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sábado, 21 de marzo de 2026

Alberto Varela, 27 años, cofrade del Ferrol: «El Viernes Santo de 2017 hubo un momento en el que sentí un verdadero encuentro con Dios que me marcó de por vida. Noté cómo se podía remover mi corazón y todas mis entrañas»


Alberto Varela Muñiz tuvo un encuentro con Cristo y ahora es es delegado de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol / Foto: Cedida por Alberto Varela Muñiz - El Español

* «Una vez tienes esa experiencia de Dios y puedes sentirlo de verdad, es algo que te cambia la vida»

Camino Católico.- Alberto Varela Muñiz en su adolescencia vivió un evento que cambió por completo su forma de ver la vida. Sintió un encuentro con Dios que, en sus palabras, "me marcó de por vida". A sus 27 años, es delegado de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol.  

"Mi círculo más cercano es creyente, pero no practicante. Vengo de una familia católica muy de cofradía y de fe puntual, pero no de fe de cada domingo", explica en una conversación telefónica con El Español. "Mi proceso de despertar fue progresivo", agrega.

En su caso, el punto de inflexión llegó durante la adolescencia, alrededor de los 13 años. A raíz de su participación en la Semana Santa de Ferrol, algo empezó a fraguarse en su interior. "Me disgusté mucho porque había estado rezando para que hiciera buen tiempo en los días grandes", explica.

A partir de entonces, Alberto empezó a frecuentar la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, en la plaza de Amboage. "Era algo totalmente intrascendente en aquel momento. Simplemente quería ir a ver a la Virgen, no es que me interesase la eucaristía, ni la fe, ni nada", relata.

Sin embargo, con el paso de los años, Alberto fue cumpliendo etapas dentro de su hermandad y cuando pasó a la sección de portadores, empezó a preguntarse, a raíz de una lesión, si valía la pena estar debajo de un paso.

"Me pregunté si existía dentro de mí un pozo más espiritual y fue a partir de ese momento cuando empecé a frecuentar la iglesia los domingos", comenta.

Alberto menciona que, “en el Viernes Santo de 2017, mientras realizaba la estación de penitencia con la Virgen de los Dolores, hubo un momento en el que sentí un verdadero encuentro con Dios que me marcó de por vida. Noté cómo se podía remover mi corazón y todas mis entrañas", añade.

Alberto Varela Muñiz junto al obispo Fernando García Cardiñanos / Foto: Diócesis de Mondoñedo-Ferrol 

Este episodio marcó profundamente la vida de Alberto y tuvo la certeza de que lo que sentía era real y que su acercamiento a Dios era sincero.

"Un par de años más tarde, cuando tomaba unas cañas con unos amigos, conocí a un chico que estaba preparándose para ser sacerdote, era siete u ocho años mayor que yo", cuenta. Este encuentro fortuito le llevó a descubrir la delegación de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, de la que ahora es delegado.

Actualmente, Alberto compagina su vida como opositor con la pastoral juvenil. "A mi amigo Jorge le salió trabajo en Navarra y el obispo pensó en mí para tomar el relevo", recuerda.

Para Alberto, ser un joven católico hoy en Galicia es desdecirse de lo que pensaba hace diez años. "Temía que la fe fuese a seguir siendo algo residual, algo que se fuese haciendo cada vez más de nicho y que iba a ir apagándose", indica.

Alberto, no obstante, asegura haber conocido a Cristo de primera mano. "Una vez tienes esa experiencia de Dios y puedes sentirlo de verdad, es algo que te cambia la vida", asevera.

Este joven de 27 años forma parte de una comunidad en la que puede vivir su fe de manera compartida. "Es algo muy bonito y heredado de las primeras comunidades cristianas que se escondían en las catacumbas. Es un refuerzo maravilloso y una experiencia vital increíble".

Sor Anna Maria, con 106 años, 36 de monja, sirve en clausura, adora y lleva el Evangelio a YouTube: «Esperé bastante antes de cumplir la voluntad de Dios, pero cuando es Dios quien quiere algo, se logrará siempre»


Sor Anna María del Sagrado Corazón / Foto: Adoratrici Perpetue Seregno

* «Jesús me pide continuamente amar al prójimo… Hay que tener mucha confianza, mucha fe, mucha esperanza y mucha paciencia. Mi abuelo nos decía que es la fidelidad la que nos mantiene jóvenes, y que es necesario mantener los ojos y el alma abiertos a lo bello, a lo bueno y a lo verdadero; así se tendrá una vejez serena. El amor mantiene joven el corazón… La vida es Cristo, camino, verdad y vida»

Camino Católico.- Sor Anna María del Sagrado Corazón, una religiosa italiana, cumplió 106 años el 14 de marzo en su monasterio en Seregno, cerca de Milán, donde continúa sirviendo a sus hermanas enfermas y compartiendo reflexiones sobre el Evangelio incluso a través de YouTube.

