Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

sábado, 30 de agosto de 2025

Konstantin Gudauskas, el kazako cristiano que ha rescatado a 205 ucranianos de la guerra: «El Señor me dijo: ‘Lo que debes salvar es vidas humanas. Necesito tus manos. Este es el desierto que debes atravesar'»


Konstantin Gudauskas ha contado su testimonio en el Meeting' de Rímini

* «Lo que hice fue el trabajo de Dios a través de mis manos. Nunca habría tomado la decisión de hacer esto si no hubiese habido una llamada de Dios. Ésa era la voluntad de Dios, hacer ver que en el infierno más oscuro está la luz» 

Camino Católico.- Konstantin Gudauskas nació en Kazajistán en una familia cristiana de padre católico: “Me enseñaba el amor a Dios”, recuerda. 

En un país donde las tres cuartas partes de la población es musulmana y el presidente comunista Nursultán Nazarbáyev estuvo desde el final de la URSS hasta 2019, Konstantin era un activista en favor de las personas “cuyos derechos no eran respetados”. Hace una década fue expulsado: “Al poder no le gustaba lo que hacía y fui obligado a abandonar Kazajistán y residir en Ucrania”.

Un pasaporte al servicio de los demás

Allí vivía cuando, el 24 de febrero de 2022, Rusia desató su ofensiva en el Donbás. Gudauskas recibió esa noche la llamada de una amiga, que le advertía de que los rusos habían entrado en una ciudad donde había quedado atrapada una familia que ella conocía: “Tienes pasaporte kazajo… Dado que Kazajistán es muy amiga de Rusia, hay una posibilidad de que no te maten”, argumentó la mujer para sugerir a Konstantin que acudiese a rescatarlos.

“Me puse de rodillas y pedí al Señor que me salvase”, confiesa: “Pero el Señor me dijo: ‘Lo que debes salvar es vidas humanas. Necesito tus manos. Este es el desierto que debes atravesar'”. Así que Gudauskas aceptó la misión.

Diversos momentos de Konstantin en el 'Meeting' de Rímini

Efectivamente, soldados rusos le pararon en la carretera en un control, le pidieron su documentación y le preguntaron por qué iba en dirección a una ciudad que estaba siendo centro de combates. Acostumbrado a enfrentarse al poder, Konstantin mantuvo la sangre fría suficiente para explicar que acudía en busca de su familia. 

¡Y pasó! El pasaporte kajako obró el milagro esperado.

Cuando llegó al lugar convenido, le esperaba un hombre que le condujo hasta el escondite de la familia: “Le dije a los niños: para que podáis ver a vuestro papá, tenéis que decirle a todo el que os pregunte que yo soy vuestro papá”.

La voluntad de Dios

Fue su primer rescate, pero no el último: “He podido salvar la vida de muchas personas”. Solo de Bucha, lugar de grandes matanzas, pudo extraer a 205 ucranianos: “Me hace feliz pensar que el Señor vino durante aquel periodo, cuando yo tenía tanta necesidad de Él”.

Konstantin presume de que ninguno de los transportados en su vehículo llegó a sufrir daño alguno: “Cuando veo los disparos y agujeros que tenía, comprendo que fue el Señor quien nos condujo a través de aquel infierno”.

“Lo que hice fue el trabajo de Dios a través de mis manos”, afirma en una entrevista durante el Meeting de Rímini de Comunión y Liberación, donde ofreció su testimonio el 25 de agosto junto a Pavlo Honcharuk, obispo de Járkov y Zaporiyia.

El objetivo de su diálogo junto a monseñor Honcharuk era explicar a los presentes que, incluso en medio de situaciones tan dramáticas, es posible evitar el odio y el rencor, mantener la pasión por la vida cuando a tu alrededor mueren parientes y amigos, y ayudar a quien corre el riesgo de desesperarse.

“Nunca habría tomado la decisión de hacer esto si no hubiese habido una llamada de Dios”, concluye Konstantin: “Ésa era la voluntad de Dios, hacer ver que en el infierno más oscuro está la luz”. Y aunque el recuerdo de lo vivido “no se va”, “ese dolor sirve para recordarme que el mundo hoy tiene necesidad de servicio”.

