sábado, 15 de agosto de 2026
«Santa María, Asunta al cielo, ruega por nosotros y llévanos siempre hacia tu Hijo Jesús» / Por P. Carlos García Malo
Karina y Joaquín: «Nos separamos a los 8 años de casados, recibimos la nulidad, pero al conocer al Señor todo cambió y nos volvimos a casar: nuestra roca es Jesús y nuestra relación es nueva, porque Dios nos hizo nuevos»
Karina y Joaquín se volvieron a casar, después de haber obtenido la nulidad matrimonial, porque la gracia de Dios actuó en sus vidas / Foto: Cortesía de Karina y Joaquín
* «Oramos y le entregamos la decisión a Dios, y Él hizo un milagro. Joaquín dice que se le quitó una venda de los ojos. Entendimos que Dios no quería que dejáramos la familia que Él había formado. Fue un nuevo sí, pero no fue fácil. Tuvimos que sanar, hacer mucha terapia, tener muchos encuentros personales con Dios. Tuvimos que morir a lo que fuimos, para que Él pudiera hacernos nuevos… Se necesita fe. Se necesita estar dispuestos a trabajar, a mirar hacia adentro, a dejarse moldear por Dios. La restauración es real, pero no sucede sin decisión, sin humildad y sin proceso. Sabemos que si lo amamos a Él, Él nos da el amor para amarnos entre nosotros»
Camino Católico.- Joaquín y Karina comenzaron su camino como esposos desde muy jóvenes; ella tenía 20 y él 24. Tras ocho años juntos decidieron separarse y comenzar el trámite de su nulidad matrimonial.
Karina cuenta a Majo Frias en Aleteia que, aunque al tomar la decisión de casarse había mucho amor y amistad, también había heridas muy profundas que no sabían que tenían, pero que necesitaban ser sanadas.
“Nos escondíamos detrás de la diversión y del alcohol. No teníamos idea de lo que significaba realmente el compromiso del matrimonio. Al llegar los problemas, no teníamos herramientas para enfrentarlos. No nos conocíamos a nosotros mismos, ni sabíamos por qué reaccionábamos de ciertas formas”.
Pronto se toparon con una realidad: no estaban listos para un amor maduro, ni para el compromiso que conlleva el matrimonio.
“Nuestras heridas no trabajadas comenzaron a chocar, y sin una relación viva con Dios, sin ese trabajo personal, simplemente no pudimos sostenernos. Fue necesario detenernos y que todo se rompiera para volver a construir”.
Karina y Joaquín con su hija / Foto: Cortesía de Karina y Joaquín
Tras un tiempo, y con una hija de ocho años, tomaron la decisión de separarse, manteniendo una relación de cuidado y respeto, aún cuando cada uno rehízo su vida con nuevas parejas.
Un encuentro con el Amor para aprender a amarse entre sí
Llegó entonces el momento que lo cambió todo. Conocieron al Señor.
“Al conocer al Señor, todo cambió. Dejamos nuestras relaciones porque queríamos vivir en gracia. Joaquín no quería regresar en ese momento, así que se inició el proceso de nulidad matrimonial”.
Sin embargo, al llegar a firmar su nulidad, tuvieron un encuentro poderoso con el Espíritu Santo.
“Oramos y le entregamos la decisión a Dios, y Él hizo un milagro. Joaquín dice que se le quitó una venda de los ojos. Entendimos que Dios no quería que dejáramos la familia que Él había formado. Fue un nuevo sí, pero no fue fácil. Tuvimos que sanar, hacer mucha terapia, tener muchos encuentros personales con Dios. Tuvimos que morir a lo que fuimos, para que Él pudiera hacernos nuevos”.
Karina reconoce que el proceso fue difícil, pues el enemigo usaba esos miedos y heridas para llenarlos de dudas, para hacerles creer que las cosas no cambiarían y que, de volver a elegirse, la historia se repetiría. “En mi caso, yo ya venía rota, con una depresión profunda aunque aparentaba estar bien. Cuando tuve un encuentro con el amor verdadero —el amor que es Dios— entendí que nunca había sabido amar porque nunca lo había conocido a Él. Al conocerlo, pude ver a Joaquín con Sus ojos, y empezar a amarlo como Él lo amaba”.
