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jueves, 14 de mayo de 2026

Zuza Knez, cantautora: «Luchaba contra la depresión, ansiedad, trastornos alimenticios y el trastorno obsesivo-compulsivo y encontré a Dios de la forma más profunda, que me guiaba y me transformó en mi interior»

Zuza Knez en los momentos más difíciles de su vida es cuando se encontró profundamente con Dios  / Foto: Archivo Zuza Knez 

* «Lo que más deseo es fortalecer mi relación con Dios. Invitarlo cada vez más a mi vida diaria, aprender a confiar en Él, vivir consciente de su presencia. Sueño también con una familia basada no solo en la religiosidad, sino en una verdadera relación con Dios, en el amor, el respeto y el apoyo mutuo. Quiero seguir creando música. Aún no sé adónde me llevará, tal vez conciertos, conferencias, nuevos proyectos. Solo sé que quiero hacerlo para su gloria. Siento también que mi vocación es acompañar a las personas: hablar con ellas, brindarles apoyo y compañía. Por eso estoy considerando la enfermería. Trabajar con ancianos, personas con discapacidad y quienes reciben cuidados paliativos es algo que me toca muy de cerca. Me gustaría estar a su lado en los momentos difíciles, para brindarles paz, esperanza y compañía»

Camino Católico.- Zuza Knez es una joven cantautora y creadora de contenido polaca dedicada a la música cristiana contemporánea. Su trabajo se centra en compartir su fe y testimonio a través de canciones y redes sociales, utilizando plataformas como Spotify y YouTube para difundir su mensaje. Ella misma define su creación como música "para la gloria del Señor". Durante años, luchó contra la ansiedad, los trastornos alimenticios, la sensación de vacío y la escrupulosidad. Hoy, alza la voz para apoyar a otros. La historia de Zuza Knez demuestra que incluso la crisis más difícil no tiene por qué ser el final, y que Dios puede encontrarse en el sufrimiento. Esta es su historia vital.

Con un gran vacío interior se encuentra con Dios 

“Mi relación con Dios ha cambiado mucho con el paso de los años. Vengo de una familia muy religiosa, así que la religión ha sido importante para mí desde la infancia. Siempre he tenido este deseo de estar cerca de Dios. Sentía un anhelo por Él en mi interior, que mi alma me impulsaba en esa dirección. Pero durante mucho tiempo, no entendí que la fe es una relación, no solo religiosidad. Sentía algo que me atraía, pero no sabía bien qué era. Cuando era adolescente, viví crisis más serias. Seguía yendo a la iglesia, pero a menudo lo hacía más por obligación que por convicción interior. Surgieron muchas preguntas, dudas e incertidumbres. Y fue entonces —paradójicamente, durante un tiempo de adversidad— cuando algo empezó a cambiar. Las experiencias difíciles me dieron espacio para profundizar. Para buscar a Dios de verdad, no solo por costumbre. Entonces empecé a experimentar su acción y su amor. Esta relación empezó a cobrar vida. Comprendí que no era algo añadido a la vida, sino la fuente de sentido. Hoy puedo decir que para mí Dios ya no es solo importante de nombre, sino que es realmente lo más importante”, cuenta a Misyjne

Su cambio vital de construir una relación con Dios “fue cuando tuve la primera experiencia de vacío interior. Atravesaba un momento difícil y sentía claramente que me faltaba algo. Que había un vacío interior que nada podía llenar. Fue entonces cuando Dios empezó a manifestarse de una forma diferente, más personal. No como una idea, ni como un conjunto de reglas, sino como Alguien real. El cambio de entorno también me ayudó muchísimo. Conocí a personas que vivían su fe de una manera auténtica. Empecé a conectar con comunidades, a participar en diversos eventos y a conocer gente para quienes la fe era la vida. Esto tuvo un gran impacto. En aquel momento, atravesaba una etapa muy difícil, sobre todo en mi segundo año de instituto. Luchaba contra la depresión, trastornos alimenticios y el trastorno obsesivo-compulsivo. Era una época agotadora mentalmente. Y, sin embargo, fue allí donde encontré a Dios de la forma más profunda. La terapia también me ayudó. Encontré una terapeuta que también era creyente. Durante nuestras conversaciones, nunca me impuso nada, sino que me ayudó a descubrir el sentido de la vida, a organizar la realidad y a encontrar a Dios en todo ello. Fue un proceso lleno de altibajos, pero fue entonces cuando la relación con Dios comenzó a hacerse real”.

Zuza Knez en las experiencias vitales de oscuridad y enfermedad pudo construir una profunda relación con Dios  / Foto: Archivo Zuza Knez 

“Un paso importantísimo fue cuando empecé a abrirme a los demás”

La cantautora durante ese difícil periodo asegura que “tuve momentos en que pensé que la vida no tenía sentido y me preguntaba si Dios existía. Cuando uno atraviesa la oscuridad, surgen pensamientos muy difíciles. Especialmente durante períodos de depresión severa, tuve momentos en que todo parecía carecer de sentido. También tuve pensamientos suicidas o de autolesión. Pero nunca actué. A pesar de todo el sufrimiento, sentía profundamente que la vida era un regalo. Que era algo sagrado. Esto me frenaba. En ese momento todavía estaba bastante perdida, incluso en mi fe, así que surgieron preguntas y dudas. Era natural. La enfermedad afecta la forma en que piensas, cómo percibes el mundo y tus emociones. Pero de repente, en un momento de crisis, recibí el regalo de la gratitud y un sentido de significado. Era algo que no podría haberme dado a mí misma. Comencé a ver que incluso este sufrimiento podía transformarme. Estaba agradecida no por el dolor en sí, sino porque Dios me guiaba a través del proceso que vivía. Que no me estaba arreglando de una vez por todas, sino transformándome en mi interior, en lo más profundo. Y hoy sé que fue un regalo tremendo. Pero al mismo tiempo, mi relación con Dios en ese momento también era difícil. Me convertí en escrupulosa, algo con lo que mi confesor me ayudó mucho más tarde a lidiar.

