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viernes, 17 de julio de 2026

João Victor Corrêa: «Trabajaba como médico residente, durante el Covid crecí en mi intimidad con Dios, sentí la llamada a ser cura, dejé a mi novia y al terminar la residencia entré en el Seminario»

João Victor Corrêa es médico pero al sentir la llamada del Señor optó por responder y ser sacerdote

* «Las gracias que recibe un sacerdote, los frutos de su ministerio, la eficacia de su predicación y de toda su labor pastoral no provienen únicamente de su esfuerzo, sino de su correspondencia a la gracia de Dios. En definitiva, Dios es quien realiza la obra. Nosotros solo somos sus instrumentos. Hay que seguir el camino que Dios vaya indicando, escuchar y conocer la voz de sus ovejas, protegerlas con la propia vida y amarlas. En el fondo, no hay mucho que inventar: se trata simplemente de seguir los pasos de Cristo»

Vídeo del testimonio de João Victor Corrêa Maiolino de la Fundación CARF

Camino Católico.- Había terminado la dura carrera de medicina cuando en 2020, durante el Covid, João Victor Corrêa Maiolino, comenzó a dedicar más tiempo a la oración. “Cuando terminé la residencia, al día siguiente ya estaba con mis hermanos en el Seminario”, relata a la Fundación CARF este seminarista de 31 años de la Archidiócesis de Río de Janeiro, (Brasil). Lleva un año viviendo en España en el Seminario Internacional Bidasoa. En su testimonio, João Victor nos da las claves para aplicar la medicina en el acompañamiento y curación espiritual de las almas. 

Una familia sencilla 

João Victor Corrêa Maiolino es natural de la ciudad de Campos dos Goytacazes, en el estado de Río de Janeiro. Proviene de una familia muy sencilla. Su padre (Francisco Vicente), médico de profesión, pasaba un poco más de tiempo fuera de casa, pero se hacía presente de su modo discreto y observador. Su madre (Rosane), es profesora y aplicaba sus conocimientos de pedagogía en la formación de él y sus dos hermanos mayores: Thiago y su hermana Lívia. “Soy el más pequeño, aunque en estatura no lo sea”, comenta sonriente. 

“Mi familia no tiene una fuerte tradición católica. Todos hemos sido bautizados, pero solo mi hermano y yo vivimos la fe de manera concreta. Mi padre vive la fe de un modo más discreto y normalmente participa en la Santa Misa con ocasión de una Misa de difuntos, una boda o alguna otra celebración familiar. Mi mamá y mi hermana practican otra religión, el espiritismo kardecista”, explica. 

Sin embargo, aunque sus padres no vivan la fe católica, eligieron un colegio católico de los Salesianos para su educación. Y en la convivencia familiar, con momentos de alegría y diversión, su madre siempre les obligaba a reconciliarse en las discusiones entre hermanos. 

La importancia del deporte en su formación personal 

La adolescencia es una etapa de cambios y rebeldías, pero João Victor la vivió tranquila. Sus preocupaciones estaban mucho más relacionadas con el deporte que con cualquier otra cosa. “Lo que me apasionaba era jugar al baloncesto. No me gustaba estudiar, aprobaba y ya está. Sin embargo, practiqué baloncesto a un alto nivel hasta el punto de mudarme a Río de Janeiro, con 16 años, para jugar en el club Fluminense”, relata. 

Esta experiencia deportiva ayudó a João Victor muchísimo en su formación personal, pues le permitió desarrollar habilidades muy importantes, como el trabajo en equipo, la disciplina y la capacidad de prepararse para grandes desafíos bajo presión. Sin embargo, no continuó con su carrera deportiva porque sufrió varias lesiones y, a los 17 años, tuvo que elegir entre baloncesto y estudiar en la universidad. Y optó por los estudios.

João Victor Corrêa con su familia

Los duros seis años de medicina  

“Elegí Medicina. Como es una carrera muy competitiva en Brasil, tuve que estudiar muchísimo para conseguir una plaza, teniendo en cuenta que hasta entonces nunca había estudiado tanto. Al final necesité dos años de curso preparatorio para lograrlo y, con 19 años, ingresé en la facultad”, recuerda el joven brasileño. 

Tras seis años de carrera, comenzó a ejercer como médico residente. Tenía una novia y su vida iba muy bien. 

La vocación sacerdotal vino con la pandemia 

Sin embargo, durante la pandemia, en 2020, João Victor comenzó a dedicar más tiempo a la oración y, conforme fue siendo posible, también a la vida sacramental. 

