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lunes, 28 de septiembre de 2026

Papa León XIV en homilía en Metz, 28-9-2026: «Mientras somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, Jesús nos indica el camino que pasa a través del perdón, la misericordia y la magnanimidad»

* «La paz, que es don de Dios, exige una respuesta por parte de los hombres en un esfuerzo compartido. Por otro lado, más que una simple construcción de piedras, la casa es un lugar de presencia humana y de amor. En este sentido, la Palabra profética nos recuerda cómo, en un mundo marcado por el límite, la concordia sólo se construye en la caridad, que sabe compartir alegrías y dolores, animar y perdonar, sin cálculos ni límites, como en una familia» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Se necesita fuerza y gran equilibrio para no dejarse abrumar por el mal, sobre todo cuando las heridas sufridas son profundas. Pero, frente a la injusticia, el único camino de salvación para el hombre es el amor que se hace cargo del otro y que busca brindar confianza, independientemente de las circunstancias, incluso frente a los comportamientos más difíciles de aceptar (cf. Mt 5,42). Así, ley, justicia y paz son etapas de un camino de conversión que, siendo personal, se vuelve cada vez más comunitario, en favor de una civilización respetuosa del hombre y de su Creador» 


28 de septiembre de 2026.- (Camino Católico)  “Mientras que hoy, en el mundo, somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, a diversos niveles, Jesús nos enseña a transformar el desierto en un oasis, a cultivar jardines y construir casas. Nos indica el camino que pasa a través del perdón, la misericordia y la magnanimidad”, ha reflexionado el Papa León XIV en su homilía de la Santa Misa por la paz y la justicia, que ha celebrado esta tarde en la Catedral Saint-Étienne de Metz, ante 35.000 personas, entre los que estaban en el interior del templo y los que la han seguido por las pantallas en el exterior. Ha sido el último acto de su viaje apostólico por Francia que ha durado cuatro días.


El Papa León XIV ha encomendado al Señor el camino de la comunidad diocesana de Metz y el de toda Europa, evocando la historia de una región marcada por conflictos y divisiones, pero también convertida en símbolo de reconciliación y construcción de la paz.




Citando a san Agustín, ha presentado la paz como una comunión armoniosa en la que los hombres gozan de Dios y, en Él, unos de otros, y ha evocado asimismo la tranquillitas ordinis, la «tranquilidad del orden», como expresión de una paz en la que cada persona reconoce y respeta en el otro una dignidad y un papel únicos y sagrados.



En este contexto, León XIV recuerda que Europa ha sido construida a lo largo de los siglos sobre un patrimonio espiritual y moral anterior incluso a su desarrollo económico y político. Cita el discurso pronunciado por san Juan Pablo II en Santiago de Compostela en 1982 y destacó la aportación de hombres y mujeres que vivieron, predicaron y compartieron las enseñanzas del Evangelio. 



El Pontífice enumera también principios que, forman parte de ese legado moral: «la primacía de la persona y el carácter sagrado e inviolable de la vida humana», la libertad de los individuos, la importancia de la familia, la atención a los pobres y necesitados, la acogida del extranjero y el respeto a los ancianos. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A FRANCIA

25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026


SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Catedral de San Esteban (Metz)

Lunes, 28 de septiembre de 2026



Queridos hermanos y hermanas:


Estoy muy contento de presidir esta Eucaristía, durante la cual encomendamos al Señor el camino de la comunidad diocesana de Metz y el de toda Europa. En esta tierra histórica del río Mosela, que nunca ha dejado de ser una encrucijada de pueblos, y fue una frontera dolorosa en Europa, la promesa de Dios resuena hoy con una fuerza singular.


En la primera lectura (cf. Is 32,15-18), el profeta Isaías habla de la venida del Reino de Dios en términos de derecho, justicia y paz. Recurre a tres imágenes: el desierto, el jardín y la casa.


En el desierto, lugar de la sobriedad y del silencio, se instaura el derecho, es decir, la ley que ayuda al hombre a recorrer el camino del bien. Esta imagen austera nos recuerda la importancia de lo esencial y de la sencillez, que nos permiten atribuir el justo valor a las cosas, formándonos al mismo tiempo en la renuncia y el sacrificio.


La segunda imagen es la del jardín, donde reina la justicia. Si el desierto es el lugar de lo esencial, el jardín es el lugar de la belleza. Allí hay agua, las semillas se abren, despuntan los brotes y nacen las flores, cada una con su propia gracia particular. Este es el efecto de una vida recta, que permite a la persona realizarse plenamente, adhiriéndose libremente a los designios del Señor.


