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viernes, 11 de septiembre de 2026

Ricardo Pareja Meseguer era un «punky» drogadicto, su tía rezaba por él, unos neonazis lo apalearon y Dios lo atrajo hacia sí, se casó y es padre de 9 hijos: «Descubrí que si tienes el Espíritu de Jesucristo, tienes un corazón dispuesto a amar»

Ricardo Pareja Meseguer pasó de punk a formar una familia numerosa con 9 hijos tras su conversión

* «Apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui. El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro»

Vídeo del testimonio de Ricardo Pareja Meseguer transmitido en directo por el  Camino Neocatecumenal Internacional el 23 de noviembre de 2020

Camino Católico.- Ricardo Pareja Meseguer vive su fe en el Camino Neocatecumenal, evangelizador en las redes sociales, donde da testimonio de su conversión al Señor en primera persona, actualmente está felizmente casado y es padre de nueve hijos. Sin embargo, Ricardo, en los años 80, era un «punky» drogadicto, que no quería saber nada de Dios. Su tía rezaba por él y Ricardo continuaba entregado a su vida desenfrenada. Un día, unos neonazis lo apalearon brutalmente y Dios lo atrajo hacia sí estando en el hospital sirviéndose de su tía que le propuso ir a una convivencia y decidió asistir. Ahí en ese encuentro es donde el Señor le estaba esperando para iniciar su transformación. Esta es su historia contada por él mismo:

Ricardo Pareja Meseguer con su familia

«Descubrí que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí; que Dios me amaba tal como yo era, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados; que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo»

Provengo de una familia de cuatro hermanos, siendo yo el mayor de ellos. Mis padres, a pesar de ser bautizados y casados por la iglesia, no han sido practicantes; aunque han sido padres de valores y siempre me he sentido amado por ellos. Mi abuelo materno era profundamente religioso y en mi niñez antes de darme la moneda del domingo me leía textos de la Sagrada Escritura. Era una semilla en mi vida que después iría  descubriendo. 

Mis padres me apuntaron a un colegio religioso con la convicción de que era lo mejor, pero en mi no resultó así, me sentí muy agobiado, exigido y la religión católica se convirtió en algo incómodo, algo que me limitaba, algo que me privaba de libertad, o al menos eso pensaba. 

Al acabar los estudios de EGB (nivel secundario) me apunté a una academia de peluquería. Allí estuve varios años y aprendí el oficio de peluquero. Pero allí también pasé una mala experiencia. Era un chico tímido y tenía que batallar con un centenar de chicas y clientas y esto me superaba hasta el punto que de los nervios tenía grandes dolores de estómago y cada día acababa con vómitos después de un gran malestar. 

En esta situación conocí a una chica punk y me fascino ese mundo. Entrar en él era como salir de golpe de la timidez y echarle cara a todo y como no, para esta hazaña necesitaba la ayuda del alcohol y de las drogas. Yo era uno de esos «punkies» de mediados de los 80 que estaba metido en la droga, siempre borracho, iba con una cresta de gallo y encadenado con cadenas gruesas, no me lavaba, andaba con unos colegas donde el amor libre y la homosexualidad era el ambiente dominante. Realmente estaba hecho un asco y nadie daba un céntimo por mi vida, todo era egoísmo, llamaba la atención de las chicas y lo aprovechaba para usarlas a mi antojo… era un indeseable.

En casa la situación era imposible: mi madre siempre en vilo esperando que cualquier día me encontraran por ahí, en una cuneta. Mis padres, los pobres, sufrían muchísimo y parecía que a mí no me afectaba nada, pero al mismo tiempo había quien rezaba todos los días por su sobrino, una hermana de mi madre que confiaba en el poder del Señor para sacarme de aquella vida y que siempre que tenía oportunidad me hablaba de Cristo y me invitaba a rezar… pero yo solo la escuchaba por respeto, no me interesaban esos «rollos».

