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jueves, 1 de enero de 2026

Papa León XIV en el Ángelus, 1-1-2026: «Oremos por la paz entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria y por las familias heridas por la violencia y el dolor, confiados a la intercesión de María, Madre de Dios»

* «Dios, creador bueno, conoce desde siempre el corazón de María y el nuestro. Haciéndose hombre, Él nos da a conocer el suyo; por eso el corazón de Jesús late por todo hombre y toda mujer. Por el que está dispuesto a acogerlo, como los pastores, y por el que no lo quiere, como Herodes. Su corazón no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita por los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que cambien de vida y encuentren paz» 

   

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «Desde el 1 de enero de 1968, por voluntad del Papa san Pablo VI, se celebra hoy la Jornada Mundial de la Paz. En mi Mensaje, he querido retomar el saludo que el Señor me sugirió al llamarme a este servicio: ‘¡La paz esté con todos ustedes!’. Una paz desarmada y desarmante, que proviene de Dios, don de su amor incondicional, que ha sido confiado a nuestra responsabilidad» 

1 de enero de 2026.- (Camino Católico)  "Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Año Nuevo!". Con este saludo cercano y luminoso, el Santo Padre León XIV ha iniciado su alocución previa a la oración mariana del Ángelus este jueves 1 de enero de 2026, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y 59ª Jornada Mundial de la Paz. Antes, a las diez, el Pontífice ha celebrado la Santa Misa.

Ante el entusiasmo vibrante de unos 40.000 miles de fieles y peregrinos provenientes de los cinco continentes, reunidos en una soleada Plaza de San Pedro tras la santa misa en la Basílica vaticana, el Pontífice ha subrayado que el inicio del año no puede reducirse a una simple sucesión de fechas y compromisos. "Mientras el ritmo de los meses se repite —afirma—, el Señor nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los pueblos". Sin ese anhelo de bien, advirtió, "no tendría sentido girar las páginas del calendario ni llenar nuestras agendas".

Al concluir, en el marco de la Jornada Mundial de la Paz, León XIV ha exhortado a elevar una oración unánime. "Oremos todos juntos por la paz —pide—, sobre todo entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor". En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente: 

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

LVIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro

Jueves, 1 de enero de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz año nuevo!

Mientras el ritmo de los meses se repite, el Señor nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los pueblos. Sin este deseo de bien, no tendría sentido girar las páginas del calendario y llenar nuestras agendas.

El Jubileo, que está por concluir, nos ha enseñado cómo cultivar la esperanza de un mundo nuevo: convirtiendo el corazón a Dios, para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en obras buenas. De hecho, es con este estilo que Dios mismo habita la historia y la rescata del olvido, dando al mundo al Redentor: Jesús. Él es el Hijo Unigénito que se hace nuestro hermano e ilumina las conciencias de buena voluntad, para que podamos construir el futuro como casa acogedora para todo hombre y toda mujer que nace.

En este sentido, la fiesta de Navidad lleva hoy nuestra mirada a María, que fue la primera en sentir palpitar el corazón de Cristo. En el silencio de su seno virginal, el Verbo de la vida se anuncia como latido de gracia.

Dios, creador bueno, conoce desde siempre el corazón de María y el nuestro. Haciéndose hombre, Él nos da a conocer el suyo; por eso el corazón de Jesús late por todo hombre y toda mujer. Por el que está dispuesto a acogerlo, como los pastores, y por el que no lo quiere, como Herodes. Su corazón no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita por los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que cambien de vida y encuentren paz.

El Salvador viene al mundo naciendo de una mujer; detengámonos a adorar este acontecimiento, que resplandece en María Santísima y se refleja en cada recién nacido, revelando la imagen divina impresa en nuestro cuerpo.

En esta Jornada oremos todos juntos por la paz; sobre todo entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor. Con la certeza de que Cristo, nuestra esperanza, es el sol de justicia que nunca declina, supliquemos confiados la intercesión de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

Oración del Ángelus:  

Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…


Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…


Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…


Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.


Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.


Amen.


Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…


Benedictio Apostolica seu Papalis


Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.


Amen.


Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:

Saludo con afecto a todos ustedes, reunidos en la Plaza de San Pedro en este primer día del año. ¡Mis mejores deseos de paz y de todo bien! Correspondo con viva gratitud los buenos deseos del Presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella.

Desde el 1 de enero de 1968, por voluntad del Papa san Pablo VI, se celebra hoy la Jornada Mundial de la Paz. En mi Mensaje, he querido retomar el saludo que el Señor me sugirió al llamarme a este servicio: «¡La paz esté con todos ustedes!». Una paz desarmada y desarmante, que proviene de Dios, don de su amor incondicional, que ha sido confiado a nuestra responsabilidad.

