Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

jueves, 5 de septiembre de 2024

Olivier-Pierre Dionga, futbolista: «Había hecho un ídolo del fútbol, pero en la JMJ de Panamá puse a Dios en el centro de mi vida, y dije: 'Aquí estoy Señor, te encomiendo mi vida, ¡te toca a Ti!'»


Olivier-Pierre Dionga ha cumplido su sueño de ser futbolista profesional pero ha optado por dejarse guiar por Dios / Foto: Instagram/@op.dionga

* «Lo que más me impactó fue una catequesis dada por un obispo francés. Él comentó durante veinte minutos el 'aquí estoy' de la Virgen en la Anunciación. Cada una de sus palabras me habló directamente: el estar disponible para el Señor y escucharlo, confiar en Él para todo, dejar que nos guíe, en lugar de querer controlarlo todo»

Camino Católico.- Olivier-Pierre Dionga deseaba ardientemente ser futbolista e hizo todo lo posible para conseguirlo, dejando a Dios y su fe de lado. Sin embargo, su hermana lo invitó a la JMJ de Panamá, lo que podía poner en peligro su carrera deportiva, pero por un impulso del Espíritu Santo decidió ir: “Había hecho un ídolo del fútbol, al que lo había sacrificado todo, una religión con sus ritos, su culto al rendimiento y al dinero. En la JMJ de Panamá decidí volver a poner a Dios en el centro de mi vida, y dije: 'Aquí estoy Señor, te encomiendo mi vida, ¡te toca a Ti!'”, afirma el jugador francés Olivier-Pierre Dionga a La Vie, contando su testimonio en primera persona. Esta es su historia:


Olivier-Pierre Dionga tuvo su encuentro con Cristo en la JMJ de Panamá / Foto: Instagram/@op.dionga

 «Cuanto más me abandonaba al Señor, más me acompañaba»

Pateé mi primera pelota a los 6 años, en los bajos de mi casa, en el edificio en Limeil-Brévannes (Val-de-Marne). En los barrios el fútbol es el deporte popular por excelencia. Pasábamos las tardes jugando hasta el anochecer. Estar con mis amigos me producía una intensa alegría. 

Comía, dormía, vivía en el fútbol. Mi madre todavía recuerda cuando le dije un día: 'Te quiero, pero prefiero el fútbol'. Como la mayoría de los jóvenes de los suburbios, me propuse ser futbolista profesional. Soñaba con tener una carrera como Zidane, Ronaldinho o Messi.

Con nueve años, empecé a formar parte del club de fútbol Créteil. Aunque hubiera sido bueno, mis padres se habrían negado a dejarme firmar un contrato profesional a los los 16 o 17 años, como sí hicieron algunos de mis amigos. Mis padres solo querían que estudiara.

En retrospectiva, comprendo mejor su posición. Mis padres habían hecho mil sacrificios al dejar la República del Congo y establecerse en Francia. Habían trabajado muy duro para ofrecer a sus hijos lo que ellos no tenían: la oportunidad de estudiar y, por tanto, de encontrar un buen trabajo, adquirir cierta estabilidad y triunfar socialmente. Esperaban algún tipo de retorno de la inversión y, como buen chico, yo obedecí. Pero, cuando me diplomé, con 23 años, aproveché la oportunidad que se me presentó y fiché por el US Ivry, un club de la Nacional 3.

Negocié un trabajo a tiempo parcial e incluso dejé de ir a la Iglesia. Siempre había estado involucrado en la Iglesia. Tuve la gracia de nacer en una familia católica practicante; mi madre tiene una fe fuerte y viva. Un cristiano es cristiano si está en peligro, especialmente en los suburbios obreros como el mío, donde el Islam está muy activo. Aquí, si no estás cerca de Jesús, te conviertes al Islam rápidamente.

