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sábado, 4 de julio de 2026

José Martínez Marín: «Mi padre tenía cáncer con metástasis y mi madre me repetía: ‘Pon al Señor lo primero en tu vida y Él te dará todo lo que pide tu corazón’; y lo que pedía era entregar mi vida a Cristo y soy sacerdote»

José Martínez Marín tuvo su encuentro con Cristo que lo llamó a ser sacerdote, después de vivir cuatro años sufriendo por la enfermedad de su padre

* «El Señor me llevó a participar en unas catequesis que transformaron completamente mi modo de ver a Dios y mi modo de verme a mí mismo. Allí descubrí algo que me descolocó por completo: el problema no era si Dios existía, sino que yo estaba viviendo como si no existiera. Recuerdo cómo el Señor me habló al corazón con una fuerza que nunca había experimentado. Fue tan grande aquella experiencia que un día apareció en mí una pregunta que me dio miedo: ¿Y si Dios me estuviera llamando a entregarle mi vida? Veo con claridad cómo Dios me ha llevado con una delicadeza impresionante, como un niño en brazos de su madre, respetando mis tiempos, mis miedos y mis resistencias, como un padre y como un caballero»

Camino Católico.-  La mañana del sábado 4 de julio, en la Parroquia San Francisco de Asís de Caravaca de la Cruz de la Diócesis de Cartagena ha sido ordenado sacerdote José Martínez Marín por el obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes. José Martínez Marín cuenta su testimonio vital y vocacional en primera persona.

José Martínez Marín, en el centro de la imagen junto a sus compañeros Antonio David Gil Pereira y Jesús López Huéscar, que también están siendo ordenados sacerdotes durante estos días

«El día que dije sí al Señor fue el día que empecé a vivir de verdad»

Me llamo José, tengo 27 años y soy el quinto de seis hermanos. Si alguien me hubiera dicho hace años que hoy estaría dedicando mi vida a Dios, no le habría creído. Yo no tenía ningún plan de entregar mi vida al Señor.

He tenido una infancia profundamente feliz. Mis padres me transmitieron la fe desde pequeño y me llevaron a la Iglesia, pero mis sueños eran los de cualquier niño. Tenía mis planes, mis ilusiones y una idea bastante clara de cómo quería que fuera mi vida.

Todo cambió cuando tenía nueve años. A mi padre le diagnosticaron un cáncer con metástasis. Durante cuatro años la enfermedad entró de lleno en nuestra casa y en mi corazón. Recuerdo cómo todo mi proyecto de vida, todo lo que yo imaginaba para mi futuro, se vino abajo de golpe. En ese tiempo me acogió una tía, hermana de mi madre, como si fuera su propio hijo. Fue un verdadero refugio para mí. Pero justo cuando mi padre comenzó a recuperarse, a ella le diagnosticaron otro cáncer. Y murió poco después.

Sin darme cuenta, Dios estaba escribiendo una historia muy profunda en mi vida a través del sufrimiento. A los trece años yo atravesaba una crisis interior muy fuerte. No entendía por qué vivía, qué hacía en este mundo ni quién era realmente. Por fuera mi vida seguía, pero por dentro había una oscuridad y un ruido que no sabía cómo acallar. Fue entonces cuando el Señor me llevó a participar en unas catequesis que transformaron completamente mi modo de ver a Dios y mi modo de verme a mí mismo. Allí descubrí algo que me descolocó por completo: el problema no era si Dios existía, sino que yo estaba viviendo como si no existiera.

Recuerdo cómo el Señor me habló al corazón con una fuerza que nunca había experimentado. Fue tan grande aquella experiencia que un día apareció en mí una pregunta que me dio miedo: ¿Y si Dios me estuviera llamando a entregarle mi vida? Y en el mismo instante en que surgió esa pregunta, surgieron también todos mis miedos. No tenía miedo de Dios. Tenía miedo del qué dirán, de mi imagen ante los demás, de lo que pensarían de mí.


