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viernes, 8 de mayo de 2026

Scott-Vincent Borba, millonario, iba de fiesta con Paris Hilton, novio de Demi Moore y va a ser sacerdote: «Oré: ‘¡Señor ayúdame! no quiero seguir haciendo esto’; Y Él me dio la conversión y nunca me ha abandonado»

Scott-Vincent Borba de 52 años, millonario gurú de la belleza, que será ordenado sacerdote el próximo 23 de mayo de 2026 en la Diócesis de Fresno, California (Estados Unidos) / Foto: Diócesis de Fresno

* «Se derramó la gracia de Dios sobre mí.  Ya no quería estar en mi casa. Todo me recordaba al pecado y le decía a Dios: ‘Siento mucho haberte ofendido’. En la adolescencia le pedí a María que se quedara conmigo, que me guardara y me sostuviera durante toda mi vida. Sé que nuestra Santísima Madre me ha traído a esta vocación por su amor a mí y a su Hijo. Nunca he sido tan feliz. Nunca he estado más lleno de alegría. Aunque el mundo me ofreciera todas sus riquezas, lo devolvería un millón de veces, por permanecer unido a Jesús»

 Camino Católico.- El cofundador de e.l.f Cosmetics, diácono Scott Borba de 52 años, será ordenado sacerdote el 23 de mayo de 2026 en la Diócesis de Fresno, California (Estados Unidos). Borba, quien trabajó como esteticista, actor, modelo, escritor y cantante, dejó atrás una exitosa carrera multimillonaria para responder al llamado de Dios al sacerdocio. Durante más de 20 años formó parte de la industria de la salud y la belleza. Sin embargo, a los 42 años decidió entregar toda su fortuna a obras benéficas después de aceptar un llamado que había sentido toda su vida.

Como residente en Beverly Hills y millonario antes de los 40, para Scott-Vincent Borba no era raro ver cómo Paris Hilton le llamaba al móvil para invitarle a una fiesta en su casa. Solo tenía que descolgar, coger su Aston Martin y apresurarse para llegar a un nuevo evento donde tenerlo todo a su alcance. Pasados algunos años, sigue queriendo tenerlo todo en sus manos… solo que su visión de ese "todo" ha cambiado. Ya no es dinero, fiestas y grandes coches: es un trozo de pan que se transforma en el mismo Dios.


Basta una breve búsqueda en Google para ver lo alto que pudo llegar Borba, empresarialmente hablando. Sus orígenes están, sin embargo, muy alejados de la vida de lujo y frivolidad que llegó a tener. Criado en una familia católica y especialmente devota de la Virgen de Fátima, llegó incluso a considerar el sacerdocio cuando era solo un niño.


"En la misa mi madre me dijo que mirara hacia el altar y me preguntó si quería ser el hombre de la túnica. Quienquiera que fuera el sacerdote, su sotana brillaba y supe que Dios estaba poniendo en mi corazón el deseo de convertirme en sacerdote", relata a OSV News.


Recuerda que la Virgen siempre estuvo presente en su vida, y que antes de alcanzar la fama y el éxito por el que se le conoce, rezó pidiéndola que le mantuviera a flote a lo largo de su vida.



Scott-Vincent Borba posa en la fiesta de lanzamiento de su libro, "Skintervention", en 2011


Millonario y gurú de la belleza en Los Ángeles


Concluida la universidad, Borba se mudó a Los Ángeles en busca del éxito, con una práctica religiosa descuidada y que amenazaba con desaparecer. Pero de vez en cuando buscaba recuperar su relación con Dios, y el viaje fue uno de esos momentos.


"En el camino, Dios me dio la gracia de apagar la radio, bajar la ventanilla y suplicarle: `Padre, por favor, ayúdame a alcanzar mis sueños. Y si los alcanzo, te daré mi vida y te serviré´", prometió el entonces joven Borba.


La Providencia pareció escucharle… y tomarle la palabra.


En 2004, fundó junto a Joseph Shamah E.l.f. Cosmetics. Una empresa radicada en California que se ha convertido en referencia de cosméticos y maquillaje para millones de mujeres de clase media en todo el mundo. La calidad era buena, y sus sombras de ojo, lápices de cejas o cremas faciales no suben de los 15 euros.


En lo más alto de su facturación, Borba también llegó a ser el responsable de inversiones de miles de euros en un solo tratamiento.


Mila Kunis es solo un ejemplo de ello: en 2011, con motivo de la entrega de los Globos de Oro, Borba le regaló a la actriz el HD Diamond and Ruby Peel, uno de sus tratamientos faciales estrella creado a partir de diamantes y rubíes, cuyo coste ascendía a los 7.000 dólares.



