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sábado, 23 de mayo de 2026

Álvaro Solé: «Una hermanas mía murió y me alejé de la Iglesia 7 años, en un retiro espiritual me encontré con Dios, al perder el trabajo escuché en la Eucaristía el pasaje del joven rico y le dije al Señor: ‘Yo seré tu sacerdote’»

Álvaro Solé sigue su camino para ser sacerdote después de haber sido ordenado diácono / Foto: Infomadrid

* «Dios sigue llamando y sigue enviando pastores a su pueblo. Es el Señor quien ha obrado y quien me ha sostenido, puedo confiar en que seguirá sosteniéndome en este sí»

Camino Católico.- Álvaro Solé ha sido ordenado diácono este sábado, 23 de mayo, en la catedral de la Almudena junto con 9 seminaristas del Seminario Conciliar de Madrid, entre ellos Alfonso Blanco. Procede de una familia de ocho hermanos. Uno de ellos tiene síndrome de Down y la muerte de una de sus hermanas fue precisamente el acontecimiento que marcó su alejamiento de la Iglesia.

Retiro espiritual

Su historia comenzó hace siete años, cuando decidió entrar al seminario tras un profundo proceso de conversión iniciado en un retiro espiritual. «Yo estaba muy alejado de la Iglesia. No iba a misa, no me confesaba y no tenía vida de comunidad», recuerda en Infomadrid. Aquel encuentro con el Señor, transformó por completo su mirada y le permitió volver a reconocer la presencia de Dios en su día a día.

Después de ese momento, regresó poco a poco a la vida de la Iglesia. Comenzó a participar en un grupo de jóvenes, retomó la oración y volvió a recibir los sacramentos. «Había estado prácticamente siete años sin pisar una iglesia», explica.

Álvaro Solé, el segundo por la izquierda en la fila de detrás, con su familia / Foto: Infomadrid

«Yo seré tu sacerdote»

La pregunta vocacional apareció poco después de su conversión, aunque no fue fácil aceptarla. «La primera vez que me pregunté por qué no ser sacerdote», rechazó la idea». A los dos años, volvió una segunda vez, y «también la rechacé». Sin embargo, la insistencia del Señor fue abriendo camino en su corazón.

El momento decisivo llegó cuando Álvaro perdió su trabajo. Ese mismo día escuchó en la Eucaristía el pasaje del joven rico: «Si quieres ser perfecto, vende todos tus bienes, así tendrás un tesoro en el Cielo y luego ven y sígueme». Aquellas palabras tocaron profundamente su vida. «Por primera vez respondí que sí». Le dijo al Señor «Yo seré tu sacerdote».

Alegría y esperanza

Reconoce que aquel primer «sí» era pequeño, pero con el tiempo se ha ido fortaleciendo y madurando en el seminario. Ahora, a pocos días de su ordenación, vive este momento con gran «alegría y esperanza», apunta el futuro diácono.

También afirma que «es impresionante ver cómo todo el pueblo de Dios comparte esta alegría tan grande». En sus parroquias —San Benito Menni de Carabanchel y actualmente San Juan Evangelista, en la zona del Parque de las Avenidas— ha experimentado «el cariño y la cercanía» de tantas personas que rezan por él y le acompañan en estos momentos.

Álvaro Solé, el segundo por la derecha de los que están de pie, con sus compañeros que también han sido ordenados diáconos / Foto: Infomadrid

Apoyo de toda la Iglesia

Álvaro percibe que la alegría de la comunidad no es solo por él, sino porque «Dios sigue llamando y sigue enviando pastores a su pueblo». También agradece el apoyo recibido en el movimiento de Comunión y Liberación, del que forma parte, así como el acompañamiento de su familia, amigos y personas que han compartido «su camino de fe».

Además, señala que, durante todo este tiempo, ha visto como «es el Señor quien ha obrado y quien me ha sostenido, puedo confiar en que seguirá sosteniéndome en este sí». Y concluye agradecido por el apoyo de toda la Iglesia. «Es el pueblo de Dios quien me acompaña, reza por mí y me sostiene».

Por último, Álvaro recuerda que, durante su etapa en el seminario, conoció la noticia que su padre, Gabriel Solé, sintió también la llamada al diaconado permanente. Así, mientras Álvaro ha sido ordenado diácono transitorio el 23 de mayo, su padre recibirá la ordenación como diácono permanente el próximo 20 de junio.

