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jueves, 8 de octubre de 2026

Jim Murphy tuvo una experiencia mística que lo transformó, caminó 6.300 km con una cruz evangelizando y vuelve a Madrid a predicar: «Veía a Jesús en la Cruz y me dijo: ‘Pasé esto para ser parte de tu vida’»

Jim Murphy lleva desde 1969 hablando del amor de Cristo y de su Cruz

* «Era de noche. Yo estaba en mi habitación, con la puerta cerrada, y lloraba, porque no veía qué sentido tenía la vida. Entonces sentí una presencia, real. Supe que alguien estaba allí, conmigo. Era una presencia de gran poder y de gran amor. No vi luces, no hubo sonidos, pero en mi interior sentí paz y amor. Supe que era Jesús. Tuve la sensación de que Dios me estaba ofreciendo su ayuda para mi vida. Y tuve una visión, muy clara. Era como ver un vídeo. Jesús estaba vivo en la Cruz, sufría de forma horrible, yo veía la sangre y las heridas, era terrible… Tiempo después, Sentí que Dios me decía que hay muchos tesoros que rescatar, que no están bajo el mar sino en los corazones de la gente»

 

Vídeo del testimonio de Jim Murphy en 2012 en Madrid predicando a los carismáticos

Camino Católico.-  Una noche de Pascua de 1969 cambió para siempre la vida de Jim Murphy. Tenía 17 años, estaba solo en su habitación y lloraba porque no encontraba sentido a su existencia. Entonces, según ha relatado él mismo, sintió una presencia llena de poder y amor y tuvo una visión de Jesucristo crucificado. «Era como ver un vídeo. Veía a Jesús en la Cruz. Estaba vivo en la Cruz, sufría de forma horrible», recordó en 2012 predicando en Madrid y en una entrevista con Religión en Libertad. 

Aquella experiencia le hizo comprender el cristianismo de una manera completamente nueva: Cristo no quería simplemente que cumpliera unas prácticas religiosas, sino entrar verdaderamente en su vida. «Entendí que ser cristiano no es hacer cosas», explicaba Murphy. Desde aquel momento comenzó un camino que le ha llevado a dedicar 57 años de su vida a la evangelización.


Ahora, más de medio siglo después de aquella experiencia, Jim Murphy regresará a Madrid los próximos 17 y 18 de octubre para predicar el Encuentro Nacional de grupos de oración de la Renovación Carismática Católica en el Espíritu (RCCeE). El encuentro se celebrará en el Colegio Nuestra Señora del Recuerdo, en Madrid, y tendrá como lema «Vive en mí», inspirado en el capítulo 6 del Evangelio de San Juan.


Jim Murphy nació en 1952 en una familia católica en Detroit, Michigan. Estudió en un colegio católico, y con sus dos hermanos acompañaba a sus padres a misa cada domingo. En casa, solían rezar juntos por la noche. Como es común, a los 16 años empezó a cuestionarse su relación con la fe. "¿Creo en esto por mí mismo?", se preguntaba. Y ¿qué sentido tenía vivir? ¿Para qué? Inició una búsqueda y "pronto me di cuenta de que buscaba algo que el mundo no podía darme". Pero eso no era ningún consuelo.

Jim Murphy predicando en 2024

Una experiencia mística en la noche

Y en la noche de Pascua de 1969, con 17 años, Jim tuvo una experiencia mística que cambió su vida para siempre.

"Era de noche. Yo estaba en mi habitación, con la puerta cerrada, y lloraba, porque no veía qué sentido tenía la vida. Entonces sentí una presencia, real. Supe que alguien estaba allí, conmigo. Era una presencia de gran poder y de gran amor. No vi luces, no hubo sonidos, pero en mi interior sentí paz y amor."

"Y entonces noté en mi corazón una voz que me hablaba. No era una imagen o una sensación. Eran palabras. Era un mensaje con palabras, muy claras, precisas. Me decían: "Has intentado encontrar la forma de ser feliz, pleno. Siempre tú, tú, tú. Nunca me dejaste ser parte de tu vida".

"Supe que era Jesús. Tuve la sensación de que Dios me estaba ofreciendo su ayuda para mi vida. Y tuve una visión, muy clara. Era como ver un vídeo. Veía a Jesús en la Cruz. Estaba vivo en la Cruz, sufría de forma horrible, yo veía la sangre y las heridas, era terrible. Y me dijo: "cuando pasé por esto, no pensaba que tu respuesta sería, simplemente, ir a misa o ayudar en la parroquia. No pasé esto sólo para que vayas a misa. Pasé esto para que seamos amigos y para ser parte de tu vida".

"Y toda mi comprensión de lo que era ser cristiano cambió. Entendí que ser cristiano no es hacer cosas. Entendí que es una actitud. Que Jesús quería más. Sí, claro que es bueno ir a misa. Él no estaba criticando la misa o la Iglesia: me estaba reclamando a mí."

Predicador desde los 17 años

Jim pudo hablar de su experiencia con su hermana, dos años mayor que él. "Ella había tenido una experiencia de conversión en la Renovación Carismática, que acababa de nacer en 1967 y se extendía por Michigan, y me la había contado, pero yo no entendí nada de lo que me contaba ella ni le presté ninguna atención. Hasta que me pasó a mí", explica Murphy. A través de su hermana, empezó a tratar con grupos carismáticos. Ese mismo año, invitaron a Jim a dar una charla en la parroquia, a cinco adolescentes. Desde entonces, no ha dejado de predicar.

