Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Mario Aguado, superviviente del accidente de tren de Urda: «Dios estuvo presente desde el primer minuto, en la oración, en el corazón; me puse a rezar: ‘Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador’»

Mario Aguado, superviviente del accidente de Urda, junto a su esposa Maite Cerezo Soler / Foto: Cedida por Maite Cerezo Soler - Revista Ecclesia

* «Dios estuvo presente desde el primer minuto, en cada segundo, en la jaculatoria que repetía, en la oración, en el corazón. Estaba todo el tiempo. Rezar era lo único que me mantenía, puedo decir, vivo. Era lo único que mantenía el dolor a raya para no entrar en shock, no desmayarme y no ponerme a gritar como un poseso. Yo le decía: «Señor, ayúdame. Ten compasión de mí». Y eso me mantenía en paz, me mantenía en calma. Puedo decir que rezar me mantuvo en paz»

Camino Católico.-  Mario Aguado subió a primera hora del pasado miércoles al AVE que acabaría estrellándose contra un Iryo detenido en la vía por una concatenación de errores aún bajo investigación. Del impacto no conserva imágenes: solo la sensación física de haber entrado en una centrifugadora. Lo siguiente fue verse a cielo abierto entre los restos del tren, con la pierna derecha destrozada, encomendándose a Dios y hablando de su mujer, Maite Cerezo Soler, y de sus hijos.

La familia acababa de regresar a España el 31 de agosto tras dos años y medio en Basilea (Suiza) como familia en misión. Con las pertenencias todavía embaladas en un trastero, y alojados provisionalmente en casa de sus suegros, Mario viajaba a Sevilla por trabajo cuando la catástrofe frenó en seco esa nueva etapa. Desde la cama del Hospital de Toledo, con la pierna inmovilizada y una recuperación que se prevé larga, reconstruye un accidente donde el dolor convivió con una inesperada cadena de auxilio humano y espiritual.

“Rezar era lo único que me mantenía vivo”

“Yo iba en el AVE en dirección a Sevilla, en el coche número 7. De repente, el tren se paró y estuvimos detenidos por aglomeración en la vía unos 15 o 20 minutos. No sé cuánto exactamente, pero sí recuerdo que bromeé con mis compañeros de trabajo que iban en el mismo vagón. Como había madrugado mucho y todavía quedaba un buen trecho para llegar a Sevilla, aproveché para dormir. Y lo siguiente que recuerdo es despertarme fuera, al aire libre, cuando ya se había producido el accidente. Tenía escombros encima, unos asientos… Si hago un esfuerzo y cierro los ojos, me viene algún recuerdo, como de estar en una batidora, como si cogieras una pelota y la metieras dentro de un bote y la movieras muy fuerte. Tengo esa sensación, pero ninguna imagen”, explica Mario a la Revista Ecclesia.

“Lo primero que hago al despertar es un control de daños. Me quité las cosas que tenía encima con las manos. Recuerdo que retiré arena, barro… Al tocarme la cara, me vi las manos y las tenía repletas de sangre. Luego me toqué la cadera y me desplacé un poco para comprobar que había movilidad. Moví la pierna izquierda. Hasta ahí todo bien. Pero ya no pude mover la derecha. Me incorporé y vi que la tenía bastante afectada. Entonces, me puse a rezar. Me tapaba los oídos con fuerza para no escuchar los gritos de la gente y decía: «Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador»”, confidencia.

“Dios estuvo presente desde el primer minuto, en cada segundo, en la jaculatoria que repetía, en la oración, en el corazón. Estaba todo el tiempo. Rezar era lo único que me mantenía, puedo decir, vivo. Era lo único que mantenía el dolor a raya para no entrar en shock, no desmayarme y no ponerme a gritar como un poseso. Yo le decía: «Señor, ayúdame. Ten compasión de mí». Y eso me mantenía en paz, me mantenía en calma. Puedo decir que rezar me mantuvo en paz”, comparte Mario Aguado. 

Rezando con varias personas

“La jaculatoria «Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador», la estuve rezando hasta que llegó un primer ángel, José Ramón, que me escucha rezar y me pregunta si soy católico. Le digo que sí, y me contesta: «Yo también. Tranquilo. Vamos a rezar juntos». Luego me dijo si quería que llamásemos a alguien, pues tenía un teléfono. Le di el número de mi esposa Maite, pero no daba tono. Luego me enteré de que en ese momento estaba en el trastero. Hice memoria y recordé el número de teléfono fijo de mi mujer, el de la casa de mi suegra, que es donde estamos viviendo en estos momentos. No sabía qué hora era, pero pensaba que, quizás, Maite ya había vuelto de dejar a los niños en el colegio. Ella no estaba, pero sí mi suegra. Le digo básicamente que estoy vivo y un poco las sensaciones que tengo: que siento las piernas y que la derecha la tengo destrozada. Y que, por favor, le dijera de la mejor manera posible a mi mujer lo que había pasado. Que quería a Maite y a los niños y que Dios era bueno. Que Dios era bueno. Mi suegra me preguntó dónde estaba. Y ahí apareció otro ángel, Antonio, el farmacéutico del pueblo, que nos confirmó que estábamos cerca de Los Yébenes. Y la conversación se terminó. José Ramón me dijo que con ese teléfono iba a intentar poner en contacto a más heridos con sus familiares y yo me quedé ahí tumbado”, relata.

