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viernes, 26 de junio de 2026

Papa León XIV en la apertura del Consistorio de cardenales, 26-6-2026: «La comunión sigue siendo una conversión cotidiana, que toma forma en la oración, las relaciones de confianza y escucharnos recíprocamente»

* «Todos los temas que afrontaremos —la mirada sobre el mundo, la paz, el bien común, la sinodalidad— convergen en una única pregunta: ¿cómo podemos ayudar hoy a nuestras Iglesias a anunciar el Evangelio con mayor fidelidad, libertad y credibilidad? La misión no es una de las muchas tareas de la Iglesia. Es su razón de existir y, precisamente por eso, se convierte también en el criterio que orienta nuestro discernimiento. Cuando aprendemos a escucharnos, a llevar juntos las responsabilidades, a reconocer la acción del Espíritu en las diversas Iglesias, no estamos solamente mejorando nuestro modo de trabajar; estamos llegando a ser una Iglesia más capaz de encontrarse con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo y de darles testimonio de la alegría del Evangelio»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con el discurso del Papa León XIV

* «Les pido, por tanto, que me acompañen no sólo en estos días de trabajo, sino también en el servicio cotidiano a la comunión de la Iglesia universal. Ayúdenme a escuchar lo que emerge en las Iglesias, a reconocer los signos de esperanza que a menudo crecen en el silencio, pero también a no ignorar las fatigas, las incomprensiones y las resistencias que pueden ralentizar el camino. Necesito su libertad, su franqueza y su lealtad. Un consejo sincero es siempre un acto de comunión»


26 de junio de 2026.- (Camino Católico).- “La comunión nunca es un resultado adquirido de una vez para siempre: sigue siendo una conversión cotidiana, que toma forma en la oración y a través de actitudes concretas, relaciones de confianza y disponibilidad para escucharnos recíprocamente”. Han sido las palabras del Papa León XIV a los más de cien cardenales, en el Aula Pablo VI, en la apertura del segundo Consistorio por él convocado, que ha iniciado hoy 26 y concluirá mañana 27 de junio. A las 7’30 de la mañana, el Santo Padre ha presidido la Santa Misa con los cardenales en la Basílica de San Pedro y en su homilía ha reflexionado que “la puesta en práctica del Sínodo, por la que nos estamos esforzando, invita a todos a avanzar en la unidad de la fe, en la promoción de la paz y en la obediencia a la Palabra viva, que es Jesús”.


“Necesito su apoyo: firme, explícito y público. Necesito sentirme apoyado por ustedes como por hermanos” porque” el ministerio que el Señor me ha confiado no puede vivirse en soledad”, ha dicho el Pontífice que ha empezado su discurso dándoles la bienvenida y agradeciéndoles “de todo corazón” por haber aceptado una vez más su invitación. “Su presencia, afirma, pone de manifiesto la preocupación por toda la Iglesia que compartimos en el servicio al Pueblo de Dios y a la misión que el Señor nos ha confiado”.


León XIV recuerda el deseo sencillo expresado en el Consistorio del pasado mes de enero, es decir, que estos encuentros “nos ayudarán a aprender cada vez más a «trabajar juntos al servicio de la Iglesia» y a continuar «un diálogo que me ayude en el servicio a la misión y a toda la Iglesia»”. “No fueron solo palabras introductorias”, añade.


Sigo pensando que esta es una de las responsabilidades más importantes confiadas al Colegio Cardenalicio. También nosotros, como toda la Iglesia, aprendemos caminando. La comunión nunca es un logro adquirido de una vez por todas: sigue siendo una conversión cotidiana, que toma forma en la oración y a través de actitudes concretas, relaciones de confianza y la disposición a escucharnos mutuamente.  En el vídeo de Vatican News se visualizan y escuchan las palabras del Papa León XIV, cuyo texto completo es el siguiente:

CONSISTORIO EXTRAORDINARIO

(26-27 DE JUNIO DE 2026)

DISCURSO INTRODUCTORIO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV 

Aula Pablo VI

Viernes, 26 de junio de 2026

Queridos hermanos cardenales:

Les doy la bienvenida y les agradezco de corazón que hayan aceptado una vez más mi invitación. Su presencia manifiesta la solicitud por toda la Iglesia que compartimos en el servicio al Pueblo de Dios y a la misión que el Señor nos ha confiado.

En el Consistorio del pasado mes de enero expresé un deseo sencillo: que estos encuentros nos ayudaran a aprender cada vez más a «trabajar juntos en el servicio de la Iglesia» y a proseguir «una conversación que me ayude en el servicio de la misión de toda la Iglesia». No eran solamente palabras introductorias. Sigo pensando que esta es una de las responsabilidades más importantes confiadas al Colegio Cardenalicio. También nosotros, como toda la Iglesia, aprendemos caminando. La comunión nunca es un resultado adquirido de una vez para siempre: sigue siendo una conversión cotidiana, que toma forma en la oración y a través de actitudes concretas, relaciones de confianza y disponibilidad para escucharnos recíprocamente.

