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domingo, 22 de marzo de 2026

Miguel Vinagrero: «Estudié musicología, iba a casarme y el Señor me dijo: ‘quiero que seas sacerdote’»

Miguel Vinagrero va a ser sacerdote aunque tenía novia y estudió musicología

* «Yo había montado ya mi plan por mi cuenta». La llamada le obligó a confrontar conversaciones difíciles. La primera, con su novia, esa misma tarde. «Fue doloroso», recuerda. Sin que él dijera nada, ella lo intuyó: «Miguel, tú quieres ser cura, ¿verdad?» Ambos decidieron tomar distancia para que él pudiera discernir sin condicionantes. Sus padres, recibieron la noticia «con muchísima ilusión»


Vídeo del testimonio de Miguel Vinagrero  en el programa 'Ecclesia es Domingo' de 13 TV

Camino Católico.- Con motivo de la celebración del Día del Seminario, la Iglesia pone el foco en las vocaciones y en la vida de aquellos que deciden iniciar el camino hacia el sacerdocio. Actualmente, España cuenta con 1.066 seminaristas, una cifra que ha experimentado un ligero aumento respecto al año anterior, consolidando una tendencia de recuperación. Uno de ellos es Miguel Vinagrero, joven de la diócesis de Getafe que se encuentra en su cuarto año de formación y cuya historia personal rompe con la idea de una vocación surgida en la infancia.

Un "tsunami" que lo cambió todo

Antes de que la llamada irrumpiera en su vida, Miguel Vinagrero tenía un futuro perfectamente trazado. A sus 19 años, estaba inmerso en sus estudios de Musicología, mantenía una relación de tres años con su novia y sus planes eran claros: ser profesor de música y casarse. "Yo tenía mi plan ya hecho y todo", reconoce en 'Ecclesia, es domingo' de 13 TV . "Me voy a casar con esta chica, vamos a tener estos hijos, vamos a vivir aquí... y en medio de todo ese plan que yo ya me había montado, pues llega el Señor".

El momento decisivo ocurrió el 4 de noviembre de 2018. El día anterior, Miguel había asistido a la ordenación sacerdotal de un amigo, un evento que ya había generado "un primer movimiento interno". Sin embargo, fue durante la primera misa de su amigo, al día siguiente, cuando sintió la llamada con una claridad rotunda. "Justo al inicio de la misa, cuando todos se dirigían al altar, ahí fue cuando, con una claridad meridiana, sentí en el corazón que el Señor me decía: 'Miguel, esto es lo que quiero para ti, quiero que seas sacerdote'". Lo describe como un 'tsunami', una 'tormenta muy grande' que le desestabilizó por completo.

Aunque su familia era católica y él participaba activamente en el movimiento de Schönstatt, nunca se había planteado seriamente la pregunta vocacional. "Yo había montado ya mi plan por mi cuenta", admite. La llamada le obligó a confrontar conversaciones difíciles. La primera, con su novia, esa misma tarde. "Fue doloroso", recuerda. Sin que él dijera nada, ella lo intuyó: "Miguel, tú quieres ser cura, ¿verdad?". Ambos decidieron tomar distancia para que él pudiera discernir sin condicionantes. Con sus padres, la reacción fue diferente. Aunque notaron que "le pasaba algo", recibieron la noticia "con muchísima ilusión", una gracia que, como él mismo señala, no todos los aspirantes tienen.

Miguel Vinagrero con el Papa Francisco en el Vaticano

La dura formación para ser sacerdote

Entrar en el seminario es el inicio de un largo período de formación que en España dura, como mínimo, ocho años. El primer paso es el curso propedéutico, un año preparatorio enfocado en "crecer en intimidad con el Señor" y en la convivencia grupal. Aunque no se cursan estudios universitarios, la formación es intensa, con asignaturas como latín, padres de la Iglesia, cultura clásica y liturgia.

Superado este año, comienzan los estudios superiores. En el caso de las diócesis de la Provincia Eclesiástica de Madrid (Getafe, Madrid y Alcalá), los seminaristas cursan el Bachillerato de Teología en la Universidad San Dámaso. Son cinco años divididos en dos de Filosofía y tres de Teología. Miguel se encuentra actualmente en su cuarto año, el segundo de Teología. "A mí me gusta mucho la liturgia, y me gusta mucho también dogmática", confiesa sobre una posible especialización.

Tras los seis años de formación teórica (propedéutico y bachillerato), el itinerario continúa con un año de pastoral, seguido de la ordenación de diácono. El sacramento del orden tiene tres grados, y el diaconado es el primero. El diácono, explica Miguel, es "el siervo", centrado en la caridad y la palabra. Tras un período que suele durar alrededor de un año, llega la ordenación de presbítero, que le configura con "Cristo Pastor".

Miguel Vinagrero, el segundo por la izquierda en la primera fila, con su familia 

El día a día en el seminario: Una vida entre la oración y la comunidad

Lejos de ser un lugar de clausura, el seminario se asemeja a una mezcla entre un colegio mayor y un monasterio. "Vivimos juntos como una comunidad que crece junta en la fe", explica Miguel. La vida transcurre en un edificio con habitaciones, una capilla "donde rezamos" y un comedor. Como anécdota, recuerda su primera cena: "A mí no me gusta nada el puré de verduras, y la primera noche en el seminario... ¡pum, puré de verduras!".

