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sábado, 19 de septiembre de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Seamos santos, pero gozando de la maravilla que entraña una vida vivida en santidad, porque como dice el proverbio “un santo triste es un triste santo” / Por P. José María Prats

* «Dios da a todo el mundo lo que necesita para mantenerse en la existencia (bienes, salud, capacidades...): a los que ya trabajan en su viña, para que puedan seguir trabajando, y a los que todavía no trabajan en ella, para que un día puedan responder a su llamada y salvarse»

Domingo XXV del tiempo ordinario – A

Isaías 55, 6-9 / Salmo 144 / Filipenses 1, 20c-24. 27a / San Mateo 20, 1-16

P. José María Prats / Camino Católico.-  En su predicación, Jesús utilizaba con mucha frecuencia el recurso de la provocación para captar la atención de sus oyentes y hacerles reflexionar buscando el sentido oculto de sus palabras. El evangelio de hoy es un buen ejemplo de ello. Mi experiencia es que mucha gente, al escucharlo, reacciona apasionadamente dando la razón a los jornaleros que, habiendo trabajado todo el día, recibieron lo mismo que los que habían trabajado solamente una hora.

¿Cuál es el mensaje escondido de esta parábola tan provocadora? La viña representa el Reino de los Cielos, en el que Dios nos invita a trabajar con el fin de que compartamos su vida y su proyecto para la creación y así seamos felices.

Los jornaleros que están sin trabajo representan aquellos que todavía no se han convertido al Señor y viven una vida puramente natural. Trabajan, pero no para el Reino de Dios, y pueden producir frutos, pero no frutos de vida eterna. Recordemos las palabras de Jesús: «sin mi no podéis hacer nada» (Jn 15,5), «el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30).

Como en la parábola, las personas se convierten y comienzan a trabajar para el Reino de Dios en distintos momentos de su vida. Hay personas que desde niños acogen y viven la fe con toda naturalidad, tal vez porque han tenido buenos ejemplos y una buena educación en su casa. Otros experimentan la llamada de Dios y la conversión cuando son adultos. Recuerdo el testimonio de una mujer a quien la experiencia de la maternidad transformó totalmente llevándola a la fe. Otros reciben esta llamada en la ancianidad, al sentir la muerte como una realidad cercana que les mueve a replantearse muchas cosas. Finalmente, otros, como el buen ladrón que fue crucificado junto al Señor, se convierten de todo corazón en el último instante de su vida.

Dice la parábola que todos, tanto los primeros como los últimos, recibieron un denario. ¿Cómo se puede entender esto? El denario era el pago que recibía un jornalero por el trabajo de un día, con el cual podía proveer a las necesidades más básicas de su familia. La parábola nos dice, pues, que Dios da a todo el mundo lo que necesita para mantenerse en la existencia (bienes, salud, capacidades...): a los que ya trabajan en su viña, para que puedan seguir trabajando, y a los que todavía no trabajan en ella, para que un día puedan responder a su llamada y salvarse.

De hecho, vemos cómo Jesús dice que están muy equivocados y por ello serán los últimos en el Reino de los Cielos, los jornaleros que exigen una paga extra por el hecho de haber trabajado todo el día en su viña. ¿Por qué? Porque la recompensa de una vida al servicio del Reino de Dios es ya ella misma. Los jornaleros de la primera hora presentan esta vida santa como algo pesado e indeseable («nosotros hemos tenido que aguantar el peso del día y el bochorno») y envidian a los que han recibido el mismo salario habiendo vivido así muy poco tiempo. Y esta actitud supone un error y un agravio a Dios, porque una vida santa, entregada a los demás, está llena de luz, paz y alegría, y es lo más grande a que podemos aspirar. Es verdad que tiene como fruto la vida eterna, pero su recompensa está ya en ella misma.

En definitiva: Jesús nos dice que los que viven la obediencia a los mandamientos de Dios y la santidad a la que nos llama como un yugo pesado e indeseable con el fin de recibir una recompensa en la vida eterna, tal vez se salvarán, pero en todo caso serán los últimos en el Reino de los Cielos. Por tanto, hermanos, seamos santos, pero gozando de la maravilla que entraña una vida vivida en santidad, porque como dice el proverbio “un santo triste es un triste santo”. 