En estos meses he tenido ocasión de recordar varias veces que estamos llamados a ser constructores de la comunión de Cristo, una comunión que toma forma en una Iglesia sinodal en la que todos cooperan en la misma misión, cada uno según su propio carisma y su propio ministerio.

Como dije a la Curia Romana, esta comunión «se construye, más que con las palabras y los documentos, mediante gestos y actitudes concretos que deben manifestarse en lo cotidiano, también en el ambiente laboral» (Discurso alla Curia Romana en ocasión del saludo de Navidad, 22 diciembre 2025). No somos custodios de intereses particulares, sino «discípulos y testigos del Reino de Dios, llamados a ser en Cristo fermento de fraternidad universal» (ibíd.).

Por este motivo he deseado que nuestro trabajo se concentrara en cuatro temas profundamente vinculados entre sí.

En primer lugar, estamos invitados a contemplar el mundo en el que la Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio. Antes de preguntarnos qué hacer, es necesario detenernos ante la realidad, mirarla con los ojos de la fe y dejarnos interpelar por la escucha de los hermanos. Como recordé hace pocas semanas, «Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia» (Homilía en la “Plaza de Cibeles”, Madrid, 7 junio 2026). También hoy el Señor sigue precediéndonos en la historia, y la Iglesia está llamada ante todo a reconocer su presencia.

Después reflexionaremos juntos sobre la cultura del poder y la civilización del amor. Muchos de ustedes provienen de tierras marcadas por la guerra, la violencia, la polarización social o religiosa. Pero ninguno de nosotros es ajeno a las muchas formas de conflicto, de abuso y de fractura que atraviesan hoy nuestras sociedades. Por eso, el discernimiento que estamos llamados a realizar nos concierne a todos e interpela la misión de la Iglesia en cada contexto. La encíclica Magnifica humanitas nos ofrece algunas claves preciosas para leer este tiempo. Me interesa sobre todo escuchar cómo resuenan estas páginas en sus Iglesias, qué interrogantes suscitan, qué perspectivas abren, qué pasos sugieren. En efecto, una encíclica continúa su camino cuando es acogida, interpretada y encarnada en la vida concreta de las Iglesias.

La tercera sesión profundizará nuevamente en la Magnifica humanitas, interrogándose sobre la contribución que la Iglesia puede ofrecer a la construcción del bien común. Vivimos en un tiempo en el que crece la tentación de la fragmentación y prevalecen fácilmente los intereses particulares. La Doctrina social de la Iglesia nos recuerda que el bien común no nace espontáneamente, sino que exige responsabilidades compartidas. Para la Iglesia, esto asume una forma muy precisa: un estilo sinodal al servicio de la misión del Reino. Lo recuerda la encíclica Magnifica humanitas en el n. 86, añadiendo que esto requiere atención al modo en que se toman las decisiones y se ejercen las responsabilidades, en la transparencia, la evaluación y la corresponsabilidad.

Finalmente, dedicaremos una sesión al camino de aplicación del Sínodo. Esta última sesión no abre un tema nuevo, sino que recoge y pone en relación cuanto habremos compartido en las sesiones anteriores. Ante las heridas del mundo, la construcción del bien común y la misión de la Iglesia, la sinodalidad indica un modo de proceder: escuchar, discernir y asumir juntos la responsabilidad de las decisiones que el Señor nos confía. La sinodalidad no es ante todo un conjunto de procedimientos; como he tenido ocasión de decir varias veces, la sinodalidad es una actitud, una apertura, una disponibilidad para comprender. A veces ha sido interpretada como una disminución de la autoridad. En realidad, nos ayuda a comprender más profundamente el significado de la autoridad misma, que existe para custodiar la comunión, favorecer la participación de todos y orientar el camino común de la Iglesia.

Estas cuatro sesiones encuentran su unidad en la perspectiva misionera que compartimos en el último Consistorio y que recordé en la carta del pasado mes de abril. No estamos aquí ante todo para reflexionar sobre la vida interna de la Iglesia.

Todos los temas que afrontaremos —la mirada sobre el mundo, la paz, el bien común, la sinodalidad— convergen en una única pregunta: ¿cómo podemos ayudar hoy a nuestras Iglesias a anunciar el Evangelio con mayor fidelidad, libertad y credibilidad? La misión no es una de las muchas tareas de la Iglesia. Es su razón de existir y, precisamente por eso, se convierte también en el criterio que orienta nuestro discernimiento. Cuando aprendemos a escucharnos, a llevar juntos las responsabilidades, a reconocer la acción del Espíritu en las diversas Iglesias, no estamos solamente mejorando nuestro modo de trabajar; estamos llegando a ser una Iglesia más capaz de encontrarse con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo y de darles testimonio de la alegría del Evangelio.

Por eso deseo pedirles una ayuda particular. El ministerio que el Señor me ha confiado no puede vivirse en soledad. Necesita de su experiencia, de su sabiduría pastoral, de su conocimiento de las Iglesias y de los pueblos que les han sido confiados. Cuento con ustedes para que me ayuden a discernir lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia. Necesito su apoyo: fuerte, explícito y público. Necesito sentirme sostenido por ustedes como por hermanos.

