Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

miércoles, 28 de octubre de 2026

Mustapha Amari: «Era musulmán, leyendo los evangelios descubrí al Dios de amor que me hablaba a través de Jesús, mi familia me rechazó y hace diez años que soy sacerdote»

Mustapha Amari, criado como musulmán, se convirtió pese a la oposición de su familia, y ahora es sacerdote en Francia

* «Gracias a Jesús, todas las piezas del rompecabezas encajaron. En Jesús, Dios traza un camino único para cada persona. Dios es universal porque puede elegir el camino adecuado para cada uno, ya sea por enfermedad, por vocación misionera o por cualquier otra circunstancia»

El padre Mustapha Amari explica su conversión del islam al catolicismo y como se hizo sacerdote en el video de Mater Mundi TV del año 2017,  antes de ser ordenado presbitero, cuando ya era diácono

Camino Católico.-  El padre Mustapha Amari, ordenado sacerdote hace casi se años, se convirtió al catolicismo tras una profunda reflexión intelectual, solo para encontrarse con el rechazo de su propia familia y la reticencia de una Iglesia poco acostumbrada a tales situaciones. Finalmente, encontró su lugar dentro del ámbito católico a través de la comunidad de Chemin Neuf. El testimonio de su conversión que cuenta en el vídeo de Mater Mundi TV fue grabado en 2017, antes de ser ordenado sacerdote, cuando ya era diácono.

El atractivo de la universalidad del Evangelio

Si bien muchos conversos del Islam afirman haber encontrado a Cristo a través de profundas experiencias místicas, el camino del padre Amari, que ahora tiene 40 años, fue más gradual e interiorizado. 

Nacido en Argelia en el seno de una familia musulmana que emigró a Francia cuando él tenía 5 años, creció practicando la religión de sus padres, pero sin haber tenido nunca una experiencia genuina de Dios. “Aprendí a rezar, a respetar el Ramadán, respetando las normas. Tuve a la vez una educación moderada y una infancia normal”.

Eso cambió durante sus estudios universitarios en Estrasburgo. Rodeado de musulmanes practicantes, así como de cristianos y ateos, comenzó a cuestionar sus propias creencias y a estudiar filosofía. Se preguntaba: “¿Dios existe o no? ¿Soy musulmán porque mi familia me lo ha enseñado o prefiero tener una experiencia de Dios?”.

«Mi fe floreció primero a través de una cuestión filosófica, antes que de una existencial», afirma al National Catholic Register.

“El primer punto de inflexión fue cuando descubrí a Blaise Pascal, quien no habla del Dios de los filósofos y eruditos, sino del Dios sensible al corazón, el Dios de la Revelación. Fue entonces cuando pensé: ‘Quizás no he comprendido lo esencial al fijarme solo en la razón’”, recuerda.

Un amigo protestante de la universidad le regaló un Nuevo Testamento, que resultó ser un punto de inflexión en su vida. Al leerlo, reflexionó instintivamente sobre toda su existencia y se dio cuenta de que Dios lo había guiado hasta ese preciso momento. «Algo en mi corazón comenzó a abrirse», dice. 

«Era la primera vez que leía una página del Evangelio entera y se me reveló sin darme cuenta. Y un día sin saber por qué tuve verdaderamente la experiencia del amor de Dios. Vi de repente toda mi vida desde el principio. Descubrí al Dios de amor que me hablaba a través de Jesús y siempre estaba ahí para mí. Entendí que yo existía porque me supe amado».

«Los Evangelios me han devuelto la perspectiva sobre el significado más profundo de la existencia y me han hecho comprender que Dios es amor, que fuimos creados para ser amados», dice. «Gracias a Jesús, todas las piezas del rompecabezas encajaron»

“En Jesús, Dios traza un camino único para cada persona. Dios es universal porque puede elegir el camino adecuado para cada uno, ya sea por enfermedad, por vocación misionera o por cualquier otra circunstancia.”

Hasta entonces, siempre se había preguntado por qué su vida había ido tan bien. Tras un año en un barrio difícil al mudarse a Francia, su familia se instaló en un pueblo de la región de Alsacia, donde la gente los recibió con calidez y cariño. Sintió que por fin estaba recibiendo la respuesta que su corazón había anhelado durante tanto tiempo.

Había intentado regresar al islam, pero no encontraba otra razón que sus raíces. Sentía que la religión de sus padres estaba demasiado influenciada por la cultura y que no le permitía acercarse a Dios, ya que su concepción de la trascendencia excluye la búsqueda de signos tangibles de la presencia divina. 

