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lunes, 29 de junio de 2026

Papa León XIV en homilía, 29-6-2026: «Fijarnos en los santos Pedro y Pablo para comprender cómo podemos ser apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad»

* «La comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás. Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la omilía del Papa León XIV 

* «Los palios de los arzobispos metropolitanos, banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia» 

 


29 de junio de 2026.- (Camino Católico)  “Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad”, ha invitado el Papa León XIV en su homilía de la misa de la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, que ha celebrado este lunes 29 de junio, a las 9’30 de la mañana, en la Basílica de San Pedro. Ceremonia en la que también ha bendecido y ha impuesto los palios a los 35 nuevos arzobispos. El Santo Padre ha reflexionado sobre la misión de los patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma, como ha hecho  posteriormente, a las 12 del mediodía, al rezar el Ángelus en la plaza de San Pedro, en el que ha dicho que “Dios confía en nosotros, que somos pecadores perdonados por Él, en nosotros, que no somos perfectos, para que brille en nuestras historias su gracia y se revele su fuerza, que transforma el mal en bien”.




“Elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia”, ha dicho León XIV en su homilía.




También el Papa ha dirigido un saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, “enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia”.



Ha concluido el Papa pidiendo “a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



SANTA MISA Y BENDICIÓN DE LOS PALIOS PARA LOS NUEVOS ARZOBISPOS METROPOLITANOS

EN LA SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO 


CAPILLA PAPAL


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Lunes, 29 de junio de 2026



Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en una única solemnidad, conmemoramos a los santos Pedro y Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma: elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia.

Pedro, custodio del Pueblo de Dios, aparece en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento comprometido con la preservación de la comunión entre los hermanos. Es él quien, en el lago de Galilea, tras una noche de trabajo aparentemente inútil, le dice al Maestro: «no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5), y se vuelve al mar llevándose también a los demás consigo. Es también él quien, mientras muchos se alejan del Señor tras el duro discurso sobre el Pan de vida, le dice al Mesías: «¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), y permanece, junto con los otros once. Es aún él quien, en Cesarea, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y se hace portavoz de todos en la profesión de la única fe, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt 16,13-19). Además, después de la Resurrección, a orillas del lago, es el primero en llegar hasta Cristo, lanzándose al agua y adelantándose a los demás, nadando, para renovar humildemente su amor y recibir la confirmación de su misión (cf. Jn 21,1-17).

Pedro se mantiene fiel a esa misión, incluso cuando, por ejemplo, en Jerusalén, la cuestión de la admisión al bautismo de los paganos no circuncidados amenaza con dividir a la comunidad. Reúne a los hermanos, los escucha y, al final, guiado por el Espíritu Santo, toma la decisión, preservando la comunión e inaugurando una nueva etapa para todo el Pueblo de Dios: «creemos —afirma—que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús» (Hch 15,11).

Esta grandeza de espíritu no significa que Pedro sea perfecto. Durante la Pasión, niega al Maestro, para luego derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento (cf. Lc 22,54-62); y el propio Pablo, en otra ocasión, le reprocha la incoherencia de algunas de sus actitudes (cf. Ga 2,11-14). No obstante, sabe reconocer sus propios errores y arrepentirse, sin desanimarse y sin dejar de cumplir con la misión de anunciar el Evangelio y reunir al rebaño de Cristo, hasta el martirio, que sufre precisamente aquí, en Roma, no muy lejos del lugar en el que nos encontramos.

Esta fiel y paciente preocupación por la unidad queda bien expresada en el símbolo de las llaves, con el que a menudo lo identificamos (cf. Mt 16,19). Una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas, buscando en su interior las manivelas adecuadas y acompañando sus movimientos, para deshacer los bloqueos, deslizar las clavijas, y que las hojas giren libremente sobre sus bisagras, uniendo los espacios y convirtiendo tantas habitaciones aisladas en una única casa acogedora. Del mismo modo, la comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás.

Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad. Pero el ejemplo de Pedro es también una invitación para que cada cristiano se convierta en artífice de la unidad, poniendo a Dios en el centro de su existencia y acercándose a los hermanos, atento a sus vicisitudes y a sus necesidades (cf. Francisco, Catequesis, 9 octubre 2024), para vivir con ellos en la caridad y así “llevar a cabo el anuncio del Evangelio” (cf. 2 Tm 4,17).

Esta es también la enseñanza de Pablo, el otro gran apóstol al que celebramos hoy, incansable anunciador de la Buena Nueva. Él también tiene sus símbolos distintivos: el libro y la espada, estrechamente unidos entre sí. El autor de la Epístola a los Hebreos, lo explica bien cuando escribe que, «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo», capaz de penetrar «hasta el punto donde se dividen alma y espíritu» y de discernir «los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).

