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domingo, 28 de junio de 2026

Misterios Gloriosos del Santo Rosario, desde el Santuario de Lourdes, 28-6-2026

28 de junio de 2026.- (Camino Católico).- Rezo de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario correspondientes a hoy, domingo, desde la Gruta de Massabielle, en el Santuario de Lourdes, en el que se intercede por el mundo entero. 

Palabra de Vida 28/6/2026: «El que no carga con la cruz no es digno de mí» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 28 de junio de 2026, domingo de la 13ª semana del Tiempo Ordinario, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día. 

Evangelio: San Mateo 10, 37-42:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Homilía del evangelio del domingo: La voluntad de Dios es fuente de vida y libertad, mientras que nuestra propia voluntad nos conduce a la esclavitud y a la tristeza / Por P. José María Prats

* «Hemos puesto por delante de Dios otras cosas, otros amores, otros ídolos: la familia, el trabajo, el bienestar, las relaciones sociales, nuestras aspiraciones... y no estamos dispuestos a permitir que la voluntad de Dios venga a entrometerse en nada de esto. Hemos hecho de Dios un instrumento más al servicio de nuestros ídolos, al que acudimos para pedir que todo discurra conforme a nuestra voluntad o para garantizar nuestro destino eterno; como aquel joven rico que preguntó a Jesús qué debía hacer para heredar la vida eterna pero no quiso desprenderse de sus bienes para poder seguirlo»

Domingo XIII del tiempo ordinario - A

2 Reyes 4, 8-11.14-16a / Salmo 88 / Romanos Rm 6, 3-4.8-11/ San Mateo 10, 37-42

P. José María Prats / Camino Católico.-  Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy nos urgen a la coherencia y a la radicalidad en su seguimiento: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí».

Estas palabras deberían hacernos reflexionar. La vida es compleja y a menudo nos cuesta mucho ser coherentes con nuestros principios y convicciones. Nos vemos asediados por circunstancias, compromisos, deseos y urgencias de todo tipo que nos empujan hacia una vida improvisada, apresurada y fragmentaria.

Esto es particularmente cierto en el ámbito de la fe. Muchas personas se declaran creyentes pero han reducido su vida espiritual a recurrir a Dios cuando aparece una necesidad o un problema. Han bloqueado su fe en este nivel y no quieren avanzar hacia grados más elevados de coherencia. Porque si creemos en Dios como Creador que ha hecho todas las cosas conforme a un designio, entonces Él es nuestro origen, nuestro destino y el sentido de nuestra vida. Y vivir al margen de esta realidad o relegándola a un segundo plano comporta, evidentemente, una vida superficial e inauténtica. Si somos mínimamente coherentes, la relación con Aquél que es nuestro origen, fundamento y destino, ha de vivirse necesariamente de forma apasionada, poniendo en juego toda nuestra atención y nuestras energías. Así se lo dice Dios a su pueblo: «Escucha, Israel ... Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.» (Dt 6,4-5).

¿Por qué nos ocurre esto? ¿Por qué nos quedamos a medio camino en nuestra relación con Dios? ¿Por qué nos negamos a avanzar hacia niveles más altos de coherencia? Jesús nos da la respuesta en este evangelio: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí ... el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí...». Hemos puesto por delante de Dios otras cosas, otros amores, otros ídolos: la familia, el trabajo, el bienestar, las relaciones sociales, nuestras aspiraciones... y no estamos dispuestos a permitir que la voluntad de Dios venga a entrometerse en nada de esto. Hemos hecho de Dios un instrumento más al servicio de nuestros ídolos, al que acudimos para pedir que todo discurra conforme a nuestra voluntad o para garantizar nuestro destino eterno; como aquel joven rico que preguntó a Jesús qué debía hacer para heredar la vida eterna pero no quiso desprenderse de sus bienes para poder seguirlo.

