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domingo, 22 de febrero de 2026

Pablo Javier Reneo, 19 años, padece un grave cáncer: «Dios es mi Padre, estoy en su providencia; no sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío; la vida no es mía, pertenece a Dios, es un don que se me ha dado»

Pablo Javier Reneo vive su enfermedad confiado en Dios pese a que no sabe si se va a curar / Foto: Diócesis de Getafe

* «La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración»

Camino Católico.-  El testimonio de Pablo Javier Reneo, un joven de 19 años de Alcorcón, muestra cómo la fe puede transformar la experiencia del sufrimiento. Hasta hace poco, la vida de Pablo transcurría con normalidad. Estudiaba, salía con sus amigos y acudía a misa los domingos con su familia. Todo cambió cuando un dolor persistente en la rodilla comenzó a condicionar su día a día. Tras varias pruebas médicas llegó un diagnóstico inesperado: un sarcoma óseo poco frecuente y agresivo. Tenía 18 años y era plenamente consciente de la gravedad de la situación. Lo ha contado en la revista «Padre de Todos».

- ¿Cómo recibiste la noticia?

—Fue un shock. Entré en la consulta y el doctor me explicó con claridad lo que tenía. Aunque sabía lo que estaba pasando, me costaba asimilarlo. Pensaba: esto les pasa a otros, no a mí. Los primeros días estuvieron marcados por el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas sin respuesta.

- ¿Qué te ayudó en esos momentos iniciales?

—Mis padres me dijeron algo muy sencillo, pero muy fuerte: que Dios era mi Padre y que me quería. Al principio casi no lo entendía, pero ahora sé que esas palabras me sostienen cada día.

- Tras la operación y diversos tratamientos, la enfermedad continúa activa… Sin embargo, esa incertidumbre no se ha convertido en desesperanza. ¿Cómo afrontas ahora lo que viene?

—No sé qué va a pasar. Estoy en la providencia de Dios. No sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío.

Una llamada a vivir de otra forma

Para Pablo, la enfermedad ha supuesto un punto de inflexión profundo. Le ha obligado a detenerse, a mirar su vida con más verdad y a replantearse su relación con Dios. Mirar a Cristo en la cruz le ayuda a encontrar sentido incluso en los momentos más duros. Su sufrimiento ha servido para mucho, y no solo a él sino también a su familia.

Pablo Javier Reneo con sus padres / Foto: Diócesis de Getafe

- ¿Cómo te ha llevado la enfermedad a seguir más de cerca a Cristo?

—Ha sido una llamada muy fuerte, un toque de atención. Antes tenía muchos altibajos en la fe. A veces iba a misa casi por inercia y me preguntaba qué hacía allí, mientras mis amigos estaban fuera divirtiéndose. No siempre vivía con el corazón puesto en Dios.

- ¿La enfermedad te ha hecho tomar conciencia de tu propia existencia?

—He comprendido que la vida no es mía, que pertenece a Dios. No puedo guardármela para mí ni vivirla como si todo dependiera solo de mis planes. Es un don que se me ha dado y por el que tengo que dar gracias.

- ¿Qué papel tiene la oración y la fe en tu día a día?

—La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración. Dios actúa incluso donde no lo esperamos.

- ¿Qué has descubierto en este camino de oración y reflexión?

—Me di cuenta de que no es necesario curarse para cambiar o para seguir a Cristo más de cerca. Esta llamada también se puede vivir dentro de la enfermedad. Ahora sé que este tiempo que tengo es un tiempo de gracia.

- ¿A través de la enfermedad ha cambiado tu relación con Dios?

—Antes muchas veces vivía de espaldas a Dios. Ahora comprendo que la vida no es mía: pertenece a Él. No necesito curarme para seguir a Cristo más de cerca; puedo hacerlo ahora, incluso dentro de la enfermedad.

La oncóloga de Pablo: «La fe ayuda a llevar la cruz de otra manera» 

En la enfermedad de Pablo también tiene un papel importante la doctora Cristina Mata Fernández, oncóloga pediátrica del Hospital Gregorio Marañón y profesora universitaria: ella lo acompaña en su proceso de lucha vital. 

- ¿Cómo recuerda el primer encuentro con Pablo?
—Llegó tras su cirugía. Me sorprendió que hablara de la muerte con naturalidad. Su madurez y aceptación me ayudaron a acompañarle mejor. 