Recuerda los momentos íntimos con Dios de aquella época: “Poco a poco fui creciendo muchísimo en mi intimidad con Dios y cada vez me acercaba más a Él. Hasta que, en un determinado momento, surgió una pregunta nueva en mi corazón: ¿Por qué no ser cura? Mi primera reacción fue rechazar esa idea de inmediato. Pero no funcionó. La pregunta volvía una y otra vez, hasta que decidí afrontarla de frente. Lo compartí con mi párroco y, en el proceso de discernimiento, terminé mi noviazgo y opté por tomar en serio esta llamada”.

Durante dos años, mientras João Victor realizaba la residencia en Medicina de Familia y Comunidad, discernió su vocación sacerdotal. Como la residencia era en la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ), vivía en Río y allí participó en los encuentros vocacionales de la Archidiócesis. Poco a poco las puertas se iban abriendo, aunque no sin esfuerzo y valentía. “Cuando terminé la residencia, al día siguiente ya estaba con mis hermanos en el Seminario”, sentencia. 

João Victor Corrêa, el primero por la izquierda, en el camino de Santiago 

El primer seminarista de Río en Bidasoa 

Así, en 2024 comenzó su formación como seminarista en el Seminario Propedéutico de la Arquidiócesis de Río de Janeiro y, a principios de 2025, tuvo la oportunidad de venir a estudiar al Seminario Bidasoa para continuar su formación. Lleva cerca de un año en España, “donde me encuentro muy a gusto”, señala. 

Cuando recibió la invitación para estudiar en Pamplona sintió una mezcla de sentimientos: sorpresa, alegría, miedo, incertidumbre, gratitud y muchos otros. “Fue algo muy inusual, porque fui el primer seminarista de la Archidiócesis de Río de Janeiro en venir a Bidasoa para cursar el primer año de Filosofía. Hasta entonces, todos los demás habían venido únicamente para comenzar los estudios de Teología. Para mí, esta oportunidad ha sido una gran gracia de Dios”.

El sacerdote que quiere llegar a ser: médico de almas 

Tras su formación en España, volverá a Brasil a recibir la ordenación sacerdotal. Y surgen preguntas inevitables: “¿Cómo anunciar a Cristo a las personas en nuestros días? ¿Qué tipo de sacerdote quiero llegar a ser?”. 

João Victor da algunas claves, equiparando la medicina con el sacerdocio: “Creo que el sacerdote, al igual que los médicos, necesita desarrollar muchas habilidades. No solo una buena formación teórica, sino también una gran sensibilidad en el trato humano, capacidad de observación, sentido pastoral y cercanía con las personas que Dios le ha confiado”. 

Pero por encima de todo, asegura que el sacerdote es un hombre de oración. “Las gracias que recibe, los frutos de su ministerio, la eficacia de su predicación y de toda su labor pastoral no provienen únicamente de su esfuerzo, sino de su correspondencia a la gracia de Dios. En definitiva, Dios es quien realiza la obra. Nosotros solo somos sus instrumentos”. 

Por eso, para llegar al corazón de las personas, ya sean los jóvenes o quienes están más alejados de Dios, es necesaria una vida de oración. “Hay que seguir el camino que Dios vaya indicando, escuchar y conocer la voz de sus ovejas, protegerlas con la propia vida y amarlas. En el fondo, no hay mucho que inventar: se trata simplemente de seguir los pasos de Cristo”, concluye este seminarista brasileño. 

La experiencia de João Victor refleja un proceso que viven muchos jóvenes cuando comienzan a plantearse una posible vocación sacerdotal. La llamada de Dios no suele manifestarse de forma extraordinaria. Con frecuencia nace en lo cotidiano: una vida de oración más intensa, el acompañamiento de un sacerdote, la participación en los sacramentos o el deseo creciente de entregar la vida al servicio de los demás.

Lawrence Feingold: «Fui educado sin religión, mi esposa embarazada padeció una gran ansiedad y no quería vivir; recé: ‘Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros’; nos convertimos al catolicismo»

Lawrence Feingold se convirtió al catolicismo cuando su esposa con ansiedad no quería vivir/  

* «Me vino a la mente las palabras del Padre a Jesús en el Bautismo. “Este es mi Hijo muy amado en quien encuentro mis complacencias”. Comprendí que esas palabras eran para mi esposa y para mí (y para todos) y que debíamos hacernos cristianos. Hasta entonces sentía una gran atracción por la figura de Jesús, pero no comprendía su relación conmigo ni creía en su divinidad, pero todo cambió. Comprendí que Él se hizo hombre para que todos, judíos y gentiles, pudiéramos ser amados y adoptados como hijos. Fuimos a Misa el domingo próximo y el sacerdote habló del Buen Pastor y eso nos removió»

Camino Católico.- Lawrence Feingold cuenta su testimonio de conversión al catolicismo y el de su propia esposa en primera persona y pese a que el camino fue largo, se puede resumir en estas afirmaciones que hace en The Hebrew Catholic: «Fui educado sin religión, mi esposa embarazada padeció una gran ansiedad y no quería vivir; recé: ‘Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros’; nos convertimos al catolicismo»

