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jueves, 1 de enero de 2026

Pero Miličević, con 7 años, vivió como musulmanes bosnios asesinaron a su padre y otros familiares y Dios lo llamó al sacerdocio: «Nunca habríamos resistido sin la fe, la oración y la necesidad de paz; los conocía y los he perdonado»

El sacerdote bosnio Pero Miličević contó su testimonio en la presentación, el pasado 18 de diciembre, del Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz 2026, que se celebrará el próximo 1 de enero

* «Cuando empecé a confesar a los fieles comprendí que no puede haber paz interior sin perdón, y que es necesario enfrentarse a lo vivido. Como Dios perdona nosotros también debemos perdonar, sé quién mató a mi padre pero no puedo vivir en la venganza. Si sintiera resentimiento no sería un hombre de Dios, somos humanos cometemos errores, nacemos en el mismo lugar, no somos demasiado diferentes»

Camino Católico.- El sacerdote bosnio Pero Miličević conoció el rostro más cruel de la guerra siendo un niño de siete años. El 28 de julio de 1993, un grupo de milicianos musulmanes del Ejército de Bosnia y Herzegovina irrumpió en su aldea natal, Dlkani, en el municipio de Jablanica. En apenas una mañana fueron asesinadas 39 personas, entre ellas su padre y varios miembros de su familia.

“Fue la experiencia de la oscuridad y del mal de la guerra”, resumE ante los periodistas en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, durante la presentación, el pasado 18 de diciembre, del Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz 2026, que se celebrará el próximo 1 de enero.

Treinta y dos años después de aquella jornada de terror, aquel niño, que perdió de golpe la inocencia, habla hoy con la serenidad de un sacerdote. El P. Miličević estaba jugando con su hermano gemelo y otro de sus hermanos mayores cuando comenzaron las ráfagas de los disparos. “Los proyectiles pasaron por encima de nuestras cabezas”, recuerda.

Su madre y su hermana los arrastraron al interior de la casa para ponerlos a salvo. Su padre, Andrija, no estaba allí. Había salido al campo para ayudar a una tía pero también lo asesinaron. Tenía 45 años. Su madre, Ruža, quedó viuda con nueve hijos, siete de ellos menores de edad.

Ese mismo día fueron asesinadas también dos hermanas de su madre y varios primos. “Cuando muere uno ya es terrible; cuando mueren tres hijos, como le pasó a mi tía, no sé cómo el corazón de una madre no se rompe”, confiesa el sacerdote, con la voz contenida.

La devastación de aquel 28 de julio no terminó con la matanza. Su madre y sus hermanos fueron deportados a un campo de prisioneros conocido como el “Museo”, en Jablanica, junto a unos 300 católicos croatas. Permanecieron allí siete meses.

Las condiciones eran extremas. “No teníamos comida suficiente, no había higiene y dormíamos sobre frías losas de granito”, relata. La muerte formaba parte del día a día, pero —explica— el dolor físico y el hambre no eran comparables a la angustia de no saber qué iba a ser de ellos.

Lo que los sostuvo fue una fe sencilla, heredada de su madre: el rezo diario del Rosario. “Nunca habríamos resistido sin la fe, la oración y la necesidad de paz”, afirma.

En aquel encierro, la tentación de la venganza era constante. Sin embargo, el P. Miličević asegura que salió del campo con una convicción firme: “Había que mantener la paz en el corazón y no pensar en la venganza”.

Cuando finalmente fueron liberados, llegó otro golpe devastador. El cuerpo de su padre había permanecido siete meses a la intemperie, sin sepultura. Sólo entonces pudieron enterrarlo. “Su cuerpo había quedado sin enterrar; lo que sepultamos fueron sus huesos”, explica.

A menudo le preguntan cómo fue capaz de soportar tanto sufrimiento. Su respuesta no ha cambiado con los años: la fe. “Esa educación en Dios nos alimentó y nos ayudó a atravesar horrores que ningún niño debería ver”, asegura.

El perdón, sin embargo, fue un proceso. No llegó de inmediato hasta su corazón. El P Miličević reconoce sin rodeos que al principio le dominó la rabia. Durante años, el dolor permaneció abierto. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó cuando decidió hacerse sacerdote. Fue ordenado en 2012.

