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miércoles, 9 de septiembre de 2026

José Ignacio, el esposo que cada día elige amar más a su mujer Claudia con Alzheimer temprano: «Poder cuidarla solo, no puedo; me gana el dolor; Dios cuida de ella, no es mérito propio; sin Él no soy nada»

José Ignacio y Claudia / Foto: Cortesía - ACI Prensa

* «Dios no manda sufrimientos. Los sufrimientos pasan porque así es la vida. Todo lo contrario. Dios está contigo en el sufrimiento y no le gusta verte sufrir y llora contigo y te da la alegría y trata de darte la alegría de salir adelante y te da la fortaleza… Si no tienes, si no te aferras a tu vida espiritual, a Dios, no puedes. Somos criaturas de Dios. Pues sin Dios somos la nada… El amor auténtico tiene la nota de perennidad, de gastarse, de desgastarse y darse hasta donde ya no puedes dar... pero mientras vivas vas a poder dar… Cada día la amo más. Yo sé que Dios llora conmigo y a veces siento que San José y la Virgen nos limpian las lágrimas… Es muy doloroso caminar ese Vía Crucis, pero qué alegría hacerlo con Dios a tu lado»

Camino Católico.- Durante casi 30 años, José Ignacio y Claudia construyeron un matrimonio con alegrías, hijos, proyectos y dificultades propias de la vida en común. Pero hace unos seis años llegó una prueba que ninguno esperaba: a Claudia le diagnosticaron Alzheimer de inicio temprano a los 44 años.

Desde entonces, José Ignacio ha tenido que aprender una nueva manera de amar: más profunda, más entregada, una que reafirma su vocación y su deseo de llegar al cielo junto a Claudia.

“Soy un hombre eternamente enamorado de su esposa, un padre de familia que, antes de estar enamorado de su esposa, es un hijo de Dios que ha encontrado en el camino respuestas a muchas preguntas, precisamente en el dolor”, relata en entrevista con ACI Prensa.

José Ignacio y Claudia en la actualidad / Foto: Cortesía - ACI Prensa

La enfermedad de Claudia ha cambiado muchas cosas en su matrimonio, pero, asegura, no ha cambiado la promesa que hicieron el día de su boda.

“El amor es una decisión. El amor no es un sentimiento. El amor es una decisión y tienes que decidir amar a diario”, afirma.

Su historia es, para él, una oportunidad de hablar de la belleza del matrimonio católico y de una promesa que no está condicionada a que todo vaya bien. Es la historia de un esposo que, en medio del cansancio, el dolor y la incertidumbre, intenta permanecer junto a la mujer con quien decidió compartir su vida.

José Ignacio y Claudia se casaron el 20 de marzo de 1999 en la parroquia Santa Engracia, de la Arquidiócesis de Monterrey (México) / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz”

José Ignacio y Claudia, ambos mexicanos, se conocieron gracias a una cita a ciegas el 31 de agosto de 1997. Cuando él la vio por primera vez, recuerda haber pensado “wow”. Con el tiempo descubrieron que compartían muchos gustos y, sobre todo, que disfrutaban estar juntos.

Se casaron el 20 de marzo de 1999 en la parroquia Santa Engracia, de la Arquidiócesis de Monterrey (México). Claudia tenía 24 años y José Ignacio 28. Formaron una familia con tres hijos, que son su orgullo: María José, Federico José y Anaisabel.

Actualmente viven en Houston, Texas, tienen un pequeño nieto de seis meses y esperan la llegada de otros dos.

Desde su noviazgo y a lo largo de su vida matrimonial han vivido una fe sólida.

“Íbamos a Misa diariamente desde que nos casamos”, cuenta José Ignacio, quien asegura que ambos eran conscientes de que su camino como esposos tenía una dirección mucho más grande que ellos mismos: el cielo.

José Ignacio y Claudia cuando se conocieron / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz, con contratiempos como todos”, dice.