Marlène Goulard, actriz y artista: «Desde muy pequeña tuve un gran deseo de Dios, pero al estudiar viví sin Él, tuve un novio tóxico y Cristo vino a salvarme»


Marlène Goulard, en una entrevista de KTV sobre su vida de fe

* «Si uno siente la ausencia de Dios, ese deseo de presencia implica que no está ausente del todo, y aunque aparentemente no pase nada durante el tiempo de oración, el día quedará iluminado» 

Camino Católico.- Para empezar, habría que pedir disculpas a Marlène Goulard por poner la expresión "carmelita" entre comillas, pues lo es de pleno derecho de la tercera orden de la reforma de Santa Teresa de Jesús. Pero no es monja, sino una artista muy versátil que ha destacado en tres campos: en el cine como actriz y directora de cortos, en la música con instrumentos de cuerda y en el teatro como realizadora.

Un temprano deseo de Dios

Nació en 1991 y desde muy niña mostró una sensibilidad especial hacia el arte. Empezó a trabajar como adolescente en cine y televisión, al tiempo que concluía el bachillerato. Se formó como actriz con actores de la Comédie Française, como violinista con grandes maestros como Renaud Capuçon y Didier Lockwood,  solista de jazz quien le enseñó el arte de la improvisación. Atraída por la composición, es autora asimismo de numerosas partituras y ha ofrecido algunos conciertos.


Marlène Goulard, vestida de época en una de las películas en las que ha participado.

La de Marlène no es solo una historia de éxito profesional, es también una historia de fe, que ella misma contó en el programa Un Coeur qui écoute [Un Corazón que escucha], que dirige Cyril Lepeigneux en KTV y sintetiza y traduce el testimonio C.L. en Religión en Libertad.  



Nació en un hogar de artistas donde se le hablaba de Dios, de Cristo y de la Virgen María: "Desde muy pequeña tuve un gran deseo de Dios", que le llevaba a llorar por no poder comulgar ni ir a misa tantas veces como quería. Tanto, que a los 14 años quiso ser religiosa y se inscribió en un retiro de discernimiento donde le aconsejaron -con buen criterio, comprende ella ahora- terminar antes el bachillerato.


La religión del trabajo, un novio tóxico...

Lo hizo y luego comenzó sus estudios de interpretación y música, pero le absorbían tanto que la religión pasó a un segundo plano. Se perdía misas dominicales, pero no por diversión sino por trabajo y agotamiento: "Trabajábamos siete días a la semana, así que el domingo dormía. En el teatro donde yo estaba, la religión era el teatro mismo, ¡había ocupado el lugar de Dios!".


Le llovían los proyectos, pero ella veía una disonancia entre todo aquello que le proponían y su fe cristiana: "Era difícil vivir, porque me sentía en un lugar equivocado y no sabía qué hacer". Sus padres intentaban animarla a volver a misa dándole autores espirituales, pero ella prefería otras lecturas.


A los veinte años se enamoró de un joven manipulador que llegó a producirle alguna "crisis de angustia", con lo que perdió diez kilos. Pero…


"Cristo vino a salvarme", confiesa. Hizo un retiro espiritual de cinco días del cual salió con una determinación: "Ser auténticamente yo misma, ya fuese en una relación amorosa o en las relaciones profesionales". 


Rompió con su novio después de un año pero, sobre todo, cambió su perspectiva de las cosas y abandonó "una visión un poco ilusoria de la vida": "Tuve que sacrificar mis sueños", dice. Los cambió por cosas más reales y  por ser fiel a la "sed de Verdad" que había experimentado desde niña.


Considera importante aquella etapa de alejamiento, porque pudo experimentar lo que es "una vida sin Dios, una vida donde se busca la salvación en uno mismo o en Dios".


En aquella época sus padres frecuentaban la orden carmelita seglar, y fue así como ella empezó a hacerlo también y a conocer y vivir la espiritualidad teresiana.


El giro que dio a su vida no le ha impedido realizar su vocación artística primigenia, cuajada en creaciones con las que busca también "anunciar la Buena Nueva" con el lenguaje del arte escénico.


  • 'Le songe [El sueño]', un corto dirigido e interpretado por Marlène Goulard


Consejos de vida espiritual


De hecho, en su propio testimonio ofrece inadvertidamente diversos buenos consejos para la vida espiritual.


  • "Un cristiano aislado es un cristiano en peligro", señala recordando el bien que le hizo juntarse con personas que compartían su fe y de las que su novio la había apartado.

