Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

domingo, 24 de mayo de 2026

Papa León XIV en homilía, 24-5-2026: «Pidamos que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, libere a la humanidad de la miseria y sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada en el nombre de Jesús»

* «La primera obra del Espíritu Santo en nosotros es la fe con la que profesamos: «Jesús es el Señor» (1 Co 12,3). Esta fe vive y se expresa en cada buena acción, en cada acto de misericordia y de virtud. La obra de Dios, por tanto, somos nosotros, que llegamos hoy aquí de todas las partes del mundo, invitados a la mesa del Señor, reunidos en la escucha de su palabra y enviados a testimoniarla por doquier»

   

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Como la Eucaristía es la presencia viva de Cristo, que siempre nos alimenta, así el Espíritu Santo imprime en nosotros su carácter en el Bautismo, que nos hace cristianos; en la Confirmación, que nos convierte en testigos; en el Orden, que constituye ministros y pastores para el pueblo de Dios. En cada sacramento Él es dator munerum, fuente de santidad que multiplica dones y carismas en la oración, en las obras de misericordia, en el estudio de la Palabra de Dios. Como enseña el Apóstol: «En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común» (1 Co 12,7). Precisamente porque somos Iglesia, único cuerpo que vive de Dios y sirve al mundo. Gracias al Espíritu podemos llevar a todos la paz verdadera, la verdad que salva, es decir, al mismo Cristo Señor» 

 


24 de mayo de 2026.- (Camino Católico)  “Con corazón ardiente, pidamos hoy que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús”, esta ha sido la invitación que ha dirigido el Papa León XIV en su homilía en la Santa Misa que ha presidido este domingo 24 de mayo, solemnidad de Pentecostés, en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, ante miles de fieles. Después, a las 12 del mediodía, el Santo Padre ha rezado el Regina Caeli en la plaza de San Pedro, ante decenas de miles de fieles.




El Santo Padre ha recordado que, con la solemnidad de Pentecostés, el tiempo de Pascua llega a su culminación. Y para evidenciar la unidad de este acontecimiento de salvación, el Evangelio nos lleva nuevamente al “primer día de la semana”, es decir, a aquel nuevo día en el que Jesús resucitado aparece a sus discípulos mostrándoles «sus manos y su costado». “El Señor revela su cuerpo glorioso, precisamente sus llagas, las heridas de la crucifixión. Estos signos de la pasión, más elocuentes que cualquier discurso, han sido transfigurados: Aquel que estaba muerto vive para siempre”.



Al ver al Señor, los discípulos también vuelven a vivir, afirmó el Pontífice, y Cristo, a este gesto, de mostrar a sus discípulos «sus manos y su costado» une la palabra: «¡La paz esté con ustedes!»; e inmediatamente después sopla sobre los discípulos dándoles el Espíritu Santo. “El Resucitado está lleno de vida; luego de haber mostrado la vida del cuerpo, como verdadero hombre, da la vida de Dios, como Hijo amado del Padre, vuelto para nosotros hermano y Redentor. En el mismo cenáculo donde ha instituido la alianza nueva y eterna, Jesús infunde el Espíritu; el lugar de la cena y de la traición se transforma y, de sepulcro de los apóstoles, se convierte para toda la Iglesia en fuente de resurrección. Por eso Pentecostés es fiesta pascual y fiesta del cuerpo de Cristo, que por gracia somos nosotros”.




Por ello, al celebrar este misterio, el Papa León propuso tres aspectos en su reflexión: “El Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz, es el Espíritu de la misión y es el Espíritu de la verdad”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


CAPILLA PAPAL


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Domingo, 24 de mayo de 2026




Queridos hermanos y hermanas:


El tiempo de Pascua llega hoy a su culminación, en la solemnidad de Pentecostés. Para evidenciar la unidad de este acontecimiento de salvación, el Evangelio nos lleva nuevamente al “primer día de la semana” (cf. Jn 20,19), es decir, a aquel nuevo día en el que Jesús resucitado aparece a sus discípulos mostrándoles «sus manos y su costado» (v. 20). El Señor revela su cuerpo glorioso, precisamente sus llagas, las heridas de la crucifixión. Estos signos de la pasión, más elocuentes que cualquier discurso, han sido transfigurados: Aquel que estaba muerto vive para siempre.


