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martes, 3 de noviembre de 2026

Mario Aguado, superviviente del accidente de tren de Urda: «Dios estuvo presente desde el primer minuto, en la oración, en el corazón; me puse a rezar: ‘Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador’»

Mario Aguado, superviviente del accidente de Urda, junto a su esposa Maite Cerezo Soler / Foto: Cedida por Maite Cerezo Soler - Revista Ecclesia

* «Dios estuvo presente desde el primer minuto, en cada segundo, en la jaculatoria que repetía, en la oración, en el corazón. Estaba todo el tiempo. Rezar era lo único que me mantenía, puedo decir, vivo. Era lo único que mantenía el dolor a raya para no entrar en shock, no desmayarme y no ponerme a gritar como un poseso. Yo le decía: «Señor, ayúdame. Ten compasión de mí». Y eso me mantenía en paz, me mantenía en calma. Puedo decir que rezar me mantuvo en paz»

Camino Católico.-  Mario Aguado subió a primera hora del pasado miércoles al AVE que acabaría estrellándose contra un Iryo detenido en la vía por una concatenación de errores aún bajo investigación. Del impacto no conserva imágenes: solo la sensación física de haber entrado en una centrifugadora. Lo siguiente fue verse a cielo abierto entre los restos del tren, con la pierna derecha destrozada, encomendándose a Dios y hablando de su mujer, Maite Cerezo Soler, y de sus hijos.

La familia acababa de regresar a España el 31 de agosto tras dos años y medio en Basilea (Suiza) como familia en misión. Con las pertenencias todavía embaladas en un trastero, y alojados provisionalmente en casa de sus suegros, Mario viajaba a Sevilla por trabajo cuando la catástrofe frenó en seco esa nueva etapa. Desde la cama del Hospital de Toledo, con la pierna inmovilizada y una recuperación que se prevé larga, reconstruye un accidente donde el dolor convivió con una inesperada cadena de auxilio humano y espiritual.

“Rezar era lo único que me mantenía vivo”

“Yo iba en el AVE en dirección a Sevilla, en el coche número 7. De repente, el tren se paró y estuvimos detenidos por aglomeración en la vía unos 15 o 20 minutos. No sé cuánto exactamente, pero sí recuerdo que bromeé con mis compañeros de trabajo que iban en el mismo vagón. Como había madrugado mucho y todavía quedaba un buen trecho para llegar a Sevilla, aproveché para dormir. Y lo siguiente que recuerdo es despertarme fuera, al aire libre, cuando ya se había producido el accidente. Tenía escombros encima, unos asientos… Si hago un esfuerzo y cierro los ojos, me viene algún recuerdo, como de estar en una batidora, como si cogieras una pelota y la metieras dentro de un bote y la movieras muy fuerte. Tengo esa sensación, pero ninguna imagen”, explica Mario a la Revista Ecclesia.

“Lo primero que hago al despertar es un control de daños. Me quité las cosas que tenía encima con las manos. Recuerdo que retiré arena, barro… Al tocarme la cara, me vi las manos y las tenía repletas de sangre. Luego me toqué la cadera y me desplacé un poco para comprobar que había movilidad. Moví la pierna izquierda. Hasta ahí todo bien. Pero ya no pude mover la derecha. Me incorporé y vi que la tenía bastante afectada. Entonces, me puse a rezar. Me tapaba los oídos con fuerza para no escuchar los gritos de la gente y decía: «Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador»”, confidencia.

“Dios estuvo presente desde el primer minuto, en cada segundo, en la jaculatoria que repetía, en la oración, en el corazón. Estaba todo el tiempo. Rezar era lo único que me mantenía, puedo decir, vivo. Era lo único que mantenía el dolor a raya para no entrar en shock, no desmayarme y no ponerme a gritar como un poseso. Yo le decía: «Señor, ayúdame. Ten compasión de mí». Y eso me mantenía en paz, me mantenía en calma. Puedo decir que rezar me mantuvo en paz”, comparte Mario Aguado. 

Rezando con varias personas

“La jaculatoria «Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador», la estuve rezando hasta que llegó un primer ángel, José Ramón, que me escucha rezar y me pregunta si soy católico. Le digo que sí, y me contesta: «Yo también. Tranquilo. Vamos a rezar juntos». Luego me dijo si quería que llamásemos a alguien, pues tenía un teléfono. Le di el número de mi esposa Maite, pero no daba tono. Luego me enteré de que en ese momento estaba en el trastero. Hice memoria y recordé el número de teléfono fijo de mi mujer, el de la casa de mi suegra, que es donde estamos viviendo en estos momentos. No sabía qué hora era, pero pensaba que, quizás, Maite ya había vuelto de dejar a los niños en el colegio. Ella no estaba, pero sí mi suegra. Le digo básicamente que estoy vivo y un poco las sensaciones que tengo: que siento las piernas y que la derecha la tengo destrozada. Y que, por favor, le dijera de la mejor manera posible a mi mujer lo que había pasado. Que quería a Maite y a los niños y que Dios era bueno. Que Dios era bueno. Mi suegra me preguntó dónde estaba. Y ahí apareció otro ángel, Antonio, el farmacéutico del pueblo, que nos confirmó que estábamos cerca de Los Yébenes. Y la conversación se terminó. José Ramón me dijo que con ese teléfono iba a intentar poner en contacto a más heridos con sus familiares y yo me quedé ahí tumbado”, relata.