Antonio García, el farmacéutico de Urda, acudió rápidamente al lugar del accidente ferroviario para ayudar en todo lo que tuviera en su mano. Allí encontró a Mario Aguado malherido que pedía a quien se le acercaba darle un último mensaje a su mujer: Que quería a Maite y a los niños y que Dios era bueno. Que Dios era bueno / Foto: Belén Diaz - Alfa y Omega 

“Pasaron por allí muchas personas. Primero vi a dos compañeros de trabajo. También apareció un sacerdote mayor, que vino a preguntarme qué tal estaba, me dio ánimos, me tranquilizó y se fue a ver a más heridos. Luego llegó Rosa, que debió escuchar algunas de mis conversaciones y me preguntó lo mismo que José Ramón: si era católico. Le dije que sí. Me cogió la mano, sacó una especie de rosario del cuello y me dijo: «Mario, ahora no podemos hacer nada. Solo tenemos que esperar. Así que, si te parece, voy a rezar una corona mística». Se lo agradecí y le pedí que no me soltara la mano. Fue como la mano de una madre, porque en ese momento yo tenía mucho miedo, y Rosa rezaba, rezaba y rezaba. A veces, por los gritos, volvía a taparme los oídos. Y ella no paraba de rezar, no paraba de rezar”, relata Mario Aguado.

“Yo hablaba todo el rato de Maite y los niños, Maite y los niños”

“Pasó un rato, no sé cuánto, porque perdí un poco la noción del tiempo, pero un grupo de hombres me sacó de la zona. Me colocó en un trozo de techo del tren recubierto con ropa, a modo de camilla, y me dejaron en un lugar que era tierra firme, como un descampado. En ese momento, ya entraron en juego los médicos. Recuerdo a uno de ellos, con casco amarillo, que venía con una doctora, con pelo rizado y gafas. Me cogió una vía y me puso un gotero con algo. Recuerdo a muchas personas sujetar el gotero. Una señora mayor con el brazo en cabestrillo. También dos guardias civiles, a quienes pedía agua insistentemente, porque tenía mucha sed. Pero no me la podían dar. El más joven, que estaba a mi lado, mojaba de vez en cuando una gasa en agua y me humedecía un poco los labios y me limpiaba las heridas. Yo le tiraba del pantalón, porque sentía un dolor muy fuerte. Tengo la imagen de muchas personas tumbadas con goteros, con mantas térmicas, muchos médicos. Yo gritaba de dolor. Vino entonces otro médico, que creo que era el que lideraba un poco todo. Me miró y me dijo: «Tranquilo, sé que te duele mucho, te voy a poner una medicación. Estás bien. Te están cuidando»”, explica pormenorizadamente.

“Solo tengo la imagen de luces y sombras, de despertarme de repente y volver a quedarme dormido. Cuando recuperé la consciencia, estaba entre médicos. Una chica que se llama Tamara, otro ángel, sujetaba mi gotero y me daba la mano. Me dijo que estuviera tranquilo y que ella iba a informar a mi mujer y a la familia de a dónde me iban a llevar. Y en ese momento apareció Álvaro, otro médico. Me colocaron en una camilla, me subieron a la ambulancia y me llevaron al hospital de campaña. Tamara seguía allí, no se había ido. En el hospital de campaña estuve con Javi, un médico joven, con camisa, que me dio la mano y me dijo que se iba a quedar conmigo hasta que me fuese. Me pusieron un collarín, donde iban apuntando cosas: mi estado, la medicación. Yo hablaba todo el rato de Maite y los niños, Maite y los niños. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero sí que había mucho movimiento. Los helicópteros despegaban y aterrizaban; se llevaban gente todo el rato. Al poco tiempo, apareció una chica que dijo que me trasladaba al hospital de Toledo. Ahí desaparecieron Tamara y Javi y solo estaba con ella. Luego tengo la imagen de cuando me bajan de la ambulancia, ya en Toledo, los pasillos del hospital, y lo que me decían tras verme, que había sido un milagro. Una vez comprobaron que la pierna afectada tenía bien el riego sanguíneo —tenían miedo de que hubiese que amputar, esa palabra la escuché varias veces—, me metieron en quirófano. Me durmieron y me hicieron una cirugía de contención. Cuando me desperté, estaba en la Unidad de Reanimación del Hospital de Toledo con mi mujer y mi madre. Primero fui consciente de que estaba mi madre y recuerdo que dije: «Anda, pero si está aquí mi mamá». Alguien me daba la otra mano. Miré y allí estaba mi mujer. Es otra oportunidad que nos da el Señor a mí y a mi mujer para estar juntos”, dice este joven esposo y padre de familia.

Mario Aguado volvió a ver a sus hijos ya en un hospital más cerca de casa, en Madrid y comparte que “Miguel es un bebé, pero es la alegría. Con las dos niñas mayores fue muy especial. La mayor, Blanca, estaba muy preocupada y venía cada poco a darme un abrazo y un beso. Almudena, que es más sensible y más cauta, se sentó a mi lado y me preguntó si me iba a curar. Y ella ya se quedó tranquila con mi respuesta afirmativa. Fue una experiencia de gran alegría encontrarme con ellas”.

“No dejen de rezar por mí, pero también por las personas que están hospitalizadas, por todas, conozcan o no a Jesús”

Respecto a cómo ha vivido la oración de tanta gente por él y su familia explica que “¿cómo te digo que lo podemos tocar? Hay personas hasta en Kazajistán rezando por mí. Y eso se puede tocar. Es como el calor del sol. Está ahí. Si no, yo no estaría así. Estos días no paro de decir a la gente que no dejen de rezar. Por mí, pero también por las personas que están hospitalizadas, por todas, conozcan o no a Jesús, porque estoy seguro de que tendrán un consuelo. Porque yo lo tengo. La oración es como una brisa que no se ve, pero que lo refresca todo. Y a mí me ayuda a respirar en los momentos en los que no puedo más. Me ayuda a seguir en paz”.