Jim Murphy en un retiro en 2018

Durante mucho tiempo intentó compaginar su llamado a la predicación y evangelización con sus otras pasiones. "Mi padre era capitán de barco. Yo quería dedicarme a rescatar tesoros submarinos, hacer arqueología... ¡Conocí España leyendo de sus galeones! Yo tenía barco para practicar". Se sacó un título de graduado social, pero trabajó en mil cosas asombrosas: prospecciones en Alaska, investigación arqueológica en Hispanoamérica, guitarrista en una banda, conductor de camión, conductor de barco en viajes charter, trabajó en una tienda de verduras... y una vez fue guardaspaldas de la Madre Teresa de Calcuta. Y sin dejar de predicar.

Pero llegó un momento en que decidió dedicarse al Evangelio a tiempo completo. "Sentí que Dios me decía que hay muchos tesoros que rescatar, que no están bajo el mar sino en los corazones de la gente", explica.

Cruzando EEUU a pie con la cruz

En 1992, con 40 años, después de leer una carta de la Conferencia Episcopal de EEUU titulada "Herencia y esperanza", Jim tomó una cruz de madera de 1,8 metros y se puso a caminar por Estados Unidos, de Florida a California, viviendo de la Providencia y la caridad, y durmiendo en cualquier sitio. "A menudo venía gente a pedirme que rezara por ellos, por sus parientes enfermos, etc...", explica. "El hombre que camina con la cruz", titulaba la prensa. Caminó 6.300 kilómetros: el equivalente a 8 veces el Camino de Santiago desde Roncesvalles. Le costó 18 meses y gastó 14 pares de zapatos.

Jim Murphy peregrinando con su cruz cuando tenía 40 años

Poco después de acabar su gran viaje evangelizador, con 42 años, se casó. "Tenemos un hijo de 30 años, y vivimos de la providencia de Dios. Yo voy a donde me invitan a predicar y predico. Si me pagan, ¡gloria a Dios!, puedo pagar mis facturas. Pero no siempre me pagan. Mi mujer, Susan, lleva la casa y atiende a nuestro hijo. Yo viajo mucho. Yo ya se lo dije: mira, Susan, mi vida es así, este soy yo, y ella dijo, OK, quiero sumarme. A veces ha sido duro, claro, pero ya lo sabíamos".

Perspectiva para evangelizar

Jim cumple 74 años este viernes 9 de octubre y 57 años de experiencia como predicador itinerante. Fue presidente durante un tiempo de la Renovación Carismática Católica en EEUU (que implica a unos 9 millones de personas), presidente de una asociación ecuménica de evangelización de jóvenes y posteriormente llegó a presidir el ICCRS, el antiguo organismo internacional de servicio de la Renovación Carismática.

Madrid, además, no le resulta desconocida. Ya participó en 2012 en la asamblea anual de la RCCeE celebrada precisamente en el Colegio del Recuerdo.

Entonces explicó a algunas de las convicciones que han marcado sus décadas como evangelizador.

Una de ellas es que la evangelización no depende fundamentalmente de técnicas o programas. Hay que «dejar espacio al Espíritu Santo, dejar que Jesús actúe, confiar en Él más que en el método, por bueno que sea».

Murphy insiste también en la necesidad de establecer una relación personal con quienes están alejados de la fe. Los encuentros, retiros y actividades son útiles, pero considera que sin esa conexión personal resulta difícil llegar a quienes todavía están lejos de la Iglesia.

Catorce años después de aquella visita, Jim Murphy vuelve al mismo lugar de Madrid para dirigirse a los grupos y comunidades de la Renovación Carismática de toda España. Será los días 17 y 18 de octubre, bajo un lema que resume precisamente buena parte de la experiencia que transformó su propia vida cuando tenía 17 años: «Vive en mí».

Lazar Kovacs, profesor, alejado de la fe, investigaba del budismo y al hacerlo de Jesús «estaba sentado y Dios estaba allí, conmigo, me escuchaba, se sentó en mi regazo»

 Lázár Kovacs, intelectual y estudioso cinematográfico, cuenta la experiencia mística que le ató a Dios

* «Diría que Dios se hartó de mis extravíos, mis luchas, mi egoísmo, y decidió tirar de la manta, sacarme de esa cosa oscura y apestosa en la que estaba. Creo que dos minutos de felicidad con Dios pueden dar luz a los años de oscuridad que tuve que sufrir, la que yo mismo me preparé, y a otros a mi alrededor. Él es mi Padre en el Cielo, sabe lo que necesito, me alimenta y me sostiene. Es bueno ser hijo de un Padre así. No podría pedir más. Su misericordia con nosotros es increíble.  Tenemos que darle la oportunidad de que esté presente en nuestras vidas»

Camino Católico.-  Lazar Kovacs Akos es un respetado intelectual húngaro y profesor universitario. Es un estudioso del cine y, actualmente, un católico de fe firme. Ha sido presidente de la Asociación Cinematográfica Católica Húngara, es miembro de Signis (la Asociación Mundial de Comunicación Católica), habla inglés y alemán (estudió en Oxford y en Austria), además de su húngaro natal, y tiene titulaciones universitarias de filosofía, teología y cinematografía.No siempre fue católico. Hubo un tiempo que estuvo muy alejado de la fe, investigando en la espiritualidad oriental, en el budismo, en filosofías herméticas o vitalistas... Era intelectual, se hacía preguntas, buscaba.