Les pido, por tanto, que me acompañen no sólo en estos días de trabajo, sino también en el servicio cotidiano a la comunión de la Iglesia universal. Ayúdenme a escuchar lo que emerge en las Iglesias, a reconocer los signos de esperanza que a menudo crecen en el silencio, pero también a no ignorar las fatigas, las incomprensiones y las resistencias que pueden ralentizar el camino. Necesito su libertad, su franqueza y su lealtad. Un consejo sincero es siempre un acto de comunión.

Les pido además que sostengan, cada uno en su propia Iglesia y en su propio ministerio, este estilo de discernimiento eclesial. Sé que exige paciencia y que a veces suscita interrogantes. Sin embargo, estoy convencido de que el Señor nos está enseñando una manera más evangélica de vivir juntos la responsabilidad que nos ha confiado. También de esto dependen la credibilidad de nuestro testimonio y la fecundidad de nuestra misión.

Deseo, por tanto, animarlos a vivir con convicción el trabajo en los grupos. Sé bien que, para muchos de nosotros, no es el modo habitual de desarrollar un Consistorio. Y, sin embargo, también esto forma parte del camino por el que el Señor nos está conduciendo. Naturalmente, quedará espacio también para las intervenciones personales y, como siempre, cada uno podrá hacerme llegar libremente observaciones o reflexiones reservadas. Pero les pido que entren con confianza en este ejercicio eclesial. También nosotros aprendemos la sinodalidad practicándola; aprendemos juntos a crecer en la comunión. Les agradezco desde ahora su disponibilidad, su libertad interior y su amor a la Iglesia.

Encomendemos estos días al Espíritu Santo, para que nos haga dóciles a su voz y nos conceda la gracia de buscar juntos aquello que mejor sirve al Evangelio y al bien del Pueblo de Dios.

Gracias.

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 26-6-2026

Papa León XIV en homilía al inicio del Consistorio de cardenales, 26-6-2026: «La puesta en práctica del Sínodo invita a avanzar en la unidad de la fe, la promoción de la paz y la obediencia a la Palabra viva, que es Jesús»

* «Disfrutemos hoy y siempre de la concordia en la obediencia, es decir, en la escucha que reconoce el don del Verbo, hecho carne por nosotros. A través de este ejercicio, el Espíritu Santo nos guía, señalándonos Él mismo los problemas y las oportunidades pastorales, purificando las intenciones y corrigiendo lo que se desvía del camino común… La guerra nunca es digna del hombre, y nunca será bendecida por Dios, porque el Creador nos ha dotado de inteligencia y voluntad para resolver los conflictos como seres humanos y no como animales, aun cuando se esté dotados de armas hipertecnológicas. La unidad de la familia humana precede a los pueblos y naciones individuales. No se trata sólo de un dato biológico, sino que es un principio ético. La paz es un deber de justicia porque somos una única familia humana, una magnifica humanitas que halla en Cristo a su único jefe y redentor»   

26 de junio de 2026.- (Camino CatólicoComienza el Consistorio extraordinario convocado con el Papa León XIV, reunidos en el Vaticano este 26 y 27 de junio para la reflexión sobre cuestiones del Iglesia y del mundo actual. El encuentro con los cardenales con el Papa ha iniciado con la celebración de la Eucaristía en la Basílica San Pedro, para encomendar los trabajos que concluirán con la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo y en su homilía el Pontífice reflexiona que “la puesta en práctica del Sínodo, por la que nos estamos esforzando, invita a todos a avanzar en la unidad de la fe, en la promoción de la paz y en la obediencia a la Palabra viva, que es Jesús”. En la sesión de apertura del Consistorio, que ha empezado después de la Misa en el Aula Pablo VI, el Santo Padre ha subrayado que “la comunión nunca es un resultado adquirido de una vez para siempre: sigue siendo una conversión cotidiana, que toma forma en la oración y a través de actitudes concretas, relaciones de confianza y disponibilidad para escucharnos recíprocamente”.




León XIV recuerda que la savia fecunda de este Consistorio lo señala Cristo en el evangelio: «Yo soy la vid verdadera» (Jn 15,1). “Es el propio Evangelio el que prepara las condiciones para que este sea fructífero: «Permanezcan en mí como yo en ustedes» (Jn 15,4)”, dice el Papa. Y luego reflexiona sobre algunas indicaciones para el discernimiento durante estos días: compartir en la fe la verdadera libertad, pedir el don de la paz en la unidad, y disfrutar de la concordia en la obediencia.




“Mientras pedimos a Dios que nos conceda fuerza y sabiduría, resulta significativo que nuestro Consistorio tenga lugar en la víspera de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Detengámonos juntos en esta conmemoración, que recuerda a las columnas de la Iglesia católica y romana, los dos misioneros mártires cuya predicación se fundió con su vida, hasta el punto de volverse parte de las Sagradas Escrituras”, expresa León XIV en su meditación.