“Vivir y pedirse perdón y decirse «te quiero» es urgentísimo; mi mujer es lo más importante, es la persona que me va a ayudar a llegar al cielo”

Su esposa Maite Cerezo Soler escribió un testimonio de cómo vivió el accidente también en la Revista Ecclesia, que reproducimos al final, y Mario se sincera respecto a lo que ella decía: “Tardé un par de ratos en leerlo completo. ¿Qué decirte? Somos un matrimonio joven, con el que Dios ha ido haciendo historia de una manera muy original. Es cierto que llevábamos unos cuantos meses mal. Enfadados. Eso que te vas a trabajar, vuelves, la rutina, los niños, que absorben mucha energía… Justo el día antes de coger ese tren había pedido ayuda para empezar una terapia familiar, y ese día volvió a cambiar todo. Creo que Maite ha sabido poner las palabras perfectas a lo que estábamos viviendo, a cómo estaba viviendo ella. Tiene toda la razón en lo que escribe. Vivir es urgente, pedirse perdón es urgente, urgentísimo. Decirse «te quiero» es urgentísimo. Los hijos son muy importantes, pero mi mujer es lo más importante. Es la persona que me va a ayudar a llegar al cielo. El resto, si yo estoy bien con ella, estará bien”.

“Te mentiría si te dijera que no pienso en mañana, pero intento no hacerlo. Intento vivir el hoy. Lo que Dios quiere para mí ahora. Mañana será diferente. Cuando estábamos en misión, ya vivíamos de una manera extrema, y hoy lo volvemos a hacer, pero con una gran paz en el corazón. Tendremos que organizar muchas cosas y hay mucha gente que nos está ayudando, pero me centro en vivir el ahora. La paz no viene de mí. Viene de todas estas personas que están rezando por nosotros. Es un don, no viene de mí. Yo vivía sin paz, pidiendo la paz. Y, ahora, con hierros en la pierna, con brechas, tumbado en la cama, con dolores, medicación, en un hospital, es cuando estoy experimentando la paz. Así que no viene de mí. Viene de Dios”.

El testimonio de Maite Cerezo Soler, esposa de Mario Aguado: «Dios es bueno»

Maite Cerezo Soler, esposa de Mario Aguado, superviviente del accidente de Urda / Foto: Perfil de Maite Cerezo Soler de Linkedin

Cuando pienso en todo lo que ha sucedido, hay algo que me viene a la cabeza una y otra vez: cuando vi salir a Mario de casa, no nos despedimos como yo habría querido. Prácticamente acabábamos de llegar a España de una misión evangelizadora en la que habíamos sufrido mucho; aún no nos habíamos terminado de asentar en Madrid con nuestros hijos —tenemos tres niños pequeños y, por lo pronto, nos encontramos viviendo temporalmente en casa de mis padres, intentando recomponer nuestra vida y empezar de nuevo. Mario acaba de comenzar un trabajo y tenía que viajar a Sevilla para asistir a una formación.

Nuestra situación familiar es, en fin, bastante complicada. Mario se levantó muy temprano para coger el tren, yo dormía con el pequeño y, mucho antes de la hora habitual, las niñas fueron despertándose y viniendo una detrás de otra. Mario se preparó, se despidió de mí y se marchó, a lo que yo respondí con enfado. Enfado por quedarme sola con los niños, por el cansancio, por nuestra situación y por todos aquellos meses de tensión entre nosotros. Me despedí de él, en fin, como si Dios no fuera bueno.

Mi día continuó como si nada: niños al colegio, una visita al trastero donde tenemos guardadas todas nuestras cosas a buscar ropa de invierno para el bebé, quizá una cámara nebulizadora con Ventolín. Luego a la gasolinera y para casa. Aproveché para llamar a Mario, pero no contestaba. Tampoco a los mensajes que le dejé. Asumí, sin más, que iría durmiendo; tal debía ser el cansancio acumulado tras varios días sin dormir por estar con las niñas.  Echo gasolina al coche y, mientras tanto, leo en el grupo de su familia un mensaje:

«Accidente de tren en Toledo».

Mi primer pensamiento fue: «Oh, otra vez, pobrecitos…». Enseguida, como por instinto, me saltó la primera alarma: «Toledo. Mario iba a Sevilla. “No sé en qué tren viaja Mario”». Me metí en el coche y mientras conducía la angustia empezó a crecer; solo quería llegar cuanto antes a donde fuera y poder llamarle. En el grupo de Whatsapp de su familia crecía el nerviosismo, y en mi interior también. Mientras buscaba un hueco para aparcar, se me empezaron a colar, sin permiso, pensamientos de todo tipo. Que podía estar muerto. Que le había dejado marcharse sin decirle cuánto le quería. Que mis hijos crecerían sin su padre. Y un macabro etcétera que me repetían, una y otra vez, que Dios no era bueno.

Tenía el alma sepultada bajo toneladas de angustia. Los oídos me zumbaban y sentía que me faltaba el aire. En ese momento me llama mi padre: «Hola, Maite, soy papá. ¿Dónde estás? Voy en un segundo a donde estés». Esto bastó para que yo sintiese cómo el golpe me mataba por dentro. «¿Mario está bien?», acierto a preguntar. «Está vivo, Maite. Está bien. Sabe que tiene una pierna muy rota; le han ayudado a salir del sitio en el que estaba». Quien haya vivido algo parecido sabrá de lo que hablo, de cómo no podía pensar más que en lo mucho que le quería, en lo tonta que había sido, en el futuro de mis hijos y en rezar, rezar, rezar por él. Así se lo pedí a nuestra comunidad de San Pedro, en Alcobendas, donde Mario y yo vivimos nuestra fe.

A partir de aquí se inician las que, sin duda alguna, han sido las horas más largas de toda mi vida. Solo necesitaba que alguien me llamara. No quería saturar el único teléfono que habían habilitado para atender a los familiares, pero llegó un momento en que ya no pude más. Llamé para preguntar si podía ir a buscarle, si sabían a qué hospital le trasladaban o qué tenía que hacer. Tras horas de insistencia al teléfono, alguien contestó. Me pidió mis datos, los suyos y mi teléfono. Acto seguido me colgó. Mi impulso fue el de gritar y salir corriendo a buscarle.

Mis suegros recibieron una llamada diciendo que Mario estaba bien y que una ambulancia le trasladaría a un hospital, pero no dijeron a cuál.

