Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida dejando a Jesucristo ser quien ocupe el lugar central.
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San Juan XXIII reza con una niña enferma, en una de sus fotos más conocidas
* «Cristo sólo espera nuestro sí para hacerse compañero de nuestra existencia. Ese vacío que sentía en mi corazón de joven en Turquía ha sido colmado por su presencia amorosa. Ahora que soy cristiana me doy cuenta de que el bautismo no es el final de un camino, sino un nuevo inicio, y soy feliz de poder decírselo a todo el mundo»
Camino Católico.- Devrim era una chica turca y musulmana que no conocía nada del Papa Juan XXIII: ni su nombre, ni su aspecto, ni su existencia ni mucho menos que este Papa había vivido 3 años en Turquía.
Y sin embargo, por alguna razón el Papa Roncalli quiso participar en su vida de forma asombrosa muchos años después de fallecido. La historia, que se publicó primero en una web en italiano dedicada al Papa Juan XXIII, se puede leer en el libro de testimonios Cristianos venidos del Islam (LibrosLibres, 2007). La Iglesia celebra la fiesta de San Juan XXIII cada 11 de octubre.
Una joven turca que buscaba a un Dios cercano
Devrim nació y vivió en Turquía hasta los 29 años. Su familia era musulmana y creyente, aunque integrada en el estilo de vida más laico de la Turquía moderna, poco fervorosa.
“Mis padres me hablaban de nuestro grande y único Dios. Repetían que el Corán es la revelación última y definitiva. Que el Islam es la mejor religión, pero que debemos respetar a quienes profesen otra. Yo rezaba sola. Rara vez iba a la mezquita. No me consideraba una persona especialmente devota pero, al mismo tiempo, sentía un fuerte deseo de un Dios con el que dialogar. Había un vacío en mi corazón, pero no lograba comprender como podía colmarlo”.
Un novio en Italia
A los 29 años Devrim se instaló en Italia, como intérprete en una empresa de envíos internacionales. Allí conoció a un chico siciliano, Beppe, se enamoraron y se casaron por lo civil. Pero con el tiempo, entendieron que deseaban que Dios bendijera su amor, y acudieron a su parroquia de Verona.
A Devrim se le abría un mundo al escuchar cómo el párroco, Don Francesco, le presentaba al Dios cristiano.
“Su hablar de Dios como amigo, como compañero de la vida cotidiana del hombre, hacía crecer en mí la curiosidad hacia el catolicismo, hacía centellear ante mis ojos una divinidad cercana, concreta y fascinante. Don Francesco repetía que Dios es como una luz siempre encendida fuera de la ventana y que es suficiente abrir para que entre en nuestra casa. Y yo me preguntaba: ¿alguna vez he abierto realmente mi ventana?”
Pero ella aún no pensaba hacerse cristiana. Sólo quería una boda cristiana con su marido católico.
En principio la fecha estaba establecida para el 7 de octubre del 2000, pero en agosto comunicaron desde la Curia diocesana que habían surgido “dificultades” en el expediente, nunca detalladas, que bloqueaban el proceso.
Beppe se enteró mientras estaba en Sicilia repartiendo invitaciones a su familia. Devrim lloraba en Verona: ¿estaba Dios en contra de bendecir su unión?
Y entonces tuvo el sueño.
"Un anciano de blanco con grandes orejas"
“Una noche tuve un sueño que quedó nítidamente impreso en mi mente cuando desperté. En el dormitorio estaba un hombre anciano, vestido de blanco, un poco inclinado sobre sí mismo por la edad, con grandes orejas, grandes mofletes y los dientes ligeramente torcidos, que me miraba sonriendo”.
- ¿Quién eres? –preguntó Devrim en el sueño.
- Soy Juan, San Juan –dijo el anciano, poniendo su mano sobre el hombro de ella. –No temas, todo irá bien.
“A la mañana siguiente recibo una llamada del párroco: nuestra petición de matrimonio había obtenido la aprobación directamente del obispo de Verona, monseñor Flavio Carrazo”.
Devrim entendió que había sido algún tipo de sueño premonitorio, pero no lo contó porque no entendía quién era el viejecito de blanco.
Pero unos días más tarde, domingo, viendo la televisión, vio una ceremonia en la Plaza de San Pedro: el Papa Juan Pablo II estaba proclamando un beato, se desenrollaba un tapiz y aparecía el rostro del viejecito desconocido con el que había soñado.
“Beppe, ¡ven a mirar! ¿Ves ese rostro en la tela? ¡Es él, es el viejecito con el que soñé hace unos días!”, grita a su marido.