“El ejemplo de los santos Pedro y Pablo nos anima a compartir en la fe la verdadera libertad. De hecho, es precisamente la relación con el Señor Jesús la que nos libera del pecado y del miedo: Al tiempo que nos llama a seguirle, Él mismo nos envía al mundo como sucesores de los apóstoles”, dice el Papa y añade: “La fe es esa virtud, nunca dada por sentada, que da vida a la Iglesia, porque corresponde a la gracia que nutre los sarmientos de la única vid. La Iglesia viva es la Iglesia que cree, por el don del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones: esta es la Iglesia que da mucho fruto”, afirma el Pontífice. El texto completo de la homilía predicada por el Papa León XIV es el siguiente:




CONSISTORIO EXTRAORDINARIO

(26-27 DE JUNIO DE 2026)


CONCELEBRACIÓN CON LOS CARDENALES


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica Vaticana

Viernes, 26 de junio de 2026


Queridos y venerados hermanos:

nos hemos reunido en torno al altar del Señor, junto a la tumba de san Pedro, para dar comienzo al Consistorio. Venimos a celebrar esta Eucaristía procedentes de todos los rincones del mundo: junto con nuestra vida, ofrecemos a Dios las comunidades y los pueblos que llevamos en el corazón, así como los proyectos y las experiencias pastorales, tanto las alegres como las difíciles.

Esta variedad de sentimientos y pensamientos converge ahora, es decir, encuentra su centro luminoso que es Cristo. Él mismo, en persona, se dirige a nosotros diciendo: «Yo soy la vid verdadera» (Jn 15,1). Por medio de Jesús, la gracia y la verdad fluyen en nuestra vida (cf. Jn 1,17), renovándonos íntimamente; estos dones divinos son también la savia fecunda del Consistorio que hoy inauguramos. Es el propio Evangelio el que prepara las condiciones para que este sea fructífero: «Permanezcan en mí como yo en ustedes» (Jn 15,4). Por un lado, el Maestro nos advierte así que «separados sin mí no pueden hacer nada» (v. 5); por otro, quiere que sus discípulos den «mucho fruto» (v. 8). Sí, mucho; la gracia de Dios no produce en quien la acoge un crecimiento raquítico, sino un desarrollo exuberante. El Verbo eterno, en efecto, se hizo hombre para que todos «tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). Iniciada en la fe, esta vida se ve incluso fortalecida por la prueba de la podadura, porque es cultivada por la solicitud del Padre.

Por eso, mientras pedimos a Dios que nos conceda fuerza y sabiduría, resulta significativo que nuestro Consistorio tenga lugar en la víspera de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Detengámonos juntos en esta conmemoración, que recuerda a las columnas de la Iglesia católica y romana, los dos misioneros mártires cuya predicación se fundió con su vida, hasta el punto de volverse parte de las Sagradas Escrituras.

Al escuchar hoy las palabras de san Pablo a los Corintios, podemos apreciar la feliz consonancia con las del Evangelio. Los diversos carismas, en efecto, los ministerios y las actividades eclesiales son como los sarmientos de la única vid, es decir, del único Señor (cf. 1 Co 12,4-6), que infunde el Espíritu Santo en su Iglesia. A esta unidad orgánica corresponde el criterio que hace que todos esos servicios eclesiales sean buenos y gratificantes: el criterio del bien común (cf. v. 7).

Queridos hermanos, de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar quisiera sacar algunas indicaciones para nuestro discernimiento de estos días.

En primer lugar, el ejemplo de los santos Pedro y Pablo nos anima a compartir en la fe la verdadera libertad. De hecho, es precisamente la relación con el Señor Jesús la que nos libera del pecado y del miedo: Al tiempo que nos llama a seguirle, Él mismo nos envía al mundo como sucesores de los apóstoles. Anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos y dedicarnos al rebaño del Señor se hace realidad y da fruto en la medida en que creemos en Él, Buen Pastor. La fe es esa virtud, nunca dada por sentada, que da vida a la Iglesia, porque corresponde a la gracia que nutre los sarmientos de la única vid. La Iglesia viva es la Iglesia que cree, por el don del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones: esta es la Iglesia que da mucho fruto. Así como la gracia divina precede a la libertad humana, también la fe de la Iglesia precede a la nuestra y exige que demos testimonio de ella con entusiasmo. Esta misión tiene a Cristo como principio y como fin: en palabras del salmista, «anuncien su salvación todos los días. Proclamen su gloria entre las naciones» (Sal 96, 2-3).