Es lo que Dios obró en el corazón del joven Saulo, conquistándolo (cf. Flp 3,12) y llevándolo primero a convertirse al Evangelio, adoptando un nuevo nombre; luego, a anunciarlo por todo el mundo; y, por último, a testimoniarlo como Pedro, en esta misma ciudad, hasta el punto de entregar su vida. El Apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la Palabra de Dios, que lo alejó de la violencia para conducirlo por el camino del amor.

San Agustín, al comentar su conversión y su misión, decía: “Cuando iba de camino a Damasco y bufaba amenazas y muerte, lo llamó la voz celeste (cf. Hch 9,1-7), lo abatió la Palabra” (cf. Sermón 299/A aum., 6). Y añadía: «Hizo predicador de la paz al perseguidor de la Iglesia, perdonó todos sus pecados, lo puso en un puesto tal, que por medio de su persona quedasen perdonados los de los otros» (ibíd.).

Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad. Es precisamente con este espíritu con el que nos disponemos a celebrar el antiguo y evocador rito de la entrega de los palios a los arzobispos metropolitanos. Esta banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia (cf. Const. past. Gaudium et spes, 38).

Con estos sentimientos, me complazco en dirigir mi cordial saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia.

Roguemos a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa con imposición del palio a los nuevos metropolitanos, 29 junio 2012).


PAPA LEÓN XIV



Fotos: Vatican Media, 29-6-2026

Papa León XIV en el Ángelus, 29-6-2026: «Dios confía en nosotros, que somos pecadores perdonados por Él, para que brille en nuestras historias su gracia y se revele su fuerza, que transforma el mal en bien»

* «Que el Señor nos conceda, por intercesión de los santos Pedro y Pablo, apreciar cada vez más la catolicidad de la Iglesia, reconocer su valor al servicio del encuentro fraterno entre las personas y los pueblos, evitar todo lo que desgasta o hiere la comunión, perseverar en el camino ecuménico y en el diálogo atento y franco con todos» 

   

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «Hoy se celebra la Jornada del Óbolo de San Pedro. Agradezco de todo corazón a todos los que, con su ofrenda, apoyan mi ministerio como Sucesor de Pedro. Sigamos caminando juntos en la fe y en la comunión»


29 de junio de 2026.- (Camino Católico)  “Dios confía en nosotros, que somos pecadores perdonados por Él, en nosotros, que no somos perfectos, para que brille en nuestras historias su gracia y se revele su fuerza, que transforma el mal en bien”, ha reflexionado el Papa León XIV al rezar el Ángelus con los peregrinos en la Plaza de San Pedro este lunes, mientras la Iglesia celebraba la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Bajo el sofocante calor romano, el Papa afirma que esta festividad recuerda el vínculo que une a la Iglesia de Roma con todas las demás Iglesias del mundo «en una comunión de fe y caridad». Antes el Pontífice, a laa 9’30 de la mañana, ha celebrado la Santa Misa de la solemnidad, en la Basílica de San Pedro, en la que ha impuesto los Palios a los nuevos arzobispos y el Santo Padre ha reflexionado en su homilía sobre la misión de los patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma y ha subrayado que “hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad”.

El Papa León XIV se ha referido en el ángelus a las diferencias entre Pedro y Pablo como personas. «Diferían en origen, educación y carácter, no solo antes sino también después de ser llamados, pues el único Señor no los hizo iguales», afirma. 

A través de sus diferencias, Pedro y Pablo proclamaron el Evangelio con sus voces distintivas, lo que el Evangelio destaca como parte esencial de la buena nueva. «Dentro del Colegio de los Apóstoles, Pedro y Pablo no eran adversarios», asevera. «Al contrario, en cierto sentido se convirtieron en el símbolo de las muchas otras diversidades que el único Espíritu une en un todo único».

Después de rezar la oración del ángelus, el Santo Padre ha recordado que hoy se celebra el Óbolo de San Pedro y ha agradecido “a quienes, con sus donaciones, apoyan mi ministerio como Sucesor de Pedro”. Asimismo, en la fiesta de los Santos Patronos, el Pontífice manifestó sus mejores deseos al pueblo de Roma y a todos los que viven en esta ciudad. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:  



SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO APÓSTOLES

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro

Lunes, 29 de junio de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Celebramos hoy la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, patronos de Roma. Esta fiesta recuerda el vínculo originario que une, en comunión de fe y de caridad, a la Iglesia que está en Roma con todas las demás Iglesias del mundo.