Después de su conversión y la de su esposa, estudió Filosofía y Teología en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma (1990-1999); estudió griego y hebreo en Jerusalén en el Studium Biblicum Franciscanum, vivió en Argentina, y fue profesor de Teología en el Instituto de Teología Pastoral Ave María. Actualmente también es director de la Asociación de Católicos Hebreos. Esta es su historia vital contada por él mismo:

Lawrence Feingold en una conferencia en el año 2018

«Me asaltó la idea de que Dios debe existir para que la vida no sea vana; comprendí que la capacidad de amar es un don de Dios que debemos implorar»

Fui educado sin religión, aunque siempre tuve interés en las diversas religiones. Mi padre era judío y mi madre, protestante, pero ninguno practicaba su fe. Mi padre renunció al judaísmo a los trece años, y yo crecí con cierta identidad judía. Estudié Historia del Arte en la Universidad de Washington y la maestría en la Universidad de Columbia. El profesor Norris K. Smith nos enseñó a estudiar el arte primariamente como expresión de las creencias y convicciones concernientes a Dios, al hombre y al mundo. Nos explicó que cada obra maestra era expresión de la cosmovisión del artista y de su visión de la naturaleza de la realidad. Nuestra preferencia y admiraciones por las obras de arte no puede ser divorciada de la visión del mundo que lo anima. Los mejores trabajos artísticos están sostenidos por una visión verdadera y profunda de la realidad y de la persona humana, en cambio los periodos de decadencia, muestran una visión falsa y superficial del mundo. Comparaba las obras y preguntaba si preferíamos una pintura de Rembrandt en nuestra habitación o un retrato de Willem de Kooning (arte abstracto), donde la mujer aparece deshumanizada, fea y donde no aparece la imagen de Dios. Mi creciente admiración por el arte cristiano no me llevó a rezar ni a convertirme, pero sí me ayudó a dar algunos pasos, quizás necesitaba una prueba personal.

Mi esposa, Marsha, era judía, pero perdió su fe durante sus estudios universitarios. En este tiempo mi esposa y yo vivíamos en Toscana (Italia), en un pequeño pueblo llamado Pietrasanta, donde yo hacía trabajos de escultura.

En 1988, mi esposa empezó a padecer una gran ansiedad con seis meses de embarazo, al punto de que no quería vivir. Este fue el catalizador que Dios preparó para nuestra conversión. Vi que necesitaba más amor; comprendí la insuficiencia de mi amor y de todo amor humano. ¡Cuánto anhela el ser humano ser amado por sí mismo! Pensé: “¿Cómo podemos anhelar tanto amor si no hay un Dios?, si no hay un Dios que nos ame como Padre la sed del alma humana, de amar y ser amada, está condenada a la frustración”.

La belleza del amor conyugal reside en que nos permite ver a la persona humana tal como es: tremendamente vulnerable, tremendamente digna de amor. Vi que la persona humana es más digna de amor de lo que nosotros somos capaces de amar. Si no existe un Dios que ame al Hombre con un amor perfecto, la persona humana sería absurda. Por tanto, me asaltó la idea de que Dios debe existir para que la vida no sea vana. Comprendí que la capacidad de amar es un don de Dios que debemos implorar. El amor es capaz de fortalecer nuestra mente y abrir los ojos de nuestra alma para ver lo que debimos haber visto desde siempre. El ser humano se desvanece sin el creador.

Así que me dispuse a rezar por primera vez. Tomé el tren a Florencia para orar en el Duomo, obra de Brunelleschi. En el camino sentí la necesidad de hacer esta oración: “Enséñame a amar, enséñame a ser luz para los demás”. No sé porqué recé así, pero me agradó. Tenía 29 años. Tras esta oración recordé las palabras del Salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Aunque ateo, conocía la Biblia por mis estudios de historia del arte y religiones comparadas. Y por gracia de Dios comprendí que esas palabras iban dirigidas a Jesucristo, su Hijo, a mí y a todos, en Cristo. Comprendí el misterio de la filiación divina. Recé: “Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros”. Fue un momento del Espíritu. Me vino a la mente las palabras del Padre a Jesús en el Bautismo. “Este es mi Hijo muy amado en quien encuentro mis complacencias”. Comprendí que esas palabras eran para mi esposa y para mí (y para todos) que debíamos hacernos cristianos.

Hasta entonces sentía una gran atracción por la figura de Jesús, pero no comprendía su relación conmigo ni creía en su divinidad, pero todo cambió. Comprendí que Él se hizo hombre para que todos, judíos y gentiles, pudiéramos ser amados y adoptados como hijos.