En segundo lugar, pidamos el don de la paz en la unidad. Mientras invitamos a todos los pueblos a la fe, en la cual somos verdaderamente libres, las tensiones internacionales y los conflictos hieren gravemente a la familia humana. Sin embargo, no faltan —es más, se multiplican— en la Iglesia y en el mundo iniciativas y experiencias que llaman al respeto de la dignidad humana, de la justicia, del derecho, en pocas palabras, de lo que es humano. Esto es motivo de esperanza, porque testimonia la belleza de la obra de Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, como signo de su gloria en el mundo. Cuando se hiere a este signo, todos somos heridos. Cuando se corrompe, todos sufrimos las consecuencias. Cuando se le aniquila, todos nos sentimos desgarrados. Por eso, la guerra nunca es digna del hombre, y nunca será bendecida por Dios, porque el Creador nos ha dotado de inteligencia y voluntad para resolver los conflictos como seres humanos y no como animales, aun cuando se esté dotados de armas hipertecnológicas. La unidad de la familia humana precede a los pueblos y naciones individuales. No se trata sólo de un dato biológico, sino que es un principio ético. La paz es un deber de justicia porque somos una única familia humana, una magnifica humanitas que halla en Cristo a su único jefe y redentor.

Al reflexionar sobre la encíclica que promulgué el pasado 15 de mayo, es necesario continuar por el camino trazado por san Pablo VI: cuando él «introdujo la expresión “civilización del amor”, el mundo se veía marcado por la Guerra Fría, la carrera armamentista y fuertes desequilibrios económicos. En ese contexto, la Iglesia indicaba un camino alternativo a la oposición ideológica entre sistemas, imaginando un orden social en el que la justicia y la caridad se entrelazan» (Carta enc. Magnifica humanitas, 186. Cf. S. Pablo VI, Regina Caeli, 17 mayo 1970). De ese modo, el testimonio cristiano se convierte en profecía de un mundo nuevo, en evangelización y servicio, en un proyecto cultural y social que promueve de manera integral el desarrollo humano. La Iglesia, al anunciar el Evangelio entre alegrías y persecuciones, nunca toma partido: es para todos, y a cada uno dirige una misma palabra de conversión y de salvación.

En tercer lugar, disfrutemos hoy y siempre de la concordia en la obediencia, es decir, en la escucha que reconoce el don del Verbo, hecho carne por nosotros. A través de este ejercicio, el Espíritu Santo nos guía, señalándonos Él mismo los problemas y las oportunidades pastorales, purificando las intenciones y corrigiendo lo que se desvía del camino común. La puesta en práctica del Sínodo, por la que nos estamos esforzando, invita a todos a avanzar en la unidad de la fe, en la promoción de la paz y en la obediencia a la Palabra viva, que es Jesús. En esta perspectiva, «los enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad» (Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 41). El único Verbo, hecho hombre, se expresa en todas las lenguas: Cristo muerto y resucitado es la vid verdadera, que da fruto a través de todas las culturas que los cristianos transforman desde dentro. Así, cuando se marchitan las ideologías del mundo, el Espíritu Santo hace florecer en la Iglesia la comprensión fraterna, la caridad y el impulso misionero.

Al trabajar juntos, nuestra colegialidad resume la sinodalidad en la que participan todos los bautizados, en la unidad del pueblo de Dios. La sinodalidad y la colegialidad son, en efecto, formas de la fraternidad cristiana que nos une como bautizados y como obispos. Por eso, la ayuda que puedan prestarme en el ejercicio del ministerio petrino encuentra en mí a quien pide, no a quien manda. La autoridad del primado, de hecho, es propia de quien escucha y solo por eso guía, de quien aprende y sólo por eso enseña, siempre siguiendo al único Maestro. Que la intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo nos acompañe en este apasionante camino.


PAPA LEÓN XIV

Fotos: Vatican Media, 26-6-2026

Tito Unda: «Tenía formación cristiana, pero me he encontrado con Cristo a los 36 años en un retiro carismático; la Gracia tocó mi corazón y me sentí amado por Dios de un modo que nunca había experimentado»

Tito Unda nunca se alejó de Dios ni de la Iglesia, se formó sobre el catolicismo, pero su encuentro con Jesucristo se ha producido a los 36 años

* «La clave no estaba en recibir más contenido, más doctrina, más argumentos. Me había pasado la vida buscando a Dios, pero poniendo el acento en mí, en mi comprensión, pero Cristo no entra por la cabeza, la cabeza puede ayudar a anclar ciertas cosas. Pero la cabeza sola…, Cristo no es un argumento, es una persona viva… Vivía más en la norma de los diez mandamientos que en la alegría de la resurrección y ahora vivo más en los Hechos de los Apóstoles, los primeros siglos del cristianismo, las cartas de los apóstoles y los padres de la Iglesia»

Camino Católico.-  Tito Unda estudió en un colegio del Opus Dei en Madrid. Asistió a medios de formación (círculos), retiros y convivencias en un centro de la Obra durante su adolescencia.

Por parte materna, una parte de su familia era muy cercana al Camino Neocatecumenal y en ocasiones había participado en Misas y actividades de este iter eclesial. Y, por si esto fuera poco, también tenía una parroquia con bastante vida -San Ignacio, en Torrelodones- y una excelente relación con el párroco.

Aquí no acaba el itinerario de conocimiento directo de instituciones eclesiales. Tito también conoció Comunión y Liberación cuando sus padres se acercaron al movimiento, en su casa acogieron a un joven de la Comunidad del Cenáculo, hizo un retiro de Effetá y peregrinó a Tierra Santa con Hakuna en los inicios de la asociación.

