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miércoles, 25 de marzo de 2026

Papa León XIV en la Audiencia General, 25-3-2026: «La jerarquía nace de la caridad de Cristo para garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia»

* «Con el adjetivo ‘jerárquica’, por tanto, el Concilio quiere indicar el origen sacro del ministerio apostólico en la acción de Jesús, Buen Pastor, así como sus relaciones internas. Los obispos, ante todo, y, a través de ellos, los presbíteros y los diáconos, han recibido encargos (en latín, munera) que los llevan a estar al servicio de ‘todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios’ para que ‘tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación’»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la alocución Papa León XIV ha hecho en nuestro idioma

* «Pidamos a Cristo, Buen Pastor, que suscite en la Iglesia pastores dispuestos a dar la vida por la grey a ellos confiada; que sean ardientes en la caridad, disponibles en la misión y valientes en el anuncio del Evangelio»

25 de marzo de 2026.- (Camino Católico).- “San Pablo VI presentó la jerarquía como realidad ‘nacida de la caridad de Cristo para realizar, difundir y garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia’”, ha dicho el Papa León XIV en la catequesis en la audiencia general de hoy, 25 de marzo, en la Plaza de San Pedro, ante decenas de miles de fieles, dedicada aún a los documentos conciliares, en particular a la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, del 21 de noviembre de 1964. El Pontífice, después de un largo recorrido en papamóvil, se detiene en el tercer capítulo del documento centrado en “La constitución jerárquica de la Iglesia y en particular del episcopado”.


León XIV recuerda que los Apóstoles son “testigos autorizados de la resurrección de Jesús y enviados por el Señor mismo en misión al mundo”; a su vez transmiten el ministerio a hombres que, “hasta el regreso de Cristo, continúan santificando, guiando e instruyendo a la Iglesia gracias a sus sucesores en la misión pastoral”. “La Iglesia católica encuentra su fundamento en los Apóstoles, queridos por Cristo como columnas vivas de su Cuerpo místico, y posee una dimensión jerárquica que actúa al servicio de la unidad, de la misión y de la santificación de todos los miembros”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de san Pedro

Miércoles, 25 de marzo de 2026


Catequesis: Los documentos del Concilio Vaticano II

II. Constitución dogmática Lumen gentium 

5. Sobre el fundamento de los Apóstoles. La Iglesia en su dimensión jerárquica

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, comentando la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (LG). Después de haberla presentado como pueblo de Dios, hoy consideraremos su forma jerárquica.

La Iglesia Católica encuentra su fundamento en los apóstoles, que Cristo quiso como columnas vivas de su Cuerpo místico; y posee una dimensión jerárquica que obra al servicio de la unidad, de la misión y de la santificación de todos sus miembros. Este Orden sacro está permanentemente fundado sobre los apóstoles (cfr. Ef 2,20; Ap 21,14) en cuanto testigos autorizados de la resurrección de Jesús (cfr At 1,22; 1Cor 15,7) y enviados por el Señor mismo en misión al mundo (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19). Como los apóstoles están llamados a custodiar fielmente las enseñanzas salvíficas del Maestro (cfr. 2Tm 1,13-14), transmiten su ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando, guiando e instruyendo la Iglesia «gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral» (CIC, n. 857).

El capítulo III de la Lumen Gentium, titulado Constitución jerárquica de la Iglesia, y particularmente del episcopado, profundiza en esta sucesión apostólica fundada en el Evangelio y en la Tradición. El Concilio enseña que la estructura jerárquica no es una construcción humana que sirve para la organización interna de la Iglesia como cuerpo social (cfr. LG, 8), sino que es una institución divina que tiene como finalidad perpetuar hasta el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los apóstoles.

El hecho de que esta temática se afronte en el capítulo III, después de que en los dos primeros se ha contemplado la esencia verdadera y propia de la Iglesia (cfr. Acta Synodalia III/1, 209-210), no implica que la constitución jerárquica sea un elemento sucesivo respecto al pueblo de Dios: como afirma el Decreto Ad gentes, «los Apóstoles fueron los gérmenes del nuevo Israel y, al mismo tiempo, origen de la sagrada Jerarquía» (n. 5), en cuanto comunidad de los redimidos por la Pascua de Cristo, establecida como medio de salvación para el mundo.