- ¿Qué aprendiste de Pablo como paciente? 

—Que la fe hace que la cruz se lleve de otra manera. Pacientes como él enseñan a todos a valorar la vida y a relativizar las dificultades pequeñas frente al sufrimiento. 

Homilía de Mons. Francisco Cerro, Arzobispo de Toledo, y lecturas de la Misa de hoy, I Domingo de Cuaresma, 22-2-2026

22 de febrero de 2026.-  (Camino Católico) Homilía de Mons. Francisco Cerro, Arzobispo de Toledo, y lecturas de la Misa de hoy, I Domingo de Cuaresma, emitida por 13 TV desde la Catedral de Toledo.

Santa Misa de hoy, I Domingo de Cuaresma, en la catedral de Toledo, 22-2-2026

22 de febrero de 2026.-  (Camino Católico)  Celebración de la Santa Misa de hoy, I Domingo de Cuaresma, presidida por Mons. Francisco Cerro Chaves, Arzobispo de Toledo, emitida por 13 TV desde la Catedral de Toledo.

Misterios Gloriosos del Santo Rosario, desde el Santuario de Lourdes, 22-2-2026

22 de febrero de 2026.- (Camino Católico).- Rezo de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario correspondientes a hoy, domingo, desde la Gruta de Massabielle, en el Santuario de Lourdes, en el que se intercede por el mundo entero. 

Palabra de Vida 22/2/2026: «Jesús ayuna cuarenta días y es tentado» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 22 de febrero de 2026, domingo de la 1ª semana de Cuaresma, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.

Evangelio: San Mateo 4, 1-11:

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

El tentador se le acercó y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él le contestó:

«Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».

Jesús le dijo:

«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:

«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

Entonces le dijo Jesús:

«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

Homilía del evangelio del domingo: Intensificar la oración, la vida sacramental y todos los medios que avivan el fuego del Espíritu Santo, la presencia viva y purificadora de Dios en nosotros/ Por P. José María Prats

* «Por nuestro vínculo carnal con Adán hemos heredado el yugo del pecado, pero por el vínculo con Jesucristo establecido en el bautismo, hemos recibido también el poder para destruirlo. La vida espiritual no es otra cosa que cerrar las puertas al influjo de las fuerzas del mal y abrirlas de par en par a la presencia victoriosa de Jesucristo en nosotros»

Domingo I de Cuaresma – A

Génesis 2, 7-9;3,1-7 / Salmo 50 / Romanos 5, 12-19 / San Mateo 4, 1-11  

P. José María Prats / Camino Católico.-  La Cuaresma que acabamos de iniciar es un tiempo de purificación y de esfuerzo por estrechar nuestra comunión con Dios. Pero este esfuerzo va siempre acompañado de una lucha contra las fuerzas del mal, que no soportan que avancemos en el camino de la santidad. Recordemos, por ejemplo, a los Padres del Desierto, aquellos primeros anacoretas egipcios que en el siglo III decidieron abandonar las ciudades y retirarse al desierto animados por el deseo de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias: allí, en el desierto, les esperaba el Maligno. Sus escritos describen con todo detalle esta lucha espiritual contra las fuerzas del mal.

También nosotros, con nuestro deseo cuaresmal de purificación, nos hemos retirado en cierto modo al desierto, donde vamos a vivir esta lucha espiritual. Y por ello en este primer domingo de Cuaresma se nos invita a reflexionar sobre la tentación. La primera lectura nos presenta la victoria del Maligno sobre la humanidad en la tentación de nuestros primeros padres, y el evangelio, su derrota por Jesús en el desierto de Judea. Finalmente, en la carta a los romanos, San Pablo nos habla del alcance universal de estos dos acontecimientos: «así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos».

Por nuestro vínculo carnal con Adán hemos heredado el yugo del pecado, pero por el vínculo con Jesucristo establecido en el bautismo, hemos recibido también el poder para destruirlo. La vida espiritual no es otra cosa que cerrar las puertas al influjo de las fuerzas del mal y abrirlas de par en par a la presencia victoriosa de Jesucristo en nosotros.