Hoy se vive cada vez más la fe de esta manera. En general –como nos reprocharía Nietzsche– no tenemos valor para negar a Dios: repugna demasiado a nuestra inteligencia y a nuestro sentido innato de trascendencia. Pero como tampoco estamos dispuestos a asumir lo que supone acoger hasta las últimas consecuencias al Dios vivo que se ha revelado en Jesucristo, nos construimos un dios a nuestra medida, un dios a la carta, un dios domesticado que no entra en conflicto con el culto a nuestros ídolos, un dios que no se mete en cómo vivimos la sexualidad ni nos pide que acudamos a misa los domingos.

Y es que nos cuesta mucho entender lo fundamental: que la voluntad de Dios es fuente de vida y libertad, mientras que nuestra propia voluntad nos conduce a la esclavitud y a la tristeza. Así nos lo ha dicho Jesús en el evangelio de hoy: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».


P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: 


«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.


Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

San Mateo 10, 37-42

Ante el dolor causado por el terremoto en Venezuela, nos unimos en oración por las víctimas, sus familias y todos los que trabajan en las labores de rescate / Por P. Carlos García Malo

 


Jesús nos llama a amarlo por encima de todo para que el amor a Dios ilumine todos los demás amores / Por P. Carlos García Malo

 


Antonio Merino, bailaor: «Tenía pánico a conducir, el Señor me llevó a trabajar a Almería y en mis viajes rezaba; Gracias a la oración, he superado mi fobia»

Para Antonio Merino la oración lo es todo y reza danzando

* «La oración para mí es todo; es mi mejor herramienta para estar anclado al Padre; es mi ‘pozo de sabiduría’ del cual bebo continuamente. La oración está presente en mi día a día: por la mañana oro al Padre, a mediodía a María, ‘madre de la Esperanza’ y por la noche hago mi acción de gracias al Padre por todo lo vivido, recibido y sentido. La Oración es una de las cosas más maravillosas que nos dejó el Padre, con la oración siempre estás protegido, hace que te sientas cerca de Él, es también un modo de iluminar tu vida, de poner color y amor con ella. La recomiendo porque la siento como una divina serenidad sostenida»

Camino Católico.-   Antonio Merino es bailaor y participó en el Festival del Espíritu junto a la banda de Zamarrilla en el año 2022. Está convencido de la fuerza de la oración y a ella dedicó su Trabajo Fin de Grado en Pedagogía de la Danza Española, con un estudio sobre la danza en las Sagradas Escrituras.

«En casa siempre se ha vivido un ambiente de oración», explica Antonio a la Diócesis de Málaga, «recuerdo de pequeño a mamá rezando conmigo en la cama la oración de los cuatro angelitos. Era un niño muy miedoso y eso me calmaba. También recuerdo acompañar a papá a Misa y cómo, mientras rezábamos a su nazareno, me cogía de la mano. Y no me olvido de mi abuela a la que recuerdo en los días de tormenta como me animaba a que le rezáramos a santa Bárbara para que parasen los truenos. Sería difícil decir quién fue quien me inició, ya que la oración ha estado en mi vida desde siempre». 

Y es que, la oración para él es «todo; es mi mejor herramienta para estar anclado al Padre; es mi “pozo de sabiduría” del cual bebo continuamente. La oración está presente en mi día a día: por la mañana oro al Padre, a mediodía a María, “madre de la Esperanza” y por la noche hago mi acción de gracias al Padre por todo lo vivido, recibido y sentido».

Antonio Merino reza siempre y en todo lugar perseverando en determinados momentos de la jornada con distintas oraciones

Y reconoce que tiene pánico a conducir y en 2022 vivió una experiencia que le ha hecho crecer: «el Señor me llevó a trabajar a Almería y todos mis viajes comenzaban con la invocación al Espíritu Santo, continuaban con la Santa Misa en Radío María y concluían con mis conversaciones con la Virgen de la Esperanza; y gracias a la oración, he superado mi fobia».

Antonio reconoce que, en todos los momentos se ha agarrado a la oración: «en los buenos, en los dulces, en los de despedida, en los momentos de dar gracias y en los más duros de mi vida, como la pérdida de mi padre. Es un “chollo” el que tenemos los cristianos en la fuerza de la oración».