En este entorno, su pasión por la música ha encontrado un nuevo cauce. La musicología no queda fuera, ya que la música es una constante en la liturgia diaria, desde la misa matutina hasta la exposición del Santísimo. Además, en cualquier evento festivo, "ya sacamos la guitarra y nos ponemos a cantar". 

El discernimiento es un proceso continuo. Miguel entró teniéndolo "clarísimo", pero otros compañeros llegan para "seguir discerniendo la voluntad de Dios". Sobre los que abandonan, como dos compañeros que entraron con él y que hoy tienen pareja y trabajo, reflexiona: "El Señor quería enseñarles algo a través del seminario. Algo descubrieron seguro". Esta idea enlaza con los datos actuales, que indican una disminución en el número de abandonos, atribuida a un discernimiento previo "más acompañado y fortalecido".

Respecto al creciente interés por la espiritualidad, a menudo denominado el "giro católico", Miguel confirma que es un tema que "se habla y se comenta" tanto en el seminario como en la facultad. De hecho, un profesor les ha compartido una antología con más de 80 artículos de prensa sobre este fenómeno, y algunos seminaristas provienen de realidades como retiros de impacto, aunque no puede asegurar una relación directa con el aumento de vocaciones.

Para un joven que se esté planteando la vocación, Miguel Vinagrero ofrece un triple consejo. El primero es cuidar la vida interior y la oración. "Tienes que hacerte el mejor amigo de Jesús", le recomendó su director espiritual. Citando una obra sobre San Ignacio de Loyola, subraya: "La vida interior importa más que los actos externos". El segundo pilar es la vida eclesial: "El sacerdocio no es para ti, es para servir a tus hermanos", por lo que anima a comprometerse en la parroquia o movimiento. Finalmente, recuerda la importancia del acompañamiento para no hacer el camino solo y de "aferrarse a los santos, que ayudan mucho".

Papa León XIV en el Ángelus, 22-3-2026: «Nada de lo creado puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no encontramos paz hasta que descansamos en Él»

* «El relato de la resurrección de Lázaro nos invita, entonces, a ponernos a la escucha de esa profunda necesidad y, con la fuerza del Espíritu Santo, liberar nuestros corazones de hábitos, condicionamientos y formas de pensar que, como grandes piedras, nos encierran en el sepulcro del egoísmo, el materialismo, la violencia y de la superficialidad. En estos lugares no hay vida, sino sólo desorientación, insatisfacción y soledad. Jesús también a nosotros nos grita: «¡Ven afuera!» (Jn 11,43), animándonos a salir, renovados por su gracia, de esos espacios angostos, para caminar en la luz del amor, como mujeres y hombres nuevos, capaces de esperar y amar según el modelo de su caridad infinita, sin cálculos y sin límites» 

   

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «Sigo con tristeza la situación en Oriente Medio, así como en otras regiones del mundo devastadas por la guerra y la violencia. No podemos permanecer en silencio ante el sufrimiento de tantas personas indefensas, víctimas de estos conflictos. Lo que las hiere a ellas, lacera a toda la humanidad. La muerte y el dolor provocados por estas guerras ¡son un escándalo para toda la familia humana y un grito ante Dios! Renuevo mi vehemente llamamiento a perseverar en la oración, para que cesen las hostilidades y se abran finalmente caminos de paz basados en el diálogo sincero y en el respeto a la dignidad de cada persona humana»  


22 de marzo de 2026.- (Camino Católico)  “Nada de lo creado puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no encontramos paz hasta que descansamos en Él”, lo ha dicho el Papa León XIV en su alocución previa a la oración mariana del Ángelus de este domingo 22 de marzo, ante los miles de fieles y peregrinos que se han dado cita en la Plaza de san Pedro.

Al comentar el Evangelio de este V Domingo de Cuaresma, el Santo Padre señala que, en la liturgia se proclama el Evangelio de la Resurrección de Lázaro (cf. Jn 11,1-45). Y dice que, en el itinerario cuaresmal, este es un signo que habla de la victoria de Cristo sobre la muerte y del don de la vida eterna que recibimos en el Bautismo. “Hoy, Jesús nos dice también a nosotros, al igual que a Marta, la hermana de Lázaro: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,25-26)”.

Después de rezar la oración del Ángelus, el Santo Padre ha hecho un nuevo llamamiento en favor de la paz en Oriente Medio y en otras regiones del mundo asoladas por la guerra y la violencia. “Estas guerras son un escándalo para toda la humanidad y un clamor a Dios. Reitero con vehemencia mi llamado a perseverar en la oración, para que cesen las hostilidades y se abran finalmente caminos de paz, basados en el diálogo sincero y el respeto a la dignidad". En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente: 

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro

Domingo, 22 de marzo de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este quinto domingo de Cuaresma, en la liturgia se proclama el Evangelio de la Resurrección de Lázaro (cf. Jn 11,1-45).

En el itinerario cuaresmal, este es un signo que habla de la victoria de Cristo sobre la muerte y del don de la vida eterna que recibimos en el Bautismo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica,1265). Hoy, Jesús nos dice también a nosotros, al igual que a Marta, la hermana de Lázaro: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,25-26).