Zuza Knez explica con detalle cómo y cuándo fue consciente que algo en ella andaba mal: “No fue en un momento preciso, porque todo se desarrolló a lo largo de los años. Ya en sexto grado, comencé a experimentar problemas con el trastorno obsesivo-compulsivo. Esto me acompañaba de una ansiedad considerable. Más tarde, aparecieron síntomas depresivos. Ya al ​​final de la primaria y al comienzo de la secundaria, era evidente que algo me pasaba, también en lo que respecta a la alimentación y la autoimagen. Al principio, no podía identificarlo. Sentía que algo andaba mal, pero no sabía exactamente qué me sucedía. Recuerdo que intenté consultar con un psicólogo en ese entonces, pero aún no estaba preparada para una relación a largo plazo. Me aislaba y me decía a mí misma: ‘Quizás no sea nada grave’. No fue hasta mi segundo año de preparatoria que encontré terapia, casi por casualidad. Estaba pasando por momentos difíciles y una amiga me sugirió que probara la terapia. Fui y fue una de las mejores decisiones de mi vida. La terapia me ayudó a comprender lo que me sucedía. Pero un paso importantísimo fue cuando empecé a abrirme. Durante mucho tiempo, no le conté a nadie lo que me pasaba. Era ambiciosa, perfecta y todo parecía estar bien. Por fuera, todo se veía bien. Entonces empecé a contarles la verdad a mis amigos y familiares.  

Llegó un momento que tomó conciencia que lo que le pasaba era serio: “Tras una larga enfermedad, sufrí un episodio anoréxico muy grave. Fue el peor momento de mi vida, una experiencia límite. Mi cuerpo estaba completamente agotado, al igual que mi mente. Fue entonces cuando algo se rompió. Me sacudí y sentí la necesidad de luchar por mí misma. Mis padres tuvieron que intervenir porque la situación era muy grave. Volví a terapia, consulté con una psiconutricionista y comencé un tratamiento psiquiátrico. La experiencia con la medicación también fue muy importante para mí. Gracias a ella, comprendí que no se trataba solo de mi debilidad o falta de fuerza de voluntad, sino de un problema real con una dimensión biológica. De repente, el mundo empezó a verse más brillante. Me resultó más fácil levantarme, actuar y retomar mi vida cotidiana. Eso no significa que todo desapareciera de inmediato, pero había espacio para la recuperación.

Zuza Knez le gustaría formar una familia y que sus hijas la vean y se vean así mismas hijas del Rey: Hijas de Dios / Foto: Archivo Zuza Knez 

“Dios vivió conmigo la enfermedad”

Respecto a si culpaba a Dios de lo que sucedía comparte que “hubo momentos así. No en el sentido de acusar a Dios de ‘Tú me hiciste esto’, sino más bien en el de la incomprensión. Me preguntaba: ‘¿Por qué está pasando esto?’: ‘¿por qué está tardando tanto?’; ‘¿Qué sentido tiene todo esto?’. Era más ira, fruto de la impotencia, que rebelión contra Dios. No entendía el significado de este sufrimiento. Hoy lo veo de otra manera. No creo que Dios me enviara la enfermedad. Pero creo que Él la vivió conmigo y fue capaz de sacar algo bueno de ella”.

Zuza Knez habla de cómo está actualmente: “Hoy me encuentro en un lugar completamente diferente. Los trastornos alimenticios son un proceso del que se tarda mucho en recuperarse. Incluso cuando los síntomas remiten, quedan ciertas cicatrices, como patrones de pensamiento, reflejos y sensibilidades. No diría que sufro de anorexia o bulimia hoy en día. Ya no tengo los síntomas típicos. Pero sé que esta experiencia deja huella, y a veces vuelven los momentos difíciles, sobre todo en épocas de estrés o de mucha intensidad en la vida. Después de mi episodio anoréxico, recuperé peso e incluso lo subí. Esto puede ser difícil para mí porque todavía estoy aprendiendo a verme de forma saludable. Pero hoy me centro mucho más en cuidarme que en controlarme. También pienso en el futuro. Me gustaría tener hijas algún día, y quiero que, cuando me miren, vean a una mujer que conoce su valor como hija del Rey, y que ellas mismas se vean como hijas hermosas y valiosas del Rey: Dios.

Los episodios de escrupulosidad que se manifestaron en su fe dice que “para mí, estaban estrechamente relacionados con el trastorno obsesivo-compulsivo. Tenía pensamientos intrusivos y blasfemos sobre Dios, los santos y la fe. Eran completamente indeseados, pero cuanto más intentaba alejarlos, más volvían. Me hacía sentir como la peor persona del mundo. Pensaba que era terriblemente pecadora y sentía que esto me alejaba de Dios. Hubo momentos en que dejé de comulgar porque sentía que no era digna. Y a menudo, no se trataba de pecados, o solo de pecados veniales. También tenía un perfeccionismo moral enorme. Todo tenía que ser perfecto. Revisaba las cosas una y otra vez. Tenía miedo de cometer el más mínimo error. Confesarme era muy difícil en aquel entonces. Me confesaba durante mucho tiempo, analizaba los detalles y volvía a pensar en lo mismo. Solo un buen confesor me ayudó mucho. Gracias a él, empecé a comprender qué es realmente el pecado y qué es la enfermedad.