Yo era uno de los únicos católicos del vecindario, el único en un grupo de amigos en el que eran todos musulmanes practicantes. Mi religión era tema de conversación, me preguntaban que cómo se puede creer que un hombre que puede ser Dios, que Dios pueda tener un Hijo... Sus preguntas me inquietaban, pero también me empujaron a aprender más sobre mi propia fe, para comprenderla y explicarla mejor. Quería 'dar razón de la esperanza que hay en nosotros', como aconseja San Pedro comenta el futbolista.

En la secundaria, poco a poco descubrí el tesoro de la fe cristiana. Nada me salió como quería en el fútbol, pero tuve perseverancia, seriedad y rigor, mientras permanecía en el banquillo de los suplentes. En mi oración vespertina, como Job, clamé a Dios: ¿Por qué mis esfuerzos no son recompensados? Pero, en el fondo, no estaba rezando para que se hiciera la voluntad de Dios. Sólo me importaban mis proyectos.

Un sábado, durante un partido, mi entrenador me pidió que calentara en el minuto 90. ¡Era una buena señal! Cuando me sacó al campo, el árbitro pitó el final del partido. Estaba devastado, desesperado.


 Olivier-Pierre Dionga asegura que "cuanto más me abandonaba al Señor, más me acompañaba, incluso en el campo" / Foto: Instagram/@op.dionga

Cuando estaba en lo más bajo de lo más bajo, Dios vino a mí y me llamó. Primero fue mi hermana la que tuvo la divertida idea de invitarme a la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Panamá. No le vi ningún sentido a ir, si iba, corría el riesgo de perder mi puesto en el equipo. 

Poco después, durante una alabanza, escuché el himno oficial de la JMJ: 'Hágase en mí según tu palabra'. Este estribillo, tomado del Evangelio, me conmovió como nunca antes. Me sentí movido por el Espíritu Santo a decir que sí. Todas las puertas, hasta las más cerradas, se abrieron para poder ir a Panamá. Durante la JMJ tuve una fuerte experiencia espiritual, diría incluso una conversión.

Me impresionó encontrarme entre 700.000 cristianos jóvenes, alegres y entusiastas de todo el mundo. Lo que más me impactó fue una catequesis dada por un obispo francés. Él comentó durante veinte minutos el 'aquí estoy' de la Virgen en la Anunciación. Cada una de sus palabras me habló directamente: el estar disponible para el Señor y escucharlo, confiar en Él para todo, dejar que nos guíe, en lugar de querer controlarlo todo.

Me di cuenta de que había hecho un ídolo del fútbol, al que lo había sacrificado todo, una religión con sus ritos, su culto al rendimiento y al dinero. En Panamá decidí volver a poner a Dios en el centro de mi vida, y dije: 'Aquí estoy Señor, te encomiendo mi vida, ¡te toca a Ti!'. Al regresar a Francia, mi entrenador me echó del primer equipo. Ver seis meses de intenso entrenamiento esfumarse así fue desgarrador, pero me mantuve firme en la fe.

Una semana después, despidieron a mi entrenador y su sustituto me reincorporó al equipo y hasta comencé a jugar. Al año siguiente, volví a ser catequista responsable de unos sesenta estudiantes de secundaria. Como era año fraternal en Lourdes, iba a tener que reducir el tiempo dedicado al fútbol. Sabía que el que confía en el Señor, y le da el primer lugar, todo lo puede. Era la vigilia de adoración, que reuniría a más de 300 jóvenes, y, al día siguiente, tenía entrenamiento para el partido. Le dije a mi entrenador que no podría ir. Su reacción todavía me conmueve: 'Cuida tu fe, confío en ti'.

El fútbol es una buena escuela para aprender la unidad en la diversidad, la fraternidad, la solidaridad, la preocupación por los demás... Ganamos juntos, perdemos juntos. Desde el portero hasta el atacante, todos tienen un papel que desempeñar en esta sinfonía. Lo mismo ocurre en la Iglesia, donde todos son miembros del cuerpo de Cristo.