En la boda, el sacerdote les soltó una frase que José Ignacio todavía recuerda: “Entraron solteros, van a salir para siempre unidos en una sola persona”.

Ellos se miraron y entendieron que aquella unión no era solamente una expresión bonita.

“Es que somos uno”, pensaron.

Con el paso de los años llegaron los hijos, las responsabilidades y también los momentos difíciles.

“Obviamente hubo cosas desagradables. Pero ya no las recuerdo, porque mi esfuerzo es verla siempre con amor y que ese amor crezca”, afirma.

José Ignacio y Claudia cuando sus hijos eran pequeños / Foto: Cortesía - ACI Prensa

El diagnóstico que cambió sus vidas

Claudia tenía 44 años cuando recibió el diagnóstico de Alzheimer de inicio temprano.

José Ignacio ya había comenzado a notar algunas confusiones, pero las atribuía al cansancio. La enfermedad, además, no era completamente desconocida para la familia: tanto su madre como su suegra la habían padecido.

Fue durante una consulta médica cuando un neurólogo advirtió señales que llevaron a realizar nuevas evaluaciones.

El diagnóstico fue devastador. El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que, con el tiempo, lleva a la muerte.

José Ignacio y Claudia en la actualidad sosteniendo a su nieto / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Según el sitio web del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos (HHS), esta enfermedad “destruye lentamente la memoria y la capacidad de pensar y, con el tiempo, la habilidad de llevar a cabo hasta las tareas más sencillas”. Asimismo, las “personas con Alzheimer también experimentan cambios en la conducta y la personalidad”.

Se calcula que más de 6 millones de personas que viven en los Estados Unidos, muchos de 65 años o más, tienen Alzheimer. De acuerdo a Mayo Clinic, el Alzheimer de aparición temprana afecta a 41 de cada 100.000 personas entre los 30 y los 64 años.

Esta enfermedad tiene un impacto en muchas más personas, como los familiares del paciente y principalmente quien asume el rol de cuidador, como es el caso de José Ignacio.

Cuidado a tiempo completo

El tratamiento de Claudia empezó al poco tiempo del diagnóstico. La enfermedad no tiene cura, pero el tratamiento ayuda a ralentizar su avance. Claudia recibe un tratamiento por infusión en el hospital cada dos semanas, o incluso con mayor frecuencia.

Durante los primeros años, el deterioro no fue tan evidente. Sin embargo, José Ignacio explica que en los últimos dos años la enfermedad se hizo mucho más perceptible, especialmente en la orientación y en la ejecución de tareas simples.

La memoria, explica, todavía conserva muchos recuerdos. Pero otras capacidades han comenzado a desaparecer y con ellas también ha cambiado la dinámica familiar. José Ignacio dejó su trabajo en el sector financiero y hoy se dedica a tiempo completo a cuidar a Claudia.

“El matrimonio es hacer feliz a tu esposa”

Para José Ignacio, sin embargo, hay algo que no ha cambiado: la presencia de Dios.

“Cuando tienes a Dios en medio, Dios habita en medio de los esposos cristianos y nunca los deja”, sostiene.

Por eso entiende el matrimonio no simplemente como una convivencia o como un sentimiento que permanece mientras las circunstancias son favorables.

“El matrimonio es hacer feliz a tu esposa y el papel de tu esposa es hacerte feliz. A tu esposa hay que dedicarte y decidirte a amarla diario, porque ese amor lo tienes que alimentar”, explica.

La enfermedad hizo todavía más evidente para él el sentido de una promesa. “Cuando te casas haces una promesa. Es una promesa, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”, recuerda.

La adversidad, dice, no es algo que los novios suelen imaginar cuando se casan, pero forma parte de la vida.

“La enfermedad llega. Lo último que piensas es en una enfermedad, pero la realidad en el matrimonio es que, la enfermedad en la que prometes estar, llega. Va a llegar de uno o del otro y tarde o temprano”.


“Dios no manda sufrimientos”

José Ignacio rechaza la idea de que Dios sea quien envía el sufrimiento.

