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jueves, 22 de octubre de 2026

María Elena Rocha perdió a su esposo y sus dos hijos en el terremoto de Venezuela: «Dios es mi gran amigo y le agradezco por la vida; no estoy sola, porque le tengo a Él, y a la Santísima Virgen María, que sabe lo que es este dolor»

María Elena Rocha perdió a su esposo y sus dos hijos en el terremoto de Venezuela. En la imagen la familia Moreira Rocha. De izquierda a derecha: Ricardo, María Elena, Enrique y Wilson, el esposo  | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

* «Peleé con Dios. Quedé con rabia. ‘¿Por qué me dejaste aquí? ¿Yo soy tan mala como para tener que quedarme aquí?’ Sin embargo, yo entregaba todo mi sufrimiento a Dios por la santificación de sus almas…Le pido a Dios que pueda cumplir mi misión rapidito para poder ir al Cielo, porque es lo que más añoro hoy en día. Incluso antes no tenía miedo a la muerte porque ese es nuestro destino: morir para vivir, y yo quiero vivir con Dios. Estoy abandonada a lo que sea que decida la Providencia»

Camino Católico.-  El 24 de junio de 2026, María Elena Rocha se encontraba en Caracas. Ese miércoles, feriado en Venezuela, decidió emprender una peregrinación junto a dos amigas para visitar lugares emblemáticos vinculados a los primeros santos venezolanos: Santa Carmen Rendiles y San José Gregorio Hernández.

La devoción hizo más cortos los sinuosos 40 kilómetros que separan a Tanaguarena, en La Guaira, de la ciudad capital. Allí vivía María Elena, en el edificio Caribbean Golf I, junto a su familia: su esposo Wilson, y sus hijos Ricardo, de 25 años, y Enrique, de 22 años. Ellos decidieron quedarse en casa ese día.

En Caracas, el día transcurrió con normalidad. María Elena y sus amigas habían visitado el Colegio Belén, en donde reposan los restos de Madre Carmen. Luego llegaron a la Casa Museo de José Gregorio Hernández y terminaron su peregrinación con una Misa en la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, donde también descansan los restos del médico de los pobres.

Los terremotos y la incertidumbre

6:04 de la tarde: María Elena y sus amigas hacían la fila para comprar un helado. Las nubes muy grises en Caracas anunciaban tormenta, pero el estruendo no llegaría del cielo sino de la tierra. A esa hora el suelo se movió con violencia extrema y el pánico se apoderó del ambiente. Las tres salieron como pudieron del centro comercial donde se encontraban.

Pronto colapsó el servicio eléctrico, cayeron el internet y las líneas telefónicas. Solo dos horas después, el grupo pudo sacar el auto de donde se encontraba estacionando y emprendieron el viaje de regreso a Tanaguarena, que esta vez pareció eterno.

Wilson, el esposo de María Elena Rocha, junto a sus hijos Ricardo y Enrique de vacaciones | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

María Elena cuenta a EWTN News Español que lo que se encontró en La Guaira parecía sacado de una película de terror. Ya entrada la noche, solamente los incendios rompían la oscuridad. Edificios enteros derrumbados. Personas buscando desesperadas entre los escombros y otras, lamentablemente, robando y saqueando. Había gritos, lamentos y llanto.

El camino hacia su hogar fue complejo. No solo por lo dañada que estaba la carretera, sino también por la conmoción que producía aquel panorama. Cada metro recorrido, cada escena de dolor y destrucción, era un golpe a la esperanza que aún mantenía María Elena de volver a encontrarse con los suyos. Solo a pie pudo llegar a su residencia.

María Elena se enfrenta a un dolor inimaginable

Era cerca de la medianoche cuando María Elena vió que en el lugar donde antes estaba el Caribbean Golf I ahora solo había una enorme pila de escombros. La mujer de 49 años dice haber sentido, paradójicamente, una gran paz interior a pesar de la tragedia. En medio de la confusión, le avisan que uno de sus hijos estaba vivo, pero atrapado en los escombros. Con mucho esfuerzo, María Elena se acercó al lugar.

Era Enrique, su hijo menor. Estaba malherido pero podía comunicarse con su madre. Las primeras horas luego de los terremotos fueron un caos en La Guaira, los rescates se hacían con las manos porque no se disponía de las herramientas necesarias para actuar con rapidez. Fue una madrugada larguísima, en la que Enrique le pedía a María Elena que no lo abandonara: “Tranquilo hijo que yo nunca te voy a dejar solo”, respondía.