Mustapha Amari es un sacerdote muy activo en la evangelización entre los jóvenes

Todo o nada

Pero en aquel momento, aún no era consciente de que elegir a Jesús le exigiría grandes sacrificios, empezando por su propia familia. Todavía no había sido bautizado cuando su padre lo repudió y su madre dejó de contestar sus llamadas. 

Entonces él tenía 20 años y recuerda que su padre “empezó a ver que algo estaba pasando y comenzó a tener conmigo una relación cada vez más tensa al ver que me estaba volviendo católico”.

Pronto llegó un ultimátum por parte de su padre. Le dijo: “Si eres musulmán te quedas en casa, pero si eres cristiano tienes que irte”. Mustapha confiesa que ese día “elegí a Jesús”. 

“Como no quería mentirle dije a mi padre: ‘papá, soy cristiano’. Él dio un puñetazo encima de la mesa y tuvo que cortar con todo. Me tuve que ir a Estrasburgo y desenvolverme solo”.

En ese proceso descubrió las grandes diferenciabas entre el islam y el cristianismo. En el islam –cuenta- “Dios está en el cielo y hay que hacer esfuerzos para merecer algo. Dios no se daba a sí mismo, hacía falta mucho esfuerzo. Y el Dios de los cristianos es Él quien viene a nosotros. Para mí la diferencia es quien hace el trabajo. En el cristianismo es Él quien lo hace”.

Estuvo cinco años completamente separado de su familia. Y un día rezando pidió a Dios que al igual que en el Evangelio hiciera un milagro y le reconciliase con su padre. Una semana después sus padres fueron a verlo a Estrasburgo. “Dios escuchó la oración”, reconoce.

En realidad su padre quería convencerlo para que regresara a la fe musulmana, pero al menos pudo verlo. “Le dije que iba a ser sacerdote y célibe. Me dijo entonces que la única forma de volver a casa es siendo musulmán, pero que si seguía siendo cristiano no sería su hijo”.

“Sé que él me quiere”, afirma Mustapha, que explica que su padre actúa así porque “para ganar su cielo no puede aceptar que yo sea cristiano”.

La Iglesia, por su parte, no lo recibió precisamente con los brazos abiertos al principio. Cuando preguntó sobre el bautismo en una parroquia local de Estrasburgo, dice que le dijeron que volviera después del verano, y luego que tendrían que consultar con el obispo porque era "un caso especial".

“Sentí que se estaban tomando precauciones. Me molestó un poco, pero de alguna manera lo entendí”, asegura.

La dolorosa pérdida de su familia hizo que su compromiso fuera aún más urgente. «Me dije a mí mismo que no podía aceptar renunciar a mi familia solo para que mi fe cristiana consistiera en nada más que ir a misa los domingos. Tu vida con Jesús tiene que ser del 100%, de lo contrario no vale la pena». 

La decisión de ingresar al sacerdocio se hizo evidente para él después de un año de voluntariado y un retiro ignaciano de silencio de un mes. La sensación de haber recibido innumerables gracias durante su camino de conversión venció su temor inicial a la soledad y al celibato. 

“El versículo bíblico que dice: ‘A quien mucho se le da, mucho se le exigirá’ resume toda mi vida”, añade. 

Mucha gente no tiene la gracia de encontrarse con Jesús, así que ¿por qué yo?, se preguntaba constantemente. «Sentía que si seguía recibiendo sin dar de mí mismo, sería como una fruta podrida en una rama». Descubrir el estilo de vida propuesto por la carismática comunidad de Chemin Neuf —basado en la vida comunitaria y la responsabilidad compartida de laicos y clérigos— le brindó el equilibrio que necesitaba. Fue ordenado sacerdote en 2017 como miembro de la comunidad y actualmente está adscrito a una parroquia en las afueras de París.

Mustapha, a la izquierda, el día de su ordenación diaconal

Las dificultades derivadas de su conversión no desaparecieron con su vocación religiosa. Si bien nunca sufrió represalias directas por abandonar el islam, pronto tuvo que limitar sus testimonios en línea a las plataformas de la comunidad católica. «Cuando abrí mi cuenta en TikTok, allá por 2018-2019, recibí comentarios muy violentos y tuve que parar; no estaba preparado para esto». 

Él reconoce que la comunidad de creyentes le dio la fuerza necesaria para afrontar la adversidad y la soledad a lo largo de los años. Experimentó esto a través de lo que considera una parábola una noche en Portimão, al sur de Portugal, donde dirigía un festival con su comunidad para 4000 jóvenes la semana anterior a la Jornada Mundial de la Juventud 2023. También era el cumpleaños de su madre, y trató de llamarla cinco minutos antes de subir al escenario. 