A fin de captar la intención del Concilio, es oportuno leer bien el título del capítulo III de Lumen Gentium, que explicita la estructura fundamental de la Iglesia, recibida de Dios Padre mediante el Hijo y llevada a cumplimiento con la efusión del Espíritu Santo. Los Padres conciliares no quisieron presentar los elementos institucionales de la Iglesia, como podría dar a entender el sustantivo “constitución” si se entiende en el sentido moderno. El documento se concentra, en cambio, en el «sacerdocio ministerial o jerárquico», que difiere «esencialmente y no sólo en grado» del sacerdocio común de los fieles, y recuerda que «se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (LG, 10). Así, el Concilio trata el ministerio que se transmite a hombres que son investidos de sacra potestas (cfr. LG, 18) para el servicio en la Iglesia: se detiene, especialmente, en el episcopado (LG, 18-27), y luego en el presbiterado (LG, 28) y el diaconado (LG, 29) como grados del único sacramento del Orden.

Con el adjetivo “jerárquica”, por tanto, el Concilio quiere indicar el origen sacro del ministerio apostólico en la acción de Jesús, Buen Pastor, así como sus relaciones internas. Los obispos, ante todo, y, a través de ellos, los presbíteros y los diáconos, han recibido encargos (en latín, munera) que los llevan a estar al servicio de «todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios» para que «tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación» (LG, 18).

La Lumen Gentium recuerda varias veces y de manera eficaz el carácter colegial y de comunión de esta misión apostólica, reafirmando que «el encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad diaconía, o sea ministerio» (LG, 24). Se comprende entonces por qué San Pablo VI presentó la jerarquía como realidad «nacida de la caridad de Cristo para realizar, difundir y garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia» (Disc. 14 de sept. de 1964, en Acta Synodalia III/1, 147).

Queridas hermanas, queridos hermanos, pidamos al Señor que mande a su Iglesia ministros ardientes en la caridad evangélica, entregados al bien de todos los bautizados y misioneros valientes en todos los lugares del mundo.

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy, abordamos el tercer capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la dimensión jerárquica de la Iglesia. Cristo eligió como columnas vivas de su Cuerpo místico a los apóstoles, llamados a custodiar y a transmitir sus enseñanzas, a fin de seguir santificando, instruyendo y guiando al Pueblo de Dios.

La estructura jerárquica no es una invención meramente humana, sino una institución divina, dirigida a perpetuar la misión dada por Cristo a los apóstoles hasta el fin de los tiempos. El documento conciliar menciona particularmente a los obispos, los presbíteros y los diáconos, que poseen distintos grados del mismo sacramento del Orden, esencialmente distinto del sacerdocio común de los fieles, y cuya misión apostólica se ejerce colegialmente y en comunión. Dichos ministros, que poseen la sacra potestad, están al servicio de todos los bautizados, para que vivan en Cristo y alcancen la salvación.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a Cristo, Buen Pastor, que suscite en la Iglesia pastores dispuestos a dar la vida por la grey a ellos confiada; que sean ardientes en la caridad, disponibles en la misión y valientes en el anuncio del Evangelio. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

El Santo Padre ha dicho en otros idiomas:

Finalmente, mis pensamientos se dirigen a los jóvenes, los enfermos y los recién casados. Que la Solemnidad de la Anunciación del Señor, que celebramos hoy, sea para todos una invitación a seguir el ejemplo de María Santísima y a estar siempre dispuestos a cumplir la voluntad de Dios.

¡Mi bendición para todos!

Papa León XIV




Fotos: Vatican Media, 25-3-2026

Papa León XIV en mensaje para la jornada de oración de las vocaciones 2026: «Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar»

* «El Señor de la vida nos conoce e ilumina nuestro corazón con su mirada de amor. Toda vocación, en efecto, surge de la conciencia y la experiencia de un Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4,16). Él nos conoce profundamente, ha contado los cabellos de nuestra cabeza (cf. Mt 10,30) y ha pensado un camino único de santidad y de servicio para cada uno. Pero este conocimiento debe ser siempre mutuo; estamos llamados a conocer a Dios por medio de la oración, de la escucha de la Palabra, de los sacramentos, de la vida de la Iglesia y de la entrega a los hermanos y a las hermanas» 


25 de marzo de 2026.- (Camino Católico)  “El descubrimiento interior del don de Dios” es el título del mensaje del Santo Padre para la 63 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se celebra el IV domingo de Pascua, “domingo del buen Pastor” 26 de abril de 2026. “Es un momento de gracia para compartir algunas reflexiones sobre la dimensión interior de la vocación”, dice León XIV.