“Dios no manda sufrimientos. Los sufrimientos pasan porque así es la vida. Todo lo contrario. Dios está contigo en el sufrimiento y no le gusta verte sufrir y llora contigo y te da la alegría y trata de darte la alegría de salir adelante y te da la fortaleza”, afirma.

Esa convicción es la que, según cuenta, le permite hacer cada día cosas que muchas veces siente que no podría realizar por sí mismo. Bañar a Claudia, vestirla, acompañarla y ayudarla en sus actividades cotidianas se han convertido en parte de su vida.

“Yo poder cuidar a Claudia solo, no puedo. Me gana el dolor. Sin embargo, Dios lo hace, no es mérito propio. Dios cuida de Claudia”, asegura.

Incluso hay momentos aparentemente pequeños que para él expresan la dignidad con la que quiere seguir tratando a su esposa: “Yo la maquillo porque tiene que salir con la dignidad de una reina. Y Dios es el que hace eso a través de mí”.

“Yo hacerlo solo no podría. Yo sin Dios no soy nada”, subraya.

José Ignacio, Claudia en el bautizo de su hijo, Federico Celis, el 26 de junio de 2024 / Foto: Cortesía - ACI Prensa

San José y una nueva forma de cuidar

Cuando comenzó la enfermedad, José Ignacio recurrió especialmente a San José.

“San José, ayúdame a cuidar de Claudia. ¿Cómo tú cuidarías de la Virgen si la Virgen tuviera Alzheimer? Igualito, idéntico. No me dejes fallar”, le pide siempre.

San José se convirtió así en un modelo de esposo y cuidador: un hombre llamado a proteger y servir sin protagonismo. Sin embargo, José Ignacio confiesa que no es nada fácil.

“No quiero mentirte al decirte que no me canso, que no hay ganas de correr, de salir corriendo, sería mentirte”, reconoce.

Amar incluso cuando la enfermedad cambia al otro

Uno de los aspectos más difíciles del Alzheimer es la pérdida progresiva de la reciprocidad que caracteriza la vida matrimonial.

“Yo sé que quizá ella por su misma enfermedad pues a veces no pueda tener esa reciprocidad que uno espera, pero yo la busco en pequeños gestos”, afirma.

Para José Ignacio, el amor no desaparece cuando el otro deja de poder responder de la misma manera. Al contrario, es entonces cuando la promesa matrimonial adquiere un significado nuevo.

“El amor auténtico tiene la nota de perennidad, de gastarse, de desgastarse y darse hasta donde ya no puedes dar... pero mientras vivas vas a poder dar”, sostiene.

José Ignacio también ha tenido que aprender a cuidarse para poder cuidar. Su rutina incluye acompañamiento profesional y espiritual durante la semana, además del apoyo de amigos y familiares.

Pero señala que hay una prioridad por encima de todas: “La primera, la espiritual. Si no tienes, si no te aferras a tu vida espiritual, a Dios, no puedes. Somos criaturas de Dios. Pues sin Dios somos la nada”.

Una familia que también aprende a vivir con el Alzheimer

La enfermedad de Claudia no afecta únicamente a José Ignacio. También ha cambiado la vida de sus tres hijos.

Una de sus hijas siente el dolor de haber perdido la posibilidad de contar con su madre como había imaginado para su propia familia. Su hijo se pregunta si su madre podrá estar presente en momentos importantes, como su graduación. Y la hija menor ha perdido a aquella madre con quien podía conversar y compartir sus preocupaciones.

La enfermedad les ha enseñado que la familia también necesita acompañarse y sostenerse mutuamente.

“El dolor me ha enseñado a luchar por ser feliz”

Entre las cosas que más conmueven a José Ignacio está la manera en que ahora mira a Claudia.

La enfermedad ha transformado su rostro y su manera de relacionarse con el mundo. Él habla de una especie de inocencia que percibe en ella.