Pero Dios siempre fue más fuerte que mis miedos. A los diecisiete años acepté entrar en el seminario. No fue un momento emocionante ni espectacular. Fue una decisión muy seria, muy consciente y muy silenciosa. Y, desde entonces, he podido comprobar algo que durante años no entendí. Cuando mi padre estaba ingresado en el hospital, mi madre me llamaba cada mañana por teléfono para despertarme e ir al colegio. Siempre me repetía la misma frase: «Pon al Señor lo primero en tu vida y Él te dará todo lo que pide tu corazón». Durante mucho tiempo no comprendí esas palabras. Hoy sí. Porque he descubierto que lo que realmente pedía mi corazón era entregar mi vida a Cristo. Y ahí, precisamente ahí, he encontrado una felicidad que nunca habría imaginado.

Cuando miro atrás, veo con claridad cómo Dios me ha llevado con una delicadeza impresionante, como un niño en brazos de su madre, respetando mis tiempos, mis miedos y mis resistencias, como un padre y como un caballero. Donde muchos pueden ver que renuncié a mi vida, yo veo que el día que dije sí fue el día que empecé, por primera vez, a vivirla de verdad.

José Martínez Marín

Homilía del evangelio del domingo: Unirse a Jesús supone acoger su voluntad, su mandamiento de vivir en el amor y en la donación de nosotros mismos / Por P. José María Prats

* «El Espíritu es el Consolador, el que en medio de las pruebas nos hace sentir la presencia y la caricia de Dios: “brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. Y es a su vez el Defensor, el poder que nos permite vencer sobre las fuerzas que quieren separarnos de Dios. El Espíritu Santo es, pues, el arma con la que damos muerte a todo aquello que nos arrastra hacia el egoísmo para poder así abrazar el yugo del amor»

Domingo XIV del tiempo ordinario - A

Zacarías 9, 9-10 / Salmo 144 / Romanos 8, 9.11-13 / San Mateo 11, 25-30

P. José María Prats / Camino Católico.-  En la primera lectura, el profeta Zacarías invita a la hija de Sión, es decir, al pueblo de Dios, a alegrarse por la venida del Mesías, el cual se manifestará como rey «justo y victorioso», con una victoria que alcanzará por su humildad y abajamiento, pues viene a reinar «modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica». Y el fruto de esta victoria será la paz, simbolizada en la destrucción de las armas de guerra del pueblo de Israel: «Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra».

Este rey anunciado por Zacarías es Jesús, el Cordero de Dios, manso y humilde de corazón que, abajándose hasta una muerte de cruz, consiguió la victoria sobre el pecado y las fuerzas del mal para que su pueblo pudiese vivir en paz y en libertad, para que, «libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días» (Lc 1,74-75).

En el evangelio, Jesús invita a los que estamos cansados y agobiados por el combate contra tantas fuerzas hostiles, a unirnos a Él para participar de su victoria y de su paz: «Venid a mí y os aliviaré ... y encontraréis vuestro descanso». Pero unirse a Jesús supone «cargar con su yugo» e imitarle a Él, que es «manso y humilde de corazón», es decir, acoger su voluntad, su mandamiento de vivir en el amor y en la donación de nosotros mismos. 

Y este yugo, este mandamiento, resulta ser «llevadero» y «ligero» porque Jesús nos da al Espíritu Santo para poder cargar con él. El Espíritu es el Consolador, el que en medio de las pruebas nos hace sentir la presencia y la caricia de Dios: “brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. Y es a su vez el Defensor, el poder que nos permite vencer sobre las fuerzas que quieren separarnos de Dios. En la segunda lectura, San Pablo dice a los cristianos de Roma: «Si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis». El Espíritu Santo es, pues, el arma con la que damos muerte a todo aquello que nos arrastra hacia el egoísmo para poder así abrazar el yugo del amor.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». En mi primer destino como sacerdote me tocó vivir tres años en un barrio afroamericano de Estados Unidos golpeado por la pobreza y las drogas; y recuerdo que un día, paseando, vi que en un mailbox –esas cajitas que ponen junto a las aceras para que el cartero deje el correo– los dueños de la casa habían colgado un letrero hecho con todo esmero y cariño, que decía: “Try Jesus”. Era una invitación a todo el que pasaba por allí a acudir a Jesús para experimentar su consuelo y su liberación: “si estás desengañando de las promesas del mundo, si no puedes soportar más el dolor de tantas heridas, si te sientes solo y enfermo, si has dejado de encontrar sentido a tu vida... inténtalo con Jesús: try Jesus”.