Al ver al Señor, también los discípulos vuelven a vivir: se habían sepultado en el cenáculo llenos de miedo, pero Jesús entra allí a pesar de las puertas cerradas y los colma de alegría. Él pasa a través de la muerte, abre el sepulcro de par en par, ahí donde para nosotros ya no había una salida. Cristo, a este gesto, une la palabra: «¡La paz esté con ustedes!» (v. 19); e inmediatamente después sopla sobre los discípulos dándoles el Espíritu Santo. El Resucitado está lleno de vida; luego de haber mostrado la vida del cuerpo, como verdadero hombre, da la vida de Dios, como Hijo amado del Padre, vuelto para nosotros hermano y Redentor. En el mismo cenáculo donde ha instituido la alianza nueva y eterna, Jesús infunde el Espíritu; el lugar de la cena y de la traición se transforma y, de sepulcro de los apóstoles, se convierte para toda la Iglesia en fuente de resurrección. Por eso Pentecostés es fiesta pascual y fiesta del cuerpo de Cristo, que por gracia somos nosotros.


Celebrando este misterio, quisiera detenerme en tres aspectos.


En primer lugar, el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz. En su Pascua, Cristo reconcilia a Dios y a la humanidad, y el Espíritu Santo infunde la paz en los corazones y la difunde en el mundo. Esta paz viene del perdón y nos lleva al perdón; comienza con el perdón que da el mismo Jesús, traicionado por nosotros, condenado y crucificado. Sorprendiéndonos con su amor, precisamente Él, el resucitado, dice: «Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» (Jn 20,23). Con estas palabras Jesús nos confía una obra divina, porque sólo Dios puede perdonar los pecados (cf. Mc 2,7). Esta autoridad viene dada bajo el signo de una reconciliación universal: el Señor infunde el Espíritu de la paz desde el comienzo hasta el final de la historia, porque no excluye a nadie Aquel que ha redimido a todos de la muerte. El Espíritu Santo, en efecto, es Señor y dador de vida desde el inicio de la creación, cuando aleteaba sobre las aguas (cf. Gn 1,2), y ahora, en su rescate, cambia la historia del mundo; realmente Pentecostés se realiza como fiesta del nuevo Pacto, es decir, de la alianza entre Dios y todos los pueblos de la tierra. Mientras el fragor del cielo, el viento y las lenguas de fuego en el cenáculo recuerdan los antiguos signos del Sinaí (cf. Hch 2,2-3; Ex 19,16-19), la santa ley de Dios se inscribe en nuestros corazones, grabada por el Espíritu con caracteres de amor en la carne de Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia.


Esta ley es el código de la paz; es el doble mandamiento del amor, que el Espíritu nos recuerda en cada latido del corazón. Con nuestro corazón podemos, por tanto, invocar: “Veni Sancte Spiritus”, porque Él ya nos ha sido dado. Podemos desearlo, porque ya nos ha sido prometido. Podemos acogerlo, porque Él mismo es dulce huésped del alma.  


Un segundo aspecto: el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la misión: «Como el Padre me envió a mí», dice el Señor, «yo también los envío a ustedes» (Jn 20,21). Somos así partícipes en la misión de Jesús; la de Aquel que sale de Dios y vuelve a Dios con el poder del Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, con ellos es adorado y glorificado, único Dios. El Espíritu Santo es la caridad viviente de Cristo que nos desborda, nos impulsa, nos sostiene en la misión (cf. 2 Co 5,14). El mismo Espíritu, mientras da a los apóstoles el poder de expresarse en la variedad de las lenguas (cf. Hch 2,4), enseña a la humanidad la palabra de la salvación. Ahora que los apóstoles han recibido el soplo del Resucitado dentro de sí, este anuncio viene de sus bocas, tiene la voz de Pedro y de cuantos están con él. Justo en el día de Pentecostés los apóstoles comienzan a anunciar a Jesús, crucificado y resucitado; las «maravillas de Dios» (Hch 2,11) se resumen todas en la redención, que empieza con la fe. De hecho, la primera obra del Espíritu Santo en nosotros es la fe con la que profesamos: «Jesús es el Señor» (1 Co 12,3). Esta fe vive y se expresa en cada buena acción, en cada acto de misericordia y de virtud. La obra de Dios, por tanto, somos nosotros, que llegamos hoy aquí de todas las partes del mundo, invitados a la mesa del Señor, reunidos en la escucha de su palabra y enviados a testimoniarla por doquier.  