“Cuando empecé a confesar a los fieles comprendí que no puede haber paz interior sin perdón, y que es necesario enfrentarse a lo vivido”, explica. Sólo entonces la herida comenzó a cerrarse.

En 2013, veinte años después de su cautiverio, regresó al antiguo campo de prisioneros. “Volví entre lágrimas”, relata. No fue un ajuste de cuentas, sino un paso decisivo hacia la liberación interior.

El sacerdote bosnio volvió a visitar el campo de prisioneros donde estuvo recluido / Foto: Radio Medjugorje

A lo largo de todos estos años, la luz del Evangelio ilumina el corazón del joven sacerdote, el encuentro con el amor más grande realiza en él la revolución que se abre al perdón. “Como Dios perdona nosotros también debemos perdonar, sé quién mató a mi padre – dice el padre Pero – pero no puedo vivir en la venganza. Si sintiera resentimiento no sería un hombre de Dios, somos humanos cometemos errores, nacemos en el mismo lugar, no somos demasiado diferentes”.

Hoy, su historia encarna el mensaje que León XIV propone para la próxima Jornada Mundial de la Paz. “La paz debe ser vivida, cultivada y custodiada”, subraya el sacerdote. Y añadió: “El mal se vence con el bien, no con la venganza ni con las armas”.

Citando al Pontífice, recuerda que “la bondad es desarmante”. No son los arsenales de armas los que garantizan la paz, sino “corazones dispuestos a acogerla”. Y concluyó con una certeza forjada en la tragedia: “Cuando el hombre busca la justicia, la paz se convierte al mismo tiempo en su obra concreta”.

Tammy Peterson era protestante, padeció un cáncer renal mortal, rezó el rosario con uno bendecido por el Papa Francisco, hizo una novena, se curó y se ha hecho católica: «Dejé todo en manos de Dios»

Tammy Peterson empezó su búsqueda de Dios tras un doloroso anuncio. En 2015, después de una exploración médica, recibió la noticia de que tenía carcinoma de células renales, un tipo de cáncer de riñón. Una amiga le enseñó a rezar el Santo Rosario

* «La Confesión supuso para mí una experiencia profunda de perdón. Hace tiempo aprendí las técnicas Al-Anon y los Doce Pasos, un programa de principios espirituales y acciones prácticas desarrollados originalmente por Alcohólicos Anónimos. Así aprendí a conocerme mejor y compartir mis errores, pero el catolicismo me permitió profundizar más, liberándome en la Confesión de cargas pasadas que no podía perdonar por mí misma. La Eucaristía, por su parte, es una práctica concreta que nos enseña a recibir la gracia de Dios, incluso en los días más difíciles. Practicar la oración y la comunión nos prepara para aceptar la gracia cuando realmente la necesitamos… La oración y la escucha de la voluntad de Dios nos guían para actuar de manera correcta y amorosa, incluso en medio de la confusión y la división que vemos a nuestro alrededor. La práctica diaria, aunque sencilla, nos permite acercarnos a Dios y vivir según Su voluntad. Incluso pequeños actos —sentarse a mirar por la ventana, respirar conscientemente, agradecer la luz y la vida que Dios nos da— son formas de cultivar la espiritualidad y la humildad en nuestra vida diaria»

Camino Católico.- El camino de Tammy Peterson, esposa del psicólogo canadiense Jordan Peterson -azote de la cultura de la cancelación y de la deriva de género-, hacia la conversión al catolicismo surgió de la oscuridad de la enfermedad y la desesperación. C reció como protestante pero se quedó sin vínculos religiosos cuando sus padres dejaron de ir a la iglesia. Confiesa que tiene recuerdos de su bisabuela católica, polaca y de 104 años, rezando el Rosario. 

Tras ser diagnosticada con una forma rara y agresiva de cáncer, Tammy enfrentó meses de dolor, cirugía y una prolongada recuperación. Fue durante este período de fragilidad extrema que, por recomendación de una amiga, comenzó a rezar el rosario.