En esta situación, cuando peor estaba, el Señor, que ya había intentado atraerme con lazos de amor sin éxito, me hizo vivir una experiencia que cambió mi vida para siempre… Un día me cogieron un grupo de neonazis, me golpearon con barras de hierro en la cabeza hasta que todo yo era brechas de sangre y me dejaron medio muerto en mitad de la vía pública mientras la gente deambulaba alrededor sin hacer ni decir nada. Me recogió una ambulancia y estuve ingresado dos semanas en el hospital. Poco antes de recibir el alta me dijeron que ya no vería nunca más por un ojo… 

Entonces apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui.

El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro.

Al participar en ese seminario muchas cosas me impactaron. Por ejemplo, descubrir que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí. Que Dios me amaba tal como yo era a pesar de que era despreciable, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados. Que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo, que yo me había pasado la vida buscando el sentido y el sentido era amar y esto no lo podía realizar yo, que es un don de Dios.

Ricardo Pareja Meseguer tras su conversión contando su testimonio

Tras dejar el seminario volví a Barcelona y «comencé a caminar» de la mano de una comunidad Neocatecumenal en la Parroquia de San Luis Gonzaga. Luego conocí a Merche, mi mujer, una chica normalita, de casa, nada que ver con lo que yo había vivido. El Señor nos permitió un noviazgo santo, ¡qué regalo! era como un tesoro preciado para mí. El Señor me colmaba con creces… ¿merecía yo ese derroche de gracias? Sentía, sin duda, que no me lo merecía pero el Señor es infinitamente bondadoso. Tiempo después Merche entró en la Iglesia y nos casamos… Hoy somos padres de nueve hijos maravillosos que nos ayudan a convertirnos cada día. Atrás queda una vida en la que los «colegas» que siguieron están presos o con sida o muertos.

Esa música de protesta, antisistema ya no significa nada en mi vida. Sólo  estuvo presente un tiempo que pertenece a mi historia de salvación. Hoy tengo otro concepto de lo que es ser un antisistema, de lo que es vivir a contra corriente y esto te lo regala Cristo en su Iglesia, porque una familia numerosa es lo que sale de lo establecido, un matrimonio que se ama, unos hijos que se les pasa la fe como buenamente podemos y donde se les enseña sobre todo que antes que el trabajo, que el dinero, que el prosperar, que los estudios, es ser persona amada de Dios, honrada hasta en las cosas pequeñas y buscando a Cristo siempre como lo más importante.

Siempre les he hablado a mis hijos con franqueza de mi historia y no les oculto nada. La vida es un misterio  de alegrías y sufrimientos, de vigor y enfermedad, de luchas y de noches oscuras. Pero todo es  historia de salvación. Por eso lo importante es poner al Señor y buscarlo, la cruz solo se puede tolerar si Cristo reina en ella, el que huye de su cruz y tiene que recurrir a las drogas, al alcohol o al sexo fuera del matrimonio, o a otras cosas, jamás será feliz en lo profundo, porque sólo el que se siente amado de Dios y tiene Vida Eterna es realmente dichoso. Porque si te mueres y ya está, nada tiene sentido, pero si tu vida es para la eternidad ¿Qué te impide perderla, date a los demás y aceptar con alegría la enfermedad? Mis hijos me conocen, saben que muchas veces me equivoco, que a veces soy duro, cabezón, gritón,  y muchas más cosas, y aunque siempre hay un tiempo en la adolescencia que parece que  yo soy como el enemigo, la verdad, es un tiempo que pasa y a la luz de la fe ellos también descubren que lo que a su padre le pasa también en parte les pasa a ellos. Para nada somos perfectos, una familia tan numerosa la hace grande el Señor, porque nos reconciliamos, rezamos los unos por los otros y eso es lo más.

A los padres, que como le pasó a los mios, tienen un hijo viviendo una vida como la que yo viví que recen como mi amada tía. La oración es un arma muy poderosa. Que tengan la certeza que aunque un hijo abandone a Dios, Dios jamás lo abandona; y que lo que les debe cuestionar no debe ser nuestro malestar sino más bien nuestra actitud de oración y comunión en el matrimonio. Ni la oración cae en vacío ni la Palabra de Dios. Pensad que cuando me leía la Biblia mi abuelo en mi niñez, eso que hacía mi abuelo conmigo, que no es poco, era una semilla que aún da fruto.