La liturgia nos invita así a revivir, a la luz de la inminente celebración de la Semana Santa, los acontecimientos de la Pasión del Señor —la entrada en Jerusalén, la última cena, el juicio, la crucifixión, el entierro— para percibir su sentido más auténtico y abrirnos al don de la gracia que contienen.

De hecho, es en Cristo Resucitado, que vence a la muerte y que vive en nosotros por la gracia del Bautismo, en quien estos acontecimientos encuentran su culmen, para nuestra salvación y plenitud de vida.

Su gracia ilumina este mundo, que parece estar en una búsqueda constante de novedades y cambios, incluso a expensas de sacrificar cosas importantes —tiempo, energías, valores, afectos— como si la fama, los bienes materiales, el entretenimiento o las relaciones pasajeras pudieran satisfacer nuestro corazón o hacernos inmortales. Es el síntoma de una necesidad de infinito que cada uno de nosotros lleva dentro, pero cuya respuesta no puede depositarse en lo efímero. Nada de lo creado puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no encontramos paz hasta que descansamos en Él (cf. Las Confesiones, I,1.1).

El relato de la resurrección de Lázaro nos invita, entonces, a ponernos a la escucha de esa profunda necesidad y, con la fuerza del Espíritu Santo, liberar nuestros corazones de hábitos, condicionamientos y formas de pensar que, como grandes piedras, nos encierran en el sepulcro del egoísmo, el materialismo, la violencia y de la superficialidad. En estos lugares no hay vida, sino sólo desorientación, insatisfacción y soledad.

Jesús también a nosotros nos grita: «¡Ven afuera!» (Jn 11,43), animándonos a salir, renovados por su gracia, de esos espacios angostos, para caminar en la luz del amor, como mujeres y hombres nuevos, capaces de esperar y amar según el modelo de su caridad infinita, sin cálculos y sin límites.

Que la Virgen María nos ayude a vivir así estos días santos: con su fe, con su confianza, con su fidelidad, para que también en nosotros se renueve cada día la experiencia luminosa del encuentro con su Hijo resucitado.

Oración del Ángelus:  

Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…


Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…


Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…


Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.


Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.


Amen.


Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…


Benedictio Apostolica seu Papalis


Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.


Amen.



Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:


Sigo con tristeza la situación en Oriente Medio, así como en otras regiones del mundo devastadas por la guerra y la violencia. No podemos permanecer en silencio ante el sufrimiento de tantas personas indefensas, víctimas de estos conflictos. Lo que las hiere a ellas, lacera a toda la humanidad. La muerte y el dolor provocados por estas guerras ¡son un escándalo para toda la familia humana y un grito ante Dios! Renuevo mi vehemente llamamiento a perseverar en la oración, para que cesen las hostilidades y se abran finalmente caminos de paz basados en el diálogo sincero y en el respeto a la dignidad de cada persona humana.



Hoy se celebra en Roma el gran maratón, con innumerables atletas procedentes de todo el mundo. ¡Esto es un signo de esperanza! Que el deporte trace caminos de paz, inclusión social y de espiritualidad.


Saludo cordialmente a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países, en particular a los que han venido de la Diócesis de Córdoba, en España.


Recibo con alegría a los fieles de Belluno y Pordenone, de Crotone y de la parroquia de Santa Maria delle Grazie, en Roma. Saludo a los jóvenes de Nave, de la Diócesis de Brescia, al grupo de confirmandos de la Diócesis de Florencia y a los representantes de la Asociación de Directores de Hotel.


¡Les deseo a todos un feliz domingo!


Papa León XIV





Fotos: Vatican Media, 22-3-2026

P. Roberto Pasolini en la 3ª meditación de Cuaresma ante el Papa: «Engendrar a Cristo es dejar que su presencia cambie ante todo nuestro modo de vivir, hasta hacerse visible también a los demás»

 


* «Así es también la fe. Primero Cristo ocupa espacio dentro de nosotros, en silencio, en la oración, en las decisiones cotidianas. Y solo después puede aparecer exteriormente, en los gestos y en la forma en que nos relacionamos con los demás… Cristo no es una información que transmitir, sino un misterio que habita la humanidad y que pide ser reconocido para poder emerger en la vida. El Evangelio no se comunica como una simple noticia; se entrega como una vida que lentamente toma forma»    

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español por Pax TV, con la 3ª meditación de Cuaresma del P. Roberto Pasolini ante el Papa León XIV 

* «No somos nosotros el centro del anuncio, sino el rostro de Dios que podemos, con sencillez, hacer transparente y accesible. El Evangelio no se anuncia para vencer, sino para encontrar. El otro no es un objetivo que alcanzar, sino un umbral ante el cual uno se detiene, esperando ser acogido. Evangelizar no significa acortar la distancia a cualquier precio, sino atravesarla sin cancelarla, custodiando la diferencia como el espacio donde Dios sigue actuando en el corazón de cada uno»



Camino Católico.- «Engendrar a Cristo no significa solamente hablar bien de Él o convencer a los demás con palabras eficaces, significa dejar que su presencia cambie ante todo nuestro modo de vivir, hasta hacerse visible también a los demás», ha reflexionado el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, ante el Papa León XIV y la Curia Romana, en su tercera predicación de Cuaresma, en el Aula Pablo VI, el viernes 20 de marzo de 2026, a las 9 de la mañana, ante el Papa León XIV y la Curia.