«Como siempre, se negó a responder», dice. Unos minutos después, con renovada determinación, invitó a los jóvenes a entregar sus vidas a Jesús. «Vi a miles de ellos acercarse, arrebatados por el fervor. Es una de las imágenes más hermosas de mi vida», afirma.

Insiste en que no guarda rencor a sus padres. Reconoce que, al convertirse al cristianismo y luego ordenarse sacerdote católico, les exigió mucho. Si bien recientemente ha comenzado un proceso de reconciliación con ellos a través de la oración, también señala que esta ruptura ha tenido repercusiones en su propia familia. De niño, su excelencia académica le granjeó el favor especial de su padre, a veces en detrimento de sus hermanos. 

“Perdí mi lugar en la familia”, dice el padre Amari, “pero se lo dieron a mis hermanos y hermanas de otra manera. Y eso es maravilloso”. Por su parte, Dios le dio “una familia multiplicada por cien”: una comunidad religiosa, hermanos y hermanas, y casas por todo el mundo.

John Smith, de 14 años, cayó a un lago helado y estuvo muerto 45 minutos: Cuando llegó su madre, gritó: «’¡¡Dios Santo!! ¡¡Por favor, envía a tu Espíritu Santo a salvar a mi hijo!!’; y dijeron: ‘¡Tenemos pulso, es un milagro!’»

John Smith, cuando compareció ante los medios, ya recuperado

* «Para ser honesto, no recuerdo mucho, aunque sí recuerdo los tubos… Sabía que había un montón de gente ahí en un rincón rezando por mí. Y escuchando lo que dicen los médicos, estoy sorprendido del resultado. Es un milagro que esté vivo, y doy gracias a Dios por estar vivo. Y debe de haber una razón por la que estoy vivo, así que voy a seguir lo que Dios tenga preparado para mí durante toda mi vida»

Camino Católico.- Un hombre caminaba cerca de uno de los lagos de Lake St Louis (ciudad cercana a St Louis, Missouri, Estados Unidos) cuando vio tres niños jugando sobre su delgada superficie helada. Les advirtió del peligro y les dijo que salieran. Los chicos obedecieron, pero cuando caminaban hacia la orilla, la advertencia se cumplió y desaparecieron en el agua.

Un cuarto de hora a 4°C

Cuando llegaron los servicios de rescate, rápidamente avisados, uno de ellos estaba casi en la orilla y otro se mantenía sobre el hielo, pero el tercero... seguía en el agua. Según declaró el jefe de bomberos, Chris Fay, al canal local KSDK (afiliado a la NBC), tardaron entre 13 y 15 minutos en sacarle. Los sanitarios le encontraron sin pulso, aunque consiguieron recuperar "algunos signos de vida" y le llevaron al Hospital Infantil San José.


Allí el médico que recibió en el servicio de urgencias a John Smith, de 14 años, era casualmente Kent Sutterer, padre de una compañera de John en la Living Word Christian School: "La idea que me hice fue muy triste, porque había muy pocas posibilidades de supervivencia", explica el doctor, quien registró su temperatura y era de unos peligrosos 31,1°C.



Una de las deportivas de los chicos quedó en la superficie del lago, como testigo de la tragedia... que no llegó a suceder

Se pusieron manos a la obra y estuvieron 27 minutos realizando maniobras de resucitación cardiopulmonar, que se sumaron a las que el equipo de emergencias había realizado desde el momento en el que le sacaron del agua y durante su traslado al centro hospitalario.


Invocación al Espíritu Santo


"Estuvo muerto durante 45 minutos", afirma el doctor Sutterer. Fue entonces cuando salió a hablar con su madre, Joyce, que ya había llegado, para trasladarle las pésimas perspectivas e invitarla a entrar en la habitación y ver a su hijo.


Y sucedió lo inesperado.


Al entrar la señora Smith en la sala de resucitación, "empezó a rezar a voces", evoca el médico. "No recuerdo qué dije", afirma Joyce, "pero sí que grité «¡¡Dios Santo!! ¡¡Por favor, envía a tu Espíritu Santo a salvar a mi hijo!! ¡¡Quiero a mi hijo, por favor, sálvale!!» Hasta ese momento no habían tenido pulso, y de repente les escuché decir: «¡Tenemos pulso, tenemos pulso!»".



Brian y Joyce, los padres de John


"Uno o dos minutos después, su corazón funcionaba de nuevo", dice Sutterer, quien no duda en añadir: "Su corazón arrancó cuando el Espíritu Santo escuchó la oración de su madre".