Lo que Dios nos regala es para proclamarlo. Tanta gente hay sufriendo  por que están engañados o porque no entienden su historia, o simplemente porque no conocen a Jesucristo. Hay que ser realistas. Los divorcios superan en muchos países a las bodas, los jóvenes han perdido el sentido del esfuerzo, la capacidad de sufrimiento, no saben lo que es el amor. Todo es sexo y libertinaje. Los ancianos nadie los quiere porque ya no producen sólo son un gasto y cuidarlos nos destruye. Estamos construyendo una sociedad individualista donde todo se realiza a través de una pantalla, sin el trato humano, sin que se puedan conocer personalmente al otro y amarlo. Donde sólo hay un dios que es el dinero. En nuestra mano está decir la verdad, y la verdad es que el que tiene el Espíritu de Jesucristo tiene un corazón dispuesto a amar. Esto es lo que esta sociedad necesita, porque si tú has experimentado que Cristo te ama, tú ya no abortas, ni metes a tus padres en el asilo, ni dejas a tu mujer por otra más joven. El problema está en el corazón y Dios es un renovador de corazones. Por eso, que mejor aprovechar estos medios que llegan a tanta gente.

A los jóvenes hay que anunciarles a Cristo por que hoy es la droga y el alcohol y mañana será la infidelidad o no sé qué pecado. Si no te encuentras con el amor autentico es muy difícil salir. Una persona que cree que  su vida no tiene sentido, no precisa pequeños arreglos o consejos. Necesita una vida nueva y eso solo lo hace el Autor de la Vida. Si no tienes a Cristo es como un pez que se muerde la cola, todos necesitamos sentirnos queridos. Y si no sabes más, la sociedad te avoca a una vida de buscar donde no está. Huyes de tu cruz y caes en cosas que no hacen más que aumentar la cruz. Eso, sólo eso, te aporta consumir o el sexo libre: una insatisfacción que la tienes que llenar de más insatisfacciones.

Desde hace más de 30 años trabajo de albañil y después de algunos años precarios hoy día trabajo por cuenta propia y realizamos muchos trabajos en parroquias que necesitan reformas y rehabilitaciones. En la actualidad mis padres viven relativamente cerca y tenemos muy buena relación. Empiezan a ser mayores pero se quieren y están orgullosos de ser unos súper abuelos, ya que tienen veinte nietos, 19 de ellos de nuestro matrimonio y el de mi hermana mayor.

Ricardo Pareja Meseguer

Este testimonio fue publicado originalmente en Camino Católico en noviembre de 2020

José Ignacio, el esposo que cada día elige amar más a su mujer Claudia con Alzheimer temprano: «Poder cuidarla solo, no puedo; me gana el dolor; Dios cuida de ella, no es mérito propio; sin Él no soy nada»

José Ignacio y Claudia / Foto: Cortesía - ACI Prensa

* «Dios no manda sufrimientos. Los sufrimientos pasan porque así es la vida. Todo lo contrario. Dios está contigo en el sufrimiento y no le gusta verte sufrir y llora contigo y te da la alegría y trata de darte la alegría de salir adelante y te da la fortaleza… Si no tienes, si no te aferras a tu vida espiritual, a Dios, no puedes. Somos criaturas de Dios. Pues sin Dios somos la nada… El amor auténtico tiene la nota de perennidad, de gastarse, de desgastarse y darse hasta donde ya no puedes dar... pero mientras vivas vas a poder dar… Cada día la amo más. Yo sé que Dios llora conmigo y a veces siento que San José y la Virgen nos limpian las lágrimas… Es muy doloroso caminar ese Vía Crucis, pero qué alegría hacerlo con Dios a tu lado»

Camino Católico.- Durante casi 30 años, José Ignacio y Claudia construyeron un matrimonio con alegrías, hijos, proyectos y dificultades propias de la vida en común. Pero hace unos seis años llegó una prueba que ninguno esperaba: a Claudia le diagnosticaron Alzheimer de inicio temprano a los 44 años.

Desde entonces, José Ignacio ha tenido que aprender una nueva manera de amar: más profunda, más entregada, una que reafirma su vocación y su deseo de llegar al cielo junto a Claudia.