Implicarse personalmente con humildad, aceptando depender de la sensibilidad de los demás; preparar el terreno para el encuentro con Jesús; no ofrecer respuestas, sino suscitar preguntas; dejar espacio al diálogo, dispuestos a acoger el bien del otro en “un dinamismo de amor”. Es un camino articulado y lleno de matices, centrado en la evangelización a partir de la experiencia espiritual de San Francisco de Asís, el que el predicador de la Casa Pontificia, padre Roberto Pasolini, propone en su tercera meditación titulada: “La misión. Anunciar el Evangelio a toda criatura”. En el vídeo de Pax TV se visualiza y escucha toda la meditación, cuyo texto íntegro es el siguiente:




“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”


3ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia 


La misión. Anunciar el Evangelio a toda criatura


P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia


Aula Pablo VI 

Viernes, 20 de marzo de 2025


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. 


Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor. 


Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.


En las primeras dos meditaciones de esta cuaresma hemos recorrido algunas etapas importantes de la experiencia espiritual de San Francisco de Asís. La primera nos ha recordado el corazón de su conversión, la transformación de nuestra sensibilidad. La segunda nos ha mostrado cómo esta conversión no permaneció como un hecho aislado.


El Señor le dio a Francisco hermanos y la fraternidad se convirtió en el lugar concreto en el que el Evangelio tomó carne en el pobrecillo de Asís. En esta tercera meditación queremos dar un paso más. Conversión y fraternidad todavía no son el punto de llegada, porque el cumplimiento de la vida cristiana también sucede en la misión, en ir hacia los demás.


Aquello que Francisco había recibido de Dios, una sensibilidad renovada, la alegría y el testimonio de los hermanos, no podía ser retenido, sino que debía alcanzar y tocar la vida de los demás. Por lo tanto, haremos un pequeño camino sobre el tema de la misión en cinco puntos. En primer lugar, el primado del testimonio de vida sobre la palabra que decimos.


Luego, el estilo de la misión, que es el de dejarse acoger antes incluso de dar algo a los demás. Después, la capacidad y el arte de esperar las preguntas antes de anticipar nuestras eventuales respuestas. Luego miraremos también la fecundidad del encuentro con el otro, repensando el viaje de Francisco a Egipto cuando se encuentra con el sultán.


Y finalmente, la paradoja evangélica que Francisco incluso llama con una palabra fuerte, la sumisión a los demás como forma de la vida cristiana. Pero partamos del primer punto, generar a Cristo con nuestra vida más que con nuestras palabras. 


1. Llevar a Cristo


Las fuentes nos cuentan que la primitiva fraternidad franciscana, estando juntos en oración, muy pronto siente nacer el deseo de compartir con los demás la vida del Evangelio.


Le sucede lo que le ocurrió a la primera comunidad cristiana, según aquellas palabras memorables que son el prólogo de la primera carta de Juan. “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y que nuestras manos tocaron, es decir, el verbo de la vida, eso también lo anunciamos a ustedes, para que también ustedes estén en comunión con nosotros”. Es decir, primero está la comunión con el Señor y luego está el anuncio.


No se puede hablar verdaderamente de aquello que aún no ha echado raíces profundas en nosotros. Sin embargo, San Francisco conoce la tentación sutil de decir palabras formalmente correctas sin dejarse primero transformar por ellas. Es decir, transmitir a los demás algo que todavía no se ha convertido en vida en nosotros.


En una admonición a los frailes, escribe: “Es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hayan realizado las obras y nosotros queramos recibir gloria y honor sólo con contarlas. Contar las hazañas de los santos sin dejarse cambiar por su modo de vivir corre el riesgo de ser una forma de admirarlos desde lejos. Hablamos de ellos, pero permanecemos a salvo de la gracia”.


Por eso Francisco exhorta a la paciencia. Primero hay que custodiar lo que hemos visto y oído, dejarlo madurar en la oración hasta que se convierta en vida y luego también en palabra hacia los demás. 


En otra admonición escribe así: “Bienaventurado el siervo que acumula en el tesoro del cielo los bienes que el Señor le muestra y no desea manifestarlos a los hombres con miras a una recompensa, porque el mismo Altísimo manifestará sus obras a quien le plazca. Bienaventurado el siervo que guarda en su corazón los secretos del Señor”. 


Con estas palabras Francisco pone en guardia contra una tentación muy sutil, usar las cosas de Dios para buscar aprobación y reconocimiento, incluso aquello que es verdadero, que es auténtico, si se manifiesta demasiado pronto corre el riesgo de perder su verdad. Por eso Francisco invita a custodiar lo que se ha recibido, dejándolo madurar en el corazón.


La regla no bulada radicaliza esta intuición. Francisco escribe: “Todos los frailes prediquen con las obras. El espíritu de la carne, en efecto, quiere y se preocupa mucho de poseer palabras, pero poco de ponerlas en práctica”.


Hay un episodio, probablemente posterior, una reelaboración de muchas palabras escritas en las fuentes oficiales, pero coherente con el espíritu de Francisco, que expresa de manera clara esta pedagogía de Francisco. Se cuenta que un día el santo pidió al hermano Junípero que lo acompañara a la ciudad para predicar. Los dos recorrieron las calles en silencio, se detuvieron junto a los enfermos, sonrieron a los niños, ayudaron a alguien que estaba en necesidad, ni una palabra.