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: 

«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.V


Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

San Mateo 11, 25-30

«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviar» / Por P. Carlos García Malo

 


Julio César Morillo Leal: «Era ingeniero de Petróleo y profesor universitario, quería construir una familia, pero me sentía vacío; he sentido la misericordia que Dios ha tenido al llamarme y soy sacerdote en Venezuela»

Julio César Morillo Leal profesor de ingeniería del petróleo, lo dejó todo para ser sacerdote; el Señor le pedía una entrega total para seguirle y su familia al principio lo rechazó / Foto: Fundación CARF

* «Diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo. Pero mi vida estaba un poco vacía. Me percaté de que, si bien había realizado mi plan, nunca lo había sometido a consideración de Dios para ver si eso era lo que realmente Él quería para mí, sino que sólo mi oración se basaba en pedir ayuda para realizarlo y siento que Dios me permitió cumplirlo… Cuando se trata de seguir la vocación, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo. Me siento muy feliz al ver que se está realizando el sueño que Dios ha tenido conmigo, a pesar de mis debilidades»

Julio César Morillo Leal explica en el video de Mater Mundi TV del año 2020 su testimonio de conversión y vocación  

Camino Católico.-  La historia de Julio César Morillo Leal es la de un hombre dispuesto a sacrificarlo todo y que decidió detener una exitosa carrera profesional en su Venezuela natal para responder con valentía a la llamada de Dios para ser sacerdote.

Estudió Teología durante cinco años en Pamplona, en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y residió en el seminario internacional Bidasoa. En el año 2022 terminó sus estudios y volvió a su diócesis en Cabimas, Venezuela, donde completó su formación y fue ordenado sacerdote el 3 de diciembre. Actualmente es párroco de la parroquia Niño Jesús, en San Timoteo, Venezuela

Una familia unida por sus abuelos

Julio creció siendo el mayor de dos hermanos en el seno de una familia humilde. Sus primeros años estuvieron marcados por la atención, el afecto y la profunda tranquilidad de la vida rural, cobijado por el amor de sus abuelos. Sin embargo, el destino le tenía preparado un giro radical cuando llegó el momento de mudarse con sus padres a la ciudad.

El choque no solo fue geográfico, sino también emocional. La convivencia familiar empezó a fracturarse, transformando el hogar en un entorno complejo. Como el propio Julio recuerda: «el cambio de ambiente fue sumamente duro; la paz a la que estaba acostumbrado se desvaneció y los momentos de tranquilidad en casa comenzaron a escasear», explica a la Fundación CARF.

La adolescencia se convirtió para él en un terreno minado debido a las constantes diferencias entre sus padres. Al cumplir los 15 años, la tensión en el hogar alcanzó un límite tan sofocante que Julio llegó a contemplar una salida desesperada: abandonar su casa para escapar del conflicto.

Aquel momento crítico coincidió con el divorcio de sus padres. Lejos de huir o dejarse vencer por la situación, la ruptura redefinió su rol. Julio decidió quedarse y asumir el compromiso de ser el pilar de apoyo fundamental para su madre y su hermana menor, demostrando que incluso en medio de la tormenta, es posible encontrar la madurez necesaria para proteger a quienes más se ama.

«Desde esa edad me tocó asumir ciertas responsabilidades en mi hogar y plantearme diversos objetivos que me llevaron a centrarme en alcanzarlos con mucho empeño, dedicación y esfuerzo. Diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo».

Eligió estudiar Ingeniería porque le apasionaban los números y por eso sus sueños estaban basados principalmente en graduarse como ingeniero, de tal modo que luego pudiera no sólo ejercer en campo, sino también ejercer la docencia en a nivel universitario.

Julio César Morillo Leal se graduó en ingeniería del petróleo y ejerció de profesor universitario / Foto: Fundación CARF

La vocación al sacerdocio

La vocación es un camino estrictamente personal. Para Julio, la fe se cultivó desde la juventud a través del servicio activo en los movimientos eclesiales de Venezuela, como la pastoral juvenil, Cursillos de Cristiandad y la Legión de María. Sin embargo, fue en los Encuentros Familiares de Venezuela donde entregó gran parte de sus años de servicio.

Paradójicamente, este movimiento se enfoca en la preparación para el matrimonio y la construcción del hogar, un rumbo que Julio ya había adoptado como su meta ideal, complementándolo con sus aspiraciones profesionales.