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:


«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.

Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:


“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido».


Ellos fueron.


Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.


Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:


“Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.


Le respondieron:


“Nadie nos ha contratado”.


Él les dijo:


“Id también vosotros a mi viña».


Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:


“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.


Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:


“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.


Él replicó a uno de ellos:


“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.


Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

San Mateo 20, 1-16

El Señor da a todos con generosidad, no según nuestros cálculos o méritos, sino desde su amor y misericordia / Por P. Carlos García Malo

 


María Tell padeció la trata de personas en la guardería y de adulta: «Siempre rezaba Padrenuestros y Avemarías, clamé ante una estatua de Jesús: ‘Tienes que hacer algo’; Dios me liberó y hoy ayudo a otras personas a salir de la trata»


El camino de María Tell es uno que la lleva de la oscuridad a la luz. Esta sobreviviente de la trata ahora dedica su tiempo a apoyar a otros en sus propios caminos / Foto: Neil McDonough - Denver Catholic

* «Mi traficante me decía: 'Tienes que dejar de rezar. Cada vez que rezas, voy a la cárcel'. Y yo pensé: ¿Qué crees que nos está diciendo Dios?... No sabía que el confesionario puede ser sanador. El confesionario no es un lugar de vergüenza, es misericordia… La adoración es una experiencia inmensa. Aunque solo sean cinco minutos, nunca se desperdician… Ser católico es libertad de todas las mentiras que el enemigo quiere que creamos sobre nosotros mismos y el mundo. Tuve que renunciar a esas mentiras sobre mi identidad para convertirme en la mujer que Dios quería que fuera, porque él es el único que realmente puede decirnos quiénes somos y cómo nos ve… La mayoría de los sobrevivientes de la trata buscan una sola cosa: a Jesús… La Santísima Virgen María es poderosa contra el mal. Lucho contra el mal todos los días en la lucha contra la trata de personas, y necesito que la Virgen de los Dolores me acompañe para que me ayude» 

Camino Católico.- En medio de la furia oscura de un aguacero ante una iglesia con las puertas cerradas en Fort Collins, en el estado de Colorado en los Estados Unidos, una mujer clamó a una estatua de Jesús, suplicando ayuda. Esa mujer era María Tell, víctima de la trata de personas, aferrándose desesperadamente a la esperanza de una salida. Su angustiada oración fue respondida.

Hoy, María no solo es una sobreviviente de la trata; es la fundadora de A Courageous Rose (Una Rosa Valiente), una organización sin fines de lucro dedicada a ayudar a otros a recuperar sus vidas. Su historia es a la vez una de sufrimiento inimaginable y de profunda fe, sanación y redención.

El camino de María no es sólo un testimonio de supervivencia; es un testimonio del poder duradero de la fe y la comunidad católica para resucitar y rescatar almas de la oscuridad.

María se arrodilla en oración en la parroquia de San Juan XXIII en Fort Collins / Foto: Neil McDonough - Denver Catholic

Semillas de fe

María nació en la fe católica: católica de cuna, criada por una madre devota que le inculcó una profunda reverencia por la Eucaristía, el poder del Rosario y la confianza en la intercesión de la Santísima Virgen María. Estas semillas de fe, plantadas en la infancia, se convertirían más tarde en las raíces a las que se aferró durante años de oscuridad.

“Creo que por eso estoy aquí sentada ahora mismo. Por esas semillas que se plantaron desde el primer día”, dice María a Kristine Newkirk en Denver Catholic, el peródico de la Archidiócesis de Denver.

Pero esa misma infancia también estuvo marcada por el trauma. Con tan solo cuatro años, María fue víctima de trata de personas por una mujer que dirigía una guardería a domicilio en Fort Collins.

“Era una niña pequeña que iba a la guardería. Mi mamá me dejaba, me recogían y me iba a casa”, recuerda. “Había otros niños allí también, y para ellos era igual”.

A pesar del buen vecindario, los depredadores llegaban durante el día para abusar sexualmente de María y los demás niños. El abuso se ocultaba tras una fachada de normalidad —sin sótanos ni cadenas, dice, solo una casa suburbana donde los niños jugaban— y los depredadores iban y venían, dejando cicatrices que moldearían la comprensión que María tenía de sí misma y del mundo.