En su mensaje el Pontífice reflexiona sobre el valor de la contemplación y la interioridad, para escuchar y atender al llamado vocacional desde la relación cercana con Dios en la vida cotidiana. Como un camino que refleje la belleza de Cristo, partiendo del conocimiento mutuo, la confianza, hasta la maduración de una respuesta plena: “Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo. Recorriendo el camino que Jesús, el Pastor bello, nos indica, aprendemos entonces a conocernos mejor a nosotros mismos y a conocer más de cerca a Dios que nos ha llamado”. El texto íntegro del Mensaje del Santo Padre para la 63 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2026 es el siguiente:


MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

PARA LA LXIII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN

POR LAS VOCACIONES

IV Domingo de Pascua - 26 de abril de 2026

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:

Guiados y custodiados por Jesús Resucitado, en el IV domingo de Pascua, llamado “domingo del buen Pastor”, celebramos la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Es un momento de gracia para compartir algunas reflexiones sobre la dimensión interior de la vocación, entendida como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros. Recorramos pues juntos el camino de una vida verdaderamente hermosa, que el Pastor nos muestra.

El camino de la belleza

En el Evangelio de Juan, Jesús se define literalmente el «pastor bello» (ὁ ποιμὴν ὁ καλός) ( Jn 10,11). La expresión hace referencia a un pastor perfecto, auténtico, ejemplar, en cuanto está dispuesto a dar la vida por sus ovejas, manifestando de ese modo el amor de Dios. Es el Pastor que cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. Para conocer esta belleza no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios estéticos; se necesita contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada puede decir con confianza: “Me fío, con Él la vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta belleza”. Y lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos, a su vez nos volvemos “bellos”; su belleza nos transfigura. Como escribe el teólogo Pável Florenski, la ascética no hace al hombre “bueno”, sino al hombre “bello”. [1] El rasgo que distingue a los santos, además de la bondad, es la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar de su vida, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.

Esta comunicación interior de vida, de fe y de sentido fue también la experiencia de san Agustín, el cual, en el libro tercero de las Confesiones, mientras declara y confiesa sus pecados y errores juveniles, reconoce a Dios «más interior que lo más íntimo mío». [2] Más allá de la conciencia de sí mismo, descubre la belleza de la luz divina que lo guía en la oscuridad. Agustín atisba la presencia de Dios en lo más interior de su alma, y eso implica haber comprendido y vivido la importancia del cuidado de la interioridad como espacio de relación con Jesús, como camino para experimentar la belleza y la bondad de Dios en su propia vida.

Dicha relación se construye en la oración y en el silencio y, si se cultiva, nos abre a la posibilidad de acoger y vivir el don de la vocación, que nunca es una imposición o un esquema prefijado al que simplemente hay que adherir, sino un proyecto de amor y de felicidad. En la pastoral vocacional y en el compromiso siempre nuevo de la evangelización es urgente volver a partir del cuidado de la interioridad.

En este espíritu, invito a todos —familias, parroquias, comunidades religiosas, obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, educadores y fieles laicos— a comprometerse cada vez más a crear contextos favorables con el fin de que este don pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado para dar fruto abundante. Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo. Recorriendo el camino que Jesús, el Pastor bello, nos indica, aprendemos entonces a conocernos mejor a nosotros mismos y a conocer más de cerca a Dios que nos ha llamado.

Conocimiento mutuo

«El Señor de la vida nos conoce e ilumina nuestro corazón con su mirada de amor». [3] Toda vocación, en efecto, surge de la conciencia y la experiencia de un Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4,16). Él nos conoce profundamente, ha contado los cabellos de nuestra cabeza (cf. Mt 10,30) y ha pensado un camino único de santidad y de servicio para cada uno. Pero este conocimiento debe ser siempre mutuo; estamos llamados a conocer a Dios por medio de la oración, de la escucha de la Palabra, de los sacramentos, de la vida de la Iglesia y de la entrega a los hermanos y a las hermanas. Como el joven Samuel que, durante la noche, quizá de manera inesperada, oyó la voz del Señor y aprendió a reconocerla con la ayuda de Elí (cf. 1 Sam 3,1-10), así también nosotros debemos crear espacios de silencio interior para intuir lo que el Señor tiene en su corazón para nuestra felicidad. No se trata de un saber intelectual abstracto o de un conocimiento académico, sino de un encuentro personal que transforma la vida. [4] Dios habita en nuestro corazón; la vocación es un diálogo íntimo con Él, que nos llama —a pesar del ruido en ocasiones ensordecedor del mundo— y nos invita a responder con verdadera alegría y generosidad.

«Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas – No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad». [5] Una vez más, san Agustín nos recuerda lo importante que es aprender a detenerse y a construir espacios de silencio interior para poder escuchar la voz de Jesucristo.

Queridos jóvenes, ¡escuchen esa voz! Escuchen la voz del Señor que los invita a vivir una vida plena, realizada, haciendo fructificar los propios talentos (cf. Mt 25,14-30) y clavando en la cruz gloriosa de Cristo los propios límites y debilidades. Por lo tanto, dediquen tiempo a la adoración eucarística, mediten asiduamente la Palabra de Dios para vivirla cada día, participen activa y plenamente en la vida sacramental y eclesial. De este modo conocerán al Señor y, en la intimidad propia de la amistad, descubrirán cómo entregarse a los demás, en el camino del matrimonio, o del sacerdocio, o del diaconado permanente, o en la vida consagrada, religiosa o seglar: toda vocación es un don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría. Conocer al Señor significa sobre todo aprender a confiar en Él y en su Providencia, que sobreabunda en toda vocación.