Hoy, como católico, no renuncia al conocimiento, la razón o el intelecto, pero considera que la fe es más fuerte y transformadora.

"No sé si Dios me ama, pero creo que Dios me ama. La fe es más fuerte que el saber. Yo antes pensaba que el saber era lo más importante, pero la fe es más importante", explica en un testimonio que graba en vídeo para el Congreso Internacional Eucarístico de Budapest y que sintetiza y traduce P.J.Ginés en Religión en Libertad.

"La fe puede mover montañas, acallar mares, levantar a los muertos", añade.

Una búsqueda espiritual: orientalismo, eclecticismo...

Explica cómo llegó a él la certeza de la fe.

"Yo estaba leyendo El Señor, de Romano Guardini. Estaba investigando sobre Jesús, después de un largo viaje [intelectual] sobre el budismo, las obras de Béla Hamvas, de todo..."

La mención a Béla Hamvas dice mucho de la amplitud investigadora de Lazar Kovacs.

Béla Hamvas (1897–1968) fue un filósofo y escritor inagotable, vitalista y ecléctico, interesado por tradiciones herméticas como las de René Guénon, el misticismo europeo y el pensamiento oriental.

Tenía una librería hasta que en 1948 el nuevo régimen comunista se la quitó y le prohibió publicar cualquier cosa. Pero no dejó de escribir y a veces de publicar anónimos.

Obrero eléctrico en esta nueva etapa, Béla Hamvas continuó traduciendo del sánscrito, hebreo, griego e investigar -siempre autodidacta- sobre cábala, zen y sufismo. Esas fueron las confusas aguas espirituales donde Lazar inició su investigación.

Un libro de Guardini para meditar sobre Jesús

Cuando Lazar decidió centrarse en explorar la figura de Jesús, acudió a un libro muy especial. El Señor, de Romano Guardini, lo escribió este sacerdote alemán (de familia italiana) a raíz de su experiencia con jóvenes católicos inquietos en las universidades alemanas de los años 20 del siglo XX.

Lo publicó en 1937. Consiste sobre todo en meditaciones sobre aspectos de la vida de Jesús. Se suele leer "en sorbos", en fragmentos, un capítulo al día, mientras se medita lo que dice.

Experiencia mística, solo en la biblioteca

"Yo estaba sentado, solo, en la Biblioteca Széchenyi, cuando de repente quedó claro que Dios estaba allí, conmigo", describe Lazar su experiencia mística, cuando tenía el libro en las manos.

"Él me escuchaba, Él no estaba muerto y yo no estaba solo. En esta soledad total y absoluta, Él se sentó en mi regazo. O hizo que yo me sentara en su regazo. Y estallé en lágrimas. Fue el momento más feliz de mi vida, supongo", explica este intelectual.

"Diría que Dios se hartó de mis extravíos, mis luchas, mi egoísmo, y decidió tirar de la manta, sacarme de esa cosa oscura y apestosa en la que estaba", añade.

"Creo que dos minutos de felicidad [con Dios] pueden dar luz a los años de oscuridad que tuve que sufrir, la que yo mismo me preparé, y a otros a mi alrededor".

Se abre este mundo... y el que vendrá

Tener fe no le cerró la mente ni la visión, sino al contrario. "Creo que nunca el mundo estuvo tan abierto para mí como ahora. Y espero que se abrirá y ampliará aún más cuando yo muera. No tengo miedo de morir", afirma.

Se queda un momento pensativo, y se emociona sin palabras, como pensando en las cosas hermosas que piensa encontrar o reencontrar en el Cielo.

Mientras tanto, en la tierra, se siente cuidado por Dios. "Él es mi Padre en el Cielo, sabe lo que necesito, me alimenta y me sostiene. Es bueno ser hijo de un Padre así. No podría pedir más. Su misericordia con nosotros es increíble", asegura.

Y finaliza con una exhortación: "Este es mi mensaje, seamos misericordiosos unos con otros y con Dios, incluso si Él parece estar escondido. Tenemos que darle la oportunidad de que esté presente en nuestras vidas".

Lázár cuenta su testimonio en húngaro en el vídeo, con subtítulos en inglés

Francisco Javier Soriano era rebelde, se escapó de casa a los 17 años, iba con malas compañías, drogas y hoy es sacerdote: «Dios lo tenía planeado; no imaginaba su misericordia y su paciencia para esperar»

Francisco Javier Soriano, a la izquierda, vivió una adolescencia de rebeldía, escapando de casa. con malas compañías y drogas, pero Dios lo rescató y es el primer sacerdote español de los Misioneros de la Caridad, fundados por Santa Teresa de Calcuta

* «Estar con los niños de la calle me hizo un hermano más de ellos; ahí ya estaba Dios verdaderamente trabajando en mí… El Espíritu Santo me puso algo en el corazón. Me puse a mirar en internet porque no sabía qué hacer con mi vida; escribí 'órdenes misioneras' y la primera en la que hice clic fue Misioneros de la Caridad. Si te digo la verdad, yo a la Madre Teresa de Calcuta la confundía con Teresa de Ávila. Me encontré con el Señor a través de la espiritualidad de Madre Teresa, que no la conocía, pero fue como hecha para mí de alguna manera»

Camino Católico.-  Hay vidas en las que la vocación parece asomar desde la propia pila bautismal. San Francisco Javier, antes de convertirse en el gran patrón de las misiones y cruzar océanos por Cristo, fue un joven noble, orgulloso, apasionado y con ganas de devorarse el mundo.