La danza en la Sagrada Escritura

Su trabajo fin de grado versó sobre la danza en la Sagrada Escritura y es que, en palabras de Antonio, «orar es hablar con Dios y meditar es escuchar a Dios; y para poder bailar tienes que meditar y estar en ti. Desde ese estado, yo conecto con el Padre, lo escucho y le ofrezco mi oración en forma de baile. ¡Cuántas veces me ha salvado la danza en oración! Siempre que bailo le digo al Señor: recuerda que cada vez que suba mis brazos al cielo es para decirte que te quiero, cada vez que me envuelvo en el mantón es como si enviara flores a María y los repiqueteos de castañuelas son vítores al Señor. Ya los primeros Padres de la Iglesia nos hablaban de baile y oración. También encontramos la danza en los salmos: Salmo 30, 11, “has trocado mi lamento en una danza, me has quitado el sayal y me has ceñido de alegría”, Salmo 149, 3 “¡alaben su nombre con la danza, con tamboril y cítara salmodien para él!».

Antonio Merino dice que orar es hablar con Dios y meditar es escuchar a Dios

Antonio recomendaría la oración a alguien que no la tuviera presente en su vida porque «sin duda, es una de las cosas más maravillosas que nos dejó el Padre, con la oración siempre estás protegido, hace que te sientas cerca de Él, es también un modo de iluminar tu vida, de poner color y amor con ella. La recomiendo porque la siento como una divina serenidad sostenida».

Para él es difícil elegir sólo una oración: «no puedo pasar sin la invocación al Espíritu Santo, al rezar el rosario se me eriza la piel con las letanías a María y el Ángelus es imprescindible para mí».

Desirée López, tras preguntar al Papa León XIV ‘¿cómo puedo perdonar a mi padre?’: «Encontrarme con el Señor dio sentido a todo lo que viví; hoy no cambiaría nada, porque si lo hiciera no estaría donde estoy ahora»

Desirée López escucha la respuesta del Papa León XIV a sus preguntas

* «A día de hoy puedo afirmar que Dios ha estado siempre, en cada momento, incluso en aquellos en los que yo pensaba que no. Al final veo que todo lo que he pasado ha tenido un sentido en mi vida… La fe es lo más importante que tengo a día de hoy. Al final, es Dios quien me acompaña y me regala cada día, y ha sido gracias a la fe que he podido darle un sentido al dolor y al sufrimiento que hay en mi historia. La Iglesia también ha sido ese hogar al que siempre puedo volver y donde todo es acogido. La fe también me aporta esperanza, porque me ayuda a confiar en que todo tiene un sentido, aunque en ese momento no podamos verlo» 

Vídeo de la transmisión en directo de 13 TV del testimonio y las preguntas de Desirée López al Papa León XIV en el estadio olímpico ‘Lluis Companys’ de Montjuic en Barcelona, el 9 de junio de 2026

Camino Católico.- Desirée López tiene 20 años. Esta joven de Barcelona nació de una pareja donde hubo violencia machista. Su padre casi mata a su madre. Le contó en breve su historia al Papa en el Estadi Olímpic de Montjuïc, ante 40.000 personas. Su testimonio conmovió a León XIV. Después de aquel acto multitudinario ha transparentado en una entrevista en La Vanguardia que “encontrarme con el Señor dio sentido a todo lo que viví; hoy no cambiaría nada, porque si lo hiciera no estaría donde estoy ahora”.

Desirée relató su vivencia a León XVI así:

—Vengo de una familia de un barrio muy humilde de Barcelona. De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas. A los diez años los servicios sociales se hicieron cargo de mí, y me llevaron al centro de menores de San José de la Montaña. Al principio fue duro, pues me había creado un muro para protegerme, donde no dejaba entrar a nadie. 