Confianza

Del conocimiento nace la confianza, actitud que es hija de la fe, esencial tanto para acoger la vocación como para perseverar en ella. La vida, en efecto, se revela como un continuo confiar y encomendarse al Señor, aun cuando sus planes cambien los nuestros.

Pensemos en san José, que, a pesar del inesperado misterio de la maternidad de la Virgen, confió en el sueño divino y acogió a María y al Niño con corazón obediente (cf. Mt 1,18-25; 2,13-15). José de Nazaret es un icono de confianza total en el designio de Dios: confió incluso cuando todo a su alrededor parecía ser tiniebla y negatividad, cuando las cosas parecían andar en dirección opuesta a lo previsto. Él se fio y confió, seguro de la bondad y la fidelidad del Señor. «En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “ fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní». [6]

Como nos ha enseñado el Jubileo de la Esperanza, es necesario cultivar una confianza firme y estable en las promesas de Dios, sin ceder nunca a la desesperación, superando miedos e incertidumbres, con la certeza de que el Resucitado es Señor de la historia del mundo y de nuestra historia personal. Él no nos abandona en las horas más oscuras, sino que viene a disipar todas nuestras tinieblas con su luz. Y precisamente gracias a la luz y a la fuerza de su Espíritu, también atravesando pruebas y crisis, podemos ver madurar nuestra vocación, reflejar cada vez más la belleza de Aquel que nos ha llamado, una belleza hecha de fidelidad y confianza, a pesar de las heridas y las caídas.

Maduración

La vocación, en efecto, no es una meta estática, sino un proceso dinámico de maduración, favorecido por la intimidad con el Señor. Estar con Jesús, dejar actuar al Espíritu Santo en los corazones y en las situaciones de la vida y releer todo a la luz del don recibido significa crecer en la vocación.

Como la vid y los sarmientos (cf. Jn 15,1-8), así toda nuestra existencia debe constituirse como un vínculo fuerte y esencial con el Señor, para convertirse en una respuesta cada vez más plena a su llamada, a través de las pruebas y las podas necesarias. Los “lugares” donde se manifiesta mayormente la voluntad de Dios y se hace experiencia de su amor infinito son a menudo los vínculos auténticos y fraternos que somos capaces de instaurar durante nuestra vida. Qué valioso es tener un buen guía espiritual que acompañe el descubrimiento y el desarrollo de nuestra vocación. Qué importantes son el discernimiento y el seguimiento a la luz del Espíritu Santo, para que una vocación pueda realizarse en toda su belleza.

La vocación, por tanto, no es una posesión inmediata, algo “dado” de una vez por todas; es más bien un camino que se desarrolla análogamente a la vida humana, en el cual el don recibido, además de ser cuidado, debe alimentarse de una relación cotidiana con Dios para poder crecer y dar fruto. «Esto es valioso, porque sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor, que tiene un precioso plan para nosotros». [7]

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes, los animo a cultivar su relación personal con Dios a través de la oración cotidiana y la meditación de la Palabra. Deténganse, escuchen, confíen; de ese modo, el don de su vocación madurará, los hará felices y dará frutos abundantes para la Iglesia y para el mundo.

Que la Virgen María, modelo de acogida interior del don divino y maestra de la escucha orante, los acompañe siempre en este camino.

Vaticano, 16 de marzo de 2026

Papa León XIV

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[1] «Y de hecho la ascética no está dirigida a formar un hombre “bueno”, sino bello; el rasgo característico de los santos ascetas no es en modo alguno la “bondad”, que se encuentra también en hombres carnales, incluso en pecadores habituales: es la belleza espiritual, la belleza deslumbradora de una persona resplandeciente, portadora de luz. Esta belleza es inaccesible para la inercia del hombre carnal» (P. Florenski, La columna y el fundamento de la verdad, Salamanca 2010, 113).

[2] S. Agustín, Confesiones, III, 6, 11: CSEL 33, 53.

[3] Carta ap. Una fidelidad que genera futuro (8 diciembre 2025), 5.

[4] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1.

[5] S. Agustín, De la verdadera religión, XXXIX, 72: CCSL 32, 234.

[6] Francisco, Carta ap. Patris corde (8 diciembre 2020), 3.

[7] Francisco, Exhort. ap. postsin. Christus vivit (25 marzo 2019), 248.

Fotos: Vatican Media