Guiados por Dios, decidieron volver a casarse, con Jesús en el centro.
Hoy su vida matrimonial es completamente diferente. “Sabemos que si lo amamos a Él, Él nos da el amor para amarnos entre nosotros”.
“Ahora no buscamos que el otro llene nuestros vacíos. Ante cualquier problema, vamos primero a Dios. Nuestra roca es Jesús, por eso nuestra relación es nueva. Dios nos hizo nuevos. No hay vuelta atrás a la antigua versión de nosotros”.
En su día a día buscan activamente el bien del otro, su crecimiento y desarrollo para que lleguen a convertirse en lo que Dios soñó y cumplan su propósito de vida. “Queremos ser ese faro, ese apoyo en los momentos difíciles, esa persona sana, que sostiene desde el amor, y no desde la necesidad”.
Ya no se trata solo de “nosotros”, aseguran, “sino de amar tanto al otro que anhelas que florezca, que cumpla su llamado. Y todo eso solo es posible porque el amor viene de Dios”.
Crisis como oportunidad para ser transformados por Dios
Desde esta experiencia, Karina enfatiza en que, si bien el matrimonio es de dos, el trabajo interior y la relación con Dios son personales, y sin estos aspectos individuales, la relación puede fracturarse.
“Si no hay un encuentro profundo con Él, si no se sanan las heridas internas con Su luz, es muy difícil sostener una relación sana y verdadera”.
“Las heridas más peligrosas son las heridas de la infancia no sanadas, porque las proyectamos en la relación. Esperamos que el otro las cure, pero eso solo puede hacerlo Dios. Si no las trabajamos, terminamos cargando al otro con algo que no le corresponde”, advierte Karina.
Y reconoce también que hacer un espacio para el divorcio, para otras personas, vicios o ídolos como el trabajo, divide al corazón y abre una puerta de entrada al enemigo.
Karina y Joaquín en el momento de volverse a casar después de haber firmado la nulidad / Foto: Cortesía de Karina y Joaquín
Karina y Joaquín volvieron a celebrar su matrimonio y animan a otras parejas en crisis a buscar un encuentro profundo con Dios, a buscar ayuda profesional y no perder la esperanza.
“Queremos decirles, desde nuestra experiencia, que sí hay luz al final del túnel. Aunque en este momento todo se sienta oscuro, aunque parezca que ya no hay salida, la hay. Pero se necesita valentía. Se necesita fe. Se necesita estar dispuestos a trabajar, a mirar hacia adentro, a dejarse moldear por Dios. La restauración es real, pero no sucede sin decisión, sin humildad y sin proceso.
Y si solo uno de los dos cree en la restauración, con uno basta. Uno que ore. Uno que se rinda. Uno que sane desde la raíz. Uno que busque a Dios con todo el corazón. Porque ese ejemplo transforma. Ese ejemplo arrastra. Ese ejemplo puede ser la chispa que despierte algo nuevo en el otro. El cambio no se impone, se inspira”.
Ambos enfatizan en que la crisis, más que un final, es una oportunidad, pues el punto de quiebre es el lugar perfecto para que Dios reconstruya desde cero.
“La crisis puede ser una puerta de salida o una puerta de entrada a una nueva historia, a una sanación más profunda de la que jamás imaginamos. Si la tomamos como camino, puede ser el inicio de algo muchísimo más bello de lo que fue antes. Pero tenemos que caminar juntos”.
Además, aconsejan: “En medio de la tormenta, no olviden lo bueno que han vivido. Es fácil ver lo negativo cuando todo duele, pero hagan memoria del amor que los unió. Escríbanlo, recen con eso y pídanle a Jesús que les muestre el camino. No se trata de volver solo por costumbre o necesidad; se trata de permitir que Dios haga nuevo ese matrimonio, que lo limpie, que lo purifique y lo eleve”.