Pero poco a poco experimenté por primera vez el amor de familia, y mi corazón se fue abriendo. Allí me hablaron de Jesús, empecé a rezar y me bauticé. Pero en mi adolescencia me rebelé contra Dios muchas veces. Me invitaron a un retiro y allí por primera vez experimenté el amor de Dios. Pero han pasado unos meses, y aún me cuesta perdonar a mi padre. Y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto ¿dónde estabas cuando era una niña? Santo Padre, ¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?.


Desirée López emocionada en el momento previo de recibir un rosario y el abrazo del Papa León XIV

El perdón, un don de Dios

Días después de su intervención ante el Papa, la joven comparte:

—Creo que sí que he perdonado a mi padre. Al principio lo veía como una carga enorme. Incluso me sentía culpable por todo lo que había pasado. Pensaba: ‘Es mi padre y ha hecho mucho daño a mi madre’. Muchas veces me pregunté si era justo perdonarlo”. 

Respecto a la respuesta del Papa sobre el perdón, Desirée dice a ABC:

—Fue como si me estuviera hablando el Espíritu Santo. No sabía lo que me respondería, pero sus palabras me liberaron de una carga muy grande. Yo vivía el perdón como algo que debía conseguir sola. En cambio, él explicó que es un don que debemos pedir al Señor. Esto me dio mucha paz. Estaba bastante a la expectativa y súper abierta a la respuesta que él me diera. La frase que más se me quedó del Santo Padre fue que el perdón es un camino que dura toda la vida. Significa entender que no es algo inmediato. Que no se trata simplemente de perdonarlo y ya está. Es un proceso largo, un recorrido que se hace despacio, con la ayuda de Dios”.

En cuanto a porqué ha compartido su testimonio tan íntimo dice a Catalunya Cristiana:

—Me gustaría que sirviera para que la gente viera que las segundas oportunidades existen. Hoy parece que el perdón sea una palabra que se utiliza poco, pero yo creo que es muy importante. También quisiera transmitir que, aunque haya momentos en que todo parezca oscuro y sin salida, el Señor puede recuperarte desde allí si dejas el corazón abierto.

A las personas que pasan por situaciones como la mia quiero decirles que no pierdan la esperanza. Que, aunque su historia sea muy dura, existe una salida. Yo he podido experimentarlo y me gustaría que mi testimonio ayudara a otras personas a creer que también es posible para ellas”.


Desirée López se funde en una abrazo con León XIV

“Dios me acompaña y me regala cada día”

Desirée cuenta lo que es la fe para ella:

—La fe es lo más importante que tengo a día de hoy. Al final, es Dios quien me acompaña y me regala cada día, y ha sido gracias a la fe que he podido darle un sentido al dolor y al sufrimiento que hay en mi historia. La Iglesia también ha sido ese hogar al que siempre puedo volver y donde todo es acogido. La fe también me aporta esperanza, porque me ayuda a confiar en que todo tiene un sentido, aunque en ese momento no podamos verlo. Y, evidentemente, me aporta una compañía enorme y unas amigas que no merezco para nada.

Esa fe fue también la que la llevó ante Su Santidad y la que, con los años, le permitió acercarse a una de las palabras más difíciles de su vida: perdón. Fue una de las ideas centrales de la respuesta de León XIV. El Pontífice le recordó que perdonar no significa justificar el mal ni olvidar lo ocurrido, sino iniciar un camino que puede durar toda la vida. «Debemos aprender a mirar el perdón, poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores, como algo que forma parte de un proceso, de un camino», le dijo.

—Estoy totalmente de acuerdo con la respuesta del Santo Padre. El perdón, para mí, es un don que también sirve para uno mismo. Es liberar una carga del corazón. También me gustaría remarcar que el Santo Padre respondió que para perdonar no es necesario quedarse o seguir manteniendo relación con esa persona; esta fue una respuesta que me dio mucha paz también.


Desirée López después de la Vigilia de Oración con León XIV

“Dios ha estado siempre”

Llegados a este punto, la pregunta parece casi obligada. ¿Cómo se perdona algo así? Fue precisamente una de las preguntas que Desirèe dedicó también al Papa, sin rodeos: «¿Cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?».