  • Reservar media hora diaria a la oración, una costumbre que aprendió en el ámbito carmelita. A veces Dios puede parecer ausente, pero hay que perseverar porque "si uno siente la ausencia de Dios, ese deseo de presencia implica que no está ausente del todo, y aunque aparentemente no pase nada durante el tiempo de oración, el día quedará iluminado".


  • Cuando la sequedad en la oración persiste, Marlène acude al Rosario. El cual ha sido para ella, en algún periodo de su vida en el que luchó contra el insomnio, un método para no perder ese valioso tiempo. Su truco fue aprenderse el Padrenuestro y el Avemaría en seis idiomas: "Eso me ayuda a rezar porque pienso en cada palabra con mayor atención, ya no es una oración automática".


  • Por último, tiene un consejo para quien quiere encontrar a Dios, pero no sabe por dónde empezar: "El deseo de conocer a Dios ya es conocerle un poco. Así que le invitaría a sentarse, hablarle y escuchar. Como haría con un amigo, simplemente".

Homilía del evangelio del domingo: Sólo puede acoger a Dios en su vida, el que se ha despojado de sí mismo: el humilde / Por P. José María Prats

* «La persona soberbia, en cambio, está tan imbuida de sí misma, que no puede ser habitada ni por Dios ni por otras personas. La soberbia es, por ello, el pecado por excelencia, lo que más nos separa de Dios. A veces nos dejamos impresionar por los pecados más groseros como la ira, la avaricia o la lujuria y no nos damos cuenta de que la soberbia es mucho más destructiva y embrutecedora. Por la lujuria, el rey David llegó a cometer adulterio y homicidio, pero por la soberbia cayeron los ángeles del cielo»

Domingo XXII del tiempo ordinario - C

Eclesiástico 3, 17-18.20.28-29  /  Salmo 67  /  Hebreos 12, 18-19.22-24a  / San Lucas 14, 1.7-14

P. José María Prats / Camino Católico.-  Las lecturas de hoy nos hablan de la importancia de la humildad. Es fácil entender por qué esta virtud es tan importante en la vida espiritual, pues la humildad nos vacía de nosotros mismos para que podamos ser habitados por Dios. Acoger a Dios significa despojarnos de lo que somos y tenemos para que todo sea asumido por Él: despojarnos de nuestro modo de ver y valorar las cosas para asumir el suyo, que se nos revela en las Escrituras; despojarnos de nuestros proyectos y aspiraciones para asumir los suyos, que se nos revelan en la consideración atenta y orante de los hechos de nuestra vida cotidiana; despojarnos de apegos desordenados a personas y cosas para permanecer plenamente disponibles para hacer su voluntad. Sólo puede, pues, acoger a Dios en su vida, el que se ha despojado de sí mismo: el humilde. Como dice la Santísima Virgen en el Magnificat, lo que hizo posible que Dios se encarnarse en su seno fue «la humillación de su esclava».

La persona soberbia, en cambio, está tan imbuida de sí misma, que no puede ser habitada ni por Dios ni por otras personas. La soberbia es, por ello, el pecado por excelencia, lo que más nos separa de Dios. A veces nos dejamos impresionar por los pecados más groseros como la ira, la avaricia o la lujuria y no nos damos cuenta de que la soberbia es mucho más destructiva y embrutecedora. Por la lujuria, el rey David llegó a cometer adulterio y homicidio, pero por la soberbia cayeron los ángeles del cielo.

La soberbia es el arma más poderosa que el Enemigo de nuestras almas esgrime contra nosotros, y lo hace, además, con una sutileza y habilidad pasmosas. Veamos algún ejemplo.

En muchos casos, aprovechando la inseguridad existencial de las personas, el Maligno consigue suscitar en ellas la vanagloria, es decir, el deseo de afirmarse constantemente por la admiración y las alabanzas ajenas. Y para ello, las mueve a ajustar artificialmente su vida a los patrones vigentes de éxito social. Todas las energías de la persona se ponen entonces al servicio de la vanidad, de mantener absurdamente ante los demás una determinada imagen de sí, que se ha convertido en un verdadero ídolo.

Pero el Maligno sabe utilizar también con gran eficacia el arma de la soberbia con personas más virtuosas y espirituales, que llevan una vida moral intachable o están dedicadas al cuidado de los más necesitados. En este caso suscita en ellas una secreta complacencia y un sentimiento de superioridad que les mueve a menospreciar y criticar interiormente a los que no parecen ser tan virtuosos. Es el caso de aquel fariseo que oraba diciendo: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago los diezmos de todo lo que poseo» (Lc 18, 11-12). En este mismo sentido, San Juan Clímaco dice que quien se enorgullece interiormente de los dones recibidos de Dios «es semejante al que habiendo recibido armas del emperador para usar contra sus enemigos, las usó contra sí mismo ... Grande es la astucia de nuestros enemigos, los cuales hacen que las fuentes de las virtudes sean fuentes de vicios».