Antonio García, el farmacéutico de Urda, acudió rápidamente al lugar del accidente ferroviario para ayudar en todo lo que tuviera en su mano. Allí encontró a Mario Aguado malherido que pedía a quien se le acercaba darle un último mensaje a su mujer: Que quería a Maite y a los niños y que Dios era bueno. Que Dios era bueno / Foto: Belén Diaz - Alfa y Omega 

“Pasaron por allí muchas personas. Primero vi a dos compañeros de trabajo. También apareció un sacerdote mayor, que vino a preguntarme qué tal estaba, me dio ánimos, me tranquilizó y se fue a ver a más heridos. Luego llegó Rosa, que debió escuchar algunas de mis conversaciones y me preguntó lo mismo que José Ramón: si era católico. Le dije que sí. Me cogió la mano, sacó una especie de rosario del cuello y me dijo: «Mario, ahora no podemos hacer nada. Solo tenemos que esperar. Así que, si te parece, voy a rezar una corona mística». Se lo agradecí y le pedí que no me soltara la mano. Fue como la mano de una madre, porque en ese momento yo tenía mucho miedo, y Rosa rezaba, rezaba y rezaba. A veces, por los gritos, volvía a taparme los oídos. Y ella no paraba de rezar, no paraba de rezar”, relata Mario Aguado.

“Yo hablaba todo el rato de Maite y los niños, Maite y los niños”

“Pasó un rato, no sé cuánto, porque perdí un poco la noción del tiempo, pero un grupo de hombres me sacó de la zona. Me colocó en un trozo de techo del tren recubierto con ropa, a modo de camilla, y me dejaron en un lugar que era tierra firme, como un descampado. En ese momento, ya entraron en juego los médicos. Recuerdo a uno de ellos, con casco amarillo, que venía con una doctora, con pelo rizado y gafas. Me cogió una vía y me puso un gotero con algo. Recuerdo a muchas personas sujetar el gotero. Una señora mayor con el brazo en cabestrillo. También dos guardias civiles, a quienes pedía agua insistentemente, porque tenía mucha sed. Pero no me la podían dar. El más joven, que estaba a mi lado, mojaba de vez en cuando una gasa en agua y me humedecía un poco los labios y me limpiaba las heridas. Yo le tiraba del pantalón, porque sentía un dolor muy fuerte. Tengo la imagen de muchas personas tumbadas con goteros, con mantas térmicas, muchos médicos. Yo gritaba de dolor. Vino entonces otro médico, que creo que era el que lideraba un poco todo. Me miró y me dijo: «Tranquilo, sé que te duele mucho, te voy a poner una medicación. Estás bien. Te están cuidando»”, explica pormenorizadamente.

“Solo tengo la imagen de luces y sombras, de despertarme de repente y volver a quedarme dormido. Cuando recuperé la consciencia, estaba entre médicos. Una chica que se llama Tamara, otro ángel, sujetaba mi gotero y me daba la mano. Me dijo que estuviera tranquilo y que ella iba a informar a mi mujer y a la familia de a dónde me iban a llevar. Y en ese momento apareció Álvaro, otro médico. Me colocaron en una camilla, me subieron a la ambulancia y me llevaron al hospital de campaña. Tamara seguía allí, no se había ido. En el hospital de campaña estuve con Javi, un médico joven, con camisa, que me dio la mano y me dijo que se iba a quedar conmigo hasta que me fuese. Me pusieron un collarín, donde iban apuntando cosas: mi estado, la medicación. Yo hablaba todo el rato de Maite y los niños, Maite y los niños. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero sí que había mucho movimiento. Los helicópteros despegaban y aterrizaban; se llevaban gente todo el rato. Al poco tiempo, apareció una chica que dijo que me trasladaba al hospital de Toledo. Ahí desaparecieron Tamara y Javi y solo estaba con ella. Luego tengo la imagen de cuando me bajan de la ambulancia, ya en Toledo, los pasillos del hospital, y lo que me decían tras verme, que había sido un milagro. Una vez comprobaron que la pierna afectada tenía bien el riego sanguíneo —tenían miedo de que hubiese que amputar, esa palabra la escuché varias veces—, me metieron en quirófano. Me durmieron y me hicieron una cirugía de contención. Cuando me desperté, estaba en la Unidad de Reanimación del Hospital de Toledo con mi mujer y mi madre. Primero fui consciente de que estaba mi madre y recuerdo que dije: «Anda, pero si está aquí mi mamá». Alguien me daba la otra mano. Miré y allí estaba mi mujer. Es otra oportunidad que nos da el Señor a mí y a mi mujer para estar juntos”, dice este joven esposo y padre de familia.

Mario Aguado volvió a ver a sus hijos ya en un hospital más cerca de casa, en Madrid y comparte que “Miguel es un bebé, pero es la alegría. Con las dos niñas mayores fue muy especial. La mayor, Blanca, estaba muy preocupada y venía cada poco a darme un abrazo y un beso. Almudena, que es más sensible y más cauta, se sentó a mi lado y me preguntó si me iba a curar. Y ella ya se quedó tranquila con mi respuesta afirmativa. Fue una experiencia de gran alegría encontrarme con ellas”.

“No dejen de rezar por mí, pero también por las personas que están hospitalizadas, por todas, conozcan o no a Jesús”

Respecto a cómo ha vivido la oración de tanta gente por él y su familia explica que “¿cómo te digo que lo podemos tocar? Hay personas hasta en Kazajistán rezando por mí. Y eso se puede tocar. Es como el calor del sol. Está ahí. Si no, yo no estaría así. Estos días no paro de decir a la gente que no dejen de rezar. Por mí, pero también por las personas que están hospitalizadas, por todas, conozcan o no a Jesús, porque estoy seguro de que tendrán un consuelo. Porque yo lo tengo. La oración es como una brisa que no se ve, pero que lo refresca todo. Y a mí me ayuda a respirar en los momentos en los que no puedo más. Me ayuda a seguir en paz”.