Su madre, ajena a la explotación, sacó a María de la guardería en cuanto se enteró de que algo andaba mal y denunció de inmediato el abuso físico que también ocurría. Avergonzada, María no le contó a su madre sobre el abuso sexual que sufría. Para cuando su madre reaccionó a lo que descubrió, el daño ya estaba hecho. “Eso dejó un gran vacío en mi corazón y me preparó para ser explotada más tarde cuando fuera adulta”, afirma María.

La espiral del dolor

Cuando los niños experimentan una angustia abrumadora, las conductas que la rodean pueden influir en sus respuestas futuras. María habló de la disociación común entre las víctimas, donde las personas se desconectan de sus emociones, recuerdos o incluso de su identidad.

“De pequeña, estas cosas te pasan, y eso normaliza el comportamiento”, explicó María. “Me revisaron médicamente porque mi cerebro estaba tratando de comprender lo que me había pasado”.

Cuando era adolescente, el trauma de María se manifestó en rebelión: fugas, abuso de sustancias y promiscuidad. “Era mi manera de lidiar con la vergüenza y el dolor. No entendía realmente la misericordia de Dios. Pensaba: 'Bueno, si voy a hacer estas cosas, no pertenezco aquí. No pertenezco a esta iglesia. Pertenezco a la calle'”, comparte.

Sus gritos de ayuda a menudo fueron malinterpretados y la enviaron a centros de rehabilitación en lugar de recibir el amor y la afirmación que tanto necesitaba. “Solo necesitaba que alguien se sentara conmigo y me dijera que merecía amor. La gente solo veía a una delincuente”, rememora.

En la universidad, María estaba arruinada, era vulnerable y buscaba seguridad. “Buscaba desesperadamente un hombre que me protegiera y me hiciera sentir que no iba a pasar nada malo”, explica.

Conoció a un pandillero que le prometió protección y pertenencia, describiéndole una vida como la de Bonnie y Clyde: ganando dinero y enfrentando el mundo juntos. María se sintió atraída. 

Lo que siguió fueron años de explotación, adicción y violencia. La metanfetamina se convirtió en una herramienta de control, administrada por sus abusadores para asegurar la dependencia. “Te mienten. Cuando estás en el lío, no lo ves. Te tienen en sus manos. Quieren hacerte creer que eres una drogadicta, una prostituta”, asegura María.

Al despojar a sus víctimas de su dignidad, los miembros de pandillas pueden ejercer control más fácilmente, explica, señalando que las víctimas de trata rara vez entienden que están siendo traficadas mientras esto sucede. 

"Siempre rezaba. Incluso cuando consumía metanfetamina, rezaba", dice María / Foto: Neil McDonough - Denver Catholic

Un destello de luz

Incluso en sus momentos más oscuros, María nunca abandonó la oración. “Siempre rezaba. Incluso cuando estaba con metanfetamina, rezaba. Sabía que estaba rodeada de maldad, y sabía que era mala, así que siempre rezaba Padrenuestros y Avemarías”, se sincera.

María se aferró a la fe, invocando la ayuda de San Judas Tadeo, el Auxiliador de los Desamparados, la Santísima Madre, San Miguel Arcángel y el Padre Pío. María atribuye su salvación durante este tiempo a San Miguel: “Él era ese hermano mayor que no se daba por vencido conmigo”, recuerda.

Hubo momentos de intervención divina, como aquella vez que María rezó en silencio a San Miguel pidiendo ayuda y su traficante fue arrestado minutos después. “Era San Miguel viniendo por mí. El Señor viene a sus ovejas perdidas. Nos busca”.

Con el tiempo, su traficante notó un patrón y le dijo a María que dejara de orar: "Él me decía: 'Tienes que dejar de rezar. Cada vez que rezas, voy a la cárcel'", explica. María recuerda claramente que pensó: "¿Qué crees que nos está diciendo Dios?".

Regresando a casa a la Iglesia

Tras liberarse, María encontró el camino de regreso a Fort Collins. Siempre se había sentido atraída por la Iglesia, pero ahora, completamente destrozada, asustada, con tatuajes que la distinguían, no se sentía bienvenida; al principio. Sólo más tarde reconoció que era el enemigo quien le decía que no pertenecía.