Al rato recibí, por otro lado, la llamada de una mujer. «Hola, ¿Maite? Llamo del accidente de trenes. Estamos en la zona cero del accidente. Está aquí tu marido, Mario, y no va a parar hasta que te llamen». Pregunté si estaba bien. «Sí, le tenemos aquí en una camilla. Ahora mismo le estoy sujetando los goteros. No puede hablar porque le han puesto medicación y está muy drogado». ¿En la zona cero? ¿Pero no se lo estaban llevando a un hospital? Respiré hondo y empecé a repetirme algo que todavía hoy recuerdo: «Dios es su padre. Dios es su padre. Va a venir. Con pierna, sin pierna, da igual. Va a venir conmigo y con los niños, ayúdale Señor a estar en paz, ayúdale». Le di las gracias a aquella mujer y colgué.

Ni siquiera entonces, en aquella primera llamada que tanto había deseado recibir, fui capaz de decir en voz alta lo único que quería decirle a Mario. Que le quiero, que es mi vida, que le espero con los niños, que los niños le quieren con locura, que es lo mejor que nos ha pasado. Sobre todo que le quiero. Dentro de mí solo había desconcierto, angustia y aquel zumbido constante en los oídos. De nuevo la tentación de que Dios no era bueno.

El tiempo avanzaba despacio, y yo seguía esperando una nueva llamada que me dijera dónde estaba Mario, cómo se encontraba o qué iba a pasar con él. Mi madre me miraba preocupada. Yo estaba completamente descompuesta, sin poder pensar con claridad, esperando noticias. En un momento se acerca y me dice: «Desde luego, una cosa debes tener clara: tu Mariete te quiere». «¿Por qué dices eso?», le pregunto. Entonces me contó que Mario no había dejado de repetirlo, que preguntaba por mí, que quería que me llamaran, que decía una y otra vez: «Dile a Maite que la quiero, que la quiero. Dile a los niños que les quiero, que les cuide, que les quiero». Me quedé sin palabras.

Llevábamos meses sufriendo, atravesando una crisis muy grande, con infinidad de cosas que nos habíamos dejado de decir y mucho, muchísimo dolor acumulado. En todas esas horas no había dejado de pensar que le dejé marcharse sin decirle cuánto le quería. Y él, desde aquel lugar, herido, asustado y sin saber qué iba a ser de su vida, estaba intentando hacerme llegar que nos quería. Esto es algo que nunca voy a olvidar: que en este negro día, mientras yo buscaba desesperadamente a mi marido, él solo buscaba la manera de decirme que me quería. Y como él todavía no podía hacerlo, no paró hasta encontrar a alguien que me lo dijera. Aún hoy me estremezco de pensarlo.

Más tarde volvieron a llamar a mis suegros para confirmarles que trasladaban a Mario al Hospital Universitario de Toledo. Le habían estabilizado y ya le habían metido en la ambulancia. Al rato me llamaron para decirme que había llegado, que iban a hacerle unas pruebas y, eso sí, que las fracturas que tenía eran graves. Allí que fui con mis suegros. De camino recibí otra llamada en la que se me informaba que Mario entraba en quirófano de urgencia. Estaba estable, pero la fractura y la luxación eran complicadas. «Urgencia. Estable. Mario» era todo lo que conseguía escuchar.

Miguelito, nuestro bebé, lloraba en el coche. Le puse una nana y le acaricié para tranquilizarle. Mientras conducíamos, pensaba en Mario. En nuestra boda, en nuestro noviazgo, en cada uno de nuestros hijos cuando llegaron al mundo. Pensaba en Miguel naciendo durante nuestro tiempo de misión, en aquellas condiciones tan precarias, y en Mario sosteniéndome, cogiéndole en brazos en un paritorio prácticamente vacío, donde estábamos solos los dos. Él y yo. Pensaba también en todo lo que Mario había sufrido durante aquellos meses. En su angustia por sentir que no era suficiente, que no hacía lo bastante para que pudiéramos sacar adelante nuestra familia en medio de las dificultades de la misión. Y me repetía a mí misma: «¿Que no era suficiente? Pero si es mi vida. ¡Se lo tengo que decir! ¡Se lo tengo que decir!».

Llegamos al hospital y nos encontramos una imagen que no voy a olvidar. En el vestíbulo había un puesto móvil de atención a familiares de las víctimas. Había personas preguntando a sanitarios que consultaban en un ordenador. Todos y cada uno de ellos buscaban un pedazo fundamental de su vida como yo buscaba el mío. Algunos no conseguían encontrarlo. Gritaban de dolor, lloraban, se sentaban a esperar con la cara desencajada. Otros rezaban. Yo los miraba y solo me nacía de dentro rezar por ellos. Me repetía eso que Mario decía, que a pesar de todo Dios es bueno, es bueno, es bueno.

Mientras esperábamos a que alguien pudiera atendernos, volvió a sonar el teléfono. Era el mismo número. «¿Maite?»; «¡Estoy aquí en el Hospital!», respondí. «¿Estás en el vestíbulo de la entrada? Voy a llamar para que os suban». Mario había salido del quirófano. Nos dirigimos a la URPA y cuando estábamos llegando, escuché: «¡Familia de Mario Aguado!». Sentí que me moría. Creo que habría sido capaz de atropellar a quien fuera con el carro del bebé con tal de llegar hasta él. Como no me dejan entrar con el bebé, se queda mi suegro con él y yo entro acompañada de mi suegra a ver a Mario. Y le vi.

Lleno de cables, con oxígeno, electrodos, cortes, brechas, heridas y cardenales. Estaba aturdido, pero hablaba y abría los ojos. Ve a su madre y dice, lúcido a pesar de los analgésicos, «¡Pero si es mi mamá!». La abrazó. Lloraron. Yo intenté acercarme a los pies de la cama para decirle que estaba allí y, sobre todo, que le quería. Pero vi todos aquellos hierros y tuve miedo de rozarle y hacerle daño. Me quedé, pues, esperando. Al poco rato nuestros ojos se encuentran, se incorpora, abre los ojos como platos y dice: «¡Mi mujer!». Le abracé y entonces, solo entonces, respiré.