“Vivir y pedirse perdón y decirse «te quiero» es urgentísimo; mi mujer es lo más importante, es la persona que me va a ayudar a llegar al cielo”

Su esposa Maite Cerezo Soler escribió un testimonio de cómo vivió el accidente también en la Revista Ecclesia, que reproducimos al final, y Mario se sincera respecto a lo que ella decía: “Tardé un par de ratos en leerlo completo. ¿Qué decirte? Somos un matrimonio joven, con el que Dios ha ido haciendo historia de una manera muy original. Es cierto que llevábamos unos cuantos meses mal. Enfadados. Eso que te vas a trabajar, vuelves, la rutina, los niños, que absorben mucha energía… Justo el día antes de coger ese tren había pedido ayuda para empezar una terapia familiar, y ese día volvió a cambiar todo. Creo que Maite ha sabido poner las palabras perfectas a lo que estábamos viviendo, a cómo estaba viviendo ella. Tiene toda la razón en lo que escribe. Vivir es urgente, pedirse perdón es urgente, urgentísimo. Decirse «te quiero» es urgentísimo. Los hijos son muy importantes, pero mi mujer es lo más importante. Es la persona que me va a ayudar a llegar al cielo. El resto, si yo estoy bien con ella, estará bien”.

“Te mentiría si te dijera que no pienso en mañana, pero intento no hacerlo. Intento vivir el hoy. Lo que Dios quiere para mí ahora. Mañana será diferente. Cuando estábamos en misión, ya vivíamos de una manera extrema, y hoy lo volvemos a hacer, pero con una gran paz en el corazón. Tendremos que organizar muchas cosas y hay mucha gente que nos está ayudando, pero me centro en vivir el ahora. La paz no viene de mí. Viene de todas estas personas que están rezando por nosotros. Es un don, no viene de mí. Yo vivía sin paz, pidiendo la paz. Y, ahora, con hierros en la pierna, con brechas, tumbado en la cama, con dolores, medicación, en un hospital, es cuando estoy experimentando la paz. Así que no viene de mí. Viene de Dios”.

El testimonio de Maite Cerezo Soler, esposa de Mario Aguado: «Dios es bueno»

Maite Cerezo Soler, esposa de Mario Aguado, superviviente del accidente de Urda / Foto: Perfil de Maite Cerezo Soler de Linkedin

Cuando pienso en todo lo que ha sucedido, hay algo que me viene a la cabeza una y otra vez: cuando vi salir a Mario de casa, no nos despedimos como yo habría querido. Prácticamente acabábamos de llegar a España de una misión evangelizadora en la que habíamos sufrido mucho; aún no nos habíamos terminado de asentar en Madrid con nuestros hijos —tenemos tres niños pequeños y, por lo pronto, nos encontramos viviendo temporalmente en casa de mis padres, intentando recomponer nuestra vida y empezar de nuevo. Mario acaba de comenzar un trabajo y tenía que viajar a Sevilla para asistir a una formación.

Nuestra situación familiar es, en fin, bastante complicada. Mario se levantó muy temprano para coger el tren, yo dormía con el pequeño y, mucho antes de la hora habitual, las niñas fueron despertándose y viniendo una detrás de otra. Mario se preparó, se despidió de mí y se marchó, a lo que yo respondí con enfado. Enfado por quedarme sola con los niños, por el cansancio, por nuestra situación y por todos aquellos meses de tensión entre nosotros. Me despedí de él, en fin, como si Dios no fuera bueno.

Mi día continuó como si nada: niños al colegio, una visita al trastero donde tenemos guardadas todas nuestras cosas a buscar ropa de invierno para el bebé, quizá una cámara nebulizadora con Ventolín. Luego a la gasolinera y para casa. Aproveché para llamar a Mario, pero no contestaba. Tampoco a los mensajes que le dejé. Asumí, sin más, que iría durmiendo; tal debía ser el cansancio acumulado tras varios días sin dormir por estar con las niñas.  Echo gasolina al coche y, mientras tanto, leo en el grupo de su familia un mensaje:

«Accidente de tren en Toledo».

Mi primer pensamiento fue: «Oh, otra vez, pobrecitos…». Enseguida, como por instinto, me saltó la primera alarma: «Toledo. Mario iba a Sevilla. “No sé en qué tren viaja Mario”». Me metí en el coche y mientras conducía la angustia empezó a crecer; solo quería llegar cuanto antes a donde fuera y poder llamarle. En el grupo de Whatsapp de su familia crecía el nerviosismo, y en mi interior también. Mientras buscaba un hueco para aparcar, se me empezaron a colar, sin permiso, pensamientos de todo tipo. Que podía estar muerto. Que le había dejado marcharse sin decirle cuánto le quería. Que mis hijos crecerían sin su padre. Y un macabro etcétera que me repetían, una y otra vez, que Dios no era bueno.

Tenía el alma sepultada bajo toneladas de angustia. Los oídos me zumbaban y sentía que me faltaba el aire. En ese momento me llama mi padre: «Hola, Maite, soy papá. ¿Dónde estás? Voy en un segundo a donde estés». Esto bastó para que yo sintiese cómo el golpe me mataba por dentro. «¿Mario está bien?», acierto a preguntar. «Está vivo, Maite. Está bien. Sabe que tiene una pierna muy rota; le han ayudado a salir del sitio en el que estaba». Quien haya vivido algo parecido sabrá de lo que hablo, de cómo no podía pensar más que en lo mucho que le quería, en lo tonta que había sido, en el futuro de mis hijos y en rezar, rezar, rezar por él. Así se lo pedí a nuestra comunidad de San Pedro, en Alcobendas, donde Mario y yo vivimos nuestra fe.