Sin embargo, María persistió y regresó a una y luego a otra iglesia católica local.

En una noche providencial, desesperada, sola y empapada por la lluvia, en un momento de pura entrega, le gritó a una estatua de Jesús afuera de las puertas cerradas de la parroquia Santa Isabel Ana Seton en Fort Collins: “¡Tienes que hacer algo!”.

Y lo hizo.

Las personas adecuadas se pusieron en el camino de María. Encontró a un sacerdote, el padre Michael Freihofer, quien la ayudó a regresar a los sacramentos, donde encontró la gracia de Dios.

“No sabía que el confesionario puede ser sanador. El confesionario no es un lugar de vergüenza. Es misericordia”, dice María.

La confesión fue una puerta de entrada a otros sacramentos y ministerios de sanación, y el primer paso crucial para romper el vínculo traumático. El padre Freihofer le dio una receta de oración y la invitó a regresar, invitación que ella aceptó con alegría.

María, madre de tres hijos, ahora dedica su tiempo a ayudar a otras mujeres y familias a encontrar su propio camino hacia la luz de Cristo / Foto: Neil McDonough - Denver Catholic

Una rosa valiente

De su experiencia surgió una misión. Más tarde, cuando la organización sin fines de lucro para la que trabajaba cerró, María recurrió a la Santísima Virgen María en busca de orientación. Juntas, bautizaron su nueva organización: Una Rosa Valiente. El nombre honra tanto a Nuestra Señora de los Dolores como a cada sobreviviente que se atreve a recuperar su vida.

Una Rosa Valiente ofrece apoyo entre pares dirigido por sobrevivientes, asistencia de emergencia, clases de boxeo y orientación espiritual. Es un ministerio arraigado en los valores católicos, pero abierto a todos.

“La mayoría de los sobrevivientes de la trata buscan una sola cosa: a Jesús”, dice María.

La organización también colabora con las fuerzas del orden y las Investigaciones de Seguridad Nacional (HSI), proporcionando un puente entre los sobrevivientes y los recursos que necesitan para sanar.

Prácticas católicas y comunidad

Para una sobreviviente, cada día puede traer nuevos desafíos, detonantes y emociones. Para María, combatir la oscuridad y el trauma que arrastra requiere atención y renovación espiritual diaria. Su vida cotidiana está inmersa en la devoción católica, donde encuentra fuerza tanto en las prácticas católicas como en la comunidad.

Asiste a misa a diario en la parroquia de San Juan XXIII en Fort Collins, una práctica que, según ella, le cambió la vida. Ha encontrado una familia en su parroquia y un lugar al que pertenece. “La gente me preguntaba mi nombre, me abrazaba, se acordaban de mí y, entonces, te conviertes en parte de una comunidad, y es algo muy sanador en sí mismo para todos nosotros”, reconoce.

Recientemente, su familia parroquial organizó un baby shower para un sobreviviente no católico en ‘A Courageous Rose’. “Todos en la iglesia se volcaron: decoraron la iglesia, le consiguieron regalos y la hicieron sentir bienvenida”, comparte María. “Eso es lo que hacemos como católicos, ¿verdad? Amamos a la gente. Celebramos la vida. Abrazamos la vida”.

La vida de oración de María es intensa. Reza tanto el Rosario tradicional como el Rosario de los Siervos, centrándose en los Siete Dolores de la Santísima Virgen María: “Ella es poderosa contra el mal”, explica María. “Lucho contra el mal todos los días en la lucha contra la trata de personas, y necesito que la Virgen de los Dolores me acompañe para que me ayude”.

María también reza la Coronilla reparadora del Santo Rostro y se confiesa al menos una vez por semana, diciendo: “aunque no creo que necesite ir, voy”.

Ella pasa tiempo en Adoración Eucarística, describiéndola como un lugar de fortaleza tranquila, de presencia, donde el alma encuentra descanso. “La adoración es una experiencia inmensa. Aunque solo sean cinco minutos, nunca se desperdician”, asegura.

María también lleva a los sobrevivientes a la Adoración, para sentarse y sentir un amor que, según ella, no se puede ver ni medir, pero que de todos modos está ahí.