Al regresar, Junípero preguntó al santo: ‘¿Padre mío, y la predicación?’. Y Francisco respondió: “la hemos hecho, hermano mío, la hemos hecho”. Confiar más en el testimonio que en las palabras no es para Francisco una estrategia, es la consecuencia de una convicción teológica profunda que es necesario sacar a la luz. Cristo no es una información que transmitir, sino un misterio que habita la humanidad de cada uno y que pide ser reconocido para poder emerger en la vida.


Es decir, el Evangelio no se comunica como las demás noticias, sino que se dona como una vida que poco a poco toma forma. En una carta que Francisco escribe a todos los fieles, sin excluir a nadie, el santo ofrece una visión sorprendente de todo esto, porque habla del creyente, del bautizado, en relación con Cristo, haciendo referencia a una triple relación, diciendo que cada fiel puede ser esposo, hermano y madre del Señor Jesús, y la categoría más audaz es quizá precisamente la última, la de la maternidad. Escribe así: “somos esposos cuando en el Espíritu Santo, el alma fiel, se une a Jesucristo.


Somos sus hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre que está en los cielos. Somos madres cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo a través del amor y de la conciencia pura y sincera, y lo engendramos mediante el obrar santo que debe resplandecer como ejemplo para los demás”. 


Engendrar a Cristo, parece decir Francisco, no significa solamente hablar bien de Él o convencer a los demás con palabras eficaces, significa dejar que su presencia cambie ante todo nuestro modo de vivir, hasta hacerse visible también a los demás. Es la experiencia que vive una madre que lleva al Hijo dentro de sí. Le da tiempo para crecer y luego lo da a luz. 


Así es también la fe. Primero Cristo ocupa espacio dentro de nosotros, en silencio, en la oración, en las decisiones cotidianas. Y solo después puede aparecer exteriormente, en los gestos y en la forma en que nos relacionamos con los demás. Así también para la fe. De hecho, cuando el misterio de Cristo se cumple en nosotros, algo quizá puede moverse también en nosotros, no porque hayamos dicho las palabras correctas, sino porque en nosotros se ha manifestado una vida nueva, distinta.


El Evangelio da fruto de este modo, no ante todo a través de lo que decimos, sino a través de lo que nuestra humanidad logra expresar mediante la acción silenciosa del Espíritu Santo.


2. Dejarse acoger


Sin embargo, hay otra exigencia que Francisco declara, que es la de dejarse acoger por los demás. Un día reunió a sus hermanos, les habló extensamente sobre el Reino de Dios y luego los envió al mundo de dos en dos, como había hecho Jesús. Y los envía por los caminos del mundo diciéndoles: ‘vayan por las diversas partes del mundo y anuncien a los hombres la paz, la penitencia para la remisión de los pecados, sean pacientes, seguro de que el Señor mantendrá sus promesas, respondan con humildad a quien les interroga, bendigan a quien los persigue, agradezcan a quien los injuria y los calumnia, porque a cambio se les da el Reino de Dios”.


Francisco está simplemente repitiendo las palabras del Evangelio, que conocen muy bien. Aquellas indicaciones que Jesús había dado a los discípulos, recomendándoles un estilo esencial en la misión, es decir, partir sin seguridades, sin bolsa ni alforja, entrar en las casas deseando la paz, detenerse comiendo y bebiendo de lo que los demás ponen a disposición. Y añade también un detalle, en el Evangelio, los discípulos son enviados a todos los lugares donde Él debía ir. Esto caracteriza de manera fuerte nuestra idea de misión. Los discípulos están llamados a partir sin seguridades, a preparar un encuentro. Aquello que Jesús quiere realizar con los demás, por lo tanto, no todo depende de ellos, lo que ellos no hacen lo hará el Señor. En otras palabras, no somos nosotros el centro del anuncio, sino el rostro de Dios que podemos, con sencillez, hacer transparente y accesible.


Estas indicaciones de Jesús conservan una lógica que invierte algunas de nuestras costumbres, los discípulos son enviados sin seguridades, como corderos en medio de lobos, con la única tarea de llevar la paz y de aceptar lo que se les ofrece. Solo después, y podríamos decir dentro de esta lógica de acoger-recibir, pueden decir, está cerca de ustedes el Reino de Dios. El camino es claro, primero dejarse acoger, luego anunciar, por tanto, no se trata de llevar algo desde fuera como para llenar un vacío, sino de reconocer el bien del otro que ya está presente y darle un nombre.


Quien se deje acoger realiza un gesto débil en apariencia, que parece renunciar a la iniciativa, pero en realidad revela un rasgo profundo de la verdad del Evangelio. Dejarse acoger y recibir a los demás significa reconocer que el otro no es solo un destinatario de nuestros mensajes, sino también alguien de quien nosotros podemos recibir algo. Por tanto, significa tomar en serio su humanidad, su capacidad de bien, su disponibilidad, y de este modo se crea un espacio nuevo en el que el Evangelio ya no es algo impuesto desde fuera, sino el reconocimiento de una gracia que ya está presente y en acción.