Siglos después, otro español bautizado con su mismo nombre, Francisco Javier Soriano, ha recorrido un trazado que guarda un sorprendente paralelismo. En cierta forma, su nombre auguraba a un personaje inquieto, rebelde y sin miedo a la aventura; lo que pocos preveían es que, tras un convulso historial de huidas, noches sin rumbo y descarriamiento, este valenciano acabaría convirtiéndose en el primer sacerdote español de los Padres Misioneros de la Caridad, la rama sacerdotal masculina fundada por la Santa Teresa de Calcuta.



Javier descubrió de manera providencial a su congregación a través de internet tras una inesperada visita de su padre

La rebeldía y el orgullo de irse a los 17 años

Criado en Valencia, en el seno de una familia numerosa de seis hermanos cuyos padres son miembros del Opus Dei, la adolescencia de Francisco Javier tomó un rumbo inesperado. «Tuve una adolescencia bastante rebelde y loca en Valencia», reconoce en conversación con María Rabell García en El Debate con absoluta franqueza. Las malas compañías, las drogas y una relación sentimental desafortunada comenzaron a alejarlo de sus raíces.

La tensión en el hogar llegó a un punto de quiebre cuando su padre decidió marcar un límite definitivo. «Mi padre me había amenazado con que a los 18 se acababa su responsabilidad de cuidarme, y lo escribió ahí en la nevera para que lo viéramos». Movido por el orgullo tras una discusión en casa, Javier decidió no esperar a cumplir la mayoría de edad: «Así, por orgullo, dije: 'Pues me voy'. A los 17 años me fui de casa». Jamás volvería a residir en el domicilio familiar. Comenzó entonces un periplo de supervivencia alojándose donde podía: en casa de la abuela de su novia, con amigos y en etapas cortas al borde de la intemperie.

El primer exilio en México

Desesperados por rescatarle de la espiral en la que se había metido, sus padres agotaron vías de ayuda en España e intentaron enviarlo fuera para alejarlo de malas influencias. Javier, que desde niño sentía un «ansia de irse lejos y de buscar», aceptó poner tierra de por medio.

Su destino fue México, donde ingresó como voluntario durante un año en Hogares Providencia, una obra de acogida para niños de la calle fundada por un sacerdote español. Aquella dura realidad le transformó: «Estar con los niños de la calle me hizo un hermano más de ellos; ahí ya estaba Dios verdaderamente trabajando en mí». Como además tocaba el violín, sus padrinos de confirmación le consiguieron una audición en una orquesta escuela de la Ciudad de México. Lo que iba a ser un voluntariado de doce meses se convirtió en una estancia de tres años en el país.

La intuición de una madre y el abrazo de un padre

Sin embargo, la ilusión de los primeros tiempos con la música pronto se truncó en tierras mexicanas. Lejos de su familia, Javier se desvió nuevamente y entró en ambientes peligrosos. Pero a miles de kilómetros de distancia, la fe de sus padres no dejó de velar por él. Una noche, en su pueblo de Teruel, su madre se despertó de sobresalto en mitad de la madrugada con una corazonada. Se giró hacia su marido y le dijo: «Tienes que ir a México que Javier no está bien».

Francisco Javier, con un grupo de Misioneras de la Caridad

El padre confió en la intuición de su esposa, compró los billetes esa misma madrugada e hizo un viaje relámpago de cinco días a México. Javier intentó montar una comedia para disimular su situación: fingió haber perdido las llaves de su vivienda para no mostrársela y alquiló una habitación en un hotel de la «zona roja» de la capital.

El engaño duró pocas horas. Estando a solas en la habitación, su padre le miró y le soltó a bocajarro: «Tú no estás bien». «Esa no te la esperas. Me derrumbé porque no me lo esperaba», confiesa Javier. Aquella noche, padre e hijo lloraron, se reconciliaron y reconstruyeron su relación. Como reflexiona hoy el presbítero: «Una madre que reza siempre da fruto, y cuando el padre también se suma, aún más».

Un clic providencial en internet

Tras la partida de su padre, Javier se trasladó a un lugar más seguro, pero sumido en una angustiosa desorientación. Una noche, incapaz de conciliar el sueño, sintió un impulso interior: «El Espíritu Santo me puso algo en el corazón. Me puse a mirar en internet porque no sabía qué hacer con mi vida; escribí 'órdenes misioneras' y la primera en la que hice clic fue Misioneros de la Caridad». En aquel momento, incluso admite con gracia: «Si te digo la verdad, yo a la Madre Teresa la confundía con Teresa de Ávila».

Aquel clic le mantuvo despierto toda la noche fascinado ante la pantalla, contemplando el carisma de pobreza y entrega de la congregación. Al día siguiente contactó con los religiosos en México y aceptó realizar un discernimiento en una misión en el desierto de San Luis Potosí. Allí rezó de verdad por primera vez en su vida. «Me encontré con el Señor a través de la espiritualidad de Madre Teresa, que no la conocía, pero fue como hecha para mí de alguna manera», relata.