La respuesta de León XIV, por supuesto, estuvo a la altura: «No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad», señaló el Pontífice, que advirtió de que tampoco se puede imaginar «que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda». Dios, añadió, ha dotado al ser humano «de inteligencia y voluntad», le ha dado «una conciencia» y lo ha revestido «de dignidad y de libertad». Por eso, sostuvo, «si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio», es necesario dirigir las preguntas «a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios».

Repasando las palabras del Santo Padre, Desirèe es casi incapaz de disimular la sonrisa. Su relación con sus padres ya no es para ella un tabú, aunque durante años fuera una de las partes más difíciles de ordenar de su propia historia.

—A día de hoy estoy viviendo con mi madre biológica, ya que está totalmente recuperada, y estoy súper contenta. Aprendo muchísimo de ella porque es una de las personas más fuertes que conozco. Con mi padre no mantengo ninguna relación, ya que se desvinculó de mí hace unos años.

La joven preguntó al Papa dónde estaba Dios cuando era niña y así asegura que ella vive la relación con el Señor:

—A día de hoy puedo afirmar que Dios ha estado siempre, en cada momento, incluso en aquellos en los que yo pensaba que no. Al final veo que todo lo que he pasado ha tenido un sentido en mi vida, y yo no estaría donde estoy ni sería quien soy hoy. Dentro de lo que cabe, me siento una afortunada de que Dios se haya servido de mi historia para poder dar luz y esperanza a personas que están pasando por algo similar o que sienten que no hay salida.

Su testimonio llegó ante León XIV gracias a su párroco:

—Me contactó el cura de mi parroquia, Sant Carles Borromeu, en el barrio de Gràcia de Barcelona, y me preguntó si me gustaría ser una de las personas que le hiciera una pregunta al Santo Padre. Lo primero que hice fue dudar por miedo y vergüenza, pero lo estuve pensando y rezando, y al final vi que era una oportunidad única y un regalo que no podía dejar pasar. esa parroquia no es la de mi barrio pero voy a ella porque allí tenemos un grupo de universitarios. Nos reunimos los jueves y vamos a misa cada domingo.

 Desirée López testimoniando y preguntando al Papa León XIV

Cuando tenía tres años sucedieron los hechos que contó al Papa 

Y habla de su vida dando más detalles de cómo vivió su sufrimiento:

—Nací en una familia formada por mi madre, mi padre, mi abuela materna y yo. Vivimos juntos hasta mis tres años. En el Paral·lel. Y entonces,  mi padre intentó matar a mi madre. Mi madre se salvó porque un chico se puso en medio. Metieron a mi padre en prisión. Además, coincidió que mi abuela murió por esas fechas. Mi madre se vio sola conmigo y acabó entrando en el mundo de las drogas… No presencié malos trastos de mi padre a mi madre. Tenía solo tres años, era muy pequeña. De esa etapa no recuerdo apenas nada. El maltrato era continuado. Lo que pasó aquel día fue simplemente el momento en que explotó todo.

Relata cómo sucedieron los hechos aquel día:

—Mi madre salía para ir a trabajar. Habían discutido. Yo me quedé en casa con mi abuela, como cada día. Mi padre salió detrás de ella con un cuchillo y la siguió y en una calle cercana intentó atacarla con el cuchillo. Empezaron a forcejear. Un chico lo vio, trató de detenerlo y el muchacho murió no sé si en la calle, o después, en el hospital. A mi madre no la hirió con el cuchillo, le dio golpes, puñetazos… Mi madre, tenía unos 30 años y ahora tiene 48. Más o menos como mi padre. Ella trabajaba limpiando casas y hoteles. Mi padre no trabajaba y no sé si lo había hecho antes. Alguna vez hizo de camarero.