Queridos hermanos, realmente somos partícipes del Evangelio; toda la Iglesia es protagonista, no sólo guardiana. Con la fuerza del Espíritu, nuestro anuncio se ve colmado de alegría y de esperanza, porque nosotros, precisamente nosotros, somos la novedad del mundo, la luz y la sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14). Ciertamente, no por nuestros méritos, ni por privilegio, sino por la palabra del Señor, que santifica al pecador, sana al leproso, convierte a quien ha renegado de él en un apóstol. Por una parte —lo vemos bien—, hay cambios que no renuevan el mundo, sino que lo envejecen entre errores y violencia. Por otra parte, en cambio, el Espíritu Santo ilumina las mentes y suscita en los corazones nuevas energías de vida. Así transfigura la historia abriéndola a la salvación, es decir, al don que el único Señor comparte con todos. La misión de la Iglesia confirma ese compartir, transformando la confusión del mundo en comunión con Dios y entre nosotros.


Esta misión comienza afirmando la verdad de Dios y del hombre, porque el Espíritu del Resucitado es el «Espíritu de la verdad» (Jn 14,17). El Señor mismo nos lo ha prometido, pidiendo unidad para su Iglesia, una unidad fundada en el amor de Dios, fuente de nuestro amor. El Espíritu, que habló por medio de los profetas, promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en nosotros comprensión, concordia y coherencia de vida. Como enseña san Agustín, el don de lenguas que se comprenden en la única fe, «el Espíritu Santo […] quiso que fuera una prueba de su presencia» (Sermón 269,1). El Paráclito nos defiende entonces de todo lo que impide este entendimiento: de los prejuicios, de las hipocresías y de las modas que apagan la luz del Evangelio. La verdad que Dios nos da sigue siendo así palabra liberadora para todos los pueblos, mensaje que transforma cada cultura desde dentro.


El Espíritu del Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente. Como la Eucaristía es la presencia viva de Cristo, que siempre nos alimenta, así el Espíritu Santo imprime en nosotros su carácter en el Bautismo, que nos hace cristianos; en la Confirmación, que nos convierte en testigos; en el Orden, que constituye ministros y pastores para el pueblo de Dios. En cada sacramento Él es dator munerum, fuente de santidad que multiplica dones y carismas en la oración, en las obras de misericordia, en el estudio de la Palabra de Dios. Como enseña el Apóstol: «En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común» (1 Co 12,7). Precisamente porque somos Iglesia, único cuerpo que vive de Dios y sirve al mundo. Gracias al Espíritu podemos llevar a todos la paz verdadera, la verdad que salva, es decir, al mismo Cristo Señor.


Queridos hermanos, con corazón ardiente, pidamos hoy que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús. Esta es la gracia que infunde valentía a los apóstoles; que lo infunda también a nosotros, hoy y siempre, por intercesión de María, Madre de la Iglesia.