María Elena Rocha junto a su hijo Enrique con el que habló cuando estaba sepultado bajo los escombros y todavía vivo antes de morir | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

Así llegó la mañana y después la tarde. Enrique, aprisionado y adolorido, no resistió. María Elena, siempre cerca, dice haber escuchado su último aliento: “Él esperó por mí para dar su último suspiro”. Enrique murió en el lugar, junto a su padre y a su hermano mayor. Fue días después que los rescatistas lograron recuperar sus cuerpos, a los que María Elena pudo dar cristiana sepultura.

“Dios es mi gran amigo”

Impresiona escuchar a esta mujer contar su historia. Aún derramando un par de lágrimas, dice con firmeza después de la tragedia: “Mi fe aumentó”. Pero el camino naturalmente no ha sido fácil sino lleno de dolor, de reproches e incluso —en algún momento— de rabia contra Dios. María Elena quedó sola y muchas veces pidió respuestas.

“Peleé con Dios. Quedé con rabia. ‘¿Por qué me dejaste aquí? ¿Yo soy tan mala como para tener que quedarme aquí?’ Sin embargo, yo entregaba todo mi sufrimiento a Dios por la santificación de sus almas”, recuerda.

Su gran refugio siempre ha sido la fe. Ahora asiste regularmente a un grupo de oración en una parroquia caraqueña que, asegura, le ha sido muy provechoso. Busca ganar indulgencias para su esposo e hijos y dice siempre tratar de estar alegre y “que los demás vean a Dios en mí”.

“A pesar de la gran pérdida que tuve, mantengo el humor. Esa es una de las cosas que yo pedí a Dios cuando falleció mi hijo Enrique. Acepté su muerte con mucho dolor, se lo entregué a Dios, pero le pedí que no me quitara la alegría porque yo siempre fui la alegría de mi casa. Eso era lo que decían mis hijos y mi esposo”, comenta.

“Yo quiero que mi esposo y mis hijos sientan orgullo de su esposa y de su mamá. Yo sé que si yo estoy feliz, ellos van a estar felices. La felicidad es una decisión y yo decidí entregarle a Dios el ser feliz, porque Él nos quiere a todos felices”, añade.

Este 24 de octubre se cumplen cuatro meses de aquel día terrible. Más de 6.000 venezolanos perdieron la vida en cuestión de segundos, miles quedaron heridos y otros tantos aún están desaparecidos. Muchísimas personas ahora viven en medio del dolor y aún así, créame estimado lector, es común escucharlos decir —sacudiéndose el polvo como María Elena—: “Dios es mi gran amigo”.

“A pesar de todo, agradezco a Dios. Por haber podido hablar con mi hijo menor en ese momento. Ya agradezco a Dios por la vida”, aseguró esta admirable venezolana, pero añade con ese humor que nunca perdió por pura gracia divina: “Aunque le pido que me lleve rápido”.

“Le pido que pueda cumplir mi misión rapidito para poder ir al Cielo, porque es lo que más añoro hoy en día. Incluso antes no tenía miedo a la muerte porque ese es nuestro destino: morir para vivir, y yo quiero vivir con Dios”, dice.

María Elena asegura no saber aún qué va a ser de su vida pero afirma que “estoy abandonada a lo que sea que decida la Providencia”.

Un mensaje para Venezuela sobre el valor del sufrimiento

La Iglesia nos enseña que Dios no quiere el sufrimiento por sí mismo ni es su causa directa. La explicación de cómo puede Dios permitir el mal sin ser su autor es profunda, pero no resuelve por completo el dolor de cada pérdida. Por la fe creemos que Dios puede sacar bien incluso del mal, pero eso no convierte la muerte de inocentes en algo bueno ni justifica la tragedia.

Ese sufrimiento puede adquirir un sentido cuando se vive unido a Cristo. Como ocurrió en Venezuela después de los terremotos, el dolor puede despertar solidaridad, responsabilidad mutua y aún puede ayudar a una sociedad a preguntarse qué debe hacer mejor. Esta es la convicción de María Elena.

“Tenemos años sufriendo. Háganlo para que vean, que cuando uno entrega ese sufrimiento a Cristo, todas las cositas que nos pasan. Momentos de rabia e indignación, entregarlos a Jesús por beneficio de alguien. Van a ver cómo vienen las bendiciones”, dice.

