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jueves, 27 de agosto de 2026

Mariela Villanueva y Harold Figueras estuvieron 5 años separados y Cristo restauró su matrimonio: «Iba buscando que Dios cambiara a mi esposo y el Señor me cambió a mí y rescató a mi marido del ocultismo»

Harold Figueras y Mariela Villanueva frente a la Catedral de Lima / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa

* «Esta familia era muy devota, y la madre me invitó a ir a la iglesia con ella. Le dije: «No, no puedo». Porque, en mi opinión, había cometido faltas graves y me era imposible volver a la iglesia. Ella me dijo: ‘No, el Señor perdona, y puedes volver a la iglesia; solo tienes que pedir perdón’»

Camino Católico.-    El 7 de abril de 2009, Mariela Villanueva aterrizó en Venezuela convencida de que iba a poner fin a su matrimonio. Habían pasado cinco años desde que su esposo, Harold Figueras, se marchó de Perú y reconstruyó su vida en otro país. Ella llevaba consigo el dolor de una separación prolongada y la decisión de firmar el divorcio. Él, una lista escrita con todos los reclamos que pensaba lanzar en cuanto la viera. Nada ocurrió como ambos habían imaginado.

Se citaron un miércoles a las 3:00 de la tarde, la Hora de la Misericordia, en el mismo lugar donde habían sido novios años atrás. Cuando Mariela apareció, Harold buscó desesperadamente la hoja con sus quejas. Ésta había desaparecido.

“Yo estaba esperando una guerra. Ella abrió los brazos para abrazarme y entendí que el único que quería pelear era yo”, recuerda Harold en una entrevista con ACI Prensa. Mariela había tenido ese gesto de acercamiento porque ya había empezado un proceso de conversión y tenía una última esperanza.

Aquel abrazo no restauró inmediatamente el matrimonio. Todavía faltaría casi un mes para que él dejara la relación que mantenía y decidiera regresar definitivamente con su familia. Pero ese día —afirman ambos— Jesús ganó la primera gran batalla.

Harold Figueras y Mariela Villanueva / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

Un matrimonio que nació con heridas

Harold y Mariela se conocieron en 1998 en el Colegio de Ingenieros de Venezuela. Él trabajaba en el área de sistemas; ella era una joven abogada que dirigía una consultoría jurídica con decenas de profesionales a su cargo.

Mientras Mariela había crecido en una familia católica y rezaba el Rosario con frecuencia, Harold era completamente indiferente a la fe.

“Me burlaba de los sacerdotes. Para mí casarme por la Iglesia fue simplemente cumplir con una formalidad social”, admite.

Contrajeron matrimonio civil y, el 2 de septiembre del 2000, recibieron el sacramento en la parroquia San Francisco de Asís, en Barranco (Perú). Sin embargo, reconocen que llegaron al altar sin comprender verdaderamente lo que significaba la vocación matrimonial.

“Empezamos nuestra vida juntos sin Dios como centro. Ese fue el primer gran error”, explica Harold.

Con el paso de los años comenzaron a aflorar heridas profundas: abandono, soledad, orgullo, incapacidad para comunicarse y expectativas irreales sobre el amor. La crisis económica de Venezuela agravó aún más la situación. Harold viajaba constantemente entre ambos países hasta que un día simplemente dejó de volver.

Mariela quedó sola en Lima con su pequeña hija.


Imagen actual de Harold Figueras y Mariela Villanueva con sus tres hijas en Lima, Perú / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

“Mamá, enséñame a rezar”

Paradójicamente, la restauración no comenzó cuando Harold cambió. Comenzó cuando Mariela cayó de rodillas.

Alejada de la Iglesia y llena de resentimiento, la joven madre había abandonado incluso la práctica de su fe después de sentirse herida por una mala experiencia en una parroquia. Todo cambió gracias a una petición inesperada de su hija de siete años. “Mamá, mi abuelita dice que tú sabes rezar. Enséñame el Rosario”.

Mariela aceptó casi por compromiso. Poco después, la niña insistió en hacer su Primera Comunión y le dijo una frase que atravesó el corazón de su madre: “Tú sabes lo que es tener a Jesús en el corazón… ¿y por qué no lo haces?”