Cerrar las puertas al Maligno

San Nilo de Ancira en su Tratado Ascético dice que el Templo de Jerusalén tenía en su entrada puertas enrejadas para poder examinar cuidadosamente todas las mercancías que llegaban, evitando así que nada impuro entrase en él. Nosotros, templos vivos del Espíritu Santo, debemos vigilar con atención y prevención, como a través de rejas, que nada impuro se introduzca en nuestra mente. Pero, ¿y si el mal consigue penetrar furtivamente en nosotros? Entonces hay que exterminarlo en seguida, antes de que crezca, se fortalezca y se adueñe de nosotros. Para ilustrar este punto, San Nilo hace una interpretación espiritual preciosa de los dos versículos finales del salmo 136, un pasaje tan inquietante que no se ha incluido en la liturgia de las horas: «Capital de Babilonia, ¡criminal! ¡Quién pudiera pagarte los males que nos has hecho! ¡Quién pudiera agarrar y estrellar tus niños contra las peñas!». Babilonia es la ciudad enemiga del pueblo de Dios que representa a las fuerzas del mal, y sus hijos son las semillas que intenta hacer crecer en nosotros. Hay que agarrar, pues, estas semillas antes de que se desarrollen estrellándolas contra la Roca, que es Cristo, el único capaz de destruir el pecado.

Abrir las puertas a Dios

Pero el esfuerzo ascético sería estéril sin el concurso de la gracia. Sería como intentar destruir un montón de leña disponiéndola bien vertical y aireada, pero sin encender el fuego. Por ello la Iglesia nos invita en este tiempo cuaresmal a intensificar la oración, la vida sacramental y todos aquellos medios que avivan el fuego del Espíritu Santo, la presencia viva y purificadora de Dios en nosotros. Así se lo explica San Pablo a los efesios: «Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos» (Ef 6,10-18). 

P. José María Prats

Evangelio: 


En aquel tiempo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. 


Y acercándose el tentador, le dijo: 


«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». 


Mas Él respondió: 


«Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’».


Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: 


«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». 


Jesús le dijo: 


«También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».


Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: 

«Todo esto te daré si postrándote me adoras». 


Dícele entonces Jesús: 


«Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto’». 


Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.


San Mateo 4, 1-11

En el desierto, Jesús vence las tentaciones apoyado en la Palabra de Dios; donde el hombre dudó, Él confía y donde el hombre cayó, Él permanece fiel / Por P. Carlos García Malo

 


Adrián Fernández, 27 años: «Buscaba sentido a la vida porque pasaba por muchos sufrimientos y soledad, hice la primera comunión con 15 años, el Señor me ha ido transformando y el sufrimiento me ha acercado más a Dios»

Adrián Fernández, joven de 27 años, explica cómo Dios le ha fortalecido en el sufrimiento / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares 

* «Tuve un hijo en mayo y al nacer estuvo muy, muy enfermo, casi se muere… Y la verdad es que fueron unos momentos… Nunca he estado más unido a mi mujer, y nunca he estado más unido a mi familia y al Señor porque en el sufrimiento nos hemos hecho fuertes en la fe. En la medida en la que el Señor da sentido incluso a momentos tan oscuros la fe yo creo que madura y crece interiormente»

 Camino Católico.-  Adrián Fernández es un joven de 27 años residente en Alcalá de Henares que vive su fe en la parroquia de santo Tomás de Villanueva en el barrio de Espartales de la ciudad complutense. Está casado desde hace casi cuatro años con Sara, joven de la diócesis de Alcalá de Henares, y tienen dos hijos. Es terapeuta ocupacional y profesor de religión en un instituto público y en un colegio concertado. En una entrevista en la web de la diócesis habla de la evangelización como una aventura y una lucha a contracorriente, del sufrimiento al ver que la vida de su hijo pequeño peligraba, y del santo que vivió en una isla de leprosos. Así comienza a contar su camino de fe:

“Yo estoy bautizado de pequeño, gracias a mi abuela especialmente, porque mis padres no vivían la fe. Pero a partir de ahí no tuve contacto con la Iglesia durante 15 años. Cuando cumplo 15 años empiezo a tener un poco más de curiosidad por las cosas relacionadas con la fe, buscando un poco un sentido a la vida porque la verdad es que pasaba por muchos sufrimientos y por mucha soledad. No tenía una buena relación con mis padres”, asegura.