María Elena Rocha luego de rescatar intacta de los escombros una estatua de Nuestra Señora de Fátima, perteneciente al Centro Luso Venezolano de Vargas | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

“Y otra cosa: agradezcan todo a Dios. Es increíble, cuando tu agradeces a Dios por las cosas malas y buenas, las bendiciones van a venir. No digo que no vayan a seguir habiendo problemas, porque yo sigo teniendo muchas cosas que enfrentar pero cuando estamos con Dios las cargas son más ligeras”, añade María Elena.

Aunque a los ojos del mundo puede parecer que ahora tiene por delante un camino marcado por la desesperanza, esta mujer no duda un segundo en mirar a la cámara y, después de haber tenido que ponerle el pecho a tanto, decir con firmeza:

“No estoy sola, porque tengo a Dios, tengo a la Santísima Virgen María, que ha estado siempre conmigo y la he sentido. Quien mejor que ella, que sabe lo que es este dolor”.

Belén Perales tras ser abusada dejó de creer en Dios, pero «visitando la tumba de San Juan Pablo II me doy cuenta de que Él existe. Mis heridas han sanado con adoración y sacramentos. Soy una fan de la confesión»


Belén Perales se convirtió al catolicismo al visitar la tumba de San Juan Pablo II / Foto: Cortesía de Belén Perales

* «Yo seguía cabezota pensando que no podía volver a la Iglesia, que estaba excomulgada. Yo pensaba: ‘Mejor no me confieso, porque me van a echar de aquí’. Un día escuché desde adentro que Dios me decía: ‘¿Qué esperas?’. Bajé a la parroquia, dejé a mis hijas en un banco y me metí en el primer confesionario que vi. Le dije al sacerdote: ‘Mira, yo me llamo Belén, he hecho de todo menos robar y matar’. Y él me respondió: ‘Aleluya, hoy es fiesta en el cielo’”. El sacerdote tenía un cuadro del hijo pródigo y me explicó: ‘Ahora mismo Dios te está abrazando’. No conocía la misericordia de Dios. Cuando volví a la Iglesia, fue como un abrazo que nunca antes había sentido»

 

Vídeo del año 2002 de El Rosario de las 11 PM en el que Belén Perales cuenta su testimonio

Camino Católico.- Belén Perales, una mujer española de 60 años, vivió durante 35 años como atea, alejándose de la fe católica en la adolescencia tras una serie de experiencias traumáticas. Sin embargo, su vida cambió drásticamente en una visita a la tumba de San Juan Pablo II en el Vaticano, donde, según ella, tuvo una revelación profunda que la trajo nuevamente a casa. Cuenta su testimonio en El Rosario de las 11 PM, su propia plataforma de evangelización, en un vídeo de 2022.

Una vida marcada por el dolor y la rebeldía

Belén nació en el seno de una familia católica, la mayor de cuatro hermanos, pero desde pequeña sintió una profunda sensación de abandono. “Siempre tenía una sensación de que nadie me quería”, confiesa actualmente en una entrevista concedida a  ACI Prensa.

Belén junto a sus padres y hermanas / Foto: Cortesía de Belén Perales

La constante mudanza de ciudad a causa del trabajo de su padre alimentó estas inseguridades, generando una herida emocional profunda. “Desarrollé una especie de herida de abandono”, recuerda, y aunque esto la hizo más adaptable, también alimentó su resentimiento.

Su fe empezó a tambalearse en la adolescencia, tras ser víctima de abuso durante una estancia en un internado. Este episodio marcó un punto de ruptura en su relación con Dios y con su madre. “Salí del colegio muy enfadada contra el mundo... ese verano dejé de creer en Dios”, relató Belén. A partir de ese momento, comenzó a alejarse de la Iglesia y de la fe que había conocido de niña.

Día en el que los padres de Belén consagraron a su hermana Paloma y a ella a la Virgen del Pilar / Foto: Cortesía de Belén Perales

El largo camino en la oscuridad

Durante los siguientes 35 años, Belén vivió sumida en la confusión, buscando en relaciones fallidas y en el éxito profesional una paz que nunca lograba encontrar. Se casó varias veces y sufrió engaños y malos tratos en sus relaciones.

“Mi primer marido me estafó... cuando fui a hacer lo del divorcio, resultó que yo no estaba ni casada; era un estafador profesional que me había engañado”, recuerda con resignación.