Tras todo este camino, concluyen que "Dios es un Dios que cumple sus promesas y que hace todo nuevo, pero tenemos que dejarnos ser moldeados por El".
San Maximiliano Kolbe - Película de dibujos animados
Camino Católico.- La vida de San Maximiliano Kolbe, contada para niños de la serie “Mi familia católica” de EWTN.
Documental: ¿Quién es San Maximiliano María Kolbe?
Camino Católico.- Los Siervos del Hogar de la Madre han producido este documental sobre la vida de S. Maximiliano María Kolbe en H.M. Televisión, una figura grandiosa en el catolicismo del siglo XX. Kolbe fue un hombre de un celo apostólico extraordinario, un precursor en el uso de los medios de comunicación social para la transmisión del Evangelio y que consumó su vida con el testimonio del amor más grande: ser mártir de la caridad en Auschwitz.
El manantial de todo su dinamismo fue su amor apasionado a la Madre de Dios. Es conocido como «el loco de la Inmaculada». En medio de muchas dificultades exteriores, limitado físicamente por la tuberculosis, trabajó con pasión por la extensión del Evangelio.
Estuvo como misionero en Japón, y sus publicaciones llegaron a la India, a China, incluso a Arabia. Fundó en Polonia una ciudad para la Inmaculada: Niepokalanow. S. Maximiliano María es un ejemplo vivo de la generosidad apasionada en la entrega a Dios que puede suscitar la devoción a María, cuando es auténtica. Ser posesión de la Inmaculada era su ideal. Ella le llevó al don completo de sí mismo, a ser imitador perfecto de Jesucristo: nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos.
Entrevistas que aparecen en el documental:
• P. Rafaelle di Muro O.F.M conv. — Asistente General de la Milicia de la Inmaculada (Roma).
• P. Francisco Nahoe O.F.M, conv. — Prior del Convento de Reno, Nevada (EEUU).
• D. Javier Paredes — Catedrático de Historia, Universidad de Alcalá de Henares
• P. Félix López S.H.M– Siervos del Hogar de la Madre.
Música : Dexter Britain
José Ricardo González del Alba, artista sacro: «Yo oro, hablo con Dios, le pido al Espíritu Santo su inspiración y siempre pinto rezando el rosario para que sea Él quien actúe a través de mis manos»
José Ricardo González, en su taller “Ars et Venustas” en Jinotepe antes de su viaje a España / Foto: Instagram de José Ricardo González del Alba
* «El talento lo considero como un regalo que se me dio y que en cualquier momento Dios, si así lo quiere, me lo puede quitar. En el mundo del arte, como en muchas ramas profesionales, el tema de la humildad es muy importante, como ser humano y como cristiano. Yo considero que un artista humilde es el que triunfa, y un artista humilde es el que más fácil escucha la voz de Dios»
Camino Católico.- Estar más cerca de Dios, aprender de los santos, ejercitar la humildad, animar a otros en su camino de fe, ayudar a la Iglesia de Nicaragua, expresar sus valores cristianos… todo esto es lo que el arte sacro significa para José Ricardo, un joven artista que reside en España.
José Ricardo González del Alba no procede de una familia de artistas. Tampoco creció en talleres de arte. Para él, la pintura comenzó dibujando en el preescolar. Sin embargo, como él mismo lo describe, Dios tocó su vida con el talento y sensibilidad que le regaló.
Hoy es especialista en plateado, dorado y policromía y estudiante de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Sus obras se encuentran tanto en Nicaragua, su país de origen, como en España, y ha tenido la oportunidad de pintar carteles para la Semana Santa de Madrid.
Pero González del Alba también es escultor. Su obra más grande es una Virgen con el niño de tamaño natural, que será bendecida en 2027 para exponerse en la Iglesia de Coria del Río, en Sevilla.