Lo que empezó como una búsqueda de consuelo se transformó en un encuentro espiritual que culminó con su bautismo y entrada plena en la Iglesia católica. Su relato es un conmovedor ejemplo de cómo la fe puede florecer incluso en las circunstancias más difíciles.

Tammy Peterson y su esposo, el psicólogo canadiense Jordan Peterson

La enfermedad, el rezo del Rosario, la curación y la conversión

Su búsqueda personal de Dios comenzaría tras un doloso anuncio. En 2015, después de una exploración médica, recibió la noticia de que tenía carcinoma de células renales, un tipo de cáncer de riñón. Le dieron diez meses de vida.

Tammy Peterson fue entonces a ver a su hijo, Julian, que vivía muy cerca. "Mi hijo me miró con tanto dolor y un amor más profundo que el que yo tenía por mí misma, que sentí que se desprendía de mi cuerpo mi propio cinismo. Le entregué a Dios todas mis dudas", dice al National Catholic Register.

A pesar de las varias cirugías para extirpar los tumores y ser sometida a todo tipo de pruebas, la salud de Peterson empeoró hasta el punto de llegar a pesar 40 kilos. "Los médicos ni siquiera me ofrecieron quimioterapia o radioterapia, dijeron que este tipo de cáncer mataba a todos y que no había tratamiento para él", reconoce Tammy.

Ella asegura que logró curarse gracias, en parte, a las oraciones y al apoyo de su querida amiga Queenie Yu, numeraria del Opus Dei. Yu es una católica conversa que, cuando Peterson estaba muy mal, le llevó un rosario bendecido por el Papa Francisco, un folleto sobre cómo rezarlo y una imagen de Nuestra Señora con el niño Jesús.

Durante cinco semanas seguidas, Peterson y Yu rezaron juntas el rosario en el hospital. Uno de esos días, Yu le preguntó: "¿Por qué dijiste que tu enfermedad era un regalo, cuando estabas pasando por tanto dolor?". Peterson, respondió: "Porque a través de mi enfermedad encontré a Dios, y, ¿qué mejor que conocer a tu propio Creador?'. Tammy también dijo que la oración le "aliviaba algo del dolor".

"Me despertaba por la noche y rezaba el Padrenuestro hasta que me quedaba dormida. No me preocupaba de nada. Rezaba toda la noche, a menos que estuviera durmiendo", comenta. En el quinto día de una novena a San Josemaría Escrivá, cuando Peterson tenía programada una cirugía, sus médicos descubrieron que el problema se había resuelto solo. Su cirugía fue cancelada y fue dada de alta del hospital.

Tammy Peterson posa frente al altar de la Iglesia del Santo Rosario en Toronto, donde recibió la confirmación en 2024 / Foto: Laura Salem, In His Image Photo & Film

Entrevistada por Javier García Herrería en Omnes, Tammy Peterson cuenta en profundidad su camino de fe hasta hoy. Respecto a su conversión como consecuencia del cáncer y su rezo del Santo Rosario explica:

“Aprender y rezar el Rosario me acercó gradualmente a Jesús como mi salvador. Hoy sigo rezándolo todas las mañanas; me ayuda a mantenerme en el camino de Dios y no en el mío propio. La belleza de la Iglesia católica —los sacerdotes, los iconos, los ornamentos— también me enseñó a ser más humilde, pues la belleza nos recuerda la grandeza y la humildad de Dios, y nos ayuda a detenernos y a centrarnos en Él”.

En este sentido relata cómo una profunda experiencia le hizo reconectar con su fe católica:

“Antes de mi conversión, yo crecí como protestante, pero mi abuela pasó de ser católica a ser protestante. Cuando era niña y entraba en una iglesia, me preguntaba dónde estaba la Virgen María, porque no era evidente allí, y eso me confundía. Más tarde, durante mi conversión, tuve una experiencia profunda: un abuelo mexicano de Nueva Zelanda me ayudó a reconectar con mi fe católica. Oró en español conmigo y me dijo que mi abuela estaba conmigo. Esto me hizo sentir que había reparado una separación histórica en nuestra familia, y me permitió ver la fe católica como algo que siempre había estado presente, incluso si no lo había comprendido plenamente desde pequeña”.