«Hacia ese camino estaba enfocado mi proyecto de vida, lo cual me hizo creer que también eso era lo que Dios quería para mí».

Convencido de que el plano familiar y el éxito profesional eran la respuesta definitiva a su fe, Julio avanzaba con paso firme, sin sospechar que el diseño de su vocación aún contenía otros matices.

El éxito profesional frente al vacío interior

Julio alcanzó lo que muchos considerarían la cima del éxito: se graduó como Ingeniero de Petróleo, ejerció en su campo y se convirtió en profesor universitario. A una relativa corta edad, gozaba de la admiración de sus amigos y del orgullo de una familia que celebraba cada uno de sus triunfos.

Sin embargo, la realización profesional no se tradujo en una plenitud personal. Detrás de una carrera brillante, comenzó a gestarse una crisis existencial que desafiaba a sus propios planes. Como él mismo confiesa: «creía que esto sería lo que me haría plenamente feliz, pero en realidad me sentía vacío y sentía que estaba llamado a algo más».

Esa insatisfacción no fue un freno, sino el motor que lo impulsó a detenerse, cuestionar su dirección y concentrar todas sus fuerzas en descubrir su verdadero propósito de vida.

Sacrificarlo todo por la vocación

Asimilar que un proyecto exitoso no equivalía a la plenitud fue un golpe duro. Sin embargo, este choque con la realidad impulsó a Julio a iniciar una búsqueda profunda. Acompañado por su director espiritual, tomó la decisión más difícil para un profesional brillante: soltar el control y dejar su futuro en manos de Dios.

En ese proceso, llegó una revelación fundamental sobre cómo había gestionado su vida hasta entonces: «diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo. Pero mi vida estaba un poco vacía. Me percaté de que, si bien había realizado mi plan, nunca lo había sometido a consideración de Dios para ver si eso era lo que realmente Él quería para mí, sino que sólo mi oración se basaba en pedir ayuda para realizarlo y siento que Dios me permitió cumplirlo», relata.

Una vez alineado con esta nueva perspectiva, los acontecimientos comenzaron a encajar y el mensaje se volvió inconfundible: el Señor le pedía una entrega absoluta.

Atender esta llamada exigió de Julio un desapego radical. Tuvo que renunciar a su empleo, a su carrera de ingeniería y a sus estudios. El paso más complejo, sin duda, fue confrontar la resistencia de su propia familia, quienes al principio no comprendieron ese giro tan drástico. La vieja estructura había caído para dar paso a su verdadera misión.

Una frase de san Juan Bosco

El anuncio de su decisión desató una tormenta previsible: el rechazo severo de su familia. Para su entorno, abandonar una carrera consolidada no era un acto de fe, sino un síntoma de confusión. Romper con las expectativas ajenas significó para Julio cargar, durante un tiempo, con la mirada de decepción y pena de los suyos, quienes no comprendían el valor de empezar de cero.

En medio de ese aislamiento emocional, una máxima de san Juan Bosco se convirtió en su brújula y refugio, pero algo adaptada del original (Cuando se trata de servir a Dios, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo): «cuando se trata de seguir la vocación, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo».

Entonces tomó la decisión de embarcarse en esta aventura de la vocación sacerdotal y Dios se fue encargando poco a poco de poner todo en su sitio, acompañar a su familia y ocupar el lugar que Julio había dejado en ellos.

«He sentido la misericordia que Dios ha tenido al llamarme y por eso comencé mi formación sacerdotal hace poco más de seis años, en la que hasta ahora me siento muy feliz al ver que se está realizando el sueño que Dios ha tenido conmigo, a pesar de mis debilidades».

Julio César Morillo Leal en su parroquia Niño Jesús, en San Timoteo, Venezuela / Foto: Fundación CARF

La grave situación de Venezuela

Es evidente la grave situación en la que se encuentra Venezuela, especialmente tras los dos terremotos del 24 de junio que -al 30 de junio- han causado la muerte de más de 1,700 personas, 5,034 heridos y una cantidad desconocida de desaparecidos, que las Naciones Unidas estima que podría ser de hasta 50,000 personas.