Cuanto más me abandonaba al Señor, más me acompañaba, incluso en el campo. Ese año terminé entre los cinco mejores goleadores de Île-de-France. Pude unirme a otro club, el US Créteil-Lusitanos, con un sueldo mayor. Incluso tuve la oportunidad de jugar unos minutos en la tercera división nacional, algo que antes hubiera sido imposible.  

Olivier Giroud, el máximo goleador de la selección de Francia, es para mí un modelo de futbolista cristiano. Criticado, abucheado, perseguido, nunca dijo una palabra más fuerte que la otra ni alimentó la controversia. Se mantuvo sencillo, a pesar de la presión, los medios y los millones. Lleva su cruz, humildemente. Permanece arraigado en Cristo, cuya gracia experimenta en la victoria y, especialmente, en las dificultades.

Olivier-Pierre Dionga

Homilía del P. Heliodoro Mira y lecturas de la Misa de hoy, jueves de la 22ª semana de Tiempo Ordinario, 5-9-2024

5 de septiembre de 2024.- (Camino Católico) Homilía del P. Heliodoro Mira lecturas de la Santa Misa de hoy, jueves de la 22ª semana de Tiempo Ordinario, emitida por 13 TV desde la Basílica de la Concepción de Madrid.

Santa Misa de hoy, jueves de la 22ª semana de Tiempo Ordinario, 5-9-2024

5 de septiembre de 2024.- (Camino Católico) Celebración de la Santa Misa de hoy, jueves de la 22ª semana de Tiempo Ordinario, presidida por el P. Heliodoro Mira, emitida por 13 TV desde la Basílica de la Concepción de Madrid.

Palabra de Vida 5/9/2024: «Dejándolo todo, lo siguieron» / Por P. Jesús Higueras


Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 5 de septiembre de 2024, jueves de la 22ª semana de Tiempo Ordinario, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.

Evangelio: San Lucas 5, 1-11:

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores habían desembarcado, estaban lavando las redes.

Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».

Respondió Simón y dijo:

«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:

«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».

Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón:

«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Adoración Eucarística con el P. José Aurelio Martín en la Basílica de la Concepción de Madrid, 5-9-2024

5 de septiembre de 2024.- (Camino Católico) Adoración al Santísimo Sacramento con el P. José Aurelio Martín, emitida por 13 TV desde la Basílica de la Concepción de Madrid.

El Espíritu Santo se sirve de cada sacerdote para derramar la misericordia y el amor de Dios / Por P. Carlos García Malo

 




miércoles, 4 de septiembre de 2024

Papa Francisco a consagrados y catequistas en Indonesia, 4-9-2024: «Anunciar el Evangelio no significa imponer la fe a la de los demás, sino dar y compartir la alegría del encuentro con Cristo»


* «Los invito a mantenerse siempre así: abiertos y amigos de todos —’tomados de la mano’-, profetas de comunión en un mundo donde, sin embargo, parecería que crece cada vez más la tendencia a dividirse, imponerse y provocarse mutuamente. Y sobre este punto, quiero decirles algo: ¿saben quién es el ser más divisor del mundo? El gran divisor, el que siempre divide, pero es Jesús quien une. El diablo es el que divide, así que ¡cuidado!»

    

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la alocución del Papa 

* «La compasión no consiste en dar limosna a hermanos y hermanas necesitados mirándolos de arriba hacia abajo, desde la ‘torre’ de las propias seguridades y privilegios, sino al contrario, en hacernos cercanos unos a otros, despojándonos de todo lo que puede impedir inclinarnos para entrar realmente en contacto con quien está caído, y así levantarlo y .. y devolverle la esperanza. Y no sólo eso, significa además abrazar sus sueños y sus deseos de redención y de justicia, ocuparnos de ellos, ser sus promotores y cooperadores, involucrando también a los demás, extendiendo la “red” y las fronteras en un gran dinamismo comunicativo de caridad. Esto no significa ser comunista, sino que significa caridad, significa amor»


4 de septiembre de 2024.- (Camino Católico)  El Papa Francisco en su encuentro con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y catequistas en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción en Yakarta, Indonesia, ha reflexionó sobre el lema del viaje a ese país: Fe, Fraternidad y Compasión. “Anunciar el Evangelio no significa imponer o contraponer la propia fe a la de los demás, sino dar y compartir la alegría del encuentro con Cristo, siempre con gran respeto y afecto fraterno por cada persona” ha dicho el Pontífice.