La música le acerca a Dios

Siguiendo el Instagram de Zuza Knez, ella explica que la música te acerca a Dios: “La música me ha acompañado desde la infancia. Siempre he cantado, tocado y creado. Experimenté con diferentes estilos, aprendí y busqué mi camino. En algún momento, me di cuenta de que quería que mi música tuviera significado. Empecé a escribir canciones, tocar la guitarra y crear mi propia música. Desde niña, también soñé con tener mi propio canal de YouTube. Con el tiempo, descubrí que la música cristiana es la que me aporta mayor significado. Esa que trae esperanza. Que puede convertirse en una oración. En uno de mis viajes, me acerqué a la gente por primera vez. La respuesta fue maravillosa. Cantaron conmigo, aprendieron las letras y oraron a través de las canciones. Fue una experiencia extraordinaria. Fue entonces cuando me di cuenta de que quería seguir este camino de forma más consciente. Empecé a grabar, publicar y desarrollarme. Hoy, la música es una herramienta para mí. Creo que Dios puede tocar corazones y ayudar a otros a través de ella”.

Zuza Knez desea vivir siempre en presencia de Dios / Foto: Archivo Zuza Knez 

Preguntada sobre qué se diría hoy así misma si estuviera deprimida, tuviera un trastorno alimenticio y sintiera que no tenía salida, ella responde: “Primero, me gustaría entenderme mejor. No con eslóganes, sino preguntándome: ‘¿Por qué estás aquí? ¿Qué te falta? ¿Qué te duele de verdad?’. Porque a menudo, debajo de los síntomas, hay una necesidad más profunda de amor, atención, seguridad, relaciones, una necesidad de ser valorada. También le diría a Zuza que no se rinda. Que se responsabilice de su proceso. Que permita que otras personas entren en su vida. También le diría que el mundo no gira en torno a su apariencia. Que a la gente le importa más quién eres que cómo te ves. Y que, aunque te desvíes del camino correcto muchas veces, lo más importante es volver a encarrilarte. No la perfección, sino volver a encarrilarte es la clave”.

Zuza Knez concluye explicando que desea para su futuro: “Lo que más deseo es fortalecer mi relación con Dios. Invitarlo cada vez más a mi vida diaria, aprender a confiar en Él, vivir consciente de su presencia. Sueño también con una familia basada no solo en la religiosidad, sino en una verdadera relación con Dios, en el amor, el respeto y el apoyo mutuo. Quiero seguir creando música. Aún no sé adónde me llevará, tal vez conciertos, conferencias, nuevos proyectos. Solo sé que quiero hacerlo para su gloria. Siento también que mi vocación es acompañar a las personas: hablar con ellas, brindarles apoyo y compañía. Por eso estoy considerando la enfermería. Trabajar con ancianos, personas con discapacidad y quienes reciben cuidados paliativos es algo que me toca muy de cerca. Me gustaría estar a su lado en los momentos difíciles, para brindarles paz, esperanza y compañía”.

A sor María Fabiola Villa la Virgen de Fátima la sanó de una pancreatitis incurable y su médico le dijo que era un milagro: «Dios sana el cuerpo pero sobre todo el corazón, porque el milagro es ante todo creer en Él, en su Amor»

Hermana María Fabiola Villa: Sanada de una pancreatitis incurable por mediación de la Virgen de Fátima

* «En la eucaristía en Fátima, Me concentré en la Misa y en el momento de la consagración sentí un dolor insoportable. Estaba a punto de desmayarme y estaba convencida de que iba a morir. Sólo alcancé a tartamudear: ‘Dios, estoy en tus manos’. Cuando el sacerdote levantó la Hostia, el dolor desapareció repentinamente, como si un interruptor la hubiera apagado. No pensé en el prodigio, el milagro. Estaba feliz de estar bien»

Camino Católico.- La revista Maria con te cuenta la historia de sor María Fabiola Villa, que en 2022 tenía 88 años, y cómo la Virgen la sanó de una pancreatitis incurable.El 26 de abril de 1988, después de 14 años de enfermedad y sufrimiento, María Fabiola fue milagrosamente curada de su enfermedad crónica por intercesión de Nuestra Señora de Fátima.

María Fabiola nació en Verderio Inferiore (Lecco) y se unió a la congregación de la familia del Sagrado Corazón de Jesús con solo 18 años.

14 años de enfermedad

Al poco tiempo empezó a sentirse mal: calambres muy fuertes en el abdomen, fiebre alta. La operaron de apendicitis pero la situación no cambió, al contrario, empeoró aún más. Siguió una terapia de purificación del hígado pero su estado de salud no mejoró.

No podía llevar una vida normal. Solo comía pan seco y pasaba todo el día en cama por los dolores que la aquejaban. Después llegó el diagnóstico: pancreatitis crónica incurable.

La ausencia de enzimas pancreáticas que activaran los procesos digestivos estaba causando la destrucción de su páncreas. Era un cuadro clínico desolador.

Con sufrimientos pero contenta

Sin embargo, en el largo calvario de la enfermedad incapacitante que aquejaba a su cuerpo, la religiosa no perdió nunca la fe en el Señor y continuó encomendándose a Jesús y a la Madre Celestial:

"La ferocidad de ese mal nunca venció a la esperanza, nunca me hizo perder el contacto con María. Seguí confiando ciegamente en la Virgen, siendo devota suya. Mientras sufría terriblemente, en mi corazón me sentía libre, gozosa, llena de fe".

Esta es la primera gracia que recibió: la paz del corazón. No maldecía su historia, ofrecía y oraba con el alma serena.

Peregrinación a Fátima

A pesar de los terribles dolores, la religiosa decidió partir en peregrinación a Fátima, pues sentía a Nuestra Señora llamándola.

Los médicos le aconsejaron que no viajara en su estado pero Sor María insistió. No quería darse por vencida.