Ni rastro de lesiones graves

Pero eso aún no implicaba victoria, porque las lesiones causadas por la hipotermia y por la falta de riego sanguíneo podían ser devastadoras y todavía presentaba síntomas incompatibles con la vida. Dos horas después del accidente, John fue transportado por vía aérea al Centro Médico Infantil Cardenal Glennon para su mejor observación y tratamiento.


Allí le atendió el doctor Jeremy Garrett, veterano pediatra intensivista, quien, a pesar de que le recibió ya con pulso, va más lejos que Sutterer a la vista del estado interno que se esperaba encontrar y el shock circulatorio: "Es un auténtico milagro". Aunque la inmersión en agua helada puede preservar la función cerebral en pacientes con problemas de corazón, explica, "eso no tendría que haber funcionado en el caso de John", pues no sucedió de manera controlada: "Por lo cual, que el cerebro de John se haya enfriado protegiéndose así de la falta de riego sanguíneo y de oxígeno, es un milagro en sí mismo".



Los doctores Jeremy Garrett (izquierda), pediatra intensivista, y Kent Sutterer (derecha), médico de urgencias, coinciden en señalar como "milagro" que John sobreviviese a lo que le pasó


La familia intensificó sus rezos, y el martes 20 hizo una declaración pública ante el interés que había suscitado lo acontecido: "Confiamos en Dios para su curación. Hemos visto el poder de la oración. Pedimos oraciones por nuestro hijo".



John Smith, rodeado de su familiares y del equipo médico que le trató


Lebron James vs Michael Jordan

Y ni siquiera el experimentado Garrett esperaba lo que sucedió: 48 horas después del accidente, John abrió los ojos. El doctor le hizo un reconocimiento neurológico aprovechándose de la pasión del chico, el baloncesto: "Le dije, imagina que tu mano izquierda es Lebron James y tu mano derecha es Michael Jordan. Luego les hice una serie de preguntas y las respondió todas perfectamente".



Los compañeros del equipo de baloncesto de John le visitaron en el Hospital Cardenal Glennon


Al cabo de dos semanas de estar al borde de la muerte por hipotermia y parada cardiorrespiratoria prolongada, y tras recuperar mediante rehabilitación parte de la movilidad perdida de las manos, John recibió el alta y se fue a su casa.


"Voy a seguir lo que Dios tenga preparado para mí"


Y ¿qué dice él de todo esto? "Para ser honesto, no recuerdo mucho, aunque sí recuerdo los tubos", dice el joven, a quien no ha faltado la compañía del pastor de su comunidad, Jason Noble: "Sabía que había un montón de gente ahí en un rincón rezando por mí. Y escuchando lo que dicen los médicos, estoy sorprendido del resultado. Es un milagro que esté vivo, y doy gracias a Dios por estar vivo. Y debe de haber una razón por la que estoy vivo, así que voy a seguir lo que Dios tenga preparado para mí durante toda mi vida".


Su padre Brian, está también convencido de que alguna intervención sobrenatural hubo: "Sé que no encaja en nuestras estrechas mentes actuales, pero... no puedes negar la evidencia clínica".

Rafael Quirós dejó a su novia y su trabajo de informático para ser sacerdote y misionero en Benín pese a que puede ser asesinado: «Me fío de Dios, mi fuerza proviene de Él; proclamo que Dios ha dado la vida por ti»


Rafael Quirós contando su camino con Dios y su vocación misionera | Foto: Obras Misionales Pontificias

* «Yo tenía novia, yo trabajaba, todo me iba muy bien. Pero en un momento me doy cuenta de que algo faltaba en mi vida, que necesitaba algo más. Esta inquietud acabó llevándome al sacerdocio y a la misión, pero me enfadé un poco con Dios porque dije: ‘déjame tranquilo, tengo 30 años, estoy bien, todo me va bien, soy buen chico. Voy a misa los domingos, me porto bien con la gente’»

Vídeo de Obras Misionales Pontificias en el que Rafael Quirós cuenta su testimonio

Camino Católico.- “No busco ser mártir, pero hay que aceptar el riesgo; me fío de Dios, mi fuerza proviene de Él”, dice el misionero Rafael Quirós, que vive la misión en una zona de riesgo en Benín amenazada por el terrorismo yihadista. Este sacerdote diocesano de Barbastro, dejó a su novia y su trabajo como informático para ser presbítero y anunciar a Jesucristo.

“Sigo porque aquella gente necesita que estemos”, asegura pese a saber que puede ser asesinado. Para Rafael, la misión es estar junto a quienes más lo necesitan y devolverles la dignidad que tienen como hijos de Dios, incluso arriesgando la propia vida. En esta entrevista con las Obras Misionales Pontificias, comparte su día a día, la alegría de la gente y la fe de una comunidad que sigue adelante en medio de las dificultades.