José Ricardo González del Alba modelando / Foto: Cortesía de José Ricardo González del Alba - Aleteia
Una oportunidad surgida de la prueba
“Todo ha surgido, en mi vida, a través de dolores agridulces”, comenta a Majo Frias en Aleteia. Al no pasar el examen de admisión a la universidad, vivió un momento de mucha angustia. “Éramos de familia muy sencilla, mis padres habían muerto y evidentemente tenía que salir adelante, ser el orgullo de esa memoria de mis padres; y para mí fue una decepción. Pero el Señor me dio el regalo de poder sentarme y empezar a pintar”.
Así fue como José Ricardo pudo dedicar un año entero a la pintura, una pasión y un talento que siempre lo habían acompañado pero que nunca había ocupado la totalidad de su tiempo.
Años después, dejó atrás el aprendizaje autodidacta y se encuentra en Sevilla, España, donde ha tenido la oportunidad de aprender de sus profesores -en especial de Jesús Romanov-y compañeros en la Escuela de Arte de Sevilla. Al ver el camino recorrido y la admiración que provoca su trabajo, González del Alba tiene una cosa clara: su talento es un regalo de Dios que lo invita a mantenerse humilde cada día.
“Lo considero como un regalo que se me dio y que en cualquier momento Dios, si así lo quiere, me lo puede quitar. En el mundo del arte, como en muchas ramas profesionales, el tema de la humildad es muy importante, como ser humano y como cristiano. Yo considero que un artista humilde es el que triunfa, y un artista humilde es el que más fácil escucha la voz de Dios”.
Para González del Alba, ponerse frente a un lienzo en blanco es “un retiro espiritual” pues es un proceso que va acompañado de mucha oración y cercanía con Dios. Este elemento, para él, es igual de importante que los pigmentos y pinceles.
“Yo oro, hablo con Dios, le pido al Espíritu Santo su inspiración y siempre pinto rezando el rosario para que sea Él quien actúe a través de mis manos”.
José Ricardo González del Alba creando / Foto: Cortesía de José Ricardo González del Alba - Aleteia
“El lienzo es la conexión entre Dios y el hombre. Cuando yo pinto, pienso que muchas personas van a poner ahí sus plegarias, su fe; y esto es algo que significa mucho”.
Esta experiencia de constante oración al momento de pintar no solo ha transformado su corazón y fortalecido su vida espiritual, sino que le ha permitido conocer más sobre la Iglesia y los santos. “Cuando pinto a un santo, conozco su vida”, admite.
¿Por qué arte sacro?
Desde muy pequeño, su madre sembró en él un amor hacia Dios que lo ha acompañado siempre. Por ello, su arte es una manera de expresar sus valores cristianos. “El arte sacro tiene sentido en mi vida. No es para vanagloriarme a mí, porque los aplausos no son para mí, sino para Dios; además, es para que la gente realmente encuentre esa cercanía a Dios por medio de un lienzo”.
Divina Pastora de las Almas. Imagen modelada por José Ricardo González del Alba en terracota policromada que recoge el espíritu devocional y la sensibilidad artística de Sevilla / Foto: Cortesía de José Ricardo González del Alba - Aleteia
“Nicaragua necesita del arte y nosotros necesitamos de la fe”
Además de ayudar a los demás en su camino de fe, José Ricardo busca que sus obras aporten algo a su país, Nicaragua, que a pesar de atravesar momentos complicados, mantiene su fe y esperanza.
Dos de sus pinturas -una Inmaculada Concepción y una Stella Maris- plasman la espiritualidad y devoción mariana de su país. Ambas fueron pintadas para Mons. Rolando Álvarez, un hombre que González del Alba admira y define como “un hombre de mucha fe, de mucho silencio espiritual y diálogo con Dios”.
Aunque sus estudios superiores en dorado, plateado y policromía ya terminaron -y ahora está por comenzar a estudiar restauración y conservación de patrimonio histórico en la Facultad de Bellas Artes- el sueño de este joven artista es regresar a su país para enriquecerlo con lo que ha aprendido.