En la mañana de la partida para someterse a las inyecciones habituales, no pudo participar en la Santa Misa.

"Alguien del grupo que iba a partir para Fátima dijo que la presencia de un paciente tan grave les impediría llegar a su destino. Respondí que moriría a los pies de María. Pero estaba bien que me fuera".

El vuelo llevaba dos horas de retraso y la monja aprovechó para ir a rezar a la capilla del aeropuerto:

"Allí vi una cruz con un Cristo estilizado que me impresionó particularmente. Y me vino espontáneamente dirigirme a Jesús diciendo: "Jesús, yo también estoy en esa cruz… voy a tu madre -le dije de nuevo a ese Cristo en la cruz- pero no me escuches, escucha siempre a tu madre".

Una canción en honor a María

Una vez en Fátima, los peregrinos se reunieron para cenar, pero sor María Fabiola se encontraba mal.

Deseaba ir a visitar el santuario pero no era posible. Así que en el vestíbulo del hotel decidió cantar una canción en honor a la Virgen e invitó a los demás huéspedes a hacer lo mismo.

En poco tiempo se formó un coro que alababa unido con entusiasmo y fe:

"Había una energía especial en el aire. Lo recuerdo bien".

26 de abril de 1988: Su vida cambió

Al día siguiente, 26 de abril de 1988, la monja fue finalmente a la iglesia a ver a la Virgen de Fátima. Y ahí sucedió el milagro.

Con palabras llenas de asombro, emoción y agradecimiento, Sor María Fabiola cuenta:

"Me concentré en la Misa y en el momento de la consagración sentí un dolor insoportable. Estaba a punto de desmayarme y estaba convencida de que iba a morir. Sólo alcancé a tartamudear: "Dios, estoy en tus manos". Cuando el sacerdote levantó la Hostia, el dolor desapareció repentinamente, como si un interruptor la hubiera apagado. No pensé en el prodigio, el milagro. Estaba feliz de estar bien".

"Nuestra Señora de Fátima me tomó en sus brazos"

“Nuestra Señora de Fátima me había tomado en sus brazos y me había dado la gracia de curarme”, dice Sor María que no confió a nadie lo que había vivido. Permaneció en un gozoso silencio para disfrutar de los frutos de este repentino bienestar redescubierto.

Comió con todos sin sentirse mal, participó en viajes y excursiones, dejó de tomar medicinas.

Al regresar a casa, su médico le dijo que se ha recuperado por completo, que había sido un milagro:

"Volví a Fátima para agradecer a María, para contarle a la gente lo que me había pasado, para hablar de cómo el Señor usa a los pobres como yo, cómo Dios sana el cuerpo pero sobre todo el corazón, cómo nos muestra un camino hacia la alegría. Porque el milagro es ante todo creer en Él, en su Amor".

María Benedicta O’Brien trabajó 11 años de enfermera pediátrica y ahora es monja: «Mi vocación era casarme y tener una familia, fui a rezar en la Abadía de Santa Walburga y el Señor me dijo: ‘¿Me seguirás aquí?’»

 

La hermana María Benedicta O’Brien en el rito de su profesión solemne como monja benedictina / Foto: Grant Whitty - El Pueblo Católico

* «Me ha sorprendido, felizmente, descubrir que hacer lo que Dios me pidió me hace más feliz a un nivel mucho más profundo. San Benito dice varias veces en su Santa Regla que el monje, y también la monja, no debe ‘anteponer nada al amor de Cristo’. Para mí, eso significó sacrificar la enfermería pediátrica para entregarme completamente a Dios. Pero he descubierto que existe una profunda base de paz que nace de dejar de tratar de entenderlo todo y simplemente obedecer a Dios y descansar en su voluntad misteriosa y hermosa»

Camino Católico.- En la Abadía benedictina de Santa Walburga en Virginia Dale, en el estado de Colorado, Estados Unidos, el pasado 1 de mayo de 2026, la hermana María Benedicta O’Brien realizó su profesión solemne como religiosa asumiendo los votos de pobreza, castidad, obediencia y estabilidad en la Orden de San Benito, comprometiéndose a vivir una vocación contracultural de oración y trabajo al servicio de la Iglesia y del mundo. Ella era enfermera pediátrica, creía que su vocación era casarse y crear una familia y nunca había pensado en la vida religiosa. Esta es su historia.

Hija de la Arquidiócesis de Denver, la hermana María-Benedicta pasó su juventud en un vecindario bilingüe del noroeste de Denver, donde se hablaba tanto inglés como español. Ella y su familia asistían a la cercana Iglesia Católica Transfiguration of Our Lord Ukrainian, donde su padre trabajaba como conserje, y a la parroquia Our Lady of Mount Carmel en Littleton, donde su padre tocaba el órgano y ella cantaba en el coro.

Después de graduarse de la preparatoria, “asistí a Thomas Aquinas College en Santa Paula, California, y luego regresé a Denver después de graduarme para obtener un título en enfermería”, cuenta la hermana María-Benedicta a El Pueblo Católico. “Trabajé 11 años como enfermera, principalmente en el departamento de cardiología del Hospital Infantil de Colorado”.

La hermana María Benedicta O’Brien en el rito de su profesión solemne como monja benedictina con el obispo Steven Lopes / Foto: Grant Whitty - El Pueblo Católico

Un “sí” generoso: “obedecer lo que Dios me dijo con tanta claridad”

En el rito de la profesión solemne, la hermana María-Benedicta entró al santuario con una vela en la mano, también cantando en latín: “Y ahora te sigo con todo mi corazón: te temo y busco contemplar tu rostro: Señor, no me defraudes, sino trátame según tu bondad y la multitud de tus misericordias”.

