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martes, 6 de enero de 2026

Homilía del evangelio de la Epifanía del Señor: Confesar la soberanía de Cristo con nuestra obediencia a su palabra y su divinidad con los frutos de santidad que esta obediencia produce en nosotros / Por P. José María Prats

* «En 2.000 años de cristianismo, ¡cuántas personas de todos los pueblos y razas han caminado a la luz de Jesucristo! ¡Cuántos le han entregado lo mejor de sí mismos, luchando día a día por ser fieles a su palabra! ¡Cuántos le han expresado su amor y su devoción a través de la pintura, la escultura, la música o la poesía! ¡Cuántos mártires han dado su vida antes de negar al que se adelantó a entregar la suya por ellos! Nosotros somos hoy estos peregrinos que quieren caminar a la luz de Jesucristo en un mundo que todavía vive en tinieblas»

Epifanía del Señor

Isaías 60, 1-6  /  Salmo 71  /  Efesios 3, 2-3a.5-6  / San Mateo 2, 1-12

P. José María Prats / Camino Católico.-  La profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura fue escrita más de 500 años antes de Cristo y nos anuncia con toda claridad el nacimiento de Jesús y su reconocimiento como Dios y Señor por hombres y mujeres de todos los pueblos. 

Comienza diciendo: «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti».

Jerusalén es, en la Escritura, un símbolo del Pueblo de Dios. Y este pueblo, efectivamente, se hallaba en tinieblas, sometido, por causa del pecado, al poder del Maligno, a quien San Juan llama el príncipe de este mundo. Pero se anuncia que en medio de esta oscuridad amanecerá la gloria del Señor, es decir, vendrá a habitar entre nosotros Aquél que es la luz del mundo, que vence al Maligno y nos libra del pecado iluminando las tinieblas de nuestro corazón. 

Continúa diciendo la profecía sobre Jerusalén: «Y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora (...). Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar, y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor».

Se afirma, pues, que esta luz que es Cristo será reconocida por hombres y mujeres de todos los pueblos, los cuales peregrinarán a Jerusalén, es decir, entrarán a formar parte del Pueblo de Dios, que es la Iglesia. Y peregrinarán llevando oro (símbolo de la realeza) e incienso (símbolo de la divinidad), o sea, reconociendo a Jesús como Señor y como Dios. Y volcarán sobre Jerusalén «los tesoros del mar» y «las riquezas de los pueblos», es decir, consagrarán al culto del Señor lo mejor de sus vidas y sus culturas.

Y esta profecía se ha cumplido con creces: En 2.000 años de cristianismo, ¡cuántas personas de todos los pueblos y razas han caminado a la luz de Jesucristo! ¡Cuántos le han entregado lo mejor de sí mismos, luchando día a día por ser fieles a su palabra! ¡Cuántos le han expresado su amor y su devoción a través de la pintura, la escultura, la música o la poesía! ¡Cuántos mártires han dado su vida antes de negar al que se adelantó a entregar la suya por ellos!

Nosotros somos hoy estos peregrinos que quieren caminar a la luz de Jesucristo en un mundo que todavía vive en tinieblas. Y como tales hemos de seguir llevando a Jerusalén el oro y el incienso, confesando la soberanía de Cristo con nuestra obediencia a su palabra y su divinidad con los frutos de santidad que esta obediencia produce en nosotros. Y hemos de llevar también «las riquezas de los pueblos»: todas aquellas adquisiciones y elementos positivos de nuestra cultura que tienen que ser iluminados y purificados en el encuentro con Cristo para convertirse en instrumentos de paz. 

De hecho, Jerusalén significa en hebreo Casa de Paz, y lo es porque en ella se ha manifestado a todos los pueblos la gloria del Príncipe de la Paz.


P. José María Prats

Evangelio:


Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: 

«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle». 

En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: 

«En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’».