Borba se rodeó de famosos en vida: amigo de Paris Hilton, proveedor de servicios para Mila Kunis, incluso fue novio de la actriz Demi Moore, en la imagen

Aquello fue hace más de una década, pero la empresa parece seguir el ritmo de proyectos y campañas. Al menos es lo que se desprende de los siete millones de dólares por un spot publicitario de 30 segundos en la Fox, durante el intermedio de la Super Bowl de 2023.

En Beverly Hills, novio de Demi Moore, Aston Martín... "Estaba vacío"

Borba no tenía ni 30 años y ya había dirigido exitosas campañas de marketing para algunas de las cosméticas más importantes del mercado, como Neutrogena, Sebastian, Joico, Murad y Hard Candy.

Tanto le apasionaba la cosmética que incluso abordó el sector también como autor, publicando libros como Skintervention y Cooking Your Way to Gorgeous.



Skintervention, uno de los libros de cosmética del otrora modelo y millonario Scott-Vincent Borba, que será ordenado sacerdote el 23 de mayo de 2026


Por entonces era más rico y famoso de lo que podría haber imaginado.

Con 38 años salía con la actriz Demi Moore, conducía un Aston Martin, tenía las oficinas en Beverly Hills y una casa en la playa, prácticamente vecino de la actriz y cantante Paris Hilton, que con frecuencia le invitaba a fiestas en su mansión.

Pero conforme aumentaba su fama y riqueza, relató a Aleteia, también se apoderaba de él la convicción de sentirse profundamente miserable.

"Estaba en una fiesta y me sentí muy infeliz. Como si estuviera vacío… Estaba cansado", admite Borba, que en ese momento miró al Cielo… y rezó: "Si esta es la vida, donde todo lo que haces es trabajar y divertirte y hacerlo de nuevo y morir, no creo que sea la vida que has hecho para mí. Pero sólo puedo cambiar si me ayudas".

Llamado a renunciar a todo: "El Señor nunca me ha abandonado"

Casi de inmediato, Borba tomó conciencia de lo que implicaba su modo de vida, de la realidad del pecado y del infierno, pero también del poder de Dios para salvarle.

"Ayúdame… No quiero hacerlo más", rezó Borba, que fue "sincero" y pidió auxilio a la Providencia.

"Y Él me dio la conversión. Fue la gracia de Dios sobre mí. Nuestro Señor nunca me ha abandonado", admite agradecido.

Determinado a cuestionar su modo de vida, Borba hizo las maletas, dejó su mansión y se alojó en un hotel.

"No quería estar en mi casa. Todo me recordaba al pecado y le decía a Dios lo mucho que lamentaba haberle ofendido", recuerda.

Su siguiente paso fue dejar Los Ángeles y, poco a poco, desprenderse de toda su riqueza.

"En ese momento, Dios me llamó a renunciar a todo, y pensé que eso se refería a mis coches. Tenía un Aston Martin, así que dije: `Está bien, Señor, voy a vender el coche, le daré el dinero a obras caritativas y me compraré una camioneta´", recuerda.

En otra ocasión relata que fue tras profundizar en su vida de oración y viajar a Medjugorje que decidió "vaciar la cuenta" y donarlo todo a Mary's Meals, al hospital oncológico más cercano y a los pobres.

"Nuestro Señor dejó claro que amarle a Él es amar a los pobres física y espiritualmente. Y cumpliré su petición toda mi vida", aseguró el magnate.

Scott-Vincent Borba, millonario gurú de la belleza, pasó de vivir en Los Ángeles a dejarlo todo por Cristo

Seminarista, más feliz que nunca

Borba admitió tener la ayuda de Dios para hacerlo, pero no fue por ello algo sencillo.

"Fue muy duro renunciar a todo. Solo por la gracia de Dios un hombre o una mujer que llevan una vida decadente pueden renunciar a ello. Después de dejarlo todo, ya no sabía quién era. Me lamenté de mi antigua vida y tuve que aferrarme a Dios para alcanzar las metas que me había fijado. Él me hizo humilde y sigue haciéndolo. Solo así puedo hacer su voluntad”, admite Scott.

Aquel desprendimiento culminó cuando Borba, a sus 46 años, tomó la decisión de cumplir la promesa que hizo años atrás.

"Dios me llamó cuando tenía 10 años. Simplemente acepté tarde", afirma. La idea fue madurando poco a poco en el corazón del pequeño hasta apagarse, pero no se desvaneció. Un día, cuando era niño, después de rezar el rosario, Scott pidió protección a la Virgen María: "Le pedí que se quedara conmigo, que me protegiera y me estrechara entre sus brazos durante toda mi vida. Sé que la Virgen me trajo a esta vocación por su amor a mí y a su Hijo".