Luego, el obispo Steven Lopes subió al ambón y predicó tanto a la hermana María-Benedicta como a los presentes sobre la virtud y el voto de la obediencia. “La obediencia es una escucha profunda. Aquí tenemos a una esposa [la hermana María-Benedicta] escuchando la voz del Esposo, Jesús. Así también, la Esposa de Cristo [la Iglesia] debe escuchar la voz del Esposo”, dijo el obispo. “La obediencia es esencial para el discipulado y edifica a la Iglesia. Cuando somos obedientes al Señor, siempre habrá alegría”.

Fue esa misma obediencia a Jesús, de la que habló el obispo Lopes, la que, con el tiempo, llevó a la hermana María-Benedicta a esta abadía y, en general, a su vocación.

“Durante mi juventud adulta tenía tan claro en mi mente que mi vocación era casarme y tener una familia que nunca me detuve a considerar la vida religiosa”, explicó la recién profesa. “Ya en mis treinta y tantos años, deseaba una intimidad más profunda con Dios, así que decidí hacer un retiro ignaciano en la vida diaria. … Durante ese tiempo de retiro, me comprometí a hacer una hora de oración todos los días y, al regresar de un viaje por carretera un fin de semana, me detuve en la Abadía de Santa Walburga para realizarla”.

Al unirse esa noche a las monjas para Completas, oración Nocturna de la Liturgia de las Horas, la oración de la Iglesia compuesta por salmos, antífonas, cánticos y lecturas bíblicas, quedó “cautivada por la belleza de su vida escondida alabando a Dios” y “sintió un profundo deseo en su corazón de regresar allí y vivir el resto de su vida como esposa de Cristo”.

Mientras continuaba discerniendo la voluntad de Dios, se esforzaba por escuchar con claridad su llamado y responder con generosidad.

“Siento que mi proceso para convertirme en monja en la abadía no ha sido tanto discernir la voluntad de Dios, sino simplemente obedecer lo que él me dijo con tanta claridad. Nuestro Señor no me dijo: ‘Quiero que seas monja en algún lugar; puedes buscar y ver qué orden se adapta mejor a tu personalidad y deseos’. ¡No! Fue más bien como si me dijera:‘¿Me seguirás aquí? Sí o no’. Sentía que, cada vez que me iba después de una breve visita a la abadía, parecía que Jesús tenía más conversación que continuar conmigo allí”, comparte la hermana María-Benedicta.

La hermana María Benedicta O’Brien en el rito de su profesión solemne como monja benedictina con la abadesa, madre María-Michael que le toma las manos / Foto: Grant Whitty - El Pueblo Católico

Un nuevo nombre

En cuanto a su nuevo nombre religioso, María-Benedicta, la hermana dijo sentirse feliz de haberlo recibido de la abadesa, madre María-Michael.

“¡Hay muchísimas razones por las que amo mi nombre! Si rezas o cantas la avemaría en latín, proclamarás: ‘Ave María … Benedicta tu in mulieribus’, es decir: ‘Dios te salve, María… bendita tú eres entre todas las mujeres’. Como Benedicta significa ‘bendita’ o ‘bendición’, pienso en cuánto me ha bendecido el Señor”, cuenta. “Pero me impresiona particularmente la definición del Catecismo de la Iglesia Católica sobre bendecir a Dios como ‘adoración y entrega al Creador en acción de gracias’. Creo que eso realmente describe un aspecto fundamental de nuestra vocación benedictina”.

Una comunidad y vocación florecientes

La hermana María-Benedicta ahora se une plena y permanentemente a su comunidad de casi 30 monjas, con más en formación, donde pasan sus días orando y trabajando (ora et labora, como expresa su carisma), en la comunidad fundada originalmente en Boulder en 1936 por monjas benedictinas que huían de la Alemania nazi. La comunidad fue elevada al rango de abadía en 1989 y las monjas se trasladaron posteriormente a Virginia Dale en 1997, donde viven actualmente. La madre María-Michael Newe ha sido abadesa desde 2003.

La hermana María Benedicta O’Brien en el rito de su profesión solemne como monja benedictina firma sus votos sobre el altar / Foto: Grant Whitty - El Pueblo Católico

Junto con sus hermanas, la hermana María-Benedicta vive una vocación escondida pero vital de servicio en la Iglesia: amar a Jesucristo primero, por encima de todo y siempre. Al mirar atrás, después de su profesión solemne, no puede evitar sentirse agradecida por su discernimiento y vocación, y anima a otros a seguir a Dios adondequiera que él los llame.

“Me ha sorprendido, felizmente, descubrir que hacer lo que Dios me pidió me hace más feliz a un nivel mucho más profundo. San Benito dice varias veces en su Santa Regla que el monje, y también la monja, no debe ‘anteponer nada al amor de Cristo’. Para mí, eso significó sacrificar la enfermería pediátrica para entregarme completamente a Dios. Pero he descubierto que existe una profunda base de paz que nace de dejar de tratar de entenderlo todo y simplemente obedecer a Dios y descansar en su voluntad misteriosa y hermosa”, concluye.

‘Fátima’, película de 2020 completa en español

Camino Católico.- Portugal, 1917. Tres niños afirman haber visto a la Virgen María en Fátima. Sus revelaciones enfurecen al Gobierno y a la Iglesia, que intentan obligarles a retractarse de su historia. Pero a medida que se extiende la noticia de su profecía, miles de peregrinos acuden a Fátima con la esperanza de presenciar un milagro. Lo que allí experimentarán cambiará sus vidas para siempre.