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: 

«Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

San Mateo 2, 1-12

La adoración de los Reyes Magos nos recuerda que solo quien se hace pequeño puede reconocer la grandeza de Dios / Por P. Carlos García Malo

 


Agustín Giménez, profesor de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso: «Los Reyes Magos vieron algo sobrenatural, una estrella que Dios hace aparecer cuando nace Jesús»


Agustín Giménez, profesor de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso

* «La estrella de Belén era sobrenatural, especial, porque permanecía fija en el horizonte, algo que no ocurre con los cuerpos celestes habituales. Esto les permitió seguir un camino concreto hacia el lugar donde estaba el Niño Jesús» 

Vídeo de 13 TV en el que Agustín Giménez, profesor de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso, cuenta la historia de los Reyes Magos, su conexión con el cielo y su encuentro con el Niño Jesús

Camino Católico.-  En la víspera de la llegada de los Reyes Magos, la ilusión llena los hogares de millones de personas. Los preparativos están en marcha, los niños ya han enviado sus cartas y las familias recuerdan una tradición que va más allá de los regalos. El sacerdote y profesor de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso, Agustín Giménez, ha explicado en ‘Ecclesia es Domingo’ de 13 TV  la historia de los Reyes Magos, su conexión con el cielo y su encuentro con el Niño Jesús. 

Según Giménez, los llamados Reyes Magos no eran ni monarcas ni hechiceros, sino astrónomos expertos. "Eran, sobre todo, sabios del Oriente que estudiaban las estrellas. En la antigüedad era fundamental la contemplación del cielo. Además, no había series que ver por la noche… Lo que había era un cielo maravilloso y supermisterioso”. Provenían de culturas como la Caldea, donde la observación del cielo era fundamental: “Ellos conocían cada constelación y estrella por su nombre. Detectaron algo extraordinario: una nueva estrella que anunciaba el nacimiento del Mesías”.

¿Qué vieron exactamente estos sabios en el cielo? 

Giménez ha explicado que el fenómeno no puede atribuirse a ningún evento natural conocido: ”Los anales de los caldeos y los chinos documentan eventos astronómicos que los magos conocían. Por su capacidad de observación y cálculos precisos, sabían que estaban ante algo único”. En este sentido, ha añadido que ”no fue un cometa, una nova, ni una conjunción planetaria. La estrella de Belén era sobrenatural”. Sin embargo, fenómenos previos entre los años 12 y 2 a.C., como la aparición del cometa Halley, una nova visible durante 70 días y una sextuple conjunción de Júpiter con Venus y la estrella Regulus, prepararon a los magos para reconocer la señal definitiva.

"La estrella de Belén era especial porque permanecía fija en el horizonte, algo que no ocurre con los cuerpos celestes habituales. Esto les permitió seguir un camino concreto hacia el lugar donde estaba el Niño Jesús", ha señalado el profesor.


"No es un fenómeno natural"

Según estudios recientes que han publicado junto a otros investigadores, el nacimiento de Jesús y la aparición de la estrella de Belén coincidirían con el 25 de Quisleu del 1 a.C., que corresponde a la festividad de la Janucá en el calendario judío: “No es un fenómeno natural, es una estrella que Dios hace aparecer en el cielo en el momento en el que nace Jesús”.

Agustín también ha destacado la relación entre las señales astronómicas y las profecías bíblicas como la de "Júpiter, que protagonizó seis conjunciones previas al nacimiento, era identificado en la tradición judía como la estrella mesiánica”. Además, señaló que estas conjunciones ocurrieron con Regulus, la estrella más brillante de la constelación de Leo. "Regulus significa ‘rey pequeño’, lo que reforzó la asociación con un futuro rey".

Otro detalle es que Júpiter, debido a su movimiento retrógrado, permaneció nueve meses en la constelación de Virgo: "Esto encajaba perfectamente con la profecía de Isaías 7:14, que anunciaba que el Mesías nacería de una virgen. Los magos no solo observaron el cielo; también comprendían el significado detrás de estos eventos".