A partir de aquí se inician las que, sin duda alguna, han sido las horas más largas de toda mi vida. Solo necesitaba que alguien me llamara. No quería saturar el único teléfono que habían habilitado para atender a los familiares, pero llegó un momento en que ya no pude más. Llamé para preguntar si podía ir a buscarle, si sabían a qué hospital le trasladaban o qué tenía que hacer. Tras horas de insistencia al teléfono, alguien contestó. Me pidió mis datos, los suyos y mi teléfono. Acto seguido me colgó. Mi impulso fue el de gritar y salir corriendo a buscarle.

Mis suegros recibieron una llamada diciendo que Mario estaba bien y que una ambulancia le trasladaría a un hospital, pero no dijeron a cuál.

Al rato recibí, por otro lado, la llamada de una mujer. «Hola, ¿Maite? Llamo del accidente de trenes. Estamos en la zona cero del accidente. Está aquí tu marido, Mario, y no va a parar hasta que te llamen». Pregunté si estaba bien. «Sí, le tenemos aquí en una camilla. Ahora mismo le estoy sujetando los goteros. No puede hablar porque le han puesto medicación y está muy drogado». ¿En la zona cero? ¿Pero no se lo estaban llevando a un hospital? Respiré hondo y empecé a repetirme algo que todavía hoy recuerdo: «Dios es su padre. Dios es su padre. Va a venir. Con pierna, sin pierna, da igual. Va a venir conmigo y con los niños, ayúdale Señor a estar en paz, ayúdale». Le di las gracias a aquella mujer y colgué.

Ni siquiera entonces, en aquella primera llamada que tanto había deseado recibir, fui capaz de decir en voz alta lo único que quería decirle a Mario. Que le quiero, que es mi vida, que le espero con los niños, que los niños le quieren con locura, que es lo mejor que nos ha pasado. Sobre todo que le quiero. Dentro de mí solo había desconcierto, angustia y aquel zumbido constante en los oídos. De nuevo la tentación de que Dios no era bueno.

El tiempo avanzaba despacio, y yo seguía esperando una nueva llamada que me dijera dónde estaba Mario, cómo se encontraba o qué iba a pasar con él. Mi madre me miraba preocupada. Yo estaba completamente descompuesta, sin poder pensar con claridad, esperando noticias. En un momento se acerca y me dice: «Desde luego, una cosa debes tener clara: tu Mariete te quiere». «¿Por qué dices eso?», le pregunto. Entonces me contó que Mario no había dejado de repetirlo, que preguntaba por mí, que quería que me llamaran, que decía una y otra vez: «Dile a Maite que la quiero, que la quiero. Dile a los niños que les quiero, que les cuide, que les quiero». Me quedé sin palabras.

Llevábamos meses sufriendo, atravesando una crisis muy grande, con infinidad de cosas que nos habíamos dejado de decir y mucho, muchísimo dolor acumulado. En todas esas horas no había dejado de pensar que le dejé marcharse sin decirle cuánto le quería. Y él, desde aquel lugar, herido, asustado y sin saber qué iba a ser de su vida, estaba intentando hacerme llegar que nos quería. Esto es algo que nunca voy a olvidar: que en este negro día, mientras yo buscaba desesperadamente a mi marido, él solo buscaba la manera de decirme que me quería. Y como él todavía no podía hacerlo, no paró hasta encontrar a alguien que me lo dijera. Aún hoy me estremezco de pensarlo.

Más tarde volvieron a llamar a mis suegros para confirmarles que trasladaban a Mario al Hospital Universitario de Toledo. Le habían estabilizado y ya le habían metido en la ambulancia. Al rato me llamaron para decirme que había llegado, que iban a hacerle unas pruebas y, eso sí, que las fracturas que tenía eran graves. Allí que fui con mis suegros. De camino recibí otra llamada en la que se me informaba que Mario entraba en quirófano de urgencia. Estaba estable, pero la fractura y la luxación eran complicadas. «Urgencia. Estable. Mario» era todo lo que conseguía escuchar.

Miguelito, nuestro bebé, lloraba en el coche. Le puse una nana y le acaricié para tranquilizarle. Mientras conducíamos, pensaba en Mario. En nuestra boda, en nuestro noviazgo, en cada uno de nuestros hijos cuando llegaron al mundo. Pensaba en Miguel naciendo durante nuestro tiempo de misión, en aquellas condiciones tan precarias, y en Mario sosteniéndome, cogiéndole en brazos en un paritorio prácticamente vacío, donde estábamos solos los dos. Él y yo. Pensaba también en todo lo que Mario había sufrido durante aquellos meses. En su angustia por sentir que no era suficiente, que no hacía lo bastante para que pudiéramos sacar adelante nuestra familia en medio de las dificultades de la misión. Y me repetía a mí misma: «¿Que no era suficiente? Pero si es mi vida. ¡Se lo tengo que decir! ¡Se lo tengo que decir!».

Llegamos al hospital y nos encontramos una imagen que no voy a olvidar. En el vestíbulo había un puesto móvil de atención a familiares de las víctimas. Había personas preguntando a sanitarios que consultaban en un ordenador. Todos y cada uno de ellos buscaban un pedazo fundamental de su vida como yo buscaba el mío. Algunos no conseguían encontrarlo. Gritaban de dolor, lloraban, se sentaban a esperar con la cara desencajada. Otros rezaban. Yo los miraba y solo me nacía de dentro rezar por ellos. Me repetía eso que Mario decía, que a pesar de todo Dios es bueno, es bueno, es bueno.