Pero lo esencial fue que ella se abandonó en Dios:

“No sé si habría podido atravesar mi experiencia con el cáncer sin la ayuda de Dios. Fue realmente una experiencia asombrosa. Dejé todo en manos de Dios, y aprendí algo fundamental: no tenemos que preocuparnos por los pensamientos que no queremos tener. Antes, dejaba que mi mente vagara sin control, pero ahora entiendo que puedo elegir en qué pensar. Si un pensamiento no es apropiado, simplemente lucho para que se desvanezca. Es un aprendizaje que me ha ayudado a comprender la naturaleza superficial de ciertos pensamientos y cómo dejarlos ir”.

—¿Qué otras cosas le han sorprendido del catolicismo?

—La Confesión supuso para mí una experiencia profunda de perdón. Hace tiempo aprendí las técnicas Al-Anon y los Doce Pasos, un programa de principios espirituales y acciones prácticas desarrollados originalmente por Alcohólicos Anónimos. Así aprendí a conocerme mejor y compartir mis errores, pero el catolicismo me permitió profundizar más, liberándome en la Confesión de cargas pasadas que no podía perdonar por mí misma. La Eucaristía, por su parte, es una práctica concreta que nos enseña a recibir la gracia de Dios, incluso en los días más difíciles. Practicar la oración y la comunión nos prepara para aceptar la gracia cuando realmente la necesitamos.

Nuestra sociedad se ha vuelto cada vez más divisiva y superficial, a veces incapaz de matices. La Iglesia, en cambio, nos enseña a ser humildes, atentos y abiertos. La oración y la escucha de la voluntad de Dios nos guían para actuar de manera correcta y amorosa, incluso en medio de la confusión y la división que vemos a nuestro alrededor. La práctica diaria, aunque sencilla, nos permite acercarnos a Dios y vivir según Su voluntad. Incluso pequeños actos —sentarse a mirar por la ventana, respirar conscientemente, agradecer la luz y la vida que Dios nos da— son formas de cultivar la espiritualidad y la humildad en nuestra vida diaria.

La crianza también refleja esto. Observar a mi nieta de tres años me enseñó la importancia de guiar sin imponer, de apoyar y corregir sin convertirnos en opresores. El respeto y la paciencia en las relaciones son extensiones de la práctica espiritual que la Iglesia nos enseña. Esto se aplica, no solo a la familia, sino también a la sociedad en general, especialmente en tiempos de polarización y división. 

Ahora, tengo un pódcast para dar a conocer estas ideas. Hablo principalmente con mujeres jóvenes, ayudándolas a encontrar su camino, a reconciliar la fe con sus vidas, a comprender la importancia de la familia y la maternidad, y a navegar la narrativa feminista moderna con conciencia cristiana. Intento enseñarles que pueden aspirar a una vida plena y significativa sin renunciar a su fe ni a su vocación más profunda.

–¿Cómo es su vida ahora que ha vuelto a la fe?

—Lo único verdaderamente importante que he aprendido es que voy a la Iglesia, me siento, pongo los pies firmes en el suelo y le agradezco a Dios por estar viva, por tener un día más para hacer lo que Él quiere que haga. Eso es lo que he aprendido. Lo entendí cuando tenía seis años, y desde entonces he vivido de esa manera.

¿Cómo ha cambiado mi vida? Es interesante. Un día, mientras mi marido Jordan y yo conversábamos sobre las transformaciones que había experimentado desde mi vuelta a la fe, escribimos una lista de virtudes que han surgido en mí desde mi conversión. Llegamos a una suma de treinta virtudes que he recibido a partir de ese momento. 

(Tammy busca un papel y comienza a leerlo). 