"Las cosas importantes, el cielo siempre las bendice"

La tradición de los regalos, según Giménez, es una extensión del gesto de los magos hacia el Niño Jesús. El oro, el incienso y la mirra eran presentes cargados de simbolismo: oro por su realeza, incienso por su divinidad y mirra como prefiguración de su sacrificio. Hoy, esos regalos se traducen en obsequios como un reflejo del amor de Dios: “Las cosas importantes, el cielo siempre las bendice. A los niños Dios les bendice con su amor, con la entrega del Niño Jesús y con regalos como le hicieron a Él, para que puedan ser todavía mejores. A los niños les multiplica esa bondad”.

Tammy Peterson era protestante, padeció un cáncer renal mortal, rezó el rosario con uno bendecido por el Papa Francisco, hizo una novena, se curó y se ha hecho católica: «Dejé todo en manos de Dios»

Tammy Peterson empezó su búsqueda de Dios tras un doloroso anuncio. En 2015, después de una exploración médica, recibió la noticia de que tenía carcinoma de células renales, un tipo de cáncer de riñón. Una amiga le enseñó a rezar el Santo Rosario

* «La Confesión supuso para mí una experiencia profunda de perdón. Hace tiempo aprendí las técnicas Al-Anon y los Doce Pasos, un programa de principios espirituales y acciones prácticas desarrollados originalmente por Alcohólicos Anónimos. Así aprendí a conocerme mejor y compartir mis errores, pero el catolicismo me permitió profundizar más, liberándome en la Confesión de cargas pasadas que no podía perdonar por mí misma. La Eucaristía, por su parte, es una práctica concreta que nos enseña a recibir la gracia de Dios, incluso en los días más difíciles. Practicar la oración y la comunión nos prepara para aceptar la gracia cuando realmente la necesitamos… La oración y la escucha de la voluntad de Dios nos guían para actuar de manera correcta y amorosa, incluso en medio de la confusión y la división que vemos a nuestro alrededor. La práctica diaria, aunque sencilla, nos permite acercarnos a Dios y vivir según Su voluntad. Incluso pequeños actos —sentarse a mirar por la ventana, respirar conscientemente, agradecer la luz y la vida que Dios nos da— son formas de cultivar la espiritualidad y la humildad en nuestra vida diaria»

Camino Católico.- El camino de Tammy Peterson, esposa del psicólogo canadiense Jordan Peterson -azote de la cultura de la cancelación y de la deriva de género-, hacia la conversión al catolicismo surgió de la oscuridad de la enfermedad y la desesperación. C reció como protestante pero se quedó sin vínculos religiosos cuando sus padres dejaron de ir a la iglesia. Confiesa que tiene recuerdos de su bisabuela católica, polaca y de 104 años, rezando el Rosario. 

Tras ser diagnosticada con una forma rara y agresiva de cáncer, Tammy enfrentó meses de dolor, cirugía y una prolongada recuperación. Fue durante este período de fragilidad extrema que, por recomendación de una amiga, comenzó a rezar el rosario.

Lo que empezó como una búsqueda de consuelo se transformó en un encuentro espiritual que culminó con su bautismo y entrada plena en la Iglesia católica. Su relato es un conmovedor ejemplo de cómo la fe puede florecer incluso en las circunstancias más difíciles.

Tammy Peterson y su esposo, el psicólogo canadiense Jordan Peterson

La enfermedad, el rezo del Rosario, la curación y la conversión

Su búsqueda personal de Dios comenzaría tras un doloso anuncio. En 2015, después de una exploración médica, recibió la noticia de que tenía carcinoma de células renales, un tipo de cáncer de riñón. Le dieron diez meses de vida.

Tammy Peterson fue entonces a ver a su hijo, Julian, que vivía muy cerca. "Mi hijo me miró con tanto dolor y un amor más profundo que el que yo tenía por mí misma, que sentí que se desprendía de mi cuerpo mi propio cinismo. Le entregué a Dios todas mis dudas", dice al National Catholic Register.