Su primer destino en 2011 fue una remota parroquia de Fô Bouré, en la diócesis de N’Dali, en el norte de Benín. Allí pasó una década trabajando en la agricultura de subsistencia, la atención comunitaria y la creación de lazos con diferentes etnias locales como los baribas, peúles y gandos. Fue en 2020 cuando el obispo le pidió que fundara una nueva parroquia desde cero, Nuestra Señora del Pilar en Mari Besen Gbere, una zona rural con apenas un 2% de población católica.

Recuerda que era informático y tenía una vida sin problemas: “Yo tenía novia, yo trabajaba, todo me iba muy bien. Pero en un momento me doy cuenta de que algo faltaba en mi vida, que necesitaba algo más. Esta inquietud acabó llevándome al sacerdocio y a la misión, pero me enfadé un poco con Dios porque dije: ‘déjame tranquilo, tengo 30 años, estoy bien, todo me va bien, soy buen chico. Voy a misa los domingos, me porto bien con la gente’”.

Y así acabó como misionero en Benín, un país muy pobre. Él está en una zona rural de sabana arbórea: “Imaginaros chozas, pero ahora ya no es tan bonito ni tan romántico, porque ya no son chozas con techos de paja, sino que ya ponen las chapas onduladas, lo cual es un error porque dan un calor espectacular, pero no hay que cambiarlas cada año ni repararlas cada año”. Se trata de una economía de subsistencia, pero a pesar de ello “lo que encuentras es alegría. Es gente con ganas de sonreír, con ganas de pasarlo bien”.

Rafael Quirós trabajando en la misión en Benín | Foto: Obras Misionales Pontificias

Este misionero aragonés reconoce que cuenta con muchos catequistas y muchos fieles comprometidos con la fe, que le ayudan porque está solo, y “son ellos los protagonistas de la Iglesia. Al fin y al cabo, yo soy un extranjero y hablo su lengua bastante regular. Lo intento, celebro las misas solo en sus lenguas. No la celebro ni en francés”. En el territorio hay entre 30 y 40 pueblos. Reconoce que por ahora solo llega a diez: “En este momento al que más lejos llegó está a 28 kilómetros. Unos kilómetros de pistas infernales”. Cuando llueve son verdaderos barrizales y, “de hecho, la gente se sorprende, los locales se sorprenden de que llegue”.

Y tiene claro a qué va, a “hablar de Jesucristo, dar la buena noticia, anunciar que Dios ha dado la vida por ti y que merece la pena y que es algo que puede devolver la dignidad a cualquier persona”.

Y es que, añade, “los misioneros hacemos la mejor opción social que puede haber, que es devolver la dignidad a la persona para que pueda luchar, para que haya educación, para que haya sanidad, para que haya derechos sociales, hablar de Jesucristo”. No es una cuestión de resultados, porque “Dios hace las cosas a su manera y a mí me toca sembrar y que recoja Dios”. En los pueblos se sorprenden porque dicen “nadie viene a vernos, ni la policía, ni los alcaldes, no viene a vernos nadie y qué se le ha perdido aquí que somos cuatro chozas perdidas en medio del campo, en medio de unos bosques”, pero, explica Rafael, “yo no soy el mensaje, yo soy el mensajero, el mensaje es el que es importante”.

La misión está en una zona de alto riesgo por el yihadismo. Allí tiene desplazados, gente que ha abandonado sus hogares más al norte y “vienen buscando campos donde poder cosechar, labrar y poder sacar a sus familias adelante”. Hay tensión y hay miedo, porque los asesinos no avisan: “Llegan un día dando tiros con motos y matan, secuestran, violan, hacen todas las barbaridades que quieren”. Reconoce que no tiene miedo, quizá “porque en mi parroquia no ha habido ningún acto todavía o porque soy un descerebrado, que también pasa un poco, o porque me fío de Dios”. Solo dice que “sigo porque aquella gente necesita que estemos”. Además, “tengo al lado, en una parroquia, a un cura nigeriano del norte. Es un chaval joven. Y su testimonio me pareció increíble porque me dijo que los curas del Norte de Nigeria nos ordenamos sabiendo que es muy fácil que vayamos al martirio. Cada misa que celebramos, y eso me tocó el corazón, la hacemos como si fuera la última misa, porque no sabemos si volviendo a casa nos van a matar”.