La compasión, señala Francisco, está muy vinculada con la fraternidad. La compasión, no es solamente dar limosna a hermanos y hermanas necesitados "mirándolos de arriba hacia abajo, desde la “torre” de las propias seguridades y privilegios, sino al contrario, en hacernos cercanos unos a otros, despojándonos de todo lo que puede impedir inclinarnos para entrar realmente en contacto con quien está caído, y así levantarlo y devolverle la esperanza.  

El Papa Francisco, antes de iniciar su alocución, ha improvisado para cerrar la intervención de una de las personas que han hablado ante él y asegura que “la Iglesia la llevan adelante los catequistas, son aquellos que avanzan. Luego, están las hermanas, después del catequista. Después los sacerdotes y obispos. Pero los catequistas son la fuerza de la Iglesia”. Asimismo, como en ocasiones pasadas, el Papa Francisco aseguró que “la fe se transmite en casa, en dialecto y las catequistas y la madres y abuelas llevan adelante esta fe”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la alocución del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:



Viaje apostólico a Indonesia

Encuentro con obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas, seminaristas y catequistas en la catedral de Nuestra Señora de la Asunción (Yakarta)

DISCURSO DEL SANTO PADRE

4 de septiembre de 2024

El Santo Padre toma la palabra tras escuchar algunos testimonios. Y pide a la catequista que acaba de terminar que permanezca un momento a su lado:

Contigo aquí frente a mí, me gustaría decirte algo.

La Iglesia -hay que pensarlo así- la Iglesia la llevan adelante los catequistas, son aquellos que avanzan. Luego, están las hermanas religiosas, después del catequista. Después los sacerdotes y obispos. Pero los catequistas son la fuerza de la Iglesia.

Una vez, en uno de sus viajes a África, un presidente de la República me dijo que había sido bautizado por su padre catequista. La fe se transmite en casa. La fe se transmite en dialecto. Y los catequistas, junto con las madres y las abuelas, llevan adelante esta fe. Doy muchas gracias a todos los catequistas: ¡son buenos, son muy buenos! ¡Gracias!


Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes.

Aquí hay cardenales, obispos, sacerdotes, religiosas, laicos y niños, pero todos somos hermanos y hermanas. Los títulos del Papa, el cardenal y el obispo no son tan importantes, todos somos hermanos y hermanas. Cada uno tiene su propia tarea para hacer crecer al pueblo de Dios.

Saludo al cardenal, a los obispos, a los sacerdotes y diáconos, a las consagradas y consagrados, a los seminaristas y a los catequistas presentes. Agradezco al Presidente de la Conferencia Episcopal sus palabras, así como también a los hermanos y hermanas que han compartido sus testimonios con nosotros.

Como ya se ha mencionado, el lema elegido para esta Visita apostólica es “Fe, fraternidad, compasión”. Pienso que son tres virtudes que expresan bien tanto vuestro camino de Iglesia como vuestro carácter en cuanto pueblo, étnica y culturalmente bien diversificado, pero al mismo tiempo caracterizado por una innata tendencia hacia la unidad y la convivencia pacífica, como testimonian los principios tradicionales de la Pancasila. Por eso, quisiera reflexionar con ustedes sobre estas tres palabras.