Tras varios años de preparación, recuerda entre risas su primer encuentro con el director vocacional antes de entrar al seminario, en su coche de lujo y con un traje que pocos se podrían permitir. "Cuando abrió la puerta para darme la bienvenida, se me quedó mirando un momento antes de suspirar: `¡Tengo mucho trabajo que hacer contigo!´", le dijo el formador.

"Nunca he sido tan feliz. Nunca he estado más lleno de alegría. Con todo lo que el mundo puede darme, lo daría un millón de veces para estar con Jesús. El sacerdocio es un don de Dios. Yo recomendaría a todos los seminaristas y sacerdotes que vayan a la adoración, que se postren ante el Santísimo Sacramento y que recen a la Virgen para que nos ayude a cumplir la voluntad de su Hijo. Ella es la clave para ayudar a todos los sacerdotes a vivir correctamente el trabajo que Dios les ha encomendado, con humildad, amor y alegría. Sin la Madre de Dios, sé que no sería nada. Por último, quisiera decir a todos los seminaristas y sacerdotes que estamos aquí en la tierra para ayudar a las almas a volver a Dios. ¡Qué don, qué vocación! Alabado sea Dios y la Santísima Trinidad. Nunca dejaré de hablar de la misericordia de Dios y de su amor por todos sus hijos", concluye quien será sacerdote en unos días.

María Olguín, ilustradora, no creía en Dios: «A los 26 años increpé al Señor: ‘Si existes, sal del sagrario’. Un seminarista vino, invocó al Espíritu Santo y supe que Dios existía»

María Olguín, ilustradora, miembro de la familia Valiván / Foto: Fotografía: Dani García - Misión

* «Yo pensaba que Dios y la Virgen me miraban mal por mis pecados. Así que un día pedí a Dios que me concediese el compromiso de rezar 15 minutos diarios de por vida. El día que se lo pedí, estuve media hora, que me resultó larguísima y aburrida. Pero por la noche empecé a sentir una sed superfuerte de Dios. Necesitaba físicamente estar ante el sagrario, aunque estaban las iglesias cerradas. Fui literalmente corriendo a casa del párroco, le dije que no sabía qué me pasaba, pero que necesitaba estar ante el sagrario, y en lugar de pensar que estaba loca, me abrió la iglesia y me dejó a solas. Al entrar, caí de rodillas… y entendí que dentro del sagrario estaba, está Dios. Mi Dios de amor infinito. La fuente del amor, metido en una cajita. Entendí que Él es Dios. Que si he tenido amor en mi vida ha sido porque Él lo puso en mi corazón el día de mi bautismo. Aunque sé que suena raro, entendí como por ciencia infusa su entrega en la cruz, su presencia en la Eucaristía, por qué hacen falta sacerdotes para los sacramentos… Fue como entender de golpe la fe católica»

Camino Católico.- Sus imágenes de ángeles cuidando a enfermos y médicos en plena primera ola del COVID-19 hicieron que María Olguín pasara, en días, de 700 a 7.000 seguidores. Actualmente tiene 49.600 en Instagram. Ella ya había sido pionera de una corriente de ilustradores católicos, cuyas imágenes ayudan a rezar a miles de personas en todo el mundo. Pero lo más interesante de este miembro de la familia Valiván no es su trayectoria profesional, ni su creatividad artística, sino una vida interior fuera de lo común, que muestra, desde la suave fragilidad de su sensibilidad, cómo actúa hoy “la mano poderosa de Dios”. La entrevista José Antonio Méndez en Misión

Nosotros veníamos a charlar con María Olguín sobre temas de actualidad, como el boom de las ilustraciones católicas, o cómo se plantea el futuro una persona que quiere dedicarse profesionalmente a evangelizar. A fin de cuentas, eso es lo que ella hace no solo con sus imágenes, sino también como parte de Valiván, la empresa familiar en la que trabaja junto a sus padres y hermanos, y cuya serie infantil La casita sobre roca ven millones de personas en YouTube y EWTN. Bueno, veníamos a eso y a aprovechar que bajaba a Madrid desde su casa en mitad de la montaña asturiana, para compartir juntos un pedazo de un famoso pastel de limón. Pero aunque terminamos por hacerle esas preguntas y ella, que no es muy de dulces, se animó con el merengue flambeado, la conversación fue por otros derroteros, de una hondura espiritual impactante. “Soy muy tímida pero no me voy a cortar, porque el Señor me ha dicho que te abra el corazón de par en par”, nos dice apenas nos sentamos, con una libertad propia de quien mantiene una inusual inocencia de espíritu. 

Y es que María Olguín Mesina no es una dibujante más que pinta imágenes sagradas con un toque naíf, dentro de esa llamativa corriente de creación artística que crece en redes sociales como Instagram, sino una mujer tocada por Dios de un modo muy singular, que plasma en sus láminas las visiones interiores que le regala la Providencia. “Intento pintar lo que el Señor y la Virgen me muestran. Pero no puedo y me frustro mucho, porque son imágenes que veo, no con los trazos con los que pinto, sino de verdad. ¡Y son de una belleza increíble!”, nos confiesa. 