PAPA LEÓN XIV


Fotos: Vatican Media, 24-5-2026

Papa León XIV en el Regina Caeli, 24-5-2026: «Con el don de su Espíritu Santo, Dios nos concede la fe, hace comprender las escrituras, permite participar de su vida y nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal»

* «El Espíritu Santo abre las puertas de nuestros corazones, ayudándonos a vencer las resistencias, los egoísmos, las desconfianzas y los prejuicios, y haciéndonos capaces de vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. En donde está el Espíritu del Señor nace la fraternidad entre las personas, los grupos, los pueblos de la tierra, y todos hablan el único lenguaje del amor, que une y armoniza las diferencias»

    

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Regina Caeli

* «Invoco la paz eterna para las víctimas del accidente ocurrido en días pasados en una mina en el norte de China. A María Santísima, Auxilio de los cristianos, confiamos también las comunidades cristianas de Tierra Santa, del Líbano y de todo Oriente Medio, que sufren a causa de la guerra» 

24 de mayo de 2026.- (Camino Católico)  “Con el don de su Espíritu, Dios nos concede la verdadera fe, nos hace comprender el sentido de las escrituras, se nos muestra cercano y nos permite participar de su misma vida. El Espíritu Santo nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal”, ha subrayado el Papa León XIV, antes de rezar la oración mariana del Regina Caeli, desde la ventana del Palacio Apostólico, ante decenas de miles de fieles, tras haber celebrado la Santa Misa del Domingo de Pentecostés en la Basílica de San Pedro, en la que ha pronunciado una profunda homilía.

El Papa León XIV subraya que, en nuestros días, especialmente en este día de Pentecostés, debemos invocar al Espíritu Santo, para que abra todas las puertas que aún permanecen cerradas. Y como los primeros discípulos, encomendarnos a la intercesión de la Virgen María, Morada del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia: “Necesitamos redescubrir a Dios como Padre que nos ama; edificar una Iglesia en donde todos se sientan en casa; y hacer crecer un mundo fraterno en el que reine la paz entre todos los pueblos”.

Tras haber dirigido la oración mariana del Regina Caeli, el Papa León ha elevado sus oraciones por la Iglesia en China, en la memoria litúrgica de la Santísima Virgen María, Auxilio de los Cristianos. Asimismo, ha pedido por “las comunidades cristianas de Tierra Santa, Líbano y todo Oriente Medio, que sufren a causa de la guerra”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre y la oración del Regina Caeli, cuyo texto completo es el siguiente:


PAPA LEÓN XIV
REGINA CAELI
Plaza de San Pedro
Domingo de Pentecostés, 24 de mayo de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En esta solemnidad de Pentecostés estamos llamados a contemplar el don del Espíritu Santo, derramado en abundancia sobre la Iglesia naciente y, hoy, nuevamente dispensado a sus miembros, como luz y fuerza que los acompaña en cada momento de la vida.

Podemos detenernos en una imagen del Espíritu que nos da la liturgia de hoy: el Espíritu abre las puertas. En efecto, el Evangelio nos dice que estaban «cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos» (Jn 20,19) y, al mismo tiempo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra que el Espíritu llegó como una ráfaga de viento (cf. Hch 2,2), que abriendo las puertas impulsó a los discípulos a salir a anunciar la Buena Noticia de Cristo resucitado.

Hoy también nos podemos preguntar: ¿qué puertas abre el Espíritu Santo?

La primera puerta es la del mismo Dios, en el sentido en que nos abre el acceso al misterio de Dios, así como se ha revelado en Jesucristo. Con el don de su Espíritu, Dios nos concede la verdadera fe, nos hace comprender el sentido de las escrituras, se nos muestra cercano y nos permite participar de su misma vida. El Espíritu Santo nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal; a encontrarlo en Jesús y no sólo en la observancia de una ley; a reconocerlo en nosotros y a descubrir los signos de su presencia en la vida ordinaria. 

La segunda puerta es la del cenáculo, es decir de la Iglesia. Sin el fuego del Espíritu, la Iglesia permanece prisionera del miedo, temerosa ante los desafíos del mundo, cerrada en sí misma y por tanto también incapaz de entrar en diálogo con los tiempos que cambian. El Espíritu abre las puertas de la Iglesia para que pueda acoger y recibir a todos, incluso a aquellos que le han cerrado las puertas a Dios, a los demás, a la esperanza, a la alegría de vivir. Como recordaba el Papa Francisco, estamos llamados a ser «una Iglesia que bendice y anima […] Iglesia con las puertas abiertas para todos» (Homilía de la Misa de apertura de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 4 octubre 2023).