A pesar de las varias cirugías para extirpar los tumores y ser sometida a todo tipo de pruebas, la salud de Peterson empeoró hasta el punto de llegar a pesar 40 kilos. "Los médicos ni siquiera me ofrecieron quimioterapia o radioterapia, dijeron que este tipo de cáncer mataba a todos y que no había tratamiento para él", reconoce Tammy.

Ella asegura que logró curarse gracias, en parte, a las oraciones y al apoyo de su querida amiga Queenie Yu, numeraria del Opus Dei. Yu es una católica conversa que, cuando Peterson estaba muy mal, le llevó un rosario bendecido por el Papa Francisco, un folleto sobre cómo rezarlo y una imagen de Nuestra Señora con el niño Jesús.

Durante cinco semanas seguidas, Peterson y Yu rezaron juntas el rosario en el hospital. Uno de esos días, Yu le preguntó: "¿Por qué dijiste que tu enfermedad era un regalo, cuando estabas pasando por tanto dolor?". Peterson, respondió: "Porque a través de mi enfermedad encontré a Dios, y, ¿qué mejor que conocer a tu propio Creador?'. Tammy también dijo que la oración le "aliviaba algo del dolor".

"Me despertaba por la noche y rezaba el Padrenuestro hasta que me quedaba dormida. No me preocupaba de nada. Rezaba toda la noche, a menos que estuviera durmiendo", comenta. En el quinto día de una novena a San Josemaría Escrivá, cuando Peterson tenía programada una cirugía, sus médicos descubrieron que el problema se había resuelto solo. Su cirugía fue cancelada y fue dada de alta del hospital.

Tammy Peterson posa frente al altar de la Iglesia del Santo Rosario en Toronto, donde recibió la confirmación en 2024 / Foto: Laura Salem, In His Image Photo & Film

Entrevistada por Javier García Herrería en Omnes, Tammy Peterson cuenta en profundidad su camino de fe hasta hoy. Respecto a su conversión como consecuencia del cáncer y su rezo del Santo Rosario explica:

“Aprender y rezar el Rosario me acercó gradualmente a Jesús como mi salvador. Hoy sigo rezándolo todas las mañanas; me ayuda a mantenerme en el camino de Dios y no en el mío propio. La belleza de la Iglesia católica —los sacerdotes, los iconos, los ornamentos— también me enseñó a ser más humilde, pues la belleza nos recuerda la grandeza y la humildad de Dios, y nos ayuda a detenernos y a centrarnos en Él”.

En este sentido relata cómo una profunda experiencia le hizo reconectar con su fe católica:

“Antes de mi conversión, yo crecí como protestante, pero mi abuela pasó de ser católica a ser protestante. Cuando era niña y entraba en una iglesia, me preguntaba dónde estaba la Virgen María, porque no era evidente allí, y eso me confundía. Más tarde, durante mi conversión, tuve una experiencia profunda: un abuelo mexicano de Nueva Zelanda me ayudó a reconectar con mi fe católica. Oró en español conmigo y me dijo que mi abuela estaba conmigo. Esto me hizo sentir que había reparado una separación histórica en nuestra familia, y me permitió ver la fe católica como algo que siempre había estado presente, incluso si no lo había comprendido plenamente desde pequeña”.

Pero lo esencial fue que ella se abandonó en Dios:

“No sé si habría podido atravesar mi experiencia con el cáncer sin la ayuda de Dios. Fue realmente una experiencia asombrosa. Dejé todo en manos de Dios, y aprendí algo fundamental: no tenemos que preocuparnos por los pensamientos que no queremos tener. Antes, dejaba que mi mente vagara sin control, pero ahora entiendo que puedo elegir en qué pensar. Si un pensamiento no es apropiado, simplemente lucho para que se desvanezca. Es un aprendizaje que me ha ayudado a comprender la naturaleza superficial de ciertos pensamientos y cómo dejarlos ir”.