Queridos amigos, con la gracia de Cristo, comencemos desde hoy a construir un año de paz, desarmando nuestros corazones y absteniéndonos de toda violencia.

Expreso mi aprecio por las innumerables iniciativas promovidas con ocasión de esta Jornada en todo el mundo. En particular, recuerdo la Marcha nacional que se tuvo lugar anoche en Catania y saludo a los participantes en la que organiza hoy la Comunidad de Sant’Egidio.

Saludo también al grupo de estudiantes y docentes de Richland, Nueva Jersey, y a todos los romanos y peregrinos presentes.

Al comienzo de este año, en el que se conmemora el octavo centenario de la muerte de san Francisco, quisiera hacer llegar a cada persona su bendición, tomada de la Sagrada Escritura: «El Señor te bendiga y te guarde; haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga misericordia de ti; vuelva hacia ti su mirada y te conceda la paz».

Que la santa Madre de Dios nos guíe en el camino del nuevo año. Muchas felicidades a todos.


Papa León XIV



Fotos: Vatican Media, 1-1-2026

Santa Misa de hoy, jueves, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, presidida por el Papa León XIV, 1-1-2026


Foto: Vatican Media, 1-1-2026


1 de enero de 2026.- (Camino Católico)  En el primer día del nuevo año 2026, este jueves 1 de enero, la Basílica de San Pedro ha vuelto a ser el corazón palpitante de una súplica universal por la paz. En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y en el marco de la 59ª Jornada Mundial de la Paz, el Santo Padre León XIV ha presidido la Santa Misa e invitado a la Iglesia y al mundo a redescubrir el inicio del año como un tiempo de renacimiento, libertad y esperanza, bajo la luz de una paz “desarmada y desarmante”. En el vídeo de 13 TV se visualiza y escucha toda la celebración.



En el centro de la homilía, el Santo Padre ha contemplado el misterio de la Divina Maternidad de María, aquella que con su “sí” permitió que la misericordia de Dios tuviera un rostro humano. “A través de los ojos de Jesús —niño, joven y hombre— el amor del Padre nos alcanza y nos transforma”, afirma.


El Papa describe a María como mujer que “bajó la guardia”, renunciando a seguridades y expectativas, para consagrar sin reservas su vida al Hijo recibido como don y devuelto al mundo.

En ella —dice— se encuentran dos realidades profundamente desarmadas: la de Dios que renuncia a todo privilegio y la de la libertad humana que se entrega plenamente por amor. “Este es el rostro de Dios que María dejó que se formara y creciera en su seno, cambiándole completamente la vida. Es el rostro que anunció a través de la luz gozosa y frágil de sus ojos de madre que espera; el rostro cuya belleza contempló día tras día, mientras Jesús crecía, niño, muchacho y joven, en su casa; y que luego siguió, con su corazón de discípula humilde, mientras recorría los senderos de su misión, hasta la cruz y la resurrección.”


Luego, a las doce del mediodía, el Santo Padre ha rezado el Ángelus, ante 40.000 fieles en la plaza de San Pedro.

Homilía del P. Javier Martín y lecturas de la Misa de hoy, jueves, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, 1-1-2026

1 de enero de 2026.-  (Camino Católico).- Homilía del P. Javier Martín, FM, y lecturas de la Santa Misa de hoy, jueves, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, emitida por Magníficat TV.

Santa Misa de hoy, jueves, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, 1-1-2026

1 de enero de 2026.-  (Camino Católico).- Celebración de la Santa Misa de hoy, jueves, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, presidida por el P. Javier Martín, emitida por Magníficat TV.

Misterios Gozosos del Santo Rosario, desde el Santuario de Lourdes, 1-1-2026

1 de enero de 2026.- (Camino Católico).- Rezo de los Misterios Gozosos del Santo Rosario, de hoy, jueves, Octava de Navidad, Santa María, Madre de Dios, desde la Gruta de Massabielle, en el Santuario de Lourdes, en el que se intercede por el mundo entero. 

Palabra de Vida 1/1/2026: «Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 1 de enero de 2026, jueves, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.