“Soy un hombre eternamente enamorado de su esposa, un padre de familia que, antes de estar enamorado de su esposa, es un hijo de Dios que ha encontrado en el camino respuestas a muchas preguntas, precisamente en el dolor”, relata en entrevista con ACI Prensa.

José Ignacio y Claudia en la actualidad / Foto: Cortesía - ACI Prensa

La enfermedad de Claudia ha cambiado muchas cosas en su matrimonio, pero, asegura, no ha cambiado la promesa que hicieron el día de su boda.

“El amor es una decisión. El amor no es un sentimiento. El amor es una decisión y tienes que decidir amar a diario”, afirma.

Su historia es, para él, una oportunidad de hablar de la belleza del matrimonio católico y de una promesa que no está condicionada a que todo vaya bien. Es la historia de un esposo que, en medio del cansancio, el dolor y la incertidumbre, intenta permanecer junto a la mujer con quien decidió compartir su vida.

José Ignacio y Claudia se casaron el 20 de marzo de 1999 en la parroquia Santa Engracia, de la Arquidiócesis de Monterrey (México) / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz”

José Ignacio y Claudia, ambos mexicanos, se conocieron gracias a una cita a ciegas el 31 de agosto de 1997. Cuando él la vio por primera vez, recuerda haber pensado “wow”. Con el tiempo descubrieron que compartían muchos gustos y, sobre todo, que disfrutaban estar juntos.

Se casaron el 20 de marzo de 1999 en la parroquia Santa Engracia, de la Arquidiócesis de Monterrey (México). Claudia tenía 24 años y José Ignacio 28. Formaron una familia con tres hijos, que son su orgullo: María José, Federico José y Anaisabel.

Actualmente viven en Houston, Texas, tienen un pequeño nieto de seis meses y esperan la llegada de otros dos.

Desde su noviazgo y a lo largo de su vida matrimonial han vivido una fe sólida.

“Íbamos a Misa diariamente desde que nos casamos”, cuenta José Ignacio, quien asegura que ambos eran conscientes de que su camino como esposos tenía una dirección mucho más grande que ellos mismos: el cielo.

José Ignacio y Claudia cuando se conocieron / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz, con contratiempos como todos”, dice.

En la boda, el sacerdote les soltó una frase que José Ignacio todavía recuerda: “Entraron solteros, van a salir para siempre unidos en una sola persona”.

Ellos se miraron y entendieron que aquella unión no era solamente una expresión bonita.

“Es que somos uno”, pensaron.

Con el paso de los años llegaron los hijos, las responsabilidades y también los momentos difíciles.

“Obviamente hubo cosas desagradables. Pero ya no las recuerdo, porque mi esfuerzo es verla siempre con amor y que ese amor crezca”, afirma.

José Ignacio y Claudia cuando sus hijos eran pequeños / Foto: Cortesía - ACI Prensa

El diagnóstico que cambió sus vidas

Claudia tenía 44 años cuando recibió el diagnóstico de Alzheimer de inicio temprano.

José Ignacio ya había comenzado a notar algunas confusiones, pero las atribuía al cansancio. La enfermedad, además, no era completamente desconocida para la familia: tanto su madre como su suegra la habían padecido.

Fue durante una consulta médica cuando un neurólogo advirtió señales que llevaron a realizar nuevas evaluaciones.

El diagnóstico fue devastador. El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que, con el tiempo, lleva a la muerte.

José Ignacio y Claudia en la actualidad sosteniendo a su nieto / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Según el sitio web del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos (HHS), esta enfermedad “destruye lentamente la memoria y la capacidad de pensar y, con el tiempo, la habilidad de llevar a cabo hasta las tareas más sencillas”. Asimismo, las “personas con Alzheimer también experimentan cambios en la conducta y la personalidad”.

Se calcula que más de 6 millones de personas que viven en los Estados Unidos, muchos de 65 años o más, tienen Alzheimer. De acuerdo a Mayo Clinic, el Alzheimer de aparición temprana afecta a 41 de cada 100.000 personas entre los 30 y los 64 años.

Esta enfermedad tiene un impacto en muchas más personas, como los familiares del paciente y principalmente quien asume el rol de cuidador, como es el caso de José Ignacio.