Repasaré algunas: soy más como una niña pequeña, más divertida, menos cínica, menos volátil, menos preocupada por el control y el poder; más paciente y amable; más enfocada en el bienestar de los demás; más hospitalaria, más obediente, más presente, más hermosa, más cálida; más discernidora, más elegante, más serena, más resiliente, más compasiva; más adecuada socialmente; una mejor madre; más fácil para negociar; más dispuesta a escuchar y conversar; más precisa con mis palabras; pienso con mayor profundidad; soy más creativa; más fácil para trabajar conmigo; una mejor líder; más atractiva; más confiada en la valentía, más valiente con confianza y más reflexiva.

Estos son muchos de los modos en que mi vida se ha transformado desde mi conversión. Es realmente extraordinario. Nunca imaginé la profundidad de los cambios que llegarían a mi vida…

Tammy Peterson y su esposo, Jordan, posan para una foto en el Oratorio del Kintore College en Toronto / Foto: Sheila Nonato 

–¿Qué papel ha jugado su marido en su conversión?

—Mi esposo ha sido una influencia clave en mi fe y en mi conversión. A través de su ejemplo, su dedicación y su acompañamiento durante mis años más difíciles, aprendí a escuchar, a observar y a confiar en Dios en cada decisión y desafío. Su apoyo fue instrumental durante mi diagnóstico y tratamiento, y me enseñó el valor del amor práctico y paciente en la vida cotidiana.

Toda esta experiencia —el cáncer, la conversión, la familia, la crianza, el servicio a otros a través del podcast— me ha enseñado que vivir la fe no es solo un acto de oración, sino un compromiso diario de hacer lo correcto, de guiar a otros con amor y de buscar la gracia de Dios en todo momento. Se trata de pequeños pasos diarios, de actos conscientes, de humildad y gratitud. Y sobre todo, de reconocer que Dios nos acompaña en cada paso, guiándonos y fortaleciendo nuestra vida, incluso en las pruebas más profundas.

–¿Cómo fue la relación con sus padres?

—Mi padre era empresario y estaba siempre muy ocupado. Tenía una mente muy abierta y me transmitió mucho coraje y fortaleza para intentar cosas desconocidas o que aparentemente estaban lejos de mi alcance. Gracias a él heredé una mentalidad abierta y se lo agradezco al Señor de veras.

Mi madre también estaba a mi lado, pero no confiaba del todo en mi padre. Años más tarde comprendí la razón: probablemente ella misma había sido abusada por su propio padre, quien murió muy joven. Era un hombre con depresión y era evidente que no estaba bien. Siempre noté que mi madre desconfiaba, en cierta medida, de mi padre, y eso fue difícil para mí al crecer. Mi padre tenía amigos que se quedaban en la oficina después del trabajo para beber juntos, y mi madre siempre sospechaba de lo que pudiera ocurrir allí. Muchas personas enfrentan problemas como estos, y no es sencillo integrarlos en la propia vida. Aún así, mi padre fue una gran persona y me siento muy afortunada de haberlo tenido.

Mi madre tuvo demencia temprana. Empezó a enfermar a los 50 años y, cuando tenía 70, falleció. En ese tiempo ella y mi papá vivían en Vancouver, mientras yo estaba en Toronto. Yo viajaba para ayudarlos: buscaba un cuidador, limpiaba, organizaba sus medicamentos y me aseguraba de que ambos estuvieran comiendo bien. Afortunadamente, los cuatro hermanos ayudamos. Todos estuvimos allí para apoyar a mi padre, quien cuidó de mi madre hasta el final. 

En un momento dado, la medicación volvió a mi madre paranoica. Comenzó a sospechar de mi padre de nuevo, y volví a sentir lo mismo que en mi adolescencia, cuando ella también desconfiaba injustamente de él. De algún modo, fue como una gracia de Dios que me permitiera ver con claridad que aquella paranoia venía de mi mamá, no de mi papá. Y se lo agradecí internamente, porque me mostró algo importante.

Finalmente cambiaron la medicación de mi madre y volvió a estabilizarse. Los dos permanecieron juntos hasta su muerte. Fue solo un episodio breve, pero significativo, porque me enseñó algo esencial y me permitió acercarme mucho a mi padre durante los últimos veinte años de su vida, que terminó con 93 años, apenas hace un par de años.

Ahora lo veo como una gracia de Dios: recibimos lo que necesitamos aprender justo cuando lo necesitamos. 