El solo me repetía: «Lo siento, lo siento, lo siento…». Y lloraba. Yo le respondía que le quería, aunque las palabras tenían que encontrar la forma de esquivar el nudo de angustia que aún me oprimía la garganta. Pero se lo decía, una y otra vez, sin parar. Al verle el cuerpo empecé a sentir muchísimo calor. Me sobraba la chaqueta de lana, la bata, todo. Pedí un taburete para poder sentarme a su lado. Me tumbaron y me recuperé.

Ya está. Estoy con él. Está aquí. Mario repetía nombres una y otra vez. Daba las gracias a todos los que se acercaban a atenderle y pronunciaba los nombres de las personas que le habían ayudado como si fueran un mantra: «José Ramón, Rosa, Santos, Tamara…». No dejaba de dar las gracias. Me dejaron estar con él durante un buen rato, hasta que me avisaron de que tenían que atender a más pacientes que llegaban de cirugías urgentes y que debía marcharme.

Antes de irme, Mario lloró. Me contó que durante horas había pensado que iba a quedarse parapléjico. Que podía perder una pierna. Le pregunté a la enfermera si podría volver a verle. «Claro que sí, cariño. Mañana a las 9:30 es la hora de visitas». Y me fui de allí dando profundas gracias a Dios. Mario estaba vivo. Había vuelto a encontrarme. Podía abrazarle.

Y aunque todavía no sabíamos todo lo que nos esperaba, aquella noche pude volver a respirar. Aquel día entendí que hay palabras que no deben nunca, nunca, dejarse para después, y que para un matrimonio, decirse «te quiero» es siempre urgente, a cualquier hora, pues uno no sabe si cinco minutos después lo va a poder decir. Que no me quede un solo «te quiero» sin decirle a Mario desde hoy hasta el final de nuestros días. Porque la vida puede cambiar en un aterrador instante y que el amor, incluso cuando atraviesa momentos difíciles, sigue siendo el pilar fundamental que lo sostiene todo. Mario había salido de casa aquella mañana para ir a trabajar; era un viaje de formación, un simple viaje más. Creía tener derecho a estar enfadada con él, y el solo recuerdo de haberme despedido de él con desdén es algo que me corta el aliento. Tenemos, gracias a Dios, una nueva oportunidad, una vida entera por reconstruir, tres hijos pequeños que nos esperan y tantas, tantas, tantas cosas pendientes entre nosotros. Solo me quedan fuerzas para dar gracias a Dios por darnos esta nueva oportunidad de vivirlas. Por eso y porque es bueno.

Maite Cerezo Soler

Víctor Sono, atrapado en las adicciones, ha vivido en la calle, era carterista internacional, y fue encarcelado 30 años: «Dije: ‘Dios, te entrego mi vida y mi voluntad’; al Señor Jesús lo amo más cada día, es mi vida»


Víctor Sono Neira / Foto: Diego López Marina - ACI Prensa

* «Jesús está aquí, al lado mío, sentado conmigo. Él es mi amigo. Dios está presente, conversando con nosotros, hablándome a través de los hermanos. Recuerdo la última vez que fui a buscar al Señor de los Milagros, y escuché decir que ‘Jesús ha venido a buscar a quien está perdido, al enfermo del alma, de la mente y el corazón’. No ha venido por los sanos, ha venido por quien está enfermo por dentro, como yo. Porque la verdadera enfermedad no está fuera, está en lo profundo de mi ser y Él ha venido a sanarme… Dios hizo un milagro con mis hijos... Una de mis hijas es capitán de la policía. La otra es doctora»

Camino Católico.-   Víctor Sono Neira vivió años atrapado en las adicciones y la delincuencia como carterista internacional. En un giro radical, eligió vivir en las calles del Centro Histórico de Lima en busca de redención. Devoto del Señor de los Milagros, entregó a Jesús sus fragmentos rotos y hoy, a sus 72 años, es un testimonio vivo de su misericordia y perdón.

“¿Cómo es posible que un hombre tan malo, viejo y criminal como yo, que cometió tantos pecados, incluso llegó a quitarle la vida a otros, haya sido tan amado por Él? ¿Por qué a mí? ¿Quién soy yo?”, se pregunta Víctor en una entrevista con ACI Prensa.

“La misericordia de Dios la tengo que aceptar, aunque me cueste… Soy terco, peleo con Él como un hijo lo hace con su padre. Pero eso es lo que a Él le gusta: ver cómo, a pesar de todo, lo amo más cada día. Él es mi vida”, añade.

Nacido el 5 de octubre de 1952, en la Maternidad de Lima, Víctor vive hoy en la casa hogar Sembrando Esperanza del distrito de Villa María del Triunfo, un espacio que brinda atención integral a personas vulnerables, la mayoría en situación de abandono y con problemas de salud.

Al visitarlo y conversar con él para conocer su historia de primera mano, se pueden ver las cicatrices en su piel: huellas de las balas que lo atravesaron durante atracos a bancos o persecuciones policiales, y las marcas de accidentes y de los cuchillazos que recibió en sus brazos en enfrentamientos del pasado.

Conocerlo es sentir el peso de un pasado difícil, un relato que, aunque doloroso, forma parte de la experiencia que le permitió reencontrarse con Dios en su momento más sombrío. A pesar de haber tenido grandes riquezas gracias al robo, hoy no posee bienes materiales y vive confiado en la Providencia.