“Después de lo del hombre aquel, mi primer marido, fui de mal en peor.  Conocí al padre de mi hija mayor; en fin, fue aquello una relación muy tortuosa. Fueron siete años muy duros. Yo lo pasé fatal. Conseguí salir de esa casa con mi hija y empezamos de cero otra vez. Yo arruinada otra vez”, recordó.

En 1996, cuando Internet estaba comenzando, compró un kit y decidió montar su empresa en línea. Comenzó a vender a través de esa plataforma y, para su sorpresa, el proyecto fue todo un éxito. A partir de ese momento, empezó a generar importantes ingresos gracias a su iniciativa empresarial en el mundo digital. A pesar de tener una carrera exitosa en los negocios, su vida personal seguía siendo un caos. “Seguí con otros novios... me volví a casar, pero salió mal igual”.

“Me fui a vivir con otra persona que resulta que tenía unas adicciones que yo no sabía, era un médico psiquiatra y era drogadicto. Luego me volví a casar, por la iglesia esta vez. Y salió mal igual porque esa persona tenía problemas, y yo también. Tuve dos hijas, mis dos hijas pequeñas con esa persona. Ahí ya me quedo sola con mis hijas, las dos pequeñas”, relató.

Belén junto a sus tres hijas / Foto: Cortesía de Belén Perales

Durante estos años, su vida estuvo marcada por la desesperanza y vivió alejada completamente de la fe. “Yo era atea, no creía en Dios, nada, cero”, afirma categóricamente.

El reencuentro inesperado con Dios

Todo cambió en el verano de 2012 durante un viaje a Roma con sus hijas. Aunque su intención inicial era visitar el Coliseo Romano, su hija Gabriela insistió en visitar el Vaticano. “Yo quería ir al Coliseo, pero mi hija quería ir al Vaticano. Al final, cedí”, cuenta. Lo que ocurrió dentro de la Basílica de San Pedro cambió su vida para siempre.

“Cuando entramos al Vaticano, yo estaba enfadada. Pensaba: ‘¿Qué hacemos aquí? ¡Qué horror!’”. Mientras tomaba fotos a sus hijas, Belén empezó a sentir algo inexplicable: “De repente, empiezo a sentir algo físico, no espiritual. Algo que entraba de repente... y automáticamente me doy cuenta de que Dios existe, y que si moría, me iría al infierno”.

El impacto fue tan grande que comenzó a llorar sin control. “Mis ojos soltaban lágrimas como si fueran dos grifos abiertos”, recuerda.

Belén Perales / Foto: Cortesía de Belén Perales

Frente a la tumba de San Juan Pablo II, sintió que estaba fuera de la Iglesia, separada de su “madre”, como llama a la Iglesia Católica, y que había rechazado a Dios durante todos esos años. “Sentí el dolor de estar fuera de la Iglesia, dándome cuenta de que Dios existía y que yo lo había rechazado”.

“Sentí ese dolor de estar fuera de la Iglesia, dándome cuenta de que Dios existía, que no era una mentira, y que yo lo había rechazado. Mi alma estaba sucia, llena de pecados. Pasaban por mi mente los pecados”, sostiene.

Al ver la tumba de San Juan Pablo II, dijo de pronto: "Niñas, vamos a rezar". Luego, se arrodilló en el tercer banco de la mano izquierda mientras sus lágrimas seguían cayendo. “Mi hija pequeña sacó pañuelos de papel y me limpiaba la cara. Yo quería rezar, pero no me acordaba ni del Padre Nuestro, porque hacía 35 años que no rezaba. Tenía 48 años y llevaba sin rezar desde los 13”.

Al salir de lugar, Belén pensó para sí misma: "Me he vuelto loca. Esto es producto de estar sola con mis hijas y cansada".

El regreso a casa

Tras esa experiencia, Belén volvió a Madrid, pero el proceso de regresar a la fe no fue fácil. Aún se sentía alejada de la Iglesia y pensaba que no podría ser aceptada de nuevo. “Yo seguía cabezota pensando que no podía volver a la Iglesia, que estaba excomulgada”, confiesa. Durante un año, asistió a Misa los domingos, pero no se atrevía a confesarse. “Yo pensaba: ‘Mejor no me confieso, porque me van a echar de aquí’”.

