centrado profundamente en la adoración eucarística.

Andrés David Forero ordenado sacerdote padeciendo cáncer: «Yo no me he sentido abandonado por Dios, aunque me haya preguntado por qué a mí; Él no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor»


Andrés David Forero celebrando su primera Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero

* «No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar… Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene… Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros»

Camino Católico.- “He asumido la enfermedad como una prueba de fe”. Con estas palabras, Andrés David Forero Rincón ha definido la experiencia que ha marcado los meses previos a su ordenación sacerdotal, celebrada en la parroquia de Sant Pere de Sencelles, en Mallorca, el pasado 1 de marzo, ceremonia que estuvo presidida por el obispo de la diócesis, Sebastià Taltavull. A Andrés, cuando ya era diácono,  le diagnosticaron un linfoma, cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Lo entrevista Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo en Alfa y Omega una hora antes de su tercera sesión de quimio.

—Acaba de celebrar su primera Misa como sacerdote, unos días después de recibir la ordenación. ¡Enhorabuena!

—El de la ordenación fue un día muy especial, porque lo esperaba desde que era muy niño. Fue un momento de amor, una caricia de Dios que me decía: «Estoy aquí». Mi primera Misa la celebré en la parroquia de San Alonso Rodríguez, en Palma de Mallorca, donde tras venir de Colombia me acogieron los hermanos de la Renovación Carismática. Crecí en este ambiente en mi país y quise compartir con ellos este momento tan especial.

—Me han dicho que anda un poco flojo de salud.

—Sí, hace un mes y medio me diagnosticaron un linfoma, un cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Llevaba ya varios meses un poco enfermo, y tras la Misa de la última Nochebuena me sentí realmente mal. Ahora lo vamos combatiendo y en un rato tengo que entrar en mi tercera sesión de quimioterapia, de las seis que me van a dar.

—¿Cómo está llevando la quimio?

—Sorprendentemente, muy tranquilo. Los médicos me dicen que están haciendo todo lo posible para que sea curable. Estamos enfocados, tanto ellos como yo, en que sea así. Esa es la esperanza que tenemos.

Andrés David Forero en la consagración de la eucaristía durante la primera misa después de ser ordenado / Foto: Cedida por Andrés David Forero

—Todo esto le ha venido siendo ya diácono. ¿Cómo surgió su vocación?

—Yo vengo de una familia colombiana muy católica, con la fe muy arraigada. Mis hermanos y yo íbamos de niños todos los días a Misa. Teníamos un trato asiduo con sacerdotes cercanos; eso me hizo preguntarme en el instituto qué quería Dios de mí. Empecé a estudiar Filosofía en la universidad de los padres eudistas y, en la Jornada Mundial de la Juventud del año 2019, en Panamá, le pedí a Dios que me mostrara mi camino.

—¿Y cómo acabó en Mallorca?

—Es la providencia de Dios. En mi vida apareció de repente este lugar que yo no conocía ni sabía que existía. Leyendo en las redes sociales vi que había seminarios muy vacíos, como el seminario de Mallorca, que entonces tenía pocas vocaciones. Entonces le dije al Señor: «Si tú quieres que yo sea sacerdote, llévame donde más me necesiten».

—¿Y qué pasó después?

—Me puse en contacto con el seminario y vine en junio para conocerlo. En septiembre ya estaba empezando el curso. Todo fue muy rápido, muy providencial. Dios nos mueve siempre.

—En esta manera de ver su historia bajo la mirada de Dios, ¿cómo encaja su enfermedad?

—Como un reto, porque Dios siempre nos desafía en el buen sentido. Hace unos días en la Misa leímos la escena de Jesús en la barca con los discípulos. Allí Él les pide hacer algo diferente: tirar la red a la derecha, en lugar de a la izquierda, como estaban haciendo. A mí Dios me ha pedido en este momento, con la enfermedad, tirar la red a la derecha: hacer otra cosa diferente, vivir el ministerio y mi vida de otra manera, porque Él quiere seguir teniendo el lugar primero que le corresponde en mi vida.

Andrés David Forero celebrando la Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero.

—Eso suena difícil.

—No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar. Son reflexiones que he hecho a lo largo de ese tiempo. Yo no me he sentido abandonado por Él, a pesar de que a veces me haya preguntado por qué a mí. Dios no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor.

—Muchos sufren por sus dolencias o por las de alguien cercano. ¿Qué les diría desde su experiencia?

—Tenemos que agudizar el oído y la vista para no ir a Dios solo para que nos sane. Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene.

La enfermedad nos saca de nosotros mismos, no nos la esperamos. Pero también nos permite dar lo mejor de nosotros. Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros.