Por último, el Espíritu Santo abre las puertas de nuestros corazones, ayudándonos a vencer las resistencias, los egoísmos, las desconfianzas y los prejuicios, y haciéndonos capaces de vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. En donde está el Espíritu del Señor nace la fraternidad entre las personas, los grupos, los pueblos de la tierra, y todos hablan el único lenguaje del amor, que une y armoniza las diferencias.

Hermanos y hermanas, incluso en nuestros días, especialmente en este día de Pentecostés, debemos invocar al Espíritu Santo, para que abra todas las puertas que aún permanecen cerradas. Necesitamos redescubrir a Dios como Padre que nos ama; edificar una Iglesia en donde todos se sientan en casa; y hacer crecer un mundo fraterno en el que reine la paz entre todos los pueblos.

Como los primeros discípulos, nos confiamos a la intercesión de la Virgen María, Morada del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia.

Oración del Regina Caeli: 


V/. Reina del Cielo, alégrate; aleluya.

R/. Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.

V/. Resucitó según dijo; aleluya.

R/. Ruega por nosotros a Dios; aleluya;

V/. Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

R/. Porque resucitó en verdad el Señor; aleluya.


Oración:


¡Oh, Dios!, que te dignaste alegrar al mundo por la Resurrección de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: concédenos, te rogamos, que por la mediación de la Virgen María, su Madre, alcancemos los gozos de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.



Después el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy se celebra la Jornada de Oración por la Iglesia en China, en la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María Auxilio de los cristianos, venerada con grandísima devoción en el santuario de Sheshan, en Shanghái. Unamos nuestra oración a la de los católicos chinos, como signo de nuestro afecto por ellos y de su comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro. Que la intercesión de la Reina del Cielo obtenga para la comunidad creyente en China la gracia de la unidad y conceda a todos la fuerza para dar testimonio del Evangelio en las dificultades cotidianas, para ser semilla de esperanza y de paz. En particular, invoco la paz eterna para las víctimas del accidente ocurrido en días pasados en una mina en el norte de China.


A María Santísima, Auxilio de los cristianos, confiamos también las comunidades cristianas de Tierra Santa, del Líbano y de todo Oriente Medio, que sufren a causa de la guerra.



Y ahora dirijo mi saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de diversos países.


En particular, saludo al grupo de personas con discapacidad procedentes de Polonia; así como a los peregrinos que han venido en bicicleta desde Kelmis, en Bélgica. ¡Felicidades!

Papa León XIV


Fotos: Vatican Media, 24-5-2026

Santa Misa de hoy, Domingo de Pentecostés, presidida por el Papa León XIV, 24-5-2026

Foto: Vatican Media, 24-5-2026

24 de mayo de 2026.- (Camino Católico)  Este domingo 24 de mayo, solemnidad de Pentecostés, el Papa León XIV ha presidido la celebración Eucarística en la Basílica de San Pedro, ante miles de fieles. En su homilía, el Pontífice ha reflexionado sobre tres aspectos del Paráclito: “El Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz, es el Espíritu de la misión y es el Espíritu de la verdad”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.

“Con corazón ardiente, pidamos hoy que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús”, esta ha sido la invitación que ha dirigido el Papa León XIV al final de su homilía. Después, a las 12 del mediodía, el Santo Padre ha rezado el Regina Caeli en la plaza de San Pedro, ante decenas de miles de fieles.