Naturalmente, para que esto suceda es necesaria una pobreza real, por eso las indicaciones de Jesús en el Evangelio siempre nos parecen desconcertantes. Hay que presentarse ante los demás sin tener toda la verdad en el bolsillo y sin poder controlarlo todo, aceptar depender también de la bondad y de la sensibilidad de los demás, y descubrir que el Reino de Dios ya está presente, de modo oculto, también en la vida de quien aún no lo conoce Creo que este estilo pobre y desarmado puede interpelar nuestro modo de entender la evangelización.


A lo largo de los siglos hemos corrido el riesgo a veces de vivirla como un movimiento de sentido único, ir hacia los demás con una actitud didáctica, a veces incluso juzgadora, listos para integrar lo que falta y reconducir a los demás dentro de nuestras categorías. La palabra del Evangelio y el testimonio de Francisco parecen indicar un camino más simple, pero también más exigente, dejarse acoger, reconocer lo que en el otro ya está cercano a Dios y ofrecerle la posibilidad de emerger. 


Evangelizar, en esta perspectiva, significa decir a los demás -incluso sin palabras- que es bueno que existan, que su vida tiene valor a nuestros ojos. No para confirmarlos simplemente en lo que son, sino para acompañarlos a reconocer, poco a poco, la verdad y la belleza que llevan dentro, sin apresurarse a llevarlos a nuestras propias ideas


El Reino de Dios no crece mediante un proselitismo a veces demasiado forzado, sino cuando nuestro modo de relacionarnos permite a quien encontramos salir a la luz y expresar lo mejor de sí y así abrirse a la revelación de Dios.


El Papa Francisco en Evangelium Gaudium lo había dicho con estas palabras: “todos tienen el derecho de recibir el Evangelio, los cristianos tienen el deber de anunciarlo, sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”.


Crecer por atracción es lo que sucede cuando nuestra presencia, pero también nuestra alegría al anunciar el Evangelio, no sofoca al otro, sino que despierta su libertad. 


3. Escuchar las preguntas


Otra capacidad que Francisco, con su testimonio, señala es la de saber esperar las preguntas y no anticipar demasiado las respuestas. El respeto y la estima con que Francisco se acerca a los demás hacen posible un verdadero diálogo, porque Francisco parece convencido de que es necesario saber, ante todo, escuchar antes que hablar.


Por tanto, evangelizar para él no significa dar inmediatamente las respuestas, sino esperar a que en el corazón del otro emerja el deseo de Dios. Las fuentes franciscanas conservan un episodio que, con gran sencillez, narra este modo de anuncio. Se dice que había un eremitorio cerca de Borgo, San Sepolcro, donde vivían algunos frailes.


En los bosques cercanos había unos bandidos que cada día salían a los caminos y robaban a las personas, incluso golpeándolas. A veces venían al eremitorio de los frailes a pedir pan, pero los frailes habían dejado de dárselo porque eran demasiado agresivos. Un día Francisco pasa por este eremitorio, escucha esta historia y dice a los frailes que hagan algo profundamente inusual:


“Vayan, consigan buen pan y buen vino, llévenlos a los bandidos en los bosques donde saben que se encuentran, y llámenlos gritando. Hermanos bandidos, vengan a nosotros. Somos los frailes y les traemos buen pan y buen vino. Ellos vendrán enseguida a ustedes. Entonces ustedes extenderán en el suelo un mantel, pondrán sobre él el pan y el vino, y los servirán con humildad y alegría hasta que hayan comido. Después de la comida, anuncienles las palabras del Señor, y al final háganles esta primera petición por amor de Dios: que les prometan no golpear a nadie y no hacer daño a nadie en su persona, porque si piden todas las cosas de una sola vez, no les escucharán. En cambio, vencidos por la humildad y la caridad que ustedes les demostrarán, se lo prometerán”. 


Los frailes obedecieron a Francisco. Los bandidos vinieron, comieron, escucharon, y al final algunos de ellos incluso entraron en la orden. Cambiando de vida decidieron al menos no hacer más violencia a nadie. Ahora bien, este episodio, un poco folclórico, cuenta sin embargo algo muy verdadero y muy concreto. No se puede pedir a alguien que cambie de vida antes de haberle hecho experimentar acogida, respeto, confianza.


Si se anticipan demasiado las exigencias, incluso las moralmente correctas, nuestras invitaciones no llegan al corazón del otro. Primero hay que crear el espacio para que puedan generar el deseo y las preguntas sobre un cambio de vida. Solo entonces lo que decimos podrá quizá ser realmente escuchado.


Por lo demás, ¿no es este el estilo que tenía Jesús? Cuando se encuentra con Zaqueo, no le pide nada. Le dice, hoy debo quedarme en tu casa. Es a partir de este encuentro y de esta acogida que Zaqueo decide luego cambiar su vida.


Los Hechos de los Apóstoles narran una escena que ilumina aún más este modo. Recordaremos quizá todos el episodio de Felipe en el capítulo octavo que encuentra al eunuco. Está en un camino desierto y hay este funcionario etíope que está leyendo en un carro al profeta Isaías sin comprenderlo. Felipe se acerca pero no le explica inmediatamente el texto. Le hace una pregunta: ‘¿entiendes lo que estás leyendo?’ En ese momento es el otro quien se expone. ‘¿Y cómo podría entender si nadie me guía?’ Aquí la tentación de decir enseguida ‘Jesús’ habría sido muy grande y sin embargo Felipe hace otra pregunta aún más profunda a partir del texto.


