Lawrence Feingold se convirtió al catolicismo cuando su esposa con ansiedad no quería vivir/
* «Me vino a la mente las palabras del Padre a Jesús en el Bautismo. “Este es mi Hijo muy amado en quien encuentro mis complacencias”. Comprendí que esas palabras eran para mi esposa y para mí (y para todos) y que debíamos hacernos cristianos. Hasta entonces sentía una gran atracción por la figura de Jesús, pero no comprendía su relación conmigo ni creía en su divinidad, pero todo cambió. Comprendí que Él se hizo hombre para que todos, judíos y gentiles, pudiéramos ser amados y adoptados como hijos. Fuimos a Misa el domingo próximo y el sacerdote habló del Buen Pastor y eso nos removió»
Camino Católico.- Lawrence Feingold cuenta su testimonio de conversión al catolicismo y el de su propia esposa en primera persona y pese a que el camino fue largo, se puede resumir en estas afirmaciones que hace en The Hebrew Catholic: «Fui educado sin religión, mi esposa embarazada padeció una gran ansiedad y no quería vivir; recé: ‘Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros’; nos convertimos al catolicismo»
Después de su conversión y la de su esposa, estudió Filosofía y Teología en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma (1990-1999); estudió griego y hebreo en Jerusalén en el Studium Biblicum Franciscanum, vivió en Argentina, y fue profesor de Teología en el Instituto de Teología Pastoral Ave María. Actualmente también es director de la Asociación de Católicos Hebreos. Esta es su historia vital contada por él mismo:
Lawrence Feingold en una conferencia en el año 2018
«Me asaltó la idea de que Dios debe existir para que la vida no sea vana; comprendí que la capacidad de amar es un don de Dios que debemos implorar»
Fui educado sin religión, aunque siempre tuve interés en las diversas religiones. Mi padre era judío y mi madre, protestante, pero ninguno practicaba su fe. Mi padre renunció al judaísmo a los trece años, y yo crecí con cierta identidad judía. Estudié Historia del Arte en la Universidad de Washington y la maestría en la Universidad de Columbia. El profesor Norris K. Smith nos enseñó a estudiar el arte primariamente como expresión de las creencias y convicciones concernientes a Dios, al hombre y al mundo. Nos explicó que cada obra maestra era expresión de la cosmovisión del artista y de su visión de la naturaleza de la realidad. Nuestra preferencia y admiraciones por las obras de arte no puede ser divorciada de la visión del mundo que lo anima. Los mejores trabajos artísticos están sostenidos por una visión verdadera y profunda de la realidad y de la persona humana, en cambio los periodos de decadencia, muestran una visión falsa y superficial del mundo. Comparaba las obras y preguntaba si preferíamos una pintura de Rembrandt en nuestra habitación o un retrato de Willem de Kooning (arte abstracto), donde la mujer aparece deshumanizada, fea y donde no aparece la imagen de Dios. Mi creciente admiración por el arte cristiano no me llevó a rezar ni a convertirme, pero sí me ayudó a dar algunos pasos, quizás necesitaba una prueba personal.
Mi esposa, Marsha, era judía, pero perdió su fe durante sus estudios universitarios. En este tiempo mi esposa y yo vivíamos en Toscana (Italia), en un pequeño pueblo llamado Pietrasanta, donde yo hacía trabajos de escultura.
En 1988, mi esposa empezó a padecer una gran ansiedad con seis meses de embarazo, al punto de que no quería vivir. Este fue el catalizador que Dios preparó para nuestra conversión. Vi que necesitaba más amor; comprendí la insuficiencia de mi amor y de todo amor humano. ¡Cuánto anhela el ser humano ser amado por sí mismo! Pensé: “¿Cómo podemos anhelar tanto amor si no hay un Dios?, si no hay un Dios que nos ame como Padre la sed del alma humana, de amar y ser amada, está condenada a la frustración”.
La belleza del amor conyugal reside en que nos permite ver a la persona humana tal como es: tremendamente vulnerable, tremendamente digna de amor. Vi que la persona humana es más digna de amor de lo que nosotros somos capaces de amar. Si no existe un Dios que ame al Hombre con un amor perfecto, la persona humana sería absurda. Por tanto, me asaltó la idea de que Dios debe existir para que la vida no sea vana. Comprendí que la capacidad de amar es un don de Dios que debemos implorar. El amor es capaz de fortalecer nuestra mente y abrir los ojos de nuestra alma para ver lo que debimos haber visto desde siempre. El ser humano se desvanece sin el creador.
Así que me dispuse a rezar por primera vez. Tomé el tren a Florencia para orar en el Duomo, obra de Brunelleschi. En el camino sentí la necesidad de hacer esta oración: “Enséñame a amar, enséñame a ser luz para los demás”. No sé porqué recé así, pero me agradó. Tenía 29 años. Tras esta oración recordé las palabras del Salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Aunque ateo, conocía la Biblia por mis estudios de historia del arte y religiones comparadas. Y por gracia de Dios comprendí que esas palabras iban dirigidas a Jesucristo, su Hijo, a mí y a todos, en Cristo. Comprendí el misterio de la filiación divina. Recé: “Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros”. Fue un momento del Espíritu. Me vino a la mente las palabras del Padre a Jesús en el Bautismo. “Este es mi Hijo muy amado en quien encuentro mis complacencias”. Comprendí que esas palabras eran para mi esposa y para mí (y para todos) que debíamos hacernos cristianos.
Hasta entonces sentía una gran atracción por la figura de Jesús, pero no comprendía su relación conmigo ni creía en su divinidad, pero todo cambió. Comprendí que Él se hizo hombre para que todos, judíos y gentiles, pudiéramos ser amados y adoptados como hijos.