Ramón Mirada fue rebelde, se introdujo en la delincuencia, las drogas y quiso suicidarse, pero «Dios se sirvió del abrazo de un sacerdote y entendí que Él era mi padre; quería estar como una lapa con Jesús y soy cura»


El padre Ramón Mirada tuvo un encuentro personal con el Señor que lo transformó en aquel instante, su vida cambió radicalmente

* «Sólo esta actitud del sacerdote ya me cambió. Dios se sirvió de esto. ‘¿Quién eres?’ Soy Pachús… y me dio un abrazo. Nadie me había dado un abrazo en mi vida. En ese momento rompí a llorar y empezó a escucharme. Le conté todo y fue la primera persona a la que no mentí. Me quité el disfraz. Me sorprendió su mirada. No fue una mirada de juicio como me había prometido el demonio, fue la mirada de Dios, me dejó descolocado. Me sorprendió al decir: ‘¿Y qué? Más grande es la misericordia de Dios’. La gratitud a Dios me hizo explotar. ¿El cielo es para mí? Empecé a ir a misa todos los días. Desde entonces he comulgado todos los días de mi vida. Me iba enamorando  y enamorando de Jesús, y el cura veía vocación en mí, pero yo lo veía imposible» 

Vídeo del testimonio del padre Ramón Mirada en Mater Mundi

Camino Católico.-  Ramón Mirada, conocido por todos como el Padre Pachús, es un sacerdote diocesano de la Diócesis de Getafe, que primero desarrolló su labor en la parroquia de la Inmaculada de Alcorcón y ahora lo hace en la de San José Obrero de Móstoles. Su camino hasta el sacerdocio no fue nada sencillo, pues antes renegó de Dios de una manera tan beligerante que le llevó a una rebeldía extrema, a la delincuencia, al consumo de drogas e incluso a la blasfemia, rompiendo y miccionando sobre un crucifijo. Incluso intentó suicidarse.

Una actitud que surgió en su infancia

Como otros muchos conversos fue al tocar fondo y gracias a la fe inquebrantable de su madre cuando decidió agarrarse a la única mano que seguía tendida, la de Dios. Y fue en la Iglesia donde descubrió un amor que él creía que no existía. Se confesó, comulgó y desde entonces no ha faltado un solo día a la Eucaristía.

En una entrevista en Mater Mundi TV , el padre Pachús relata que los problemas en él empezaron desde que era un niño. Tenía otros tres hermanos, pero en vez de verlos como un don para él eran una desgracia, pues Ramón pensaba que era Dios le había creado mal. Ellos eran todo lo que él no era: inteligentes, buenos deportistas, sociables…

El padre Ramón Mirada un domingo de Ramos

Sin ilusión en su Comunión

Esto le hizo aislarse y tener pocos amigos. Pero al colegio llegó otro niño, con grandes problemas familiares, y se aprovechó de él, lo que le hizo encerrarse aún más. “Yo en mi comunión no tenía ilusión. O Dios no existía o era un traidor. Y empezó en mí una etapa muy egoísta".

Comenzó a moverse en el mundo del hip hop, y sus estudios seguían yendo fatal. Por ello, sus padres decidieron cambiarle de colegio y llevarle a uno religioso. Ahí Ramón explotó. “Duré tres meses, por dos razones. Una, porque era religioso y me reventaba. Y dos, porque era un colegio de pijos, todo lo contrario a lo que quería ser”, afirma.

Quemar el colegio con gasolina

No se relacionaba con los compañeros, empezó a fumar y a rodearse de malas compañías. Sus padres se convirtieron para él en sus grandes enemigos. Entonces llegó su bajada a los infiernos. Cuenta Ramón que “hubo un día que odiaba tanto que se me fue la cabeza, cogí un bidón de gasolina y prendí el pasillo del colegio.

No quemé el edificio pero casi, tuvieron que venir los bomberos”. En ese periodo, también había robado todos los ahorros a un compañero del colegio.

No podía seguir en aquel centro. Entonces, sus padres pensaron que en un reformatorio de Sigüenza, Guadalajara. “El internado me sirvió para empeorar. Me acabaron echando también. Era un peligro vivir, se veían pistolas, navajas, cocaína, heroína…”, relata este sacerdote.

El padre Ramón Mirada en una clase con alumnos

La bajada a los infiernos en el internado

Para él, era una “situación que me superaba por todas partes. No tenían piedad conmigo y fueron a por mí. Cada noche al final era una lucha para intentar que no abusaran de mí. Allí perdí toda la inocencia que tenía. Y entonces, una de dos, o dejaba que me destruyeran o me tenía que hacer peor que ellos. Y elegí la segunda”.