Finalmente, un día, sintió un llamado interno. “Escuché desde adentro que Dios me decía: ‘¿Qué esperas?’”. Esa fue la señal que necesitaba para dar el paso. “Bajé a la parroquia, dejé a mis hijas en un banco y me metí en el primer confesionario que vi”.

Allí encontró a un sacerdote joven que la acogió con alegría. “Le dije: ‘Mira, yo me llamo Belén, he hecho de todo menos robar y matar’. Y él me respondió: ‘Aleluya, hoy es fiesta en el cielo’”. El sacerdote tenía consigo un cuadro del hijo pródigo y le explicó: “Ahora mismo Dios te está abrazando”.

Esa confesión fue el comienzo de su reconciliación con Dios y con la Iglesia Católica. “No conocía la misericordia de Dios. Cuando volví a la Iglesia, fue como un abrazo que nunca antes había sentido”, admite.

Una vida de evangelización

Desde entonces, Belén ha dedicado su vida a evangelizar y a compartir su historia con quienes la rodean. “Le dije a Jesús: ‘A partir de ahora, soy tu unidad de marketing. Donde vaya, te llevaré conmigo’”. Y así lo ha hecho. A lo largo de los años, ha llevado a varias amigas al confesionario y ha repartido rosarios a quienes se cruzan en su camino.

“Mis heridas han sanado a golpe de adoración y sacramentos. Soy una fan de la confesión”, afirma con una sonrisa.

Además, Belén fundó el canal 'El Rosario de las 11 PM' en YouTube, con el que difunde el rezo del Santo Rosario todas las noches y comparte testimonios de conversión, como el de ella: “El canal ha dado muchísimos frutos, desde conversiones interminables hasta gente que ha decidido ir al seminario para ser sacerdote, vocaciones... en fin, un poco de todo”.

Lo que más le sorprende, aunque reconoce que no debería, es la cantidad de milagros y conversiones que se han dado gracias al canal. Reflexionó sobre este hecho citando a Jesús: “Donde dos o más se reúnan en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Para Belén, estos acontecimientos son una prueba de que Jesús sigue vivo.

Además, expresa su compromiso con el proyecto: le ha prometido a la Virgen y a Jesús que estará al frente del canal “hasta el último día de su vida, o hasta que me fallen las fuerzas”.  

“Quiero darle gusto a mi madre, la Virgen, quien nos pide rezar el rosario. Estoy obedeciendo. Además, muchas personas en Internet no conocen a Dios, pero si lo conocieran, se enamorarían de Jesús como yo lo he hecho. YouTube permite que la gente, incluso sin buscar a Dios, pueda encontrarse con Él de forma inesperada. Me ilusiona saber que mis videos pueden llegar a los alejados, aquellos que más necesitan de este mensaje de esperanza y amor que Jesús nos da”, asegura.

Hoy, Belén vive una vida plena en la fe, agradecida por haber reencontrado a Dios después de tantos años de oscuridad. “Jesús me rescató cuando menos lo esperaba, y ahora quiero que todos sepan que Él está ahí, esperándonos”, concluye.

Marcela Araya, de familia comunista y atea, herida por drogas y amarguras, reiki y masonería, abortó y quería suicidarse, pero rezó «y Jesús apareció a mi lado. Vi todos mis pecados y que lo había herido»


* «Él es puro, purísimo, todo amor, y yo lloraba de vergüenza, por todo lo que había hecho, que era terrible. Y pensaba: ahora me va a juzgar. Pero él me miraba y me amaba. Y en ese momento yo vivía su misericordia. Me estaba dando mucho amor. Casi oía caer las cadenas que me ataban. Y lloraba y lloraba. Para mí fue eterno, no sé si 10 minutos o tres horas. Le dije: ¿qué quieres? Y me dijo: ve a mi Iglesia. Y le dije: pídeme otra cosa, eso pídemelo cuando esté mejor. Yo me había leído todos esos libros contra la Iglesia y los curas me caían muy mal. Pero Él insistía: ve a mi Iglesia. Y fui al momento a buscar una iglesia, en Berlín. Cuando entré, me senté, y sentí una paz que no había sentido nunca. Sentí que era mi casa. Fue muy hermoso»

Camino Católico.- Marcela Araya ,madre de familia, procedente de una familia comunista y atea, tras abandonar la casa de sus padres queda expuesta a los peligros de la calle donde es herida por la droga, las  amarguras, el reiki y masonería: Después de una accidentada vida llena de equivocaciones cuenta cómo Jesucristo sale a su encuentro repentinamente, transformándola totalmente. Relató su testimonio en Barcelona, ante Nazaret.Tv en 2018, unos tres años después de su conversión.