Estas prácticas no son solo rituales, sino también un salvavidas. Son la forma en que María se mantiene firme, continúa sanando y ayuda a otros a hacer lo mismo.

La verdadera libertad

A las sobrevivientes de la trata, el control sobre sus cuerpos, sus decisiones e incluso su sentido de identidad les ha sido arrebatado gradual y deliberadamente.

“Cuando has sido víctima de trata, alguien ha estado tomando decisiones por ti durante tantos años. Es algo con lo que todavía lucho a diario. Hay días en que el simple hecho de decidir qué ponerme es realmente abrumador”, explica.

Pero ella habla de un tipo de libertad más profunda: no la libertad fugaz que ofrece el mundo, sino la libertad duradera que se encuentra en Cristo y tiene sus raíces en la fe. “Ser católico es libertad. Libertad de todas las mentiras que el enemigo quiere que creamos sobre nosotros mismos y el mundo”, asevera.

María enseña a los sobrevivientes que el verdadero empoderamiento se encuentra en Cristo; en esta libertad, descubren la gracia para recuperar su identidad. Ella lo sabe porque ella misma tuvo que recorrer este camino: “Tuve que renunciar a esas mentiras sobre mi identidad para convertirme en la mujer que Dios quería que fuera, porque él es el único que realmente puede decirnos quiénes somos y cómo nos ve”, transparenta.

No estoy sola

Reconocer que ya no está sola ha sido una de las revelaciones más poderosas en el camino de sanación de María. Tiene una comunidad, una familia espiritual y una misión. Cuenta con los nueve coros de ángeles, los santos, la Santísima Virgen y Jesús a su lado en la lucha contra la trata de personas.

El pasaje bíblico favorito de María es Mateo 25:40: “En verdad, en verdad, todo lo que hicieron por uno de estos hermanos más pequeños, por mí lo hicieron”. Es un versículo que guía su ministerio y su vida.

A través de ‘Una Rosa Valiente’, María Tell hace por los demás lo que una vez hicieron por ella: ofrecer esperanza, sanación y el amor de Cristo.

Ella y otros sobrevivientes de la organización sin fines de lucro regresan voluntariamente a la oscuridad para tender la mano a quienes buscan la luz. Su trabajo se basa en la experiencia vivida y un profundo compromiso con la doctrina católica, prueba de que el poder perdurable de la fe puede llegar incluso a los rincones más oscuros.

Un llamado pastoral a la acción

Esta crisis global exige una respuesta unida. En su mensaje pastoral de 2025, el Papa Francisco instó a los fieles a:

-Ser “embajadores de la esperanza”, actuando juntos para apoyar a las víctimas y los sobrevivientes.

-Tomemos fuerza en Cristo para renovar nuestro compromiso, incluso en medio de la injusticia.

-Escuche con compasión a los sobrevivientes y trabaje para prevenir la explotación futura.

-Abordar las causas profundas —la guerra, la pobreza y el cambio climático— mediante acciones globales y locales.

-Oremos y promuevan iniciativas que defiendan la dignidad humana y eliminen la trata.

Para obtener más información o apoyar a A Courageous Rose, visita pinchando aquí: A Courageous Rose.

Ainara Santín Torrecilla alejada de la fe fue a China con una beca y allí tuvo su encuentro con Dios al conocer a dos musulmanas: «Llevaba 8 años luchando contra la bulimia, hice ayuno por el Señor y fui sanada»

Ainara Santín Torrecilla es de Madrid, y, aunque había recibido la fe en su familia, su encuentro con Dios sucedió en una temporada en China en la que hizo amistad con dos chicas musulmanas / Foto: Religión en Libertad

* «Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él… La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí»

Camino Católico.- Esta historia es la de una joven de Madrid que tenía la fe en su propia casa, en su barrio y en el colegio, pero que sin embargo, tuvo que ir al fin del mundo para encontrarse con Dios. 

La conversión de Ainara Santín Torrecilla empezó con un formulario de un gobierno comunista para obtener una beca con la que estudiar en China. En un apartado, el gobierno pide declarar la religión que se profesa, ya que en el país está prohibido todo culto fuera de los lugares exclusivamente registrados para ello. Ainara en un primer momento escribió "atea". 

