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miércoles, 18 de febrero de 2026

Procesión Penitencial y Santa Misa de hoy, Miércoles de Ceniza, presidida por el Papa León XIV, 15-2-2026

Foto: Vatican Media, 18-2-2026


18 de febrero de 2026.- (Camino Católico) El Papa León XIV ha celebrado esta tarde la Santa Misa de hoy, Miércoles de Ceniza, en la Basílica de Santa Sabina en Roma para el inicio del camino cuaresmal. En su homilía el Pontífice ha reflexionado que “la Cuaresma es la profunda sintonía que se establece con el Dios de la vida, nuestro Padre y el de todos, en el secreto de quien ayuna, ora y ama. A Él reorientamos, con sobriedad y con gozo, todo nuestro ser, todo nuestro corazón”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.



La Liturgia Estacional se inauguró en la Iglesia de San Anselmo, en el Aventino, con la oración de León XIV: «Acompaña con tu benevolencia, Padre misericordioso, los primeros pasos de nuestro camino penitencial, para que la observancia externa vaya acompañada de una profunda renovación del espíritu». A continuación, tuvo lugar la procesión penitencial hacia la Basílica de Santa Sabina, acentuada por las Letanías de los Santos. Cruzaron el umbral los monjes benedictinos de San Anselmo, los Padres Dominicos de Santa Sabina, obispos y cardenales, junto con los fieles.

Izarelly Rosillo, madre a los 15 años y huérfana: «Estuve enojada con Dios y fui al Santísimo y dije: 'Yo no puedo abandonar a mi hijo, a mis hermanitos, quiero amar todo como tú’; y Él se valió del amor de mi pequeño»

Izarelli Rosillo siendo menor de edad tuvo que afrontar momentos muy difíciles en su vida y asegura que “la fe es lo que me ha salvado” / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

* «Lo más importante para mí es la fe. Ser católica ha sido el mayor regalo que me han dado mis padres, mis abuelos y mi bisabuela. Y la fe es lo que me ha salvado… Cuando yo llegaba triste, angustiada, la madre María me decía: 'Ve a la capilla y platica con Dios'. Yo siento que eso que hizo la madre María conmigo me sembró una semilla de esperanza, resiliencia y amor en mi corazón… Ahora sé que Dios me quería para algo distinto… amar la vida, a mí y a mi prójimo»

Camino Católico.-  Originaria de la capital del estado de Querétaro (México), Izarelly Rosillo Pantoja es Licenciada en Derecho, especializada en Constitucional y Amparo, así como en Derecho notarial. Además, cuenta con una Maestría en Administración Pública Estatal y Municipal, y con un Doctorado en Derecho. Pero, sobre todo, es católica. Y aunque eso no estaba en sus sueños, hoy sabe que esa es su vocación.

"Lo más importante para mí es la fe. Ser católica ha sido el mayor regalo que me han dado mis padres, mis abuelos y mi bisabuela. Y la fe es lo que me ha salvado", asegura Izarelly a Jesús V. Picón en Aleteia 

La maternidad, el cáncer y la orfandad

La juventud de Izarelly fue sorpresiva en muchos aspectos. Se convirtió en mamá cuando tenía 15 años de edad; por otro lado, su madre enfermó de cáncer siendo una mujer muy joven, lo cual la llevó a someterse a 50 quimioterapias y 25 radiaciones. Tras el extenso tratamiento, la enfermedad de su madre las llevo a ella y a sus tres hermanos a la orfandad, lo cual cambió abruptamente los anhelos de Izarelly.

Este destino la llevaba a renegar de la vida, de la sociedad y, por supuesto, de Dios.

"Fui muchas veces a hablar con el Santísimo y dije: 'Yo no puedo abandonar a mi hijo, a mis hermanitos, mi vida se va a convertir en algo que no quiero, pero quiero amar todo como tú'".