Tammy Peterson ha vivido un largo camino para abrazar el catolicismo

--¿Cómo describiría su vida espiritual en su juventud y antes de reencontrarse con la fe?

—Me crié en un entorno de iglesias protestantes. Cuando yo era pequeña, mis abuelas eran ambas miembros activos de la fe protestante. Mi abuela paterna tocaba el piano en la iglesia. Y mi abuela materna cantaba en el coro. Las dos fueron grandes modelos para mí. 

Cuando era pequeña, iba a la escuela de la iglesia los domingos, pero no recuerdo que mis padres estuvieran allí. Tenía tres hermanos mayores, que creo recordar que también venían. Quitando la asistencia a los servicios del domingo, en casa no rezábamos más, ni  siquiera para bendecir la cena u oraciones antes de acostarnos.

En el verano participábamos de las actividades de una iglesia de los Adventistas. Y, de niña, también acudí a algunos campamentos con diferentes tipos de iglesias, algo que no importaba nada a mis padres. 

En la adolescencia era una niña muy curiosa. Vivíamos en un lugar muy remoto y yo usaba cualquier excusa —por insignificante que fuera— para dejar de ir a la iglesia. Cuando me fui de casa y comencé la universidad, asistí a la iglesia durante el primer año. Pero al comenzar el año siguiente, el ministro empezó con el mismo sermón que había dado el año anterior y lo tomé como excusa para dejar de asistir. 

Es curioso cuántas excusas puede encontrar una persona cuando en realidad está buscando maneras de evitar algo.

Recuerdo esos tiempos y todas aquellas pequeñas excusas que usaba sin comprender por qué realmente no quería ir a la iglesia, ni por qué podría ser beneficioso para mí hacerlo, sin importar el momento, quién estuviera allí o dónde quedara la iglesia. Nada de eso era lo esencial.

Palabra de Vida 1/1/2026: «Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 1 de enero de 2026, jueves, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.

Evangelio: San Lucas 2, 16-21:

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacía Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto; conforme a lo que se les había dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Homilía del evangelio de Santa María, Madre de Dios: Jesús con su Madre ha configurado de forma decisiva su humanidad / Por P. José María Prats

* «El evangelio que hemos proclamado nos narra este rito diciendo que le pusieron el nombre de Jesús, según el ángel había indicado a María antes de su concepción. Jesús significa en hebreo Dios salva, y ésta es, pues, la síntesis de la vocación de este Niño: restablecer la comunión entre Dios y los hombres para devolvernos así la vida de la gracia y liberarnos del yugo del pecado»

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios 

Números 6,22-27  /  Salmo 66  /  Gálatas 4, 4-7  / San Lucas 2, 16-21

P. José María Prats / Camino Católico.- En esta solemnidad del primer día del año concurren varias cosas:

Por una parte terminamos la octava de Navidad durante la cual hemos ido profundizando en los diferentes aspectos del misterio de la Encarnación y del Nacimiento del Hijo de Dios. Según la ley judía, al octavo día del nacimiento debía circuncidarse a los varones. Con este rito se incorporaban al pueblo judío y recibían un nombre. El nombre para Israel tenía un significado muy profundo: no era una mera palabra convencional para llamar a alguien, sino que representaba la identidad más profunda de una persona y su misión en favor de su pueblo. El evangelio que hemos proclamado nos narra este rito diciendo que le pusieron el nombre de Jesús, según el ángel había indicado a María antes de su concepción. Jesús significa en hebreo Dios salva, y ésta es, pues, la síntesis de la vocación de este Niño: restablecer la comunión entre Dios y los hombres para devolvernos así la vida de la gracia y liberarnos del yugo del pecado.

Pero la gran protagonista de hoy es la Virgen María, a quien recordamos en su advocación más importante y más antigua: la de Madre de Dios, proclamada solemnemente en el Concilio de Éfeso en el año 431. Esta advocación es muy importante porque subraya la realidad de la Encarnación. El Hijo de Dios se ha hecho plenamente hombre naciendo de una mujer con la que ha mantenido un vínculo físico, psicológico y espiritual estrechísimo. De la misma manera en que la relación con nuestra madre ha marcado nuestra personalidad, la relación de Jesús con su Madre ha configurado de forma decisiva su humanidad.