Era lo más honesto: llevaba años sin confesarse y solo iba a misa por el miedo al qué dirán en su familia. Le estuvo dando vueltas varios días, con la solicitud a medio enviar, hasta que borró la palabra y puso "católica", pensando en sus raíces culturales y lo que había recibido en su familia, pero no en lo que ella creía.

Lo interesante de esta historia no es que alguien redescubra la fe, sino dónde: en una ciudad de once millones de habitantes, casi el triple que Madrid, con una sola iglesia católica y gracias a la amistad de dos compañeras musulmanas. 

"Lo que más sorprende a la gente es que fuera en China. " para mí es lo menos sorprendente: yo necesitaba empezar de cero, donde nadie me dijera absolutamente nada de por dónde debo tirar", dice ella a Diego Peralta en Religión en Libertad

Y es que Dios muchas veces es capaz de ir al fin del mundo con tal de buscar a la oveja perdida.

Una fe, en España, "más cultural que real"

Ainara se crió en un ambiente católico de manual: misa los domingos, catequesis y colegio concertado. Iba, aunque participaba tímidamente. Lo resume con una frase que retrata una gran parte de la sociología española: "Me he criado rodeada de una fe que era más cultural que real. Nunca llegué a interiorizar lo que creía”.

Cuando tuvo que elegir qué iba a estudiar, no sabía qué haría, pero sí que quería salir de su casa. Acabó en Sevilla estudiando sobre Asia Oriental, sola. 

Cuando se encontraba inmersa en un ambiente ateo o prácticamente anticlerical, "no tenía una base consolidada, no tenía fuerza para contestar a los argumentos que sacaban cuando atacaban la religión", cuenta.

Cortó con la fe, definitivamente, en tercero de carrera, con un intercambio en Taiwán. Viajó con dos chicas abiertamente contrarias a la Iglesia y dejó de ir a misa, primero por pereza y después por vergüenza. 

"Allí dio la casualidad de que había una iglesia a quince minutos, pero no iba porque no quería que se enteraran o por pura pereza”, recuerda.

Mantener la imagen ante su familia practicante

Cuando volvió a España de Taiwán, comulgaba sin confesarse. Iba a misa cuando estaba su familia delante, "por mantener la imagen", como cuenta ella misma. 

Una Navidad, tomando chocolate con ellos en una cafetería, su madre le preguntó si seguía yendo a misa. Dijo que sí, aunque no era verdad. "Me sentí tan mal que el resto del curso empecé a ir otra vez, porque estaba decepcionando a mis padres. Ahora en perspectiva veo que solo hacía eso por no sentirme juzgada."

Terminó la carrera y pasó un año en Madrid sin trabajo, sin estudios y sin ganas: días enteros vacíos, sentada en el sofá. “Cuando digo que me perdí es que literalmente no tenía motivación para nada." 

Solo una: la beca del Gobierno chino, trece plazas en toda España. Se la dieron. "Yo estaba huyendo, llevaba seis años huyendo, de mi vida, de mi casa, de todo lo que había recibido en definitiva."

Una Biblia del revés y dos compañeras musulmanas

Entre el formulario y el avión pasó otra cosa que describe como providencial: metió la Biblia en la maleta. Iba justa de peso —"pesa un montón y pensaba, ¿a dónde voy yo llevando esto?"— y aun así la cargó. Al llegar la colocó en la estantería dada la vuelta, con el lomo hacia dentro, para que nadie supiera que la tenía. No la abrió hasta meses después.

Lo único que se propuso fue ir a misa los domingos. Ni confesarse, ni rezar, ni buscar comunidad: mantener el hábito por pura costumbre, ya que tenía el recuerdo agridulce de lo sola y perdida que se había sentido en Taiwán. 

Sin haberlo planeado, el hostal donde se alojó los primeros días en una ciudad de millones de habitantes ¡estaba justo al lado de la única iglesia católica de la ciudad!

Con el jet lag se despertó a las cinco de la mañana y vio que había misa a las seis – en China el culto religioso es a horas intempestivas para no colisionar con el resto del día– y se sentó en los bancos de atrás. 