La Doctora Izarelly cuenta que esto se lo debe a la guía espiritual de una religiosa: "Yo tuve una maestra -en sexto año de primaria- sumamente alegre, hermosa de espíritu; hoy entiendo que esa luz en sus ojos era el Espíritu Santo. Estudié en una escuela de religiosas, el Instituto José Guadalupe Velázquez. Mi maestra era la madre María, que siempre llegaba con esperanza y felicidad a darnos clases". 

"Cuando yo llegaba triste, angustiada, la madre María me decía: 'Ve a la capilla y platica con Dios'. Yo siento que eso que hizo la madre María conmigo me sembró una semilla de esperanza, resiliencia y amor en mi corazón".

Ahora bien, ¿qué tristezas podía estar viviendo esta niña? Izarelly responde: 

"La vida con mi madre tuvo muchas adversidades; era una mujer sola, con tres hijos, divorciada, estigmatizada, tachada y rechazada por el mundo. Y como yo era la mayor de todos, eso implicaba tener algunos retos y sacrificios en casa, desde cuidar a los hermanitos hasta llevar calificaciones de diez porque yo estaba becada". 

"La enfermedad de mamá fue un gran golpe al corazón para mis hermanitos, mis abuelitos y para mi alma".

Anhelos truncados

"Quería estudiar medicina pero cuando los médicos desahuciaron a mamá, mi vida se desplomó. Lloré demasiado, todo iba a cambiar; se convertiría en todo aquello que no hubiera querido, mami iba a morir y yo solo pensaba en dar mi propia vida por ella".

Izarelli Rosillo junto a su hijo / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

Sus hermanitos y su hijo han tenido que caminar por sendas muy difíciles: "Cuando mi mamá me comparte que los médicos la habían desahuciado cruda y cruelmente, ella vivió un duelo y un agotamiento físico y emocional, no me imagino el dolor de saber que dejaría lo que más amaba"

Izarelly cuenta que escuchó a su mamá decirle: "Te vas a quedar huérfana, con tus hermanos. No puedes estudiar Medicina porque no habrá quién te pague la carrera y tampoco quién cuide de tus hermanos y de tu bebé. Yo te recomiendo que estudies Derecho".

Cáncer y tentaciones 

"Mi mamá murió muy joven, a los 38 años de edad", cuenta Izarelly, y por ello "estuve enojada con Dios mucho tiempo. Yo antes me había vuelto una adolescente rebelde, pero me reconcilié con mi mamá en su enfermedad; hicimos las paces y la cuidé hasta el último momento, le lavé sus heridas, le dije que la amaba y le cerré sus ojos".

"Después de que mi madre murió, yo también enfermé de cáncer, los abismos de la indolencia social, las injusticias en la salud pública, y por supuesto la soledad llenaron de frío la esperanza de mi corazón"

Cuando los médicos le dijeron que, debido a su enfermedad, no podría volver a ser mamá, apareció la falta de sentido y la tentación del suicidio. "Fue cuando sentí que era demasiado, nada tenía sentido".

Pero Dios se valió del amor de su pequeño hijo para acudir en rescate de Izarelly: "Mi hijo me dio palabras de niño, me abrazó cuando yo estaba triste, y me recordó cuánto me amaba cuando yo me quería ir. Y me dije: cómo lo voy a abandonar. Cómo es que este amor sublime me vea con toda esa luz que a mi me hace falta.  El hecho es que no sólo me recuperé, sino que hoy tengo otros dos bellos y grandiosos hijos".


Izarelli Rosillo actualmente ayuda a los mineros de la Sierra Gorda / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

Izarelly se levantó para seguir adelante. "Hice un primer intento para ingresar a la carrera de Derecho, aunque en el fondo pensaba que iba a ser temporal porque me seguía diciendo que yo iba a lograr ser médico algún día".

Como no lo consiguió, buscó otra cosa. "Hice el curso propedéutico y el examen de admisión para la facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro; pero, cuando publicaron los resultados, mi número de folio no salió.  Me sentí sumamente frustrada".