Evangelio: San Lucas 2, 16-21:

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacía Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto; conforme a lo que se les había dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Homilía del evangelio de Santa María, Madre de Dios: Jesús con su Madre ha configurado de forma decisiva su humanidad / Por P. José María Prats

* «El evangelio que hemos proclamado nos narra este rito diciendo que le pusieron el nombre de Jesús, según el ángel había indicado a María antes de su concepción. Jesús significa en hebreo Dios salva, y ésta es, pues, la síntesis de la vocación de este Niño: restablecer la comunión entre Dios y los hombres para devolvernos así la vida de la gracia y liberarnos del yugo del pecado»

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios 

Números 6,22-27  /  Salmo 66  /  Gálatas 4, 4-7  / San Lucas 2, 16-21

P. José María Prats / Camino Católico.- En esta solemnidad del primer día del año concurren varias cosas:

Por una parte terminamos la octava de Navidad durante la cual hemos ido profundizando en los diferentes aspectos del misterio de la Encarnación y del Nacimiento del Hijo de Dios. Según la ley judía, al octavo día del nacimiento debía circuncidarse a los varones. Con este rito se incorporaban al pueblo judío y recibían un nombre. El nombre para Israel tenía un significado muy profundo: no era una mera palabra convencional para llamar a alguien, sino que representaba la identidad más profunda de una persona y su misión en favor de su pueblo. El evangelio que hemos proclamado nos narra este rito diciendo que le pusieron el nombre de Jesús, según el ángel había indicado a María antes de su concepción. Jesús significa en hebreo Dios salva, y ésta es, pues, la síntesis de la vocación de este Niño: restablecer la comunión entre Dios y los hombres para devolvernos así la vida de la gracia y liberarnos del yugo del pecado.

Pero la gran protagonista de hoy es la Virgen María, a quien recordamos en su advocación más importante y más antigua: la de Madre de Dios, proclamada solemnemente en el Concilio de Éfeso en el año 431. Esta advocación es muy importante porque subraya la realidad de la Encarnación. El Hijo de Dios se ha hecho plenamente hombre naciendo de una mujer con la que ha mantenido un vínculo físico, psicológico y espiritual estrechísimo. De la misma manera en que la relación con nuestra madre ha marcado nuestra personalidad, la relación de Jesús con su Madre ha configurado de forma decisiva su humanidad.

Y a partir de aquí y teniendo en cuenta que Jesús es la Cabeza de la Iglesia y los cristianos el Cuerpo, podemos entender un poco mejor la maternidad espiritual de María en relación con nosotros: Quien ha configurado la humanidad de la Cabeza es lógico que configure también a los miembros del Cuerpo como hombres y mujeres nuevos a imagen de Cristo.

Finalmente, en la primera lectura, tomada del libro de los números, hemos escuchado cómo Dios enseñó a los sacerdotes de Israel a bendecir a su pueblo. Esta bendición de Dios ha llegado a su plenitud en Jesucristo en quien hemos sido bendecidos «con toda clase de bienes espirituales y celestiales» (Ef 1,3). Y entre estos bienes, el más preciado y más amenazado es el de la paz. Por ello, desde 1968 y por voluntad del papa Pablo VI, en este primer día del nuevo año, oramos pidiendo por intercesión de la Madre de Dios, el don de la paz: paz en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestra sociedad, en el mundo entero. Que se hagan realidad en nosotros las palabras del salmo 28: «El Señor bendice a su pueblo con la paz.»


P. José María Prats


Evangelio

En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.

San Lucas 2, 16-21

María, Madre de Dios, nos recibe al inicio del camino y del año nuevo recordándonos que la paz nace de la confianza en Dios / Por P. Carlos García Malo

 


Feliz Año Nuevo 2026: Que el Señor bendiga cada día de este nuevo año, llene tu corazón de paz, fortalezca tu fe y te guíe por caminos de amor, esperanza y sabiduría / Por P. Carlos García Malo

 


Branca María Pereira, médico de sor Lucía: «Dejé la vida de gracia y cuando la conocí, ella me enseñó todo: me hizo volver a la fe, me mostró quién era Dios, dónde encontrarlo, cómo estar con Él, cómo hablarle, cómo rezarle»


La doctora Branca María Pereira, fue médico de sor Lucía durante los 15 últimos años de vida de la vidente de la Virgen de Fátima

* «Y por un poco de curiosidad quise preguntarle a la hermana Lucía: ‘¿cómo era la voz de la Virgen María?’ Y ella me dijo con esta sencillez: ‘no era una voz que se oía así, con estos oídos, sino que penetraba en nuestra mente. Y era dulce, muy dulce y también triste, porque se ofendía mucho a Nuestro Señor’. También le pregunté que cuando vieron el infierno, que cómo era. Y ella me dijo: ‘las personas piensan que no hay infierno, están engañadas; lo hay. Y es un horror de desesperación y odio. Las personas allí arden en odio y en rencor, en desesperanza. Son como llamas de desesperación e infelicidad’»                            