Elliott Moore, hijo de un pastor presbiteriano: «Abracé el catolicismo porque estar en la presencia física del cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo en la adoración eucarística me conmovió el corazón»

 Elliott Moore se ha hecho católico por su encuentro con Jesucristo en la adoración e impulsado por el rezo del santo rosario | Foto: Instagram de Elliott Moore

* «A pesar de haber sido fervientemente contrario a la Iglesia Católica. Comencé a investigar y comprender los argumentos católicos en torno a la autoridad eclesiástica, la sucesión apostólica, el Papa, la oración a los santos, la fe en la Virgen María, los sacramentos, la salvación y, sobre todo, la Eucaristía. Las incoherencias en las iglesias protestantes me impulsaron al catolicismo. Pese a mi inicial falta de comprensión y aceptación de las enseñanzas católicas sobre María, el Santo Rosario también desempeñó un papel fundamental al guiar mi corazón hacia la entrega absoluta a los pies de Jesús»

Camino Católico.- “No esperaba convertirme al catolicismo y solo por la gracia de Dios he experimentado cómo su plan perfecto se desarrollaba en mi vida. Fui bautizado presbiteriano, me crié en una familia presbiteriana y mi padre es pastor presbiteriano”,  relata el joven converso Elliott Moore en su testimonio en Yes Catholic.

“Tras visitar una gran variedad de iglesias a lo largo de los años, me di cuenta de que, sin importar dónde estuviera, cada persona tenía respuestas ligeramente diferentes a las preguntas más importantes sobre los sacramentos y la salvación. No podía saber con certeza quién tenía razón y quién no. Me sentía sin fundamento y no podía afirmar con seguridad si estaba viviendo en la Verdad”, recuerda.

Elliott Moore buscó e investigó la verdad en medio de las incoherencias de las iglesias protestantes y se ha hecho católico | Foto: Instagram de Elliott Moore

“Solo contaba con mi propia interpretación y opinión personal, lo cual era totalmente insuficiente. Se hizo evidente para mí que, si el cristianismo era verdadero, debía existir algún tipo de autoridad superior que pudiera mediar en las disputas denominacionales y unificar la fe cristiana. Esta autoridad, a mi parecer, era absolutamente necesaria, porque sin ella la verdad se convertía en arenas movedizas de opiniones divergentes, dejando que las preguntas se hundieran sin base”, reflexiona Elliott.

“Esta comprensión me llevó naturalmente al catolicismo, a pesar de haber sido fervientemente contrario a la Iglesia Católica. Comencé a investigar y comprender los argumentos católicos en torno a la autoridad eclesiástica, la sucesión apostólica, el Papa, la oración a los santos, la fe en la Virgen María, los sacramentos, la salvación y, sobre todo, la Eucaristía”, reconoce.

“Las incoherencias en las iglesias protestantes me impulsaron al catolicismo, pero la Eucaristía fue lo que me hizo permanecer en la fe. Estar en la presencia física del cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo en la adoración eucarística me conmovió el corazón profundamente. A pesar de mi inicial falta de comprensión y aceptación de las enseñanzas católicas sobre María, el Santo Rosario también desempeñó un papel fundamental al guiar mi corazón hacia la entrega absoluta a los pies de Jesús”, transparenta este joven.

Elliott Moore peregrinó por las iglesias católicas de Baltimore antes de hacerse católico | Foto: Instagram de Elliott Moore

“A la luz de estas nuevas revelaciones que me guiaban de regreso a la Iglesia que Cristo fundó, comencé a publicar contenido en Instagram hablando sobre mi camino explorando el catolicismo. Para mi gran sorpresa, una cuenta muy popular, @platinggrace, se puso en contacto conmigo y me invitó a una peregrinación a Baltimore para explorar las iglesias católicas más antiguas de Estados Unidos. Anteriormente, solo había experimentado el aspecto teológico de la Iglesia, pero ahora, después de conocer al Padre Leo y de estar en contacto con personas reales que viven su fe en las impresionantes catedrales que visitamos en Baltimore, todo empezó a tener sentido. Al regresar a casa, tomé la decisión de entregarme a la voluntad de Dios, dejando de confiar en mi propia comprensión errónea. Me uní a OCIA (Orden de Iniciación Cristiana de Adultos, antes la RCIA) y, casi un año después, ¡fui recibido oficialmente en la Iglesia Católica!", concluye.