Mientras esperábamos a que alguien pudiera atendernos, volvió a sonar el teléfono. Era el mismo número. «¿Maite?»; «¡Estoy aquí en el Hospital!», respondí. «¿Estás en el vestíbulo de la entrada? Voy a llamar para que os suban». Mario había salido del quirófano. Nos dirigimos a la URPA y cuando estábamos llegando, escuché: «¡Familia de Mario Aguado!». Sentí que me moría. Creo que habría sido capaz de atropellar a quien fuera con el carro del bebé con tal de llegar hasta él. Como no me dejan entrar con el bebé, se queda mi suegro con él y yo entro acompañada de mi suegra a ver a Mario. Y le vi.

Lleno de cables, con oxígeno, electrodos, cortes, brechas, heridas y cardenales. Estaba aturdido, pero hablaba y abría los ojos. Ve a su madre y dice, lúcido a pesar de los analgésicos, «¡Pero si es mi mamá!». La abrazó. Lloraron. Yo intenté acercarme a los pies de la cama para decirle que estaba allí y, sobre todo, que le quería. Pero vi todos aquellos hierros y tuve miedo de rozarle y hacerle daño. Me quedé, pues, esperando. Al poco rato nuestros ojos se encuentran, se incorpora, abre los ojos como platos y dice: «¡Mi mujer!». Le abracé y entonces, solo entonces, respiré.

El solo me repetía: «Lo siento, lo siento, lo siento…». Y lloraba. Yo le respondía que le quería, aunque las palabras tenían que encontrar la forma de esquivar el nudo de angustia que aún me oprimía la garganta. Pero se lo decía, una y otra vez, sin parar. Al verle el cuerpo empecé a sentir muchísimo calor. Me sobraba la chaqueta de lana, la bata, todo. Pedí un taburete para poder sentarme a su lado. Me tumbaron y me recuperé.

Ya está. Estoy con él. Está aquí. Mario repetía nombres una y otra vez. Daba las gracias a todos los que se acercaban a atenderle y pronunciaba los nombres de las personas que le habían ayudado como si fueran un mantra: «José Ramón, Rosa, Santos, Tamara…». No dejaba de dar las gracias. Me dejaron estar con él durante un buen rato, hasta que me avisaron de que tenían que atender a más pacientes que llegaban de cirugías urgentes y que debía marcharme.

Antes de irme, Mario lloró. Me contó que durante horas había pensado que iba a quedarse parapléjico. Que podía perder una pierna. Le pregunté a la enfermera si podría volver a verle. «Claro que sí, cariño. Mañana a las 9:30 es la hora de visitas». Y me fui de allí dando profundas gracias a Dios. Mario estaba vivo. Había vuelto a encontrarme. Podía abrazarle.

Y aunque todavía no sabíamos todo lo que nos esperaba, aquella noche pude volver a respirar. Aquel día entendí que hay palabras que no deben nunca, nunca, dejarse para después, y que para un matrimonio, decirse «te quiero» es siempre urgente, a cualquier hora, pues uno no sabe si cinco minutos después lo va a poder decir. Que no me quede un solo «te quiero» sin decirle a Mario desde hoy hasta el final de nuestros días. Porque la vida puede cambiar en un aterrador instante y que el amor, incluso cuando atraviesa momentos difíciles, sigue siendo el pilar fundamental que lo sostiene todo. Mario había salido de casa aquella mañana para ir a trabajar; era un viaje de formación, un simple viaje más. Creía tener derecho a estar enfadada con él, y el solo recuerdo de haberme despedido de él con desdén es algo que me corta el aliento. Tenemos, gracias a Dios, una nueva oportunidad, una vida entera por reconstruir, tres hijos pequeños que nos esperan y tantas, tantas, tantas cosas pendientes entre nosotros. Solo me quedan fuerzas para dar gracias a Dios por darnos esta nueva oportunidad de vivirlas. Por eso y porque es bueno.

Maite Cerezo Soler

Papa León XIV en mensaje a los jóvenes para la JMJ: «Déjense salvar por Dios, dejen que su amor, el Espíritu Santo, modele sus vidas y que Jesús habite en ustedes, en sus decisiones»

* «La verdadera victoria no es imponerse, sino entregarse. Siguiendo el camino abierto por Jesucristo, tampoco ustedes necesitan imponerse, ni demostrar continuamente lo que valen, ni parecer perfectos o esconder sus fragilidades, sus dudas o sus límites. Tengan el valor de ser auténticos ante Dios y ante los demás. Su dignidad no nace de la imagen que logran construir de ustedes mismos. Son preciosos porque son creados a imagen de Dios, conocidos por Él y amados por Él. Descubrimos quiénes somos realmente cuando nos damos cuenta de que nuestro corazón ha sido creado por Dios, para amarlo y, en Él, amar a los hermanos y hermanas. En efecto, existe en nosotros el deseo de entregarnos, de desgastarnos por la felicidad y el bien de los demás. Esta es la libertad que Cristo les ofrece: ir más allá de la preocupación exclusiva por ustedes mismos y abrirse a la creatividad generosa del amor»

 Camino Católico.- ”Déjense salvar por Dios, dejen que su amor, el Espíritu Santo, modele sus vidas y que Jesús habite en ustedes, en sus decisiones” subraya el Papa León XIV en un mensaje dirigido a los jóvenes con motivo de la XLI Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará el 22 de noviembre de 2026 en las Iglesias locales y tendrá su encuentro internacional en Seúl, Corea del Sur, del 3 al 8 de agosto de 2027. Bajo el lema «Tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), el Pontífice propone una reflexión sobre la valentía cristiana como respuesta a los miedos, las incertidumbres y los desafíos que atraviesan las nuevas generaciones.