Sr. Annamaria ha reso lode a Dio e a tutti coloro che l'hanno accompagnata con la preghiera e hanno partecipato all Santa Messa di ringraziamento per i suoi 106 anni. pic.twitter.com/bCxJeRBWMm

Lúcida “en pensamiento y palabra” y con 36 años de vida en clausura, la religiosa —cuyo nombre civil es Anna Perfumo— pertenece a las Adoratrices del Santísimo Sacramento, según informó el diario italiano Il Giorno.  A pesar de su avanzada edad, sigue participando diariamente en la adoración eucarística, incluso durante la noche, y colabora en la enfermería del monasterio cuidando a religiosas ancianas o enfermas.

La celebración de su cumpleaños se realizó con una Misa de acción de gracias y un encuentro con familiares, vivido a través de las rejas de la clausura, donde sor Anna Maria permanece dedicada a la oración.

“Lo hago, como muchas otras cosas, por amor a Jesús, que me pide continuamente amar al prójimo”, afirma la religiosa en un video compartido por su comunidad.

“Los años son muchos, pero el corazón… con paciencia se cumplirá la voluntad de Dios. Recen por mí, y yo los recordaré siempre, en la tierra y en el cielo”, añade.

Carissim: quello che Dio vuole per noi, lo compie. Buon Pomeriggio! pic.twitter.com/KHUfjcUzFO

Según recoge Il Giorno, la vida de la religiosa estuvo marcada desde el inicio por dificultades. A los cuatro meses de nacida sufrió bronconeumonía —entonces prácticamente mortal— y, a los cuatro años, escorbuto, una enfermedad incurable en esa época. “El médico le dijo a mi madre: ‘Mañana no volveré porque la niña estará muerta’. Y sané milagrosamente”, recuerda.

Antes de ingresar al monasterio, trabajó durante años como institutriz y docente con niños, además de servir a personas necesitadas y a sacerdotes ancianos y enfermos. Sin embargo, siempre mantuvo en su corazón el deseo de consagrarse a Dios en la vida contemplativa.

Ese anhelo se concretó recién a los 70 años, tras la muerte de su madre. Luego de varios intentos, fue admitida en el monasterio de las Adoratrices en Génova, desde donde sería trasladada años más tarde a Seregno, donde vive actualmente.

En el video, Sor Anna Maria agradeció las muestras de cariño recibidas y comentó su vocación tardía: “Es verdad, tuve que esperar bastante antes de cumplir la voluntad de Dios, pero cuando es Dios quien quiere algo, se logrará siempre. Por eso hay que tener mucha confianza, mucha fe, mucha esperanza y mucha paciencia”.

En su mensaje, la religiosa también compartió una reflexión sobre el paso del tiempo y la fidelidad: “Mi abuelo nos decía que es la fidelidad la que nos mantiene jóvenes, y que es necesario mantener los ojos y el alma abiertos a lo bello, a lo bueno y a lo verdadero; así se tendrá una vejez serena. El amor mantiene joven el corazón”.

Finalmente, dirigió un saludo con ocasión de la Pascua: “La vida es Cristo, camino, verdad y vida. Que el Señor les conceda la paz y la alegría… también la paz entre los pueblos, para la fraternidad entre las naciones”.

Las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento son una orden contemplativa femenina de clausura cuyo centro es la adoración continua de Jesucristo en la Eucaristía. Su misión es interceder por la Iglesia y el mundo desde el silencio del monasterio, ofreciendo su vida como una oración constante. 

La congregación fue fundada en 1807 en Roma por la beata María Magdalena de la Encarnación (Caterina Sordini), quien impulsó un carisma centrado profundamente en la adoración eucarística.

Andrés David Forero ordenado sacerdote padeciendo cáncer: «Yo no me he sentido abandonado por Dios, aunque me haya preguntado por qué a mí; Él no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor»


Andrés David Forero celebrando su primera Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero

* «No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar… Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene… Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros»

Camino Católico.- “He asumido la enfermedad como una prueba de fe”. Con estas palabras, Andrés David Forero Rincón ha definido la experiencia que ha marcado los meses previos a su ordenación sacerdotal, celebrada en la parroquia de Sant Pere de Sencelles, en Mallorca, el pasado 1 de marzo, ceremonia que estuvo presidida por el obispo de la diócesis, Sebastià Taltavull. A Andrés, cuando ya era diácono,  le diagnosticaron un linfoma, cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Lo entrevista Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo en Alfa y Omega una hora antes de su tercera sesión de quimio.