Así apareció el rostro de Juan XXIII en el tapiz de la beatificación el 3 de septiembre del 2000.
Beppe no sabía nada del sueño, pero sí conocía al viejecito. Explicó a la joven turca que ese hombre anciano era el difunto Papa Juan XXIII… y ahora la Iglesia lo proclamaba beato.
Un escalofrío recorrió la espalda de Devrim. Y quiso saberlo todo sobre Juan XXIII.
Un Papa que vivió en Turquía
En primer lugar quería fotos, más fotos, para compararlo con el anciano de blanco de su sueño.
Después descubrió asombrada que ella no fue la primera turca que interesó a Juan XXIII: había vivido en Estambul de 1934 a 1937, en la nunciatura, y durante años y años rezó por Turquía y su pueblo.
“Nada de coincidencias, son signos de la misteriosa presencia de Dios en mi vida”, diría después. “¿Por qué una mujer musulmana iba a soñar con un santo del que ni siquiera conocía su existencia?”, planteó.
Después de la boda religiosa, Devrim quiso saberlo todo sobre la Iglesia, la fe católica y Jesús. Acribilló a preguntas a amigos y parientes. Finalmente se apuntó a un catecumenado con su párroco.
Cuando en 2005 nació su hija, la pequeña Anna, ambas, madre y niña, fueron bautizadas en la Vigilia Pascual, el 26 de marzo de ese año.
Desde el día de su boda, una foto de Juan XXIII está en la mesilla de noche de Devrim y Beppe.
Y ella habla de su relación con Cristo: “Él sólo espera nuestro sí para hacerse compañero de nuestra existencia. Ese vacío que sentía en mi corazón de joven en Turquía ha sido colmado por su presencia amorosa. Ahora que soy cristiana me doy cuenta de que el bautismo no es el final de un camino, sino un nuevo inicio, y soy feliz de poder decírselo a todo el mundo”.
San Juan XXIII fue canonizado por el Papa Francisco en abril de 2014.
Testimonio publicado enCamino Católico en 2014, republicado con correcciones menores
Pablo García y Lola Sánchez con sus seis hijos / Foto: Elena M. Tascón - ECCLESIA
* «Nunca me he enfadado con Dios. He sufrido, pero he dicho: ‘Dios sabrá’. Recuerdo una vez que una catequista me dijo: ‘Estás amargada porque quieres ser madre de hijos perfectos, y a lo mejor Dios te llama a ser madre de los que nadie quiere’... Ojalá cada vez seamos un poco menos yo y más Dios. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia»
Vídeo de13 TVen el que Lola Sánchez cuenta su testimonio en marzo de 2025, cuando todavía tenía 5 hijos y estaba cercana la adopción del sexto
Camino Católico.- Durante el encuentro del Papa con los presidentes de conferencias episcopales se escucharán varios testimonios de familias. Luis Rivas en ECCLESIA ha acompañado una tarde a los García Sánchez, testimonio de vida cristiana. Tienen seis hijos, tres con discapacidad: «Abrazamos el plan de Dios. El plan B, de bueno»
En el amplio y luminoso salón de un piso en Madrid, el silencio no es ni tan siquiera un recuerdo. El espacio, organizado de manera impecable y desahogada, permanece saturado de voces en sus diferentes etapas de la infancia, el arrastrar rítmico de un andador y risas imprevistas. Es una tarde cualquiera. Pablo García, director de Tecnología de una compañía de reciclaje, cruza el umbral de su hogar tras una intensa y estimulante jornada laboral. Viene de un entorno profesional dinámico y exigente, donde prima la eficiencia.
Pero en esta casa, esa lógica se desmorona de inmediato. Desde el pasillo, Bubi, su hija china con síndrome de Down, se acerca y le grita «¡Hola, papá!» con la voz más graciosa que uno pueda imaginar. Bubi lanza besos, aplaude y choca. Las fatigas y enfados de su padre se deshacen en una sonrisa. Lola Sánchez, la mamá, reconoce que «es la única persona en el mundo capaz de quitarle un cabreo a mi marido a las 12 de la noche».
En su matrimonio de dos décadas —Lola acaba de cumplir 43 años y Pablo tiene 44—, la gracia ha transformado el desorden en gloria de Dios, a través de una fe de cada día en la debilidad y el disfrute, en la autenticidad y los imprevistos. Porque la historia de Pablo y Lola no escapa a los pecados de juventud.