Fuimos a Misa el domingo próximo y el sacerdote habló del Buen Pastor y eso nos removió. Sin embargo, oscilaba entre el catolicismo y el protestantismo. Cuando creía en la fe católica me invadía una alegría profunda, cuando optaba por el protestantismo sentía tristeza, este ciclo se repitió varias veces, con las mismas consolaciones y desolaciones. En un momento dado optamos por el Anglicanismo, en Florencia, pero al leer a Henry Newman y a otros, optamos por el catolicismo. Fuimos recibidos en la Iglesia Católica el 25 de marzo de 1988 durante la Vigilia pascual.

¿Qué fue lo que, al leer las obras de Newman, me ayudó a encontrar la luz de la fe? Si mal no recuerdo, el punto decisivo para mí fue lo que él denominó el «principio dogmático»: la idea de que existe una plenitud objetiva de la verdad religiosa que proviene de Dios y no de nosotros, y que debemos implorar con perseverancia y recibir con docilidad una vez que se nos ha concedido la luz. En segundo lugar, Newman recalcó la necesidad imperiosa de que la Iglesia esté dotada de un principio visible de autoridad dogmática infalible para resistir las puertas del infierno y los ataques del escepticismo y la pasión humana. La obra de Dios habría sido incompleta e indigna de su sabiduría y omnipotencia sin una autoridad visible que la sostuviera a través de los siglos. Si Dios se esforzó tanto por encarnarse, revelar su verdad salvífica y morir en la cruz por mí y por todos los hombres, ¿acaso no se esforzaría también por mantener su presencia salvífica en nuestro mundo y una autoridad infalible sobre lo que reveló en su encarnación? ¿Acaso abandonaría Él su obra y su rebaño?

Pero, ¿qué autoridad infalible estableció Cristo en realidad? La respuesta no es difícil de encontrar si la planteamos de esta manera. Si Cristo estableció una autoridad infalible sobre la cual se fundaría su Iglesia, sobre la cual se edificaría a lo largo de los siglos, solo pudo ser la autoridad otorgada a Pedro y sus sucesores, pues esto fue lo que Cristo mismo prometió: «Tú eres Pedro, sobre quien edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». ¿Qué cuerpo cristiano puede tener una pretensión razonable de ser la Iglesia edificada sobre la roca de Pedro? Solo la Iglesia Católica hace esta pretensión, y la historia de dos mil años lo confirma, pues la sucesión ininterrumpida de Papas que gobernaron la Iglesia con la misma fe que los Apóstoles durante dos milenios solo pudo darse por la extraordinaria ayuda de Dios.

Y si Cristo estableció una autoridad infalible para su Iglesia, ¿qué nos queda sino someternos a ella? No hacerlo sería, en última instancia, rebelarnos contra Dios y rechazar la luz con la que Él desea que lleguemos a la verdad que nos hará libres.

Tras mi ingreso en la Iglesia Católica el 25 de marzo de 1989, por la gracia de Dios puedo hacer mías las palabras del Cardenal Newman. Newman escribe: “Desde que me convertí al catolicismo, por supuesto, no tengo más que contar sobre mis creencias religiosas. Al decir esto, no quiero decir que mi mente haya estado ociosa ni que haya dejado de reflexionar sobre temas teológicos; sino que no he experimentado ningún cambio ni he sentido ninguna inquietud. He vivido en perfecta paz y satisfacción. Jamás he tenido la menor duda… Fue como llegar a puerto tras una travesía por mares agitados; y mi felicidad en ese sentido perdura hasta el día de hoy sin interrupción”.

La razón de esta profunda paz interior que ilumina la vida de los conversos al catolicismo tras su conversión, siempre que perseveren, reside en el principio dogmático. Entramos en la Iglesia Católica porque vemos que es la religión ordenada, querida y fundada por Dios mismo. Está edificada sobre la roca. Creemos en toda la doctrina católica simplemente porque la Iglesia la enseña con plena autoridad, y reconocemos a la Iglesia como el oráculo de Dios, aquella que habla en nombre de Dios, la continuación de la misión del Mesías en la tierra.

Muchos judíos que llegan a creer en Cristo y en la Iglesia que Él fundó, sienten angustia ante lo que perciben como una traición al pueblo judío. Mi esposa y yo nunca experimentamos esta prueba. Al contrario, descubrí una gran atracción por lo judío que nunca antes había sentido. De niño nunca aprendí hebreo, pero encontré gran alegría al aprenderlo como cristiano, para poder rezar los Salmos, por ejemplo, en la lengua del Pueblo Elegido. Este sentimiento se afianzó y estimuló al leer el libro «Identidad judía», del padre Elias Friedman, fundador de la Asociación de Católicos Hebreos, que encontré poco después de nuestra entrada en la Iglesia Católica.