Sin afectaciones, sin aspavientos, ni rarezas, vive con naturalidad y alegría un misticismo auténtico y sincero. Por eso, durante la conversación le brotan, de modo irrefrenable, palabras, ideas y vivencias sobre la fe que no tienen nada que ver con frases hechas, ni con los ardores típicos de los conversos. Y eso que ella misma experimentó una conversión profunda, pues aunque fue criada en la fe, a los 9 años descubrió, en plena misa, que ni creía en Dios, ni podía comprender cómo alguien podía aguantar en aquellos bancos…

María Olguín, ilustradora, transparenta su camino espiritual / Foto: Fotografía: Dani García - Misión

- Después de esa experiencia con 9 años, ¿cómo se vive la adolescencia en una familia que lo fía todo a Dios, como la suya?

- Muy mal. Yo viví una adolescencia y una primera juventud muy difíciles. Esos años estuvieron marcados por una muy baja autoestima. No me quería interiormente y me odiaba exteriormente. Estaba obsesionada con la ropa, con el físico, me veía fea, me despreciaba. Tuve problemas con la alimentación, una crisis afectiva fortísima… Y no creía en Dios. 

- Y eso que trabajaba con su familia en Valiván, que es un proyecto de evangelización para jóvenes… 

- Sí. Yo me sabía las cosas de la fe, y en la vida de mis padres había visto cosas increíbles, en las que ahora reconozco la mano poderosa de Dios, como cuando estuvimos a punto de perderlo todo por una deuda grande y nos llegó una donación por el importe exacto necesario. Por mucho que me sintiera seca, me aburriera en misa o me enfadara, veía que algo raro pasaba. Pero cuando nos poníamos a rezar o pasaba por el Santuario Hogar que teníamos en casa, era una tortura.

- ¿Y qué le ocurrió para cambiar?

- Con 26 años fui a Brasil, a la boda de una amiga. Allí vi a un grupo de personas enamoradas de Cristo, que vivían su fe con auténtica felicidad. Iban a las favelas a ayudar, me hablaban de Jesús y de la Virgen como si estuvieran vivos… Y me dio una rabia enorme.

- ¿Rabia? ¿Por qué?

- ¡Porque reconocí que tenían razón! En esta época en la que estamos viviendo cosas muy duras y momentos históricos muy importantes y muy graves, cosas de una trascendencia espiritual inmensa, en las que Dios no deja de mandarnos señales que ve cada vez más gente, lo que tenemos que hacer es ser santos. No sabemos qué nos va a venir, pero sí que tenemos que estar preparados para vivir lo que sea con Él. Tal y como está el mundo, solo podemos ser santos. Y no se puede ser santo sin tener una relación personal, auténtica, con Cristo. Dios quiere esa vida íntima con cada uno. Él nos quiere místicos, esto no es para cuatro gatos. Y por eso en el fondo todos deseamos esa relación intensa e íntima con Él. Lo que pasa es que, o nos perdemos con las cosas del mundo, o no nos fiamos de Dios. Y nos quiere fieles a la fe de la Iglesia, que está muy herida y muy postrada, y solo se mantiene en pie porque la sostiene el Señor. No soy nada intelectual, pero el otro día leí una frase de Karl nosequé [Rahner]: “El cristiano del siglo XXI será místico o no será”. ¡Y es tal cual! 

- Creo que nos hemos ido un poco. Estábamos en Brasil… ¿Qué hizo al sentir aquella rabia?

- Me fui a un sagrario y empecé a gritar en mi corazón: “Trabajo para Ti desde hace años, he pasado muchísimos aprietos por Ti… ¡pero no tengo fe, no creo en Ti, no te siento! Y mira a esta gente: tienen fe, están enamorados de Ti, les pasan cosas sobrenaturales y son felices aunque tienen problemas”. Y empecé a increparle en mi interior: “Si de verdad estás ahí, ¿por qué no te conozco? Eres injusto. Te has pasado de la raya. Esta gente te conoce y yo no. Si de verdad existes, sal del sagrario. ¡Hazme algo! ¡Lo necesito!”. 

- ¿Y lo hizo?

- (Ríe). En ese momento llamó a la puerta de la capilla un seminarista y me preguntó si podía rezar por mí, imponiéndome las manos. Yo no sabía qué era eso y dije que sí. Me puso las manos en la espalda, empezó a invocar al Espíritu Santo, y al rato me dijo: “El Señor quiere que sepas que esta sequedad que sientes no es para toda la vida, solo es para fortalecerte”. Esa fue la primera vez que supe que Dios existía y, tal vez, me hablaba a mí. 