Aquellas palabras la llevaron nuevamente al confesionario. Desde entonces comenzó una rutina que cambiaría su vida: Misa diaria antes del trabajo, adoración eucarística al mediodía y el Rosario cada noche junto a su hija.

“Yo iba buscando que Dios cambiara a mi esposo. El Señor terminó cambiándome a mí”, cuenta.

Harold Figueras y Mariela Villanueva junto a miembros del movimiento católico peruano Jesús y María Restauran Mi Familia / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

“Mírame a Mí”

Durante una adoración eucarística ocurrió la experiencia que daría nombre, años después, al retiro que hoy organizan como líderes del movimiento católico peruano Jesús y María Restauran Mi Familia.

Mariela rezaba presentándose como la víctima de la historia. “Señor, mírame a mí. Mira qué buena soy. Mira lo que él me hizo”. Entonces levantó la vista hacia la custodia. “Ya no vi la custodia. Vi a Jesús llagado y ensangrentado. Y me dijo solamente: ‘Mírame a Mí’”.

En ese instante —relata emocionada— experimentó un encuentro personal con Jesús. Comenzó a recordar sus propios pecados desde la infancia y comprendió que durante años había sido incapaz de reconocer sus propias heridas.

“Entendí que Dios no me iba a preguntar por los pecados de Harold. Me iba a preguntar cuánto amé a mi esposo dentro del sacramento”. Su oración cambió por completo y ya no pedía que Harold regresara. Pedía únicamente: “Señor, haz que vuelva a Ti”.

Mariela Villanueva / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

El infierno del ocultismo

Mientras Mariela profundizaba en la oración, Harold descendía por un camino completamente opuesto.

Buscando una mejor economía, comenzó consultando el tarot. Después llegó la santería cubana y finalmente la palería, una práctica de brujería que utiliza restos humanos y sacrificios de animales.

“Entré a un cuarto oscuro donde había osamentas humanas. Sentí un miedo indescriptible, pero seguía buscando respuestas donde no estaban”, recuerda Harold.

En medio de ese vacío comenzó a notar algo extraño. Mariela seguía llamándolo, pero ya no lo hacía para reclamarle.

Una tarde, con tono burlón, le preguntó: “¿Qué pasa? ¿Ya no te hago falta?”.

La respuesta lo desconcertó.

“No. Lo que pasa es que allá tengo quien me ama”.

Harold creyó que ella tenía otra pareja, pero hoy sabe que su esposa hablaba del mismo Cristo.

Harold Figueras / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

El regreso del hijo pródigo

Tras aquel encuentro en Venezuela, Harold regresó finalmente al Perú.

Confiesa que tenía terror de enfrentar a la familia de Mariela y, sobre todo, a su hija. Imaginaba reproches, humillaciones y rechazo. Sin embargo, encontró exactamente lo contrario. “Todos me abrazaron como si hubiera salido a comprar pan”, cuenta.

Pocos días después acompañó a Mariela a la iglesia de los Padres Oblatos, en Barranco, Lima. Ni siquiera pensaba entrar al templo. Permanecía de pie junto a la puerta cuando, según relata, sintió un impulso interior que lo condujo directamente al confesionario.

“Le dije al sacerdote: ‘Padre, llevo cinco años separado y no sé por qué he vuelto’”. Aquel sacerdote lo invitó a participar en un retiro espiritual. Fue allí donde Harold vivió su propia conversión.

Frente al Santísimo Sacramento, después de resistirse durante horas, Harold levantó la mirada y cuenta: “Ya no vi la custodia. Vi dos ojos color miel que atravesaron mi corazón. Empecé a llorar como nunca en mi vida”.

Desde ese momento abandonó definitivamente el ocultismo y comenzó un camino de fe que continúa hasta hoy.

Un milagro que continúa

Han pasado más de quince años desde aquella reconciliación.

Harold y Mariela aseguran que el verdadero milagro no fue simplemente volver a vivir juntos, sino descubrir que el matrimonio es un camino cotidiano de santidad.

“La restauración dura toda la vida. No termina cuando el esposo regresa. Empieza allí”, afirma Mariela.

Harold Figueras y Mariela Villanueva en la actualidad / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

Esa experiencia dio origen al movimiento Jesús y María Restauran Mi Familia, una obra que acompaña especialmente a esposos separados o al borde del divorcio. El camino que proponen comienza por la propia conversión y no por intentar cambiar al cónyuge.