A través de la Fundación CARF, este joven sacerdote comparte un poco de lo que esta catástrofe significa para el pueblo de Venezuela: 

"Son muchos los muertos confirmados. Hay muchas personas que permanecen entre los escombros. Muchos edificios desplomados y el resto con fallas estructurales serias.

El Aeropuerto Internacional de Maiquetía que es el principal del país se encuentra fuera de servicio por los serios daños que recibió. Varios complejos residenciales y hoteles se han desplomado en Caracas y sus alrededores. Incluso varios templos se han visto afectados, algunos se les ha desprendido el techo, en otros se han caído algunas paredes y pues todo ha sido una tragedia".

Esta situación agrava los problemas que ya venía enfrentando el país: familias disgregadas por la migración, salarios insuficientes, escasez, incapacidad de conseguir productos de la canasta básica, falta de medicamentos e insumos hospitalarios, escasez de combustible para los vehículos y una larga crisis económica, política y social que se encuentra en el punto más álgido de su historia.

El trabajo de la Iglesia venezolana 

Dentro de toda esta situación, la Iglesia venezolana está haciendo un gran trabajo al tratar de cubrir las necesidades de la población con la ayuda de diversas fundaciones internacionales que se han mostrado solidarias con la situación del país. 

Así, han levantado comedores, centros asistenciales y han provisto de medicamentos, entre otras cosas, que le permiten solidarizarse con los fieles que en este momento necesitan algo más aparte de los Sacramentos.

Para Julio, la transformación de su país no es una utopía ajena a la fe, sino un compromiso que nace de la vida espiritual. Considera que la oración es la herramienta más poderosa para generar un cambio verdadero en Venezuela, siempre y cuando se traduzca en acciones concretas orientadas al bien común, dejando de lado los intereses individuales para vivir el mandamiento del amor.

"La oración es el mejor medio para lograr un cambio en el país, y a partir de ella la realización de acciones concretas que lleven a la búsqueda del bien común"

Bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, Julio y su comunidad confían el destino de la patria a la intercesión divina. Asimismo, elevan sus oraciones para que la llamada del Señor continúe resonando con fuerza en el corazón de la juventud venezolana, inspirando a más jóvenes a dar un sí generoso que permita seguir construyendo la Iglesia en su tierra natal.

Mattie Karr, dejó su trabajo y se dedica al arte sacro:: «Sufrí una depresión y Dios me sanó; sé que Jesús es realmente bueno, me ama y quiere estar presente en cada aspecto de mi vida»


Mattie Karr en la puerta de su estudio

* «Después de un fin de semana de fe orando por los demás y presenciando otras señales de que Jesús me apoyaba, renuncié a mi trabajo ese jueves para dedicarme de lleno al arte sacro y ‘ayudar a Jesús a sanar corazones a través de la belleza’. Han pasado cuatro años desde ese llamado y, a pesar de los altibajos del trabajo independiente, he visto a Dios obrar milagros a través de mi arte y de mis propias manos. Recibo un amor abundante de Dios y de las personas que Él ha puesto en mi vida, y cuando siento la tentación de merecerlo, rápidamente me recuerdan que soy un ser humano, no una máquina de hacer cosas. Me siento la chica más afortunada del mundo»

 


Mattie Karr con uno de sus cuadros de Cristo crucificado

 Camino Católico.-  “En nuestra pequeña familia católica de Kansas, creo que todo empezó cuando tenía diez años. Acababa de estrenarse la versión de Disney de Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario, y después de leer los libros, vimos la película en familia. Lo que ocurrió en aquella sala oscura fue como si Dios me hubiera conquistado el corazón”, asegura Mattie Karr, que tiene 30 años y es artista sacra, a Yes Catholic al comenzar su camino de fe y conversión.

“Siempre quise vivir una aventura para Dios”, dice Karr. “Era algo que anhelaba desde muy joven. Recuerdo en familia a mi padre explicándonos cómo Aslan era como Dios y Jesús, y todas esas analogías. Creo que en el fondo sabía que si le decía que sí a Dios, viviría una aventura maravillosa, igual que en Narnia”, explica a la EWTN NEWS.

“Narnia me enseñó dos cosas: que la vida con Cristo sería una aventura maravillosa y que, de mayor, me dedicaría al cine. En el instituto empecé a hacer cortometrajes e incluso gané algunos concursos estudiantiles. Cuando llegué a la Universidad de Kansas, estudiaba cine e ilustración y tenía la firme intención de mudarme a Los Ángeles”, dice la joven artista.