Cuidado a tiempo completo

El tratamiento de Claudia empezó al poco tiempo del diagnóstico. La enfermedad no tiene cura, pero el tratamiento ayuda a ralentizar su avance. Claudia recibe un tratamiento por infusión en el hospital cada dos semanas, o incluso con mayor frecuencia.

José Ignacio y Claudia en la actualidad / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Durante los primeros años, el deterioro no fue tan evidente. Sin embargo, José Ignacio explica que en los últimos dos años la enfermedad se hizo mucho más perceptible, especialmente en la orientación y en la ejecución de tareas simples.

La memoria, explica, todavía conserva muchos recuerdos. Pero otras capacidades han comenzado a desaparecer y con ellas también ha cambiado la dinámica familiar. José Ignacio dejó su trabajo en el sector financiero y hoy se dedica a tiempo completo a cuidar a Claudia.

“El matrimonio es hacer feliz a tu esposa”

Para José Ignacio, sin embargo, hay algo que no ha cambiado: la presencia de Dios.

“Cuando tienes a Dios en medio, Dios habita en medio de los esposos cristianos y nunca los deja”, sostiene.

Por eso entiende el matrimonio no simplemente como una convivencia o como un sentimiento que permanece mientras las circunstancias son favorables.

“El matrimonio es hacer feliz a tu esposa y el papel de tu esposa es hacerte feliz. A tu esposa hay que dedicarte y decidirte a amarla diario, porque ese amor lo tienes que alimentar”, explica.

La enfermedad hizo todavía más evidente para él el sentido de una promesa. “Cuando te casas haces una promesa. Es una promesa, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”, recuerda.

La adversidad, dice, no es algo que los novios suelen imaginar cuando se casan, pero forma parte de la vida.

“La enfermedad llega. Lo último que piensas es en una enfermedad, pero la realidad en el matrimonio es que, la enfermedad en la que prometes estar, llega. Va a llegar de uno o del otro y tarde o temprano”.

José Ignacio, Claudia y su hija / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios no manda sufrimientos”

José Ignacio rechaza la idea de que Dios sea quien envía el sufrimiento.

“Dios no manda sufrimientos. Los sufrimientos pasan porque así es la vida. Todo lo contrario. Dios está contigo en el sufrimiento y no le gusta verte sufrir y llora contigo y te da la alegría y trata de darte la alegría de salir adelante y te da la fortaleza”, afirma.

Esa convicción es la que, según cuenta, le permite hacer cada día cosas que muchas veces siente que no podría realizar por sí mismo. Bañar a Claudia, vestirla, acompañarla y ayudarla en sus actividades cotidianas se han convertido en parte de su vida.

“Yo poder cuidar a Claudia solo, no puedo. Me gana el dolor. Sin embargo, Dios lo hace, no es mérito propio. Dios cuida de Claudia”, asegura.

Incluso hay momentos aparentemente pequeños que para él expresan la dignidad con la que quiere seguir tratando a su esposa: “Yo la maquillo porque tiene que salir con la dignidad de una reina. Y Dios es el que hace eso a través de mí”.

“Yo hacerlo solo no podría. Yo sin Dios no soy nada”, subraya.

José Ignacio, Claudia en el bautizo de su hijo, Federico Celis, el 26 de junio de 2024 / Foto: Cortesía - ACI Prensa

San José y una nueva forma de cuidar

Cuando comenzó la enfermedad, José Ignacio recurrió especialmente a San José.

“San José, ayúdame a cuidar de Claudia. ¿Cómo tú cuidarías de la Virgen si la Virgen tuviera Alzheimer? Igualito, idéntico. No me dejes fallar”, le pide siempre.

San José se convirtió así en un modelo de esposo y cuidador: un hombre llamado a proteger y servir sin protagonismo. Sin embargo, José Ignacio confiesa que no es nada fácil.

“No quiero mentirte al decirte que no me canso, que no hay ganas de correr, de salir corriendo, sería mentirte”, reconoce.

José Ignacio y Claudia / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Amar incluso cuando la enfermedad cambia al otro

Uno de los aspectos más difíciles del Alzheimer es la pérdida progresiva de la reciprocidad que caracteriza la vida matrimonial.