Quienes llegan a la misión comienzan con el llamado “Taller de María”, una preparación a la consagración al Inmaculado Corazón de María enfocada en el sacramento del matrimonio. Allí, explican, buscan que cada persona reconozca sus propias heridas y reciba herramientas para discernir qué hacer con su historia familiar.

Pero Harold y Mariela también advierten que no todos los procesos terminan de la misma manera. Hay matrimonios que logran reunirse nuevamente y otros que toman caminos diferentes, incluso a través de procesos de nulidad matrimonial. Lo que permanece, sostienen, es la invitación a la conversión y a buscar la voluntad de Dios.

“El Señor nos quiere santos”, explica Mariela. Para ella, incluso cuando una persona atraviesa un proceso distinto al que esperaba, el sufrimiento puede convertirse en una oportunidad para acercarse a Cristo y ofrecer ese dolor por la santidad de la Iglesia.

Hoy, cuando miran hacia atrás, ya no se ven como las mismas personas que se separaron. Mariela describe a Harold como un hombre más comprometido con conocer el amor de Dios y capaz de donarse a su familia. Él, por su parte, reconoce que la mujer con la que se reencontró después de cinco años ya no era la misma que había dejado atrás.

La familia Figueras Villanueva / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

Por eso, su testimonio no pretende presentar una fórmula para recuperar un matrimonio perdido. Es, sobre todo, la historia de dos personas que descubrieron que antes de pedirle a Dios que cambiara al otro tenían que dejarse transformar por Él.

“Muchas personas llegan diciendo: ‘Quiero que mi esposo vuelva’. Nosotros les respondemos: primero deja que Jesús vuelva a ocupar el centro de tu corazón”, explica Harold.

Su mensaje para los matrimonios en crisis nace de esa experiencia: no esconder las heridas, no dejarse vencer por la vergüenza y no confundir la restauración con el simple regreso a la vida que tenían antes.

Porque, como descubrieron aquel miércoles de abril, algunas guerras matrimoniales no se ganan venciendo al otro, sino dejándose vencer por el amor misericordioso de Dios.

Entre quienes hoy forman parte de la comunidad se encuentran Diana Donayre y Johanna Muñoz, dos mujeres que vivieron el retiro y cuyo testimonio refleja el impacto de este proceso de conversión.

“Te entiendo, y no estás solo ni sola”, expresa Diana, al recordar que llegó a la misión con “el alma cansada” y encontró personas que la sostuvieron en medio de su crisis matrimonial. Tras un año de perseverancia, aseguró que Cristo restauró su vida, su familia y su matrimonio.

Johanna, por su parte, cuenta que estuvo ocho años separada y que lleva tres años caminando en la comunidad hacia la restauración de su matrimonio. Explica que el cambio comenzó cuando decidió vivir un proceso de conversión y reconciliación consigo misma, mientras confiaba el resto a Dios. “El Señor está haciendo su obra… va dando pasitos muy lentos”, dijo al recordar la emoción de ver a su esposo arrodillarse por primera vez durante la Eucaristía, un gesto que para ella fue signo de esperanza y del actuar de Dios en su familia.

Jeanine: «Con 13 años prefería salir con chicos a estar con el Señor; a los 15 aborté y me deprimí; una señora me propuso ir a la Iglesia y experimenté que Dios es amor, nos perdona y está conmigo en todo a lo largo de mi vida»

Jeanine se encontró con Dios y su vida cambió / Foto: Découvrir Dieu

* «Esta familia era muy devota, y la madre me invitó a ir a la iglesia con ella. Le dije: «No, no puedo». Porque, en mi opinión, había cometido faltas graves y me era imposible volver a la iglesia. Ella me dijo: ‘No, el Señor perdona, y puedes volver a la iglesia; solo tienes que pedir perdón’»

Camino Católico.-    La historia de Jeanine, contada por ella misma a Découvrir Dieu [Descubrir a Dios], no parece aportar hechos asombrosos. Quizá por eso es noticia, pues no todos los que viven un retorno a Dios que parece corriente en países católicos lo cuentan con la sencillez que ella muestra. Tras renunciar a su fe a los 13 años y pasar por varias dificultades y optando por abortar , Jeanine se encuentra trabajando como empleada doméstica para una familia católica que le propone ir a la Iglesia. Esta es su historia:

Jeanine explica cómo cambió su vida en cuanto se alejó de Dios... y cuando regresó a Él / Foto: Découvrir Dieu

«Comprendí que Jesús vivía, que estaba a nuestro lado, que estaba cerca de nosotros»

Me llamo Jeanine. Vengo de una familia católica. Me bautizaron cuando era muy pequeña, con solo tres meses. Recibí mi Primera Comunión solemne y era muy devota: asistía a las clases de catecismo con gran entusiasmo. Recibí la Confirmación. Y cuando cumplí 13 años, le di completamente la espalda a la fe: prefería salir con chicos a estar con el Señor. Iba a discotecas, tenía otras cosas que hacer, ya no tenía tiempo para el Señor. Seguía pensando en el Señor, pero ya no me imaginaba entrando en una iglesia, asistiendo a Misa…

Me quedé embarazada y tuve que abortar porque, a los 15 años, no veía cómo iba a compaginar los estudios con la crianza de un bebé. Así que pensé: «El aborto será más fácil para mí, y luego ya veremos…». El padre de mis hijos y yo formamos una familia. Teníamos una panadería, pero debido a nuestra situación económica, surgieron dificultades y caí en una depresión.

Me ingresaron en un hospital psiquiátrico. El psiquiatra me dijo que me había puesto bajo tutela. Pasó el tiempo y, gracias a mi trabajo, me enviaron a trabajar como cuidadora a domicilio para una familia. Y terminé en una casa en la que vivían católicos.

Esta familia era muy devota, y la madre me invitó a ir a la iglesia con ella. Le dije: «No, no puedo». Porque, en mi opinión, había cometido faltas graves y me era imposible volver a la iglesia. Ella me dijo: «No, el Señor perdona, y puedes volver a la iglesia; solo tienes que pedir perdón». Me sorprendió, pero no cambié mi actitud y no fui.

Tiempo después, una mujer me invitó a una reunión cristiana: era cuando yo era un poco… ¿cómo decirlo?... ¿Cómo decir que no?: porque, cuando uno regresa a la iglesia después de haberla dejado de niño, no sabe mucho sobre la fe. Empecé a comprender que Jesús vivía, que estaba a nuestro lado, que estaba cerca de nosotros.

Debido a que recibí una educación desprovista de misericordia, no puedo definir al Dios de mi infancia; no sé quién era. No lo conocía, nunca lo vi: estaba en mi mente, pero hoy Dios es amor. Muere en nosotros con nuestros pecados, pero Él ha muerto por nuestros pecados, y el Dios que nos perdona está en nosotros. Él está conmigo en todo a lo largo de mi vida.

Jeanine

Vídeo en francés de Découvrir Dieu en el que Jeanine cuenta su testimonio

Nuria del Canal: «Me eduqué en un colegio del Opus Dei, me alejé de la fe, tenía atracción hacia el mundo demoníaco, hice muchas prácticas esotéricas, pero un día escuché la voz de Dios, me arrepentí y confesé»

Nuria del Canal escuchó la voz del Señor y su vida quedó transformada

* «Volví a escuchar la voz, por tercera vez, y, me dijo: 'lo que más me ofende es que es que te arrodillas delante de otros santos y no lo haces delante de mí, te quiero en mi templo'. Entonces sentí la gracia del arrepentimiento, cosa que yo no había tenido nunca, y una necesidad grandísima de confesarme. Asistí a misa inmediatamente, aquella misa fue como si fuera el día de mi boda, no he visto misa más bonita. Después de unos 30 años comulgué y ahí empezó mi vida de fe. Como estaba tan perdida, me confié a la Virgen, le pedí al sacerdote que me explicara cómo rezar el Rosario y me consagré»

 Vídeo de El Rosario de las 11 PM en el que Nuria del Canal cuenta su testimonio

Camino Católico.- Nuria del Canal tiene 51 años, es de Barcelona y ha contado su testimonio en El Rosario de las 11 PM. Educada en un colegio del Opus Dei, pasó por la brujería y la santería hasta regresar de nuevo a la Iglesia Católica. Tres voces cambiaron todos sus esquemas. Esta es una síntesis de su testimonio en primera persona de lo que cuenta en el vídeo:

Ouija, tarot, reiki, péndulo…

Ahora estoy donde estoy, pero todo fue un largo caminar, de muchas caídas y muchos golpes. Fui educada en una familia católica, pero de nombre, no éramos practicantes para nada. Soy la hija pequeña de tres hermanas y desde los inicios ya éramos una familia bastante desestructurada, bastante caótica, con muchos problemas, ha sido una infancia muy difícil.