Mattie Karr en el andamio pintando un tríptico de Pentecostés en su parroquia del Santo Nombre de Jesús

Depresión y sanación

“Y obviamente la vida es difícil”, continúa. “No siempre fue una aventura y pasé por momentos muy oscuros… En la universidad, sufrí una depresión muy profunda. Pero Dios me rescató de maneras reales, personales y profundas durante esos momentos de depresión”.

“Lo llamo mi año de tumba. Hubo un verano, en 2018, en el que me sentía muerta; estaba deprimida, odiaba a Dios y no lo entendía; lo sentía muy lejos”, asevera. “No estaba viviendo la aventura que creía que viviría, me sentía avergonzada e insegura todo el tiempo y no creía que nadie me quisiera de verdad, aunque decían que sí; simplemente era depresión. Y Dios se manifestó de una manera muy poderosa a través de alguien que oró por mí”, asegura.

Al final, “después de graduarme, me quedé en mi ciudad natal, Kansas City, trabajando en desarrollo de negocios y ventas. Sentía que mi vida estaba en pausa, pero Dios me invitaba a emprender un viaje de sanación interior”. 

En ese momento, “aunque estaba comprometida a vivir mi vida para Cristo, no conocía a mucha gente de mi edad que estuviera en el mismo camino. Me sentía sola y, la mayor parte del tiempo, como una marginada en mis círculos sociales. Incluso en las comunidades católicas, pensaba que la única manera de seguir siendo relevante era evangelizando y ofreciéndome como voluntaria en cada oportunidad. Creía que el amor dependía de lo que hiciera. Desafortunadamente, esta mentira me dejó agotada, resentida y aún más sin amor. Necesitaba la sanación de Jesús. A través de la consejería y retiros como Sanando a la Persona Integral, Aguas Vivas y Ministerios de Encuentro, Dios me sanó a través de su Cuerpo quebrantado, la Iglesia. Ahora sé que Jesús es realmente bueno, que me ama y que quiere estar presente en cada aspecto de mi vida", dice Mattie Karr. 


Mattie Karr en el andamio pintando un tríptico de la Presentación de Jesús en el Templo en su parroquia del Santo Nombre de Jesús

“Pero creo que eso también ha influido mucho en mi arte, porque pienso que el arte puede desempeñar un papel muy importante en la sanación; porque nuestras heridas son tan oscuras y feas, y a menudo pensamos que somos oscuros y feos, así que nos enmascaramos e intentamos crear identidades falsas y falsos yoes para sentirnos mejor”, dice. “Pero la belleza tiene la capacidad de iluminar todo eso, de mostrar vulnerabilidad y de llegar al fondo del asunto”.

Y da más detalles: “Unos años después de comenzar este camino de sanación, asistí a un retiro intensivo de verano con la Escuela de Ministerio Encounter, ¡donde se me abrió un mundo de posibilidades! Me dijeron que podía pedirle a los huesos rotos que sanaran en el nombre de Jesús, ¡y sanarían! Muchas personas profetizaron sobre mí que Dios me estaba llamando a hacer cosas que me daban miedo, y que Él sería mi Pastor. Otra persona me dijo que mis dones y talentos eran una ‘fragancia agradable’ para el Señor”.

La fe la lleva arte sacro

Después de esta experiencia descubrió que no podía dejar de crear arte religioso ni aunque lo intentara. “A medida que crecía en mi fe, no podía evitarlo. El arte simplemente fluía y era todo religioso, sobre todo María. No podía parar de dibujar a la Virgen María”, relata a Our Sunday Visitor.

Aunque tenía éxito en ventas, nunca perdí el deseo de trabajar en un campo creativo. Sentí curiosidad y le pregunté a Dios: ‘Si quisieras que dejara mi trabajo, ¿cuándo querrías que lo hiciera?’. Me sorprendió oírle decir: ‘El próximo jueves’”.