Pese a ser pequeña, Desirée recuerda:

—Hubo un poco el movimiento de la policía en casa. Se llevaron a mi padre a prisión y nos quedamos mi madre, mi abuela y yo. Mi abuela ayudaba mucho y sostenía bastante a la familia. Mi abuela me quería muchísimo y yo también le guardo mucho cariño. Desde los tres hasta los seis viví con mi madre en esa situación. Casi no iba al colegio. Entonces nació mi hermano, de otra relación. El padre de mi hermano también acabó en prisión. Cuando tenía diez años fue cuando intervinieron los servicios sociales. Vieron que yo no iba al colegio y que las dos parejas de mi madre habían terminado en prisión.


Desirée López ha asumido que personar es un camino para toda la vida y un don de Dios como le dijo León XIV

Conoce a Dios en el centro de menores

A partir de aquel momento lo que sucedió fue esto:

—Antes de llevarnos a un centro intentaron buscar familiares que pudieran hacerse cargo. Por parte de mi madre no había nadie. Por parte de mi padre, sí. Primero fui con una tía, pero no podía hacerse cargo de mi y de mi hermanos. Luego con mi abuela paterna, pero era demasiado mayor. Después con otra tía y mis primos; estuve allí unos meses, pero tampoco era sostenible. Finalmente nos llevaron a un centro de menores a los dos juntos.

Tuve mucha suerte porque me tocó Sant Josep de la Muntanya. Era un centro maravilloso. Lo llevan monjas. No me quejo de nada. Pero sigue siendo un centro de menores. Hay niños que están muy mal, muchos conflictos. Y todos teníamos una carencia común: el amor de una familia. Porque por muy bueno que sea un centro, entran y salen educadores; no tienes a unos padres contigo. 

Allí empecé a conocer a Dios en Sant Josep de la Muntanya. Mi familia biológica no era creyente. Allí me explicaron quién era Dios. Allí me bauticé e hice la Primera Comunión. Recibí mucho apoyo. De hecho, mis padrinos de bautismo son dos educadores que tuve en el centro. Las monjas y los educadores me acogieron con mucho afecto. Me dieron el amor que necesitaba y que no había recibido nunca.

La joven sigue su relato:

—Estuve en el centro unos dos años más. Mi hermano, como solo tenía tres años, fue acogido por una familia de Vic. Al ser pequeño fue más fácil. Yo me quedé… Y empecé a ver a mi padre. Teníamos visitas supervisadas. Estaba en prisión y nos veíamos en  un espacio llamado EVIA. Es un lugar donde los menores tutelados pueden ver a sus familias biológicas. Hay una sala, con un trabajador social, juegas o hablas. No recordaba ni su cara. Me lo propusieron y acepté. Con mi madre nunca perdí el contacto; ella siempre me llamaba una vez por semana. Pero con mi padre pensé: ‘Es mi padre, tendré que verlo’. 

Las  visitas eran una vez al mes, como un trámite. Él no me había visto crecer. Para mí era un desconocido. Nunca me pidió perdón. Las visitas se prolongaron hasta segundo o tercero de ESO. No recuerdo si fue antes o después de la pandemia. Empezó a faltar a las visitas y, al final, dejó de venir sin dar ninguna explicación. Y desde ese momento nunca más lo he visto.

 Desirée López se emocionó varias veces ante el Papa León XIV

Acogida por la familia de su hermano y en la ESO el enfado con Dios

Volviendo a un momento anterior, Desirée cuenta cuando salió del centro de menores: 

—Cuando la familia que había acogido a mi hermano me acogió también a mí salí de Sant Josep de la Muntanya. Mi madre luchó mucho para conseguirlo. La separación de mi hermano yo la vivía muy mal. Yo hice de madre para él durante mucho tiempo. Los dos seguíamos viéndonos y la familia de acogida me preguntó si quería vivir con ellos. Dije que sí cuando tenía doce años. Esa familia tenía cuatro hijos. Me costó adaptarme. Yo había levantado un muro… La familia de acogida también era devota: vivían la fe en el día a día.

Y también rememora cuando se enfadó con Dios: 

—Renegué de Dios durante uno o dos años. En la ESO. Estaba enfadadísima. No entendía por qué me había pasado todo aquello. Si Dios era tan bueno, ¿dónde estaba? En unos campamentos. Allí empecé a reconciliarme. Luego hice un retiro que cambió completamente mi mirada.