María Elena Rocha perdió a su esposo y sus dos hijos en el terremoto de Venezuela: «Dios es mi gran amigo y le agradezco por la vida; no estoy sola, porque le tengo a Él, y a la Santísima Virgen María, que sabe lo que es este dolor»

María Elena Rocha perdió a su esposo y sus dos hijos en el terremoto de Venezuela. En la imagen la familia Moreira Rocha. De izquierda a derecha: Ricardo, María Elena, Enrique y Wilson, el esposo  | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

* «Peleé con Dios. Quedé con rabia. ‘¿Por qué me dejaste aquí? ¿Yo soy tan mala como para tener que quedarme aquí?’ Sin embargo, yo entregaba todo mi sufrimiento a Dios por la santificación de sus almas…Le pido a Dios que pueda cumplir mi misión rapidito para poder ir al Cielo, porque es lo que más añoro hoy en día. Incluso antes no tenía miedo a la muerte porque ese es nuestro destino: morir para vivir, y yo quiero vivir con Dios. Estoy abandonada a lo que sea que decida la Providencia»

Camino Católico.-  El 24 de junio de 2026, María Elena Rocha se encontraba en Caracas. Ese miércoles, feriado en Venezuela, decidió emprender una peregrinación junto a dos amigas para visitar lugares emblemáticos vinculados a los primeros santos venezolanos: Santa Carmen Rendiles y San José Gregorio Hernández.

La devoción hizo más cortos los sinuosos 40 kilómetros que separan a Tanaguarena, en La Guaira, de la ciudad capital. Allí vivía María Elena, en el edificio Caribbean Golf I, junto a su familia: su esposo Wilson, y sus hijos Ricardo, de 25 años, y Enrique, de 22 años. Ellos decidieron quedarse en casa ese día.

En Caracas, el día transcurrió con normalidad. María Elena y sus amigas habían visitado el Colegio Belén, en donde reposan los restos de Madre Carmen. Luego llegaron a la Casa Museo de José Gregorio Hernández y terminaron su peregrinación con una Misa en la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, donde también descansan los restos del médico de los pobres.

Los terremotos y la incertidumbre

6:04 de la tarde: María Elena y sus amigas hacían la fila para comprar un helado. Las nubes muy grises en Caracas anunciaban tormenta, pero el estruendo no llegaría del cielo sino de la tierra. A esa hora el suelo se movió con violencia extrema y el pánico se apoderó del ambiente. Las tres salieron como pudieron del centro comercial donde se encontraban.

Pronto colapsó el servicio eléctrico, cayeron el internet y las líneas telefónicas. Solo dos horas después, el grupo pudo sacar el auto de donde se encontraba estacionando y emprendieron el viaje de regreso a Tanaguarena, que esta vez pareció eterno.

Wilson, el esposo de María Elena Rocha, junto a sus hijos Ricardo y Enrique de vacaciones | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

María Elena cuenta a EWTN News Español que lo que se encontró en La Guaira parecía sacado de una película de terror. Ya entrada la noche, solamente los incendios rompían la oscuridad. Edificios enteros derrumbados. Personas buscando desesperadas entre los escombros y otras, lamentablemente, robando y saqueando. Había gritos, lamentos y llanto.

El camino hacia su hogar fue complejo. No solo por lo dañada que estaba la carretera, sino también por la conmoción que producía aquel panorama. Cada metro recorrido, cada escena de dolor y destrucción, era un golpe a la esperanza que aún mantenía María Elena de volver a encontrarse con los suyos. Solo a pie pudo llegar a su residencia.

María Elena se enfrenta a un dolor inimaginable

Era cerca de la medianoche cuando María Elena vió que en el lugar donde antes estaba el Caribbean Golf I ahora solo había una enorme pila de escombros. La mujer de 49 años dice haber sentido, paradójicamente, una gran paz interior a pesar de la tragedia. En medio de la confusión, le avisan que uno de sus hijos estaba vivo, pero atrapado en los escombros. Con mucho esfuerzo, María Elena se acercó al lugar.

Era Enrique, su hijo menor. Estaba malherido pero podía comunicarse con su madre. Las primeras horas luego de los terremotos fueron un caos en La Guaira, los rescates se hacían con las manos porque no se disponía de las herramientas necesarias para actuar con rapidez. Fue una madrugada larguísima, en la que Enrique le pedía a María Elena que no lo abandonara: “Tranquilo hijo que yo nunca te voy a dejar solo”, respondía.

María Elena Rocha junto a su hijo Enrique con el que habló cuando estaba sepultado bajo los escombros y todavía vivo antes de morir | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

Así llegó la mañana y después la tarde. Enrique, aprisionado y adolorido, no resistió. María Elena, siempre cerca, dice haber escuchado su último aliento: “Él esperó por mí para dar su último suspiro”. Enrique murió en el lugar, junto a su padre y a su hermano mayor. Fue días después que los rescatistas lograron recuperar sus cuerpos, a los que María Elena pudo dar cristiana sepultura.