El testimonio de estos dos Apóstoles es casi un sello del Nuevo Testamento. La sangre que derramaron en esta ciudad revela hasta dónde llega el amor de Dios que el Señor Jesús nos ha dado. Sí, por su palabra y su martirio, el Evangelio de Cristo, por así decirlo, echó raíces en Roma, manifestando precisamente aquí, en la capital del imperio, su capacidad de renovación: un nuevo conocimiento de Dios y de la infinita dignidad de todo ser humano, una nueva experiencia de la fuerza, no como dominio, sino como servicio a la vida.

También hoy el Señor, muerto y resucitado por amor, se hace presente en sus testigos; llega a los centros y a las periferias, a las capitales y a las regiones más remotas, con las voces, los rostros y las decisiones valientes de quienes han respondido a su invitación: “¡Sígueme!”. Así, este día de fiesta nos involucra en la misión de Pedro y Pablo, es decir, en la misión de Jesús mismo. Dios confía en nosotros, que somos pecadores perdonados por Él, en nosotros, que no somos perfectos, para que brille en nuestras historias su gracia y se revele su fuerza, que transforma el mal en bien.

Queridos amigos, quizá Pedro y Pablo no podrían haber sido más distintos el uno del otro. Distintos por procedencia, por formación, por carácter; no sólo antes, sino también después de haber sido llamados, y su único Señor no los uniformó. El Evangelio es comprendido y anunciado por cada uno de ellos con un acento específico; y el Espíritu Santo, inspirando a los autores bíblicos, quiso que no se ocultaran sus divergencias, que de hecho se nos narran como una buena noticia. En el colegio de los Apóstoles, Pedro y Pablo no fueron, sin embargo, adversarios. Al contrario, llegaron a ser casi el símbolo de muchas otras diversidades que el único Espíritu compone en unidad. Así, los patronos de la Iglesia de Roma vivieron el trabajo intenso de la comunión, la conocieron, la sirvieron y la anunciaron como sacramento de la vida divina. Su testimonio contribuyó de manera determinante a que la presencia cristiana en la historia esté orientada no al dominio, sino al servicio, a la unidad y a la reconciliación.

Que el Señor nos conceda, por intercesión de los santos Pedro y Pablo, apreciar cada vez más la catolicidad de la Iglesia, reconocer su valor al servicio del encuentro fraterno entre las personas y los pueblos, evitar todo lo que desgasta o hiere la comunión, perseverar en el camino ecuménico y en el diálogo atento y franco con todos.

María, Reina de los Apóstoles, proteja siempre al Pueblo de Dios, en Roma y en el mundo entero.

Oración del Ángelus:  

Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…


Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…


Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…


Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.


Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.


Amen.


Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…


Benedictio Apostolica seu Papalis


Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.


Amen.


Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy se celebra la Jornada del Óbolo de San Pedro. Agradezco de todo corazón a todos los que, con su ofrenda, apoyan mi ministerio como Sucesor de Pedro. Sigamos caminando juntos en la fe y en la comunión.

Con motivo de la fiesta de nuestros santos patronos, quiero expresar mis mejores deseos a los romanos y a todos los que viven en esta ciudad. Dedico un pensamiento especial, acompañado de mis oraciones, a los enfermos, a las personas solas y a los reclusos. Mi agradecimiento también a los párrocos y a todos los sacerdotes, así como a las religiosas y los religiosos que trabajan en Roma, porque con su presencia y su servicio diario mantienen vivo el gran corazón cristiano de esta ciudad.

Saludo a los voluntarios de las Pro Loco de Italia que han realizado la «Infiorata» en la Vía de la Conciliación y la Plaza Pío XII. ¡Gracias y felicitaciones! Asimismo, doy las gracias a quienes organizan la «Girandola de Castel Sant’Angelo», que este año estará dedicada a San Francisco y a su Cántico de las criaturas. Me complace, además, dar la bienvenida a dos cofradías: la española de Nuestra Señora del Carmen del Camino de Zamora y la de los Agonizantes, de Artena.

Saludo a las personas sin hogar que hoy se encuentran aquí, en la Plaza de San Pedro, para repartir «L’Osservatore di strada», un suplemento de «L’Osservatore Romano». ¡Gracias y mis mejores deseos para quienes llevan adelante este periódico!

¡A todos les deseo una feliz fiesta!


Papa León XIV





Fotos: Vatican Media, 29-6-2026

Santa Misa de hoy, lunes, solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, presidida por el Papa León XIV, 29-6-2026

Foto: Vatican Media, 29-6-2026


29 de junio de 2026.- (Camino Católico)  En la Basílica vaticana el Papa León XIV celebra la misa de la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, este lunes 29 de junio. Ceremonia en la que también ha bendecido e impuesto los palios a los nuevos arzobispos. El Santo Padre ha reflexionado en su homilía sobre la misión de los patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma y ha subrayado que “hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.