Lo que encontró le desmontó algo: chinos arrodillados en el suelo, rezando con devoción, y mucha más gente de la esperada. "Aquí el catolicismo no es la norma. La gente que viene es porque se lo cree de verdad. A mí eso me sorprendía: aquí tiene que haber algo. Y más en un país profundamente ateo donde la religión se mira con lupa y con recelo"

El segundo golpe llegó en clase. Eran siete alumnos y dos eran musulmanas, una yemení y otra marroquí. Ainara, que llegó con prejuicios y con miedo a ofenderlas; se encontró con dos mujeres que rezaban sin esconderse, que llevaban velo en un país donde está mal visto y que hablaban de Dios en voz alta.

 "Yo, que había puesto la Biblia del revés nada más llegar, de repente me encontré a gente súper abierta con su religión, que compartía con naturalidad lo que vivía y que lo hacía desde el corazón y con convicción. Me pintaban una imagen de Dios en la que realmente deseaba crear, aunque no sabía todavía cómo."

Una noche de viaje, la yemení se puso a rezar en la habitación, ya que en China está prohibido rezar en espacios públicos. Ainara sintió el impulso de rezar algo, lo que fuera, y así acompañarla y hacer algo mientras tanto. Buscó cómo rezar el rosario en el móvil porque no se lo sabía. Rezaron a la vez, cada una lo suyo. "Sentí con ellas una libertad de ir encontrando lo que yo quería."

Las tres amigas se fueron de viaje por toda la costa este china. En una iglesia de Qingdao, las musulmanas le señalaron una estatua. ¿Quién es este?, preguntaron "Creo que es San José", dijo ella. Y no supo defender nada más. 

"Me supuso un gran impacto no saber responder. Se suponía que tenía una infancia y educación católicas y no sabía responder nada sobre san José, ellas conocían mejor su historia incluso".

Esa tarde abrió la Biblia en el móvil para buscar la historia. Fue la primera vez que leía algo relacionado con la fe de manera voluntaria. Este fue el primer gran cambio de Ainara: descubrir que realmente nunca se había parado a profundizar en aquello que decía crear (aunque fuese solo culturalmente).

El rosario por teléfono y debates sobre religión

A partir de ahí todo se aceleró. Una amiga del colegio, también alejada de la fe, le escribió desde España transformada después de hacer un retiro de Effetá y empezaron a rezar el rosario juntas por teléfono todos los días salvando la diferencia horaria: mediodía en España y por la noche en China. Las llamadas de quince minutos acabaron durando dos horas.

Los debates con sus amigas musulmanas subían de nivel —la venganza, la pena de muerte, la misericordia— y Ainara empezó a formarse por su cuenta para sostener lo suyo. "Sentía un fuego interior y mucha sed", defiende.

El ayuno, la promesa y el tren cancelado

Llegó la Cuaresma, cuatro días después del comienzo del Ramadán aquel año, y las conversaciones derivaron al ayuno. Escuchando cómo ayunaban ellas, sintió rechazo por lo poco que se le pedía a ella con solo dos ayunos en todo ese tiempo litúrgico (Miércoles de Ceniza y Viernes Santo).

"Sentí una llamada muy fuerte a hacer un ayuno en condiciones, y sobre todo a hacerlo por el Señor". Y aquí hay algo que ella insiste en que se diga: llevaba ocho años luchando contra la bulimia, y el ayuno había sido siempre parte del problema, no de la solución, lo que hacía este propósito un poco más complicado debido a una relación problemática con la comida a la que ella todavía no había puesto nombre.

Le pidió ayuda a su compañera de habitación que le escondiera la báscula y que no la dejara pesarse ni un solo día. Sustituyó las horas de comer por rezar, leer la Biblia y pasear. Cuenta que llegó a hacer ayunos completos durante varios días seguidos, pero que en este caso su única motivación era la mortificación y unirse más a Dios.

Ainara Santín Torrecilla en varios de los destinos que visitó durante su año en China / Foto: Religión en Libertad

Ella seguía hablando a diario con su amiga en España y con sus dos amigas musulmanas en China. En medio de un debate en el que ella defendía la confesión, oía como se decía a sí misma en su interior: “Llevas cuatro años sin confesarte, estás hablando como una hipócrita”.