“Dios es mi gran amigo”

Impresiona escuchar a esta mujer contar su historia. Aún derramando un par de lágrimas, dice con firmeza después de la tragedia: “Mi fe aumentó”. Pero el camino naturalmente no ha sido fácil sino lleno de dolor, de reproches e incluso —en algún momento— de rabia contra Dios. María Elena quedó sola y muchas veces pidió respuestas.

“Peleé con Dios. Quedé con rabia. ‘¿Por qué me dejaste aquí? ¿Yo soy tan mala como para tener que quedarme aquí?’ Sin embargo, yo entregaba todo mi sufrimiento a Dios por la santificación de sus almas”, recuerda.

Su gran refugio siempre ha sido la fe. Ahora asiste regularmente a un grupo de oración en una parroquia caraqueña que, asegura, le ha sido muy provechoso. Busca ganar indulgencias para su esposo e hijos y dice siempre tratar de estar alegre y “que los demás vean a Dios en mí”.

“A pesar de la gran pérdida que tuve, mantengo el humor. Esa es una de las cosas que yo pedí a Dios cuando falleció mi hijo Enrique. Acepté su muerte con mucho dolor, se lo entregué a Dios, pero le pedí que no me quitara la alegría porque yo siempre fui la alegría de mi casa. Eso era lo que decían mis hijos y mi esposo”, comenta.

“Yo quiero que mi esposo y mis hijos sientan orgullo de su esposa y de su mamá. Yo sé que si yo estoy feliz, ellos van a estar felices. La felicidad es una decisión y yo decidí entregarle a Dios el ser feliz, porque Él nos quiere a todos felices”, añade.

Este 24 de octubre se cumplen cuatro meses de aquel día terrible. Más de 6.000 venezolanos perdieron la vida en cuestión de segundos, miles quedaron heridos y otros tantos aún están desaparecidos. Muchísimas personas ahora viven en medio del dolor y aún así, créame estimado lector, es común escucharlos decir —sacudiéndose el polvo como María Elena—: “Dios es mi gran amigo”.

“A pesar de todo, agradezco a Dios. Por haber podido hablar con mi hijo menor en ese momento. Ya agradezco a Dios por la vida”, aseguró esta admirable venezolana, pero añade con ese humor que nunca perdió por pura gracia divina: “Aunque le pido que me lleve rápido”.

“Le pido que pueda cumplir mi misión rapidito para poder ir al Cielo, porque es lo que más añoro hoy en día. Incluso antes no tenía miedo a la muerte porque ese es nuestro destino: morir para vivir, y yo quiero vivir con Dios”, dice.

María Elena asegura no saber aún qué va a ser de su vida pero afirma que “estoy abandonada a lo que sea que decida la Providencia”.

Un mensaje para Venezuela sobre el valor del sufrimiento

La Iglesia nos enseña que Dios no quiere el sufrimiento por sí mismo ni es su causa directa. La explicación de cómo puede Dios permitir el mal sin ser su autor es profunda, pero no resuelve por completo el dolor de cada pérdida. Por la fe creemos que Dios puede sacar bien incluso del mal, pero eso no convierte la muerte de inocentes en algo bueno ni justifica la tragedia.

Ese sufrimiento puede adquirir un sentido cuando se vive unido a Cristo. Como ocurrió en Venezuela después de los terremotos, el dolor puede despertar solidaridad, responsabilidad mutua y aún puede ayudar a una sociedad a preguntarse qué debe hacer mejor. Esta es la convicción de María Elena.

“Tenemos años sufriendo. Háganlo para que vean, que cuando uno entrega ese sufrimiento a Cristo, todas las cositas que nos pasan. Momentos de rabia e indignación, entregarlos a Jesús por beneficio de alguien. Van a ver cómo vienen las bendiciones”, dice.

María Elena Rocha luego de rescatar intacta de los escombros una estatua de Nuestra Señora de Fátima, perteneciente al Centro Luso Venezolano de Vargas | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN

“Y otra cosa: agradezcan todo a Dios. Es increíble, cuando tu agradeces a Dios por las cosas malas y buenas, las bendiciones van a venir. No digo que no vayan a seguir habiendo problemas, porque yo sigo teniendo muchas cosas que enfrentar pero cuando estamos con Dios las cargas son más ligeras”, añade María Elena.

Aunque a los ojos del mundo puede parecer que ahora tiene por delante un camino marcado por la desesperanza, esta mujer no duda un segundo en mirar a la cámara y, después de haber tenido que ponerle el pecho a tanto, decir con firmeza:

“No estoy sola, porque tengo a Dios, tengo a la Santísima Virgen María, que ha estado siempre conmigo y la he sentido. Quien mejor que ella, que sabe lo que es este dolor”.