Meditación-oración: Inúndanos Señor con tu Espíritu Santo / Por Arturo López

Camino Católico.- La meditación-oración la realiza Arturo López Martos, laico casado y padre de dos hijos, miembro de la Comunidad Familia, Evangelio y Vida. En esta enseñanza se profundiza en la necesidad vital que llevamos inscrita en nuestro corazón de ser Templos del Espíritu Santo, el Paráclito, el consolador, el defensor. 

Estamos llamados a mostrar a Cristo con todas nuestras actitudes, también eso conlleva el acoger en nuestros corazones el amor del Padre del Cielo derramado por el Espíritu Santo y convertirnos en consoladores, paráclitos, de las personas que se crucen en nuestro camino. Para eso debemos invocar y clamar al Espíritu Santo para que actualice la salvación de Jesucristo en las áreas oscuras de nuestra vida. Al final de la meditación se realiza durante 15 minutos una oración pidiendo al Espíritu Santo que sane todo cuanto nos impide acoger con libertad el amor de Dios. 

Arturo López también participa de las reuniones de plegaria del grupo de oración Familia, Evangelio y Vida de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Vilanova i la Geltrú, Barcelona, España, donde ha sido grabada en directo esta enseñanza, el lunes 6 de junio de 2011.

Invocar al Espíritu Santo cada día para que nos revele lo que viene de Dios y lo que es del mal / Por Conchi Vaquero

 


Camino Católico.- Conchi Vaquero Callejas, laica casada y madre de dos hijos, miembro de la Comunidad Familia, Evangelio y Vida, en esta enseña invita a invocar al Espíritu Santo cada día para que nos revele lo que viene de Dios y lo que es del mal.

Conchi Vaquero pertenece también al grupo de oración Familia, Evangelio y Vida de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Vilanova i la Geltrú, Barcelona, España, donde ha sido grabada en directo esta charla, el sábado 7 de enero de 2023.

Pondré en vosotros mi Espíritu y viviréis / Por Conchi Vaquero

 


Camino Católico.-  Conchi Vaquero Callejas, laica casada y madre de dos hijos, miembro de la Comunidad Familia, Evangelio y Vida, reflexiona en esta enseñanza respecto a cómo el Espíritu Santo actúa en nuestros conflictos interiores: pecados, heridas, educación, cultura, sociedad… Si nos dejamos guiar por el Espíritu y buscamos como Jesucristo  servir a Dios Padre, renunciando a nosotros mismos, viviremos la experiencia de profundizar cada día en nuestra fe.

Conchi Vaquero pertenece también al grupo de oración Familia, Evangelio y Vida de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Vilanova i la Geltrú, Barcelona, España, donde ha sido grabada en directo esta enseñanza, el lunes 7 de noviembre de 2011.

Alfonso Blanco: «Quería hacer Diseño Gráfico, pregunté: ‘¿Cuál es la voluntad de Dios?’; en adoración escuchaba la palabra ‘sacerdote’ y lo voy a ser porque orando a la Virgen entendí que es ayudar a Jesús a la salvación de las almas»

Alfonso Blanco con el Papa Francisco en el Vaticano / Foto: Archimadrid

* «Mi deseo más profundo es ser una sacerdote del corazón de Jesús; estar toda mi vida intentando unirme al corazón de Jesús para ser otro corazón de Jesús en el mundo. En la sociedad de hoy la gente necesita encontrarse con un Dios que perdona, que ha venido a salvarnos, no a condenarnos»

Camino Católico.-  Alfonso Blanco creció en una familia «que no creía en Dios» y «no nos inculcaron nada la fe». Lo bautizaron e hizo la Primera Comunión más por tradición que por convicción. Y ahora, a sus 25 años, ha sido ordenado diácono, con 9 compañeros más, entre ellos Álvaro Solé, después de seis años en el Seminario Conciliar de Madrid preparándose para el sacerdocio.

¿Qué pasó? «Que en 2013 mi madre se convirtió y nos empezó a llevar a la iglesia» dice a Archimadrid. Alfonso tenía 12 años. Comenzó a rezar por las noches, a reconocer que Dios existe y a tener experiencias muy reales de Él, «de paz y alegría; notaba que Dios me quería».

Una de estas experiencias fue el sacramento del Perdón. Su madre le había apuntado a catequesis de Confirmación y la catequista los animó a una confesión «de corazón». Entonces Alfonso, que aunque se estaba preparando en la parroquia Santísimo Cristo de la Misericordia de Boadilla acudía regularmente a Santa María de Caná, en Pozuelo, se fue a confesar a esta última.