Izarelly decidió no darse por vencida e ingresar a la Universidad, en una institución privada.

"Llegué al Centro Universitario México, lo que hoy es la Universidad Marista, pues vi que tenían una lona que promocionaba la carrera de Derecho. Pedí una cita con el rector y le dije: ‘Mi mamá murió, me dejó una deuda de colegiaturas con mis hermanitos, no tengo trabajo y quiero estudiar’. Entonces la Universidad me dio una beca del 90 por ciento para estudiar Derecho".

"Además, el rector me dio trabajo. Y no sólo eso: mi mamá debía colegiaturas en escuelas de religiosas, y yo estaba dispuesta a pagarlas; pero el rector les giró una carta pidiéndoles un plazo, diciendo que él iba a cubrir una parte de las colegiaturas de mis hermanos y yo otra parte con mi sueldo. ¡Fue un regalo increíble!".

Todo esto ocurrió mientras Izarelly aún no alcanzaba la edad adulta.

"Fui a la Preparatoria Norte de la Universidad Autónoma de Querétaro a recoger mis papeles, pero como yo era menor de edad, pues tenía 17 años, me enviaron a solicitar una autorización con la coordinadora del plantel".

«Ella, que fue una gran inspiración y ayuda cuando mamá enfermó, me preguntó: '¿Por qué no estás en Filosofía?', y yo le contesté: 'Es que no salió mi folio', y me dijo: 'Todos los que aplicaron el examen aprobaron'. Fue por el periódico y nos dimos cuenta de que mi folio estaba al revés".

Aún así, no ingresó en Filosofía, sino que se quedó en Derecho. "Y hoy puedo ver que fue la acción de la Divina Providencia, comprendí que mi vida tenía un propósito".

Una vocación hermosa pero peligrosa

Después de terminar la licenciatura, Izarelly realizó posteriormente todos sus postgrados en la Universidad Autónoma de Querétaro.

En 2012 recibió de Dios la sanación interior que necesitaba. Entonces Izarelly ingresó al Camino Neocatecumenal.

Izarelli Rosillo ante las Naciones Unidas / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

En lo laboral, ahora es catedrática e investigadora. "Es un trabajo muy comprometido y hermoso; es una vocación, ser profesor en la universidad, acompañando a los jóvenes". 

"Estoy dando clases y escribiendo y haciendo vivo el acceso a la mejor calidad de vida de la población más vulnerable. Trabajo con grupos indígenas, mujeres, niños, migrantes y personas en situación de pobreza". 

En especial, busca ayudar a los mineros de la Sierra Gorda, lo que la ha llevado a estar, como ellos, intoxicada por mercurio. Pero ellos dicen: "Prefiero morir contaminado que morirme de hambre".  

Señala: "Tengo 20 años trabajando en Derecho Ambiental, y 12 años trabajando en el territorio. México suscribió un tratado que obliga a los países a no usar mercurio a partir de 2032; habrá un bloqueo comercial en todas las industrias y actividades que utilizan mercurio en sus procesos".

"Querétaro es el segundo lugar a nivel mundial en extracción artesanal en el mundo, así que decidí hacerle saber a los mineros qué es lo que va a pasar, y acompañarlos para que tengan una reconversión económica a través de otro sustento alternativo a la minería artesanal y a pequeña escala de mercurio".

Y termina diciendo: "Ahora sé que Dios me quería para algo distinto…amar la vida, a mí y a mi prójimo".