La primera es fe. Indonesia es un país grande, con abundantes recursos naturales, sobre todo en flora, fauna, recursos energéticos y materia prima, entre otros. Si se considera superficialmente, una gran riqueza como esta podría convertirse en motivo de orgullo o arrogancia, pero, si la vemos con una mente y un corazón abiertos, esta riqueza puede en cambio recordarnos a Dios, su presencia en el cosmos y en nuestra vida, como nos enseña la Sagrada Escritura (cf. Gn 1; Si 42,15-43,33). Es el Señor, en efecto, quien nos da todo esto. No hay un centímetro del maravilloso territorio indonesio, ni un instante de la vida de cada uno de sus millones de habitantes que no sea don suyo, signo de su amor gratuito y providente de Padre. Y mirar todo esto con humildes ojos de hijos nos ayuda a creer, a reconocernos pequeños y amados (cf. Sal 8), y a cultivar sentimientos de gratitud y responsabilidad.

Agnes nos ha hablado de esto, a propósito de nuestra relación con la creación y con los hermanos, especialmente los más necesitados, a vivir con un estilo personal y comunitario caracterizado por el respeto, el civismo y la humanidad; con sobriedad y caridad franciscana.


Después de la fe, la segunda palabra del lema es fraternidad. Una poetisa del siglo pasado usó una expresión muy hermosa para describir esta actitud; escribió que ser hermanos quiere decir amarse reconociéndose «diferentes cual dos gotas de agua». Y es justo así. No hay dos gotas de agua iguales, ni hay dos hermanos, ni siquiera gemelos, completamente idénticos. Vivir la fraternidad, entonces, significa acogerse mutuamente reconociéndose iguales en la diversidad.

También esto es un valor estimado en la tradición de la Iglesia indonesia, y se manifiesta en la apertura con la que esta se relaciona con las diferentes realidades que la componen y la rodean, tanto en el ámbito cultural, étnico, social y religioso, como valorando el aporte de todos y ofreciendo generosamente el suyo en cada contexto. Este aspecto es importante, porque anunciar el Evangelio no significa imponer o contraponer la propia fe a la de los demás, sino dar y compartir la alegría del encuentro con Cristo (cf. 1 P 3,15-17), siempre con gran respeto y afecto fraterno por cada persona. Y en esto los invito a mantenerse siempre así: abiertos y amigos de todos —“tomados de la mano”, como dijo don Maxi— profetas de comunión en un mundo donde, sin embargo, parecería que crece cada vez más la tendencia a dividirse, imponerse y provocarse mutuamente (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 67).

Y sobre este punto, quiero decirles algo: ¿saben quién es el ser más divisor del mundo? El gran divisor, el que siempre divide, pero es Jesús quien une. El diablo es el que divide, así que ¡cuidado!

Es importante que intentemos llegar a todos, como nos recordó sor Rina, con el deseo de poder traducir en Bahasa Indonesia, no sólo los textos de la Palabra de Dios, sino también las enseñanzas de la Iglesia, para que lleguen al mayor número de personas posible. Y lo señaló también Nicholas, describiendo la misión del catequista con la imagen de un “puente” que une. Esto me llamó la atención, y me hizo pensar en el maravilloso espectáculo que sería, en el gran archipiélago indonesio, la presencia de miles de “puentes del corazón” que unen a todas las islas, y aún más, en millones de esos “puentes” que unen a todas las personas que las habitan. Hay otra hermosa imagen de la fraternidad: un bordado inmenso de hilos de amor que atraviesan el mar, superan las barreras y abrazan todo tipo de diversidad, haciendo de todos «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). ¡Es el lenguaje del corazón, no lo olviden!