Ha pasado más de la mitad de su vida desde entonces, pero Alfonso lo explica con tal viveza que pareciera hubiera sido ayer. «En esta confesión sentí realmente el perdón de Dios, me sentí amado». La vivencia del amor de Dios a través de su perdón fue un puntal en su crecimiento espiritual.

Alfonso Blanco, en primer plano, a la derecha, con los jóvenes universitarios de su parroquia / Foto: Archimadrid

La pregunta más honda

El Alfonso adolescente va cada vez con más frecuencia a Misa, se hace asiduo al confesionario y con 15 años tiene claro qué es lo que quiere ser de mayor: Diseño Gráfico y Bellas Artes. Pero hay una pregunta más honda: «¿Cuál es la voluntad de Dios?».

Un día, en oración ante el Santísimo, escuchó su voz: «Yo te quiero tal y como eres». Y a partir de ese momento, «como un pequeño susurro en el corazón», surgía repetidamente una palabra, «sacerdote».

A Alfonso no le asustaba nada, «si es de Dios, no tengo ningún problema», pero había una inquietud: deseaba estar enamorado del sacerdocio, y sin embargo no entendía muy bien lo que era. En esto le ayudó la Virgen, quien, por cierto, había jugado un papel destacado en la conversión de su familia (padres y hermana mayor) porque después de su madre fueron todos en cascada.

A la Virgen le pidió un día: «Enamórame del sacerdocio». La Madre le hizo entender que «ser sacerdote es ayudar a Jesús a la salvación de las almas». Se dio cuenta de que su mayor deseo, que era ir al cielo, se ampliaba al mundo. «Entre Diseño Gráfico o ayudar a Jesús, no hubo duda», ríe. 

Alfonso Blanco, detrás, en una convivencia con los adolescentes de su parroquia actual / Foto: Archimadrid nieve 

Sin dudas

Desde finales de 4º de la ESO y durante los dos cursos de Bachillerato tuvo un acompañamiento espiritual mucho más intenso y una implicación mayor en la parroquia. «Día a día me iba dando cuenta de que eso era lo que me movía». Así que se examinó de la EBAU y entró en el Seminario. Era septiembre de 2019.

Reconoce que le costó ubicarse, «fue un cambio radical», con un ritmo muy intenso, de mucha oración, de mucho estudio… Además, a los pocos meses llegó el confinamiento por el Covid y se volvió a casa de sus padres; en el Seminario les dijeron que aquellos que pudieran, lo hicieran.

Alfonso Blanco durante su estancia misionera en Perú con niños indígenas / Foto: Archimadrid

Pero nunca ha tenido dudas de su vocación. Ahora, Alfonso hace su formación pastoral en la parroquia Madre del Amor Hermoso de Villaverde Bajo y pasa los veranos en experiencias de crecimiento propuestas por el Seminario: un verano viviendo en la parroquia, otro en una casa de mayores con discapacidad en Extremadura, las JMJ, estancias en el Cenáculo de la madre Elvira, «y otro me pidieron ir a Perú», a un colegio para muchachos de tribus indígenas que no hablan castellano. «Me encantó».

A pocos días de su ordenación asegura no sentirse especialmente nervioso, «lo están más mis padres». «Siento que hay mucho que crecer, pero la Iglesia ha dicho que sí y el Señor está ahí para recordarte su fidelidad».

Además, está especialmente ilusionado porque serán los diáconos del Papa León XIV. Ya tuvieron la oportunidad de encontrarse con el Papa Francisco en el Vaticano, y ahora podrán servir en las celebraciones del viaje apostólico de junio. «Otro regalo del Señor, empezar con el Papa».

Futuro sacerdote

Sobre su futuro, «mi deseo más profundo es ser una sacerdote del corazón de Jesús; estar toda mi vida intentando unirme al corazón de Jesús para ser otro corazón de Jesús en el mundo». Pide que nunca le falte con los demás la misericordia que Dios tuvo y tiene con Él; la acogida, «como me ha acogido a mí», y la alegría.

«En la sociedad de hoy la gente necesita encontrarse con un Dios que perdona, que ha venido a salvarnos, no a condenarnos». No se necesita más —añade— que el perdón, el amor y la misericordia de Dios. 