‘¿De quién habla el profeta?’ Esta es la pregunta que Felipe logra suscitar. He aquí que sólo después de que las preguntas han surgido, Felipe toma la decisión de decir al eunuco: ‘Jesús y el misterio de su pascua’. En ese punto es el mismo eunuco quien pregunta: ‘¿qué me impide ser bautizado?’ Toda una serie de preguntas que han sido escuchadas con respeto y atención.


En este relato lo que llama la atención es que el anuncio, la evangelización, ocupa muy poco espacio al final de la narración. Todo lo demás, el camino juntos, la escucha, las preguntas, es lo que prepara la acción de evangelizar. El modo en que se lleva a hablar de Cristo es tan decisivo como las palabras que luego decimos.


Evangelizar no significa llenar el silencio con respuestas, sino acompañar a las personas hasta que puedan expresar su necesidad de salvación. Sin embargo, hay una condición que el texto relata. Felipe desciende a las aguas bautismales junto con el eunuco. Esto significa que no se puede acompañar en la fe a alguien sin implicarse personalmente. También quien ya está bautizado necesita volver continuamente a la fuente de su propia vida en Cristo para dejarse renovar y permanecer en un camino de conversión. Solo si estamos en contacto con nuestras debilidades y con nuestro bautismo, podemos tocar también la vida de los demás.


Los testigos del Señor resucitado no son personas que tienen todas las respuestas preparadas. Son hombres y mujeres que han aprendido a escuchar las preguntas, incluso las más difíciles, y saben convivir con sus propias luces y sombras, dejándose cada día enseñar por Cristo y convirtiéndose en sus discípulos. De este modo, con humildad, vuelven a comenzar a caminar junto a todos y a anunciar el Evangelio.


4. Encuentro con el Otro


Desde joven, Francisco tenía la naturaleza de una persona que sentía la necesidad de sacrificar su vida por algo grande. Las palabras del escritor J. D. Salinger en su novela ‘La historia del joven Holden’ parecen encajarle especialmente bien: “Lo que distingue a una persona inmadura es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que lo que distingue a una persona madura es que quiere vivir humildemente por ella”. Cuando el pobre de Asís se encuentra con el Señor Jesús, este deseo heroico no desaparece, sino que cambia de dirección: se convierte en el deseo de sacrificar su vida por el Evangelio. Este deseo lo llevó a embarcarse en la Quinta Cruzada en 1219, llegando a los campamentos cristianos ubicados en Damietta, una ciudad portuaria en Egipto en el delta del Nilo, justo durante el asedio de la ciudad, en el momento más intenso del enfrentamiento entre el ejército cruzado y el ejército del sultán.


Durante el armisticio, Francisco cruzó la línea del frente con un compañero y se presentó ante el sultán egipcio Al-Malik al-Kamil. Los guardias lo capturaron, lo torturaron y lo encadenaron, pero él no se rindió y pidió ser llevado ante su señor. Lo sucedido sorprendió a todos: lo que parecía el inicio del martirio se convirtió en un encuentro marcado por el respeto y la aceptación. Como relata Tomás de Celano, el sultán reconoció a Francisco como un hombre de Dios, lo escuchó atentamente y, en su despedida, lo hizo escoltar sano y salvo al campamento cristiano, incluso pidiéndole que rezara por él para que el Señor le mostrara el camino más adecuado (cf. 1Celano 57; FF 422-423). El testimonio de otro cronista, Jaime de Vitry, también confirma que Francisco fue reconocido como un «hombre de Dios» y que inspiraba respeto incluso entre quienes eran considerados enemigos (cf. FF 2226-2228).


¿Cómo interpretar este episodio? A primera vista, parece que no sucedió gran cosa: el sultán no se convirtió y Francisco no encontró el martirio que buscaba. Sin embargo, algo importante ocurrió precisamente en este encuentro. Francisco no llegó con el discurso que debía pronunciar, sino con la forma en que se presentó: sencillo, pobre, indefenso. No intentó imponer sus ideas, sino que se mostró tal como era.


Y esta actitud lo cambia todo. Al sultán no le impresionan las palabras concretas, sino lo que ve: un hombre que vive de acuerdo con sus creencias. En Francisco, reconoce a un hombre en quien se manifiestan la pobreza y la humildad de Cristo. El sultán no se sintió atacado ni cuestionado, sino bienvenido por su inesperado invitado. Por lo tanto, en respuesta, se mostró abierto: escuchó, respetó e incluso se mostró generoso.


En ese momento, no se produce una conversión en el sentido que siempre esperamos, sino que nace algo igualmente real: un encuentro genuino entre dos hombres, distintos en fe e historia, capaces de estar frente a frente sin temor. Es esta forma de encuentro la que deja huella en la historia y, con el tiempo, se convierte también en un estilo que propicia la relación y el diálogo entre distintas religiones, sin que una tenga que imponerse sobre la otra. Francisco no renuncia a su propia fe, sino que se acerca al otro de tal manera que le permite expresar lo mejor de su humanidad. En este encuentro, no hay quien domine al otro, sino dos hombres que reconocen la dignidad mutua.