En su mensaje, el Santo Padre expresa su gratitud por el don que los jóvenes representan para la Iglesia y la sociedad. Reconoce en ellos el deseo de libertad, verdad y amor, así como la esperanza que el Espíritu Santo suscita en sus corazones y que puede convertirse en luz para los demás.

León XIV reconoce que muchos jóvenes experimentan preocupación por el futuro, presión por alcanzar el éxito, dificultades para aceptar su identidad y sentimientos de soledad. También advierte sobre la influencia de las redes sociales y de modelos artificiales que pueden generar comparaciones constantes y expectativas difíciles de alcanzar.

Ante estas realidades, el Papa recuerda el encuentro de Jesús con sus discípulos en medio de las aguas agitadas y les transmite una certeza: Cristo está cerca, incluso antes de que comiencen a buscarlo. La valentía cristiana, afirma, no depende de las propias fuerzas, sino de la presencia del Señor, que acompaña a cada persona en las dificultades de la vida. El Pontífice subraya que Cristo no promete una existencia libre de sufrimientos, pero asegura que ninguna oscuridad es más fuerte que su amor. El texto completo del mensaje es el siguiente:

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

PARA LA XLI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

[22 de noviembre de 2026 – 3-8 de agosto de 2027]

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«Tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Queridos jóvenes:

Con este mensaje quisiera acercarme a todos ustedes, y deseo ante todo dar gracias a Dios por el don que son ustedes para la Iglesia y para la sociedad. Él los conoce, los ama y los acompaña en el camino de la vida. Su Espíritu suscita en todos ustedes, aun siendo tan diferentes y estando dispersos por el mundo, la misma aspiración a cosas grandes y duraderas, los impulsa a la búsqueda de la libertad y de la verdad. Su deseo de amar y ser amados proviene de Dios, así como la esperanza que el Espíritu Santo suscita en sus corazones: una esperanza que también puede convertirse en luz para los demás. Por todo esto doy gracias al Señor.

Nos preparamos para celebrar en las Iglesias locales la XLI Jornada Mundial de la Juventud, el próximo 22 de noviembre, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo; y ya estamos enfocados en nuestro encuentro internacional en Seúl, en agosto de 2027. En preparación a estos acontecimientos deseo confiarles las palabras de Jesús: «Tengan valor: yo he vencido al mundo» ( Jn 16,33). Sobre estas palabras, que constituyen el tema que nos guiará durante los próximos meses, comenzamos ahora a meditar juntos.

¿De dónde nace el valor?

Las palabras de Cristo comienzan con una invitación al valor. Sé bien que a veces, en nosotros como en los primeros discípulos, en lugar del valor pueden predominar la incertidumbre o el miedo. Muchos de ustedes tienen preguntas y preocupaciones que oprimen el corazón. Quizá experimenten temores por el futuro, sientan la presión por tener éxito y parecer perfectos, y estén expuestos al estrés de una continua comparación con los demás o con modelos inalcanzables y artificiales. Posiblemente encuentren difícil reconocer y aceptar su identidad bajo la influencia de imágenes construidas por las redes sociales; perciben la necesidad de afecto sincero, porque la tecnología puede imitar la empatía, pero no sustituye la auténtica cercanía humana. Algunos de ustedes conocen la soledad, la desilusión o el temor de no estar a la altura.

Por estos motivos, quizá también ustedes se han sentido como los discípulos de Jesús, en una pequeña barca que atraviesa el lago en la noche. El viento se hace más fuerte, las olas se levantan y la costa desaparece en la oscuridad. En circunstancias similares, resuena en el Evangelio una invitación al valor. Jesús sale al encuentro de sus discípulos y les dice: «Soy yo, no teman» (cf. Jn 6,20). Esta es la certeza que deseo confiar a sus corazones: antes de que ustedes comiencen a buscar a Cristo, Él está ya cerca de ustedes, caminando sobre las aguas agitadas de la vida. La valentía cristiana no nace de nuestra fuerza, nace de su presencia.

Ciertamente, Cristo no tuvo una vida sin tormentas, ni tampoco nos la promete. Pero ninguna oscuridad ni sufrimiento es más fuerte que su amor. Él no los abandona nunca, los invita a la amistad con Él y a confiarle su camino y el de sus comunidades. Déjense por tanto encontrar por Jesucristo que los está buscando y encomiéndenle su camino personal y comunitario. Sentirán crecer en el corazón un valor nuevo, que no desaparece.

La victoria sobre el mundo

El Señor Jesús, que salió al encuentro de sus discípulos caminando sobre las aguas, nos dice ahora a nosotros: «Tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Acojan estas palabras como una promesa dirigida personalmente a cada uno de ustedes y a los hermanos y hermanas con quienes están en camino. Dichas palabras, antes aún de ser una exhortación, son un don. Cristo no dice: «Vencerán al mundo», dice: «Yo he vencido al mundo». Sabemos que por “mundo”, en este pasaje evangélico, se entiende no el universo creado y amado por Dios y destinado a la salvación, sino el “mundo de tinieblas” (cf. Ef 6,12), es decir, esa realidad misteriosa, presente también en el corazón de todo hombre, que se resiste a Dios y se le opone. Jesús, y sólo Él, con su muerte y resurrección, ha vencido esta realidad oscura y ha abierto a la humanidad el camino hacia Dios, la felicidad, la justicia y la paz.