Un año especial 

Sin embargo, su auténtico encuentro con Dios no llegó en ninguno de esos contextos. Llegó a los 36 años, hace tan solo unos meses, después de un periodo en el que se sucedieron varias desgracias en su entorno más cercano: perdió a dos hijos a los pocos meses de embarazo; una amiga colombiana, casada y con una niña, murió de cáncer tras años de lucha; otros amigos perdieron a un hijo de 2 años de forma repentina; un sobrino, también pequeño, pasó semanas en una UCI; también una prima y después una buena amiga. 

Lo llamativo no es solo la acumulación de malas situaciones una detrás de otra, sin coincidir pero sin apenas descanso. No hubo enfado con Dios. No hubo crisis de fe. Tampoco fue un golpe dramático que lo dejara en el suelo y desde el que clamara hacia el cielo desesperado. 

Fue algo más sutil y profundo: “Yo no pensaba que estuviera hecho polvo, pero claramente la sucesión de todas esas cosas y el ejemplo de cómo las vivían los protagonistas me estaban ablandando muchísimo. Fueron doce meses que me hicieron ser más consciente de mi vulnerabilidad, de que hay cosas que tienes que poner en manos de Dios, dice a Omnes.

La chica colombiana ocupa un lugar especial en su relato. La mujer de Tito se hizo amiga suya durante su enfermedad, empezaron a ir juntas a un grupo de adoración de Hakuna, y algo en ese proceso fue tirando de la cuerda también en él. “Tengo claro que ese fue el momento que catalizó mi ‘conversión’. Era una persona que tenía su fe, pero lo que te removía de ella era cómo sobrelleva la enfermedad con alegría, con aceptación. Lo más parecido a un ángel en la tierra que he conocido. Si me voy al cielo, la primera persona de la que tengo la certeza absoluta de que está ahí es ella”.

De la cabeza al corazón

Desde el punto de vista laboral, Tito es emprendedor y ha trabajado en varias startups tecnológicas, pero también tiene un marcado perfil intelectual. Es de esos adolescentes que habían leído a Dostoievski antes de los 18 años y, quizá por eso, tiene esa tendencia a procesar todo por la cabeza dándole muchas vueltas.

La paradoja es que un hombre que había pasado su vida en entornos de formación cristiana, que había leído, estudiado, ido a Misa, que sabía perfectamente quién era Jesucristo en términos doctrinales, y que sin embargo no era algo vivo y real en su día a día.

Lo que hizo que su fe se encendiera como nunca hasta entonces fue realizar, junto a su mujer, un Seminario de Vida en el Espíritu de la Renovación Carismática Católica en octubre de 2025.

“La clave no estaba en recibir más contenido, más doctrina, más argumentos. La clave fue que la Gracia decidió tocar mi corazón de una forma nueva, de forma que me sentí amado por Dios de un modo que nunca había experimentado”, relata Tito.

“Me había pasado la vida buscando a Dios, pero poniendo el acento en mí, en mi comprensión, pero Cristo no entra por la cabeza, la cabeza puede ayudar a anclar ciertas cosas. Pero la cabeza sola…, Cristo no es un argumento, es una persona viva”, asegura.

Para él, uno de los descubrimientos más importantes fue descubrir la oración de alabanza: “una oración a la que tú no vas ni a pedir por una intención, ni a dar gracias, ni a pedir perdón. Y cuando haces eso, dejas de orar desde el yo, nada gira en torno a ti. Lo importante es Él. Apagas tus capacidades, te abres y le dejas actuar”.

Aprendió a abandonarse

Tito es el primero en reconocer que su formación anterior no fue un obstáculo. Fue, de hecho, una base necesaria. Lo que le faltaba no era saber más, sino ceder el control de su vida. Y eso, para alguien con un perfil muy racional, muy competente, acostumbrado a medir resultados en entornos empresariales, no es fácil.

Cuando empezó a preguntarse qué quería Dios de él —qué significaba todo este proceso, qué cambios implicaba— buscó dirección espiritual. Dio con un sacerdote del Opus Dei y tuvo una conversación que, según cuenta, lo dejó hecho polvo. “Salí de ahí desconcertado. Vine a buscar respuestas y me fui del revés. Me dijo que la voluntad de Dios no era que hagas cosas. Que la voluntad de Dios es conquistar mi corazón. Y yo estaba buscando un business plan con hitos concretos, algo medible que guiara mis pasos con seguridad”.

Esa tensión entre responsabilidad personal para asumir sus obligaciones y abandono en los brazos de Dios es uno de los hilos conductores de su proceso. De la Obra aprendió la cultura del esfuerzo y la responsabilidad y del Camino el amor gratuito de Dios. Sin embargo, la renovación carismática le ayudó a “conseguir integrar la responsabilidad y el abandono. Es muy fácil abandonarse en Dios cuando solo el milagro es posible, cuando una enfermedad no deja otra opción. Lo difícil es abandonar en Dios cosas que crees que dependen de ti”.