Y entonces se hace una pregunta: “¿Cómo no te vas a enamorar cada día más de eso?”.

Su respuesta no está en negar el dolor, sino en descubrir que el amor puede adquirir nuevas formas. “El dolor me ha enseñado a luchar por ser feliz”, explica.

Pero lo hace también por Claudia. Cuando ella lo ve triste, él sabe que su tristeza también la afecta. Por eso, intenta luchar por la alegría.

José Ignacio suele decir que es un “consentido de Dios”. No porque su vida sea fácil, sino porque, a pesar del sufrimiento, reconoce haber recibido la fuerza para seguir amando.

“Porque cada día la amo más”, afirma.

Y en los momentos más difíciles, asegura sentir que no están solos.

“Yo sé que Dios llora conmigo y a veces siento que San José y la Virgen nos limpian las lágrimas”.

Una promesa que sigue viva

José Ignacio sabe que el Alzheimer de Claudia avanza, pero su mirada está puesta en algo que considera todavía más importante.

“Yo tengo que trabajar para ganarme el cielo. Ella no, yo sí. Entonces digo: ‘Dios mío, estoy cada vez más consciente de que mi trabajo aquí es ganarme el cielo’. Y al mismo tiempo, quiero estar con ella, recorriendo ese camino”.

Cada día que transcurre, José Ignacio decide amar. Decide permanecer. Decide cuidar. Decide volver a empezar. Porque, para él, el matrimonio no consiste en esperar que nunca llegue la cruz, sino en descubrir que, cuando llega, los esposos no tienen por qué cargarla solos.

“Es muy doloroso caminar ese Vía Crucis, pero qué alegría hacerlo con Dios a tu lado”.

Y esa es quizá la lección que quiere dejar a otros esposos: que el amor en el matrimonio no pierde su belleza cuando llegan los días aciagos. Al contrario, revela la profundidad de la promesa hecha un día ante Dios.

“El amor es una decisión”, repite José Ignacio.

Una invitación a acompañar a José Ignacio y Claudia

Quienes deseen acompañar a José Ignacio y Claudia en este camino pueden hacerlo con la oración y también a través de una ayuda económica. Tras dejar su trabajo para dedicarse al cuidado de su esposa, José Ignacio enfrenta junto a su familia los desafíos que implica el avance del Alzheimer de Claudia.

Campaña de ayuda:

🔗 https://www.gofundme.com/f/support-for-claudia-celis-alzheimers-care 

Papa León XIV en la Audiencia General, 9-9-2026: «Cada persona es pensada por Dios para la comunión con Él, los demás y la creación; su dignidad es un don del Señor como expresión de su amor que nunca falla»

* «La dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano es ‘unidad de cuerpo y alma’. La reducción del cuerpo a un ‘objeto’, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona: ‘No debe […] despreciar la vida corporal del hombre’, y es necesario «tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día», vigilando que este no ‘permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón’, puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la catequesis del Papa León XIV y la síntesis que ha hecho en nuestro idioma

* «El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última: aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la resurrección»

 


9 de septiembre de 2026.- (Camino Católico).-   “Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla”, ha afirmado al Papa León XIV en su catequesis de hoy, en la plaza de San Pedro, ante decenas de miles de fieles, al retomar la reflexión del Concilio Vaticano II sobre la dignidad de la persona humana, uno de los temas centrales de la Constitución Gaudium et spes. 


La Constitución reconoce que el esfuerzo de la humanidad por defender los derechos y la dignidad de cada persona constituye uno de los grandes logros de la historia. Sin embargo, advierte también que este camino no está terminado. Todavía existen situaciones y decisiones que desfiguran la dignidad humana y dificultan que sea reconocida en toda su profundidad.


“La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga en su identidad de criatura hecha ‘a imagen de Dios, capaz de conocer y amar a su Creador’, proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado ‘para gobernarla y usarla glorificando a Dios’”, ha explicado el Pontífice.

El Santo Padre ha recordado que la persona implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás: “Por lo tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio”. 