Durante toda su vida, la sensación de falta de amor le condujo a comportamientos destructivos, adicción, intentos de suicidio y después los vacíos vaporosos de la espiritualidad New Age. Hasta que un día de invierno se dirigió a Jesucristo: "si existes, si de verdad eres 'eso que dicen', ven y sálvame". Cuenta su testimonio cuando se lo piden sacerdotes, por obediencia y con permiso de su director espiritual. Así fue su historia de conversión.

Una familia atea comunista

"Yo nací en Chile, en una familia atea, comunista, que apoyaba a Allende por el sueño de un mundo mejor para los trabajadores, una familia muy solidaria pero muy atea. Estaban en un espíritu de división: los buenos y los malos", explica Marcela. Era una familia grande y con muchos parientes. Su madre trabajaba en el Ministerio de Agricultura "con mucha gente a sus órdenes" y tenían una gran casa, y vacaciones en las montañas. 

Con la llegada del régimen de Pinochet, y con amigos y parientes detenidos, torturados o desaparecidos, la familia escapa de Chile y llega, casi sin posesiones, a Menorca, invitados por un amigo de la infancia del padre. Marcela tenía 9 años y "aunque Menorca era muy bonita", ella se sentía sola y desarraigada. "Tenía mucho dolor, no dormía de noche, lo odiaba todo, era muy pequeña y vengativa", recuerda. 

Infancia de amargura: un bloqueo al amor

Empezaron pobres: su padre trabajando en el hotel de su amigo, su madre en tiendas de bisutería y luego en una importante empresa de viajes. "Enseguida remontamos", explica. Sus padres, viendo rotos sus sueños de Chile, sintiéndose abandonados también por el Partido Comunista, se llenaron de amargura. "Mi padre se volvió muy amargo, y era bruto conmigo y con mi hermana. Luego se arrepentía, porque era buen hombre, pero tenía demasiado dolor. Ateo, no tenía donde acudir. Mi madre estaba volcada en el trabajo y solo nos daba amargura. En cuanto pudimos, las hijas nos fuimos de casa". 

"A los 13 años me fui de casa, y con mi hermana, de 19, nos fuimos a Londres, a Brighton, a estudiar inglés. El viaje, vivir solas, nos espabiló mucho, a mí, desde luego, demasiado. Yo sentía que me habían echado de casa. Mis padres no estaban para mí". 

Porros, ácidos, heroína...

"A los 14, de vuelta a Menorca, empecé con los porros, las drogas. Te hacen reir, olvidar. Y después los ácidos, y con 17 en la heroína. Era fantástico: te morías y no sentías dolor. Éramos niños bien, que robábamos a los padres".

Marcela empezó a ver a algunos amigos de la droga que les iba muy mal. Empezó a asustarse y pensar en dejarlo. Pero, ¿cómo? No se atrevía a decirlo a sus padres. Para llamar la atención, intentó suicidarse "pero de una manera muy tonta, con un cuchillo que casi no cortaba. Me pilló la madre de un amigo y me llevó a casa". Marcela reconoció antes sus padres que necesitaba ayuda... Durante unos meses sus padres de volcaron en ayudarla, con tratamientos, medicinas y atención.

Pero al cumplir los 18 años decidió irse "a descubrir mundo" con otra amiga. Era también una forma de evitar sus antiguas amistades de adicta. Dejaron Mahón, fueron a Ciudadela, conocieron más gente, fiestas... y otras vez drogas (esta vez cocaína, en vez de heroína).

Después, "haciendo todas las trampas posibles" se colocó a estudiar Económicas en la universidad en Londres. Descubrió que era buena estudiante. También hacía cortos y videoclips en una escuela de cine.

Desilusión, aborto, suicidio casi exitoso

"Aprendí a hacer producción y lo hacía bastante bien, con mi novio de entonces, que era director. Pero me desilusionó ese mundo, y mi novio. No les interesaba tanto el cine como la fiesta. Y quedé embarazada, y aborté, porque la carrera era más importante".  A Marcela le tiembla la voz cuando llega a este punto y se detiene un instante. "Dios me ha perdonado. Pero si una se da cuenta... es terrible, claro, es un asesinato. Y yo asesiné a mi hijo". 