—¿Qué otras cosas le han sorprendido del catolicismo?

—La Confesión supuso para mí una experiencia profunda de perdón. Hace tiempo aprendí las técnicas Al-Anon y los Doce Pasos, un programa de principios espirituales y acciones prácticas desarrollados originalmente por Alcohólicos Anónimos. Así aprendí a conocerme mejor y compartir mis errores, pero el catolicismo me permitió profundizar más, liberándome en la Confesión de cargas pasadas que no podía perdonar por mí misma. La Eucaristía, por su parte, es una práctica concreta que nos enseña a recibir la gracia de Dios, incluso en los días más difíciles. Practicar la oración y la comunión nos prepara para aceptar la gracia cuando realmente la necesitamos.

Nuestra sociedad se ha vuelto cada vez más divisiva y superficial, a veces incapaz de matices. La Iglesia, en cambio, nos enseña a ser humildes, atentos y abiertos. La oración y la escucha de la voluntad de Dios nos guían para actuar de manera correcta y amorosa, incluso en medio de la confusión y la división que vemos a nuestro alrededor. La práctica diaria, aunque sencilla, nos permite acercarnos a Dios y vivir según Su voluntad. Incluso pequeños actos —sentarse a mirar por la ventana, respirar conscientemente, agradecer la luz y la vida que Dios nos da— son formas de cultivar la espiritualidad y la humildad en nuestra vida diaria.

La crianza también refleja esto. Observar a mi nieta de tres años me enseñó la importancia de guiar sin imponer, de apoyar y corregir sin convertirnos en opresores. El respeto y la paciencia en las relaciones son extensiones de la práctica espiritual que la Iglesia nos enseña. Esto se aplica, no solo a la familia, sino también a la sociedad en general, especialmente en tiempos de polarización y división. 

Ahora, tengo un pódcast para dar a conocer estas ideas. Hablo principalmente con mujeres jóvenes, ayudándolas a encontrar su camino, a reconciliar la fe con sus vidas, a comprender la importancia de la familia y la maternidad, y a navegar la narrativa feminista moderna con conciencia cristiana. Intento enseñarles que pueden aspirar a una vida plena y significativa sin renunciar a su fe ni a su vocación más profunda.

–¿Cómo es su vida ahora que ha vuelto a la fe?

—Lo único verdaderamente importante que he aprendido es que voy a la Iglesia, me siento, pongo los pies firmes en el suelo y le agradezco a Dios por estar viva, por tener un día más para hacer lo que Él quiere que haga. Eso es lo que he aprendido. Lo entendí cuando tenía seis años, y desde entonces he vivido de esa manera.

¿Cómo ha cambiado mi vida? Es interesante. Un día, mientras mi marido Jordan y yo conversábamos sobre las transformaciones que había experimentado desde mi vuelta a la fe, escribimos una lista de virtudes que han surgido en mí desde mi conversión. Llegamos a una suma de treinta virtudes que he recibido a partir de ese momento. 

(Tammy busca un papel y comienza a leerlo). 

Repasaré algunas: soy más como una niña pequeña, más divertida, menos cínica, menos volátil, menos preocupada por el control y el poder; más paciente y amable; más enfocada en el bienestar de los demás; más hospitalaria, más obediente, más presente, más hermosa, más cálida; más discernidora, más elegante, más serena, más resiliente, más compasiva; más adecuada socialmente; una mejor madre; más fácil para negociar; más dispuesta a escuchar y conversar; más precisa con mis palabras; pienso con mayor profundidad; soy más creativa; más fácil para trabajar conmigo; una mejor líder; más atractiva; más confiada en la valentía, más valiente con confianza y más reflexiva.

Estos son muchos de los modos en que mi vida se ha transformado desde mi conversión. Es realmente extraordinario. Nunca imaginé la profundidad de los cambios que llegarían a mi vida…

Tammy Peterson y su esposo, Jordan, posan para una foto en el Oratorio del Kintore College en Toronto / Foto: Sheila Nonato 

–¿Qué papel ha jugado su marido en su conversión?