Alfonso Blanco, el segundo por la izquierda, agachado en la primera fila, con su curso del Seminario de Madrid / Foto: Archimadrid

Ramón Mirada fue rebelde, se introdujo en la delincuencia, las drogas y quiso suicidarse, pero «Dios se sirvió del abrazo de un sacerdote y entendí que Él era mi padre; quería estar como una lapa con Jesús y soy cura»


El padre Ramón Mirada tuvo un encuentro personal con el Señor que lo transformó en aquel instante, su vida cambió radicalmente

* «Sólo esta actitud del sacerdote ya me cambió. Dios se sirvió de esto. ‘¿Quién eres?’ Soy Pachús… y me dio un abrazo. Nadie me había dado un abrazo en mi vida. En ese momento rompí a llorar y empezó a escucharme. Le conté todo y fue la primera persona a la que no mentí. Me quité el disfraz. Me sorprendió su mirada. No fue una mirada de juicio como me había prometido el demonio, fue la mirada de Dios, me dejó descolocado. Me sorprendió al decir: ‘¿Y qué? Más grande es la misericordia de Dios’. La gratitud a Dios me hizo explotar. ¿El cielo es para mí? Empecé a ir a misa todos los días. Desde entonces he comulgado todos los días de mi vida. Me iba enamorando  y enamorando de Jesús, y el cura veía vocación en mí, pero yo lo veía imposible» 

Vídeo del testimonio del padre Ramón Mirada en Mater Mundi

Camino Católico.-  Ramón Mirada, conocido por todos como el Padre Pachús, es un sacerdote diocesano de la Diócesis de Getafe, que primero desarrolló su labor en la parroquia de la Inmaculada de Alcorcón y ahora lo hace en la de San José Obrero de Móstoles. Su camino hasta el sacerdocio no fue nada sencillo, pues antes renegó de Dios de una manera tan beligerante que le llevó a una rebeldía extrema, a la delincuencia, al consumo de drogas e incluso a la blasfemia, rompiendo y miccionando sobre un crucifijo. Incluso intentó suicidarse.

Una actitud que surgió en su infancia

Como otros muchos conversos fue al tocar fondo y gracias a la fe inquebrantable de su madre cuando decidió agarrarse a la única mano que seguía tendida, la de Dios. Y fue en la Iglesia donde descubrió un amor que él creía que no existía. Se confesó, comulgó y desde entonces no ha faltado un solo día a la Eucaristía.

En una entrevista en Mater Mundi TV , el padre Pachús relata que los problemas en él empezaron desde que era un niño. Tenía otros tres hermanos, pero en vez de verlos como un don para él eran una desgracia, pues Ramón pensaba que era Dios le había creado mal. Ellos eran todo lo que él no era: inteligentes, buenos deportistas, sociables…

El padre Ramón Mirada un domingo de Ramos

Sin ilusión en su Comunión

Esto le hizo aislarse y tener pocos amigos. Pero al colegio llegó otro niño, con grandes problemas familiares, y se aprovechó de él, lo que le hizo encerrarse aún más. “Yo en mi comunión no tenía ilusión. O Dios no existía o era un traidor. Y empezó en mí una etapa muy egoísta".

Comenzó a moverse en el mundo del hip hop, y sus estudios seguían yendo fatal. Por ello, sus padres decidieron cambiarle de colegio y llevarle a uno religioso. Ahí Ramón explotó. “Duré tres meses, por dos razones. Una, porque era religioso y me reventaba. Y dos, porque era un colegio de pijos, todo lo contrario a lo que quería ser”, afirma.

Quemar el colegio con gasolina

No se relacionaba con los compañeros, empezó a fumar y a rodearse de malas compañías. Sus padres se convirtieron para él en sus grandes enemigos. Entonces llegó su bajada a los infiernos. Cuenta Ramón que “hubo un día que odiaba tanto que se me fue la cabeza, cogí un bidón de gasolina y prendí el pasillo del colegio.

No quemé el edificio pero casi, tuvieron que venir los bomberos”. En ese periodo, también había robado todos los ahorros a un compañero del colegio.

No podía seguir en aquel centro. Entonces, sus padres pensaron que en un reformatorio de Sigüenza, Guadalajara. “El internado me sirvió para empeorar. Me acabaron echando también. Era un peligro vivir, se veían pistolas, navajas, cocaína, heroína…”, relata este sacerdote.

El padre Ramón Mirada en una clase con alumnos

La bajada a los infiernos en el internado

Para él, era una “situación que me superaba por todas partes. No tenían piedad conmigo y fueron a por mí. Cada noche al final era una lucha para intentar que no abusaran de mí. Allí perdí toda la inocencia que tenía. Y entonces, una de dos, o dejaba que me destruyeran o me tenía que hacer peor que ellos. Y elegí la segunda”.