- La conversión, aún mayor, que vino después da para un libro más que para una entrevista…

- ¡Totalmente!  Y eso que he alternado años de sequedad con momentos en los que, por decirlo de alguna forma, me pasaban cosas. Yo no soy nada especial. Si te contara mis pecados, fliparías. Lo único que he hecho ha sido pedirle al Señor que se me mostrase, pero tratando de estar cerca de Él por si eso ocurría. La gente tiene que pedir a Dios con confianza y sin alejarse. Si le pidiéramos más, nos daría más.

- Como le dio con el seminarista…

- Sí. Cuando volví a España seguí en contacto con él. En un momento en el que había entrado de nuevo en una espiral autodestructiva, él me recomendó escribir la historia de mi vida, leer Historia de un alma, de Teresa de Lisieux, y, si quería cambiar mi vida, comprometerme a hacer 15 minutos de oración diarios para toda la vida. Hice las dos primeras, pero con la tercera no podía. ¡No aguantaba ni 5 minutos!  Yo pensaba que Dios y la Virgen me miraban mal por mis pecados. Así que un día pedí a Dios que me concediese el compromiso de rezar 15 minutos diarios de por vida.

- ¿Y así ocurrió?

- El día que se lo pedí, estuve media hora, que me resultó larguísima y aburrida. Pero por la noche empecé a sentir una sed superfuerte de Dios. Necesitaba físicamente estar ante el sagrario, aunque estaban las iglesias cerradas. Fui literalmente corriendo a casa del párroco, le dije que no sabía qué me pasaba, pero que necesitaba estar ante el sagrario, y en lugar de pensar que estaba loca, me abrió la iglesia y me dejó a solas. Al entrar, caí de rodillas… y entendí.

María Olguín, ilustradora, le pidió a Dios que le concediera rezar 15 minutos cada día / Foto: Fotografía: Dani García - Misión

- ¿Qué es lo que entendió? 

Que dentro del sagrario estaba, está Dios. Mi Dios de amor infinito. La fuente del amor, metido en una cajita. Entendí que Él es Dios. Que si he tenido amor en mi vida ha sido porque Él lo puso en mi corazón el día de mi bautismo. Aunque sé que suena raro, entendí como por ciencia infusa su entrega en la cruz, su presencia en la Eucaristía, por qué hacen falta sacerdotes para los sacramentos… Fue como entender de golpe la fe católica. Solo podía reírme y llorar. Allí mismo compuse la canción Que se quiebre. 

- ¿Y al salir?

- Me vi como la mujer más guapa del mundo. Me miraba y pensaba: “¿Qué me ha pasado, que ahora soy así de guapa?”.  Yo, que no me había valorado nunca, que detestaba mi cuerpo, después de eso incluso dejé durante años de maquillarme y ponerme pendientes porque me parecía demasiado guapa (ríe).  Él me cambió la mirada hacia mí, y también hacia la naturaleza y hacia los demás.

- En los 12 años siguientes no volvió a tener experiencias de fe tan fuertes. Sin embargo, muchas de sus láminas (no las que hace por encargo, por ejemplo, para Misión) nacen en su oración…

- El Señor, por pura gracia, me ha hecho conservar la paciencia y me ha dado muchas ocasiones para ejercitar la fortaleza y la confianza en que Él es el único pilar. La oración me da muchos momentos de consuelo, pero en la vida de fe no podemos vivir solo de sensaciones sobrenaturales, porque nos romperíamos físicamente.

- Me dejo en el tintero un sinfín de preguntas, pero ¿cómo desea terminar la entrevista?

- Mi deseo más grande es que cada uno de los hijos de Dios le pida más: que le pida fuego en el corazón, que le pida incluso dones sobrenaturales. Porque Él está deseando concedérnoslos.

“Quien se acerque a la Virgen María, se encontrará con Jesús”

María Olguín acaba de publicar en instagram una ilustración de una joven llevando flores a la Virgen. Junto al video, comparte un testimonio en el que reconoce con claridad la presencia de María a lo largo de su vida.

La ilustradora señala que gran parte de su niñez transcurrió en el colegio “Corazón de María” en Barcelona, donde no todos vivían la fe con la misma intensidad.

“¡Me encantaba ese colegio! Era un colegio de monjas. Monjas por las que yo me sentía muy muy querida. Mi familia, era una de las pocas familias del colegio católica practicante. Vamos, que éramos casi los únicos que íbamos a misa los domingos. Quizá por eso, esas monjas nos querían especialmente.

He de reconocer, que desde niña yo me sentía un poco ‘la rara’. La que se sabía todas las respuestas en las pocas Eucaristías que había en el colegio, la que respondía (siempre poniéndome muy muy roja) en las clases de religión”.

Sin embargo, había un momento del año en el que todo cambiaba: el mes de mayo.