Después de eso intentó suicidarse otra vez. No recuerda mucho, pero el doctor, después del quirófano, le dijo: "has tenido mucha suerte, te cortaste hasta los tendones, podrías haberte quedado sin manos". "Yo pensé: ¡es que estoy como una cabra, loca perdida!". Su familia había vuelto a Chile. Las autoridades la colocaron en el psiquiátrico de Sabadell, cerca de Barcelona, esperando que alguien se responsabilizara de ella. 

Por primera vez, conoce el amor

Una amiga de Inglaterra vino a sacarla del hospital y se la llevó a Londres, a su casa. En una cena allí conoció a Phillip, su marido. "Me quedé en casa de él. Vio que yo estaba fatal, porque era listo, pero me amaba de verdad. Yo descubrí que ¡hay gente que te ama! Yo estaba alucinada: era amable, respetuoso... Y quedé embarazada. Pensé que él no querría el niño, que me dejaría... Pero él se alegró, me abrazó. Yo no lo esperaba: por primera vez alguien estaba alegre por algo mío. Nos casamos por lo civil. Teníamos un niño, esperábamos el segundo. Por primera vez tenía amor, daba amor, recibía amor".

El reiki y la new age

En lo material estaban bien y vivían ahora en Barcelona. Pero ahora una amiga la inició en el reiki para "sanar más". Se inició en distintos tipos de reiki, la supuesta técnica para canalizar una indetectable energía vital sanadora. Lo combinaba con otras prácticas new age. 

"Empecé a adorar piedras, yo que sé, tonterías, que uno se lo quiere creer por buena voluntad... y el yoga, la meditación, y yo le daba lecciones a los demás... cuando en realidad yo estaba fatal, y no podía ni con mis niños". 

Marcela explica así su herida: "Yo tenía esa barrera de dolor y no podía darles a mis hijos lo que no había recibido; si no lo había recibido, ¿cómo iba a dárselo? ¡Las piedras tampoco podían dármelo!" 

Masonería y esoterismo

"Y me metí en la masonería, a leer muchos libros en contra de la Iglesia Católica, algunos libros muy bonitos, pero que hoy los veo y digo 'madre mía, ¿cómo es posible que yo me creyera esto?'. Y hablar, y hablar con el psicólogo, etc... Pero esas miserias, aunque las puedes airear un poco, siguen ahí".

Mientras tanto, a Philip, su marido, todo le iba mal: salud, problemas de trabajo... "Claro, hoy lo veo: si yo me dedicaba a abrirle la casa al Maligno, ¿cómo no?"

Se mudaron a Berlín. "Allí fue la explosión del esoterismo: cada semana un curso nuevo, gastando dinero, energía e ilusiones."


Una amiga católica y un vídeo-testimonio

Sin embargo, mantenía contacto con algunas amigas de Barcelona que también estaban en su propio viaje de exploración espiritual por la Nueva Era. Y entonces supo que una de ellas se estaba haciendo católica. 

"Yo pensé: está loca, qué le pasa, me habla de Vírgenes, de curaciones, que si se aparece..." Pero la veía más tranquila y mejor. "Y ella fue a Medjugorje y allí rezó por mí".

"Yo me dedicaba a la meditación trascendental, que no funcionaba, me ponía de mal humor aunque todo nos iba bien materialmente". Y por esas fechas su amiga le mandó un vídeo con el testimonio de Gloria Polo, una mujer alejada de la fe que recibió un rayo y volvió de una experiencia cercana a la muerte. "Lo miré por respeto con mi amiga, para al menos decir que lo había visto". 

Gloria Polo hablaba de sus pecados pasados, del Purgatorio, del infierno... "y me parecía una locura, pero me creó la duda; 'yo iría al infierno directo, seguro'". 

Día de nieve: la primera oración a Jesús

Un tiempo después, en un día de nieve, Marcela se encontró llorando, sintiéndose muy mal pese a todos sus cursos de New Age. Y decidió dirigirse a Jesucristo, por primera vez. "Y le dije a Jesús que si existe, que si es 'eso que dicen', que venga y me salve, porque ya está bien, porque con mi dolor iba a hacer algo que lo perdería todo, mis hijos, mi familia..."