—Mi esposo ha sido una influencia clave en mi fe y en mi conversión. A través de su ejemplo, su dedicación y su acompañamiento durante mis años más difíciles, aprendí a escuchar, a observar y a confiar en Dios en cada decisión y desafío. Su apoyo fue instrumental durante mi diagnóstico y tratamiento, y me enseñó el valor del amor práctico y paciente en la vida cotidiana.

Toda esta experiencia —el cáncer, la conversión, la familia, la crianza, el servicio a otros a través del podcast— me ha enseñado que vivir la fe no es solo un acto de oración, sino un compromiso diario de hacer lo correcto, de guiar a otros con amor y de buscar la gracia de Dios en todo momento. Se trata de pequeños pasos diarios, de actos conscientes, de humildad y gratitud. Y sobre todo, de reconocer que Dios nos acompaña en cada paso, guiándonos y fortaleciendo nuestra vida, incluso en las pruebas más profundas.

–¿Cómo fue la relación con sus padres?

—Mi padre era empresario y estaba siempre muy ocupado. Tenía una mente muy abierta y me transmitió mucho coraje y fortaleza para intentar cosas desconocidas o que aparentemente estaban lejos de mi alcance. Gracias a él heredé una mentalidad abierta y se lo agradezco al Señor de veras.

Mi madre también estaba a mi lado, pero no confiaba del todo en mi padre. Años más tarde comprendí la razón: probablemente ella misma había sido abusada por su propio padre, quien murió muy joven. Era un hombre con depresión y era evidente que no estaba bien. Siempre noté que mi madre desconfiaba, en cierta medida, de mi padre, y eso fue difícil para mí al crecer. Mi padre tenía amigos que se quedaban en la oficina después del trabajo para beber juntos, y mi madre siempre sospechaba de lo que pudiera ocurrir allí. Muchas personas enfrentan problemas como estos, y no es sencillo integrarlos en la propia vida. Aún así, mi padre fue una gran persona y me siento muy afortunada de haberlo tenido.

Mi madre tuvo demencia temprana. Empezó a enfermar a los 50 años y, cuando tenía 70, falleció. En ese tiempo ella y mi papá vivían en Vancouver, mientras yo estaba en Toronto. Yo viajaba para ayudarlos: buscaba un cuidador, limpiaba, organizaba sus medicamentos y me aseguraba de que ambos estuvieran comiendo bien. Afortunadamente, los cuatro hermanos ayudamos. Todos estuvimos allí para apoyar a mi padre, quien cuidó de mi madre hasta el final. 

En un momento dado, la medicación volvió a mi madre paranoica. Comenzó a sospechar de mi padre de nuevo, y volví a sentir lo mismo que en mi adolescencia, cuando ella también desconfiaba injustamente de él. De algún modo, fue como una gracia de Dios que me permitiera ver con claridad que aquella paranoia venía de mi mamá, no de mi papá. Y se lo agradecí internamente, porque me mostró algo importante.

Finalmente cambiaron la medicación de mi madre y volvió a estabilizarse. Los dos permanecieron juntos hasta su muerte. Fue solo un episodio breve, pero significativo, porque me enseñó algo esencial y me permitió acercarme mucho a mi padre durante los últimos veinte años de su vida, que terminó con 93 años, apenas hace un par de años.

Ahora lo veo como una gracia de Dios: recibimos lo que necesitamos aprender justo cuando lo necesitamos. 

Tammy Peterson ha vivido un largo camino para abrazar el catolicismo

--¿Cómo describiría su vida espiritual en su juventud y antes de reencontrarse con la fe?

—Me crié en un entorno de iglesias protestantes. Cuando yo era pequeña, mis abuelas eran ambas miembros activos de la fe protestante. Mi abuela paterna tocaba el piano en la iglesia. Y mi abuela materna cantaba en el coro. Las dos fueron grandes modelos para mí. 