“En Mayo TODOS llevábamos flores a la Vírgen. No recuerdo cuántas veces, quizá una por semana. Y cantabamos: ‘Venid y vamos todos, con flores a María, con flores a María, que Madre nuestra es’”.

Años después, a los 26, Olguín vivió su encuentro personal con Cristo que marcó un antes y un después. Fue un momento de gracia que renovó profundamente su fe. Con el tiempo, comprendió algo que antes no veía con claridad: la Virgen había estado presente en todo su camino.

“Hubo un milagro en mi corazón. Tiempo más tarde me di cuenta de lo importante que había sido la Virgen en ese encuentro. Ella había estado detrás de todo. Quien se acerque a María, se encontrará con Jesús. Ella es el camino más rápido, corto y seguro para llegar a Él”.

Hoy, desde su vocación como ilustradora, busca transmitir esta verdad y animar a otros a acercarse a la Virgen con confianza. “¡Este mes llevémosle flores! ¡Cantémosle mil canciones! Ella nos espera para regalarnos su amor”.

Papa León XIV en homilía en el santuario de la Virgen de Pompeya, 8-5-2026: «El Rosario marca el ritmo de nuestra vida, devolviéndola continuamente a Jesús y a la Eucaristía»

* «El Rosario dirige nuestra mirada a las necesidades del mundo, como enfatizó la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, proponiendo en particular dos intenciones que siguen siendo de urgente relevancia: la familia, que sufre el debilitamiento del vínculo matrimonial, y la paz, amenazada por las tensiones internacionales y una economía que prefiere el comercio de armas al respeto por la vida humana» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Desde este Santuario, cuya fachada concibió San Bartolo Longo como un monumento a la paz, hoy elevamos nuestra oración con fe. Jesús nos dijo que la oración ofrecida con fe puede alcanzarlo todo (cf. Mt 21,22). Y San Bartolo Longo, pensando en la fe de María, la llama «omnipotente por la gracia». Por su intercesión, que el Dios de paz derrame una abundante misericordia que toque los corazones, calme el resentimiento y el odio fratricida, e ilumine a quienes tienen responsabilidades especiales en el gobierno. Hermanos y hermanas, ningún poder terrenal salvará al mundo, sino solo el poder divino del amor, ese poder divino del amor que Jesús, el Señor, reveló y nos dio. ¡Creemos en Él, pongamos nuestra esperanza en Él, sigámoslo!» 

 


8 de mayo de 2026.- (Camino Católico)  “El Rosario marca el ritmo de nuestra vida, devolviéndola continuamente a Jesús y a la Eucaristía” ha subrayado el Papa León XIV en su homilía de este viernes al presidir una solemne celebración eucarística en la Plaza del Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya, uno de los lugares marianos más significativos de Italia. Ante 20.000 fieles, entre ellos 400 enfermos discapacitados. Al final de la Misa el Pontífice ha orado la súplica a la Virgen del Rosario de Pompeya escrita por San Bartolo Longo, fundador del santuario.



El Pontífice ha encomendado en su homilía su ministerio petrino a la protección de la Virgen: “Exactamente hace un año, cuando me fue confiado el ministerio de Sucesor de Pedro, era precisamente el día de la Súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya. Por eso debía venir aquí, para poner mi servicio bajo la protección de la Virgen Santa”. Además, ha destacado el vínculo entre el nombre pontificio que eligió y León XIII, Papa que impulsó ampliamente la devoción al Rosario a través de “un amplio Magisterio”.




“¿Qué hay más esencial que los misterios de Cristo, que su santo Nombre pronunciado con la ternura de la Virgen Madre?”. El Papa además ha recordado que generaciones enteras de creyentes “han encontrado en el Rosario una escuela sencilla y profunda de fe, capaz de custodiar tanto la espiritualidad popular como las expresiones más elevadas de la mística cristiana” y ha insistido en que el Rosario es “rezado”, “celebrado” y consecuencia natural, fuente de caridad: “Caridad hacia Dios, caridad hacia el prójimo: dos caras de la misma moneda”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



VISITA PASTORAL DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A POMPEYA Y NÁPOLES


SANTA MISA

Y SÚPLICA A NUESTRA SEÑORA DE POMPEYA


HOMILÍA DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV


Piazza Bartolo Longo, frente al Santuario de Nuestra Señora del Santo Rosario de Pompeya

Viernes, 8 de mayo de 2026



¡Queridos hermanos y hermanas!