En los primeros años después de nuestra conversión, a menudo me preguntaban por qué había «elegido» el cristianismo o la Iglesia Católica, y no el judaísmo, el budismo o el protestantismo. La pregunta se formula en términos de liberalismo religioso, como si la religión fuera una cuestión de sentimientos, preferencias, lealtades o decisiones personales. La experiencia de los conversos no es que hayamos elegido algo, sino que es Dios quien nos ha elegido para redimirnos mediante la Encarnación y la Pasión del Mesías, que se continúa y se hace presente en la Iglesia Católica, y es Dios quien nos llamó a entrar en esa arca de salvación. Quienes hemos recibido la gracia de oír, sin mérito alguno, tenemos el deber de orar por aquellos que aún no han recibido ese don.

Lawrence Feingold

Luis de la Fuente, seleccionador español de fútbol: «Dios me da una gran seguridad a la hora de acometer cualquier proyecto, me da paz, me da seguridad, calma, tranquilidad y confianza»

Luis de la Fuente, seleccionador español de fútbol / Foto: FIFA

* «Yo es que rezo todos los días, pero no porque estoy en un mundial ni pretendo sacar un resultado. Yo le doy gracias a Dios todos los días, cada día que me levanto de que estoy bien, me miro y digo: ‘Otro día más que puedo disfrutar de la vida’ Yo doy gracias por esos detalles y rezo, porque rezo todos los días, no para que me ayude más. Creo que sería injusto pedirle para que me ayude a mí y no ayude al rival. Yo, en mis convicciones, pues pido otras cosas: salud especialmente y lo demás que me dé opciones a seguir peleando. Es lo que quiero. Con salud no tengo problema para pelear. Soy un guerrero y peleo todo, pero con salud. Si no tuviera salud, pues entonces ahí habría algún problema»

 Camino Católico.-  El seleccionador español, Luis de la Fuente, ha revelado este martes cómo reza a Dios y qué le ha pedido antes de la semifinal del Mundial, en la que España ha eliminado a Francia y se ha clasificado para la final. El técnico hizo estas declaraciones durante la rueda de prensa previa al partido con Francia.

En comparecencia pública, el entrenador español fue consultado por sus fuertes convicciones religiosas y el modo en que reza a Dios y una vez ha eliminado a la selección francesa, sus manifestaciones son aplicables ante el partido de la final que deberá disputar.

''Yo es que rezo todos los días, pero no porque estoy en un mundial ni pretendo sacar un resultado. Yo le doy gracias a Dios todos los días, cada día que me levanto de que estoy bien, me miro y digo: ‘Otro día más que puedo disfrutar de la vida’ Yo doy gracias por esos detalles y rezo, porque rezo todos los días, no para que me ayude más. Creo que sería injusto pedirle para que me ayude a mí y no ayude al rival. Yo, en mis convicciones, pues pido otras cosas: salud especialmente y lo demás que me dé opciones a seguir peleando. Es lo que quiero. Con salud no tengo problema para pelear. Soy un guerrero y peleo todo, pero con salud. Si no tuviera salud, pues entonces ahí habría algún problema''. ha asegurado Luis de la Fuente.

Luis de la Fuente se ha caracterizado por expresar abiertamente su fe católica y ha sido claro al afirmar que, si se santigua antes de los partidos, "no es superstición", sino una expresión natural de sus creencias, lejos de constituir una manía. El seleccionador es devoto del Cristo de la Expiración, conocido como El Cachorro en Sevilla y de la Virgen de la Vega, patrona de Haro, su ciudad natal.

Luis de la Fuente durante su visita al Cristo de la Expiración

En 2024 aseguraba que “yo creo que Dios está en todos los sitios, también en el mundo del fútbol, así que cualquier lugar es bueno para tener una relación con Él. A mí el Señor me da paz, me da seguridad, calma, tranquilidad y confianza. Y todo eso, evidentemente, lo traslado a cualquier relación social que tengo en mi vida, pero también en mi ocupación profesional. Dios me da una gran seguridad a la hora de acometer cualquier proyecto, ya sea de carácter personal, social o laboral”, decía a Alfa y Omega.

“Todo tiene un origen y el de mi fe se encuentra, evidentemente, en mi casa. Somos una familia religiosa. Aunque, más tarde, la asumí personalmente después de un proceso de reflexión. Con la libertad que tengo para elegir una opción de vida u otra, en un momento dado yo decidí seguir este camino. Opté por creer en Dios y ser católico, pero, insisto, dentro de esa libertad que tenemos todos en el ámbito de las creencias”, explicaba.