Título original: Fátima

Año: 2020

Director: Marco Pontecorvo

Guion: Valerio D'Annunzio, Barbara Nicolosi, Marco Pontecorvo

Música: Paolo Buonvino

Fotografía: Vincenzo Carpineta

Reparto:

Joaquim de Almeida como el padre Ferreira

Goran Visnjic como Arturo[4]​

Stephanie Gil como la niña Lúcia dos Santos

Alejandra Howard como la prima de Lúcia, Jacinta Marto[5]​

Jorge Lamelas como el primo de Lúcia, Francisco Marto[5]​

Lúcia Moniz como María Rosa

Marco d'Almeida como António

Joana Ribeiro como la Virgen María

Sônia Braga como la hermana Lúcia (etapa adulta)

Harvey Keitel como el maestro Nichols

Róża Falkiewicz, monja sanada en Nochebuena por intercesión del Beato Jerzy Popieluszko de un grave eccema de contacto: «Las dolencias de antes del milagro nunca volvieron a aparecer; es una gracia de Dios»

Beato Jerzy Popieluszko

* La religiosa sufría inflamación constante de la piel de las manos y los dedos, y el contacto con jabón, champú o productos químicos le provocaba llagas. El dolor era tan intenso que no podía ni siquiera sostener un bolígrafo, y mucho menos lavarse, fregar los platos o limpiar; los detergentes le quemaban la piel. Ella misma dice que «me quedé impactada porque mis heridas sanaron por completo de repente. Mi piel quedó totalmente tersa, totalmente sana. Y así sigue hasta el día de hoy. Incluso puedo usar detergentes y lavavajillas»

Camino Católico.- Al Beato Jerzy Popieluszko, sacerdote y mártir, un "ardiente pastor de la clase trabajadora y del servicio de salud", que fue torturado y asesinado por agentes de la dictadura comunista polaca en 1984 se le atribuyen muchas sanaciones.Una de las curaciones atribuidas a él es la de Róża Falkiewicz, religiosa Ursulina que se encomendó a su intercesión ante una enfermedad debilitante, un eccema de contacto. El testimonio se cuenta en el libro "Los nuevos milagros del padre Jerzy Popiełuszko".

La hermana Róża Falkiewicz reside en el convento de las Ursulinas de la Unión Romana en Breslavia. Filóloga polaca de formación, dedicó años a la educación de niños y jóvenes. Primero en Cracovia, donde fue mentora de estudiantes que vivían en una residencia de monjas; luego en Varsovia; y finalmente en Kiev, Ucrania, donde impartió clases en el seminario y enseñó catequesis en la escuela durante muchos años. Desde 1996, padecía una enfermedad debilitante: eccema de contacto. Sufría inflamación constante de la piel de las manos y los dedos, y el contacto con jabón, champú o productos químicos le provocaba llagas. El dolor era tan intenso que no podía ni siquiera sostener un bolígrafo, y mucho menos lavarse, fregar los platos o limpiar; los detergentes le quemaban la piel.

«Pasaron los años, pero el tratamiento no dio resultado, no hubo mejoría y mis manos seguían sangrando», recuerda la hermana Róża. Ya entonces, se interesaba por la vida y la obra del padre Popiełuszko y rezaba fervientemente por su beatificación. A él le confiaba todos los problemas difíciles que encontraba en su vida, incluso los relacionados con otras personas.

Esto también ocurrió el domingo 13 de diciembre de 2000, cuando participó en la ceremonia de inauguración del busto del padre Jerzy en el Parque Jordan de Cracovia.

«Recuerdo bien aquel día: llegaron delegaciones de empleados de la acería de Varsovia y otros grupos vinculados al padre Popiełuszko; se reunieron representantes de muchas parroquias de Cracovia, autoridades municipales y clérigos. Solo el cardenal Franciszek Macharski no pudo asistir, a pesar de que debía bendecir el monumento, pero enfermó», cuenta la hermana Róża.

La ceremonia tuvo un carácter religioso, con himnos y oraciones . «Le pedí sinceramente ayuda al padre Popiełuszko. Al ver mis manos enyesadas y sangrantes, le mencioné tímidamente que tal vez intercedería ante Dios por mí y obtendría la gracia de la curación», recuerda la monja. También le rogó al padre Jerzy que intercediera para salvar la salud de una estudiante a la que conocía bien del dormitorio. Le confió su vida a Popiełuszko.

Pasaron diez días y llegó la Nochebuena. La hermana Róża confiesa: «Me quedé impactada porque mis heridas sanaron por completo de repente. Mi piel quedó totalmente tersa, totalmente sana. Y así sigue hasta el día de hoy. Incluso puedo usar detergentes y lavavajillas. Estoy profundamente convencida de que el padre Popiełuszko intercedió por mí y me concedió una curación milagrosa».

A partir de entonces, la monja visitaba con regularidad la tumba del bienaventurado mártir. «Me encantaba visitar el antiguo apartamento del padre Popiełuszko, y allí, la señora Katarzyna Soborak, quien, con gran dedicación, siempre me contaba detalles de la vida del padre Jerzy, mostrándome diversos recuerdos, fotos y manuscritos», recuerda la hermana. La señora Katarzyna también recuerda con cariño estos encuentros: «Recuerdo muy bien cómo la hermana Róża vino a nuestro Centro, al antiguo apartamento del padre Jerzy, y cómo me contó sobre su curación milagrosa. Le pedí que escribiera el milagro que había experimentado. Añadí su testimonio a la colección de todas las gracias y curaciones extraordinarias».

«Las dolencias de antes del milagro nunca volvieron a aparecer», asegura la religiosa.