—Acaba de celebrar su primera Misa como sacerdote, unos días después de recibir la ordenación. ¡Enhorabuena!

—El de la ordenación fue un día muy especial, porque lo esperaba desde que era muy niño. Fue un momento de amor, una caricia de Dios que me decía: «Estoy aquí». Mi primera Misa la celebré en la parroquia de San Alonso Rodríguez, en Palma de Mallorca, donde tras venir de Colombia me acogieron los hermanos de la Renovación Carismática. Crecí en este ambiente en mi país y quise compartir con ellos este momento tan especial.

—Me han dicho que anda un poco flojo de salud.

—Sí, hace un mes y medio me diagnosticaron un linfoma, un cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Llevaba ya varios meses un poco enfermo, y tras la Misa de la última Nochebuena me sentí realmente mal. Ahora lo vamos combatiendo y en un rato tengo que entrar en mi tercera sesión de quimioterapia, de las seis que me van a dar.

—¿Cómo está llevando la quimio?

—Sorprendentemente, muy tranquilo. Los médicos me dicen que están haciendo todo lo posible para que sea curable. Estamos enfocados, tanto ellos como yo, en que sea así. Esa es la esperanza que tenemos.

Andrés David Forero en la consagración de la eucaristía durante la primera misa después de ser ordenado / Foto: Cedida por Andrés David Forero

—Todo esto le ha venido siendo ya diácono. ¿Cómo surgió su vocación?

—Yo vengo de una familia colombiana muy católica, con la fe muy arraigada. Mis hermanos y yo íbamos de niños todos los días a Misa. Teníamos un trato asiduo con sacerdotes cercanos; eso me hizo preguntarme en el instituto qué quería Dios de mí. Empecé a estudiar Filosofía en la universidad de los padres eudistas y, en la Jornada Mundial de la Juventud del año 2019, en Panamá, le pedí a Dios que me mostrara mi camino.

—¿Y cómo acabó en Mallorca?

—Es la providencia de Dios. En mi vida apareció de repente este lugar que yo no conocía ni sabía que existía. Leyendo en las redes sociales vi que había seminarios muy vacíos, como el seminario de Mallorca, que entonces tenía pocas vocaciones. Entonces le dije al Señor: «Si tú quieres que yo sea sacerdote, llévame donde más me necesiten».

—¿Y qué pasó después?

—Me puse en contacto con el seminario y vine en junio para conocerlo. En septiembre ya estaba empezando el curso. Todo fue muy rápido, muy providencial. Dios nos mueve siempre.

—En esta manera de ver su historia bajo la mirada de Dios, ¿cómo encaja su enfermedad?

—Como un reto, porque Dios siempre nos desafía en el buen sentido. Hace unos días en la Misa leímos la escena de Jesús en la barca con los discípulos. Allí Él les pide hacer algo diferente: tirar la red a la derecha, en lugar de a la izquierda, como estaban haciendo. A mí Dios me ha pedido en este momento, con la enfermedad, tirar la red a la derecha: hacer otra cosa diferente, vivir el ministerio y mi vida de otra manera, porque Él quiere seguir teniendo el lugar primero que le corresponde en mi vida.

Andrés David Forero celebrando la Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero.

—Eso suena difícil.

—No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar. Son reflexiones que he hecho a lo largo de ese tiempo. Yo no me he sentido abandonado por Él, a pesar de que a veces me haya preguntado por qué a mí. Dios no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor.

—Muchos sufren por sus dolencias o por las de alguien cercano. ¿Qué les diría desde su experiencia?

—Tenemos que agudizar el oído y la vista para no ir a Dios solo para que nos sane. Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene.

La enfermedad nos saca de nosotros mismos, no nos la esperamos. Pero también nos permite dar lo mejor de nosotros. Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros.