Comprendemos así otros aspectos del valor al que Jesús nos invita. Este no nace de sus propios propósitos o de la fortaleza de su carácter. Nace de la confianza en Aquel que los precede, nace de la fe en Jesucristo. Si pensamos que Cristo ha vencido al mundo amándolo, comprendemos que la valentía cristiana no es una valentía “contra” algo o alguien, sino una valentía “por”: por la vida, por la verdad, por la libertad y por la justicia.

Con el valor que Cristo nos da podemos dirigirnos con ojos nuevos al mundo que Dios tanto amó (cf. Jn 3,16). También a nosotros se nos confía nuestra parte, aunque sea pequeña, para que se pase de un “mundo de tinieblas” a un “mundo salvado”. Cristo no los llama a huir de este mundo sino a verlo con su mirada y a tocarlo con su amor que todo sana. ¡Déjense alcanzar y conmover por esta realidad! Jesús no amó al mundo desde lejos. Ha entrado plenamente en nuestra realidad, humillándose hasta la cruz (cf. Flp 2,7-8). Ha conocido la alegría y la amistad, pero también la fatiga, el rechazo, la soledad y el sufrimiento, sin dejar que su corazón se cierre.

También ustedes viven en un mundo creado que es bueno, pero que está herido; lleno de posibilidades, pero marcado por injusticias, tensiones y miedos. Muchos desean la paz, pero encuentran la violencia; muchos anhelan la comunión, pero experimentan la soledad. En medio de estas contradicciones, los cristianos están llamados a seguir a Cristo en su valentía humilde: la valentía de ser amables cuando la dureza parece más fácil y resolutiva, la valentía de buscar la paz cuando el enfrentamiento parece más ventajoso, la valentía de custodiar la esperanza cuando el cinismo parece más convincente.

La victoria del amor que se entrega

Escuchando hablar de “victoria”, algunos podrían pensar que se trata de ser más fuertes que los demás, de imponerse o de demostrar continuamente el propio valor. Pero estas son las victorias que la mentalidad corriente propone, las victorias del mundo sin Dios. Si miramos a Jesús, encontramos otro tipo de victoria. San Pablo dice que Cristo, que era de condición divina, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo (cf. Flp 2,6-7). El Hijo de Dios se abaja porque su amor es libre, no tiene nada que demostrar ni que asegurar para sí; abajándose no pierde su dignidad, sino que revela la altura y la profundidad de su corazón divino, capaz de dar vida a quien estaba muerto. Su victoria es la victoria del amor que se da sin reservas.

Queridos jóvenes: la verdadera victoria no es imponerse, sino entregarse. Siguiendo el camino abierto por Jesucristo, tampoco ustedes necesitan imponerse, ni demostrar continuamente lo que valen, ni parecer perfectos o esconder sus fragilidades, sus dudas o sus límites. Tengan el valor de ser auténticos ante Dios y ante los demás. Su dignidad no nace de la imagen que logran construir de ustedes mismos. Son preciosos porque son creados a imagen de Dios, conocidos por Él y amados por Él. Descubrimos quiénes somos realmente cuando nos damos cuenta de que nuestro corazón ha sido creado por Dios, para amarlo y, en Él, amar a los hermanos y hermanas. En efecto, existe en nosotros el deseo de entregarnos, de desgastarnos por la felicidad y el bien de los demás. Esta es la libertad que Cristo les ofrece: ir más allá de la preocupación exclusiva por ustedes mismos y abrirse a la creatividad generosa del amor. 

La valentía de la humildad

El anonadamiento de Cristo por amor a nosotros no termina en la cruz; el Padre resucita al Hijo y lo exalta sobre toda criatura (cf. Flp 2,9-11). Observemos que la resurrección no es un acto de autoexaltación, es un don del Padre y de su Espíritu Santo. Aquí descubrimos otro aspecto de la valentía: la valentía de recibir. Podemos llamarla la valentía de la humildad. Ser amigos de Jesús significa parecerse cada vez más a Él en esto.

Una cierta mentalidad nos dice que hagamos todo solos, que trabajemos en nosotros mismos para mejorar continuamente, para construir una personalidad y un carácter más fuertes, pero al final esto puede hacernos creer que somos nuestros propios salvadores. El Evangelio nos presenta otro camino de crecimiento: no nos salvamos solos, sino que nos dejamos salvar por Jesucristo. Se nos pide aquí la valentía de aceptar la ayuda de los demás, de reconocer los propios límites, de detenernos, de escuchar y de confiar la vida a Dios.

Queridos jóvenes: abriendo el corazón a Cristo no se perderán, por el contrario, descubrirán más profundamente quiénes son ante los ojos de Dios y se conocerán con su mirada. Vuelvan, pues, a las profundidades de sus corazones: no se extraviarán, porque es allí donde Dios los espera. Déjense salvar por Él, dejen que su amor —el Espíritu Santo— modele sus vidas y que Jesús habite en ustedes, en sus decisiones. Cuando esto sucede, todo se renueva, aun en las situaciones cotidianas: en la fidelidad a los amigos, en el respeto del que piensa distinto de ustedes, en la atención al que está solo, en la cercanía a los más débiles y también en el modo en el que se comportan en el mundo digital. Todo es transformado por el amor. Para muchos el amor es una forma de debilidad; en cambio, Cristo nos muestra que es fuente de libertad y de fortaleza.