Víctor Sono Neira / Foto: Diego López Marina - ACI Prensa

Víctor es diabético, hipertenso y enfrenta problemas de depresión. Sin embargo, desde hace varios años no deja de asistir a Misa, recibir los sacramentos, leer la Biblia, recibir acompañamiento espiritual y buscar sanar sus heridas, entregándose completamente a la voluntad de Dios y a servir a sus hermanos y a quienes llegan a visitarlo para entablar una amistad sincera.

“Jesús está aquí, al lado mío, sentado conmigo. Él es mi amigo. Dios está presente, conversando con nosotros, hablándome a través de los hermanos. Recuerdo la última vez que fui a buscar al Señor de los Milagros, y escuché decir que ‘Jesús ha venido a buscar a quien está perdido, al enfermo del alma, de la mente y el corazón’. No ha venido por los sanos, ha venido por quien está enfermo por dentro, como yo. Porque la verdadera enfermedad no está fuera, está en lo profundo de mi ser y Él ha venido a sanarme”, asegura.

De una vida humilde en el Rímac al primer robo que cambió su vida  

Víctor quedó al cuidado de su abuelita tras ser abandonado por su madre, a quien nunca llegó a conocer. Esto le representa un vacío que le sigue doliendo en lo más profundo del alma. 

Creció en una casa pequeña y muy pobre en el distrito del Rímac de Lima, donde vivían él, algunos tíos y su abuelito. La hermana de su mamá había fallecido de cáncer en Barcelona, dejando tres hijos pequeños: Aurora, Amelia y Manuelito. A menudo, dormían ellos cuatro en una sola cama.

Vista aérea de la Plaza de Acho en el Rímac, la plaza de toros más grande de Lima, y a la vez la más antigua del país / Foto: Jan Schneckenhaus - Shutterstock

Según narra, estudió en el Colegio María Jesús, un colegio cristiano en esos tiempos. Cuando creció un poco más, lo matricularon en el Colegio Filomeno. En la Iglesia San Lázaro, se ofrecía desayuno, algo que era un verdadero alivio para Víctor. Cada mañana, tomaba el tranvía y acudía con regularidad. Un sacerdote les enseñaba a rezar a todos los niños del lugar, los llevaba al Catecismo y les brindaba formación.

“Todo en esa época giraba en torno al Señor de los Milagros, Santa Rosa de Lima. Iba a visitar a San Martín de Porres, a su iglesia que está en Caquetá, también a tomar desayuno. Ese era mi mundo”, relata.

Parroquia Santuario San Martín de Porres en Caquetá, Rímac / Foto: Parroquia Santuario San Martín de Porres

Víctor cuenta que no era muy bueno para los estudios. En aquellos años, su abuelita lavaba ropa para el ejército y él, a sus 9 años, la ayudaba. Como en cualquier barrio, había una tienda, y él recordaba la cantina de Don Manolo. En ese lugar, los carteristas solían ingerir licor.

“No había droga, pero sí alcohol. En la esquina de la casa había un hotel donde uno miraba a las prostitutas por la ventana. Todos los chiquitos se paraban en la noche a mirar. Y todo eso te llama. Veía en la cantina cómo sacaban las billeteras robadas y contaban el dinero. Y no eran asaltantes, eran carteristas”, relata.

La primera vez que robó ocurrió de manera casi automática, impulsado por lo que observaba a su alrededor. Tomaba el tranvía a diario y, viendo cómo otras personas robaban dinero de los bolsillos sin ser detectados, comenzó a imitarlos. “A la hora que salíamos del colegio a comprar frutas”, recordaba, “yo metía la mano en los bolsillos y sacaba dinero”. En una de esas ocasiones, logró conseguir cien soles, una cantidad que lo sorprendió. “Me volví loco”, dice. El impacto de lo que había hecho fue tan grande que casi instantáneamente sintió pánico, recuerda.

Con el paso del tiempo, Víctor comenzó a observar a las mujeres que llegaban a la cantina, pero también a sus tíos, quienes solían tomar los viernes después de cobrar. “Veía las ropas que tenían, me gustaban. Estaban bien vestidos, bien elegantes. Yo quería eso”, explica Víctor.

En ese punto, decidió dejar la escuela y comenzó a trabajar como lustrabotas en la Plaza de Armas de Lima. “Todo lo que juntaba se lo daba a mi abuelita, que lo guardaba sin gastarlo”, añade Víctor.

Plaza de Armas de Lima en la actualidad / Foto: Shutterstock

“Ahí conocí a otros chicos que lustraban zapatos, bien vestidos, y veía a las chicas con vestidos elegantes. Un día las vi abriendo carteras antiguas, lo hicieron tres veces. Fue entonces cuando decidí entrar en ese mundo”, asegura.

Víctor y su camino como carterista internacional y atracador de bancos

Un día, a los once años, robó a la esposa de un diplomático en la Plaza de Acho. Fue arrestado y llevado a la cuarta comisaría en el Rímac, según relata. En ese entonces, no existía el conocido centro penitenciario de menores “Maranguita”, por lo que fue recluido en el hogar infantil, donde permaneció casi tres años.


Plaza de Acho, en el Rímac / Foto: Milton Rodriguez - Shutterstock

“Con el tiempo, mi mente ya estaba más metida en el robo. Los chicos con los que andaba no eran cualquiera. Empecé a vestirme bien. Pero también empecé a ver cosas que nunca había visto, como que algunos de ellos le compraban casas para sus mamás”, cuenta.

Así fue como comenzó a viajar. El grupo de muchachos viajó a Cusco, Trujillo y otras provincias en busca de billeteras. Con el tiempo, la migración de carteristas los llevó más lejos. Algunos se dirigieron a Brasil, otros a Chile. Él terminó en Argentina en 1969, a los 15 años, donde ganaba mucho más que en Lima.

“Nunca había visto tantos dólares en mi vida. Pero nosotros teníamos un código de no robarle a los pobres, y si nos equivocábamos, lo devolvíamos”, afirma.    