“Yo sé que quizá ella por su misma enfermedad pues a veces no pueda tener esa reciprocidad que uno espera, pero yo la busco en pequeños gestos”, afirma.

Para José Ignacio, el amor no desaparece cuando el otro deja de poder responder de la misma manera. Al contrario, es entonces cuando la promesa matrimonial adquiere un significado nuevo.

“El amor auténtico tiene la nota de perennidad, de gastarse, de desgastarse y darse hasta donde ya no puedes dar... pero mientras vivas vas a poder dar”, sostiene.

José Ignacio también ha tenido que aprender a cuidarse para poder cuidar. Su rutina incluye acompañamiento profesional y espiritual durante la semana, además del apoyo de amigos y familiares.

Pero señala que hay una prioridad por encima de todas: “La primera, la espiritual. Si no tienes, si no te aferras a tu vida espiritual, a Dios, no puedes. Somos criaturas de Dios. Pues sin Dios somos la nada”.

José Ignacio y Claudia junto a sus hijos / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Una familia que también aprende a vivir con el Alzheimer

La enfermedad de Claudia no afecta únicamente a José Ignacio. También ha cambiado la vida de sus tres hijos.

Una de sus hijas siente el dolor de haber perdido la posibilidad de contar con su madre como había imaginado para su propia familia. Su hijo se pregunta si su madre podrá estar presente en momentos importantes, como su graduación. Y la hija menor ha perdido a aquella madre con quien podía conversar y compartir sus preocupaciones.

La enfermedad les ha enseñado que la familia también necesita acompañarse y sostenerse mutuamente.

José Ignacio y Claudia junto a su hijo Federico en la actualidad / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“El dolor me ha enseñado a luchar por ser feliz”

Entre las cosas que más conmueven a José Ignacio está la manera en que ahora mira a Claudia.

La enfermedad ha transformado su rostro y su manera de relacionarse con el mundo. Él habla de una especie de inocencia que percibe en ella.

Y entonces se hace una pregunta: “¿Cómo no te vas a enamorar cada día más de eso?”.

Su respuesta no está en negar el dolor, sino en descubrir que el amor puede adquirir nuevas formas. “El dolor me ha enseñado a luchar por ser feliz”, explica.

Pero lo hace también por Claudia. Cuando ella lo ve triste, él sabe que su tristeza también la afecta. Por eso, intenta luchar por la alegría.

José Ignacio suele decir que es un “consentido de Dios”. No porque su vida sea fácil, sino porque, a pesar del sufrimiento, reconoce haber recibido la fuerza para seguir amando.

“Porque cada día la amo más”, afirma.

Y en los momentos más difíciles, asegura sentir que no están solos.

“Yo sé que Dios llora conmigo y a veces siento que San José y la Virgen nos limpian las lágrimas”.

José Ignacio, Claudia y sus hijos cuando eran pequeños / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Una promesa que sigue viva

José Ignacio sabe que el Alzheimer de Claudia avanza, pero su mirada está puesta en algo que considera todavía más importante.

“Yo tengo que trabajar para ganarme el cielo. Ella no, yo sí. Entonces digo: ‘Dios mío, estoy cada vez más consciente de que mi trabajo aquí es ganarme el cielo’. Y al mismo tiempo, quiero estar con ella, recorriendo ese camino”.

Cada día que transcurre, José Ignacio decide amar. Decide permanecer. Decide cuidar. Decide volver a empezar. Porque, para él, el matrimonio no consiste en esperar que nunca llegue la cruz, sino en descubrir que, cuando llega, los esposos no tienen por qué cargarla solos.

“Es muy doloroso caminar ese Vía Crucis, pero qué alegría hacerlo con Dios a tu lado”.

Y esa es quizá la lección que quiere dejar a otros esposos: que el amor en el matrimonio no pierde su belleza cuando llegan los días aciagos. Al contrario, revela la profundidad de la promesa hecha un día ante Dios.

“El amor es una decisión”, repite José Ignacio.

José Ignacio y Claudia junto a su nieto / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Una invitación a acompañar a José Ignacio y Claudia

Quienes deseen acompañar a José Ignacio y Claudia en este camino pueden hacerlo con la oración y también a través de una ayuda económica. Tras dejar su trabajo para dedicarse al cuidado de su esposa, José Ignacio enfrenta junto a su familia los desafíos que implica el avance del Alzheimer de Claudia.