Andrés David Forero el 1 de marzo de 2026. en su ordenación sacerdotal / Fotos: Diócesis de Mallorca

Homilía del evangelio del domingo: Creed en la presencia amorosa de Dios que vela en todo momento por vosotros y cesarán los temores y las angustias / Por P. José María Prats

* «Creed y veréis la gloria de Dios, creed y cambiará por completo vuestra forma de interpretar los hechos que os toca vivir, creed en la presencia amorosa de Dios que vela en todo momento por vosotros y cesarán los temores y las angustias, creed para que el Espíritu de Dios habite en vosotros, porque ‘si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu’»

Domingo V de Cuaresma – A

Ezequiel 37, 12-14 / Salmo 129 / Romanos 8, 8-11/ San Juan 11, 1-45

P. José María Prats / Camino Católico.-  En los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia describieron el proceso catecumenal que culmina en el bautismo como una transformación interna que nos lleva de una contemplación de la realidad con los ojos de la carne a una contemplación con los ojos de la fe. Este cambio de mentalidad es particularmente decisivo a la hora de tener que afrontar la persecución, la enfermedad o la muerte.

La tercera y última catequesis bautismal del ciclo A quiere provocar en nosotros esta transformación contraponiendo deliberada y sistemáticamente la visión inquieta y temerosa de los discípulos, que entienden las cosas al modo humano, con la de Jesús, que sabe ver en todo la voluntad y los designios inescrutables del Padre.

Los discípulos contemplan la enfermedad de Lázaro como lo haría un médico («si duerme se salvará»). Jesús, en cambio, está pendiente de su sentido profundo («esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios»). Los discípulos ven en el viaje a Judea una amenaza para su vida, pues hace poco los judíos intentaron apedrearlos. Jesús, en cambio, sabe que mientras sea de día, mientras no llegue la hora del poder de las tinieblas según los designios del Padre, nada ni nadie podrá hacerle daño.


Marta y María, contrariadas por el desenlace de la enfermedad de su hermano, reprochan a Jesús no haber llegado a tiempo («Señor, si hubieses estado aquí no habría muerto mi hermano»), y los judíos van más allá poniendo en entredicho el poder de Jesús («y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podría haber impedido que muriera éste?»). Jesús, en cambio, a pesar de que amaba entrañablemente a Lázaro y hubiera querido ir inmediatamente a socorrerlo, sabe escuchar en el silencio de su oración los designios del Padre y, contra toda lógica humana, espera dos días antes de ponerse en camino hacia Betania. Su visión de las cosas va más allá de lo aparente y de lo que humanamente parece justo y razonable.


El evangelio de hoy es un continuo reproche a la incapacidad de los discípulos de contemplar la realidad con los ojos de la fe. Jesús se ha revelado ya a Marta como «la resurrección y la vida» y, cuando manda quitar la losa para resucitar a Lázaro, ésta continúa todavía con su ceguera: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Y es entonces cuando Jesús, harto ya de tanta incomprensión, le responde con esta frase memorable: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».


Éste es el resumen del evangelio de hoy: Creed y veréis la gloria de Dios, creed y cambiará por completo vuestra forma de interpretar los hechos que os toca vivir, creed en la presencia amorosa de Dios que vela en todo momento por vosotros y cesarán los temores y las angustias, creed para que el Espíritu de Dios habite en vosotros, porque «si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu».


P. José María Prats


Evangelio: 

En aquel tiempo, había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo.


Las hermanas enviaron a decir a Jesús: 


«Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo». 


Al oírlo Jesús, dijo: 


«Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».


Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.


Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: 


«Volvamos de nuevo a Judea». 


Le dicen los discípulos: 


«Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?». 


Jesús respondió: 


«¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él». 


Dijo esto y añadió: 


«Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle». 


Le dijeron sus discípulos: 


«Señor, si duerme, se curará». 


Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: 


«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él». 


Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: 


«Vayamos también nosotros a morir con Él».


Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. 


Dijo Marta a Jesús: 


«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». 


Le dice Jesús: 


«Tu hermano resucitará». 


Le respondió Marta: 


«Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día». 


Jesús le respondió: 


«Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». 


Le dice ella: 


«Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».


Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: 


«El Maestro está ahí y te llama». 


Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde Él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.


Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: 


«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». 


Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: 


«¿Dónde lo habéis puesto?». 


Le responden: 


«Señor, ven y lo verás». 


Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: 

«Mirad cómo le quería». 


Pero algunos de ellos dijeron: 


«Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?».


Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: 


«Quitad la piedra». 


Le responde Marta, la hermana del muerto: 


«Señor, ya huele; es el cuarto día». 


Le dice Jesús: 


«¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». 


Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: 


«Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado». 


Dicho esto, gritó con fuerte voz: 


«¡Lázaro, sal fuera!». 


Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: 


«Desatadlo y dejadle andar».


Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él.


San Juan 11, 1-45