Cuando era pequeña, iba a la escuela de la iglesia los domingos, pero no recuerdo que mis padres estuvieran allí. Tenía tres hermanos mayores, que creo recordar que también venían. Quitando la asistencia a los servicios del domingo, en casa no rezábamos más, ni  siquiera para bendecir la cena u oraciones antes de acostarnos.

En el verano participábamos de las actividades de una iglesia de los Adventistas. Y, de niña, también acudí a algunos campamentos con diferentes tipos de iglesias, algo que no importaba nada a mis padres. 

En la adolescencia era una niña muy curiosa. Vivíamos en un lugar muy remoto y yo usaba cualquier excusa —por insignificante que fuera— para dejar de ir a la iglesia. Cuando me fui de casa y comencé la universidad, asistí a la iglesia durante el primer año. Pero al comenzar el año siguiente, el ministro empezó con el mismo sermón que había dado el año anterior y lo tomé como excusa para dejar de asistir. 

Es curioso cuántas excusas puede encontrar una persona cuando en realidad está buscando maneras de evitar algo.

Recuerdo esos tiempos y todas aquellas pequeñas excusas que usaba sin comprender por qué realmente no quería ir a la iglesia, ni por qué podría ser beneficioso para mí hacerlo, sin importar el momento, quién estuviera allí o dónde quedara la iglesia. Nada de eso era lo esencial.

Carla Venditti, monja que rescata a mujeres de la trata: «Hace diez años, sentí que Dios me llamaba a algo hermoso; tenía que salir a la calle porque Él me esperaba allí, en los rostros de los más desfavorecidos»

La Hermana Carla Venditti, de las Apóstoles Sagrado Corazón de Jesús, ayuda a mujeres y niñas víctimas de la trata de personas

* «Lo que me impulsa a hacer todo es la conciencia de que los seres humanos necesitan sentir la misericordia de Dios en sus vidas a través de nuestra humanidad y sensibilidad y, sobre todo, la necesidad de no ser juzgados… Lo que da sentido a nuestra misión es saber que lo hacemos por Dios. Cada día entregamos nuestra vida sencilla para dar fuerza a quienes no la tienen… Mi fe se ha fortalecido desde que estoy cerca de ellas. Me ayudan a vivirla porque, después de todo, ¿cómo podemos vivir el Evangelio si no nos confrontamos con los demás, con las debilidades y fragilidades de nuestros hermanos y hermanas?» 

Camino Católico.- Algunas mujeres, obligadas a prostituirse por la violencia, la desesperación o falsas promesas, se alinean en las calles de Roma y Abruzzo por la noche, hasta que ven a una monja, vestida con hábito, que les ofrece una salida. “Hace diez años, sentí una llamada dentro de otra. Sentí que Dios me llamaba a algo hermoso. Tenía que salir a la calle porque Él me esperaba allí, en los rostros de los más desfavorecidos”, dice la hermana Carla Venditti a CNA

Venditti, de las Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, vive en Avezzano, Italia, y es conocida como la "monja anti-trata". Sale a la calle atendiendo a mujeres y niñas víctimas de trata. Junto con sus hermanas y otros voluntarios, Venditti ayuda a las víctimas a reconstruir sus vidas. 

“Espero con ansias los viernes por la noche para poder entrar en el mundo de la vida nocturna”, explica la hermana Lucía Soccio, otra monja italiana de la misma orden que ha trabajado con Venditti en las calles durante unos 10 años. Y añade: “Llevar luz, amor y esperanza a lugares donde es difícil hablar de estas cosas es una misión muy profunda que te cambia desde dentro”.

Juntos, junto con otras monjas y voluntarios, Venditti y Soccio ofrecen un hogar para mujeres necesitadas. 