La tercera imagen es la de la casa, lugar de paz. Notamos que, si el desierto y el jardín son contextos en los que predomina la acción de Dios, que hace germinar y crecer, la construcción de una casa requiere, en cambio, una contribución más directa y más importante por parte del hombre, con el uso de fuerzas y competencias, a través de un esfuerzo común, una auténtica “obra en proceso”. Así la paz, que es don de Dios, exige una respuesta por parte de los hombres en un esfuerzo compartido. Por otro lado, más que una simple construcción de piedras, la casa es un lugar de presencia humana y de amor. En este sentido, la Palabra profética nos recuerda cómo, en un mundo marcado por el límite, la concordia sólo se construye en la caridad, que sabe compartir alegrías y dolores, animar y perdonar, sin cálculos ni límites, como en una familia.


También el Evangelio que acabamos de escuchar nos habla de esto (cf. Mt 5,38-48). Mientras que hoy, en el mundo, somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, a diversos niveles, Jesús nos enseña a transformar el desierto en un oasis, a cultivar jardines y construir casas. Nos indica el camino que pasa a través del perdón, la misericordia y la magnanimidad. «Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él» (Mt 5,39-41).


Estas palabras podrían parecerles a algunos un signo de debilidad, o quizá una rendición frente al mal; pero no es así en absoluto. Miremos dentro de nosotros, profundamente, y miremos a nuestro alrededor: ¿qué producen, en el mundo y en nosotros mismos, actitudes como la venganza, la represalia y el rechazo? ¿Y qué futuro para la humanidad dejan entrever las relaciones y los sistemas impregnados por las lógicas despiadadas que derivan de estas actitudes? Ustedes que son los hijos de esta tierra, lacerada en el pasado por conflictos fratricidas, saben bien que no es verdad que el que comete venganza es más fuerte que el que perdona. No es verdad que el que no cede es más fuerte que el que busca la reconciliación. No es verdad que el que se marcha azotando la puerta es más fuerte que el que afronta el esfuerzo de caminar juntos.    


Metz y el río Mosela testimonian al mundo entero que la reconciliación es posible sólo cuando se tiene la valentía de romper las cadenas del resentimiento. Se necesita fuerza y gran equilibrio para no dejarse abrumar por el mal, sobre todo cuando las heridas sufridas son profundas. Pero, frente a la injusticia, el único camino de salvación para el hombre es el amor que se hace cargo del otro y que busca brindar confianza, independientemente de las circunstancias, incluso frente a los comportamientos más difíciles de aceptar (cf. Mt 5,42). Así, ley, justicia y paz son etapas de un camino de conversión que, siendo personal, se vuelve cada vez más comunitario, en favor de una civilización respetuosa del hombre y de su Creador.


No es casual que san Agustín definiera la paz de la ciudad celeste como una comunión armoniosa, en la que los hombres gozan de Dios y, en Él, los unos de los otros (cf. S. Agustín, De civitate Dei, XIX, 13.1). Él habla también de la paz entre los hombres como del fruto de una tranquillitas ordinis, en la que cada uno reconoce y respeta en el otro una dignidad y un rol únicos y sagrados.   


Aquí en Metz, es bueno recordar que estos son precisamente los valores sobre la cual ha sido construida, a lo largo de los siglos, la Europa que conocemos, con su patrimonio espiritual y moral, aun antes que económico y político. Como a san Juan Pablo II le gustaba recordar con emoción (cf. Acto Europeo en Santiago De Compostela, 9 noviembre 1982), Europa hunde sus raíces en la vida y en la obra de hombres y mujeres que han vivido, predicado y compartido las enseñanzas del Evangelio. Lo atestiguan la gran contribución espiritual, cultural e incluso agrícola y artesanal que el monacato ha aportado a la historia del continente, además de la obra de santos como el gran Crodegango, incansable Pastor de esta comunidad que, precisamente aquí, en la Regla de los canónigos, dio una forma visible a la comunión eclesial.  


De allí se han transmitido los fundamentos morales del mundo en el que vivimos: principios como la primacía de la persona y el carácter sagrado e inviolable de la vida humana, en todas sus fases y en toda circunstancia; la tutela de la libertad de los individuos; la importancia esencial de la familia como fundamento de la sociedad; la atención a los pobres y a los más necesitados; la acogida del extranjero y el respeto a los ancianos.