Cabe destacar que, en diciembre del año 2000, el Beato Jerzy Popieluszko obtuvo una segunda gracia para la monja: una estudiante por la que la Hermana Róża había rezado sanó física y espiritualmente. La joven cursaba su segundo año de universidad. Anteriormente había padecido una grave enfermedad y se sometió a un largo tratamiento, sin éxito. La Hermana Róża la ayudó en todo lo que pudo, la apoyó y le dedicó su tiempo. Finalmente, la estudiante abandonó sus estudios y la residencia. Justo cuando la monja la estaba confiando al Padre Popiełuszko en Cracovia, la estudiante sufrió un trágico accidente (la hermana prefiere no dar detalles y solicita confidencialidad). Tuvo que permanecer en casa con sus padres durante varios meses. «Se recuperó, sin embargo, y no quedó rastro del accidente; retomó sus estudios. Experimentó una transformación interior tan profunda que a sus compañeros les costaba creer que fuera la misma chica», recuerda la Hermana Róża. «Le dije que el padre Popiełuszko era su santo patrón, que la había rescatado de la opresión y que había rezado por su salud. Ella se interesó por su vida».

 «¡En absoluto me siento elegida! Considero la sanación como una gracia de Dios. Y la gracia es gratuita, no algo por lo que se paga. La gracia es simplemente gracia», admite la hermana Róża. En sus palabras no hay rastro de orgullo, solo sencillez, humildad y profunda gratitud.

Tomás Páramo, influencer y escritor: «Fuí a un retiro de ‘Vida en el Espíritu’ y supe que Dios existe y que no necesito ni a nada ni a nadie para saber que está a mi lado, que puedo confiar en Él»

Tomás Páramo tuvo su encuentro con Dios en un retiro en el que supo que Dios existía / Foto: Captura de pantalla de YouTube

* «Dios no es moda. Dios es. Yo es que no tengo fe. Yo creo por completo. No estoy loco cuando digo que para mí no hay imposibles. Lo que pasa es que lo tenemos todo cambiado. Escondemos la muerte. Se preguntan: ‘Si Dios existe, ¿por qué permite que se muera un niño de cinco años?’. Es que eso no es Dios. Eso es este mundo, el mismo que a través de la envidia y el egoísmo mató a Jesucristo. La muerte es de este mundo y de ella viene Dios a salvarte. Vivimos de espaldas a la muerte. Impides a un niño ir a un cementerio a despedirse de su abuela y luego en Halloween lo disfrazas de esqueleto Distanciarse del ego es el mayor acto de liberación. Se convierte en una prisión. ¿Por qué no me conformo con lo que tengo y la gente que me quiere?»

   Vídeo de la Editorial Espasa en el que Tomás Páramo cuenta su testimonio de conversión que profundiza en su libro "Caricias de Amor"

Camino Católico.- Tomás Páramo, con 30 años es oriundo de Madrid, padre de tres hijos, fundador y propietario  de la marca de ropa Himba, escritor y uno de los influencers masculinos más reconocidos en España ha vivido una experiencia de conversión, de encuentro con Dios al asistir a un retiro de  ‘Vida en el Espíritu’, que desgrana en su reciente obra "Caricias de Amor" (publicada por Espasa en abril de 2026). La transformación que obró Cristo en él empezó hace cuatro años: En este vídeo de la Editorial Espasa en el que presenta su libro cuenta su testimonio.

“Yo había salido de mi casa con unas ganas locas de tener mi espacio propio con mi mujer y mi hijo. Mi familia tampoco estaba en un buen momento. Llegó el Covid, volvimos a casa y me encontré con algo muy diferente a lo que había dejado. Me costó irme. Coincidió con que a mi mujer y a mí nos estaba yendo bien. Después de muchos años, pude relajarme. Decidí ir a un retiro de vida en el Espíritu. Fui con mi mujer y, para nuestra sorpresa, fue el mejor fin de semana de nuestra vida. Con 17 años yo había estado en Camerún ayudando en un hospital, y cuando vi a todas las familias, que estaban vestidas con trapos, ponerse los mejores vestidos, guapísimos, para ir a una misa de dos horas y media, supe que si Dios existía, estaba en el corazón de esas personas. Pero tampoco sentía nada especial. Después del retiro, supe que Dios existe y que no necesito ni a nada ni a nadie para saber que está a mi lado, que puedo confiar en Él como confío en que si llamo a mi madre y le pido un plato de macarrones, me lo hará. Cuando unas semanas después nació Catalina, vino con un problema de salud. Estuvo 10 días en el hospital. Esa confianza en Dios me hizo saber que a mi hija no le iba a pasar nada. Si yo quería que mi hija sobreviviera, Él también. Antes que hija mía, es Suya. Dios no está en las normas, sino en el amor, del que nace el respeto, y de ahí surge una forma de actuar”, comparte en una entrevista en el periódico El Mundo.

Asegura que tras su encuentro con Dios es más libre:

“Quizá de lo único que no soy libre es de mi propia mente. Soy libre de corazón. Creo que mi mirada hacia el mundo ha cambiado desde que vivo la vida con Dios de la mano. Eres libre cuando empiezas a mirar desde el amor. Si no, te cargas de complejos. Puedes tender a tratar a las personas en función de quienes sean. Darte cuenta de que en cada una de ellas late un mismo corazón te hace poner los pies en la tierra. Soy más libre en la manera de amar, de pensar, de aceptar situaciones que me cuestan. A veces queremos que nos amen por lo que hacemos, en lugar de por lo que somos. El mayor regalo que a mí me pueden hacer, por ejemplo, es una conversación larga en la que podamos encontrarnos dos personas de ideas distintas. Lo que más me duele hoy, también porque lo vivo en primera persona, es la brecha social que hace que la diferencia se transforme en odio”.