Él, quinto de 11 hermanos y «un desastrillo en los estudios», jamás pensó en familias, y mucho menos numerosas. Lola, en cambio, procedía de un hogar pequeño de dos hermanos y tenía un solo sueño en la vida: «Ser madre». Ambos coincidían en encuentros del Camino Neocatecumenal, donde se encontraban y desencontraban sin mayor compromiso. «Hacíamos lo que nos daba la gana», recuerda ella. «Estábamos, por así decirlo, desordenados, porque, cuando no sabes usar tu libertad, acabas en el libertinaje, y todos sabemos que esto no te encamina a la felicidad».
El cambio
Y así, hasta que, sobre los 18 años, una convivencia sobre la encíclica Humana Vitae y la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II les despejó el horizonte. Lejos de sonarles a exhortación, les voló la cabeza como una liberación hermosa. «Me sentí muy querido por la Iglesia», recuerda Pablo, «al tomar conciencia de cómo mi cuerpo está habitado por el Espíritu Santo». Les cambió la vida: iniciaron «un noviazgo realmente sanador», en el que la Iglesia actuó como madre: «Cuando has hecho de tu libertad y de tu capa un sayo, tienes muchas heridas, y curar eso requiere mucha misericordia», admiten los dos.
Se casaron jóvenes, abriéndose camino en el mundo laboral desde muy pronto con gran esfuerzo. Pablo metía cable para una empresa de telecomunicaciones, mientras Lola era secretaria. Pero tenían claro su faro y destino: querían formar una familia cristiana. Su evolución y crecimiento profesional con el paso de los años —con Lola forjando una sólida carrera en una gestora de fondos de inversión, y Pablo como director de tecnología— lo interpretan como una clara provisión de Dios: «Todo es por un sí con rectitud de corazón».
La familia García Sánchez al completo / Foto: Elena M. Tascón - ECCLESIA
Los hijos
Teresa, la primogénita, nació pronto. Un regalo del Señor al que no acompañaron más. «Los hijos no llegaban», cuenta Pablo, visiblemente afectado. Tuvieron un diagnóstico médico de esterilidad y tres años de sufrimiento conyugal, hasta que descubrieron un don entre tanto dolor: «Nunca me he enfadado con Dios. He sufrido, pero he dicho: “Dios sabrá”», reconoce Lola. «Recuerdo una vez que una catequista me dijo: “Estás amargada porque quieres ser madre de hijos perfectos, y a lo mejor Dios te llama a ser madre de los que nadie quiere”. No le di mucha importancia, pero aquello fue madurando en mi corazón y acabó encendiendo el deseo de adoptar niños con necesidades especiales», agrega.
En un primer momento, Pablo se resistió con las dudas habituales sobre su capacidad para querer del mismo modo a un niño adoptado y, además, uno de los no llamados a «triunfar» en el mundo. Pero Lola, «que puede llegar a ser tremendamente insistente», inició entonces una campaña de «publicidad subliminal» dejando folletos y revistas estratégicamente por todos los lugares que frecuentaba su marido. Finalmente, «pudiendo negarme una vez más, acabó respondiéndole: “Lo voy a rezar durante un fin de semana”. No sé por qué dije aquello, pero lo dije», rememora él. Y se retiró a un convento en Córdoba para discernirlo. Allí, el prior, sin saber lo que traía en su corazón, le espetó: «La voluntad de Dios nunca es fácil, pero te da la paz». Esa paz de la aceptación le acompañó durante todo el viaje de vuelta en el tren. Entregaron los papeles para la adopción el 1 de febrero de 2012. El 20 de julio de 2012 llegó Pepe. «El Señor siempre te supera: mi gran sueño había sido tener un hijo rubio y de ojos azules. Pues toma: Teresa era —y es— supermorena. Y ahí, al ver a su bebé de cuatro meses, rubio, con ojos azules y síndrome de Down, me sentí desbordada por la emoción. Tanto que no pude sostenerlo y tuvo que cogerle Pablo», relata Lola.
«Cuando me dieron a Pepe», recuerda Pablo, «sentí que el fracasado era yo. Sentí que la paz volvía a mí, que todas esas ideas malas que había ido acumulando se iban volando y que las piezas del puzle recobraban su sitio». A sus 14 años, Pepe juega al rugby y se acaba de apuntar a fútbol, superando barreras que su padre nunca logró traspasar.