Ramón llegó a este punto a través de las drogas, pese a que apenas estaba empezando la adolescencia. Era, en su opinión, “el camino más sencillo, y también el más fácil para destruir la vida. Da dinero, traficar con ellos me daba mucho dinero y mucho prestigio. No te das cuenta de que te empiezas a enganchar”.

Drogas, delincuencia, policía…

Este sacerdote cuenta a los jóvenes de su parroquia esta experiencia con la droga, cómo ha enterrado a varios amigos por sobredosis, y cómo “es una rueda que está en cuesta hacia abajo, y no va a parar. En mi caso fue así”.

Su descenso a los infiernos continuó. Intentaron echarle del colegio, fue detenido por la Policía por realizar grafitis en un tren, le pillaron con droga… Al final tuvo que dejar el internado y volver a Madrid. Pero le volvieron a coger con drogas y también le expulsaron.

El padre Ramón Mirada celebrando la Eucaristía 

El intento de suicidio

“Tanto fracaso escolar, cuatro colegios, no había visto a nadie que me quisiera, porque yo era ciego para ver el amor de mis padres. Tenía 16 años, y de repente, me preguntaba, ¿esto es la vida? ¿Para qué seguir? La idea no me abandonaba (…). Y me intenté suicidar”.

Sin embargo, “dos ángeles”, sus padres, lo impidieron. Pachús recuerda que sus “padres rezaron, hicieron penitencia y mi madre viéndome tan incompleto se me tiró de rodillas y me pidió que fuéramos a una parroquia”. Ya sin nada que perder decidió ir.

El encuentro radical con Cristo

Llegó a la parroquia y llegó la primera sorpresa. El párroco le recibió feliz y sonriente. Hasta ese momento, los sacerdotes eran para él horribles, en el internado habían pegado a curas e incluso habían roto crucifijos delante de ellos…

“Sólo esta actitud del sacerdote ya me cambió. Dios se sirvió de esto. ‘¿Quién eres?’ Soy Pachús… y me dio un abrazo. Nadie me había dado un abrazo en mi vida. En ese momento rompí a llorar y empezó a escucharme. Le conté todo y fue la primera persona a la que no mentí. Me quité el disfraz. Me sorprendió su mirada. No fue una mirada de juicio como me había prometido el demonio, fue la mirada de Dios, me dejó descolocado”, explica Ramón.

El padre Ramón Mirada en plena Eucaristía con un acólito  

No ha dejado de comulgar ni un solo día

Cuando terminó de contarle todo el mal que había hecho, este sacerdote le volvió a sorprende: ‘¿Y qué?’, le espetó a este joven. Y completó la frase: ‘más grande es la misericordia de Dios’.

De aquel momento recuerda que “la gratitud a Dios me hizo explotar. ¿El cielo es para mí? Entonces entendí quien era Dios. En esa misma confesión entendí que Dios era mi padre”.

Su vida no cambió de manera progresiva. Fue un cambio radical. Había descubierto algo nuevo y no quería que nadie ni nada se lo arrebatara. “Quería estar como una lapa con Jesús. Empecé a ir a misa todos los días. Desde entonces he comulgado todos los días de mi vida”.

Una vocación imposible que se hizo posible

Dejó todas las malas amistades que tenía y su ambiente pasó a ser el de la parroquia. Afirma que “me iba enamorando y enamorando de Jesús, y el cura veía vocación en mí, pero yo lo veía imposible”.

Hasta que finalmente un día tuvo claro que Dios le llamaba. Se lo dijo a sus padres, que no paraban de llorar de la emoción. Habían visto a su hijo muerto en vida y ahora le veían como una nueva criatura. Y pese a que los años del seminario no fueron fáciles debido a los estudios y a que se sentía indigno para este ministerio, finalmente se ordenó y tocó el cielo al poder celebrar la misa.

Ahora es un activo sacerdote, con gran tirón entre los jóvenes y muy activo en la evangelización. Es un hombre nuevo.

Homilía del evangelio del domingo: La misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado / Por P. José María Prats

 


* «En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz»

Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11 / Salmo 103 / 1 Corintios 12, 3b-7.12-13 / San Juan 20, 19-23

P. José María Prats / Camino Católico.-   Con esta solemnidad de Pentecostés terminamos la celebración del tiempo pascual, que la liturgia de la Iglesia nos invita a vivir como si fuera un solo día, como el «gran domingo» en el que nuestro Señor Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y nos ha hecho partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte por el don del Espíritu Santo.