Ella era consciente de que no estaba en gracia y no podía seguir comulgando sin antes hacer una buena confesión. 

No había sacerdotes occidentales en su ciudad. Rezando, se acordó de que cuando había estado en Pekín, escuchó que en algún lugar había una misa en castellano. Montó un plan de película para el siguiente fin de semana, que además coincidía que era Domingo de Ramos: cogería un tren nocturno de dieciséis horas a Pekín, la distancia que separaba su ciudad de la capital, buscaría la iglesia el sábado, se confesaría y volvería directa en otro tren de dieciséis horas para las clases del lunes.

La semana se le vino encima: le cambiaron las clases y le encargaron un montón de trabajos que no podía hacer en el tren. Agobiada, salió al balcón de la residencia, se sentó en un taburete azul y le hizo a Dios una promesa que sabía que no debía hacer: "De aquí a tres días estoy confesada". Volvió a la habitación, miró el móvil y leyó: por razones desconocidas, el tren de mañana a Pekín queda cancelado.

"Mi primera reacción fue enfadarme. '¡Acabo de prometerte que me voy a confesar y me estás quitando las posibilidades!' El cabreo me duró treinta segundos." Después vino una paz que no supo explicar. Preparó la confesión en inglés con la app de notas del móvil y el domingo se plantó una hora antes en su iglesia, vacía, a preguntar en la tienda de artículos religiosos si alguien conocía a un sacerdote angloparlante. 

"En media hora llega uno que habla inglés y viene a confesar", le dijeron. Se confesó allí, sin tren y sin dieciséis horas de viaje. Salió con el ramo bendecido y con una sensación de paz indescriptible.

¡Jesús es el Señor!

Sin embargo, quedaba un muro por derribar: creía en Dios Padre con naturalidad, pero no terminaba de ver a Jesús como Dios. Escuchando una canción de alabanza que decía «Cristo es Rey» le chirrió tanto que llamó a su amiga para despotricar. 

En mitad de la llamada, mirándose al espejo del baño de los dormitorios, tuvo una imagen mental muy nítida: un camino de arena, gente a los lados y alguien acercándose hacia ella. "Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él." Hubo dos segundos de silencio al teléfono e inmediatamente comenzó a alabar a Cristo como Hijo de Dios.

Ocho años de enfermedad, borrados de golpe

Ainara pasó la Semana Santa en la basílica de Sheshan, en Shanghái, uno de los grandes lugares de peregrinación de Extremo Oriente. 

Y al volver ocurrió lo que no había pedido: entró a una tienda a por su atracón de comida habitual y salió sin nada. 

Ya en España, después de cenar, sacó las galletas y se quedó cinco minutos mirándolas. "De repente entendí cosas como que cuando estás lleno dejas de comer, que es algo que no entendía antes". 

Ocho años de enfermedad desaparecieron en un instante. Hasta el día de hoy afirma que no ha vuelto a sentir la necesidad de repetir los comportamientos que tanto le habían hecho sufrir. "Ese es mi milagro, mi sanación." Y lo subraya: solo había pedido ayuda para llevar bien los ayunos de Cuaresma.

Contarlo en casa le daba algo de respeto. 

Sus padres, que habían sido durante muchos años coordinadores nacionales de Encuentro Matrimonial, un movimiento eclesial para matrimonios, ni siquiera sabían que había perdido la fe ni que estaba enferma. Se lo contó todo este verano de 2026. "Me dijeron que les daba pena no haber sido participes de mi vida, pero se llevaron una gran alegría". 

Hoy vive en Madrid, ha empezado dirección espiritual, ha sido monitora en un campamento, tiene una comunidad parroquial que buscó a propósito porque sabía que sola volvería a perderse, y un novio que no entraba en ningún plan. 

También reconoce que hay bajones. "El impulso inicial ya no lo tengo. Y me da rabia, porque cuando la gente me pide testimonio lo cuento y digo: ¿cómo es posible que ahora haya cambiado tanto todo, si he vivido todo esto en mi propia piel?".

"La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí", entiende hoy. Y tiene una advertencia: no hay que rendirse en los momentos de menos fe, vale la pena sostener lo básico, y aceptar de vez en cuando que el Señor te cancele el tren.