Hemos sido creados para compartir la gloria de Dios y el Maligno sabe aprovechar este profundo impulso que anida en nosotros para vendernos una tosca imitación de la gloria, una gloria vana y mundana. Jesús hoy nos advierte que para acceder a la verdadera gloria, primero debemos abajarnos e ir a ocupar el último puesto, «porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» Él mismo nos lo ha mostrado con su vida, pues «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,6-11).

P. José María Prats

Evangelio:

Un sábado, habiendo ido a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola:

 «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: ‘Deja el sitio a éste’, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’. Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».


Dijo también al que le había invitado: 

«Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos».

San Lucas 14, 1.7-14

Elizabeth Stoker Bruenig, protestante, activista de izquierda, periodista, su vida cambió cuando lo leyó todo de San Agustín

 


* «Empecé a leer a Agustín compulsivamente. Devoré las Confesiones y la Ciudad de Dios, después sus cartas, sus sermones, sus Soliloquios, el Enquiridión y así. Han sobrevivido unos 5 millones de palabras de San Agustín y yo las quería leer todas. Amaba su claridad de mente, su intelecto increíble, su carisma deslumbrante. Amaba, como joven adulta, toda esa intensidad, la fuerza de sus sentimientos por Dios y el mundo, su pasión. Pero también apreciaba el servicio que daban sus textos para navegar por escrituras difíciles. Sin darme cuenta, ya estaba empezando a confiar en la tradición de la Iglesia Católica»

Camino Católico.- «Fui confirmada durante una Vigilia Pascual muy temprana, hacia las 4 de la mañana, en la capellanía católica de la Universidad de Cambridge. Llegué a la capilla cuando estaba oscuro, hacía frío, estaba húmedo y los clubes nocturnos aún soltaban juerguistas del sábado noche. Cuando llegué, estaba despierta de pura adrenalina, exhausta pero alerta. Durante la misa estaba como electrizada, suficientemente consciente como para entender la sorpresa, como de ensueño, de que una profesora mía sostenía el cáliz del que bebía por vez primera».

«Cuando volví a casa esa mañana ya era de día, muy brillante. […] Nunca había visto las calles tan plácidas y brillantes. […] Me sentí cambiada cuando volví a mi habitación, aunque todo parecía igual: una pila desesperada de libros junto a mi cama, fotocopias sobre mi escritorio y las ‘Confesiones’ en mi mesilla de noche. Quedé dormida contenta, repasando las letras de su lomo».

Así recuerda la joven periodista Elizabeth Stoker Bruenig (elizabethstokerbruenig.com) sus primeros momentos como católica en la Pascua de 2014, descritos en la revista norteamericana jesuita America Magazine.

Desde entonces, Elizabeth se ha casado, ha tenido un bebé, ha sufrido pérdidas duras en su familia, ha publicado en muchas revistas, ha vivido el desempleo de su marido, incertidumbres, cansancios… y ha constatado que la fe no es magia, no es «algo privado» para lograr efectos, sino una vivencia pública de confianza con Dios, en la Iglesia. 

Metodista en Estados Unidos

Elizabeth fue bautizada como presbiteriana en Estados Unidos, aunque luego su familia la educó como metodista. Tenía fe, sabía que la Biblia era la fuente de la enseñanza cristiana, sabía que no debía leerse literalmente como una fundamentalista y sabía que era importante ser amables y corteses y contar con la ayuda de los pastores, aunque al final cada uno estaba solo frente a Dios. 

En 2008, con la crisis económica, la joven Elizabeth, inspirada por el movimiento «Ocupar Wall Street», empezó a combinar su religiosidad sin complejos con una militancia de izquierda social.

En la universidad, ya en Inglaterra, conoció un capellán cuáquero y sus encuentros de oración silenciosa: sentarse humildemente en público, meditar sobre Dios y la palabra en silencio, esperar en silencio a Dios. 