Y a partir de aquí y teniendo en cuenta que Jesús es la Cabeza de la Iglesia y los cristianos el Cuerpo, podemos entender un poco mejor la maternidad espiritual de María en relación con nosotros: Quien ha configurado la humanidad de la Cabeza es lógico que configure también a los miembros del Cuerpo como hombres y mujeres nuevos a imagen de Cristo.

Finalmente, en la primera lectura, tomada del libro de los números, hemos escuchado cómo Dios enseñó a los sacerdotes de Israel a bendecir a su pueblo. Esta bendición de Dios ha llegado a su plenitud en Jesucristo en quien hemos sido bendecidos «con toda clase de bienes espirituales y celestiales» (Ef 1,3). Y entre estos bienes, el más preciado y más amenazado es el de la paz. Por ello, desde 1968 y por voluntad del papa Pablo VI, en este primer día del nuevo año, oramos pidiendo por intercesión de la Madre de Dios, el don de la paz: paz en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestra sociedad, en el mundo entero. Que se hagan realidad en nosotros las palabras del salmo 28: «El Señor bendice a su pueblo con la paz.»


P. José María Prats


Evangelio

En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.

San Lucas 2, 16-21

María, Madre de Dios, nos recibe al inicio del camino y del año nuevo recordándonos que la paz nace de la confianza en Dios / Por P. Carlos García Malo

 


Feliz Año Nuevo 2026: Que el Señor bendiga cada día de este nuevo año, llene tu corazón de paz, fortalezca tu fe y te guíe por caminos de amor, esperanza y sabiduría / Por P. Carlos García Malo

 


Carla Venditti, monja que rescata a mujeres de la trata: «Hace diez años, sentí que Dios me llamaba a algo hermoso; tenía que salir a la calle porque Él me esperaba allí, en los rostros de los más desfavorecidos»

La Hermana Carla Venditti, de las Apóstoles Sagrado Corazón de Jesús, ayuda a mujeres y niñas víctimas de la trata de personas

* «Lo que me impulsa a hacer todo es la conciencia de que los seres humanos necesitan sentir la misericordia de Dios en sus vidas a través de nuestra humanidad y sensibilidad y, sobre todo, la necesidad de no ser juzgados… Lo que da sentido a nuestra misión es saber que lo hacemos por Dios. Cada día entregamos nuestra vida sencilla para dar fuerza a quienes no la tienen… Mi fe se ha fortalecido desde que estoy cerca de ellas. Me ayudan a vivirla porque, después de todo, ¿cómo podemos vivir el Evangelio si no nos confrontamos con los demás, con las debilidades y fragilidades de nuestros hermanos y hermanas?» 

Camino Católico.- Algunas mujeres, obligadas a prostituirse por la violencia, la desesperación o falsas promesas, se alinean en las calles de Roma y Abruzzo por la noche, hasta que ven a una monja, vestida con hábito, que les ofrece una salida. “Hace diez años, sentí una llamada dentro de otra. Sentí que Dios me llamaba a algo hermoso. Tenía que salir a la calle porque Él me esperaba allí, en los rostros de los más desfavorecidos”, dice la hermana Carla Venditti a CNA

Venditti, de las Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, vive en Avezzano, Italia, y es conocida como la "monja anti-trata". Sale a la calle atendiendo a mujeres y niñas víctimas de trata. Junto con sus hermanas y otros voluntarios, Venditti ayuda a las víctimas a reconstruir sus vidas. 

“Espero con ansias los viernes por la noche para poder entrar en el mundo de la vida nocturna”, explica la hermana Lucía Soccio, otra monja italiana de la misma orden que ha trabajado con Venditti en las calles durante unos 10 años. Y añade: “Llevar luz, amor y esperanza a lugares donde es difícil hablar de estas cosas es una misión muy profunda que te cambia desde dentro”.

Juntos, junto con otras monjas y voluntarios, Venditti y Soccio ofrecen un hogar para mujeres necesitadas. 