Hay quienes se sorprenden de que Luis de la Fuente muestre su fe en público y responde que para él si es compatible creer en Dios, y manifestarlo tan abiertamente, con una cargo de carácter público como el suyo:

“Claro que lo es. No tienes más que vivir con la misma normalidad que manifiestan los que piensan y mantienen la postura contraria. Es decir, parece que la sociedad tiene normalizada la increencia y que tener una postura distinta no es normal. Pues sí lo es. Yo he elegido otra postura y cuando corresponde o se me pregunta, simplemente reconozco mis valores, mis principios y mis creencias, que representan un aspecto muy importante de mi vida y de mi comportamiento diario. Hay que quitar la etiqueta de extraordinario a algo que no lo es. Para mí es ordinario creer en Dios y también respetar al que decide pensar de otra manera”.

Y precisa mucho su actitud: “No me he encontrado ninguna puerta cerrada o alguna mala cara por mis convicciones personales; todo lo contrario. Y si así hubiera sido, la hubiera dado por bien cerrada. A mí solamente me interesa la gente que respeta a los demás y que acepta, con normalidad, la opción de vida que cada uno, con su libertad personal, ha elegido. Ese es el mundo en el que yo me muevo, repleto de personas que, independientemente de sus creencias, saben aceptar al que tiene enfrente. Los demás no me interesan”.

Son muchos los miembros de la Roja que han hablado de su fe de una forma u otra y Luis de la Fuente responde a cómo se vive la fe en el vestuario: “Somos personas discretas que vivimos nuestras creencias de manera íntima y privada, aunque cuando corresponde hacerlo de manera pública, no tenemos ningún problema. Es la normalidad de la que te hablaba antes. A mí no me cuesta nada hablar de mis principios y creencias religiosas porque son parte de mi vida y las vivo con absoluta cotidianidad. Es cierto que hay mucha gente, diría que muchísima más de la que pensamos, que está un poco condicionada por la sociedad actual y que no se atreve a hablar públicamente de su fe. Pero creo que si somos capaces de que cale el respeto, dentro de la diversidad contemporánea, poco a poco esa gente será capaz de vivir con naturalidad su fe”.

Luis Arroyo y Amparo Martínez, 60 años ayudando a personas con discapacidad: «Si no nos enamoramos de Jesucristo, ¿de qué nos vamos a enamorar? Y tenemos que dar a conocer que Jesucristo está vivo»

Amparo Martínez y Luis Arroyo, matrimonio y fundadores de la Fundación Juan XXIII   / Foto: Nicolás de Cárdenas - ACI Prensa

* «Toda esta labor está confiada a la Providencia: Nunca hemos tenido una peseta, pero nunca nos ha faltado una peseta. Nunca. Y el camino después de 60 años es muy largo. Tengo la seguridad del patronato que yo tengo arriba: el Señor, la Virgen, San José, mi banquero de ahora que no falla… Mi mayor preocupación es que todo el mundo conozca a Dios»

Camino Católico.-  Luis Arroyo y Amparo Martínez soñaban con ser misioneros lejos de España, pero la Providencia los unió para crear hace 60 años la Fundación Juan XXIII, al servicio de las personas con discapacidad. Casi nonagenarios, siguen al frente de esta misión que aborda una realidad: en España hay más de cuatro millones de personas que declaran tener una discapacidad, según el Instituto Nacional de Estadística. Y sólo uno de cada cuatro en edad de trabajar logra un empleo.

Luis y Amparo, junto a su hijo Javier, director general de la fundación, han comprobado a lo largo de su vida que, con la formación y los medios adecuados, estas personas pueden mejorar su calidad de vida, desarrollar su autonomía personal y, en muchos casos, obtener un empleo.

Un joven torero y una huérfana de guerra con alma de misioneros

Luis Arroyo iba para torero. Ganó un concurso para jóvenes talentos taurinos y cortó una oreja en la Plaza de Las Ventas. "Los toros en realidad fueron los que me llevaron a la fe. Claro, ante el miedo, pues 'bendito seas, Señor'", explica en conversación con ACI Prensa.

La experiencia de los ejercicios espirituales ignacianos transformó su vida: "Ahí tuve un impacto de fe muy fuerte y ya mi obsesión era las misiones", recuerda Así, ingresó en el Colegio Mayor de Vocaciones Tardías de Salamanca, donde estuvo cuatro años. Nunca llegó a ser misionero. Al menos, como lo soñó en un primer momento.

Amparo fue llevada en su infancia a un colegio religioso en Toledo donde iban hijas huérfanas tras la Guerra Civil española. Allí le dieron "una formación muy buena, tranquila, en época de postguerra, sin decir nada de la guerra ni nada de odios, nunca".