“Empecé a ir a una iglesia con mi tía en verano; tuve más curiosidad… Yo estudiaba en el colegio Alborada, y empecé a ir ahí a Misa; y a partir de esas experiencias y de esa curiosidad me ofrecieron conocer más al Señor. Recibí unas catequesis personalizadas por mi edad e hice la primera comunión con 15 años ahí en el colegio. La Confirmación poco después, y a partir de ahí mi vida ha girado siempre en torno a la fe y a la vida de la Iglesia”, relata Adrián.

Un hijo al borde de la muerte

A partir de ese momento, este joven profesor cuenta el punto de inflexión que hubo en su vida de fe:

“Me doy cuenta de que la primera conversión era volverse hacia Dios, empezar a conocerle, empezar un camino con Él. Pero luego quizás el cambio fuerte se ha ido dando cuando han llegado los momentos de más sufrimiento, porque el momento de sufrimiento es como el momento de inflexión. Al final las actividades, los retiros, las JMJ son momentos que me animan en mi fe porque veo que otros viven lo que vivo yo, pero es en los momentos de sufrimiento en los que yo he visto que el Señor me ha ido transformando. Y antes el sufrimiento lo vivía con angustia, con tristeza, y en la medida en la que se han ido dando momentos de sufrimiento eso me ha ayudado a acercarme más a Dios, en vez de alejarme de Él”.

Adrián Fernández cuenta uno de los peores sufrimientos de su vida: “Tuve un hijo en mayo y al nacer estuvo muy, muy enfermo, casi se muere… Y la verdad es que fueron unos momentos… Nunca he estado más unido a mi mujer, y nunca he estado más unido a mi familia y al Señor porque en el sufrimiento nos hemos hecho fuertes en la fe. En la medida en la que el Señor da sentido incluso a momentos tan oscuros la fe yo creo que madura y crece interiormente”.

El camino de fe con oración perseverante, grupos en los que da y recibe y santos

Actualmente, Adrián vive su fe así: “Intento cuidar siempre a diario tener un rato de oración, suelo ir a Misa todos los días… y luego tengo algunos grupos en los que me doy: formación a adultos o atención a ciertas personas… Y luego sobre todo hay grupos en los que recibo: grupos de matrimonios con los que compartir mi vida matrimonial, camino en una comunidad del camino Neocatecumenal en la parroquia Santo Tomás de Villanueva, y la verdad es que ahí precisamente compaginas las dos cosas: te entregas a los demás y creces en la fraternidad, y al mismo tiempo ellos son un apoyo en la vida de fe”.

Respecto a los libros que le han hecho crecer en la fe asegura que “siempre me han ayudado mucho las vidas de los santos, porque aprendo mucho de ellos y porque en ellos puedo ver cómo se vive la fe de forma auténtica. Me gustan las obras completas de santa Teresita de Lisieux y un libro que llaman “El Trochú”, que es una biografía del Cura de Ars”.

Y hablando de santos descubre cuál es su predilecto: “Me voy a quedar con san Damián de Molokai. Es un presbítero belga que se fue a una isla de leprosos donde nadie quería atenderlos porque al final la vida con ellos implicaba acabar enfermando y muriendo. Lo tachaban de loco incluso los hermanos de su propia Orden y le hicieron la vida bastante dura. Y la verdad es que esa decisión de estar siempre con el que más te necesita aunque eso implique entregar hasta la vida siempre ha sido un testimonio muy fuerte para mí”.

Adrián Fernández cree que la mejor forma de dar testimonio de Cristo es con la propia vida / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares 

La vida contracorriente con el Señor

Testimoniar su fe y caminar contrario al espíritu del mundo es cansado, pero con Dios es posible para Adrián: “La verdad es que siempre me he sentido como muy batallando ante el mundo, tanto antes como después del encuentro con el Señor. Entonces, la cosa cambió mucho porque ya estaba acostumbrado a ir a contracorriente, pero con el Señor ya la cosa era un poco diferente, ya uno se sentía acompañado. Uno se siente como despreocupado de lo que puede venir, ¿no? Porque sabe que hay alguien que lleva la vida”.

Y segura que “lo vivo con paz, con alegría. A veces me cuesta, porque sufro el rechazo, a lo mejor, de gente de mi familia o de gente con la que tengo más cercanía y eso siempre es duro, esa incomprensión tan cercana… Pero bueno, es una aventura, no lo vivo con intranquilidad sino con la alegría de ir viendo cómo la gente se ha ido acercando a Dios a partir de esa lucha de ir a contracorriente”.