No es casualidad que de una vida como la suya haya surgido la vocación de estudiar Derecho en la Universidad de Barcelona. No lo cuenta como un deseo cerrado desde niña, sino como una elección vinculada a lo que le ha tocado vivir y a toda la ayuda que ha recibido en el proceso.

—Estudio Derecho porque quiero hacer justicia y acompañar a todas las víctimas, igual que se hizo en mi caso. Sobre todo a las víctimas de violencia contra la mujer, para que en ese proceso tan duro puedan encontrar esperanza y sentir que no están solas. También me gustaría que, dentro del proceso judicial, hubiera espacio para el perdón, porque ayuda a sanar y a afrontar el proceso de una manera más llevadera para la propia víctima.

Fotos: Vatican Media

Mélanie Niemiec: «Mis padres se divorciaron, me sentí abandonada por el Señor, me aleje de Él, durante años estuve deprimida; una confesión en Lourdes cambió mi vida y me llevó a abandonarme en el Sagrado Corazón de Jesús»

A la luz de su propia historia como hija de padres divorciados, Mélanie encuentra refugio en el Sagrado Corazón de Jesús, que la sostiene cada día desde entonces./ Foto: Maria Vargas - Aleteia

* «Fui al Sagrado Corazón de Montmartre a pasar una noche de adoración, me detuve ante la capilla de santa Margarita María Alacoque. Allí encontré un pequeño folleto que presentaba las promesas del Sagrado Corazón. Una frase me llamó la atención: ‘Pondré la paz en vuestras familias’. Comprendí que me invitaba a pedir un corazón semejante al de Jesús: un corazón abandonado al amor del Padre, a su voluntad y a su misericordia»

Camino Católico.- Mélanie Niemiec, de 24 años, que quedó marcada por el divorcio de sus padres, se sintió abandonada durante mucho tiempo. En Lourdes, una confesión le cambió la vida y la puso en el camino del Sagrado Corazón. Hoy, comprometida de por vida con la Guardia de Honor, da testimonio de la fuerza de un corazón entregado a Dios

"Pídele a Dios que te dé un corazón abandonado". Mélanie recibió esta frase a los 16 años, en medio de una prueba, durante una confesión en Lourdes. En ese momento, no la entendió. El encuentro con el Sagrado Corazón, años más tarde, le aclaró las cosas. A la luz de su historia como hija de padres divorciados, Mélanie descubre en el Corazón de Jesús un refugio que, desde entonces, la sostiene cada día.

La herida del divorcio

Tras su conversión, y durante varios años después, Mélanie emprendió una búsqueda. Buscaba comprender qué significaba realmente ese "corazón abandonado" / Foto: Marie-Christine Bertin (diócesis de París) - Aleteia

Nacida en 2002, Mélanie creció en los suburbios de París, en el seno de una familia católica practicante de origen polaco. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía nueve años. Una experiencia que la marcó profundamente. Sin embargo, ante esta situación, no puso en duda la existencia de Dios.

"Sí, me sentía abandonada por el Señor. Ante el sufrimiento familiar, me decía a mí misma que Dios no debía preocuparse mucho por mí. Así que decidí dejar de interesarme por Él a cambio. Pero creía en Él", confiesa a Hortense Leger en Aleteia.

Tras su primera comunión, dejó de asistir a Misa y se fue alejando poco a poco de la Iglesia durante varios años. "Toda mi adolescencia estuvo marcada por un profundo malestar. Estaba triste, perdida, deprimida, incapaz de encontrar mi lugar". Un periodo que la joven considera el más oscuro de su vida.

Lourdes: de la muerte a la vida

En la oscuridad, son sus amigos quienes ayudan a Mélanie a mantener la cabeza a flote. "No eran creyentes, algunos incluso eran muy críticos con la Iglesia, pero eran alegres y fieles". En segundo de bachillerato, le proponen prepararse para la confirmación. Sin mucha convicción, Mélanie acepta. Se va al Frat de Lourdes en abril de 2018, rodeada de sus compañeros.