Pablo Javier Reneo, 19 años, padece un grave cáncer: «Dios es mi Padre, estoy en su providencia; no sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío; la vida no es mía, pertenece a Dios, es un don que se me ha dado»

Pablo Javier Reneo vive su enfermedad confiado en Dios pese a que no sabe si se va a curar / Foto: Diócesis de Getafe

* «La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración»

Camino Católico.-  El testimonio de Pablo Javier Reneo, un joven de 19 años de Alcorcón, muestra cómo la fe puede transformar la experiencia del sufrimiento. Hasta hace poco, la vida de Pablo transcurría con normalidad. Estudiaba, salía con sus amigos y acudía a misa los domingos con su familia. Todo cambió cuando un dolor persistente en la rodilla comenzó a condicionar su día a día. Tras varias pruebas médicas llegó un diagnóstico inesperado: un sarcoma óseo poco frecuente y agresivo. Tenía 18 años y era plenamente consciente de la gravedad de la situación. Lo ha contado en la revista «Padre de Todos».

- ¿Cómo recibiste la noticia?

—Fue un shock. Entré en la consulta y el doctor me explicó con claridad lo que tenía. Aunque sabía lo que estaba pasando, me costaba asimilarlo. Pensaba: esto les pasa a otros, no a mí. Los primeros días estuvieron marcados por el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas sin respuesta.

- ¿Qué te ayudó en esos momentos iniciales?

—Mis padres me dijeron algo muy sencillo, pero muy fuerte: que Dios era mi Padre y que me quería. Al principio casi no lo entendía, pero ahora sé que esas palabras me sostienen cada día.

- Tras la operación y diversos tratamientos, la enfermedad continúa activa… Sin embargo, esa incertidumbre no se ha convertido en desesperanza. ¿Cómo afrontas ahora lo que viene?

—No sé qué va a pasar. Estoy en la providencia de Dios. No sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío.

Una llamada a vivir de otra forma

Para Pablo, la enfermedad ha supuesto un punto de inflexión profundo. Le ha obligado a detenerse, a mirar su vida con más verdad y a replantearse su relación con Dios. Mirar a Cristo en la cruz le ayuda a encontrar sentido incluso en los momentos más duros. Su sufrimiento ha servido para mucho, y no solo a él sino también a su familia.

Pablo Javier Reneo con sus padres / Foto: Diócesis de Getafe

- ¿Cómo te ha llevado la enfermedad a seguir más de cerca a Cristo?

—Ha sido una llamada muy fuerte, un toque de atención. Antes tenía muchos altibajos en la fe. A veces iba a misa casi por inercia y me preguntaba qué hacía allí, mientras mis amigos estaban fuera divirtiéndose. No siempre vivía con el corazón puesto en Dios.

- ¿La enfermedad te ha hecho tomar conciencia de tu propia existencia?

—He comprendido que la vida no es mía, que pertenece a Dios. No puedo guardármela para mí ni vivirla como si todo dependiera solo de mis planes. Es un don que se me ha dado y por el que tengo que dar gracias.

- ¿Qué papel tiene la oración y la fe en tu día a día?

—La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración. Dios actúa incluso donde no lo esperamos.

- ¿Qué has descubierto en este camino de oración y reflexión?

—Me di cuenta de que no es necesario curarse para cambiar o para seguir a Cristo más de cerca. Esta llamada también se puede vivir dentro de la enfermedad. Ahora sé que este tiempo que tengo es un tiempo de gracia.

- ¿A través de la enfermedad ha cambiado tu relación con Dios?

—Antes muchas veces vivía de espaldas a Dios. Ahora comprendo que la vida no es mía: pertenece a Él. No necesito curarme para seguir a Cristo más de cerca; puedo hacerlo ahora, incluso dentro de la enfermedad.

La oncóloga de Pablo: «La fe ayuda a llevar la cruz de otra manera» 

En la enfermedad de Pablo también tiene un papel importante la doctora Cristina Mata Fernández, oncóloga pediátrica del Hospital Gregorio Marañón y profesora universitaria: ella lo acompaña en su proceso de lucha vital. 

- ¿Cómo recuerda el primer encuentro con Pablo?
—Llegó tras su cirugía. Me sorprendió que hablara de la muerte con naturalidad. Su madurez y aceptación me ayudaron a acompañarle mejor. 