Un día, una compañera le propuso ir a Italia. El pasaje en barco costaba 100 dólares y aceptó. Tras llegar, en dos o tres días, Víctor había conseguido suficiente dinero para comprarle una casa a su madre en Lima. Con tan sólo 15 años, aseguró que podía sacar una billetera con 3.000 o 4.000 dólares.  

Sin embargo, el problema llegó cuando viajó a México, donde se unió a  una banda llamada “Los Angelitos”, que se dedicaba al asalto de bancos y al robo de maletines en motocicleta. Durante uno de esos asaltos, Víctor fue herido de bala en el cuello.  “No todo era ganancia. También perdimos. Aquella vez yo estuve en la morgue, y al parecer estaba muerto, pero descubrieron que aún seguía con vida”, cuenta.

A lo largo de los años, robó en México, Italia, España, Alemania, Grecia y Malasia, donde pasó dos años preso. Para él y su grupo, viajar era fácil, pues sabían “cómo arreglar en la agencia de viajes o cómo pagarle al que sella el pasaporte en la ventanilla del aeropuerto”.

A pesar de su vida de robos, siempre llevaba consigo al Señor de los Milagros y varias estampitas de santos. En esa época, recuerda que asistía a Misa y luego salía a robar billeteras.

Víctor lleva hoy en su cuello un crucifijo y el Santo Rosario, que ha aprendido a rezar con el paso del tiempo / Foto: Diego López Marina - ACI Prensa

El comienzo de la caída de Víctor

Todo comenzó cuando regresó a Lima. En ese momento, ya estaba casado, pero no le prestaba mucha atención a su esposa Julia. Él se veía a sí mismo como “el papá del barrio” porque siempre trataba de ayudar a los necesitados. Había logrado construir su casa, pero en cuanto a su relación con Julia, pensaba muy poco. La indiferencia que le mostró a su esposa, que él mismo reconocía, fue lo que terminó afectando gravemente el vínculo.

En medio de los problemas personales, Víctor recuerda un episodio de su vida en el que participó en una balacera en el distrito de Surquillo, con el auto en marcha y la policía persiguiéndolo. “Mi carro chocó en un barranco y se hizo como un acordeón. Aparecí en la morgue de nuevo”, relata. “¿Cómo es posible que haya seguido vivo? Así habrá querido Dios que sea”. A raíz de ese incidente, estuvo paralítico por un tiempo.

El periodo de persecuciones, robos y balaceras continuó, pero todo empeoró cuando Julia lo dejó. “Ahí vino mi caída”, confiesa. Tras su separación, Víctor comenzó a consumir licor en exceso.

En 1986, cuando tenía 34 años, aceptó participar en un robo en banda en la empresa de productos farmacéuticos Química Suiza, un atraco que rápidamente se convirtió en un caso mediático. “El robo salió mal y me condenaron a 25 años y un día de prisión, aunque en realidad estuve 30 años en la cárcel”, comenta. En prisión, se volvió adicto a los fármacos y probó todo tipo de sustancias. “Fue horrible, pasé por diferentes cárceles del Perú”, explica.

Esos años en prisión fueron un periodo oscuro para él, lleno de drogas, ira, cólera e impotencia. “Me enteré que mi papá se ahorcó. Me sentía fatal, inundado de problemas”, recuerda con tristeza.

Un clamor de rescate a Dios

“No aguanté, ya no aguanté. Decía a Dios: ‘Señor, sácame, compadre. Y nunca más vuelvo acá, Papá. Pero sácame de aquí, viejo’”. Así fue como Víctor comenzó a clamar a Dios, buscando una salida de su vida de encierro, adicción y sufrimiento.

Lo trasladaron de un centro de confinamiento a un pabellón dentro de la prisión. Allí conoció a dos religiosas que se convirtieron en una mano amiga. “Prácticamente empecé a vivir en la capellanía. Fue una nueva etapa para mí. Era la década de los ochenta”, recuerda. Aunque este nuevo camino no estuvo exento de recaídas, donde volvió a consumir alcohol y drogas, algo dentro de él comenzaba a cambiar.

Después de evaluar su caso, las autoridades penitenciarias se dieron cuenta de que ya había cumplido más tiempo del que correspondía. Así fue como salió de prisión y las cosas empezaron a cambiar poco a poco. “En mi interior, ya no quería robar, ni drogarme. Pero la necesidad... Tú sabes, eso te lleva a hacer cosas. Pero ya no fue como antes. Mi mente ya había cambiado. Estaba más centrado en Dios. Ya era diferente, ya estaba más cerca del Señor de los Milagros”, reflexiona.

Tras ser excarcelado, decidió vivir en la calle, buscando la felicidad para los dos hijos que tuvo con Julia y que vivieran lejos de sus adicciones. “Quería que la mujer que los cuidaba sea feliz. Ella ya vivía con otra pareja. Y yo entonces rompí la dependencia familiar”, cuenta.

Víctor vivió durante varios años en las calles y comió de la basura. En algún momento, empezó a recibir alimento de las Madres Nazarenas Carmelitas Descalzas, que regentan la Iglesia de las Nazarenas, donde está la imagen del Señor de los Milagros. “Como todo el mundo se sentaba en la banca cercana al monasterio, un día dije voy a quedarme una noche. Eso se convirtió en mi vida. Luego también ingresé a un grupo de alcohólicos anónimos”, contó. Comenzó a vender caramelos en los buses y así aprendió a ganarse la vida.

Santuario y Monasterio de Las Nazarenas / Foto: Christian Vinces - Shutterstock

Fue en ese contexto cuando Tuto, su padrino del centro de rehabilitación, le planteó una pregunta que marcaría un antes y un después. “¿Quieres dejar esto, Víctor? ¿Quieres dejar de llorar?”. Luego, Tuto le dijo: “Si de verdad amas a Dios y confías en Él, debes poner tu confianza en Él, entregarle todo’”, recordó.