Usar un hábito ayuda, dijeron, pero lleva tiempo generar confianza, y escapar de la trata de personas es difícil porque los explotadores manipulan, amenazan, chantajean y dañan a las víctimas, incluso quitándoles sus pasaportes y documentos.

Las mujeres que están listas para aceptar apoyo son llevadas a un refugio en Abruzos, el “Oasi Madre Clelia”. “La invitación a cambiar de vida llega sólo después de muchos encuentros en los que se forjan amistad y confianza”, dice Soccio. 

Las hermanas se comprometen a cuidar a las víctimas a lo largo de su vida diaria mientras se curan y se rehabilitan. 

“Hemos elegido ser una familia para quienes acuden a nosotros, y por eso todo es más exigente. Comencemos de nuevo con amor: este es el motor de nuestra misión”, asegura Venditti.

“Lo que me impulsa a hacer todo es la conciencia de que los seres humanos necesitan sentir la misericordia de Dios en sus vidas a través de nuestra humanidad y sensibilidad y, sobre todo, la necesidad de no ser juzgados”, reflexiona Venditti. 

De noche, Venditti ayuda a mujeres víctimas de trata; de día, ayuda a las del oasis a readaptarse. De alguna manera, aún encuentra tiempo para vender artículos hechos a mano en mercados y así financiar su trabajo.

Sor Carla Venditti 

“Hemos formado una asociación: Amigos del Oasis de Madre Clelia. Tenemos una cuenta bancaria donde recibimos donaciones. Nos encomendamos a la providencia y, con nuestro trabajo —mercados, mantelería y calendarios—, nos esforzamos por ganarnos la vida”, cuenta Venditti.

Venditti incluso ha escrito un libro, “El Narciso Rebelde” (“ Il narciso ribelle ” en italiano), para jóvenes

“Lo que da sentido a nuestra misión es saber que lo hacemos por Dios. Cada día entregamos nuestra vida sencilla para dar fuerza a quienes no la tienen”, asegura Venditti.

Desde su llamada hace 10 años, la labor de Venditti ha crecido. Las hermanas han ampliado su alcance, trabajando con diversos tipos de personas necesitadas. “Han pasado diez años y hoy acogemos a todos aquellos que quieran ser acogidos y acompañados: desde jóvenes maltratadas hasta personas trans y pobres”, afirma Venditti. 

“En la calle hemos conocido a varias personas transgénero y nos hemos hecho amigos de ellas”, añade Soccio.

Las hermanas ayudan a las personas de diversas maneras.  “A menudo me han pedido ayuda práctica, como llevarlos al hospital, a la comisaría, etc., porque no tienen a nadie más que les ayude. Les ayudamos en todo lo que podemos, pero sobre todo hemos formado una relación de amistad y confianza que nos trae alegría e inspiración cada vez que nos encontramos”, dice Soccio. 

“Me rompe el corazón” la violencia, la humillación y el sufrimiento que han experimentado las personas con las que trabajan, subraya Soccio, que comparte: “Es muy doloroso escuchar estas experiencias y darnos cuenta de cómo los seres humanos podemos llegar a ser malvados y maliciosos si no hemos experimentado la misericordia de Dios”.

A las mujeres que sufren, Venditti les dice: “Dios no abandona a sus hijos. Debemos tener la fuerza y ​​el coraje de confiar y saber que el cielo no siempre está nublado, sino que hay sol para todos. La vida es maravillosa, y debemos abrazar las nuevas posibilidades que Dios nos da”.

“Son muchas las historias que acompañan nuestra misión, pero lo que más me impacta de estas chicas es la transformación de sus rostros, de sus vidas: de la desesperación a la serenidad”, relata Venditti. 

Trabajar con las mujeres ha ayudado a fortalecer la fe de Venditti: “Mi fe se ha fortalecido desde que estoy cerca de ellas. Me ayudan a vivirla porque, después de todo, ¿cómo podemos vivir el Evangelio si no nos confrontamos con los demás, con las debilidades y fragilidades de nuestros hermanos y hermanas?”