Esta Iglesia local, que conserva el legado único de un diálogo fecundo entre sociedad civil y fe, en virtud de su estatus particular, tiene la responsabilidad de ser un taller viviente de esa fidelidad. Permanecer fieles a esos pilares no ha sido fácil, ni siquiera para aquellos que nos han precedido. Sin embargo, con coherencia y perseverancia, nuestros antepasados nos los han dejado en herencia como tesoros, para transmitirlos a su vez a las generaciones futuras, enriquecidos por nuestra experiencia, por el valor de nuestros esfuerzos y de nuestras historias.


La magnífica Catedral de esta ciudad, en la que nos encontramos, ilustra muy bien todo eso; conocida como Lanterne du Bon Dieu por sus 6.500 metros cuadrados de vidrieras historiadas. Pareciera que los constructores hayan querido reducir al mínimo las paredes, que sin embargo permanecen sólidas, para que la luz pudiera llegar en abundancia a los fieles. Quien entra allí se encuentra de ese modo inmerso en una riquísima biblia pauperum, fuente de oración y meditación, a través de reflejos de miles colores. Y en este lugar de luz, el esplendor de las vidrieras históricas se ha enriquecido recientemente por el genio de Marc Chagall. Las obras de este gran pintor judío, colocadas en los muros de la Catedral, transforman la “Linterna del Buen Dios” en un extraordinario símbolo ecuménico y de diálogo interreligioso. Esta Catedral nos dice que la luz del Señor no suprime la especificidad, sino que une historias y culturas diferentes en un único y maravilloso mosaico de paz, necesario en nuestra época, azotada por nuevas divisiones y nuevos conflictos. Contemplando estas vidrieras, aprendemos que el futuro de Europa no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz.


En esto hay un símbolo de nuestra identidad como Iglesia. También nosotros utilizamos estructuras, que sólo tienen sentido en la medida en que nos ayudan a llevar al mundo la luz del Evangelio. Sin estas vidrieras, las ventanas de la catedral de Saint-Étienne no serían más que espacios inundados de una luz enceguecedora. Con las vidrieras, se convierten en libros que nos reúnen para recordar historias maravillosas, llenas de heroísmo, de bondad, de misericordia, de amor y de belleza moral, de las que a su vez debemos ser testigos generosos y valientes.


Este es el deseo que comparto con ustedes, con gratitud y confianza, al finalizar mi viaje a Francia, para su comunidad de Metz, llamada hoy más que nunca a ser un faro de esperanza para este país, para Europa y para el mundo, encomendándola a las oraciones de la Virgen María y de sus santos patronos.


PAPA LEÓN XIV



Fotos: Vatican Media, 28-9-2026

Santa Misa por la paz y la justicia, presidida por el Papa León XIV, en la Catedral de San Esteban de Metz, 28-9-2026

Foto: Vatican Media, 28-9-2026


28 de septiembre de 2026.- (Camino Católico) El Papa León XIV ha presidido este 28 de septiembre la Santa Misa por la paz y la justicia en la Catedral Saint-Étienne de Metz, ante 35.000 personas, entre los que estaban en el interior del templo y los que la han seguido por las pantallas en el exterior. Ha sido el último acto de su viaje apostólico por Francia que ha durado cuatro días. En el vídeo de 13 TV se visualiza y escucha toda la celebración.



En su homilía el Pontífice ha subrayado que “mientras que hoy, en el mundo, somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, a diversos niveles, Jesús nos enseña a transformar el desierto en un oasis, a cultivar jardines y construir casas. Nos indica el camino que pasa a través del perdón, la misericordia y la magnanimidad”.

Lizzetta Escalante: «Me alejé de Dios, pero ante una operación en la que podía morir oré: ‘Señor, todavía no te conozco lo suficiente como para vivir una eternidad contigo, no me lleves aún, déjame conocerte’»


Lizzetta Escalante evangelizando en Youtube 

* «El médico nos dijo tras la operación: ‘¿Ven esa herida aquí, que está como quemada? Eso lo debía hacer yo. Cuando el ovario salió, ya estaba cerrado, por eso no te moriste. Yo no creo en Dios, pero debo admitir que este no fui yo» 

Camino Católico.-   Solo tenemos una cosa asegurada en la vida: la muerte. Es un tema del que muchas personas temen hablar, incluso entre católicos. Pero es importante conversar sobre ello para tener una buena preparación hasta el fin de nuestras vidas. "Le dijo Jesús: 'Yo soy la resurrección (y la vida). El que cree en mí, aunque muera, vivirá'" (Jn 11, 25).