Víctor, en ese instante, dijo: “Dios, te entrego mi vida y mi voluntad”. Y Tuto continuó: “Entrégale todo. Pero para hacerlo, primero debes limpiar tu interior. Saca todo ese escombro que llevas dentro: el odio, la ira, el resentimiento, la manipulación, la mentira... Todos esos defectos. Porque tu enfermedad no está afuera, está dentro de ti. Y la enfermedad del alma es muy poderosa”.

Luego, Víctor aseguró en la entrevista: “Jesús ha venido por lo último del mundo, como yo”. “Cuando tú vives en la calle y vienen personas con comida, te dicen: ‘Señor, aquí mismo te doy dos comiditas. ¿Quieres comer?’. Ese es el amor del alma. Un amor puro que proviene de Dios y que nunca había experimentado”.

A medida que recibía amor y caridad en las calles, Víctor empezó a cambiar en su interior. “Yo le agradezco al suelo por haberme permitido dormir. Le agradezco a la lluvia por haberme bañado con amor y cariño. En la noche, sintiendo frío. Durmiendo así... con la lluvia, ahí sentado, todo empapadito, no importa”, expresando gratitud por los momentos difíciles. 

Además, confiesa: “Yo jamás voy a ser blanco como la nieve. Pero por lo menos, aprendí a detener todas esas inclinaciones al mal que toda la vida me llevaron a la locura”.

Víctor Sono en la capilla de Sembrando Esperanza / Foto: Diego López Marina

A lo largo de los años, Víctor nunca dejó de asistir a la Santa Misa en la Iglesia de las Nazarenas. “Escuchaba a diario las homilías y mensajes de los sacerdotes para crecer espiritualmente. Así fue día tras día y año tras año”, dice.

Una mañana, al despertar, se dio cuenta de que una hermana carmelita le había puesto al costado, mientras dormía, un hábito de la Hermandad del Señor de los Milagros. Así, Víctor también empezó a cargar al Cristo Moreno en el mes de octubre.   

Más tarde, uno de los capataces de la Hermandad del Señor de los Milagros lo invitó a servir. “Me llevó a un comedor para que atendiera a hermanitos, a los alcohólicos, a todos ellos. Empecé a servir a personas como yo. Aprendí a lavar los pies a mis hermanos”, relata.

Su llegada a la Casa de Todos y Sembrando Esperanza

En medio de la pandemia de COVID-19, un nuevo capítulo se abrió en su vida. La Plaza de Acho se convirtió en un refugio para personas indigentes, y allí se gestó la Casa de Todos. “Los mejores años de mi vida estaban por llegar. Empecé a ayudar con mucho amor a edificar ese lugar e inclusive fui la cara visible del proyecto”, recuerda Víctor, quien encontró en esa iniciativa no solo un lugar físico, sino también un propósito.

Víctor en la Casa de Todos, un programa social de la Beneficencia de Lima en alianza con la Municipalidad Metropolitana de Lima / Foto: Casa de Todos.

Sin embargo, tras la pandemia, Víctor regresó a las calles. Fue entonces cuando recibió una nueva oportunidad en el hogar Sembrando Esperanza. Este lugar, lleno de personas con discapacidad y ancianos, lo acogió con brazos abiertos, y Víctor comenzó a servir a los demás con dedicación. 

A través de Jenny, la directora del hogar, y de algunos sacerdotes, comenzó a profundizar en su fe. “En esta casa sólo basta con mirar los milagros para ver a Dios actuando. No pensé que iba a ver esta casa. Acá hay más personas que son milagros vivos, milagros reales. Esto no es un sueño, no es una mentira”, comparte con emoción.

Víctor y su profundo amor a Dios

En este hogar, Víctor experimentó una profunda sanación interior, abrazando los sacramentos y encontrando un nuevo sentido a su vida. Entre los milagros que Dios realizó en su vida, Víctor mencionó a sus hijos: “Dios hizo un milagro con mis hijos... Una de mis hijas es capitán de la policía. La otra es doctora”.  

Residentes de la casa hogar Sembrando Esperanza, en Villa María del Triunfo  / Foto: Cortesía de Sicar Perú

Sin embargo, aún hay un dolor profundo en su corazón: la ausencia de su madre. “Quiero conocer a mi madre. Ese es el único dolor que cargo ahora. Por eso este viejo anda con tanta ira, porque siento que me falta algo… A veces pienso que, si sigo en la calle, tal vez el Señor me haga el milagro de recogerme para poder verla allá arriba. Ese es mi anhelo”.

Víctor reconoce que su vida no ha sido fácil y que lleva consigo errores y faltas graves. Pero a pesar de todo, siente que Dios lo mantiene vivo por una razón que aún no entiende del todo. “Soy una persona como cualquiera, con errores, defectos, dificultades en mi vida. Pero no sé por qué Dios me mantiene vivo, no sé por qué a mí”, reflexiona.

Víctor, agradecido con Dios por el don de la vida / Foto: Diego López Marina

Hoy en día, Víctor se siente agradecido por lo que tiene y asegura que su misión es sencilla pero llena de significado. “Mi misión es simple: cuidar mi lavandería, cuidar a mis hermanos, mi ropita, tratarlos bien. Sentarme a la mesa y bromear con los demás, con los viejos. Ir al hospital con ellos, eso es mi vida”.

Y, como un hombre que ha conocido el dolor, el perderlo todo, pero también el valor de lo simple, hoy agradece el don de lo cotidiano: “El regalo más grande que me da Dios es a veces el simple hecho de tener mis 50 céntimos, los que me permiten comprar el periódico todos los días, aunque a veces no los tengo. Pero siempre hay alguien que aparece y me ayuda”.

“Al Señor Jesús le gusta ver cómo, a pesar de todo, lo amo más cada día. Él es mi vida”, concluyó Víctor, cuyo testimonio de redención sigue resonando en las vidas de personas que como él, combaten día a día las adicciones y los caminos errados, pero que están en camino a abrirse a la misericordia y el amor de Dios.