Aunque ingresó advirtiéndoles que no deseaba ser sacerdote, los Misioneros de la Caridad vieron algo en él. Tuvo que cursar un año intensivo para completar el bachillerato que no había terminado en España y, tras once años de entrega e integración en la orden, su discernimiento ha llegado a término.

Francisco Javier Soriano recibe este sábado, 3 de octubre, la ordenación presbiteral en Roma como el primer padre Misionero de la Caridad de nacionalidad española. Tras unos días de descanso en su hogar familiar, su primer destino pastoral no estará en España ni en Calcuta, sino en la frontera mexicana de Tijuana, regresando justo al lugar donde comenzó su rescate.

Al contemplar el mapa de su vida, desde la rebeldía hasta el ministerio sacerdotal, el nuevo sacerdote concluye maravillado de la pedagogía divina: «Dios sobrepasa de una manera increíble tus propios planes. Nunca me hubiera imaginado su misericordia y su paciencia para esperar... Es como si Él ya lo tuviera todo planeado».

Dos monjas y un fraile, los hermanos Clarke y todos dominicos: «La fe de toda la familia se profundizó y renovó; sólo Dios podía satisfacer el deseo de felicidad»

La hermana John Peter, el hermano Paul y la hermana Beatriz, todos ellos hermanos de sangre de la familia Clarke y además dominicos

* «Leí las Confesiones de San Agustín y eso cambió por completo mi perspectiva sobre lo que significa vivir la fe. Me di cuenta con sorpresa y alivio de que incluso los grandes santos luchan contra las tentaciones y el mal genio. Me di cuenta de que Dios es más grande y más cercano a mí de lo que podía imaginar. Me di cuenta de que Dios desea darnos felicidad. Anteriormente, había pensado en vivir la fe tratando de no equivocarme, tratar de seguir las reglas, tratar de superar mis fallos, tratar de ser buena»

Camino Católico.-  La Iglesia crece por atracción, por un testimonio de vida y de fe que provoca en el otro un deseo de pertenecer, de ser, de tener aquello que da la felicidad. Y lo mismo ocurre en muchas ocasiones con la vocación religiosa. Incluso en el seno de una misma familia.

Esto es lo que ha sucedido con la familia Clarke y la espiritualidad dominica. Tres hermanos han acabado en la orden, dos chicas como dominicas de Nashville, uno de los grandes fenómenos vocacionales en EEUU, y un varón como fraile. La familia Clarke son 8 hermanos. Todo fue en cadena y por esta atracción. 

Beatriz Clarke, la primera en ingresar como monja dominica, profesó sus votos perpetuos en julio de 2012

Beatriz fue la primera en ingresar al convento de las dominicas y relata que “justo antes de que comenzara mi tercer año de universidad, mi hermana pequeña John Peter de diecisiete años me preguntó si la llevaría a visitar la Casa Madre de Santa Cecilia en Nashville, Tennessee. Acepté; ella hizo los preparativos; y dos semanas después estábamos llegando a la entrada y nos recibió la Directora de Vocaciones. Aunque era mi hermana quien estaba interesada en la comunidad, y fue ella quien había hecho todos los preparativos para nuestra visita, la Directora de Vocaciones, la Maestra de Postulantes y la Maestra de Novicias aún estaban interesadas en mi discernimiento. Me hicieron lo que parecían preguntas comunes: ‘¿Cuánto tiempo llevas discerniendo?’, ‘¿Qué te atrae de la vida religiosa?’ y ‘¿por qué te gustan las dominicas?’. Pero deseaba que no me preguntaran nada”. 

“Mi hermana John Peter  era la persona interesada; Yo era la hermana mayor/chofer amable… pero sí, había estado discerniendo desde la Jornada Mundial de la Juventud en Toronto, y sí, la alegría trascendental de la vida religiosa me atraía, y sí, ciertamente sentía predilección por las dominicas por su amor al Oficio Divino y su celo por las almas… pero no, murmuraba para mis adentros. No. Esto no es para mí… al menos no todavía”, reconoce Beatriz.

“Llegué a Nashville considerándome abierta a una vocación religiosa, pero era una apertura muy limitada. Al reservarme el derecho a estar abierta, pero aún no, me cerraba a las gracias del momento presente, las únicas gracias que podían capacitarme para responder al deseo del Señor de la vocación que tanto anhelaba en el futuro. La alegría confiada que presenciaba en una hermana tras otra contrastaba gratamente con mi temor. Su vida de oración común hablaba del origen de su fortaleza, y su deseo de compartir el Evangelio, testificaban que habían encontrado al Señor. Pero su libertad era casi demasiado para mí. Para tener la libertad que ellas tenían, tendría que renunciar a las condiciones que había establecido para mi discipulado. Temerosa de adentrarme en aguas profundas, intenté minimizar la atracción que sentía por la alegría de las hermanas. Intenté adoptar una actitud escéptica hacia su alegría, pero sabía que era un don de Dios. Así pues, como no podía ignorarlas, intenté descartar la otra idea que rondaba por mi mente: la idea de que sus preguntas surgían porque veían algo que no era producto de mi propia planificación, preparación o bondad, sino un don gratuito de misericordia”, argumenta.