Campaña de ayuda:

🔗 https://www.gofundme.com/f/support-for-claudia-celis-alzheimers-care 

Gema de Beas: «Me quedé ciega, eché a Dios de mi vida, que fue lo peor que pude hacer, perdí trabajo y amistades, me regalaron un Niño Jesús, empecé a pedir fuerzas y a encontrar consuelo en la oración»


Gema de Beas

Camino Católico.- A los 29 años, Gema de Beas se enfrentó a un cambio drástico en su vida. Debido a complicaciones derivadas de la diabetes, una serie de operaciones oculares la dejaron completamente ciega. A través de su conmovedor testimonio, el cuál ha contado en 'Ecclesia Es Domingo' de 13 TV, explora las profundas crisis de fe que enfrentó, el gran apoyo de su familia y su esposo Ricardo, y el milagro del nacimiento de su hija, María.

Vídeo de 13 TV en el que Andrés Gema de Beas cuenta su testimonio

Una experiencia que de Beas describe como un proceso devastador que la llevó a una profunda crisis de fe, cuestionando por qué Dios le había permitido pasar por esa prueba. “Eché a Dios de mi vida, que fue lo peor que pude hacer", confiesa. Una pérdida de visión que desencadenó otras pérdidas. “Perdí trabajo, perdí amistades porque la gente, yo creo que porque no saben cómo dirigirse a ti, cómo tratarte”. 

El Regalo de la Fe y la Familia

Sin embargo, el apoyo incondicional de su familia, especialmente de su hermana, quien también quedó ciega poco después, fue muy importante para su recuperación. La fe de su hermana le hizo reflexionar sobre su propia actitud y le inspiró a afrontar su nueva realidad con valentía. "Mi hermana con una fe impresionante, una fortaleza, una entereza, un Dios ha querido esto. Yo alucinaba, pero también al mismo tiempo me ponía de mal humor porque yo decía, 'bueno, si él lo lleva tan bien, ¿por qué yo lo llevo tan mal?'"

De Beas encontró consuelo en la oración, especialmente a través de la imagen de un Niño Jesús que le regaló una monja. Aunque no recuperó la vista, encontró la fuerza necesaria para seguir adelante y reconstruir su vida. "Le empecé a pedir fuerzas, simplemente que me diera fuerzas para salir de aquello" cuenta.

En la ONCE, Gema encontró un nuevo círculo social y conoció a su futuro esposo, Ricardo. A pesar de un comienzo accidentado, su relación floreció y se casaron dos años y medio después. "Un mundo bueno, alegre y divertido" destaca. Y aunque Ricardo era agnóstico al principio, la influencia de Gema, su familia y un párroco lo llevaron a encontrar la fe. "Fue gracias a mi familia, a mi madre concretamente".

El Milagro de la Maternidad

La pareja deseaba tener hijos, pero los médicos le diagnosticaron a Gema otra enfermedad que hacía peligrosa la maternidad y le dijeron que no podría llevar un embarazo a término. Desolados, renunciaron a la idea de tener hijos biológicos y exploraron la adopción, pero se les negó debido a su discapacidad visual. "Si eres invidente, no te dejan adoptar", denuncia, sacando a relucir la discriminación que enfrentan las personas invidentes.

Sin embargo, el destino dio un giro inesperado, y Gema se quedó embarazada ocho meses después. Confiando en Dios y en un médico, dio a luz a una niña sana llamada María. "María llegó a término, cosa rara porque en embarazos de personas diabéticas los niños salen antes. Hay que programarlos porque salen más grandes de lo normal. Y María nació perfectamente" relata. 

Hoy en día, Gema, Ricardo y María viven una vida plena llena de fe. Participan en su parroquia y encuentran un gran apoyo la oración. "Nosotros procuramos rezar todas las noches juntos, tener ahí nuestra oración familiar y tener presente a Dios en nuestras vidas, a pesar de que somos humanos y fallamos mucho, pero para nosotros es muy importante tener a Dios en nuestro camino".