Más allá de los debates habitualmente estériles sobre si unos carismas son mejores que otros, quizá lo más razonable es reconocer la absoluta soberanía de la Gracia de Dios, que opera siempre al margen de las clasificaciones, tocando las fibras más íntimas del corazón de cada persona en el momento preciso y de la manera en que decide hacerlo. 

¿Cómo vive ahora?

Tito confiesa que vivió muchos años anclado más en el Antiguo Testamento que en el Nuevo. “Vivía más en la norma de los diez mandamientos que en la alegría de la resurrección”, y ahora confiesa que “vivo más en los Hechos de los Apóstoles, los primeros siglos del cristianismo, las cartas de los apóstoles y los padres de la Iglesia”. 

Añade que no está mucho más loco que otros cristianos. “Todos afirmamos creer en la resurrección de Cristo, pero yo hasta hace poco no me daba cuenta de lo que implicaba eso en mi vida”.

Y no deja de ser llamativo que Dios no haya eclipsado la racionalidad que preside habitualmente la vida de Tito, más bien la ha potenciado: desde entonces lee la Escritura y el Catecismo con más atención; ha leído a santa Teresa y San Ignacio de Loyola, el Kempis y otros clásicos de espiritualidad. 

Hoy Tito va a alabanzas los martes con su mujer. Tiene tres hijos y espera el cuarto. Acaba de aceptar una nueva oferta de trabajo. Y cuando habla de Jesucristo en conversación corriente, ya no le suena raro.

Treinta y seis años no son un retraso. Son, a veces, el tiempo permitido por la Providencia para derramar su Gracia.

Libro gratuito en que cuenta su testimonio

Tito Unda cuenta su testimonio en el libro gratuito “Embotado: La inesperada conversión de un cristiano al cristianismo”.  Escrito durante el propio proceso, no es solo el relato de hechos que únicamente encuentran explicación a la luz de la fe, sino un intento de buscar respuestas sobre el sentido del dolor, el discernimiento de la voluntad de Dios y cómo vivir con responsabilidad y abandono.

Portada del libro de Tito Unda en el que relata su testimonio

El resultado es el testimonio de un católico que descubre, quizá por primera vez, y a pesar de haberlo tenido cerca durante años, a Jesucristo. Una muestra de que la llamada a volver a nacer también es para quienes creían haber nacido ya en Él.

Christophe Flippo ha sido 21 años masón y ha vuelto al catolicismo al pedírselo su esposa Claire : «En la fe cristiana, eres salvado por la redención de Jesucristo. En la masonería y la alquimia, intentas salvarte a ti mismo»

Christophe Flippo junto a su esposa Claire que cuando pasaban por un a crisis le pidió que dejará la masonería y volviera al catolicismo

* «Ese día que lo dejé recibí un signo: leí un texto de san Atanasio de Alejandría en una revista que decía: Tu hermano es Dios`’. Fue un mensaje para dejar de buscar ‘hermanos’ en mi anterior comunidad; ahora mi hermano es Cristo. Lo que cambió mi vida fue volver a ser cristiano. Dejas de juzgar. Antes, si veía a alguien pidiendo en la calle, juzgaba que era su culpa por beber o no trabajar; ahora simplemente le ayudo porque necesita ayuda. Ser cristiano te da esperanza y alegría»

Camino Católico.-  “Practiqué la masonería durante 21 años. Pasé por todos los niveles y capas. Me siento legitimado para hablar de ello porque tengo una gran experiencia. Trabajé en París en los rituales de la masonería y fui varias veces lo que llamamos “Venerable”, que es el maestro de una logia. Sobre por qué entré: como la mayoría de la gente, buscaba un sentido a la vida. Mucha gente que entra viene de una cultura cristiana, pero no es practicante. Puede que Dios esté muy lejos de ellos, y ese era mi caso”, dice Christophe Flippo a Omnes, quien asegura que “en apenas unos segundos y por petición de mi mujer, dejé la logia y volví de nuevo al catolicismo”. Además, precisa que “en la fe cristiana, eres salvado por la redención de Jesucristo. En la masonería y la alquimia, intentas salvarte a ti mismo para volver a ser el ‘Adán perfecto’ previo a la caída. Es una vía para perderse totalmente”.

Hoy, a punto de jubilarse con 66 años, cuenta su testimonio para desmitificar algunos conceptos sobre esta organización y explicar las razones por las que es imposible conjugar la fe católica con la masonería. 

Christophe Flippo explica que “en el pasado, mi mujer y yo teníamos fe y educamos a nuestros hijos en la fe cristiana, pero progresivamente nos fuimos alejando de ella debido a la propia masonería. Personalmente, siempre he tenido en mente la pregunta de Leibniz: “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”. Es decir, ¿por qué tenemos un mundo, personas en él y conciencia de quiénes somos en medio de un universo lleno de violencia y explosiones nucleares? Me parecía increíble y buscaba respuestas en libros esotéricos antes de ser masón. Al final, entré porque alguien de mi entorno me lo propuso”.

Dos tipos de masonería: atea y deísta

“No se puede entender la francmasonería como una sola organización; hay dos tipos. Una es atea o laica y la otra es deísta, que cree en un dios genérico o un “arquitecto” que creó el mundo, pero nada más”, dice Christophe.