“Al darme cuenta de que el Señor deseaba una verdadera apertura de mi parte, me volví hacia Él. En los meses posteriores a mi visita a Nashville, dejé de lado mis ideas preconcebidas sobre mí misma, mis planes, mi ‘trayectoria vocacional’, y permití que Dios me mostrara lo que quería mostrarme, cuando quería mostrarlo. La noche de Halloween, mientras oraba en la Casa de Estudios Dominica, Él me mostró lo que siempre nos muestra: amor. Pero esa noche volví a ver cómo su amor exige una respuesta total. Supe que, para mí, una respuesta total era la vida consagrada. Los meses posteriores al Retiro Vocacional de enero continuaron impulsándome a abrirme por completo: me encontré lista para aceptar mi vocación en sus términos infinitamente más benevolentes de lo que jamás hubiera imaginado. Profesé mis  ”.


John Peter Clarke fue la segunda de sus hermanos en ingresar en las monjas dominicas y profesó sus votos perpetuos en julio de 2013

Tras ella siguió su hermana John Peter quien explica que “puedes correr, pero no puedes esconderte. Incluso de niña, cuando no estaba corriendo por el jardín o la sala, me sentía atraída por los libros sobre la Madre Teresa y los santos. Nuestra familia nos animaba más con el ejemplo que con las palabras. Durante las frecuentes mudanzas, me tomaba mi tiempo para empacar esos libros y hojearlos; esos libros forjaron en mí el deseo de hacer algo arduo y heroico en un país lejano. Quizás mudarnos a menudo me ayudó a identificarme con los misioneros, especialmente cuando la humedad en Jackson, Misisipi, parecía rivalizar con la que Francisco Javier enfrentó en las selvas de la India”.

Pero añade: “Sin embargo, durante mi adolescencia, esa vocación misionera disminuyó. Pensé en ser escritora, fotógrafa para National Geographic, abogada para inmigrantes o arqueóloga. Necesitaba una introspección profunda. A los dieciséis años, leí las Confesiones de San Agustín y eso cambió por completo mi perspectiva sobre lo que significa vivir la fe. Me di cuenta, con asombro y alivio, de que incluso los grandes santos luchan contra las tentaciones y el mal genio. Comprendí que Dios es más grande, más elevado y más cercano a mí de lo que jamás hubiera imaginado. Comprendí que Dios desea darnos felicidad, y felicidad eterna. Antes, pensaba que vivir la fe consistía en intentar no equivocarme, seguir las reglas, superar mis defectos, simplemente ser bueno. Con San Agustín, empecé a ver que amar a Dios es cuestión de una profunda amistad, de una profunda oración, de un profundo amor que conduce a la alegría. Salía por la noche, miraba las estrellas y simplemente caminaba por nuestras doce hectáreas, tratando de asimilar estas nuevas ideas”.

Además, “por esa misma época, mi familia se unió a una parroquia que tenía un joven sacerdote auxiliar. Su amor por el Señor me inspiró a empezar a ir a misa diaria y a la Adoración vespertina. ¡No recuerdo si les pregunté o siquiera les dije a mis padres adónde iba a las 10 de la noche! Conocí a unas religiosas durante mi penúltimo año de instituto; hasta entonces, no sé si me había dado cuenta de que había religiosas más jóvenes que la Madre Teresa. Me intrigaba, pero no tenía mucho interés en averiguar si esa era mi vocación”.

“Cuando en agosto de 2005 mi hermana Beatriz ingresó en las dominicas, yo me dirigía a Roma y Colonia para la Jornada Mundial de la Juventud 2005, y luego a la Universidad de Toronto en otoño”, dice

“En Roma, visitamos la iglesia dominica de Santa Sabina. Estaba rezando por mi hermana Beatriz en la celda de Santo Domingo, ya que no pude estar presente en su ingreso como religiosa, cuando de repente lo comprendí: «Aquí también hay algo para ti, muchacha». La Vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa Benedicto XVI confirmó que Dios me estaba atrayendo hacia Él y que solo Él podía satisfacer mi anhelo de felicidad”, asegura.

“Me llevó todo el semestre de otoño en la Universidad de Toronto darme cuenta de que quería ir a ver a las hermanas en Nashville, y no solo a ver a mi hermana. La idea de un compromiso de cinco días para el retiro vocacional en enero —el mismo retiro que mi hermana había hecho el año anterior— me asustaba bastante, pero respiré hondo y pregunté si podía ir, esperando que no me preguntaran por qué. No le había contado a nadie —ni a familiares ni a amigos— que siquiera estaba pensando en la vida religiosa. Estaba avanzando hacia algo y realmente no sabía adónde me dirigía”, relata.

“Una vez que llegué a la Casa Madre, la paz y la alegría que experimenté en la capilla me hicieron detenerme en seco y querer quedarme. Hablé con la Hermana Beatriz una tarde y ella me recordó la historia del joven rico; me preguntó: "¿Dónde puedes ser feliz?". Todo, desde las historias de los misioneros hasta Agustín, pasando por mi inquietud interior y la Jornada Mundial de la Juventud, confluyó. No sé si logré articular una respuesta antes de salir corriendo a buscar a la Directora de Vocaciones para preguntarle si podía solicitar el ingreso, para seguir a Cristo siguiendo los pasos de Santo Domingo. Profesé mis votos perpetuos en julio de 2013”, concluye.