De hecho, la Resurrección y Ascensión del Señor por una parte y el envío del Espíritu Santo por otra, constituyen las dos caras de una misma moneda, los dos aspectos inseparablemente unidos de nuestra redención. Por la Resurrección y Ascensión de Jesús, un ser humano, que es el mismo Hijo de Dios hecho hombre, ha triunfado sobre el pecado y sobre las fuerzas del mal que nos tenían subyugados y ha alcanzado el destino de gloria para el que fuimos creados. Pero de poco nos serviría esta victoria si no la pudiésemos compartir, y ésta es precisamente la misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado.

La experiencia de Pentecostés que narran los Hechos de los Apóstoles constituye la antítesis de lo que ocurrió con la Torre de Babel, cuyos constructores, llenos de soberbia, intentaron alcanzar la gloria con su solo esfuerzo, prescindiendo de Dios, y fueron confundidos en su lengua y dispersados por toda la tierra, rompiéndose así la comunión entre ellos. Ahora, con motivo de la fiesta judía de Pentecostés, se habían congregado en Jerusalén peregrinos de todas las naciones, que eran incapaces de comunicarse debido a la diversidad de sus lenguas. Sin embargo, tras la irrupción del Espíritu Santo, esta incapacidad de comunicación y comunión desaparece hasta el punto de que todos pueden entender a los apóstoles proclamar las maravillas de Dios.

Pero esta narración se pone también en relación con otro acontecimiento bíblico muy importante: la entrega de la Ley a Moisés en el monte Sinaí, que era lo que conmemoraba la fiesta judía de Pentecostés. Por ello, el Espíritu Santo es entendido como la nueva Ley que desciende de lo alto para inscribirse en el corazón del hombre y llevar a plenitud la antigua Ley escrita en tablas de piedra, tal como había profetizado Ezequiel hacía más de quinientos años:

«Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos» (Ez 36,26-27).

Y así, si la entrega de la Ley a Moisés en el Sinaí estuvo acompañada por truenos y relámpagos, el descenso de la nueva Ley lo estuvo por «un ruido del cielo, como de un viento impetuoso, que resonó en toda la casa donde se encontraban».

En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, a tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.


P. José María Prats

Evangelio: 


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: 


«La paz con vosotros». 


Dicho esto, les mostró las manos y el costado.


Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: 


«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». 


Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: 


«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

San Juan 20, 19-23

Pentecostés es el cumplimiento de la promesa de Cristo: el Espíritu Santo viene para acompañar, consolar y fortalecer a la Iglesia / Por P. Carlos García Malo

 


Santa Rita de Casia – Película de Dibujos animados

 


Camino Católico.- Santa Rita de Casia, película de dibujos animados para niños de la serie “Mi familia católica” de  EWTN.


Mary Sangalli lleva 18 años enferma de ELA: «Me sentí libre al empezar a vivir la relación con Dios, que es Padre, me creó y me da vida continuamente; mi dependencia de Dios me ha liberado de las cosas y de las personas»

Mary (Marialuisa) Sangalli afronta la Esclerosis Lateral Amiotrófica desde hace 18 años en unión con Dios y experimentando el amor que Él le da sintiéndose amada a cada instante

* «El abandono en el Padre no surgió de un acto de voluntad por mi parte, sino que, gracias a la oración, se creó una relación con Él, a través de la cual me ha moldeado, convirtiendo mi petición de ‘Cúrame’ en ‘Muéstrate, te necesito, te deseo, te doy las gracias’... Miro a mis hijos sin ninguna pretensión ni plan. Son hijos de Dios, que me han sido confiados para que les ayude a descubrir que la única plenitud de la vida reside en el descubrimiento de Dios. Podrán ser ingenieros o simples obreros; lo importante es que, algún día, Dios sea su fundamento… Si tienes una confianza firme en Dios, todo el malestar, con el tiempo, da paso a la paz, a la serenidad, aunque todo sea peor que antes… El éxito de la vida consiste en vivir la espera de Dios, vivir deseándolo y esperar el día en que por fin estemos en su abrazo»

Camino Católico.- Mary (Marialuisa) Sangalli lleva 18 años padeciendo ELA [Esclerosis Lateral Amiotrófica], una enfermedad neurológica que acaba paralizando a su paciente. Pero en su enfermedad ha descubierto cómo entregarse a Dios y ha encontrado "una alegría que solo existe en el Paraíso". Ella misma ha contado su historia en un libro y Benedetta Frigerio la entrevista en La Nuova Bussola Quotidiana:

¿Es realmente posible vivir sin miedo, en paz y con alegría, ante cualquier drama que pueda surgir? Es la pregunta a la que el siglo en el que vivimos intenta responder mediante manuales, cursos e incluso recurriendo a lo oculto. Sin embargo, la historia de Mary Sangalli demuestra, en el libro recién publicado ‘Ciò che mi sorprende’ [Lo que me sorprende], que la solución no reside en ninguna práctica ascética, ejercicio virtuoso o camino de catarsis para liberarse del sufrimiento.