«Mi alma glorifica al Señor». Estas palabras, con las que respondimos a la primera lectura, brotan del corazón de la Virgen María al presentar a Isabel el fruto de su vientre, Jesús, el Salvador. Después de ella, Zacarías, padre de Juan el Bautista, y el anciano Simeón cantarán a Cristo. Estos tres cánticos marcan la alabanza diaria de la Iglesia en la Liturgia de las Horas. Son la mirada del antiguo Israel, que ve cumplidas sus promesas; son la mirada de la Iglesia, la Esposa, que se extiende hacia su divino Esposo; son implícitamente la mirada de toda la humanidad, que encuentra la respuesta a su anhelo de salvación.


Hace ciento cincuenta años, al colocar la primera piedra de este Santuario, en el lugar donde la erupción del Vesubio en el año 79 d. C. sepultó bajo cenizas los vestigios de una gran civilización, protegiéndolos durante siglos, San Bartolo Longo, junto con su esposa, la condesa Marianna Farnararo De Fusco, sentó las bases no solo de un templo, sino de toda una ciudad mariana. Así expresó su comprensión del plan de Dios, que San Juan Pablo II, hablando en este lugar de gracia el 7 de octubre de 2003, al concluir el Año del Rosario, relanzado para el Tercer Milenio, desde la perspectiva de la nueva evangelización: «Hoy», dijo, «como en los tiempos de la antigua Pompeya, es necesario proclamar a Cristo a una sociedad que se aleja de los valores cristianos e incluso pierde su memoria».


Exactamente hace un año, cuando me fue confiado el ministerio de Sucesor de Pedro, era precisamente el día de la Súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya. Por eso debía venir aquí, para poner mi servicio bajo la protección de la Virgen Santa. Habiendo elegido posteriormente el nombre de León, sigo los pasos de León XIII, quien, entre otros méritos, desarrolló un amplio Magisterio sobre el Santo Rosario. A todo esto se suma la reciente canonización de San Bartolo Longo, apóstol del Rosario. Este contexto nos brinda una clave para reflexionar sobre la Palabra de Dios que acabamos de escuchar.


El Evangelio de la Anunciación nos introduce al momento en que la Palabra de Dios se hizo carne en el seno de María. De este seno irradia la Luz que da pleno sentido a la historia y al mundo. El saludo que el ángel Gabriel dirige a la Virgen es una invitación a la alegría: «¡Salve, llena de gracia!». (Lucas 1:28; cf. Sofonías 3:14). Sí, el Ave María es una invitación a la alegría: le dice a María, y por medio de ella, a todos nosotros, que sobre las ruinas de nuestra humanidad, probada por el pecado y, por lo tanto, siempre propensa al abuso, la opresión y la guerra, ha llegado la caricia de Dios, la caricia de la misericordia, que toma rostro humano en Jesús. María se convierte así en la Madre de la Misericordia. Discípula del Verbo e instrumento de su encarnación, se revela verdaderamente como «llena de gracia». ¡Todo en ella es gracia! Al ofrecer su carne al Verbo, se convierte también, como enseña el Concilio Vaticano II, siguiendo a San Agustín, en «madre de los miembros (de Cristo)... porque cooperó por la caridad en el nacimiento de los fieles de la Iglesia, que son miembros de esa Cabeza» (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 53; cf. San Agustín, De S. Virginitate, 6). En el «Aquí estoy» de María, no solo nace Jesús, sino también la Iglesia, y María se convierte en Madre de Dios —Theotokos— y Madre de la Iglesia.


¡Un gran misterio! Todo sucede por obra del Espíritu Santo, que cubre a María con su sombra y hace fecunda su concepción virginal. Este momento histórico posee una dulzura y una fuerza que atraen el corazón y lo elevan a esa altura contemplativa donde florece la oración del Santo Rosario. Una oración que, habiendo surgido y evolucionado progresivamente en el segundo milenio, tiene sus raíces en la historia de la salvación y encuentra su preludio precisamente en el saludo del ángel a la Virgen: «¡Ave María!». La repetición de esta oración en el Rosario es como el eco del saludo de Gabriel, un eco que trasciende los siglos y guía la mirada del creyente hacia Jesús, visto a través de los ojos y el corazón de la Madre. Jesús adoraba, contemplaba y asimilaba cada uno de sus misterios, de modo que con San Pablo podemos decir: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gal 2:19).


Precedida por la proclamación de la Palabra de Dios, entre el Padrenuestro y el Gloria, el Ave María, repetido en el Santo Rosario, es un acto de amor. ¿Acaso no es amor repetir incansablemente: «Te amo»? Un acto de amor que, en las cuentas del rosario, como se aprecia claramente en la pintura mariana de este Santuario, nos conduce de vuelta a Jesús y nos lleva a la Eucaristía, «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Lumen Gentium, 11). San Bartolo Longo estaba convencido de ello cuando escribió: «La Eucaristía es el Rosario vivo, y todos los misterios se encuentran en el Santo Sacramento de forma activa y vital» (El Rosario y la Nueva Pompeya, 1914, p. 86). Tenía razón. En la Eucaristía, los misterios de la vida de Cristo se encuentran, por así decirlo, concentrados en el memorial de su sacrificio y en su presencia real. El Rosario tiene un aspecto mariano, pero un corazón cristológico y eucarístico (cf. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, 1). Si la Liturgia de las Horas marca los momentos de alabanza de la Iglesia, el Rosario marca el ritmo de nuestras vidas, conduciéndolas continuamente a Jesús y a la Eucaristía.