Al mes y medio de la adopción de Pepe y, para total pasmo de la ciencia médica, Lola se quedó nuevamente embarazada. Dios daba otra vuelta de tuerca: «Con ese embarazo, el Señor parecía querer decirme: “Confía, porque mi proyecto es mejor… Hago lo que quiero, soy el dueño de la vida y de la muerte”». Al año de nacer Juan, llegaría Roque, el tercer hijo natural de la familia, mientras las pruebas confirmaban el diagnóstico de infertilidad de la pareja.
En esta especie de juego de los planes, durante la pandemia de 2020 fue Pablo quien sugirió volver a adoptar. Pero en esta ocasión, Lola, quien se veía con la vida ya encarrilada, ofreció resistencia: «Me salió mi pereza, mi egoísmo… ya tenía la faceta de madre cubierta con cuatro hijos. Además, iban creciendo y ya empezaba a ver la luz». El combate entre inquietud y resistencia fue intenso en la pareja, hasta que, de nuevo, unas palabras providenciales movieron la voluntad. Una noche, ante sus negativas, Pablo le dijo a su mujer: «Qué fácil es abortar a los hijos del corazón, porque, total, no estás matando a nadie».
Fragilidad y confianza en Dios
La respuesta a la caída del caballo fue Bubi, una niña china con síndrome de Down y problemas importantes: sonda, hipertensión pulmonar y una cardiopatía incurable. Padece disfagia y se ahoga con su saliva, requiriendo reanimaciones serias. «Yo he visto a mi hija azul hasta el cuello, eso no me echa para atrás», afirma Lola. En 2024, tras una sedación rutinaria en el hospital para una infección de oído, Bubi sufrió una crisis de hipertensión pulmonar al ser desentubada. Lola vio a su hija ponerse azul y fría: «Fue el minuto más largo de mi existencia —relata entre lágrimas—. Le dije a la Virgen María: “Yo ya no puedo hacer nada. O lo haces tú, o yo hasta aquí he llegado”».
Pablo, que se encontraba de viaje de trabajo, recibió las noticias con angustia: «En ese momento, depositas tu falta de fuerza donde ya no llegas. Personalmente, sentí una paz profunda al decir: “Señor, tú sabrás. Nuestra misión es llevar a nuestros hijos al cielo”». Bubi sobrevivió, y aquella experiencia traumática supuso una liberación para su madre: «Ahí descubrí que Dios también está detrás del sufrimiento. Aprendí a dejarlo en sus manos, a confiar… y a vivir».
El último giro de guion llegó el año pasado con Marifree. Durante sus oraciones, y a pesar de o precisamente por su conocimiento de la discapacidad, Lola siempre le había pedido al Señor: «Lo que tú quieras, Dios mío, pero no me des una parálisis cerebral». Tras comprometerse, a la niña le fue diagnosticada, precisamente, una parálisis cerebral pocos días antes de la entrega.
La de Marifree está siendo su adopción más difícil. Como su madre intuía al querer evitar esta situación, la niña arrastra frustraciones por una rigidez física que exige disciplina constante. Lola asume el papel, durísimo, de ser «la mala de la película» para exigirle avances que le hagan bien. «Me ha costado mucho aceptar esto. Pero un sacerdote durante una confesión me dijo una vez: “El bien que hagas y el mal que recibas te sirvan como redención”. Y es exactamente esto, porque esta niña es una oportunidad de hacer el bien. Yo no siento que haga el bien por amar a mis hijos o adoptar niños con necesidades especiales, pero con Marifree estamos sufriendo mucho. No es fácil amar sufriendo, por eso estamos haciendo un bien». Esta hija los ha despojado del orgullo que pudiera quedarles, pues sacarla adelante «es para la gloria de Dios, no para la nuestra», afirma Lola.
La prueba de la enfermedad
El pasado 16 de julio, la realidad de los García Sánchez volvió a sacudirse. De manera providencial, tras un dolor estomacal fortuito, los médicos descubrieron un tumor maligno en el riñón de Lola. Un cáncer silencioso, que nunca da la cara y que, gracias a esa «diosidad» que llevó al enfermero a hacer una prueba que no debía hacer y que nunca se hace, fue descubierto. Del dolor de barriga nunca más se volvió a saber.