Mary (Marialuisa) Sangalli cuenta su historia y su vida actual en su impactante libro / Foto: Edizioni Ares

También porque Mary no tiene ninguna posibilidad de evitarlo: esposa y madre de cuatro hijos, hace 18 años descubrió que padecía la enfermedad de la motoneurona, en tres letras, la ELA. Y tras una lucha llena de súplicas y enfrentamientos con Dios, al no poder ya valerse por sí misma en nada, en un momento dado, en lugar de vivir en la rebelión y la ira, se encontró rendida a la voluntad de Dios, recibiendo a cambio un corazón nuevo, lleno de alegría. 

Y así es como escribe hoy (moviendo los ojos sobre las letras con la ayuda de un dispositivo): 

"A veces echo de menos los gestos cotidianos, esos gestos que los demás no se dan cuenta de que hacen, como beber de un trago, levantarme de la cama y ponerme las zapatillas (sin ayuda de nadie), dar un paseo pisando las hojas otoñales. No puedo ocultarlo, echo de menos lo que antes no me daba cuenta de que tenía". 

Luego, dirigiéndose a Dios, continúa: 

"Pero lo que ahora tengo de ti es algo que nunca hubiera pensado que existiera, es una experiencia que creía que solo existía en el Paraíso, tú me regalas la bienaventuranza... en la bienaventuranza estás tú presente, entregándote a mí, es más que amor, es una implicación afectiva en la que me siento en casa". 

-Hoy en día, el mundo nos ofrece cursos, programas y libros para alcanzar el bienestar físico y espiritual y liberarnos de nuestras limitaciones. Tú, en cambio, hablas de felicidad aunque sufras y no goces de buena salud física. ¿Cómo es posible?

-Sufro por mis sufrimientos, desearía que no existieran. Sin embargo, en los momentos difíciles, gracias a la oración, recibo del Padre la alegría, la paz y la fuerza para afrontar el día a día. El otro día soplaba un viento muy fuerte que doblaba los árboles, pero no los arrancaba de raíz. Así que pensé que lo mismo ocurre con quien tiene fe en Dios: las dificultades pueden casi ponerte de rodillas, pero estás arraigado en Dios y esto te permite afrontar la vida con la certeza del bien, en la que todo contribuye al bien.

El abandono en el Padre no surgió de un acto de voluntad por mi parte, sino que, gracias a la oración, se creó una relación con Él, a través de la cual me ha moldeado, convirtiendo mi petición de "Cúrame" en "Muéstrate, te necesito, te deseo, te doy las gracias".

Al sentirme amada, he comenzado a amar mi identidad: existir significa ser querida en cada instante. Esta relación me ayuda a superar todos los límites, así la enfermedad no me reduce y me siento libre, ciertamente con una mirada dolorosa sobre la realidad, pero el dolor es lo más sano porque la resurrección pasa por la cruz y por el dolor.

-Tu vida no ha sido fácil desde el principio: perdiste a tu padre a los 11 años y desde entonces tu madre ya no pudo hacerse cargo de ti y de tus cuatro hermanos, por lo que acabaste en un centro de acogida con tu hermana, separada del resto de tu familia. ¿Cómo conseguiste no caer en una crisis psíquica?

-No sé cómo lo hice, pero puedo decirte que no sentía ira ni rencor. Sufrí mucho por la muerte de mi padre; al principio no aceptaba el internado, me costó acostumbrarme a una nueva familia, sufrí la enfermedad y todas las dificultades que la vida sigue presentándome. Era una niña que no esperaba mucho de la vida, no tenía pretensiones respecto a la realidad. Sin embargo, todas estas circunstancias difíciles habían minado mi identidad, haciéndola emocionalmente frágil; necesitaba la aprobación de los demás. 

Así fue hasta que llegó la enfermedad; entonces ocurrió el gran milagro: había madurado un nuevo sentimiento hacia mí misma, una nueva mirada sobre mí, por lo que la consistencia de mi yo residía en la relación con el Padre. 