Lizzetta Escalante, laica consagrada de votos privados, evangelizadora y dirigente del apostolado Ruah, cuenta la historia de su conversión a Yohana Rodríguez en Aleteia; un momento en el que estuvo cerca la muerte.

Lizzetta Escalante / Foto: Cortesía de Lizzeta Escalante

Conociendo a Cristo

A pesar de que le presentaron a Jesús desde la infancia, ella no sentía la cercanía de un Dios amoroso, por lo que su acercamiento a las enseñanzas de la Iglesia no fue más allá de la preparación a los sacramentos. Así que ella, al no encontrar ejemplo en las personas o pensar que la Iglesia era un negocio (porque le cobraron una Misa de difunto), decidió alejarse y atacar la religión.

Lizzetta Escalante / Foto: Cortesía de Lizzeta Escalante

Un día, su madre le insistió asistir a una adoración:

“Me obligó a ponerme de rodillas delante del Santísimo, con una frase que me mató; '¿cómo es posible que yo tenga una hija de carne, con un corazón de piedra?'” 

Ese comentario le afectó porque, aunque ella era muy altruista, se dio cuenta de que nada de lo que hacía era por Dios. Estaba en una etapa de “encontronazos con Dios; no entendía cuál era el sentido de creer en Él”.

Al poco tiempo se fue a Estados Unidos, en lo que discernía cuál iba a ser su profesión. Al estar allá, se dio cuenta de que sentía una soledad y vacío tremendo que la llevó a una crisis existencial. 

Cuando regresó a su hogar, se dio cuenta de que sus amigas habían cambiado porque meses antes habían vivido un retiro espiritual. Se sentía tan fuera de lugar que, cuando le ofrecieron irse de misiones, aceptó.

Fue a esas misiones solo por seguirles la corriente, pero esta experiencia marcó el inicio de su nueva vida. Se encontró con un Dios tan grande que le enseñó la pobreza espiritual en la que estaba viviendo. Fue un encuentro muy profundo. Quien la conocía antes no podía creer lo que presenciaba. Comenzó a asistir a Misa, a dirección espiritual y formación. “Fue una radicalidad que no vino de mí, definitivamente, pero yo no entendía nada, fue una gracia”, comenta.

Lizzetta Escalante orando en Youtube 

Un paso cerca de la muerte

Una noche del 2012, mientras estudiaba para sus exámenes de la universidad, sintió un fuerte dolor en la pared abdominal.

“Me doblaba del dolor y me dieron muchas ganas de ir al baño. Y escuché en mi conciencia, un mandato muy fuerte, que yo creo que fue mi ángel de la guarda; ahora que vayas al baño, despierta tu mamá y que te acompañe. 

La desperté y cuando entramos al baño, me desmayé. Ella me agarró, y si mi mamá no hubiera estado, nadie en mi casa se entera y me hubiera desangrado”.

Lizzetta tuvo una rotura de quiste ovárico que causó un fuerte sangrado. Al llegar al hospital, el doctor la revisó y le dijo que tenía una peritonitis y que debían operar de urgencia. Y aunque todo se veía alarmante, ella sintió una paz y fortaleza, proveniente del Espíritu Santo.

El doctor le aseguró que este era un procedimiento que había realizado en muchas ocasiones y Liz preguntó: “¿cuántas han salido vivas”. Él respondió “varias”. Fue ahí cuando a Liz le cayó el peso de la situación; podía fallecer. Mientras hacía efecto la anestesia, hizo esta oración:

“Señor, yo todavía no te conozco lo suficiente como para vivir una eternidad contigo, no me lleves aún, déjame conocerte. Te prometo que si me das otra oportunidad, te voy a conocer”.

Ella era consciente de que vería a Dios, y le daba alegría; pero al mismo tiempo, le daba vergüenza porque ella sabía que desperdició su vida al no conocerlo. 

Lizzetta Escalante / Foto Cortesía de Lizzeta Escalante

Dios le permitió salir con éxito de la cirugía, pero lo que más le sorprendió fue cuando el doctor les enseñó un bote que contenía el ovario, y les dijo:

“¿Ven esa herida aquí, que está como quemada? Eso lo debía hacer yo. Cuando el ovario salió, ya estaba cerrado, por eso no te moriste (...) Yo no creo en Dios, pero debo admitir que este no fui yo”.