El verdadero «milagro» que ocurrió en Damietta no fue la conversión del sultán, sino que, en medio de la guerra, dos hombres encontraron la manera de encontrarse y despedirse en paz. Ambos permanecieron fieles a su fe, y por eso este encuentro fue real. En este intercambio sucede algo que no puede medirse en términos de éxito o fracaso. Francisco regresa sin resultados aparentes, pero con una comprensión más profunda: El Evangelio no se anuncia para vencer, sino para encontrar. El otro no es un objetivo que alcanzar, sino un umbral ante el cual uno se detiene, esperando ser acogido. Evangelizar no significa acortar la distancia a cualquier precio, sino atravesarla sin cancelarla, custodiando la diferencia como el espacio donde Dios sigue actuando en el corazón de cada uno.


5. Someterse con humildad 


El viaje a Egipto dejó una huella profunda, silenciosa y duradera en Francisco. No habla de ello en sus escritos —como tampoco menciona los estigmas—, y sin embargo, este encuentro reaparece en los años siguientes en algunas de sus decisiones y en algunas de sus palabras.


El primer rastro se encuentra en una carta dirigida idealmente a todos los gobernantes del mundo, en la que les pide que proclamen públicamente la alabanza a Dios cada noche para que todo el pueblo pueda unirse (cf. Carta a los gobernantes de las naciones, 7; cf. FF 213). Es una propuesta inusual que muchos han vinculado a una tradición que vio y escuchó en Oriente: esa voz que llamaba a los fieles a la oración varias veces al día. Francisco no la copia, sino que reconoce en ella algo bueno, la acepta y la reelabora. Lo mismo ocurre en las Alabanzas del Dios Altísimo, donde la sucesión de los nombres de Dios lleva el eco de una oración que todavía está muy extendida en la tradición islámica actual (cf. Alabanzas del Altísimo; FF 261).


De estos detalles surge una característica muy significativa: en el encuentro con el otro no solo hay algo que dar, sino también algo que recibir. De esta conciencia brota una actitud de apertura radical hacia el otro, que Francisco sin duda integró en su comprensión del Evangelio. En la Regla no confirmada hay un breve capítulo que muestra a los hermanos cómo vivir cuando se encuentran entre personas de otra fe. Francisco escribe que deben estar «sujetos a toda criatura humana por amor a Dios» (Regola non Bollata XVI, 6; FF 43). Es una palabra fuerte que se vuelve aún más clara en el Testamento: «sujetos a todos». Antes de cada palabra, antes de cada proclamación, hay una manera de estar en relación con el otro: no ponerse por encima de él, sino someterse.


Parece la posición más débil, pero en realidad es la más fuerte. Es aquella que dentro de poco contemplaremos en las palabras y en los ritos de la Semana Santa, el Cordero de Dios. ¿Cómo ha vencido el pecado y la muerte? No con una posición de dominio y de fuerza, sino con la posición del siervo, humilde, que no levanta la voz.

Esta expresión puede malinterpretarse. Según el Evangelio y la interpretación de Francisco, la sumisión no significa la pérdida de la propia identidad, ni la resignación ante el otro por debilidad. Es una libre elección de respeto y diálogo. Significa reconocer que el otro no es un territorio que conquistar, sino una vida que encontrar, respetar y acoger. Quien acepta ponerse de esta manera permite que el otro se abra, se muestre tal como es. Esta forma de comportarse es un acto profundamente evangélico.


En esencia, es el mismo gesto con el que el Hijo de Dios se presentó y se ofreció al mundo. El himno de la Carta a los Filipenses dice que Cristo:


«Se despojó de sí mismo, tomando forma de siervo; y hallándose semejante a los hombres, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Filipenses 2:7-8).


Dios no se impuso al hombre, sino que le abrió un espacio. No se guardó su grandeza para sí mismo: la compartió para que otros pudieran recibirla y vivir. Esta es la forma del amor.


Por lo tanto, proclamar a Cristo desde una posición de superioridad o control conlleva el riesgo de traicionar el Evangelio que deseamos proclamar. Nuestra autoridad no proviene de un rol, sino de una vida que se compromete a entrar en esta dinámica de amor. Esto es lo que Francisco quiso decir cuando llamó a sus hermanos «menores»: no les asignó un título, sino una forma concreta de estar en el mundo. Es precisamente esta pequeñez, esta humildad vivida, lo que hace fructífera la proclamación del Evangelio. Cuando no nos imponemos, sino que dejamos espacio, algo puede suceder: en los demás, pero también en nosotros mismos. Porque toda criatura, cuando es acogida y no forzada, puede dejar que aflore el bien que lleva dentro, ese bien en el que el misterio de Cristo ya está presente de forma oculta.


Dios omnipotente, eterno, justo y misericordioso, concédenos a nosotros, los pobres, que por amor a ti hagamos lo que quieras, y que siempre queramos lo que te agrada, para que, purificados interiormente, iluminados e inflamados por el fuego del Espíritu Santo, sigamos los pasos de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de tu gracia lleguemos a ti, oh Altísimo, que en perfecta Trinidad y sencilla Unidad vives, reinas y eres glorificado, Dios Omnipotente, por los siglos de los siglos. Amén.


P. Roberto Pasolini, OFM Cap.

Predicador de la Casa Pontificia











Fotos: Vatican Media, 20-3-2026