Inmaculada Concepción de José Ricardo González del Alba en terracota policromada que recoge el espíritu devocional y la sensibilidad artística de Sevilla / Foto: Cortesía de José Ricardo González del Alba - Aleteia
“Estando en Nicaragua, uno de mis sueños era estudiar arte, formarme académicamente, profesionalizarme y ser un aporte para Nicaragua, un aporte a los jóvenes. Es triste para mí estar en un país tan rico en el arte como lo es en España, sin estar con muchos jóvenes nicaragüenses que quisieran estar aquí”.
Y continúa: “Todo lo que llegue a aprender aquí es para Nicaragua. Cuando yo regrese a Nicaragua, mi sueño es hacer el taller de arte sacro más grande en el país, y yo sé que lo voy a cumplir. Lo voy a cumplir para los jóvenes artistas, para que existan espacios artísticos religiosos; pero también para que genere trabajos y para aportar a la Iglesia de Nicaragua. Yo creo que en ese momento lo vamos a necesitar mucho como Iglesia”.
viernes, 14 de agosto de 2026
Papa León XIV en mensaje para la jornada del migrante: «Cada niño emigrante es imagen y semejanza de Dios, presencia del Señor y en cada uno de ellos podemos acoger y encontrar al Señor»
* «Lamentablemente, los menores emigrantes se ven más fácilmente relegados a la invisibilidad, al carecer de adultos que los protejan y los apoyen. Es necesario intervenir en los países de origen para eliminar las posibles causas que les obligan a huir, además de ofrecer protección y acogida en los países de tránsito y de llegada. El clamor de los menores desplazados se eleva hoy hacia Dios, tal y como el que se escucha en el libro del Éxodo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo» (Ex 3,7-8). Dios escucha y, para liberar, interpela con fuerza la conciencia y la acción de cada uno de nosotros, tal y como hizo con Moisés. No podemos permanecer indiferentes, ni acostumbrarnos a tanto sufrimiento»
* «Incluso uno solo de estos pequeños nos llama, en nuestra vida personal, a abrir los ojos y el corazón para escuchar en profundidad su historia, sus miedos y sus sueños, superando esa indiferencia que reduce al ser humano a un dato estadístico que no nos afecta directamente. Es una invitación a reconocer al niño en su dignidad, aún antes que en su condición de “migrante”, y a proteger sus derechos fundamentales: a la vida, a la educación y a un nivel de vida que le permita crecer y desarrollarse plenamente desde el punto de vista físico, mental, espiritual, moral y social»
Camino Católico.- “Cada niño, cada ser humano, posee una dignidad infinita. Es imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26), es presencia del Señor. Ante cada menor emigrante, estamos llamados a realizar un acto de humanidad y de fe: en el niño, de hecho, podemos acoger y encontrar al Señor. Esta llamada se hace aún más apremiante a la luz de esta otra afirmación del Señor en el Evangelio de Mateo: «fui forastero y me hospedaron» (Mt 25,35)”, subraya el Papa León XIV en su mensaje para la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que se celebrará el próximo 27 de septiembre, pero que se ha publicado hoy.
«Incluso uno solo de estos pequeños». Este es el lema, tomado del Evangelio. El Papa recuerda que cada menor desplazado tiene un rostro, una historia y una dignidad que no pueden quedar ocultos detrás de las estadísticas, hace un llamado a poner en el centro la dignidad y los derechos de los niños y adolescentes que sufren desplazamiento, violencia, separación familiar, trata y explotación. Pide no reducir a los menores migrantes a cifras y reclama una respuesta coordinada que garantice protección, acogida, educación e integración.