Yo me eduqué en un colegio del Opus Dei, y puedo decir que he recibido una buena formación en cuanto a la fe, a la doctrina y al  conocimiento de Dios. Pero, cuando era adolescente me distancié de la fe católica y me enfadé. Cuando salí del colegio fue una explosión de libertad, de repente el mundo se abría ante mí y era un mundo a explorar. Esto me llevó a todo tipo de errores, de prácticas, en definitiva, de bastantes equivocaciones.

Cuando era muy jovencita, tenía unos 15 años más o menos, estaba de moda practicar la ouija y estuve un verano entero practicándola con una amiga. El mundo prenatural, el mundo demoníaco siempre me había llamado la atención (...). Siempre había tenido una atracción especial y muy intensa hacia el mundo demoníaco, a la parte digamos oscura del ser humano, a la parte oscura de las fuerzas del universo. Me interesaba mucho todo lo que era oscuro, todo lo que era satánico.

Esto me llevo a practicar ouija, tarot, reiki, péndulo... no os lo recomiendo en absoluto. De jovencita todo me valía, todo lo que no entendía lo daba por válido, me pasaban realmente cosas fuera de lo normal, nada positivas y difíciles de explicar. Para algunas personas, incluso, un poquito terroríficas (...). Practiqué mucha ouija y muchas prácticas esotéricas de diferente calibre, empecé también a jugar con la magia de manera autodidacta de mayor.

Yo era de profesión diseñadora de moda y tenía una vida como la mayoría de las personas, me divertía, salía, entraba, hacía una vida en la que parecía que todo estaba bien. No hacía daño a nadie. Soy madre de un niño, que ahora tiene 14 años, madre soltera, en mi vida era todo como 'no pasa nada, todo está bien'. No creía en la Iglesia, obviamente los mandamientos era como 'qué me estás contando', todo era un poquito a mi gusto, si estudiaba alguna cosa sobre alguna religión pues lo adaptaba.

Era una búsqueda constante de Dios, pero siempre haciendo como un giro, sin entrar en la Iglesia, porque la Iglesia para mí era algo que no lo quería en mi vida, que siempre esquivaba.  Y fue por una cosa muy absurda, descubrí que existió la inquisición y me pareció tan extraño y tan malvado, que la decepción fue tan grande. No me pasó nada personal pero sufrí una decepción.

Se fue acercando el año 2020, ya llevaba unos años buscando a mi manera a Dios y cuatro años practicando la Umbanda, era una religión que se adaptaba bastante a mis necesidades. Me gustaba porque no había normas, no tenías que dar muchas explicaciones ni tampoco ser muy meritorio en nada, era una religión muy cómoda y además estaba enfocada para hacer el bien".  

Hubo un día en el que estaba trabajando, haciendo una colección de moda y tenía que investigar la temática que había elegido. En aquel momento, a mí me había inspirado el universo y tuve que mirar estrellas, astros, planetas... Tuve que analizar documentación científica sobre medidas del universo, aquello fue un choque para mí. Salí del trabajo y empecé a sentir una tristeza muy profunda, unas ganas de negar la existencia de Dios. Mi mente no podía entender que existiera Dios, si yo acababa de ver esas medidas.


Nuria del Canal

Dios le habla de su amor por ella

Siempre he creído en la primera persona de la Santísima Trinidad, pero nunca había tenido ese momento de rebeldía de negar a Dios. Estaba conduciendo y empecé a tener un diálogo con ese Dios que no existía (...). Con toda la de millones de personas que hay, los problemas y guerras, cómo va Dios a fijarse en mi persona y a saber que estoy aquí. A partir de ahora creo que voy entiendo que Dios es imposible que exista. Fue la primera vez en mi vida que decía algo así, lo cual me daba impacto, era serio escucharme a mí misma decir aquello. 