Paul Clarke en su profesión simple como fraile dominico en la Fiesta de la Asunción de 2014

Y tras ellas llegó Paul, hermano pequeño de las dos, y ahora fraile dominico. “Con dos hermanas mayores que ya eran dominicas pensé que estadísticamente no debería ser dominico. La cuota familiar de vocaciones parecía estar llena. Así me liberé de la carga y la molestia de una vocación religiosa. Sin embargo, resulta que la providencia de Dios no se basa en análisis estadísticos. Y mucho mejor para mí”, explica la tercera de las vocaciones de los Clarke.

De este modo, el hermano Paul relata que “una vez que mis hermanas entraron a Santa Cecilia y mi familia comenzó a hacer viajes regulares para visitarlas en la Casa Madre en Nashville, la gracia de sus vocaciones comenzó a infiltrarse en nuestra familia. La fe de toda la familia se profundizó y renovó. En Nashville, tuvimos la oportunidad de conocer a una creciente variedad de hermanas y frailes dominicos que parecían haber aprovechado alguna fuente secreta de alegría y libertad. Nunca antes había conocido a personas tan extrañamente felices”.

Para él esos años fueron una dura lucha. “Durante esos años de la escuela secundaria y la universidad, mientras sentía un impulso hacia la vida religiosa, me resistí a la idea de que mi propia felicidad pudiera implicar tal sacrificio. Estaba resuelto a ser el dueño de mi propio destino, el capitán de mi alma, etc. Aún así, mientras trataba de ignorar la promesa de Cristo de que ‘quien pierda su vida, la salvará’, seguí fascinado por la paradójica libertad que vi en la vida dominica”, añade.

“Con la intención de saldar parte de mi deuda universitaria antes de solicitar ingreso a programas de posgrado en filosofía, me gradué de la Universidad de Santo Tomás en Saint Paul, Minnesota, y comencé a trabajar, primero en una constructora y luego en una editorial. A lo largo de ese año, muchas circunstancias de mi vida comenzaron a converger de manera alarmante en un solo punto: los dominicos. Mi deseo de estudiar y enseñar filosofía desapareció y luego resurgió repentinamente como un anhelo más fuerte y profundo de estudiar y predicar el Evangelio para la salvación de las almas. Tras conmoverme profundamente por algunos sermones sobre la carta de San Pablo a los Romanos, tres cosas se cristalizaron para mí: primero, necesitaba modelar mi vida no según mis propios caprichos y ambiciones, sino según la vida de Cristo; segundo, la Palabra de Dios es transformadora; y tercero, quería predicar la gracia y la libertad del Evangelio que habían transformado mi vida. Me llenó el deseo de ofrecer no solo una parte, sino la totalidad; solicitaría ingreso a los dominicos. Los votos de mis hermanos mayores habían sido un poderoso ejemplo de la alegría de una vida consagrada a Dios. Además, y lo que era más importante para mí, habían demostrado que una vida así es posible. Me di cuenta entonces de que no construimos nuestra felicidad, sino que la recibimos. La libertad no consiste en avanzar, sino en seguir adelante. Ingresé en la Orden en 2013 e hice la profesión simple en la Fiesta de la Asunción de 2014, concluye.

Publicado originariamente en Camino Católico en marzo de 2021.

Lydie se sumergió en el espiritismo para comunicarse con su abuela fallecida: «Un médium me dijo que fuera a un centro católico; Dios decidió intervenir para decirme: "¡Sal de ahí! ¡Es muy peligroso!»


Lydie se había confirmado, pero en la adolescencia se adentró en el espiritismo

* «Llegué a este centro católico. Allí había mucha gente rezando. El sacerdote me recibió en su despacho. Y le conté mi historia, le enseñé mis cuadernos. Rezó por mí y sentí el amor de Jesús en mi corazón. Me sentí abrumada, lloré. También sentí una gran paz. Necesitaba confesarme porque, con la iluminación del sacerdote, me dije: ‘Realmente he tomado un camino equivocado, me he puesto en peligro, me ha hecho daño’. Y quise pedir perdón. He recuperado mi libertad interior. En cualquier caso, ya no tengo ansiedad. Incluso he recuperado la alegría cuando estaba deprimida, y ya no tengo miedo» 

Camino Católico.- Deseando comunicarse con su abuela fallecida, Lydie se deja llevar por el espiritismo, hasta el punto de sentirse atrapada. Hasta que un día su médium la envía a un lugar inesperado, a un centro católico donde Dios la rescató del ocultismo. Ella ha aprendido cuán verdaderas son las advertencias de la Iglesia Católica que prohíbe las prácticas espiritistas y ocultistas. Cuenta su testimonio en un vídeo en francés a Découvrir Dieu así:

Lydie fue rescatada del ocultismo en un centro católico donde sintió el amor de Jesús

«Sé que mi abuela está con Dios y que puedo simplemente pensar en ella, rezar por ella; el Reino de Dios existe»

Me llamo Lydie y les voy a contar el encuentro más hermoso de mi vida. Vengo de una familia cristiana no practicante, pero sí cristiana por mi abuela paterna, quien tenía en su comedor una foto del Papa y, al otro lado, una foto del Presidente de la República. Y eso me marcó de pequeña. Y luego, había estatuillas de Lourdes por todas partes, y también representaciones de Jesús en la cruz.