Generaciones de creyentes han sido formadas y protegidas por esta oración sencilla y popular, capaz de alcanzar alturas místicas y de ser un tesoro de la teología cristiana más esencial. ¿Qué hay, en efecto, más esencial que los misterios de Cristo, que su santo Nombre, pronunciado con la ternura de la Virgen María? Es en este Nombre, y en ningún otro, que podemos ser salvados (cf. Hch 4,12). Al repetirlo en cada Ave María, de alguna manera experimentamos la casa de Nazaret, casi escuchando de nuevo las voces de María y José durante los largos años que Jesús vivió con ellos. También experimentamos el Cenáculo, donde los Apóstoles, junto con María, esperaban la efusión del Espíritu Santo. Esto es lo que nos reveló la primera lectura. ¿Cómo no imaginar que, en ese tiempo entre la Ascensión y Pentecostés, María y los Apóstoles competían por recordar los diversos momentos de la vida de Jesús? ¡No se podía pasar por alto ningún detalle! Todo debía recordarse, asimilarse, imitarse. Así nació el camino contemplativo de la Iglesia, del cual, al igual que el año litúrgico, el Rosario ofrece una síntesis en la meditación diaria de los santos misterios. El Rosario ha sido considerado, con razón, un compendio del Evangelio, que san Juan Pablo II quiso integrar con los Misterios de la Luz. Esta dimensión también estaba muy presente en san Bartolo Longo, quien ofrecía a los peregrinos profundas meditaciones para liberar al Santo Rosario de la tentación de la recitación mecánica y asegurar su alcance bíblico, cristológico y contemplativo.


Hermanas y hermanos, si el Rosario se «reza» y, me atrevo a decir, se «celebra» de esta manera, es también, por consecuencia natural, fuente de caridad. Caridad hacia Dios, caridad hacia el prójimo: dos caras de la misma moneda, como nos recuerda la segunda lectura de la primera Carta de San Juan, que concluye con la exhortación: «No amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad» (1 Juan 3:18). Por lo tanto, San Bartolo Longo fue apóstol del Rosario y, al mismo tiempo, apóstol de la caridad. En esta ciudad mariana, acogió a huérfanos e hijos de presos, demostrando el poder regenerador del amor. Aquí, aún hoy, los más pequeños y vulnerables son acogidos y cuidados en las obras del Santuario. El Rosario dirige nuestra mirada a las necesidades del mundo, como enfatizó la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, proponiendo en particular dos intenciones que siguen siendo de urgente relevancia: la familia, que sufre el debilitamiento del vínculo matrimonial, y la paz, amenazada por las tensiones internacionales y una economía que prefiere el comercio de armas al respeto por la vida humana.


Cuando San Juan Pablo II proclamó el Año del Rosario —el próximo año se cumplen veinticinco años— quiso situarlo de manera especial bajo la mirada de la Virgen de Pompeya. Los tiempos no han mejorado desde entonces. Las guerras que aún se libran en muchas regiones del mundo exigen un compromiso renovado, no solo económico y político, sino también espiritual y religioso. La paz nace del corazón. El propio Pontífice, en octubre de 1986, reunió a los líderes de las principales religiones en Asís, invitándolos a todos a orar por la paz. En varias ocasiones, incluidas algunas recientes, tanto el Papa Francisco como yo hemos pedido a los fieles de todo el mundo que oren por esta intención. No podemos resignarnos a las imágenes de muerte que las noticias nos presentan a diario. Desde este Santuario, cuya fachada concibió San Bartolo Longo como un monumento a la paz, hoy elevamos nuestra oración con fe. Jesús nos dijo que la oración ofrecida con fe puede alcanzarlo todo (cf. Mt 21,22). Y San Bartolo Longo, pensando en la fe de María, la llama «omnipotente por la gracia». Por su intercesión, que el Dios de paz derrame una abundante misericordia que toque los corazones, calme el resentimiento y el odio fratricida, e ilumine a quienes tienen responsabilidades especiales en el gobierno.


Hermanos y hermanas, ningún poder terrenal salvará al mundo, sino solo el poder divino del amor, ese poder divino del amor que Jesús, el Señor, reveló y nos dio. ¡Creemos en Él, pongamos nuestra esperanza en Él, sigámoslo!


PAPA LEÓN XIV



Fotos: Vatican Media, 8-5-2026