- ¿Qué aprendiste de Pablo como paciente? 

—Que la fe hace que la cruz se lleve de otra manera. Pacientes como él enseñan a todos a valorar la vida y a relativizar las dificultades pequeñas frente al sufrimiento. 

Adrián Fernández, 27 años: «Buscaba sentido a la vida porque pasaba por muchos sufrimientos y soledad, hice la primera comunión con 15 años, el Señor me ha ido transformando y el sufrimiento me ha acercado más a Dios»

Adrián Fernández, joven de 27 años, explica cómo Dios le ha fortalecido en el sufrimiento / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares 

* «Tuve un hijo en mayo y al nacer estuvo muy, muy enfermo, casi se muere… Y la verdad es que fueron unos momentos… Nunca he estado más unido a mi mujer, y nunca he estado más unido a mi familia y al Señor porque en el sufrimiento nos hemos hecho fuertes en la fe. En la medida en la que el Señor da sentido incluso a momentos tan oscuros la fe yo creo que madura y crece interiormente»

 Camino Católico.-  Adrián Fernández es un joven de 27 años residente en Alcalá de Henares que vive su fe en la parroquia de santo Tomás de Villanueva en el barrio de Espartales de la ciudad complutense. Está casado desde hace casi cuatro años con Sara, joven de la diócesis de Alcalá de Henares, y tienen dos hijos. Es terapeuta ocupacional y profesor de religión en un instituto público y en un colegio concertado. En una entrevista en la web de la diócesis habla de la evangelización como una aventura y una lucha a contracorriente, del sufrimiento al ver que la vida de su hijo pequeño peligraba, y del santo que vivió en una isla de leprosos. Así comienza a contar su camino de fe:

“Yo estoy bautizado de pequeño, gracias a mi abuela especialmente, porque mis padres no vivían la fe. Pero a partir de ahí no tuve contacto con la Iglesia durante 15 años. Cuando cumplo 15 años empiezo a tener un poco más de curiosidad por las cosas relacionadas con la fe, buscando un poco un sentido a la vida porque la verdad es que pasaba por muchos sufrimientos y por mucha soledad. No tenía una buena relación con mis padres”, asegura.

“Empecé a ir a una iglesia con mi tía en verano; tuve más curiosidad… Yo estudiaba en el colegio Alborada, y empecé a ir ahí a Misa; y a partir de esas experiencias y de esa curiosidad me ofrecieron conocer más al Señor. Recibí unas catequesis personalizadas por mi edad e hice la primera comunión con 15 años ahí en el colegio. La Confirmación poco después, y a partir de ahí mi vida ha girado siempre en torno a la fe y a la vida de la Iglesia”, relata Adrián.

Un hijo al borde de la muerte

A partir de ese momento, este joven profesor cuenta el punto de inflexión que hubo en su vida de fe:

“Me doy cuenta de que la primera conversión era volverse hacia Dios, empezar a conocerle, empezar un camino con Él. Pero luego quizás el cambio fuerte se ha ido dando cuando han llegado los momentos de más sufrimiento, porque el momento de sufrimiento es como el momento de inflexión. Al final las actividades, los retiros, las JMJ son momentos que me animan en mi fe porque veo que otros viven lo que vivo yo, pero es en los momentos de sufrimiento en los que yo he visto que el Señor me ha ido transformando. Y antes el sufrimiento lo vivía con angustia, con tristeza, y en la medida en la que se han ido dando momentos de sufrimiento eso me ha ayudado a acercarme más a Dios, en vez de alejarme de Él”.

Adrián Fernández cuenta uno de los peores sufrimientos de su vida: “Tuve un hijo en mayo y al nacer estuvo muy, muy enfermo, casi se muere… Y la verdad es que fueron unos momentos… Nunca he estado más unido a mi mujer, y nunca he estado más unido a mi familia y al Señor porque en el sufrimiento nos hemos hecho fuertes en la fe. En la medida en la que el Señor da sentido incluso a momentos tan oscuros la fe yo creo que madura y crece interiormente”.