Para complacer a mi abuela, mis padres me llevaron a catequesis: en aquella época, vivía en las afueras de París; era como una especie de educación popular. Y me gustaba mucho la catequesis porque hablábamos de Jesús. Y lo que me impresionaba de la vida de Jesús es que dio su vida para salvar a todos, y realmente lo vi como un superhéroe que hizo el bien a tanta gente que enseguida empecé a rezar todas las noches en mi habitación, pero en silencio, cuando mamá apagaba la luz. Y seguí así hasta mi profesión de fe al recibir el sacramento de la Confirmación.

Hubo un punto de inflexión un tanto impredecible en mi vida, porque alguien cercano me habló de las ciencias ocultas, en particular del espiritismo, la clarividencia, la reencarnación, la cartomancia y muchas otras palabras que terminan en "cia". Y entonces me generó una pequeña duda, confusión, al menos. Creo que empeoró un poco con la crisis de la adolescencia. Renuncié entonces a Jesús, al menos por un tiempo. Y me quedé así unos cuantos años.

Un día, mi abuela, de quien les hablé, falleció. Y quería comunicarme con ella. Así que había dos maneras de proceder: o tomabas la ouija y movías la mano hacia los números y las letras, y formaba palabras; o la invocación directa al espíritu para que se manifestase en escritura libre con un lápiz que yo sostenía sobre un papel, previos rituales espíritas

Con el tiempo, sí, hubo un diálogo, pero no era muy agradable, era un poco extraño y sí... No reconocí a mi abuela: en su forma de pronunciar las frases, en su forma de ser. No había ninguna referencia a mis recuerdos, en particular. Era un poco inverosímil, un poco extraño. Me asustaba mucho, pero, al mismo tiempo, era como una prisionera, no podía parar: de hecho, cada vez que tenía tiempo libre, volvía a coger el lápiz, incluso en clase, y volvía a empezar... La persona con la que me comunicaba, al principio, fingía ser protectora. Luego, finalmente, después, recibí insultos, mucha ansiedad, mucho miedo. También empecé a oír voces. Entonces, me preocupé muchísimo. Y mi moral no mejoró; al contrario, empeoró. Siento que mi depresión empeoró mucho. Incluso pensé en la muerte. Y duró... diez meses. Pero fue más llevadero: ¡fue un auténtico infierno para mí!

Después de la escritura automática, me adentré mucho más en la espiritualidad, ya que busqué un médium que respondiera a mis preguntas. Y al mismo tiempo, sentía atracción y una profunda repulsión por todo lo que experimentaba. Y me dije: esta es la persona que podrá ayudarme, iluminarme, darme respuestas. El día que fui a verlo, recibí mi beca de estudiante, y como quería ir allí... allí... invertí el dinero necesario. Incluso tomé un taxi que, sin duda, también me estafó. Y fui. Y cuando escuché lo que tenía que decir, mezcló todas las religiones: la reencarnación, Buda con Jesús... Fue un baño de... muchas cosas un poco extrañas. Pero no respondió a mis preguntas. Luego, tuvo que comunicarse con el más allá. Y me dijo que en ese momento, mientras estaba en trance, incluso fue un poco aterrador verlo en sus rasgos; estaba agitado por las sacudidas, sus ojos estaban un poco demacrados; Luego me dijo que fuera a un centro católico en el norte de Francia... realmente muy sorprendente. Pero no me dio la dirección exacta. Así que al día siguiente fui a una cabina telefónica a llamarlo. Le pregunté dónde estaba el centro y me dijo que llamara a información. Y me colgó: obviamente, ya no recordaba la conversación que habíamos tenido el día anterior.

Llegué a este centro. Allí había mucha gente rezando. El sacerdote me recibió en su despacho. Y le conté mi historia, le enseñé mis cuadernos. Rezó por mí y sentí el amor de Jesús en mi corazón. Me sentí abrumada, lloré. También sentí una gran paz. Necesitaba confesarme porque, con la iluminación del sacerdote, me dije: «Realmente he tomado un camino equivocado, me he puesto en peligro, me ha hecho daño». Y quise pedir perdón.

He recuperado mi libertad interior. En cualquier caso, ya no tengo ansiedad. Incluso he recuperado la alegría cuando estaba deprimida, y ya no tengo miedo. Mirando hacia atrás, me digo que lo que pasó con el médium fue sin duda contra su voluntad: fue porque Dios decidió intervenir para decirme: "¡Sal de ahí! ¡Es muy peligroso! ¡Vuelve a tu camino anterior, es mucho más seguro!".

Así que les diría a todos aquellos que se sienten tentados por las ciencias ocultas o que las practican, que tengan mucho cuidado, que vean lo que aporta a sus vidas: ¿aporta paz o, por el contrario, ansiedad o depresión? En cualquier caso, aunque hoy no haya encontrado el número de teléfono de mi abuela para llamarla al cielo, sé que está con Dios y que puedo simplemente pensar en ella, rezar por ella. Que el vínculo no se rompe, porque tengo esta esperanza de que está con Dios y de que el Reino de Dios existe".

Lydie

Vídeo en el que Lydie cuenta su testimonio en francés