La dignidad se manifiesta de manera especial en tres capacidades que caracterizan a la persona: la inteligencia, la conciencia y la libertad. La inteligencia nos impulsa a buscar la verdad. La conciencia permite reconocer esa verdad y orientar la propia vida. Y la libertad nos hace capaces de decidir y, al mismo tiempo, responsables de nuestras decisiones: “Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad”, ha dicho León XIV. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles, 9 de septiembre de 2026


Ciclo de catequesis – Los documentos del Concilio Vaticano II IV. Constitución Pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 2. La dignidad humana: don y responsabilidad

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución conciliar Gaudium et spes (GS), al dedicar el primer capítulo a la dignidad de la persona humana, subraya que esta es fundamento y condición de aquellos «valores que hoy disfrutan la máxima consideración», pero que necesitan no perder la relación con «su fuente divina», para sustraerse a las posibles distorsiones debidas a la «la corrupción del corazón humano» (GS, 11).

El camino que ha permitido poner de relieve los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de la persona representa, ciertamente, una de las páginas más significativas de la historia humana. Sin embargo, dicho camino no ha terminado, y en su recorrido se deben afrontar las contradicciones, antiguas y nuevas, que impiden su plena realización.

La Iglesia ofrece con claridad su contribución, recordando que la dignidad humana brota del mismo ser de la persona. He tenido ocasión de reafirmarlo también en la reciente Encíclica Magnifica humanitas: «Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50).

La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga en su identidad de criatura hecha «“a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador», proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado «para gobernarlas y usarlas glorificando a Dios» (GS, 12).

En la fe podemos comprender el fundamento último de la dignidad de la persona, puesto que el Hijo, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22).

La persona implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.

Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando las numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su percepción y obstaculizan su realización. De hecho, por las decisiones en contra de su dignidad tomadas a lo largo de la historia, todavía existe hoy en el hombre una «división íntima» y «Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas». Sin embargo, esta condición frágil y limitada puede contemplarse con esperanza, pues «el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado.» (GS, 13).

La Constitución Gaudium et spes,  además, afirma que la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano es «unidad de cuerpo y alma». La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona: «No debe […] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario «tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día», vigilando que este no « permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón» (GS, 14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.

Por último, son tres las expresiones más significativas de la dignidad de la persona que la Gaudium et spes destaca: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a su propia vida (n. 16); y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones (n. 17).

Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad. El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última: aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la resurrección.

Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por medio de Cristo y en vistas a Él, hemos recibido una dignidad única e indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la fuerza del Evangelio.

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Para continuar con nuestras catequesis sobre la Constitución Gaudium et spes, hoy he querido hablar sobre la dignidad de la persona humana. El documento conciliar subraya que la misma nos viene de la divinidad, porque la identidad del ser humano es la de haber sido creado a “imagen y semejanza de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador (GS, 12). Más aún, la encarnación de Dios Hijo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22). Por ello, la persona humana exige relación, primero con Dios y después con los demás. En este sentido, el hombre es siempre un don que se comparte, que crece y madura al acoger a los otros, en la reciprocidad y en el servicio.

Las tres expresiones más significativas de la dignidad de la persona humana son: la inteligencia, que hace al hombre buscador insaciable de la verdad (cf. n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a la propia vida (cf. n. 16); y la libertad, que lo hace responsable de sus decisiones (cf. n. 17).

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a revalorizar y a promover, en ustedes mismos y en los demás, la dignidad única e indeleble que han recibido como seres creados a imagen de Dios y, más aún, al haber sido redimidos por Cristo. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

El Santo Padre ha dicho en otros idiomas:

Por último, dirijo mi pensamiento a los ancianos, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Ayer celebramos la fiesta litúrgica de la Natividad de la Santísima Virgen María; que su ejemplo e intercesión materna inspiren y acompañen sus vidas.

¡Mi bendición para todos!

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 9-9-2026