En la universidad se volcó a leer compulsivamente los textos bíblicos, y la historia de cómo se crearon, y las críticas a esta historia. Entendió que había un problema no de interpretación, sino de autoridad. ¿Quién tiene autoridad para establecer qué quiere decir Dios con tal o cual texto? 

Incluso un cambio en un vocablo puede cambiar una visión política. Por ejemplo, San Pablo en 1 Corintios 13 dice: «Si doy todos mis bienes a los pobres pero no tengo agape, de nada me sirve». Pero «agape», en griego, fue traducido como «caridad» y de ahí saltó al lenguaje popular la idea de que caridad es -casi exclusivamente- dar cosas a los pobres. Pero lo que Pablo pide es ‘agape’. El mundo cambia, las palabras cambian, incluso la gente cambia en su vida. Con esa palabra (agape o caritas) unos piden más acción estatal y otros más solidaridad interpersonal.

«¿Cómo podía llegar a Dios a base de leer a la luz de mi propia conciencia si no estaba segura del todo ni siquiera de lo que leía, mucho menos de mi capacidad de leer de forma fiable?», se planteaba Elizabeth, lectora incansable e inquieta.

Un clásico vivo de 16 siglos

Pero entonces un profesor puso en la lista de lecturas recomendadas una autobiografía de un obispo y converso, escrita en el año 398, las «Confesiones» de San Agustín. Y eso cambió su vida. 

«Empecé a leer a Agustín compulsivamente. Devoré las Confesiones y la Ciudad de Dios, después sus cartas, sus sermones, sus Soliloquios, el Enquiridión y así. Han sobrevivido unos 5 millones de palabras de San Agustín y yo las quería leer todas»

«Amaba su claridad de mente, su intelecto increíble, su carisma deslumbrante. Amaba, como joven adulta, toda esa intensidad, la fuerza de sus sentimientos por Dios y el mundo, su pasión. Pero también apreciaba el servicio que daban sus textos para navegar por escrituras difíciles. Sin darme cuenta, ya estaba empezando a confiar en la tradición de la Iglesia Católica», comenta Elizabeth.

¿Qué es la tradición y para qué sirve?

¿Qué es la tradición? Es la posibilidad de enfrentarte a un texto, una enseñanza, con toda una cadena de correligionarios que se han enfrentado antes a ello. Aunque cada individuo sigue usando su conciencia, «el peso del tiempo y el ser expertos son instructivos, y susurran, a través del espacio y los siglos, que no estás sola»



Conoció también un rabino judío que abordaba los textos bíblicos, que a ella le sonaban, desde la perspectiva de varios cientos de intérpretes previos, «un pensamiento colectivo que aportaban peso y equilibrio a los prejuicios de los lectores modernos». 

Cuanto más leía y estudiaba, más se convencía de que la Tradición era necesaria. «Quería una guía, claridad, autoridad… Dios no dejó a Adán solo en el Edén, y eso que estaba más cercano a Dios de lo que estamos hoy. Necesitaba ayuda y Dios se la dio. Empecé a ver que Dios hacía lo mismo conmigo y sólo tenía que aceptarla». 

Una base cristiana contra los abusos de los fuertes

Elizabeth no era entonces, ni ahora, conservadora en política. Pero apreciaba que la cultura católica era capaz de plantear cuestiones a nuestra época que nadie más osa plantear. Por ejemplo, los límites de la propiedad privada. Cuando en el siglo XVI los protestantes anabaptistas lanzaron unas revoluciones sangrientas estableciendo la propiedad comunal radical, los luteranos y calvinistas se asustaron, y como reacción establecieron una serie de enseñanzas sacralizando la propiedad privada.

El catolicismo, en cambio, equilibra esta propiedad con el destino universal de los bienes. Como escribía San Agustín: «Dios hizo al pobre y al rico de la misma arcilla y la misma tierra sostiene al pobre y al rico».

«La Iglesia Católica siempre vigiló la tendencia de los ricos a acumular más de lo debido en detrimento de los pobres«, escribe Elizabeth.

«Cuando acababa mi tiempo en la universidad, estaba ya convencida de la visión católica era el único suelo firme desde el que un cristiano puede combatir la dominación de los ricos sobre los pobres, contra la pobreza, contra la destrucción de familias en manos de negocios y sus lacayos políticos, contra un mundo despojado de significado», escribe. 

Todo eso fue lo que en la Pascua de 2014 la llevó a su ingreso en la Iglesia Católica, con esa confirmación y ese cáliz que su mente conserva con vividez.