Y precisa que “la parte atea es muy importante en Francia. Su objetivo es construir un mundo nuevo y mejor, lo cual trae consigo el modernismo y cuestiones sociales como el aborto. Toda la “evolución” de la sociedad está liderada principalmente por esta parte atea. Hubo una época, en la Tercera República francesa de 1870, en la que el 80 % de los diputados eran masones, por lo que su influencia fue enorme hasta la Segunda Guerra Mundial”.

Christophe Flippo ha vuelto a Cristo después de 21 años en la masonería 

En ese sentido señala que “los masones ateos hacen mucha política porque quieren promover su visión de la sociedad. Por eso, cuando ves a alguien hablando de masonería en la televisión o periódicos, casi siempre es de este lado. Toda la red de negocios y política está en ese lado, porque para ser político necesitas dinero y contactos”.

“La otra parte, la deísta, se basa en la tradición del Reino Unido y su constitución se estableció en el siglo XVIII, hacia 1715. Fue creada por dos pastores protestantes con la idea de buscar la paz, en una época de guerras entre católicos y protestantes. Querían sentar a la gente a la mesa para discutir sobre filosofía con tolerancia, sin la Iglesia de por medio. Cuando el Imperio Británico se expandió, reclutaron a personas locales en India o China para apoyarlos y manipularlos. Para que esto funcionara entre diferentes religiones, eliminaron cualquier mención a la fe cristiana. Así, un musulmán, budista o hinduista puede ser masón porque el único punto común es el ‘Gran Arquitecto del Universo’”, reflexiona Christophe.

Rituales que te alejan del Dios único y te llevan al paganismo

La praxis de la masonería genera estas consecuencias: “El problema es que construyen rituales y una historia basada en una mezcla de muchas culturas: alquimia, ritos griegos, egipcios, templarios y también la Biblia. En el rito de emulación, que es el más conocido, el nombre del ‘Gran Arquitecto’ cambia en cada nivel. Empieza como arquitecto, luego geómetra, y en un nivel llega a llamarse “divinidades”, en plural, lo cual ya es un problema para una fe monoteísta. Al final, el nombre es una concatenación de tres dioses: Jehová, Baal (el dios sirio) y On o Ra (el dios egipcio del sol). Te alejas del Dios único y terminas en un punto plenamente pagano”.

Por eso advierte que “la masonería deísta es totalmente incompatible con la fe cristiana, porque relativiza. Todo es igual: desde el mito de Isis y Osiris hasta la resurrección de Cristo. En resumen, a los masones les cito la primera frase de Cristo en el Evangelio de Juan: ‘¿Qué buscáis?’”.

“Ahora mi hermano es Cristo”

Después de 21 años en la masonería llegó el momento de volver a Jesucristo y según Christophe sucedió así: “Me fui en unos pocos segundos, aunque amaba la masonería. Me fui porque mi mujer me lo pidió. Estábamos redescubriendo la fe cristiana en una peregrinación en Francia y atravesábamos una crisis. Mi esposa dijo que la crisis se debía a que yo era masón, y como esposo, mi prioridad es ella”.

Christophe Flippo con su esposa Claire que le pidió que dejará la masonería y volviera al catolicismo

Pero al dar ese paso, “ese día que lo dejé recibí un signo: leí un texto de san Atanasio de Alejandría en una revista que decía: Tu hermano es Dios`’. Fue un mensaje para dejar de buscar ‘hermanos’ en mi anterior comunidad; ahora mi hermano es Cristo”.

Y el fruto de volver al catolicismo es perceptible en su manera de actuar:”Lo que cambió mi vida fue volver a ser cristiano. Dejas de juzgar. Antes, si veía a alguien pidiendo en la calle, juzgaba que era su culpa por beber o no trabajar; ahora simplemente le ayudo porque necesita ayuda. Ser cristiano te da esperanza y alegría”.

Dificultades para vivir el matrimonio si uno de los dos es masón

La espiritualidad que cada persona se construye para sí en la masonería provoca serias dificultades para la vida matrimonial: “Es un problema para las parejas porque construyes tu espiritualidad solo. Tu esposa no puede entender los rituales, que son extraños y progresivos. Se crea una brecha. Una mujer me contó una vez que su marido, que era masón, le pidió el divorcio durante una cena simplemente diciendo: ‘No tenemos nada más que compartir’. Él estaba construyendo algo por su cuenta y ella estaba sola.

Para Christophe Flippo “la masonería no es una secta. Es difícil entrar, pero es fácil irse. No se bebe sangre, ni se escupe sobre Cristo. Pero sí es un extravío filosófico. Una búsqueda progresiva que aleja de Cristo en favor de las tradiciones paganas. Sin embargo, la ‘fraternidad’ es falsa. El día que te vas, desapareces para ellos. Yo estaba llorando en mi última reunión porque estaba triste por dejar a mis hermanos, pero al día siguiente nadie me llamó. La relación es con el grupo, no entre individuos”, concluye.