Al cumplir 12 años, se unió a un grupo de niñas comprometidas a "hacer cada día un sacrificio para la conversión de los pecadores", como pidió la Virgen María en Fátima. A los 19 decidió ingresar como novicia en una orden de religiosas misioneras. Su madre, pese a ser muy religiosa, no la acompañó. Allí fue feliz "Cuando ya hice el noviciado y el primer año en Cataluña, me dicen: usted no sirve para misionera", recuerda.

Así volvió a la vida secular a los 26 años con su título de pedagogía, con el que logró trabajo en un colegio para personas sordas durante un año. Poco después, puso en marcha un colegio de niñas al que le puso el nombre de Inmaculada Concepción.

Una misión confiada a la Providencia

En 1966 ambos fundaron el colegio de Educación Especial Juan XXIII. La humildad y la bonhomía del Papa les cautivó. Por eso eligieron su nombre, tres años después de fallecer el Pontífice que convocó el Concilio Vaticano II.

Allí acogieron a los primeros 50 alumnos con discapacidad y en un centro que es el origen de la actual fundación, que hoy abarca centros de día y de formación especial, servicios de empleo y pisos tutelados, entre otros servicios, que dan apoyo a más de 3.500 personas.

“Toda esta labor está confiada a la Providencia: Nunca hemos tenido una peseta, pero nunca nos ha faltado una peseta. Nunca. Y el camino después de 60 años es muy largo", detalla Amparo.

"Tengo la seguridad del patronato que yo tengo arriba: el Señor, la Virgen, San José, mi banquero de ahora que no falla", expone con humor.

"Señor, qué bonito, qué bien lo haces"

"Voy a hacer 91 y es como si tuviera 50", afirma Luis. A los 65 se jubiló, pero sólo de forma momentánea. Volvió porque “mi mayor preocupación es que todo el mundo conozca a Dios, porque todavía no dejo de sorprenderme el abandono en el que está la fe todavía en España".

"Cuanto más conozco a Jesucristo, más me enloquece", añade, antes de subrayar: "Si no nos enamoramos de él, ¿de qué nos vamos a enamorar? Y entonces eso es lo que tenemos que dar a conocer, que Jesucristo además está vivo" y que "va a venir en cualquier momento a preguntarnos a ver qué tal nos va".

La perspectiva de la muerte está muy presente también en Amparo, quien espera poder sumarse al "patronato del cielo" de la fundación: "Hasta tengo ganas de morir. Digo: ¡Ay!, voy a estar en el patronato de arriba, voy a continuar, pero desde arriba".

Ella afronta estos últimos años "aunque llore, alegre o tranquila, esperando con mi maleta lo que realmente me viene. Seguro, seguro, es la muerte".

¿Y cómo lo afronta?, le preguntamos. Amparo responde con serenidad y emoción contenida: "No digo gana, porque la vida es bonita. Pero voy diciendo: Señor, que me vas a venir a buscar: Que yo te he buscado a Ti y Tú me vas a venir a buscar a mí".

"Lo único que me llevo de verdad es lo que yo haya ayudado a la gente. No hay otra cosa. No queda nada. Ni dinero, ni bienestar", añade Amparo.

Luis, mirando el camino recorrido, añade: "¿Qué hemos hecho? Nada. Hacer bien, pero no hemos hecho nada. Venir, trabajar. Pero el camino ha sido un camino bonito, que te permite ver las situaciones de cada persona, masticarlas también y decir: Señor, qué bonito, qué bien lo haces".

Senad Mrkaljevic, 41 años, exrefugiado musulmán que escapó de la guerra en Bosnia, ha sido ordenado sacerdote: «Muchas personas temen que la fe les quite algo; mi experiencia es que Dios me da mucho más»

A la izquierda de imagen Senad Mrkaljevic, de 41 años, posando con la alegría de haber sido ordenado sacerdote / Foto: Facebook de Senad Mrkaljevic

* «Fue todo un reto para mí entrar en una Iglesia Católica. Me preguntaba: '¿Está bien lo que estás haciendo?' Al principio, lo hacía a escondidas. En aquel entonces vivía con mi hermano mayor. Cuando volvía de la iglesia, él todavía estaba dormido. No quería llevar una doble vida y por eso me bauticé. Mi conversión y mi decisión de ser sacerdote fueron reconocidas por mi familia musulmana en Bosnia y también por mis hermanos»

Camino Católico.- Un hombre que llegó a Alemania como refugiado tras huir de la guerra en Bosnia y Herzegovina ha sido ordenado sacerdote católico, convirtiéndose en un caso excepcional en el país por haber nacido en una familia musulmana y abrazado el cristianismo en la edad adulta. Según informa Katholisch.de, el sitio de noticias de la Iglesia Católica en Alemania, Senad Mrkaljevic, de 41 años, ha recibido la ordenación sacerdotal hace unas semanas de manos del Arzobispo de Berlín, Mons. Heiner Koch, en la Catedral de Santa Eduvigis.