Ramón llegó a este punto a través de las drogas, pese a que apenas estaba empezando la adolescencia. Era, en su opinión, “el camino más sencillo, y también el más fácil para destruir la vida. Da dinero, traficar con ellos me daba mucho dinero y mucho prestigio. No te das cuenta de que te empiezas a enganchar”.

Drogas, delincuencia, policía…

Este sacerdote cuenta a los jóvenes de su parroquia esta experiencia con la droga, cómo ha enterrado a varios amigos por sobredosis, y cómo “es una rueda que está en cuesta hacia abajo, y no va a parar. En mi caso fue así”.

Su descenso a los infiernos continuó. Intentaron echarle del colegio, fue detenido por la Policía por realizar grafitis en un tren, le pillaron con droga… Al final tuvo que dejar el internado y volver a Madrid. Pero le volvieron a coger con drogas y también le expulsaron.

El padre Ramón Mirada celebrando la Eucaristía 

El intento de suicidio

“Tanto fracaso escolar, cuatro colegios, no había visto a nadie que me quisiera, porque yo era ciego para ver el amor de mis padres. Tenía 16 años, y de repente, me preguntaba, ¿esto es la vida? ¿Para qué seguir? La idea no me abandonaba (…). Y me intenté suicidar”.

Sin embargo, “dos ángeles”, sus padres, lo impidieron. Pachús recuerda que sus “padres rezaron, hicieron penitencia y mi madre viéndome tan incompleto se me tiró de rodillas y me pidió que fuéramos a una parroquia”. Ya sin nada que perder decidió ir.

El encuentro radical con Cristo

Llegó a la parroquia y llegó la primera sorpresa. El párroco le recibió feliz y sonriente. Hasta ese momento, los sacerdotes eran para él horribles, en el internado habían pegado a curas e incluso habían roto crucifijos delante de ellos…

“Sólo esta actitud del sacerdote ya me cambió. Dios se sirvió de esto. ‘¿Quién eres?’ Soy Pachús… y me dio un abrazo. Nadie me había dado un abrazo en mi vida. En ese momento rompí a llorar y empezó a escucharme. Le conté todo y fue la primera persona a la que no mentí. Me quité el disfraz. Me sorprendió su mirada. No fue una mirada de juicio como me había prometido el demonio, fue la mirada de Dios, me dejó descolocado”, explica Ramón.

El padre Ramón Mirada en plena Eucaristía con un acólito  

No ha dejado de comulgar ni un solo día

Cuando terminó de contarle todo el mal que había hecho, este sacerdote le volvió a sorprende: ‘¿Y qué?’, le espetó a este joven. Y completó la frase: ‘más grande es la misericordia de Dios’.

De aquel momento recuerda que “la gratitud a Dios me hizo explotar. ¿El cielo es para mí? Entonces entendí quien era Dios. En esa misma confesión entendí que Dios era mi padre”.

Su vida no cambió de manera progresiva. Fue un cambio radical. Había descubierto algo nuevo y no quería que nadie ni nada se lo arrebatara. “Quería estar como una lapa con Jesús. Empecé a ir a misa todos los días. Desde entonces he comulgado todos los días de mi vida”.

Una vocación imposible que se hizo posible

Dejó todas las malas amistades que tenía y su ambiente pasó a ser el de la parroquia. Afirma que “me iba enamorando y enamorando de Jesús, y el cura veía vocación en mí, pero yo lo veía imposible”.

Hasta que finalmente un día tuvo claro que Dios le llamaba. Se lo dijo a sus padres, que no paraban de llorar de la emoción. Habían visto a su hijo muerto en vida y ahora le veían como una nueva criatura. Y pese a que los años del seminario no fueron fáciles debido a los estudios y a que se sentía indigno para este ministerio, finalmente se ordenó y tocó el cielo al poder celebrar la misa.

Ahora es un activo sacerdote, con gran tirón entre los jóvenes y muy activo en la evangelización. Es un hombre nuevo.