El camino de fe con oración perseverante, grupos en los que da y recibe y santos

Actualmente, Adrián vive su fe así: “Intento cuidar siempre a diario tener un rato de oración, suelo ir a Misa todos los días… y luego tengo algunos grupos en los que me doy: formación a adultos o atención a ciertas personas… Y luego sobre todo hay grupos en los que recibo: grupos de matrimonios con los que compartir mi vida matrimonial, camino en una comunidad del camino Neocatecumenal en la parroquia Santo Tomás de Villanueva, y la verdad es que ahí precisamente compaginas las dos cosas: te entregas a los demás y creces en la fraternidad, y al mismo tiempo ellos son un apoyo en la vida de fe”.

Respecto a los libros que le han hecho crecer en la fe asegura que “siempre me han ayudado mucho las vidas de los santos, porque aprendo mucho de ellos y porque en ellos puedo ver cómo se vive la fe de forma auténtica. Me gustan las obras completas de santa Teresita de Lisieux y un libro que llaman “El Trochú”, que es una biografía del Cura de Ars”.

Y hablando de santos descubre cuál es su predilecto: “Me voy a quedar con san Damián de Molokai. Es un presbítero belga que se fue a una isla de leprosos donde nadie quería atenderlos porque al final la vida con ellos implicaba acabar enfermando y muriendo. Lo tachaban de loco incluso los hermanos de su propia Orden y le hicieron la vida bastante dura. Y la verdad es que esa decisión de estar siempre con el que más te necesita aunque eso implique entregar hasta la vida siempre ha sido un testimonio muy fuerte para mí”.

Adrián Fernández cree que la mejor forma de dar testimonio de Cristo es con la propia vida / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares 

La vida contracorriente con el Señor

Testimoniar su fe y caminar contrario al espíritu del mundo es cansado, pero con Dios es posible para Adrián: “La verdad es que siempre me he sentido como muy batallando ante el mundo, tanto antes como después del encuentro con el Señor. Entonces, la cosa cambió mucho porque ya estaba acostumbrado a ir a contracorriente, pero con el Señor ya la cosa era un poco diferente, ya uno se sentía acompañado. Uno se siente como despreocupado de lo que puede venir, ¿no? Porque sabe que hay alguien que lleva la vida”.

Y segura que “lo vivo con paz, con alegría. A veces me cuesta, porque sufro el rechazo, a lo mejor, de gente de mi familia o de gente con la que tengo más cercanía y eso siempre es duro, esa incomprensión tan cercana… Pero bueno, es una aventura, no lo vivo con intranquilidad sino con la alegría de ir viendo cómo la gente se ha ido acercando a Dios a partir de esa lucha de ir a contracorriente”.

Y en medio de esa lucha explica cómo evangeliza: “Es verdad que hago muchas cosas activamente, y a lo mejor hacemos desde la parroquia formación de adultos o en mi propio trabajo como profesor de religión  con los chavales siempre es un momento de evangelización, pero siempre considero que la mayor evangelización es con la propia vida. En la medida en la que yo salgo de mí mismo y la gente ve cómo esa entrega no viene de mí mismo, porque además me conocen y saben que por mí no me entregaría, yo creo que ese es el mayor testimonio: que otros vean cómo nos amamos. Y de ese amor pues que la gente verdaderamente diga ‘aquí hay algo diferente’. Más o menos es lo que me pasó a mí”.