La joven detalla que “después de un fin de semana de fe orando por los demás y presenciando otras señales de que Jesús me apoyaba, renuncié a mi trabajo ese jueves para dedicarme de lleno al arte sacro y ‘ayudar a Jesús a sanar corazones a través de la belleza’. Han pasado cuatro años desde ese llamado y, a pesar de los altibajos del trabajo independiente, he visto a Dios obrar milagros a través de mi arte y de mis propias manos. Recibo un amor abundante de Dios y de las personas que Él ha puesto en mi vida, y cuando siento la tentación de merecerlo, rápidamente me recuerdan que soy un ser humano, no una máquina de hacer cosas. Me siento la chica más afortunada del mundo y estoy muy agradecida de no haber alcanzado mis sueños de Hollywood... todavía”.

Mattie Karr con el padre Anthony Oulette, párroco de la parroquia del Santo Nombre de Jesús, que es la misma de la artista, ante los dos trípticos de 4'5 metros de alto que ha pintado

Lo que la llevó a dejar su trabajo

El cómo dejó su trabajo y se dedicó por entero al arte sacro es consecuencia del momento en que el padre Anthony Oulette, párroco del Santo Nombre de Jesús, descubrió que Karr era artista, le habló de su idea para la parroquia. “Me llevó a la iglesia y me dijo: ‘Tengo una idea; tengo muchísimas ideas para renovar la iglesia’”, recuerda Karr. “Me explicó que en el lado izquierdo estaría Pentecostés, con San Miguel arriba y María en el centro, y en el lado derecho, San José presentando a Jesús en el Templo, con Gabriel arriba. Quería que imitaran las hermosas vidrieras que tenemos”.

Karr aceptó el encargo de los dos trípticos de 4’5 metros de altura en 2020 y, en fue en septiembre de 2022 cuando dejó su trabajo a tiempo completo y comenzó su carrera en el arte sacro, empezando con el encargo del Santo Nombre. El padre Oulette organizó la recaudación de fondos y construyó los paneles para la obra en su garaje. Las escenas que eligió el sacerdote tienen un significado especial para la parroquia, explica Karr.

El tríptico de la Presentación de Jesús en el Templo pintado por Mattie Karr

“El Señor tiene cosas tan singulares que decirnos a todos”, dice. “Mi parroquia, por ejemplo, está muy marcada por el Espíritu Santo. No sé si la llamaría una parroquia carismática propiamente dicha, pero amamos al Espíritu Santo, así que tener una escena de Pentecostés es muy importante para nuestra parroquia. Además, nuestro nombre es Santo Nombre de Jesús, y el otro tríptico representa la escena de Jesús el día de su circuncisión, cuando recibió su santo nombre”.

La representación que hace Karr de la presentación de Jesús muestra a José sosteniendo a Jesús ante un sacerdote, cuando le fue revelado su santo nombre. Al fondo, los antepasados ​​de José se encuentran reunidos, sosteniendo velas. El arcángel Gabriel observa la escena desde lo alto, alzando una linterna sobre el escenario iluminado por las velas.

“Estas pinturas podrían replicarse en otra parroquia, pero no sé si tendrían el mismo efecto”, dice. “El Espíritu Santo tiene algo único para cada comunidad, para cada persona, porque nos conoce muy bien”. Las obras las acabó en 2024.

Tríptico de Pentecostés, obra de Mattie Karr

“En un momento dado, cuando las cosas no iban bien en mi vida personal, estaba pintando al Niño Jesús” del tríptico de su parroquia. “Estaba molesta, pintando su ojo, y de repente el cuadro me miraba. La pureza de su ser como bebé, mirándome y amándome”. Es la primera vez que le pasaba algo así. “Recuerdo que me quedé realmente sorprendida. Era la obra de mis manos, que me correspondía con amor”, dice.

El Niño Jesús es la única figura en los dos trípticos que mira directamente al espectador, y ella comentó que muchas personas han expresado lo impactante que resulta quedar cautivado por la mirada de ese niño.

“Aunque no esté orando conscientemente, estoy orando”, dice. “Incluso cuando estoy en modo artista, soy consciente del Espíritu Santo”.

Cuando trabaja con un cliente para desarrollar una obra por encargo, reza con él y le pide al Espíritu Santo que le inspire una imagen. 