Cuando yo lo estaba negando, sentí una voz dentro de mí muy profunda, que decía: ¿tú amas a tu hijo?'. Y yo, 'hombre claro, yo amo a mi hijo más que al universo entero'. Y, de repente, me quedé tan impactada que me puse a llorar de la impresión, esta voz me respondió, que si yo era capaz de amar a mi hijo de esa manera, cómo podía pensar que Él, que era Dios, no me amaba a mí por encima de todo ese amor. Estaba conduciendo y me tuve que salir al arcén.  

Yo seguí con mi vida, hacía hechicería, adoraba a los espíritus, bailes, les entregábamos comida. Era como una alabanza constante a estas entidades. Se me llegó a decir que mi ángel custodio, dentro de esta religión, era Dios Padre. Era bastante bonito para mí, porque mi relación siempre había sido muy directa con Dios Padre (...). Hasta que mi vida profesional cambió y me quedé sin trabajo.

Llegó el día de la Virgen de Guadalupe del año 2020, llevaba unos meses en el paro, tenía unos problemas familiares muy serios. Me disponía a llevar a mi hijo al colegio, fui a la habitación y recuerdo bendecir a Dios por este hijo que me había dado. Pero, literal, decir: 'Bendito sea Dios por este hijo que me has dado'. Salí de la habitación y, en la entrada de la cocina, de una manera muy clara, volví a escuchar esta voz que me preguntaba si le daría a mi hijo.

Me quedé sorprendida y le contesté de corazón, mi respuesta automática fue: 'hombre, tú nos diste a tu hijo en la cruz y no va a ser más mi hijo que el tuyo, no me gustaría, pero hágase tu voluntad y no la mía'. Quedé como traspuesta, pensé en si me estaba pidiendo a mi hijo, en el sentido de que se fuera a morir. Me olvidé del tema, fui al colegio y, cuando llegué a mi casa, mi móvil se empezó a mover solo, como si cogen y empiezan a manejarlo, me quedé estupefacta dejando que funcionara.

Y se puso en mi móvil la película El cielo es real', una película de un niño americano que falleció cuando era pequeño, y tuvo una experiencia cercana a la muerte, en donde vio a Jesús. Dije, vale, pues voy a verla, no tengo nada que hacer. De repente, todo quedó como a cámara lenta y sucedieron muchas cosas. Tuve como una visión completa de toda mi vida, sentía que delante de mí estaba Dios, que estaba siendo juzgada. Lo que para mí era una vida estupenda, bajo esta mirada mi vida era un auténtico desastre. Sabía que esta presencia lo sabía todo, yo no podía ocultar nada. Volví a escuchar la voz, por tercera vez, y, me dijo: 'lo que más me ofende es que es que te arrodillas delante de otros santos y no lo haces delante de mí, te quiero en mi templo'.

Entonces sentí la gracia del arrepentimiento, cosa que yo no había tenido nunca, y una necesidad grandísima de confesarme. Asistí a misa inmediatamente, aquella misa fue como si fuera el día de mi boda, no he visto misa más bonita. Después de unos 30 años comulgué y ahí empezó mi vida de fe. Como estaba tan perdida, me confié a la Virgen, le pedí al sacerdote que me explicara cómo rezar el Rosario y me consagré.

Nuria del Canal

Sonia Llauró de Ibarra tiene 12 hijos, 6 son sacerdotes y 2 monjas: «Los ejercicios espirituales de San Ignacio me cambiaron la vida, me llenaron de Dios, para después llenar a los chicos de Dios»

Sonia y su esposo, Diego Ibarra, en Argentina durante la boda de su última hija soltera. Sus hijos viajaron desde distintos lugares del mundo donde actualmente sirven y viven, entre ellos Roma, Filipinas, Estados Unidos, Bolivia y Polonia. La única ausente fue una de sus hijas, religiosa contemplativa que se encuentra en Génova, Italia / Foto - cortesía de la familia Ibarra

* «Si uno no se llena de Dios, no puede dar nada. Yo no voy a poder explicarles lo que nosotros hemos recibido por haber confiado en el llamado que Dios hizo a nuestros hijos y en lo que Dios quería darles a ellos… Si Dios los llama para consagrarse a Él como sacerdotes o religiosas, es para que sean felices y lleguen a ser grandes santos; no los llama para hacerlos infelices»

Camino Católico.- Sonia Llauró de Ibarra tuvo 12 hijos en 20 años. Seis de ellos son sacerdotes, dos hijas religiosas, tres casados ​​y una niña que falleció cuando era pequeña. Desde la sencillez de un hogar argentino y sostenida por una profunda confianza en Dios, la vida de Sonia Llauró Ibarra se convirtió en un testimonio extraordinario de fe y entrega familiar.