"Y me aparece Él, me aparece Jesús"

Al día siguiente, entró en su "cuarto de meditación, con todas mis piedras y esas cosas". "Me puse a meditar. Y me aparece Él, me aparece Jesús. Está a mi lado, me está mirando. Está ocupado, como rodeado de jóvenes. Y me miraba como diciendo: 'tenemos trabajo'. Lo entendí todo, vi todos mis pecados. Me iluminó y lo vi, no había donde esconder nada. Vi que todo lo que había hecho era herirlo". 

"Él es puro, purísimo, todo amor, y yo lloraba de vergüenza, por todo lo que había hecho, que era terrible. Y pensaba: ahora me va a juzgar. Pero él me miraba y me amaba. Y en ese momento yo vivía su misericordia. Me estaba dando mucho amor. Casi oía caer las cadenas que me ataban. Y lloraba y lloraba. Para mí fue eterno, no sé si 10 minutos o tres horas. Le dije: ¿qué quieres? Y me dijo: ve a mi Iglesia. Y le dije: pídeme otra cosa, eso pídemelo cuando esté mejor. Yo me había leído todos esos libros contra la Iglesia y los curas me caían muy mal. Pero Él insistía: ve a mi Iglesia. Y fui al momento a buscar una iglesia, en Berlín. Pensé: será la católica, que es la que yo conozco".  Le costó un rato, pero finalmente encontró una parroquia católica. 

"Cuando entré, me senté, y sentí una paz que no había sentido nunca. Sentí que era mi casa. Fue muy hermoso".

"Ahora sí que estoy chalada..." 

Y empezó así su amistad con Jesús. "Yo estaba asustada: 'ahora sí que estoy chalada, ahora hablo con Jesús. No puedo decírselo a mi marido, porque me la juego, con mis antecedentes'. Pero rompí con muchas amistades, con el reiki... Jesús me perdonaba con la mirada pero yo sabía que faltaba algo. En Internet leí lo de los pecados de pensamiento, obra, palabra y omisión... Pensé: 'de omisión lo he hecho todo'. Los amigos, cuando les contaba 'creo que soy católica', pensaban "Marcela y sus locuras". 

En su primera confesión vio, asombrada, que el sacerdote se emocionaba. "Solo me confesé una vez en el colegio, y no era nada real. Hice la comunión mal, por ponerme a la cola", le iba explicando al sacerdote. Y luego todo lo demás, su vida desastrosa, lo del aborto y muchas lágrimas. Cuando el sacerdote dijo las palabras poderosas de la absolución ("Yo te absuelvo en nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo"), ella sintió "un calor, que de repente se me iba todo eso que me dañaba. Y lloré por la sanación que sentía. Y me maravillaba. Volví a casa cantando como una niña". 

Ir a misa diaria, a escondidas

A partir de entonces necesitaba ir a misa cada día. Del Rosario sólo sabía que tenía bolitas. Y buscó por internet y empezó a rezarlo cada día. En Berlín hay pocas misas de diario: según el día era en un sitio u otro. En casa la misa diaria causaba trastornos, iba a misa a escondidas, escapándose de casa. Pero "yo sabía que toda mi fuerza vendría solo del Señor y sin ella volvería a caer". Aún no podía comulgar, ella misma lo sentía.

"Yo veía al Señor conmigo en mis momentos malos del pasado, bendiciendo, poniendo amor en situaciones que habían sido terribles. Yo sentía amor y sanación. Veía esas cadenas, las llevaba a la confesión, y allí las soltaba. Y lloraba siempre en confesión. Mi marido empezó a ver el cambio. Mi hijo mayor, que le gusta la historia, viendo la película "Karol", sobre Juan Pablo II, me dijo: ahora lo entiendo, mamá. Mi marido empezó a acompañarme a misa". 

- ¿Tú te casarías conmigo otra vez? - le dijo ella.

- Claro -dijo él. 

- Pues lo vas a hacer, ahora por la Iglesia.  

Con la ayuda de un sacerdote de Gerona el matrimonio se preparó. Ella vivió su boda eclesial sintiéndose "la hija bonita de nuestro Padre Celestial". Cuando preguntaban a su marido por su fe, decía que viendo el cambio en Marcela, era indudable que eran cosas que hacía Dios. Más adelante, un viaje a Lourdes la ayudó a sanar aspectos de su relación con su madre terrenal.

"Así pasé de no conocer el amor a llenarme de amor de manera absoluta. Soy plenamente feliz, estoy con Dios, que es el más guapo, es inmenso. No lo cambio por nada".