Y en medio de esa lucha explica cómo evangeliza: “Es verdad que hago muchas cosas activamente, y a lo mejor hacemos desde la parroquia formación de adultos o en mi propio trabajo como profesor de religión  con los chavales siempre es un momento de evangelización, pero siempre considero que la mayor evangelización es con la propia vida. En la medida en la que yo salgo de mí mismo y la gente ve cómo esa entrega no viene de mí mismo, porque además me conocen y saben que por mí no me entregaría, yo creo que ese es el mayor testimonio: que otros vean cómo nos amamos. Y de ese amor pues que la gente verdaderamente diga ‘aquí hay algo diferente’. Más o menos es lo que me pasó a mí”.

Y también la fe de Adrián no esta ausente de cómo da su trabajo de profesor: “Yo creo que hace mucho que yo intento dar las clases con el entusiasmo de querer que eso no se quede únicamente en algo académico, que al final es lo primordial porque estamos en el entorno académico y tienen que aprender ciertas cosas que luego les sirvan para la vida en relación con la fe. Pero ese entusiasmo con el que transmito las cosas y con el que busco no solo que aprendan cosas sino que se encuentren con Alguien es la dinámica que intento seguir con ellos”.

Adrián Fernández concluye su testimonio completando unas frases con un enunciado inicial que le proponen:

“Los jóvenes son… la esperanza de la Iglesia.

Los jóvenes esperan… amar y ser amados.

La fe de los jóvenes… está especialmente dispuesta a entregar la vida”.

Milagros y conversiones al recibir la unción de los enfermos; dos personas y una bebé a punto de morir dadas de alta del hospital: «Es la fuerza de Cristo que sana»


De izquierda a derecha: los sacerdotes José Manuel Fuertes y Pablo Fra / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares 

* «El hospital es como un frente de batalla, ves de todo. Hace poco, una chica me llamó para que fuese a ver a su madre. La señora había renunciado a la fe, no apostató pero no quería saber nada de Dios. A esta mujer le detectaron un cáncer terminal y entonces los hijos llamaron al capellán. Fui a hablar con ella y de primeras dijo que 'le han llamado mis hijas, si yo no tengo fe, yo no quiero saber nada de Dios, ni de la Iglesia'. A la semana siguiente, esta persona que renegaba de Dios me pidió la confesión y la comunión. Pude hablar con ella, darle el sacramento de la confesión y fue muy bonito porque me dijo que ‘es como si hubiese hecho otra vez mi primera comunión, qué bueno es Dios conmigo‘ y empezó a hablar muy bien de Dios. A la semana siguiente le di la unción porque la iban a sedar y la familia me llamó»

Camino Católico.- La Diócesis de Alcalá de Henares cuenta con doce capellanes que prestan servicio en los cuatro hospitales públicos de la zona. La web de la diócesis acaba de contar con detalle el testimonio de alguno de ellos.

El sacerdote Pablo Fra lleva unos tres años como capellán del Hospital Príncipe de Asturias, en Alcalá de Henares. Explica que celebra la Misa a las 12 del mediodía un par de días a la semana. Además, este capellán está disponible para confesar, llevar la Comunión y dar la unción de enfermos. Unos sacramentos que no puede administrar sin una solicitud previa. «Nos tienen que llamar. Aunque si es alguien conocido, si es mi madre, un familiar mío o alguien de mi parroquia, yo puedo ir directamente. Pero lo normal es que nos tengan que llamar, es decir, yo no puedo invadir una habitación si antes no me llaman. Si me llaman, estoy a disposición de lo que me pidan. Normalmente, suelen pedir confesiones o, a veces, hablar con el capellán», indica Fra.

Y describe lo que le sucedió hace poco cuando le llamó una persona a la que han «detectado un cáncer terminal y lo que quería era hablar con el capellán porque estaba cabreado con el mundo, con la existencia… Entonces, ¿qué hice? Pues fui a allí a consolarla y a escucharla. Pero normalmente te tienen que llamar. Yo no puedo invadir la privacidad de las habitaciones, te tienen que llamar y es como una llamada de Dios que tú inmediatamente vas directo a donde te llaman».