Fue una gran impresión para Lizzetta. Una curación que no tenía explicación. Los meses siguientes estuvo en recuperación y, en cuanto sintió mejoría, se dedicó al apostolado. Trabajó con niños diagnosticados con cáncer que le enseñaron una gran sensibilidad y un nuevo pensamiento:

“Yo no sé cuándo me voy a morir y no vivo con miedo a la muerte. Señor, te quiero conocer a tal grado, que cuando estemos juntos, no haya necesidad ni siquiera de que me cuentes de ti”.

Su vida se convirtió en una constante oración. Si antes se esforzaba en su vida de fe, ahora era mucho más dedicada. Sentía un llamado de Dios, de conocerlo más, de fortalecer la relación. Experimentó cómo Dios hablaba a su corazón. 

Ver la muerte de forma cristiana

Ella vive con una visión de la muerte cristiana, en donde hay paz, confianza y abandono en Dios. Convence a su mamá y amigas de que hay que dejarlo todo en manos de Dios, pues Él decidirá en qué momento está planeado el encuentro; y, al mismo tiempo, les recuerda que es bueno que desde este momento se preparen, conscientemente, de lo que mostrará al Señor cuando llegue el juicio.

Lizzetta Escalante con un grupo ejerciendo su ministerio / Foto Cortesía de Lizzeta Escalante

“La muerte le da sentido a la vida cristiana. Un cristiano que no espera la muerte como algo anhelado, ¿a qué se está preparando? Esta vida es para disfrutar y prepararse, para morir”.

Liz mencionó que es importante hablar con Jesús, tener una comunicación directa a través de la oración. No podemos esperar escuchar a Dios si no somos capaces de tener un encuentro con Él en nuestra vida diaria. 

Pero también es necesario recibir formación sobre nuestra fe; esta debe ser una de nuestras prioridades, porque quien no se interesa en su religión, “se está perdiendo de su mapa de cómo ser fiel”. Y la fidelidad es la puerta a la plenitud; aunque no siempre es fácil seguir el camino de Cristo, es lo único que nos llenará. El cielo ya está aquí si te lo propones.

"Esa experiencia de estar delante de Él, y no llegar con las manos vacías, es lo que más me tiene ilusionada, y por eso, me he consagrado".

Weng Yirui, pianista atea china, llegó a la fe preguntándose por ese «Dios que muere» interpretando el ‘Gloria’ de Vivaldi: «El encuentro con Dios y la oración cambió mi vida, porque ahora ya no tengo miedo»


Weng Yirui, pianista atea china, que inició su camino de conversión interpretando el ‘Gloria’ de Vivaldi, pero fijándose en la letra y preguntando: “¿Qué historia es ésta? ¿Cómo puede Dios morir?”

* «Me encontré con muchas dificultades y sufría mucho estrés antes de los conciertos. Me aterrorizaba la idea de cometer errores y llegó un momento en que no pude soportarlo más. Un día, antes de un concierto, probé a rezar, recité un Ave María y dije: 'Tocaré este concierto por ti, protégeme'. Para mi asombro, toqué mejor y no me equivoqué en nada. A partir de ese día, empecé a rezar más a menudo. El padre Francesco me empujó a dejarme guiar por Dios y a seguir el camino trazado para mí. También me explicó que no todo es sencillo y que cada uno debe llevar su propia cruz a cuestas y seguir a Jesús»

Camino Católico.- "¿Cómo puede Dios morir?". Ésta es la historia de una pianista atea que empezó a hacerse preguntas por el Gloria de Vivaldi. Y de cómo, gracias a su amistad con un sacerdote, se convirtió y aprendió a perdonar. "Rezo para que los jóvenes de China puedan ver y seguir la verdad, y no a la sociedad", dice.

Leone Grotti ha hablado con Weng Yirui en el número de enero de 2025 de Tempi y lo traduce Verbum Caro en  Religión en Libertad:

La partitura y la cruz

"¿Qué historia es ésta?". La pregunta que Weng Yirui hizo a su profesor de música sacra en 2018, interrumpiendo de repente la interpretación al piano del Gloria de Antonio Vivaldi, no es exactamente el tipo de pregunta que se suele escuchar en el Conservatorio de Milán. Los alumnos suelen omitir el texto y centrarse en la partitura o en la técnica. Pero Yirui no sabía lo que era una misa y mucho menos un "cordero de Dios" y, cuanto más intentaba el profesor, asombrado, resumir con pocas palabras la historia de Jesús, la más conocida del mundo, que hoy en Occidente casi damos por sentada, más insistía la joven china con sus preguntas.