“Muchas personas temen que la fe les quite algo. Mi experiencia es exactamente la contraria: Dios me da mucho más. Eso es lo que quiero transmitir a los demás”, afirma el nuevo sacerdote.

Senad Mrkaljevic, de 41 años, en el momento de ser ordenado sacerdote por el Arzobispo de Berlín, Mons. Heiner Koch, en la Catedral de Santa Eduvigis / Foto: Facebook de Senad Mrkaljevic

Nacido en 1984 en Brčko, en la entonces Yugoslavia, Mrkaljevic creció en una familia musulmana, donde la religión no ocupaba un lugar central.

“Católicos, ortodoxos y musulmanes vivían entonces pacíficamente unos con otros. De niño, vi una ceremonia cristiana ortodoxa en la televisión de nuestros vecinos serbios y exclamé: “¡Quiero ser imán!”. El vecino me contestó a modo de broma: “Mejor hazte pape” —que es como llaman allí al sacerdote católico—. En aquel momento nos reímos juntos; unos años más tarde, cuando estalló la guerra de los Balcanes, esa hermandad ya no habría sido posible”, recuerda.

Sin embargo, el estallido de la guerra en Bosnia en 1992 obligó a su familia a refugiarse primero en Austria y luego en Alemania.

“Cuando era niño fue difícil comprender lo que significaba huir y, en Alemania, rápidamente me sentí un extraño”, relata.

A estas dificultades se sumó una discapacidad visual congénita, que hizo más compleja que se integre en el colegio.

Su camino hacia la fe católica comenzó tiempo después. A los 23 años empezó a leer la Biblia y visitaba en secreto la iglesia cada domingo por la mañana. La primera vez que entró a un templo tuvo miedo. “Fue todo un reto para mí entrar allí. Me preguntaba: '¿Está bien lo que estás haciendo?' Al principio, lo hacía a escondidas. En aquel entonces vivía con mi hermano mayor. Cuando volvía de la iglesia, él todavía estaba dormido”, recuerda.

Senad Mrkaljevic, de 41 años, con su familia después de su ordenación sacerdotal / Foto: Facebook de Senad Mrkaljevic

Con el tiempo descubrió que no quería ocultarse más. “No quería llevar una doble vida”, explica. En 2009 recibió el bautismo durante la Vigilia Pascual, una decisión que al principio fue difícil para su familia.

“Para mi madre fue un problema. Intentó hacerme cambiar de opinión”, cuenta. Aun así, decidió seguir adelante.

Estudiando en una escuela nocturna para adultos, Senad logró recuperar los estudios: terminó la educación secundaria y luego obtuvo el Bachillerato Tecnológico. Después, completó una formación profesional en administración dentro de una empresa de asistencia médica a domicilio. Durante todo ese tiempo, su fe seguía madurando: quería ser sacerdote.

«Estuve dándole vueltas durante mucho tiempo a si este podría ser mi camino», explica. Tenía claro que debía mantener el contacto con su madre, quien seguía rechazando su decisión. «Sabía que, para mi salud mental y espiritual, romper la relación con ella habría sido destructivo. Mi camino no habría terminado bien».

Comenzó a estudiar Teología en Sankt Lambert, un seminario alemán muy conocido por especializarse en «vocaciones tardías» (adultos que deciden ordenarse tras haber tenido carreras civiles). Se graduó en 2023. Asegura que —«con la ayuda de Dios»— luchó contra todos los obstáculos del sistema educativo: rendirse no era una opción. «Esto es algo que, en mi labor actual, también quiero transmitir a los demás», afirma.

En 2023, fue destinado como diácono y luego como capellán a la parroquia Santa Edith Stein, en el distrito berlinés de Neukölln, donde reside una importante población musulmana.

Senad Mrkaljevic, de 41 años, en el centro, presidiendo una Misa / Foto: Facebook de Senad Mrkaljevic

Mrkaljevic considera que, gracias a su historia, puede convertirse en un constructor de puentes entre cristianos y musulmanes”.

También destaca que, con el paso del tiempo, su decisión fue recibida con respeto por sus seres queridos. “Mi conversión y mi decisión de ser sacerdote fueron reconocidas por mi familia musulmana en Bosnia y también por mis hermanos”, afirma. Su madre incluso asistió a su ordenación sacerdotal.

Mirando hacia su nuevo ministerio, Mrkaljevic expresa su deseo de acompañar espiritualmente “a las personas y anunciar la Buena Nueva”.

“Nunca es en vano, por pocos que seamos. Yo mismo he experimentado cuánto me ha enriquecido y eso es lo que quiero compartir con los demás”, concluye.