Mattie Karr se dedica al arte sacro como camino para vivir la fe y acercar a Dios a los demás

Irene Alonso, madre de 12 hijos: «Si yo no tuviera a Dios en mi vida, sería imposible que sostuviera la familia; vivo descansando en la gracia y solo hay que dejarse llevar, dar tu sí, pequeñito, y con eso el Señor hace maravillas»


Irene Alonso contando su testimonio de fe y vida familiar

* «El día que estábamos enterrando a mi hija Nazaret fui muy consciente del regalo que suponen los hijos y de la poca ascendencia que tenemos sobre ellos. Los hijos no son más que un préstamo y cuidarlos es un privilegio. La muerte de Nazaret fue el primer paso hacia una fe madura, ya que hasta entonces había vivido de la fe heredada de mis padres. Israel, mi marido, lo tuvo claro desde el principio y decía: ‘Nuestra misión con nuestros hijos es que lleguen al cielo, y con Nazaret ya lo hemos conseguido’»

Vídeo del testimonio de Irene Alonso, madre de 12 hijos, en el programa 'Ecclesia es domingo' de 13 TV

Camino Católico.-  En la familia de Irene Alonso, madre de 12 hijos, la fe es el motor principal. "Si yo no tuviera a Dios en mi vida, sería imposible que sostuviera la familia que sostengo", ha confesado. Para ella, cuando se vive "descansando en la gracia, solo hay que dejarse llevar, dar tu sí, pequeñito, y con eso el Señor hace maravillas". Conocida en redes sociales como 'Soy una madre normal', esta madre de 12 hijos comparte el día a día de su familia con más de 200.000 seguidores para luchar contra los prejuicios. En una entrevista en 'Ecclesia es domingo' de 13 TV, Alonso se alinea con el mensaje del Papa León XIV a los jóvenes: no tener miedo al matrimonio.

Mientras que 8 de cada 10 jóvenes españoles consideran que formar una familia es más difícil que nunca, según el último barómetro de The Family Watch. Irene Alonso ha afirmado que entiende el temor de los jóvenes, ya que "el mundo nos empuja a pensar que la felicidad está en la autorrealización", mientras que "la familia es todo lo contrario, es el dejar de ser yo para que sean los demás". Según ella, este principio responde más al Evangelio que a la corriente actual, y aunque el Evangelio "a veces da miedo", al vivirlo se descubre que "solo así se puede ser feliz".

Irene Alonso y su familia hace unos días

La pérdida que afianzó su fe

Uno de los momentos clave en su vida fue la muerte de su cuarta hija, Nazaret, que falleció recién nacida. "El día que estábamos enterrando a mi hija fui muy consciente del regalo que suponen los hijos y de la poca ascendencia que tenemos sobre ellos", ha explicado. Para Alonso, los hijos "no son más que un préstamo" y cuidarlos es un "privilegio".

La muerte de Nazaret supuso un "punto de inflexión" en su vida y fue el "primer paso hacia una fe madura, ya que hasta entonces había vivido de la fe heredada de mis padres”. Su marido, Israel, lo tuvo claro desde el principio: "Nuestra misión con nuestros hijos es que lleguen al cielo, y con Nazaret ya lo hemos conseguido". Irene Alonso siente que su hija, que tenía síndrome de Down, es una "intercesora maravillosa" y asegura que "un hijo en el cielo es como garantía de que nos ganamos el cielo".

El matrimonio, cimiento del hogar

Irene Alonso insiste en que cuidar la relación de pareja es fundamental, ya que "el matrimonio es el cimiento del hogar". Ha advertido del peligro de que los hijos pasen a ser el centro, pues cuando estos se van, los cónyuges pueden encontrarse con "un desconocido después de 20 años de matrimonio", algo que le parece "durísimo".

Irene Alonso con su esposo Israel

Para ella, la conclusión es clara: "Cuidar del matrimonio es cuidar de los hijos". Sostiene que "todo el tiempo que inviertas en mejorar tu matrimonio, lo estás invirtiendo en mejorar la vida de tus hijos", porque ellos repetirán los patrones que ven en casa. Si ven un matrimonio sólido, buscarán lo mismo para sus futuras familias.

Recientemente, Alonso ha hecho un descubrimiento que ha cambiado su forma de ver su vida: "He descubierto que mi vocación no es al matrimonio y a la maternidad, que mi vocación es a ser la esposa de mi marido, específicamente, y a ser la madre de mis hijos". Considera que su historia está "muy bien diseñada" y que en su marido está el "complemento perfecto" para ella.