Vídeo del testimonio de Branca María Pereira, médico de sor Lucía, en H.M. Televisión  

 Camino Católico.- “Yo quería ver a Nuestra Señora como aquellos niños, pero como ella no se me aparecía, como eso no pasó, seguí con mi vida. Me casé, tuve mis hijos y el trabajo me absorbió hasta separarme de la iglesia. Dejé de ir a misa, dejé los sacramentos, no vivía vida de gracia ni de oración y así pasó mi vida” asegura  Branca María Pereira, médico personal de sor Lucía durante 15 años, hasta certificar su muerte, en el Carmelo de Coimbra (Portugal).

“Sor Lucía sabía sobre mi vida en totalidad, de mis sufrimientos personales y se convirtió en mi sostén, en mi fuerza y fue la que me hizo volver a la fe, la que me mostró qué era, quién era verdaderamente Dios, dónde encontrarlo, cómo estar con Él, cómo hablarle, cómo rezarle; ella me enseñó todo”, comparte en su testimonio que cuenta en un vídeo de H.M. Televisión, en el que explica su relación con la vidente de la Virgen de Fátima. Esta es su historia contada en primera persona:

La doctora Branca María Pereira atendiendo a sor Lucía

«Con sor Lucía hablábamos de las apariciones, de su infancia, de su época en España, en Pontevedra; me contó siempre todo» 

Yo fui la médico de la hermana Lucía durante los últimos 15 años de su vida y continúo siendo la médico de las hermanas Carmelitas del Carmelo de Coimbra. Suelo decir que yo era la médico, la que cuidaba de su parte física y que ella era mi médico espiritual. Sí, porque sor Lucía sabía sobre mi vida en totalidad, de mis sufrimientos personales y se convirtió en mi sostén, en mi fuerza y fue la que me hizo volver a la fe, la que me mostró qué era, quién era verdaderamente Dios, dónde encontrarlo, cómo estar con Él, cómo hablarle, cómo rezarle; ella me enseñó todo.

Comencé a ser la médico personal de la hermana Lucía más o menos en el 1991 y fui invitada para ir para allá, para el Carmelo, para hacer este trabajo por un antiguo médico de ella de hacía muchos años y a cierta altura fue a mi consultorio, a mi gabinete, al centro de salud donde yo trabajaba para invitarme para ser la médico personal y encomendarme ese encargo. 

No me pregunten cómo quiso conocerme y por qué, porque es un misterio para mí. Yo estaba muy cansada, muy extenuada y él me dijo: ‘buenas tardes, ¿es la doctora Branca? Señora yo la conozco pero usted no me conoce. Me llamo Miguel Barata, soy colega suyo, he sido hasta este momento médico de la hermana Lucía y vengo a preguntarle ahora que me siento tan enfermo, si le gustaría quedarse con este encargo, con este trabajo para ser la médico personal de ella, de la hermana Lucía.

En aquel momento las lágrimas rodaron y cayeron por mi rostro porque vino en flashback a mi mente un episodio que yo viví de pequeña. Tenía unos seis o siete años y en aquel momento me gustaba ver y entretenerme cuando estaba enferma con los catecismos, los santos, las estampas donde aparecía Jesús dando la comunión a los niños y la Virgen de Fátima con los pastorcitos. Entonces mi oración en aquel entonces era constantemente poder ver a Jesús y que me dejase ver a Nuestra Señora.

Yo quería ver a Nuestra Señora como aquellos niños, pero como ella no se me aparecía, como eso no pasó, seguí con mi vida. Me casé, tuve mis hijos y el trabajo me absorbió hasta separarme de la iglesia. Dejé de ir a misa, dejé los sacramentos, no vivía vida de gracia ni de oración y así pasó mi vida.

Cuando el doctor Miguel Barata vino y me hizo aquella pregunta en mi consultorio, lo que me vino era que Jesús venía a decirme: ‘no la viste, pero tienes ahora entre tus manos a esta hija para cuidar de ella’. 

Entonces entre lágrimas respondí al doctor Miguel Barata: ‘doctor está preguntando a un ciego si quiere ver y por supuesto que yo quiero ser la médico personal de la hermana Lucía’.

Después de todo concretamos la primera ida al Carmelo y yo estaba entusiasmada por ver lo que era el Carmelo y ver el Carmelo por dentro de la clausura y en mi cabeza sólo cabía un pensamiento: fijar mis ojos en la hermana Lucía, fijar los ojos en los de aquella que vio a Nuestra Señora, mi mirada en su mirada y no dormía.