Esta misma situación la vive el sacerdote José Manuel Fuertes, que atiende pastoralmente a los enfermos y sanitarios del Hospital Universitario del Sureste, ubicado en Arganda del Rey. Este capellán de hospital da «servicio a los enfermos y a aquellos que, de una manera especial, pasan por mayor dificultad, entre ellos los moribundos. Y también dar consuelo a las familias, sobre todo cuando tienes la oportunidad de dar una unción y atender a las familias en los momentos de mayor soledad y dificultad».

Los doce capellanes tienen unos horarios presenciales establecidos en los hospitales pero están disponibles 24 horas por si alguna persona necesita de ellos en cualquier momento del día o de la noche. Hay ocho sacerdotes que atienden esta pastoral a tiempo completo y otros cuatro que lo hacen a media jornada.

De la muerte a la vida

Fra explica que «a veces Dios te rompe los planes cuando tienes que dar estas unciones. Yo estaba un día en mi casa tranquilamente, cené y dije ‘no creo que me llamen del hospital’… Y entonces me llaman de urgencia, ‘¿es usted el capellán?’ Tenemos situación de pre-exitus, que en el lenguaje médico quiere decir que una persona está ya a punto de morirse. ‘¿Puede usted venir?’ Eran las once de la noche y yo estaba cabreado porque había estado viendo el partido del Real Madrid y había perdido. Estaba viendo una película, me quedé a mitad de la película, cogí el coche, estaba el vado de mi parroquia ocupado y cabreadísimo llegué. Encima ya sabes que se va a morir, todo un drama, llegué, di la unción, consolé a la familia y regresé a casa sobre la una de la madrugada. Al día siguiente, la persona que me había llamado para dar la unción, me llama. Yo digo, ya está, que ha fallecido. Me dice, ‘padre, que nos dan el alta, que esta persona piensa que eres Dios’… Y dije, ‘no, no, que ha sido el sacramento, es la fuerza de Cristo que sana, que yo no he hecho nada. Y entonces, pues las enfermeras me veían como Dios, pero yo no había hecho nada, había sido solo darle esa unción».

Voluntarios del SARC son bendecidos por los sacerdotes Pablo Fra y José Manuel Fuertes / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares

Fuertes también ha presenciado la acción del Espíritu Santo en curaciones. Recuerda el caso de «una niña que bautizamos en la misma incubadora. La niña estaba prácticamente denostada para la vida y recibió el Bautismo y a los dos o tres meses la familia llamó pidiendo el Bautismo. No se podía repetir porque ya se había realizado pero se hizo una celebración de acción de gracias. A la niña le habían dado pocas horas de vida, salió adelante hace ocho o nueve años y ya ha hecho la Comunión y está llevando una vida normal. Y después recuerdo también particularmente un señor de 88 años. Estaba la familia rezando y fui a darle la unción. A las pocas horas notamos todos una mejoría y dos días después le dieron el alta. De hecho, todavía está vivo. Nos llamó la atención el hecho de que prácticamente estaba desahuciado y fue a recibir la unción y salir adelante».

Conversiones después de dialogar con el capellán en el «frente de batalla»

Los capellanes de hospital no solamente administran los sacramentos, también conversan y escuchan a los enfermos y familiares que lo solicitan.

Para Pablo Fra, «el hospital es como un frente de batalla, ves de todo. Hace poco, una chica me llamó para que fuese a ver a su madre. La señora había renunciado a la fe, no apostató pero no quería saber nada de Dios. A esta mujer le detectaron un cáncer terminal y entonces los hijos llamaron al capellán. Fui a hablar con ella y de primeras dijo que «le han llamado mis hijas, si yo no tengo fe, yo no quiero saber nada de Dios, ni de la Iglesia«. A la semana siguiente, esta persona que renegaba de Dios me pidió la confesión y la comunión. Pude hablar con ella, darle el sacramento de la confesión y fue muy bonito porque me dijo que ‘es como si hubiese hecho otra vez mi primera comunión, qué bueno es Dios conmigo‘ y empezó a hablar muy bien de Dios. A la semana siguiente le di la unción porque la iban a sedar y la familia me llamó. Pudo despedirse de sus mejores amigos, y antes de sedarla y que se quedase dormida pudo recibir la unción. En dos semanas recibió todo lo que se podía recibir. Ella misma, antes de dormirse del todo le daba gracias a Dios porque decía que la había recogido a última hora, es decir, Dios había esperado al final para encontrarse con ella. Cuando comulgó se emocionó, fue súper bonito. Luego ya, desgraciadamente, falleció».