Fuimos a Misa el domingo próximo y el sacerdote habló del Buen Pastor y eso nos removió. Sin embargo, oscilaba entre el catolicismo y el protestantismo. Cuando creía en la fe católica me invadía una alegría profunda, cuando optaba por el protestantismo sentía tristeza, este ciclo se repitió varias veces, con las mismas consolaciones y desolaciones. En un momento dado optamos por el Anglicanismo, en Florencia, pero al leer a Henry Newman y a otros, optamos por el catolicismo. Fuimos recibidos en la Iglesia Católica el 25 de marzo de 1988 durante la Vigilia pascual.
¿Qué fue lo que, al leer las obras de Newman, me ayudó a encontrar la luz de la fe? Si mal no recuerdo, el punto decisivo para mí fue lo que él denominó el «principio dogmático»: la idea de que existe una plenitud objetiva de la verdad religiosa que proviene de Dios y no de nosotros, y que debemos implorar con perseverancia y recibir con docilidad una vez que se nos ha concedido la luz. En segundo lugar, Newman recalcó la necesidad imperiosa de que la Iglesia esté dotada de un principio visible de autoridad dogmática infalible para resistir las puertas del infierno y los ataques del escepticismo y la pasión humana. La obra de Dios habría sido incompleta e indigna de su sabiduría y omnipotencia sin una autoridad visible que la sostuviera a través de los siglos. Si Dios se esforzó tanto por encarnarse, revelar su verdad salvífica y morir en la cruz por mí y por todos los hombres, ¿acaso no se esforzaría también por mantener su presencia salvífica en nuestro mundo y una autoridad infalible sobre lo que reveló en su encarnación? ¿Acaso abandonaría Él su obra y su rebaño?
Pero, ¿qué autoridad infalible estableció Cristo en realidad? La respuesta no es difícil de encontrar si la planteamos de esta manera. Si Cristo estableció una autoridad infalible sobre la cual se fundaría su Iglesia, sobre la cual se edificaría a lo largo de los siglos, solo pudo ser la autoridad otorgada a Pedro y sus sucesores, pues esto fue lo que Cristo mismo prometió: «Tú eres Pedro, sobre quien edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». ¿Qué cuerpo cristiano puede tener una pretensión razonable de ser la Iglesia edificada sobre la roca de Pedro? Solo la Iglesia Católica hace esta pretensión, y la historia de dos mil años lo confirma, pues la sucesión ininterrumpida de Papas que gobernaron la Iglesia con la misma fe que los Apóstoles durante dos milenios solo pudo darse por la extraordinaria ayuda de Dios.
Y si Cristo estableció una autoridad infalible para su Iglesia, ¿qué nos queda sino someternos a ella? No hacerlo sería, en última instancia, rebelarnos contra Dios y rechazar la luz con la que Él desea que lleguemos a la verdad que nos hará libres.
Tras mi ingreso en la Iglesia Católica el 25 de marzo de 1989, por la gracia de Dios puedo hacer mías las palabras del Cardenal Newman. Newman escribe: “Desde que me convertí al catolicismo, por supuesto, no tengo más que contar sobre mis creencias religiosas. Al decir esto, no quiero decir que mi mente haya estado ociosa ni que haya dejado de reflexionar sobre temas teológicos; sino que no he experimentado ningún cambio ni he sentido ninguna inquietud. He vivido en perfecta paz y satisfacción. Jamás he tenido la menor duda… Fue como llegar a puerto tras una travesía por mares agitados; y mi felicidad en ese sentido perdura hasta el día de hoy sin interrupción”.
La razón de esta profunda paz interior que ilumina la vida de los conversos al catolicismo tras su conversión, siempre que perseveren, reside en el principio dogmático. Entramos en la Iglesia Católica porque vemos que es la religión ordenada, querida y fundada por Dios mismo. Está edificada sobre la roca. Creemos en toda la doctrina católica simplemente porque la Iglesia la enseña con plena autoridad, y reconocemos a la Iglesia como el oráculo de Dios, aquella que habla en nombre de Dios, la continuación de la misión del Mesías en la tierra.
Muchos judíos que llegan a creer en Cristo y en la Iglesia que Él fundó, sienten angustia ante lo que perciben como una traición al pueblo judío. Mi esposa y yo nunca experimentamos esta prueba. Al contrario, descubrí una gran atracción por lo judío que nunca antes había sentido. De niño nunca aprendí hebreo, pero encontré gran alegría al aprenderlo como cristiano, para poder rezar los Salmos, por ejemplo, en la lengua del Pueblo Elegido. Este sentimiento se afianzó y estimuló al leer el libro «Identidad judía», del padre Elias Friedman, fundador de la Asociación de Católicos Hebreos, que encontré poco después de nuestra entrada en la Iglesia Católica.
En los primeros años después de nuestra conversión, a menudo me preguntaban por qué había «elegido» el cristianismo o la Iglesia Católica, y no el judaísmo, el budismo o el protestantismo. La pregunta se formula en términos de liberalismo religioso, como si la religión fuera una cuestión de sentimientos, preferencias, lealtades o decisiones personales. La experiencia de los conversos no es que hayamos elegido algo, sino que es Dios quien nos ha elegido para redimirnos mediante la Encarnación y la Pasión del Mesías, que se continúa y se hace presente en la Iglesia Católica, y es Dios quien nos llamó a entrar en esa arca de salvación. Quienes hemos recibido la gracia de oír, sin mérito alguno, tenemos el deber de orar por aquellos que aún no han recibido ese don.
Lawrence Feingold