El 'Gloria' de Vivaldi, con su mención al 'Agnus Dei, Filius Patri [Cordero de Dios, Hijo del Padre]', despertó la inquietud de Yirui.

"¿Cómo puede Dios morir?", preguntaba sorprendida sin prestar atención a la incredulidad de su interlocutor. "¿Y por qué deberíamos celebrar su muerte?". Yirui se había trasladado a Italia, patria de la ópera, desde la lejana Hangzhou, a más de 9.000 kilómetros hacia el este, en China, por amor a la música. Y no podía imaginar que el origen de aquellas melodías que tanto la habían fascinado era mucho más profundo que la mera creatividad del artista.

"Antes de llegar a Italia en 2016, con 22 años, nunca había visto una iglesia", cuenta Yirui a Tempi, recibiéndonos en el estudio de su casa de Milán, mientras desde la habitación contigua un majestuoso gato de suave pelaje gris produce una sinfonía de fondo paseando perezosamente sobre el teclado del piano.

Weng Yirui, al piano: descubrió la fe haciéndose preguntas sobre la música sacra que tocaba / Foto: Tempi

Bautizarse en Milán

Todo en casa de Yirui habla de música: los libros de texto del Conservatorio ordenados en las estanterías de la librería, las partituras sobre las mesas y las sillas, los carteles de La Traviata de Giuseppe Verdi o Las bodas de Fígaro de Wolfgang Amadeus Mozart colgados de las paredes.

Y entre ellos, destacan una copia del icono ortodoxo más famoso del mundo, la Theotokos de Vladimir, una de la Virgen de Sheshan, la más conocida de toda China y una del Crucifijo de San Damián, el que según la tradición, en 1205 habló así al poverello de Asís: "Francisco, ve y repara mi casa, que, como ves, está toda en ruinas".

La Virgen de Vladimir, la Virgen de Sheshan y el Crucifijo de San Damiano

Hay una iglesia en su ciudad natal, pero Yirui, nacida el 8 de agosto de 1994 en Hangzhou y "renacida" con el nombre de Eleonora el día de su bautismo en Milán, el 8 de abril de 2023, nunca había reparado en ella. Sus padres, ateos, siempre le habían enseñado a creer sólo en sí misma y en el trabajo duro. La madre es profesora de Física en un instituto, su padre de Psicología; la única filosofía permitida en casa siempre ha sido la utilitarista. "Ellos nunca han creído en nada. Mi padre, además, es miembro del Partido Comunista chino": por tanto, seguía el ateísmo también por contrato. Sólo en Nochevieja la familia Weng iba al templo budista a "quemar unas velas de incienso", más por tradición que por otra cosa.

"No hagas preguntas inútiles"

En realidad, Yirui tenía muchas preguntas, pero su madre siempre las cortaba de raíz. "Un día llegué de la escuela y le pregunté de dónde venimos y adónde vamos después de la muerte", cuenta la pianista. "Mi madre se sentó a la mesa, abrió su libro de física y me explicó el origen científico-material del mundo. Luego lo cerró y me dijo: 'No hagas más preguntas inútiles'".

No pudiendo expresarse con palabras ("en China no hay mucha libertad entre padres e hijos"), Yirui aprendió a hablar a través de la música. La chispa de la pasión prendió en ella a una edad muy temprana. "En Hangzhou, vivíamos en el campus de la escuela donde mis padres enseñaban. Después de las clases, a menudo me dejaban tocar en las aulas. Un día vi un piano y empecé a tocar las teclas por diversión. Me gustaba el sonido. Mi padre me vio y me preguntó si quería aprender. Le dije que sí y desde entonces no he parado".

A través de la música, Yirui pudo expresar esas emociones que siempre había tenido que reprimir en casa. Sentada frente al piano, le resultaba fácil hacer lo que parecía imposible en su escritorio: concentrarse. "Cuando toco, el tiempo parece detenerse y es cuando me siento realmente cómoda. Para mí la música es muy importante, es el instrumento para hablar de mí misma. Por eso también me he acostumbrado a captar todos sus matices".