Usar un hábito ayuda, dijeron, pero lleva tiempo generar confianza, y escapar de la trata de personas es difícil porque los explotadores manipulan, amenazan, chantajean y dañan a las víctimas, incluso quitándoles sus pasaportes y documentos.

Las mujeres que están listas para aceptar apoyo son llevadas a un refugio en Abruzos, el “Oasi Madre Clelia”. “La invitación a cambiar de vida llega sólo después de muchos encuentros en los que se forjan amistad y confianza”, dice Soccio. 

Las hermanas se comprometen a cuidar a las víctimas a lo largo de su vida diaria mientras se curan y se rehabilitan. 

“Hemos elegido ser una familia para quienes acuden a nosotros, y por eso todo es más exigente. Comencemos de nuevo con amor: este es el motor de nuestra misión”, asegura Venditti.

“Lo que me impulsa a hacer todo es la conciencia de que los seres humanos necesitan sentir la misericordia de Dios en sus vidas a través de nuestra humanidad y sensibilidad y, sobre todo, la necesidad de no ser juzgados”, reflexiona Venditti. 

De noche, Venditti ayuda a mujeres víctimas de trata; de día, ayuda a las del oasis a readaptarse. De alguna manera, aún encuentra tiempo para vender artículos hechos a mano en mercados y así financiar su trabajo.

Sor Carla Venditti 

“Hemos formado una asociación: Amigos del Oasis de Madre Clelia. Tenemos una cuenta bancaria donde recibimos donaciones. Nos encomendamos a la providencia y, con nuestro trabajo —mercados, mantelería y calendarios—, nos esforzamos por ganarnos la vida”, cuenta Venditti.

Venditti incluso ha escrito un libro, “El Narciso Rebelde” (“ Il narciso ribelle ” en italiano), para jóvenes

“Lo que da sentido a nuestra misión es saber que lo hacemos por Dios. Cada día entregamos nuestra vida sencilla para dar fuerza a quienes no la tienen”, asegura Venditti.

Desde su llamada hace 10 años, la labor de Venditti ha crecido. Las hermanas han ampliado su alcance, trabajando con diversos tipos de personas necesitadas. “Han pasado diez años y hoy acogemos a todos aquellos que quieran ser acogidos y acompañados: desde jóvenes maltratadas hasta personas trans y pobres”, afirma Venditti. 

“En la calle hemos conocido a varias personas transgénero y nos hemos hecho amigos de ellas”, añade Soccio.

Las hermanas ayudan a las personas de diversas maneras.  “A menudo me han pedido ayuda práctica, como llevarlos al hospital, a la comisaría, etc., porque no tienen a nadie más que les ayude. Les ayudamos en todo lo que podemos, pero sobre todo hemos formado una relación de amistad y confianza que nos trae alegría e inspiración cada vez que nos encontramos”, dice Soccio. 

“Me rompe el corazón” la violencia, la humillación y el sufrimiento que han experimentado las personas con las que trabajan, subraya Soccio, que comparte: “Es muy doloroso escuchar estas experiencias y darnos cuenta de cómo los seres humanos podemos llegar a ser malvados y maliciosos si no hemos experimentado la misericordia de Dios”.

A las mujeres que sufren, Venditti les dice: “Dios no abandona a sus hijos. Debemos tener la fuerza y ​​el coraje de confiar y saber que el cielo no siempre está nublado, sino que hay sol para todos. La vida es maravillosa, y debemos abrazar las nuevas posibilidades que Dios nos da”.

“Son muchas las historias que acompañan nuestra misión, pero lo que más me impacta de estas chicas es la transformación de sus rostros, de sus vidas: de la desesperación a la serenidad”, relata Venditti. 

Trabajar con las mujeres ha ayudado a fortalecer la fe de Venditti: “Mi fe se ha fortalecido desde que estoy cerca de ellas. Me ayudan a vivirla porque, después de todo, ¿cómo podemos vivir el Evangelio si no nos confrontamos con los demás, con las debilidades y fragilidades de nuestros hermanos y hermanas?”