«Podría pensar que Dios me ha elegido para tener un cáncer, y podría enfadarme. Pero no me he enfadado. Soy la mimada del Señor a la que se lo encuentran, la mimada de los planes b», relata Lola. Al quirófano entró con una estampa de la oración «Ocúpate tú», que invita a descargar las angustias de la vida en Cristo. «Cuando ya no dominaba mi pensamiento por la anestesia, vi un monte, al buen ladrón y a Jesucristo crucificado. No vi a nadie más y me dormí», narra. «Al despertar, me encontré ante un fondo blanco de resplandor cegador. Volví a ver a Dimas y a Jesús. El buen ladrón repetía: “Acuérdate de mí”, mientras Cristo, desclavando sus brazos, se inclinaba con ternura y tiraba de él hacia arriba. Durante esta experiencia que vieron mis ojos cuando no controlaba mi mente, sentí la presencia de Chema, nuestro párroco —fallecido una semana antes—, que me susurraba: «¿Te das cuenta de lo que hace Dios contigo? Dios no solo te recoge porque eras la oveja perdida, también te da pasto verde. Él se supera siempre».
Al subir a planta, lloró ante su madre y su esposo. No por dolor, sino por la revelación: «Dios me ha hablado y me ha contestado a aquello que llevo toda la vida queriendo saber», les dijo. Había vivido bajo la tensión de tener que «hacer» cosas para Dios, de justificar su salvación con sus propias fuerzas. En el quirófano, la respuesta fue: «Solo necesito que tengas la suficiente humildad para decirme: “Acuérdate de mí”». «No eligió a un apóstol. Me presentó al buen ladrón, a mí, con todos mis pecados. Él no era un santo; solo reconoció que Jesús era Dios y que lo necesitaba. Eso es lo único que Dios espera de mí», reconoce.
Esta es la teología cotidiana de su casa. Aprendida con sangre en el cuidado de los hijos y en la aceptación de los límites. Para Pablo y Lola, la adopción y la apertura a la vida no son heroísmo, sino el camino para experimentar una alegría que el mundo, con sus promesas de felicidad fácil y descarte del débil, es incapaz de comprender. «Ojalá cada día podamos abandonarnos más a la voluntad de Dios», concluye ella. «Ojalá cada vez seamos un poco menos yo y más Él. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia».
Jim Murphy lleva desde 1969 hablando del amor de Cristo y de su Cruz
* «Era de noche. Yo estaba en mi habitación, con la puerta cerrada, y lloraba, porque no veía qué sentido tenía la vida. Entonces sentí una presencia, real. Supe que alguien estaba allí, conmigo. Era una presencia de gran poder y de gran amor. No vi luces, no hubo sonidos, pero en mi interior sentí paz y amor. Supe que era Jesús. Tuve la sensación de que Dios me estaba ofreciendo su ayuda para mi vida. Y tuve una visión, muy clara. Era como ver un vídeo. Jesús estaba vivo en la Cruz, sufría de forma horrible, yo veía la sangre y las heridas, era terrible… Tiempo después, Sentí que Dios me decía que hay muchos tesoros que rescatar, que no están bajo el mar sino en los corazones de la gente»
Vídeo del testimonio de Jim Murphy en 2012 en Madrid predicando a los carismáticos
Camino Católico.- Una noche de Pascua de 1969 cambió para siempre la vida de Jim Murphy. Tenía 17 años, estaba solo en su habitación y lloraba porque no encontraba sentido a su existencia. Entonces, según ha relatado él mismo, sintió una presencia llena de poder y amor y tuvo una visión de Jesucristo crucificado. «Era como ver un vídeo. Veía a Jesús en la Cruz. Estaba vivo en la Cruz, sufría de forma horrible», recordó en 2012 predicando en Madrid y en una entrevista con Religión en Libertad.
Aquella experiencia le hizo comprender el cristianismo de una manera completamente nueva: Cristo no quería simplemente que cumpliera unas prácticas religiosas, sino entrar verdaderamente en su vida. «Entendí que ser cristiano no es hacer cosas», explicaba Murphy. Desde aquel momento comenzó un camino que le ha llevado a dedicar 57 años de su vida a la evangelización.
Ahora, más de medio siglo después de aquella experiencia, Jim Murphy regresará a Madrid los próximos 17 y 18 de octubre para predicar el Encuentro Nacional de grupos de oración de laRenovación Carismática Católica en el Espíritu (RCCeE).El encuentro se celebrará en el Colegio Nuestra Señora del Recuerdo, en Madrid, y tendrá como lema «Vive en mí», inspirado en el capítulo 6 del Evangelio de San Juan.
Jim Murphy nació en 1952 en una familia católica en Detroit, Michigan. Estudió en un colegio católico, y con sus dos hermanos acompañaba a sus padres a misa cada domingo. En casa, solían rezar juntos por la noche. Como es común, a los 16 años empezó a cuestionarse su relación con la fe. "¿Creo en esto por mí mismo?", se preguntaba. Y ¿qué sentido tenía vivir? ¿Para qué? Inició una búsqueda y "pronto me di cuenta de que buscaba algo que el mundo no podía darme". Pero eso no era ningún consuelo.