Irene Alonso, madre de 12 hijos: «Si yo no tuviera a Dios en mi vida, sería imposible que sostuviera la familia; vivo descansando en la gracia y solo hay que dejarse llevar, dar tu sí, pequeñito, y con eso el Señor hace maravillas»


Irene Alonso contando su testimonio de fe y vida familiar

* «El día que estábamos enterrando a mi hija Nazaret fui muy consciente del regalo que suponen los hijos y de la poca ascendencia que tenemos sobre ellos. Los hijos no son más que un préstamo y cuidarlos es un privilegio. La muerte de Nazaret fue el primer paso hacia una fe madura, ya que hasta entonces había vivido de la fe heredada de mis padres. Israel, mi marido, lo tuvo claro desde el principio y decía: ‘Nuestra misión con nuestros hijos es que lleguen al cielo, y con Nazaret ya lo hemos conseguido’»

Vídeo del testimonio de Irene Alonso, madre de 12 hijos, en el programa 'Ecclesia es domingo' de 13 TV

Camino Católico.-  En la familia de Irene Alonso, madre de 12 hijos, la fe es el motor principal. "Si yo no tuviera a Dios en mi vida, sería imposible que sostuviera la familia que sostengo", ha confesado. Para ella, cuando se vive "descansando en la gracia, solo hay que dejarse llevar, dar tu sí, pequeñito, y con eso el Señor hace maravillas". Conocida en redes sociales como 'Soy una madre normal', esta madre de 12 hijos comparte el día a día de su familia con más de 200.000 seguidores para luchar contra los prejuicios. En una entrevista en 'Ecclesia es domingo' de 13 TV, Alonso se alinea con el mensaje del Papa León XIV a los jóvenes: no tener miedo al matrimonio.

Mientras que 8 de cada 10 jóvenes españoles consideran que formar una familia es más difícil que nunca, según el último barómetro de The Family Watch. Irene Alonso ha afirmado que entiende el temor de los jóvenes, ya que "el mundo nos empuja a pensar que la felicidad está en la autorrealización", mientras que "la familia es todo lo contrario, es el dejar de ser yo para que sean los demás". Según ella, este principio responde más al Evangelio que a la corriente actual, y aunque el Evangelio "a veces da miedo", al vivirlo se descubre que "solo así se puede ser feliz".

Irene Alonso y su familia hace unos días

La pérdida que afianzó su fe

Uno de los momentos clave en su vida fue la muerte de su cuarta hija, Nazaret, que falleció recién nacida. "El día que estábamos enterrando a mi hija fui muy consciente del regalo que suponen los hijos y de la poca ascendencia que tenemos sobre ellos", ha explicado. Para Alonso, los hijos "no son más que un préstamo" y cuidarlos es un "privilegio".

La muerte de Nazaret supuso un "punto de inflexión" en su vida y fue el "primer paso hacia una fe madura, ya que hasta entonces había vivido de la fe heredada de mis padres”. Su marido, Israel, lo tuvo claro desde el principio: "Nuestra misión con nuestros hijos es que lleguen al cielo, y con Nazaret ya lo hemos conseguido". Irene Alonso siente que su hija, que tenía síndrome de Down, es una "intercesora maravillosa" y asegura que "un hijo en el cielo es como garantía de que nos ganamos el cielo".

El matrimonio, cimiento del hogar

Irene Alonso insiste en que cuidar la relación de pareja es fundamental, ya que "el matrimonio es el cimiento del hogar". Ha advertido del peligro de que los hijos pasen a ser el centro, pues cuando estos se van, los cónyuges pueden encontrarse con "un desconocido después de 20 años de matrimonio", algo que le parece "durísimo".

Irene Alonso con su esposo Israel

Para ella, la conclusión es clara: "Cuidar del matrimonio es cuidar de los hijos". Sostiene que "todo el tiempo que inviertas en mejorar tu matrimonio, lo estás invirtiendo en mejorar la vida de tus hijos", porque ellos repetirán los patrones que ven en casa. Si ven un matrimonio sólido, buscarán lo mismo para sus futuras familias.

Recientemente, Alonso ha hecho un descubrimiento que ha cambiado su forma de ver su vida: "He descubierto que mi vocación no es al matrimonio y a la maternidad, que mi vocación es a ser la esposa de mi marido, específicamente, y a ser la madre de mis hijos". Considera que su historia está "muy bien diseñada" y que en su marido está el "complemento perfecto" para ella.