Cristo resucitado les sale al encuentro con su paz

La tarde de la resurrección, cuando la luz de la Pascua ya había entrado en el mundo, los discípulos estaban aún en el cenáculo con las puertas cerradas, llenos de miedo. La fe no hace desaparecer rápidamente las tinieblas, pero no nos deja solos en medio de ellas. Jesús, el Vencedor, no espera que los discípulos hayan vencido el miedo o que abran las puertas. Se pone en medio de ellos y sus primeras palabras son: «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20,19). Lo habían abandonado. Uno de ellos lo había traicionado, otro lo había renegado. Él les da su paz.

Quizá también en sus corazones y en las comunidades a las que pertenecen hay puertas que aún siguen cerradas a causa de desilusiones, heridas, resentimientos, sentimientos de culpa. Cristo viene a darles su paz y a reconciliarlos unos con otros. La valentía cristiana nace de la presencia del Señor resucitado, que perdona y envía. El don de su paz nos infunde un valor que el mundo no puede dar; un valor en el que, a pesar de las heridas, el miedo no tiene la última palabra.

Abran el corazón a Cristo

Cuando nos encontremos en Seúl, experimentarán de manera particular la belleza de la Iglesia universal y la acogida generosa de la Iglesia en Corea. Jóvenes provenientes de naciones, lenguas y culturas diferentes estarán unidos en Cristo. En la Eucaristía, en el vía crucis, en las catequesis, en las celebraciones y en los numerosos encuentros de esos días experimentarán nuevamente que el Evangelio supera todas las fronteras y habla a todos los pueblos. Dejen que esos días se conviertan en un verdadero encuentro con Jesucristo, un momento propicio para confiarle sus vidas. Para eso han nacido las Jornadas Mundiales de la Juventud. Nuestra peregrinación ya comenzó. No preparen sólo las cosas prácticas para el viaje a Seúl, ¡preparen sus corazones!

Lleven a Cristo sus preguntas, sus heridas, incluso las que desgarran a sus sociedades y enfrentan a sus países. Llévenle esta creación que gime y sufre, el grito de la tierra y de los pobres, que el Papa Francisco nos ha enseñado a escuchar. Compartan con Jesús sus alegrías y esperanzas. A la luz de todo esto, hago mías las palabras con las que san Juan Pablo II comenzó su pontificado: «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». No esperen a ser perfectos para abrirse a Él. Él sale a su encuentro así, tal como son. Abran a Cristo sus vidas. Abran a Cristo sus comunidades. Abran las calles que los conducen al corazón de las personas con las que se encuentran. El Señor resucitado, que entró a través de las puertas cerradas, sigue viniendo hoy entre ustedes. Por eso, no se conformen con una vida más pequeña de aquella a la que Cristo los llama. Déjense unir y transformar por su amor.

Queridos jóvenes: deseo vivamente encontrarme con ustedes en Seúl. Pero recuerden: el Señor al que allí encontraremos ya ha salido a encontrarse con ustedes. Acojan su promesa: «Tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33) y dejen que los acompañe a lo largo de todo el camino.

Les encomiendo a cada uno de ustedes a la intercesión maternal de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, para que les enseñe, como ella misma ha hecho, a abrir el corazón a Cristo, a confiar en su palabra y a acoger su paz con alegría, para compartirla con todos.

Vaticano, 22 de octubre de 2026, Memoria de san Juan Pablo II.

LEÓN PP. XIV

Fotos: Vatican Media

Reza con el Papa León XIV en noviembre de 2026: «Por el buen uso de las riquezas»

Foto: “Reza con el Papa”, 3-11-2026

* «Señor, Tú nos recuerdas que la verdadera riqueza no está en lo que guardamos, sino en lo que entregamos con amor. Un corazón desprendido transforma el mundo: abre caminos de justicia, derriba muros de indiferencia, siembra esperanza entre los pobres»

3 de noviembre de 2026.- (Camino Católico) “Te pedimos, Señor, que tu Espíritu nos enseñe a usar lo que tenemos —dinero, tiempo, talentos, oportunidades— como instrumentos de fraternidad. Haznos testigos de una riqueza convertida en servicio y misericordia, para que nuestra vida, unida a la de los demás, sea signo de tu Reino de justicia y paz”, ora el Papa León XIV en su vídeo “Reza con el Papa” del mes de noviembre de 2026. El texto íntegro de la oración del Santo Padre es el siguiente:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.


Señor de la vida,

todo lo que tenemos viene de Ti:

la tierra fértil, los talentos recibidos,

el esfuerzo de quienes nos precedieron.

Nada es solo nuestro, todo es don compartido.


Pero tantas veces, Señor, dejamos que la riqueza deseada o alcanzada

endurezca nuestro corazón, nos encierre en el egoísmo

y nos haga olvidar a los más frágiles.

Perdónanos por acumular en lugar de compartir,

por usar los bienes como poder y no como servicio.


Tú nos recuerdas que la verdadera riqueza

no está en lo que guardamos,

sino en lo que entregamos con amor.

Un corazón desprendido transforma el mundo:

abre caminos de justicia, derriba muros de indiferencia,

siembra esperanza entre los pobres.


Te pedimos, Señor, que tu Espíritu nos enseñe a usar lo que tenemos

—dinero, tiempo, talentos, oportunidades— como instrumentos de fraternidad.

Que cada decisión económica, familiar o comunitaria

nazca de un corazón libre,

capaz de reconocer que todo bien es común,

y que solo compartiendo construimos futuro.


Haznos testigos de una riqueza

convertida en servicio y misericordia,

para que nuestra vida, unida a la de los demás,

sea signo de tu Reino de justicia y paz.


Amén. 

León XIV