Y llegamos a la tercera palabra: compasión, que está muy vinculada con la fraternidad. Como sabemos, en efecto, la compasión no consiste en dar limosna a hermanos y hermanas necesitados mirándolos de arriba hacia abajo, desde la “torre” de las propias seguridades y privilegios, sino al contrario, en hacernos cercanos unos a otros, despojándonos de todo lo que puede impedir inclinarnos para entrar realmente en contacto con quien está caído, y así levantarlo y .. y devolverle la esperanza (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 70). Y no sólo eso, significa además abrazar sus sueños y sus deseos de redención y de justicia, ocuparnos de ellos, ser sus promotores y cooperadores, involucrando también a los demás, extendiendo la “red” y las fronteras en un gran dinamismo comunicativo de caridad (cf. ibíd., 203). Esto no significa ser comunista, sino que significa caridad, significa amor.

Hay quienes le temen a la compasión, porque la consideran una debilidad. En cambio, exaltan, como si fuera una virtud, la astucia de los que sirven a sus propios intereses, manteniéndose distantes de los demás, sin dejarse “tocar” por nada ni por nadie, creyendo que así son más lúcidos y libres para lograr sus objetivos.


Recuerdo con tristeza a una persona muy rica de Buenos Aires, que siempre tenía el hábito de acumular, y acumular, cada vez más dinero. Murió dejando una gran herencia. La gente bromeaba diciendo: "Pobre hombre, ¡no le pudieron cerrar el ataúd!". Quería llevarse todo, pero no se llevó nada. Puede hacernos reír, pero no olviden que ¡el diablo entra por los bolsillos, siempre! Aferrarse a las riquezas como seguridad es una manera incorrecta de ver la realidad. Lo que mueve al mundo no son los cálculos del interés propio, que generalmente terminan destruyendo la creación y dividiendo a las comunidades, sino la caridad ofrecida a los demás. Esto es lo que nos hace avanzar: la caridad que se da a sí misma. La compasión no nubla la verdadera visión de la vida. Al contrario, nos hace ver mejor las cosas, a la luz del amor, y verlas con más claridad con los ojos del corazón. Me gustaría repetirlo: por favor, ¡cuidado, y no olviden que el diablo entra por los bolsillos!

A este respecto, me parece que el portal de esta catedral, en su arquitectura, resume muy bien lo que hemos dicho, en clave mariana. Este, en efecto, está sostenido, en el centro del arco ojival, por una columna sobre la que está colocada una estatua de la Virgen María. Nos muestra así a la Madre de Dios ante todo como modelo de fe, mientras simbólicamente sostiene, con su pequeño “sí” (cf. Lc 1,38), todo el edificio de la Iglesia. Su cuerpo frágil, apoyado en la columna, en la roca que es Cristo, parece llevar con Él sobre sí el peso de toda la construcción, como diciendo que esta obra, fruto del trabajo y del ingenio del hombre, no puede sostenerse sola. María aparece luego como imagen de fraternidad, en el gesto de acoger, en medio del pórtico principal, a todos los que quieren entrar. Y, por último, María es también icono de compasión, en su velar y proteger al pueblo de Dios que, con las alegrías y los dolores, las fatigas y las esperanzas, se congrega en la casa del Padre.

Queridos hermanos y hermanas, me gustaría concluir esta reflexión retomando lo que san Juan Pablo II manifestó al visitar este lugar hace algunas décadas, dirigiéndose precisamente a los sacerdotes y religiosos. Citaba el versículo del salmo: «Laetentur insulae multae» – «Regocíjense las islas incontables» (Sal 96,1) e invitaba a sus oyentes a hacerlo «testimoniando la alegría de la Resurrección y dando la [...] vida, de modo que también las islas más lejanas puedan “regocijarse” escuchando el Evangelio, del que vosotros sois predicadores, maestros y testigos» (Encuentro con los obispos, el clero y los religiosos de Indonesia, Yakarta, 10 de octubre de 1989).