Como la belleza de la armonía en Johann Sebastian Bach, algo "increíble que nunca había percibido en otras composiciones". Su profesor en China "se centraba sólo en la técnica, para él era suficiente que yo supiera interpretarlo perfectamente de principio a fin. Pero parecía haber algo más en aquella música, aunque yo no entendiera el qué. Hoy sé que sin Dios esos motivos nunca habrían existido, pero en China ni siquiera se mencionaba el tema".

El 'Gloria' de la 'Misa en Si menor' de Juan Sebastián Bach

A veces alegre, a veces triste

Yirui conoció el cristianismo en 2016, cuando decidió trasladarse a Italia. Graduada por la Universidad Normal de Hangzhou, se especializó en didáctica, piano y canto. "No me gusta ser solista, me gusta colaborar con los demás", continúa, ajustándose un mechón de su larga melena castaña. "Por eso decidí ejercer de acompañante de coro, para ayudar a los cantantes". La patria de Giuseppe Verdi era el lugar ideal para cultivar su pasión y convertirla en profesión y justo buscando información en internet sobre el Belpaese, Yirou se topó por primera vez con un término desconocido: "Italia es un país 'católico'".

Tras trasladarse a Milán para estudiar el idioma, pronto se dio cuenta de lo que significaba el término. "Uno de los primeros lugares que nuestro profesor de italiano nos llevó a visitar fue el Duomo y me quedé boquiabierta: nunca había visto nada tan bonito e inmediatamente me pregunté por qué se había construido un edificio tan magnífico". Luego, paseando por el centro, se dio cuenta de que "había una iglesia casi en cada esquina" y una vez entró en una: "Me sorprendió el silencio. Vi a esa gente, sentada en los bancos, o de pie, sin hablar. Me pregunté qué estarían haciendo. Luego me di cuenta de que todos miraban el crucifijo y no comprendía por qué".

Esas preguntas latían en su interior como brasas humeantes bajo las cenizas y se despertaron en 2018, en su segundo año en el Conservatorio de Música de Milán, cuando empezó un curso de música sacra. El profesor, ateo, no podía responder a sus preguntas y ella se dio cuenta de que si quería entender esa música "espléndida, a veces alegre y a veces triste", tenía que comprender la cultura italiana y "profundizar en la religión católica". La oportunidad llegó en 2020. "Después de graduarme, empecé a trabajar en el Conservatorio de Novara. Un compañero me llevaba a la ciudad piamontesa. Era católico e iba a misa todas las mañanas. Yo le esperaba en la puerta de la iglesia y después me subía al coche con él".

La desventaja de ser bueno

Durante el trayecto, Yirui encontró respuestas a muchas de las preguntas que se planteaba, pero no a todas, principalmente por la barrera del idioma. Así que su compañero buscó un sacerdote chino que pudiera ayudarla a entender y la confió al padre Francesco Zhao, responsable de la comunidad católica china de Milán. "Me preguntó si creía en algo y le dije que sí, aunque no sabía en qué. Don Francesco nunca intentó convertirme y al principio no tenía intención de hacerlo. Sin embargo, empecé a ir a verle una vez a la semana: el primer año estudié con él el Antiguo Testamento y el segundo, el Evangelio".

Yendo a ver al padre Francesco, Yirui también conoció a la comunidad católica china de Milán y quedó profundamente impresionada. "Aquellas personas ni siquiera me conocían, y sin embargo me querían como si fueran mi familia. Les miraba y no dejaba de preguntarme por qué". Durante un viaje a Asís en 2021 con el padre Francesco, intrigada, pidió al sacerdote por primera vez que le enseñara a rezar. "Quería comprender lo que la gente hacía en la iglesia. Me habían dicho que se podía hablar con Dios y tenía muchas preguntas que hacerle. La oración cambió literalmente mi vida".

Empezando por el trabajo. "Empecé a trabajar muy pronto como profesora de canto y acompañante de piano", explica Yirui. "Me encontré con muchas dificultades y sufría mucho estrés antes de los conciertos. Me aterrorizaba la idea de cometer errores y llegó un momento en que no pude soportarlo más. Un día, antes de un concierto, probé a rezar, recité un Ave María y dije: 'Tocaré este concierto por ti, protégeme'. Para mi asombro, toqué mejor y no me equivoqué en nada. A partir de ese día, empecé a rezar más a menudo".