Tomás Páramo desde que tuvo su encuentro con Dios se siente más libre para amar y pensar en cuestiones que le cuestan / Foto: Captura de pantalla de YouTube

Tomás Páramo dice que “hay que volver a la esencia. Hay quien dice que cree en Jesús, pero no en la Iglesia. Bueno, la Iglesia la creó Él. ¿Pero qué Iglesia? Si se vuelve al mensaje original, aparece la misión verdadera. A mí me encantaba el Papa Francisco y su forma de vivir la fe. Jesús, el Hijo de Dios, murió en taparrabos. La sencillez tiene que nacer del corazón, sin ser impuesta. Pero no puedes rechazarte a ti mismo. Cuando te llenas de amor, necesitas menos cosas. Amarse a uno mismo es muy difícil. En un año yo pasé de no soportar lo que veía en el espejo a pensar: ‘Me cae bien’”.

Y dice que “Dios no es moda. Dios es. Yo es que no tengo fe. Yo creo por completo. No estoy loco cuando digo que para mí no hay imposibles. Lo que pasa es que lo tenemos todo cambiado. Escondemos la muerte. Se preguntan: ‘Si Dios existe, ¿por qué permite que se muera un niño de cinco años?’. Es que eso no es Dios. Eso es este mundo, el mismo que a través de la envidia y el egoísmo mató a Jesucristo. La muerte es de este mundo y de ella viene Dios a salvarte. Vivimos de espaldas a la muerte. Impides a un niño ir a un cementerio a despedirse de su abuela y luego en Halloween lo disfrazas de esqueleto Distanciarse del ego es el mayor acto de liberación. Se convierte en una prisión. ¿Por qué no me conformo con lo que tengo y la gente que me quiere?”.

Para Páramo el cristiano es alguien que va a contracorriente: “Bueno, cristianos hay muchos. No creo que necesariamente todos crean en Dios. Hace 10 años, yo habría respondido que creía en Dios sin saber en qué creía. Ahora sé que el verdadero cristiano es el que vive mirando al cielo y ante una decisión importante se pregunta cómo lo haría Jesús. Porque cuánta gente forma parte de la Iglesia y está a Dios rogando y con el mazo dando. Mira a Trump subiendo una foto de sí mismo vestido como Jesucristo. ¿Tomaría Él sus mismas decisiones? Pero de repente hay gente que te sorprende porque ha tenido un encuentro con Dios. A mí me pasó con alguien que se subía a los altares desnuda y manchada de sangre para manifestarse. Tuvo una conversión y ahora ves que no necesita nada más y está llena de amor. Si quieres mostrar tu fe, no vale con decirle a alguien que vaya a misa. La alegría y el amor se contagian a través de la forma en la que vives tu vida. Cuando algo nos lo imponen, salimos corriendo. Observo mucho las tonterías de una determinada clase social. Yo no me puedo quejar de nada. He vivido dos extremos en mi vida: mi familia materna tenía el bar del pueblo y trabajaba desde las seis de la mañana a las 12 de la noche. Nosotros nos quedábamos haciendo boquerones en vinagre mientras los señores venían a jugar al dominó. A la de mi padre le fue siempre muy bien. Eso me ha hecho colocarme en un lugar en el que solo puedo mirar a todos por igual. Pero conozco gente que está rota por la forma en la que la han educado, por protocolos y normas, por el qué dirán. Son cargas que nos congelan y nos alejan de lo que somos como personas. Nos debilitan”.

Tomás Páramo afirma que “Dios no es moda. Dios es. Yo es que no tengo fe. Yo creo por completo” / Foto: Captura de pantalla de YouTube

Y le pide a Dios que no le dé más de lo que necesita: “Por mi trabajo vivo en constante conflicto conmigo mismo. A partir de ahí, doy gracias por lo que tengo. Sé que hay lugares en los que quizá no deba estar porque no me hacen bien. Yo cada día me siento menos identificado con lo que se concibe como influencer, aunque yo forme parte de ello a mucha honra y me esmero en dignificarlo. Pero me causa muchísimo conflicto la frivolidad que lo envuelve. Ahora es fácil crecer como ídolo de masas sin la responsabilidad de aportar algo bueno. Desde la pandemia se ha hecho famosa gente por sus bailes, por sus cuerpos o por criticar a los demás porque el odio vende mucho. Cada día me siento más fuera. Empezar a ser conocido me convirtió en un personaje. Quiero dejarlo atrás y ser más yo que nunca. Ahora me planteo cuidar más de mi intimidad. Antes no me importaba tanto. Ahora pienso: ¿y esto a quién le importa? Hemos vivido mucho para contarlo. A veces miró atrás y me cuesta tener recuerdos nítidos de momentos muy espectaculares porque estaba más preocupado por cómo comunicarlos. Ahora quiero vivirlo. Ahora, seas famoso o no, te haces una foto delante del Duomo solo para contarlo. Quiero seguir trabajando cada día, esforzándome en lo que creo. Hacer lo que me nazca del corazón. Ese es mi plan. Miedo no tengo. Que me llamen ultracatólico no me afecta. Sé lo que soy, sé lo que siento y desde ahí no hago daño a nadie. Solo me dan pena los prejuicios de esa persona que lo dice de mí. Yo no soy un ultra. Detesto a la gente ultra”.

Lo que vive Tomás Páramo lo resume en una entrevista en ABC: “La fe lo es todo en mi vida. Habiéndola descubierto en libertad y habiendo descubierto a Dios amor, un Dios que te quiere tal y como eres, que no te juzga, que no te hace de menos, que no oprime tu vida, sino que te ama y te apoya, se ha convertido en el refugio en el que mejor me siento A su lado creo que todo me va bien. A su lado el miedo es mucho más ligero, el dolor de cabeza deja de doler. Y aunque son mi familia, mis amigos y la vida cotidiana quienes me recuerdan quién soy, la fe me permite mirar desde otra perspectiva y ser más consciente de las realidades de quienes me rodean”.