Junto a su esposo, Diego Ibarra, descubrió el valor de vivir plenamente la fe católica, formando una familia marcada por la oración, el servicio y la apertura al llamado de Dios. Con el paso de los años, ese ambiente de fe dio fruto en numerosas vocaciones al servicio de la Iglesia.

Al hablar sobre tener tantos hijos e hijas consagrados a Dios, Sonia asegura con emoción: “Yo no voy a poder explicarles lo que nosotros hemos recibido por haber confiado en el llamado que Dios hizo a nuestros hijos y en lo que Dios quería darles a ellos”.

Sonia nació en Buenos Aires, Argentina, en el seno de una familia católica, aunque no practicante. A los 18 años se casó con Diego Ibarra. Durante sus primeros años de matrimonio experimentó una profunda conversión espiritual al participar en los ejercicios de San Ignacio de Loyola.

A partir de ese momento, realiza los ejercicios espirituales cada año. “Los ejercicios espirituales de San Ignacio me cambiaron la vida y me di cuenta de que eran un medio muy importante para la conversión de las almas. Eran una forma de llenarme de Dios para después llenar a los chicos de Dios. Si uno no se llena de Dios, no puede dar nada”, expresa.

La oración con los niños se volvió una práctica constante en el hogar de los Ibarra. Rezar el rosario en familia y participar en momentos de adoración ante el Santísimo formaban parte de su vida cotidiana. Sonia reconoció que no siempre era sencillo, pues los niños podían mostrarse inquietos, pero insistió en la importancia de que las madres los acerquen desde pequeños a la presencia de Dios en el Santísimo Sacramento.

Sonia anima a las madres a apoyar con generosidad la vocación de sus hijos cuando descubren en ellos un llamado especial de Dios. “Si Dios los llama para consagrarse a Él como sacerdotes o religiosas, es para que sean felices y lleguen a ser grandes santos; no los llama para hacerlos infelices”, afirma.

Y compara la vocación con una pequeña luz que enciende una vela. “no apaguen esa pequeña llama, madres y padres de familia”, exhorta “Si su hijo les manifiesta su deseo de ir al seminario, no tengan miedo de entregarlo a Dios, sean fuertes, sean generosos, denles a sus hijos los medios para que sigan ese llamado de Dios. Yo soy una madre que sabe lo que están viviendo las madres, así que cuando venga la gracia es importante que sepan reconocerla”.

En el centro de la fotografía se encuentra una de las hijas religiosas de la familia, acompañada por sus seis hermanos sacerdotes, muchos de ellos misioneros. Actualmente sirven en distintas partes del mundo: uno estudia en Roma, dos son rectores en seminarios en Estados Unidos —en Minnesota y Washington—, y los demás están en Bolivia, Polonia y Filipinas / Foto cortesía de la familia Ibarra

En ocasiones cuando los hijos expresan a sus madres el deseo de ser sacerdotes, algunos se oponen porque consideran que son demasiado traviesos, desordenados, o incapaces de vivir con disciplina. “Quizá el chico pelea con su hermana, es distraído o inquieto”, comentó Sonia.

Sin embargo, asegura que Dios no espera niños perfectos para llamarlos. “Si fuera así, ninguno de nuestros hijos hubiera sido llamado”, añae. Explica que Dios llama a cada uno con sus propias cualidades. También señala que, al ingresar al seminario menor, los jóvenes inician un proceso de discernimiento y formación donde esa vocación puede crecer y madurar.

Después de conocer el “milagro” de las vocaciones ocurridas en el pequeño pueblo de Lu Monferrato, Sonia y un grupo de madres que tenían en común contar con hijos sacerdotes o hijas religiosas en sus familias decidieron unirse en oración de manera organizada.