Yo también renuevo esta exhortación, y los animo a seguir su misión fortalecidos en la fe, abiertos a todos en la fraternidad y cercanos a cada uno en la compasión. Fuertes en la fe, abiertos para acoger a todos. ¡Qué hermosa es aquella parábola del Evangelio en la que los invitados a la boda no querían acudir! ¿Qué hizo el Señor? ¿Se amargó? No, envió a sus servidores y les dijo que fueran a los cruces de los caminos para invitar a todos. Con ese mismo estilo tan hermoso, sigan adelante con fraternidad, con compasión y con unidad. Pienso en las muchas islas de aquí, tantas islas, y el Señor les dice a ustedes, buenas personas, “a todos, a todos”. De hecho, el Señor dice “¡buenos y malos!”, ¡a todos!

Renuevo esta exhortación y los animo a continuar su misión: fuertes en la fe, abiertos a todos en la fraternidad y cercanos a los demás en la compasión. Fe, fraternidad y compasión. Les dejo estas tres palabras, y ustedes podrán reflexionar más tarde sobre ellas. Fe, fraternidad y compasión. Los bendigo y les agradezco por tantas cosas buenas que hacen cada día en todas estas hermosas islas. Rezaré por ustedes y les pido, por favor, que recen por mí. Tengan cuidado con una cosa: ¡recen por, no en contra! ¡Gracias!

Francisco

Fotos: Vatican Media, 4-9-2024


Gianluca Brusatore fue a Medjugorje alejado de la Iglesia y ahora es cura: «Experimente el amor de  Dios y vi cómo está vivo y presente y obra a través de los sacramentos»


Gianluca Brusatore creía en Dios a su manera, pero llevaba años lejos de la iglesia cuando un viaje a Medjugorje en 2014 le transformó por completo y ahora es sacerdote

* «Cuando regresé al trabajo ya no era la persona que era antes. Sentí en mi corazón la invitación del Señor a confiar en él y cambiar mi vida. Sentí claramente que el Señor, con infinito respeto por mi libertad, me pedía algo más. Después de unos meses renuncié y comencé un proceso de discernimiento para confiar a la Iglesia lo que sentía era una vocación al sacerdocio. Al final de este camino, a la edad de 37 años, comencé el seminario en Novara, donde nací»

Camino Católico.-  Gianluca Brusatore creía en Dios a su manera, pero llevaba años lejos de la iglesia cuando un viaje a Medjugorje en 2014 le transformó por completo. «Antes de verano de 2014, si me hubieran dicho que sería sacerdote, creo que me habría reído», ha comentado ahora que presenta su libro testimonio Sacerdote por milagro (en italiano, en Editorial San Paolo). Su historia la sintetiza Pablo J. Ginés en Cari Filii

Aquel viaje a Medjugorje cambió su alma y su vida: con 37 años entró en el seminario, y con 44 era ordenado sacerdote en la diócesis italiana de Novara, en 2022. Hoy es párroco ayudante en Gozzano, y en su libro cuenta su testimonio, además de dar algunos consejos espirituales para personas que van descubriendo la fe con sorpresa, como le pasó a él.

«Antes de empezar el seminario viví y trabajé en Milán. Después de graduarme en Relaciones Públicas trabajé durante un año en una agencia de comunicación y ocho años en el Instituto Europeo de Diseño, ocupándome principalmente de orientar a estudiantes que elegían sus carreras. Yo era un joven muy normal. Tuve un romance importante con una novia y luego varias relaciones más«, explica.

«Yo no era un modelo de vida cristiana típica«, dice, eufemísticamente. No le faltaba la fe, pero recuerda que era «una fe a mi manera». «Durante varios años me alejé de la Iglesia«, explica.