Jim Murphy predicando en 2024
Una experiencia mística en la noche
Y en la noche de Pascua de 1969, con 17 años, Jim tuvo una experiencia mística que cambió su vida para siempre.
"Era de noche. Yo estaba en mi habitación, con la puerta cerrada, y lloraba, porque no veía qué sentido tenía la vida. Entonces sentí una presencia, real. Supe que alguien estaba allí, conmigo. Era una presencia de gran poder y de gran amor. No vi luces, no hubo sonidos, pero en mi interior sentí paz y amor."
"Y entonces noté en mi corazón una voz que me hablaba. No era una imagen o una sensación. Eran palabras. Era un mensaje con palabras, muy claras, precisas. Me decían: "Has intentado encontrar la forma de ser feliz, pleno. Siempre tú, tú, tú. Nunca me dejaste ser parte de tu vida".
"Supe que era Jesús. Tuve la sensación de que Dios me estaba ofreciendo su ayuda para mi vida. Y tuve una visión, muy clara. Era como ver un vídeo. Veía a Jesús en la Cruz. Estaba vivo en la Cruz, sufría de forma horrible, yo veía la sangre y las heridas, era terrible. Y me dijo: "cuando pasé por esto, no pensaba que tu respuesta sería, simplemente, ir a misa o ayudar en la parroquia. No pasé esto sólo para que vayas a misa. Pasé esto para que seamos amigos y para ser parte de tu vida".
"Y toda mi comprensión de lo que era ser cristiano cambió. Entendí que ser cristiano no es hacer cosas. Entendí que es una actitud. Que Jesús quería más. Sí, claro que es bueno ir a misa. Él no estaba criticando la misa o la Iglesia: me estaba reclamando a mí."
Predicador desde los 17 años
Jim pudo hablar de su experiencia con su hermana, dos años mayor que él. "Ella había tenido una experiencia de conversión en la Renovación Carismática, que acababa de nacer en 1967 y se extendía por Michigan, y me la había contado, pero yo no entendí nada de lo que me contaba ella ni le presté ninguna atención. Hasta que me pasó a mí", explica Murphy. A través de su hermana, empezó a tratar con grupos carismáticos. Ese mismo año, invitaron a Jim a dar una charla en la parroquia, a cinco adolescentes. Desde entonces, no ha dejado de predicar.
Jim Murphy en un retiro en 2018
Durante mucho tiempo intentó compaginar su llamado a la predicación y evangelización con sus otras pasiones. "Mi padre era capitán de barco. Yo quería dedicarme a rescatar tesoros submarinos, hacer arqueología... ¡Conocí España leyendo de sus galeones! Yo tenía barco para practicar". Se sacó un título de graduado social, pero trabajó en mil cosas asombrosas: prospecciones en Alaska, investigación arqueológica en Hispanoamérica, guitarrista en una banda, conductor de camión, conductor de barco en viajes charter, trabajó en una tienda de verduras... y una vez fue guardaspaldas de la Madre Teresa de Calcuta. Y sin dejar de predicar.
Pero llegó un momento en que decidió dedicarse al Evangelio a tiempo completo. "Sentí que Dios me decía que hay muchos tesoros que rescatar, que no están bajo el mar sino en los corazones de la gente", explica.
Cruzando EEUU a pie con la cruz
En 1992, con 40 años, después de leer una carta de la Conferencia Episcopal de EEUU titulada "Herencia y esperanza", Jim tomó una cruz de madera de 1,8 metros y se puso a caminar por Estados Unidos, de Florida a California, viviendo de la Providencia y la caridad, y durmiendo en cualquier sitio. "A menudo venía gente a pedirme que rezara por ellos, por sus parientes enfermos, etc...", explica. "El hombre que camina con la cruz", titulaba la prensa. Caminó 6.300 kilómetros: el equivalente a 8 veces el Camino de Santiago desde Roncesvalles. Le costó 18 meses y gastó 14 pares de zapatos.
Jim Murphy peregrinando con su cruz cuando tenía 40 años
Poco después de acabar su gran viaje evangelizador, con 42 años, se casó. "Tenemos un hijo de 30 años, y vivimos de la providencia de Dios. Yo voy a donde me invitan a predicar y predico. Si me pagan, ¡gloria a Dios!, puedo pagar mis facturas. Pero no siempre me pagan. Mi mujer, Susan, lleva la casa y atiende a nuestro hijo. Yo viajo mucho. Yo ya se lo dije: mira, Susan, mi vida es así, este soy yo, y ella dijo, OK, quiero sumarme. A veces ha sido duro, claro, pero ya lo sabíamos".