Andrés David Forero el 1 de marzo de 2026. en su ordenación sacerdotal / Fotos: Diócesis de Mallorca

Bui Thi Kim Thanh era budista y se hizo católica cuando el Señor respondió a su oración ante una infección mortal de su hija de 3 años: «Por favor, Dios, salva a mi hija y viviré según tu palabra»

Bui Thi Kim Thanh y su hija posan para una foto frente a un belén en su parroquia en la ciudad de Hue, en el centro de Vietnam, en la víspera de Navidad de 2025 / Foto: Cedida - UCANews

* «Comencé a entender que la oración es poderosa. Dios me responde. Cuando pedimos con fe, Él responde inmediatamente… Antes, en un viaje elegí una cita bíblica como recuerdo para mi suegra católica: ‘No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimentos? o ¿qué beberemos? o ¿tendremos ropas para vestirnos? Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso’ (Mt 6, 31-32). Esas palabras se convirtieron en el ancla de mi alma»

Camino Católico.-  Una madre vietnamita de tradición budista decidió abrazar el catolicismo tras la recuperación inesperada de su hija de tres años, a quien había encomendado a Dios en un momento de extrema angustia en un hospital, según informa UCANews.

El hecho ocurrió en la ciudad de Hue, en el centro de Vietnam, cuando Bui Thi Kim Thanh, de 34 años, vivió lo que describe como una experiencia decisiva durante la hospitalización de su hija de tres años, afectada por una grave infección de oído que se había vuelto potencialmente mortal.

En medio de la noche y en un contexto de “tensión extrema”, Thanh elevó una súplica que marcaría un antes y un después en su vida espiritual. “Por favor, Dios, salva a mi hija. Creo que Tú le das todo lo bueno, y viviré según tu palabra”, recuerda haber rezado.

Hasta entonces, su fe estaba vinculada al budismo. Sin embargo, su matrimonio en 2019 con Matthew Phan Van Khi, católico, la había acercado indirectamente al cristianismo, aunque ambos acordaron respetar sus respectivas creencias.

La situación cambió radicalmente tras la cirugía de su hija, cuya recuperación fue sorprendentemente rápida. Thanh afirma que no lo consideró un simple resultado médico: “Comencé a entender que la oración es poderosa. Dios me responde. Cuando pedimos con fe, Él responde inmediatamente”.

Bui Thi Kim Thanh se encuentra al pie de la estatua de Cristo Rey en Vung Tau, Vietnam / Foto: Cedida - UCANews

Este episodio dio sentido a una experiencia previa que había vivido meses antes durante un viaje familiar a Vung Tau, donde se sintió atraída por una imponente estatua de Cristo Rey, de 32 metros de altura, erigida en una colina de 170 metros de altura. “Sentí que era muy impresionante, sagrada, y que captaba mi atención más que otros sitios religiosos que había visitado”, señaló.

En ese mismo viaje, eligió una cita bíblica como recuerdo para su suegra católica: “No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimentos? o ¿qué beberemos? o ¿tendremos ropas para vestirnos? Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso” (cf. Mt 6,31-32). Más adelante, confiesa que “esas palabras se convirtieron en el ancla de mi alma”.

Tras la recuperación de su hija, la familia celebró por primera vez la Navidad, visitando el pesebre de su parroquia y decorando su hogar. Poco después, Thanh decidió iniciar su camino hacia el bautismo.

Su decisión no estuvo exenta de dificultades. Sus padres, de tradición budista, reaccionaron con tristeza. “Estaban decepcionados, lo veían como un alejamiento de nuestras raíces espirituales”, explicó. No obstante, con el tiempo, el diálogo ayudó a abrir espacios de comprensión: “Les expliqué que los católicos también honran a los antepasados. Poco a poco se volvieron más abiertos”.

Uno de los aspectos que más le impactó fue la enseñanza de la Iglesia sobre la dignidad de la vida. “Lo que realmente me toca es el respeto de la Iglesia por los no nacidos y la dignidad que se da a los niños inocentes. Crea una cultura de la vida que yo quería para mi hija”, afirma.

Actualmente, Thanh y su hija forman parte del catecumenado en una parroquia local y esperan recibir el bautismo durante la Vigilia Pascual. Ella ha elegido el nombre Teresa, mientras que su hija será Catherine.

Por su parte, su esposo expresó su alegría por este paso: “Estoy extremadamente feliz. Siempre he rezado por esto. Dios ha respondido a mis esfuerzos”.

Para Thanh, este proceso es mucho más que un rito: “Nuestra preparación para el bautismo es más que un hito… es el amor de Dios para quienes confían absolutamente en Él”.