A finales de 2022, Yirui se dio cuenta de que quería ser parte de la Iglesia católica y empezó el catecismo con el padre Francesco. Fue un viaje apasionante y a la vez agotador: "No fue fácil entender por qué Jesús enseña a perdonar, no es lo que aprendí en China. Si alguien me hace daño, pensaba, ¿por qué debería perdonarle? Si hago el mal, ¿cómo puedo perdonarme a mí mismo? Mis padres me educaron a protegerme, defenderme y a no ser demasiado buena porque la gente se aprovecha de los buenos. En cambio, la Iglesia considera que el que perdona es fuerte y valiente. Mi madre siempre me decía que no podía permitirme cometer errores, que tenía que ser perfecta y siempre tenía miedo a fracasar. El encuentro con Dios cambió realmente mi vida, porque ahora ya no tengo miedo".

La misa en Hangzhou

Es como si Yirui hubiese tenido que empezar de cero: "En China, a los niños se les enseña a tomar las riendas de sus propias vidas y a controlar su propio futuro. El padre Francesco, en cambio, me empujó a dejarme guiar por Dios y a seguir el camino trazado para mí. También me explicó que no todo es sencillo y que cada uno debe llevar su propia cruz a cuestas y seguir a Jesús".

Yirui pensó que era una metáfora, que el bautismo borraría el mal de su vida, que Dios la protegería y que todo sería de color de rosa a partir de entonces. Evidentemente, no fue así. De hecho, después del bautismo, el compañero que había desempeñado un papel tan importante en su descubrimiento de la fe y que se había convertido en su jefe "empezó a comportarse de forma extraña, utilizaba su influencia sobre mí de forma equivocada, me controlaba". Yirui, para quien en aquel momento el trabajo lo representaba "todo", se vio obligada a renunciar a su empleo para escapar de su influencia, a pesar de que acababa de obtener un contrato indefinido.

A partir de febrero, durante tres meses, estuvo en casa sin trabajo, y atravesó una época de crisis, "no quería ver a nadie". No entendía cómo el hombre que le había ayudado a descubrir a Dios podía comportarse así. Entonces un periodista del Opus Dei le pidió una entrevista para contar su historia "y me vi obligada a mirar atrás y reconsiderar todo lo que me había pasado desde el principio. Me sentí conmovida por todo el bien que había recibido y fui capaz de perdonar". "Me di cuenta", continúa la pianista, "de que Dios no borra el mal, sino que te da la fuerza para afrontarlo".

La catedral de la Inmaculada Concepción de Hangzhou, la única iglesia católica abierta en una ciudad de once millones de habitantes situada al suroeste de Shanghai, donde el número de católicos puede estar en torno a 65.000 / Foto: Wikipedia

Ahora, cuando vuelve a casa, Yirui visita la iglesia de Hangzhou, que, sin embargo, "siempre está cerrada, excepto para la misa de las 6 de la mañana entre semana y algunos servicios los domingos". También habla con los jóvenes que acuden a la parroquia. El edificio está bien conservado, pero la frase pronunciada por el Crucifijo de San Damián a San Francisco bien podría referirse a la Iglesia de China. "Los chicos me preguntaron qué hacen los católicos en Italia, se ve que les gustaría tener una relación, pero no es posible", reflexiona la pianista. También necesitarían un padre Francesco Zhao, pero no lo tienen, están solos. Cambiar las cosas sin un guía es difícil: "En China impera el materialismo, pero hay un gran deseo espiritual. Los jóvenes se dan cuenta de que los valores que propone la sociedad no son los reales, pero no saben dónde encontrar el coraje para cambiar las cosas. Realmente rezo para que puedan ver y seguir la verdad, no a la sociedad. Pero para transmitir algo a los demás, primero hay que vivirlo".

Hablar de religión en China

Se aplica en China, como en Italia. "Hablé de la fe a mis padres y ellos, al verme feliz, me apoyaron, como hicieron con la música", concluye Yirui, reclamada ahora por los alumnos chinos a los que enseña canto y que la esperan a la puerta del estudio. "Después de mi bautismo, vinieron a visitarme a Italia y quedaron muy impresionados por la comunidad católica. Mi padre incluso empezó a santiguarse". Cada cosa, sin embargo, a su tiempo. "Mis padres aún trabajan en la escuela pública, en China, así que no es prudente hablar demasiado de religión en WeChat, los teléfonos podrían estar pinchados", reconoce. "El año que viene, sin embargo, se jubilarán y les invitaré a volver a Italia".

Quién sabe, quizá también surja una pregunta en sus corazones, como una melodía irresistible.

Traducido por Verbum Caro