Perspectiva para evangelizar
Jim ha cumplido 74 años el viernes 9 de octubre de 2026 y 57 años de experiencia como predicador itinerante. Fue presidente durante un tiempo de la Renovación Carismática Católica en EEUU (que implica a unos 9 millones de personas), presidente de una asociación ecuménica de evangelización de jóvenes y posteriormente llegó a presidir el ICCRS, el antiguo organismo internacional de servicio de la Renovación Carismática.
Madrid, además, no le resulta desconocida. Ya participó en 2012 en la asamblea anual de la RCCeE celebrada precisamente en el Colegio del Recuerdo.
Entonces explicó a algunas de las convicciones que han marcado sus décadas como evangelizador.
Una de ellas es que la evangelización no depende fundamentalmente de técnicas o programas. Hay que «dejar espacio al Espíritu Santo, dejar que Jesús actúe, confiar en Él más que en el método, por bueno que sea».
Murphy insiste también en la necesidad de establecer una relación personal con quienes están alejados de la fe. Los encuentros, retiros y actividades son útiles, pero considera que sin esa conexión personal resulta difícil llegar a quienes todavía están lejos de la Iglesia.
Catorce años después de aquella visita, Jim Murphy vuelve al mismo lugar de Madrid para dirigirse a los grupos y comunidades de la Renovación Carismática de toda España. Será los días 17 y 18 de octubre, bajo un lema que resume precisamente buena parte de la experiencia que transformó su propia vida cuando tenía 17 años: «Vive en mí».
Guion: Massimo Cerofolini, Francesco Scardamaglia (Historia: Giancarlo Zizola)
Música: Marco Frisina – Fotografía: Luigi Kuveiller
Reparto: Ed Asner, Massimo Ghini, Claude Rich, Michael Mendl, Franco Interlenghi, Sydne Rome, Jacques Sernas, Roberto Accornero, Paolo Gasparini
Productora: Coproducción Italia-Alemania
Género: Drama | Biográfico. Religión. Telefilm
Sinopsis:
En 1958, tras la muerte de Pío XII, el anciano Cardenal Angelo Roncalli, Patriarca de Venecia, viaja a Roma para participar en el cónclave que debe elegir al nuevo Papa, cónclave dominado por toda clase de maniobras políticas. En efecto, una vez en el Vaticano, Roncalli asiste atónito al enconado enfrentamiento entre las distintas facciones eclesiásticas. Durante el cónclave se van desvelando aspectos extraordinarios del pasado del viejo cardenal: su apoyo espiritual y económico a un grupo de trabajadores en huelga, cuando todavía era un joven sacerdote; su ayuda a los cristianos ortodoxos de Bulgaria, cuando estuvo destinado en ese país; sus hábiles negociaciones con el embajador nazi de Estambul para salvar un tren de prisioneros judíos, cuando era diplomático del Vaticano en Turquía; sus finas dotes diplomáticas para evitar que De Gaulle repudiase a treinta obispos que habían apoyado el régimen de Vichy. Hubo que llegar a la undécima votación para que hubiera «fumata bianca»: el elegido, contra todo pronóstico, fue Roncalli, que tomó el nombre de Juan XXIII.
Lázár Kovacs, intelectual y estudioso cinematográfico, cuenta la experiencia mística que le ató a Dios
* «Diría que Dios se hartó de mis extravíos, mis luchas, mi egoísmo, y decidió tirar de la manta, sacarme de esa cosa oscura y apestosa en la que estaba. Creo que dos minutos de felicidad con Dios pueden dar luz a los años de oscuridad que tuve que sufrir, la que yo mismo me preparé, y a otros a mi alrededor. Él es mi Padre en el Cielo, sabe lo que necesito, me alimenta y me sostiene. Es bueno ser hijo de un Padre así. No podría pedir más. Su misericordia con nosotros es increíble. Tenemos que darle la oportunidad de que esté presente en nuestras vidas»
Camino Católico.-Lazar Kovacs Akos es un respetado intelectual húngaro y profesor universitario. Es un estudioso del cine y, actualmente, un católico de fe firme. Ha sido presidente de la Asociación Cinematográfica Católica Húngara, es miembro de Signis (la Asociación Mundial de Comunicación Católica), habla inglés y alemán (estudió en Oxford y en Austria), además de su húngaro natal, y tiene titulaciones universitarias de filosofía, teología y cinematografía.No siempre fue católico. Hubo un tiempo que estuvo muy alejado de la fe, investigando en la espiritualidad oriental, en el budismo, en filosofías herméticas o vitalistas... Era intelectual, se hacía preguntas, buscaba.