León XIV invita a las comunidades a acompañar a los menores desplazados y a convertirse en «signos vivos y creíbles del Evangelio». Invita a no mirar hacia otro lado. Para León XIV, la defensa de los menores migrantes no puede esperar: cuando está en juego la dignidad de un niño, basta incluso uno solo para reclamar la responsabilidad de todos. El texto completo del mensaje es el siguiente:
MENSAJE DE SU SANTIDAD LEÓN XIV
PARA LA 112ª JORNADA MUNDIAL DEL MIGRANTE Y DEL REFUGIADO
(27 de septiembre de 2026)
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Incluso uno solo de estos pequeños (cf. Mt 18,10)
Queridos hermanos y queridas hermanas:
Año tras año, la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado nos invita a centrar nuestra atención en diferentes aspectos del complejo fenómeno migratorio. En esta 112ª Jornada, el lema «Incluso uno solo de estos pequeños» nos llama a prestar atención a los menores que se ven directamente afectados por la experiencia de la migración y la huida, a la preocupación por ellos y a la promesa del Señor de que quien «acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí» (Mc 9,37).
Menores desplazados: una realidad compleja de vulnerabilidad
Los menores son los más vulnerables dentro de los flujos migratorios mundiales. Son rostros concretos, historias únicas, que apelan a nuestra conciencia. Cada año, millones de niños y adolescentes se ven obligados a abandonar su tierra a causa de guerras, pobreza, violencia, desastres medioambientales y otras tragedias; y, lamentablemente, su número sigue aumentando. Las responsabilidades económicas, políticas y militares de este desastre son inmensas. El sufrimiento no se limita al desplazamiento, hay niños muy pequeños que han perdido a sus padres, hermanos, hermanas y amigos, y que son testigos de una violencia indescriptible. Otros, separados durante largos períodos de sus familiares, intentan reunirse con ellos, viviendo entre tanto, la angustia de la distancia. Hay también menores que afrontan el viaje junto a sus padres, pero expuestos a condiciones extremas y traumáticas. Por último, no podemos olvidar la trágica situación de quienes son separados de sus padres a causa de la repatriación.
A este panorama, ya de por sí dramático, se suman otras tragedias: las muertes a lo largo de las rutas migratorias, la trata y la explotación, el reclutamiento de menores para su participación en conflictos armados, la violencia sexual, los matrimonios forzados y las atrocidades sufridas o presenciadas durante el trayecto. Su dignidad se ve pisoteada en demasiadas formas.
El papa Francisco, en el mensaje con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de 2017, dedicada al tema «Emigrantes menores de edad, vulnerables y sin voz», recordaba que estos «se encuentran desprotegidos por tres motivos: porque son menores, extranjeros e indefensos; por diversas razones, son forzados a vivir lejos de su tierra natal y separados del afecto de su familia».
No obstante, en medio de tanta oscuridad, no falta la luz de la solidaridad: personas, familias, instituciones civiles y comunidades eclesiales deciden no desviar la mirada hacia otro lado (cf. Lc 10,29-37). Pensemos en las familias que abren las puertas de sus hogares para devolver a estos menores el calor de un hogar, en los educadores de las comunidades de acogida, en los voluntarios y en los trabajadores que, cada día, en las rutas y en nuestras ciudades, se dedican a curar las heridas invisibles de estos pequeños. Con su compromiso, dan testimonio de que el amor puede vencer a la indiferencia.
Incluso uno solo de estos pequeños
Esta dramática realidad, me hace pensar en las palabras de Jesús que interpelan profundamente la conciencia de cada uno: «El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí» (Mt 18,5). No es una cuestión de cifras ni de estadísticas. El Evangelio nos invita a no hacer cálculos: incluso uno solo. Cada niño, cada ser humano, posee una dignidad infinita. Es imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26), es presencia del Señor. Ante cada menor emigrante, estamos llamados a realizar un acto de humanidad y de fe: en el niño, de hecho, podemos acoger y encontrar al Señor. Esta llamada se hace aún más apremiante a la luz de esta otra afirmación del Señor en el Evangelio de Mateo: «fui forastero y me hospedaron» (Mt 25,35).