Y también la fe de Adrián no esta ausente de cómo da su trabajo de profesor: “Yo creo que hace mucho que yo intento dar las clases con el entusiasmo de querer que eso no se quede únicamente en algo académico, que al final es lo primordial porque estamos en el entorno académico y tienen que aprender ciertas cosas que luego les sirvan para la vida en relación con la fe. Pero ese entusiasmo con el que transmito las cosas y con el que busco no solo que aprendan cosas sino que se encuentren con Alguien es la dinámica que intento seguir con ellos”.

Adrián Fernández concluye su testimonio completando unas frases con un enunciado inicial que le proponen:

“Los jóvenes son… la esperanza de la Iglesia.

Los jóvenes esperan… amar y ser amados.

La fe de los jóvenes… está especialmente dispuesta a entregar la vida”.

Milagros y conversiones al recibir la unción de los enfermos; dos personas y una bebé a punto de morir dadas de alta del hospital: «Es la fuerza de Cristo que sana»


De izquierda a derecha: los sacerdotes José Manuel Fuertes y Pablo Fra / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares 

* «El hospital es como un frente de batalla, ves de todo. Hace poco, una chica me llamó para que fuese a ver a su madre. La señora había renunciado a la fe, no apostató pero no quería saber nada de Dios. A esta mujer le detectaron un cáncer terminal y entonces los hijos llamaron al capellán. Fui a hablar con ella y de primeras dijo que 'le han llamado mis hijas, si yo no tengo fe, yo no quiero saber nada de Dios, ni de la Iglesia'. A la semana siguiente, esta persona que renegaba de Dios me pidió la confesión y la comunión. Pude hablar con ella, darle el sacramento de la confesión y fue muy bonito porque me dijo que ‘es como si hubiese hecho otra vez mi primera comunión, qué bueno es Dios conmigo‘ y empezó a hablar muy bien de Dios. A la semana siguiente le di la unción porque la iban a sedar y la familia me llamó»

Camino Católico.- La Diócesis de Alcalá de Henares cuenta con doce capellanes que prestan servicio en los cuatro hospitales públicos de la zona. La web de la diócesis acaba de contar con detalle el testimonio de alguno de ellos.

El sacerdote Pablo Fra lleva unos tres años como capellán del Hospital Príncipe de Asturias, en Alcalá de Henares. Explica que celebra la Misa a las 12 del mediodía un par de días a la semana. Además, este capellán está disponible para confesar, llevar la Comunión y dar la unción de enfermos. Unos sacramentos que no puede administrar sin una solicitud previa. «Nos tienen que llamar. Aunque si es alguien conocido, si es mi madre, un familiar mío o alguien de mi parroquia, yo puedo ir directamente. Pero lo normal es que nos tengan que llamar, es decir, yo no puedo invadir una habitación si antes no me llaman. Si me llaman, estoy a disposición de lo que me pidan. Normalmente, suelen pedir confesiones o, a veces, hablar con el capellán», indica Fra.

Y describe lo que le sucedió hace poco cuando le llamó una persona a la que han «detectado un cáncer terminal y lo que quería era hablar con el capellán porque estaba cabreado con el mundo, con la existencia… Entonces, ¿qué hice? Pues fui a allí a consolarla y a escucharla. Pero normalmente te tienen que llamar. Yo no puedo invadir la privacidad de las habitaciones, te tienen que llamar y es como una llamada de Dios que tú inmediatamente vas directo a donde te llaman».

Esta misma situación la vive el sacerdote José Manuel Fuertes, que atiende pastoralmente a los enfermos y sanitarios del Hospital Universitario del Sureste, ubicado en Arganda del Rey. Este capellán de hospital da «servicio a los enfermos y a aquellos que, de una manera especial, pasan por mayor dificultad, entre ellos los moribundos. Y también dar consuelo a las familias, sobre todo cuando tienes la oportunidad de dar una unción y atender a las familias en los momentos de mayor soledad y dificultad».

Los doce capellanes tienen unos horarios presenciales establecidos en los hospitales pero están disponibles 24 horas por si alguna persona necesita de ellos en cualquier momento del día o de la noche. Hay ocho sacerdotes que atienden esta pastoral a tiempo completo y otros cuatro que lo hacen a media jornada.