Hoy, como católico, no renuncia al conocimiento, la razón o el intelecto, pero considera que la fe es más fuerte y transformadora.
"No sé si Dios me ama, pero creo que Dios me ama. La fe es más fuerte que el saber. Yo antes pensaba que el saber era lo más importante, pero la fe es más importante", explica en un testimonio que graba en vídeo para el Congreso Internacional Eucarístico de Budapest y que sintetiza y traduce P.J.Ginés en Religión en Libertad.
"La fe puede mover montañas, acallar mares, levantar a los muertos", añade.
Una búsqueda espiritual: orientalismo, eclecticismo...
Explica cómo llegó a él la certeza de la fe.
"Yo estaba leyendo El Señor, de Romano Guardini. Estaba investigando sobre Jesús, después de un largo viaje [intelectual] sobre el budismo, las obras de Béla Hamvas, de todo..."
La mención a Béla Hamvas dice mucho de la amplitud investigadora de Lazar Kovacs.
Béla Hamvas (1897–1968) fue un filósofo y escritor inagotable, vitalista y ecléctico, interesado por tradiciones herméticas como las de René Guénon, el misticismo europeo y el pensamiento oriental.
Tenía una librería hasta que en 1948 el nuevo régimen comunista se la quitó y le prohibió publicar cualquier cosa. Pero no dejó de escribir y a veces de publicar anónimos.
Obrero eléctrico en esta nueva etapa, Béla Hamvas continuó traduciendo del sánscrito, hebreo, griego e investigar -siempre autodidacta- sobre cábala, zen y sufismo. Esas fueron las confusas aguas espirituales donde Lazar inició su investigación.
Un libro de Guardini para meditar sobre Jesús
Cuando Lazar decidió centrarse en explorar la figura de Jesús, acudió a un libro muy especial. El Señor, de Romano Guardini, lo escribió este sacerdote alemán (de familia italiana) a raíz de su experiencia con jóvenes católicos inquietos en las universidades alemanas de los años 20 del siglo XX.
Lo publicó en 1937. Consiste sobre todo en meditaciones sobre aspectos de la vida de Jesús. Se suele leer "en sorbos", en fragmentos, un capítulo al día, mientras se medita lo que dice.
Experiencia mística, solo en la biblioteca
"Yo estaba sentado, solo, en la Biblioteca Széchenyi, cuando de repente quedó claro que Dios estaba allí, conmigo", describe Lazar su experiencia mística, cuando tenía el libro en las manos.
"Él me escuchaba, Él no estaba muerto y yo no estaba solo. En esta soledad total y absoluta, Él se sentó en mi regazo. O hizo que yo me sentara en su regazo. Y estallé en lágrimas. Fue el momento más feliz de mi vida, supongo", explica este intelectual.
"Diría que Dios se hartó de mis extravíos, mis luchas, mi egoísmo, y decidió tirar de la manta, sacarme de esa cosa oscura y apestosa en la que estaba", añade.
"Creo que dos minutos de felicidad [con Dios] pueden dar luz a los años de oscuridad que tuve que sufrir, la que yo mismo me preparé, y a otros a mi alrededor".
Se abre este mundo... y el que vendrá
Tener fe no le cerró la mente ni la visión, sino al contrario. "Creo que nunca el mundo estuvo tan abierto para mí como ahora. Y espero que se abrirá y ampliará aún más cuando yo muera. No tengo miedo de morir", afirma.
Se queda un momento pensativo, y se emociona sin palabras, como pensando en las cosas hermosas que piensa encontrar o reencontrar en el Cielo.
Mientras tanto, en la tierra, se siente cuidado por Dios. "Él es mi Padre en el Cielo, sabe lo que necesito, me alimenta y me sostiene. Es bueno ser hijo de un Padre así. No podría pedir más. Su misericordia con nosotros es increíble", asegura.
Y finaliza con una exhortación: "Este es mi mensaje, seamos misericordiosos unos con otros y con Dios, incluso si Él parece estar escondido. Tenemos que darle la oportunidad de que esté presente en nuestras vidas".
Lázár cuenta su testimonio en húngaro en el vídeo, con subtítulos en inglés