Así comenzó a tomar forma un nuevo apostolado, con la ayuda de sacerdotes y se creó la página para coordinar las 40 horas de adoración, una idea magnánima que tiene como propósito volver a encender el corazón de las madres y ayudar a Dios en la salvación de las almas.

Citando a Mons. Demetrio Fernández de Córdoba (España), afirma que es necesario “crear un clima vocacional, de manera que un niño, un adolescente, un joven pueda percibir con nitidez la llamada de Dios y pueda responder sin mayores dificultades”. Lo que ocurrió en Lu Monferrato fue precisamente esa perfecta dualidad: oración y clima vocacional para dar como fruto un total de 323 sacerdotes, religiosos y religiosas.

Inspiradas en la oración que realizaba la comunidad de Lu Monferrato y adaptando el formato de adoración de las 40 horas, Sonia Ibarra y un grupo de mujeres han realizado esta adoración durante doce años de forma ininterrumpida y actualmente se ha extendido a nivel internacional.

Cada mes se realiza 40 horas de adoración los días 14, 15 y 16, en recuerdo del tiempo que Jesús permaneció en el sepulcro.

Durante esta jornada mensual de adoración, los participantes pueden dedicar una, dos o más horas de oración. Cualquier mujer, en cualquier parte del mundo, puede unirse ofreciendo este tiempo por la santificación de los sacerdotes y por el aumento de las vocaciones a la vida consagrada.

En 2024, los participantes de las 40 Horas por las Vocaciones celebrarán 10 años de oración continua. Hoy, miles de mujeres en distintos países se unen a esta iniciativa, orando por la santidad de los sacerdotes, el incremento de las vocaciones y la fidelidad de quienes se preparan para servir a la Iglesia / Foto cortesía de Sonia Llauró de Ibarra

La página es www.40horas.org y lo único que deben hacer es un registro sencillo con su nombre y elegir la fecha y la hora en que desean participar. También lo pueden hacer uniéndose a través de la aplicación WhatsApp con el número +541551773843.

Sonia afirma que lo ideal es realizar la adoración ante el Santísimo Sacramento; Sin embargo, explicó que también puede hacerse desde casa, preparando un espacio especial de oración, encendiendo una vela o cirio y ante alguna imagen sagrada.

Añade que incluso las mujeres que dedican su tiempo al cuidado de sus hijos pequeños, de algún enfermo o que están realizando las tareas del hogar, como cocinar, pueden ofrecer ese momento al Señor como parte de su oración y entrega.

“Lo que buscamos es mover el corazón de Jesús, que espera ser enternecido por nuestra oración al pedir por el aumento de las vocaciones, así como por la santidad y perseverancia de los sacerdotes y religiosas”. Añade que Él está siempre dispuesto a conceder incluso más de lo que necesitamos.

“Pedimos bendiciones para todos los sacerdotes que atraviesan dudas, ataques y tentaciones, para que permanezcan firmes en su vocación”, expresó Sonia.

Asimismo, señala que también oran por aquellos jóvenes que han sido llamados a la vida consagrada, para que puedan superar los obstáculos y dar el paso de ingresar al seminario o al noviciado.

Sonia. Señala que el gran reto de la actualidad es que, a diferencia de la época en que llegaron los primeros misioneros a evangelizar nuestros países, las personas no conocían la fe, pero ahora están en contra de ella.

La fuerza que tiene la oración es muy importante si queremos que nuestros hijos sean santos y lo pedimos con fuerza, ellos serán grandes santos porque Dios es fiel a sus promesas y no se deja ganar en generosidad.

“Dios no solo nos ha pedido, sino que nos ha mandado orar por las vocaciones”, afirma Sonia recordando del Evangelio según San Mateo 9, 38: “Rueguen al dueño de los sembrados que envía trabajadores para su cosecha”.

Finalmente, expresa lo importante que es poner a la Virgen en un lugar muy especial dentro de su familia porque “la Virgen es todo”, dice Sonia, “es importante que consagren sus hijos a la Virgen María, y de rodillas decirle: te lo entrego para que lo hagas santo”. Eso es lo que han hecho los santos consagrase y consagrar a su familia a la Santísima Virgen, añadió.

Para los sacerdotes una recomendación especial es consagrar a la comunidad parroquial a Jesús por medio de María.