Fue entonces cuando, de repente, en medio de la peregrinación, decidió ir a confesarse. "Sentí como una llamada para ir a ver a un sacerdote". Allí, ante aquel cuyo rostro había olvidado y del que solo recordaba "los grandes ojos azules", lo contó todo: la herida del divorcio, los conflictos incesantes en casa, el sentimiento de abandono. Antes de darle la absolución, el sacerdote pronuncia dos frases: "Reza mucho por tus padres, nadie lo hará por ti" y luego "Pídele a Dios que te dé un corazón abandonado".

Palabras que la joven no entendió en ese momento. "La primera me parecía casi injusta. En cuanto a la segunda, me dejaba perpleja: ¿acaso mi corazón no estaba lo suficientemente abandonado?". Sin embargo, estas palabras marcan el inicio de la conversión de Mélanie. "Esa confesión cambió mi vida —afirma—. Llegué a Lourdes muerta por dentro, y me fui de allí viva".

Pedir un corazón semejante al de Jesús

Tras su conversión y durante varios años, Melania se embarcó en una búsqueda. Intentó comprender qué significa realmente ese "corazón abandonado". La respuesta llegaba poco a poco. Entonces surge en ella una atracción cada vez más fuerte por el Sagrado Corazón de Montmartre.

"Una noche —cuenta—, cuando había ido allí a pasar una noche de adoración, me detuve ante la capilla de santa Margarita María Alacoque. Allí encontré un pequeño folleto que presentaba las promesas del Sagrado Corazón". Una frase le llamó la atención: "Pondré la paz en vuestras familias". Esas palabras la conmovieron profundamente.

Entonces todo se aclaró: comprendió, por primera vez, el vínculo entre el "corazón abandonado" del que le hablaba el sacerdote y el Corazón de Cristo. "Comprendí que me invitaba a pedir un corazón semejante al de Jesús: un corazón abandonado al amor del Padre, a su voluntad y a su misericordia".

Un compromiso de por vida

Consagrada solemnemente al Sagrado Corazón de Montmartre, Mélanie Niemiec, a la izquierda, también reza cada mañana una oración de consagración personal / Foto: Mélanie Niemiec - Aleteia

Una devoción a la que Mélanie se adhiere profundamente y que la lleva a comprometerse de por vida con la Guardia de Honor del Sagrado Corazón, una obra espiritual nacida en Paray-le-Monial. "El principio es sencillo —explica—: cada miembro elige una hora de su día que ofrece al Señor en unión con el Sagrado Corazón. Durante esa hora, se siguen las actividades habituales, pero se viven con espíritu de oración y de ofrenda".

Para Mélanie, la elección recayó en las 15:00. "Cada día recito la oración de la Guardia de Honor y luego ofrezco esa hora a Cristo, en comunión con los miles de miembros presentes en todo el mundo". Pero este compromiso no se queda ahí.

Consagrada solemnemente al Sagrado Corazón de Montmartre, también reza cada mañana una oración de consagración personal. "Mi día está realmente marcado por momentos de oración centrados en el Corazón de Cristo. Es un ritmo que estructura mi vida".

El Sagrado Corazón y la herida de los hijos de padres divorciados

Mélanie está convencida de que los hijos de padres divorciados pueden reconocerse a sí mismos en el Corazón de Cristo. "El corazón de un niño que se enfrenta a la separación de sus padres es un corazón desgarrado. Sea cual sea su capacidad de resiliencia, esa herida permanece profundamente grabada en él".

Además, matiza la idea preconcebida de que los niños se adaptan y acaban estando muy bien. "Es cierto que pueden aprender a vivir con ese sufrimiento, pero eso no significa que la herida desaparezca. He descubierto que solo la gracia de Dios puede llegar verdaderamente a esa profundidad". Para Mélanie, el Sagrado Corazón no es solo una devoción entre otras, sino "un hogar, un refugio y una escuela de amor".