Sin embargo, a Gianluca le encantaba viajar, incluso solo. «Me gustaba la sensación de libertad al visitar lugares lejanos y conocer gente que no habría conocido si no hubiera ido solo», recuerda. «Pero ir a Medjugorje fue una decisión particular: recuerdo que mi madre me habló de eso, no sabía casi nada sobre ese lugar donde aparentemente no hay nada particularmente hermoso que ver. Y en cambio, durante ese viaje encontré al Señor», dice hoy en Famiglia Cristiana. ordenación sacerdotal en Novara en 2022


Gianluca Brussatore en su ordenación sacerdotal en Novara en 2022

Explica así lo que vivió en Medjugorje. «Fue una experiencia de amor como nunca antes había experimentado y comprendí con clara certeza que ese era el amor de Dios, que ese amor era Dios y lo reconocí presente de manera particular en los sacramentos. No había perdido la fe, había perdido la Iglesia y sólo en ese momento vi claramente cómo el Señor está vivo y presente y obra de manera especial precisamente a través de los sacramentos de la Iglesia«.

Lo describe como «la experiencia más increíble de mi vida, el encuentro con el Señor y con un amor nunca antes experimentado. Cuento los misteriosos acontecimientos que viví, las profundas consecuencias que esta experiencia tuvo en mí».

Después pasaron más cosas, dice: «Señales, episodios misteriosos y una presencia clara en mi corazón que me pedía confiar y cambiar mi vida».

¿Volver al mundo «como antes»? Ya no podía

«Cuando regresé al trabajo ya no era la persona que era antes. Sentí en mi corazón la invitación del Señor a confiar en él y cambiar mi vida», recuerda.

Pronto entendió que lo que Dios le pedía no era solo su amor y amistad, sino una entrega especial, algo más.

«Mucha gente, empezando por mi madre, me dijo que muy bien podía continuar con mi trabajo y mi vida, con una nueva perspectiva, sin necesidad de un cambio tan radical. Por supuesto que podría haberlo hecho y hubiera sido lindo, tal vez incluso más fácil, pero no era lo que sentía en mi corazón. En cambio, sentí claramente que el Señor, con infinito respeto por mi libertad, me pedía algo más. Después de unos meses renuncié y comencé un proceso de discernimiento para confiar a la Iglesia lo que sentía era una vocación al sacerdocio. Al final de este camino, a la edad de 37 años, comencé el seminario en Novara, donde nací».

Entrar en el seminario con 37 años, rodeado de veinteañeros, es una situación peculiar, aunque cada vez es más común. «No fue fácil volver a estudiar después de tantos años, pero una fuerza misteriosa pero real me acompañó, me guió en mi camino y me ayudó a superar dificultades que nunca hubiera podido afrontar por mi cuenta», asegura.


Gianluca Brussatore encontró su vocación sacerdotal después de viajar a Mejugorje

Con María, servir a los jóvenes

En su libro quiere compartir el tesoro de la fe y de la vocación y la Iglesia, «porque me siento como alguien que ha encontrado un tesoro preciado y quiere compartirlo con la mayor cantidad de personas posible».

Entre los temas espirituales que han llamado su atención destaca «las dificultades de la oración, del perdón, de perdonar a otros y a uno mismo». El libro incluye experiencias recientes, acompañando a jóvenes a la JMJ de Lisboa en 2023, y a campamentos juveniles.


Gianluca saluda al obispo de Novara en su ordenación en 2022… sin Medjugorje no habría llegado

Su fuerte espiritualidad mariana y su devoción por la pastoral juvenil (ya en su anterior vida era orientador de jóvenes) encuentran expresión en una oración mariana que él reza,  que escribió Ernesto Olivero, un padre de familia italiano que en 1964, con su mujer y unos jóvenes, fundó el Sermig (Servizio Missionario Giovani) para animar a la juventud a la generosidad social y evangelizadora.

«María: es en los jóvenes que comienza el futuro. Los jóvenes pueden tomar lo bueno del pasado y hacerlo presente.
En los jóvenes se siembra santidad, ingenio y coraje.
María, Madre de los jóvenes, cúbrelos con tu manto, defiéndelos, protégelos del mal, encomiéndalos a tu Hijo Jesús y luego envíalos a dar esperanza al mundo».

Esa es la oración con la que él presenta a tantos jóvenes a la Virgen María que tocó su corazón en el santuario de Bosnia.