Para lograrlo, Dios permitió que se produjeran dificultades y renuncias. Tuve que perder las certezas que venían del mundo.

-Cuando enfermaste tenías cuatro hijos pequeños: no podías abrazarlos, hablarles con cariño ni ayudarles a vestirse, pero les escribes: "Al mirarme, veis a una madre enferma que reza. A menudo me decís: '¿Qué haces? ¡Rezas!'. Más que mis palabras, veis que el amor de Dios me da paz". ¿Qué significa ser padres en un mundo que va en contra de la inocencia y que empuja al rendimiento como medida del éxito en la vida?

-Miro a mis hijos sin ninguna pretensión ni plan. Son hijos de Dios, que me han sido confiados para que les ayude a descubrir que la única plenitud de la vida reside en el descubrimiento de Dios. Podrán ser ingenieros o simples obreros; lo importante es que, algún día, Dios sea su fundamento.

El éxito de la vida consiste en vivir la espera de Dios, vivir deseándolo y esperar el día en que por fin estemos en su abrazo.

Mary (Marialuisa) Sangalli con sus amigas con quienes también experimenta que Dios la ama

-Vivimos inmersos en una cultura que cree que la libertad de hacer lo que uno quiera equivale a la felicidad, mientras que tú escribes que la alegría proviene de la liberación. ¿Qué es lo que te libera del miedo al futuro?

-Me sentí verdaderamente libre cuando empecé a vivir la relación con Dios, que es Padre, me creó y me da vida continuamente. Percibir mi dependencia de Dios me ha liberado de las cosas y de las personas. Todo puede estar en tu contra, pero dentro de la relación con el Padre, las adversidades y las carencias se hacen más pequeñas. Cuando las adversidades te abruman, duelen, sientes dolor. 

La fe en Dios no es, de hecho, algo mágico que borra el dolor. Este existe y es incluso intenso. Pero si tienes una confianza firme en Dios, todo el malestar, con el tiempo, da paso a la paz, a la serenidad, aunque todo sea peor que antes.

-El impulso hacia la legislación sobre la eutanasia puede conducir a una práctica en la que, en lugar de luchar junto a los enfermos y a quienes sufren, se les sugiere que, si realmente ya no pueden más, lo correcto es quitarse la vida (como si se dijera: "puedo prescindir de ti"). ¿Qué les dirías a quienes cuidan de los que sufren y a quienes se encuentran en tu misma situación?

-Cuando se excluye a Dios de la vida, todo se vuelve lícito: el aborto, la gestación subrogada, la eutanasia... La enfermedad es cruel, no deja salida, al igual que todos los sufrimientos que te acorralan. Pero el sufrimiento te plantea dos alternativas radicales, ya no puedes ser mediocre, apático o superficial:

* o la vida es una tragedia sin sentido, donde nada tiene ya valor, ni siquiera la vida, 

* o empiezas a mirar a Dios, te unes a Él, el único que te da sentido, valor y te hace sentir amado cada día. 

La cruz y el sufrimiento son grandes temas misteriosos que se quieren censurar, pero después de que Jesús entró en la historia, la cruz se convirtió en signo de esperanza, condición para experimentar la victoria. 

La paciencia nace de la relación viva con Jesús, porque comprendemos que no nos hacemos a nosotros mismos; nace de la certeza del propósito, que genera tenacidad en la vida.

Repito, la enfermedad es para todos un terremoto, tanto para quien tiene fe como para quien no cree. 

Yo entro de puntillas en las vidas de los demás enfermos; ni siquiera puedo comprender en lo más profundo a otro enfermo de ELA, pero lo que siento que puedo hacer es dar mi testimonio, por eso he querido compartir mi historia. También porque la muerte provocada es una falsa salida: cuando oigo que algún enfermo ha decidido poner fin a su vida, pienso que esa alma seguirá sufriendo los tormentos del purgatorio porque no existe el sueño eterno y probablemente sufrirá más para expiar su elección.

-¿Cómo vencer la distracción en una situación en la que aún podemos engañarnos creyendo que podemos prescindir de Dios?

-La ilusión es el intento de reducir la realidad partiendo de uno mismo, ignorando el Misterio, ignorando la relación con Dios. Este es un tema que se presentará a lo largo de toda la vida, es un problema de nuestra libertad. Yo elijo cada día de qué lado estar: o me desespero y me ahogo en la tristeza, o me alimento de Él. Si lo buscamos, Él siempre responde: a su manera, pero responde.