Lamentablemente, los menores emigrantes se ven más fácilmente relegados a la invisibilidad, al carecer de adultos que los protejan y los apoyen. Es necesario intervenir en los países de origen para eliminar las posibles causas que les obligan a huir, además de ofrecer protección y acogida en los países de tránsito y de llegada. El clamor de los menores desplazados se eleva hoy hacia Dios, tal y como el que se escucha en el libro del Éxodo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo» (Ex 3,7-8). Dios escucha y, para liberar, interpela con fuerza la conciencia y la acción de cada uno de nosotros, tal y como hizo con Moisés. No podemos permanecer indiferentes, ni acostumbrarnos a tanto sufrimiento.
Un llamamiento a la responsabilidad de todos
Incluso uno solo de estos pequeños nos llama, en nuestra vida personal, a abrir los ojos y el corazón para escuchar en profundidad su historia, sus miedos y sus sueños, superando esa indiferencia que reduce al ser humano a un dato estadístico que no nos afecta directamente. Es una invitación a reconocer al niño en su dignidad, aún antes que en su condición de “migrante”, y a proteger sus derechos fundamentales: a la vida, a la educación y a un nivel de vida que le permita crecer y desarrollarse plenamente desde el punto de vista físico, mental, espiritual, moral y social.
Incluso uno solo de estos pequeños nos llama, en la vida eclesial, a convertir la hospitalidad de un concepto abstracto en una práctica pastoral constante. No podemos limitarnos a delegar esta tarea a instituciones o asociaciones dotadas de un carisma específico: ante los rostros concretos que nos interpelan en el día a día, toda la comunidad cristiana está llamada a sentirlos como a sus propios hijos y a acercarse a la historia concreta de cada uno. Es necesario animar a las comunidades cristianas a integrar y valorar a los refugiados e inmigrantes como miembros de pleno derecho de la familia eclesial, promoviendo nuevos itinerarios educativos y espirituales, incluso personalizados, que superen la lógica del puro asistencialismo. En particular, es fundamental prevenir la soledad, el aislamiento y el rechazo, que no pocas veces afectan también a los hijos de los emigrantes, y promover dinámicas de encuentro e integración en las que los jóvenes del territorio y los jóvenes inmigrantes puedan fortalecerse juntos, en un camino de respeto mutuo, solidaridad y amistad.
Incluso uno solo de estos pequeños, en el marco de las distintas religiones, nos recuerda que la vulnerabilidad de los más pequeños no conoce fronteras confesionales y nos une en una responsabilidad humanitaria y espiritual compartida. Se convierte en un terreno fértil para un diálogo interreligioso concreto, en el que los creyentes, inspirándose en el propio sentido de la trascendencia, cooperen en la creación de redes de protección. Las comunidades de fe están llamadas a crear espacios en los que cada niña y cada niño sean respetados y valorados en sus respectivas identidades culturales, previniendo así el riesgo de radicalización por parte de grupos extremistas. Proteger a un menor significa, en última instancia, custodiar la huella divina impresa en él.
Incluso uno solo de estos pequeños, en el contexto de las instituciones civiles, nos insta a reafirmar el principio del interés superior del menor. Las instituciones públicas y privadas están obligadas a situar en el centro la protección y la dignidad de cada niño y adolescente. Esto implica la adopción de instrumentos jurídicos eficaces de protección, promoviendo la reunificación familiar y evitando los traumas de la separación. Es urgente un cambio de perspectiva: hay que desplazar el eje del debate de la mera gestión de los flujos migratorios a la protección plena e inmediata de los derechos humanos, adoptando «una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran» (Discurso al Parlamento español, Madrid, 8 junio 2026).
Encomendemos a los menores migrantes y refugiados a la protección maternal de María Santísima, quien, junto a san José y a Jesús, aún niño, conoció la crueldad de la violencia de Herodes y el drama del exilio en Egipto (cf. Mt 2,13-15); que sea Ella quien acompañe sus pasos y ayude a nuestras comunidades a convertirse en signos vivos y creíbles del Evangelio.
Vaticano, 11 de agosto de 2026, memoria de Santa Clara de Asís.
LEÓN PP. XIV
Fotos: Vatican Media