De la muerte a la vida

Fra explica que «a veces Dios te rompe los planes cuando tienes que dar estas unciones. Yo estaba un día en mi casa tranquilamente, cené y dije ‘no creo que me llamen del hospital’… Y entonces me llaman de urgencia, ‘¿es usted el capellán?’ Tenemos situación de pre-exitus, que en el lenguaje médico quiere decir que una persona está ya a punto de morirse. ‘¿Puede usted venir?’ Eran las once de la noche y yo estaba cabreado porque había estado viendo el partido del Real Madrid y había perdido. Estaba viendo una película, me quedé a mitad de la película, cogí el coche, estaba el vado de mi parroquia ocupado y cabreadísimo llegué. Encima ya sabes que se va a morir, todo un drama, llegué, di la unción, consolé a la familia y regresé a casa sobre la una de la madrugada. Al día siguiente, la persona que me había llamado para dar la unción, me llama. Yo digo, ya está, que ha fallecido. Me dice, ‘padre, que nos dan el alta, que esta persona piensa que eres Dios’… Y dije, ‘no, no, que ha sido el sacramento, es la fuerza de Cristo que sana, que yo no he hecho nada. Y entonces, pues las enfermeras me veían como Dios, pero yo no había hecho nada, había sido solo darle esa unción».

Voluntarios del SARC son bendecidos por los sacerdotes Pablo Fra y José Manuel Fuertes / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares

Fuertes también ha presenciado la acción del Espíritu Santo en curaciones. Recuerda el caso de «una niña que bautizamos en la misma incubadora. La niña estaba prácticamente denostada para la vida y recibió el Bautismo y a los dos o tres meses la familia llamó pidiendo el Bautismo. No se podía repetir porque ya se había realizado pero se hizo una celebración de acción de gracias. A la niña le habían dado pocas horas de vida, salió adelante hace ocho o nueve años y ya ha hecho la Comunión y está llevando una vida normal. Y después recuerdo también particularmente un señor de 88 años. Estaba la familia rezando y fui a darle la unción. A las pocas horas notamos todos una mejoría y dos días después le dieron el alta. De hecho, todavía está vivo. Nos llamó la atención el hecho de que prácticamente estaba desahuciado y fue a recibir la unción y salir adelante».

Conversiones después de dialogar con el capellán en el «frente de batalla»

Los capellanes de hospital no solamente administran los sacramentos, también conversan y escuchan a los enfermos y familiares que lo solicitan.

Para Pablo Fra, «el hospital es como un frente de batalla, ves de todo. Hace poco, una chica me llamó para que fuese a ver a su madre. La señora había renunciado a la fe, no apostató pero no quería saber nada de Dios. A esta mujer le detectaron un cáncer terminal y entonces los hijos llamaron al capellán. Fui a hablar con ella y de primeras dijo que «le han llamado mis hijas, si yo no tengo fe, yo no quiero saber nada de Dios, ni de la Iglesia«. A la semana siguiente, esta persona que renegaba de Dios me pidió la confesión y la comunión. Pude hablar con ella, darle el sacramento de la confesión y fue muy bonito porque me dijo que ‘es como si hubiese hecho otra vez mi primera comunión, qué bueno es Dios conmigo‘ y empezó a hablar muy bien de Dios. A la semana siguiente le di la unción porque la iban a sedar y la familia me llamó. Pudo despedirse de sus mejores amigos, y antes de sedarla y que se quedase dormida pudo recibir la unción. En dos semanas recibió todo lo que se podía recibir. Ella misma, antes de dormirse del todo le daba gracias a Dios porque decía que la había recogido a última hora, es decir, Dios había esperado al final para encontrarse con ella. Cuando comulgó se emocionó, fue súper bonito. Luego ya, desgraciadamente, falleció».