Entonces llegó el día en que fui realmente al Carmelo y cuando se abrió la portería vi aquella alegría con la que fui recibida por la Madre y llegamos a la puerta de la celda. La Madre llamó a la puerta y oí una voz desde dentro que dijo: ‘puede entrar’. La Madre Priora abrió la puerta de la celda y entonces vi a la hermana Lucía sentada junto a la ventana y a su escritorio. Miró hacia  mí, sonrió y cuando la Madre le dice hermana Lucía esta es la nueva médico que te va a tratar, ella respondió abrazándome mucho y me dijo: ‘espero no darle mucho trabajo’.

Y esa fue la primera reacción de la hermana Lucía: abrazarme, sonreírme, muy buena voluntad. Nada de lo que yo tenía pensado inicialmente: que fuera una persona lúgubre, cargante. Era todo lo contrario: una persona igual a mí, normal, igual que las demás carmelitas, sin un trazo de orgullo, simple, alegre, de buen humor y acogiéndome con una ternura maternal.

Y así empezó mi odisea en el Carmelo. No había secretos, no había tabúes, no había problema en hablar cualquier cosa que saliese, hablábamos de las apariciones, de su infancia, de su época en España, en Pontevedra. Me contó siempre todo con el mayor rigor y la mayor claridad, sin intentar omitir o esquivar preguntas.

Y por un poco de curiosidad quise preguntarle a la hermana Lucía: ‘¿cómo era la voz de la Virgen María?’ Y ella me dijo con esta sencillez: ‘no era una voz que se oía así, con estos oídos, sino que penetraba en nuestra mente. Y era dulce, muy dulce y también triste, porque se ofendía mucho a Nuestro Señor’. 

También le pregunté que cuando vieron el infierno, que cómo era. Y ella me dijo: ‘las personas piensan que no hay infierno, están engañadas; lo hay. Y es un horror de desesperación y odio. Las personas allí arden en odio y en rencor, en desesperanza. Son como llamas de desesperación e infelicidad’. 

Había tres carismas propios para cada uno de los tres pastorcitos. La hermana Lucía tenía un gran designio para hacer aquello que Nuestro Señor y Nuestra Señora le habían pedido, que era la devoción al Inmaculado Corazón de María. También rezar por el Papa porque sería uno de los grandes sufridores por los pecados de la humanidad. Y ella tenía esa gran preocupación. La devoción al Inmaculado Corazón de María pasaba también por la devoción de los cinco primeros sábados.

Fue pedido también por Nuestra Señora para que esa devoción fuese difundida por el mundo, con la promesa de que habría asistencia en la hora de la muerte a las personas que se entregaran a esa devoción en los primeros sábados. La hermana Lucía tuvo muchas dificultades porque hubo oposición por parte de distintas entidades y ella no sabía cómo realizar este pedido, este deseo. Ella confesó esto a Jesús cuando Él se le apareció en Pontevedra, diciéndole que ya lo había dicho y pedido y que le habían dicho que solos no podían hacer nada.

Y Jesús le dijo: ‘sí, solos no pueden hacer nada, pero con mi ayuda tú puedes’. Entonces era un gran objetivo de la hermana Lucía la difusión de los primeros sábados para que se estableciese en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María y el triunfo del Inmaculado Corazón de María en el final. Este triunfo se dará cuando llegue la conversión de los pecadores, este es el objetivo. Cuando se triunfe en el corazón de cada uno será cuando se habrá cumplido el objetivo del triunfo y así mundialmente triunfará el Inmaculado Corazón de María. Por tanto, la hermana Lucía tenía este carisma y era su gran preocupación. Ella murió rezando por este objetivo y por el Santo Padre.

La hermana Lucía, como se sabe, murió el 13 de febrero de 2005. Ya estaba muy débil, pero siempre consciente y muy lúcida hasta el final. Cuando llegué, después del almuerzo, la madre me dijo: ‘cuando la doctora se fue, la hermana Lucía comenzó a dormir y se ha dormido tan profundamente que ahora no se despierta, no conseguimos despertarla de ninguna manera’.

Yo fui a su lado, hice un examen neurológico básico, examiné los reflejos y verifiqué que estaba en coma. Después de esto llega el señor obispo, sin que nadie le esperara, se enteró de lo que estaba pasando y me preguntó: ‘doctora, ¿usted cree que estamos ya en el desenlace?’ Y yo le dije: ‘señor obispo, no puedo responderle con certeza a esa pregunta, porque usted sabe mejor que yo que para Dios nada es imposible’.

Entonces el señor obispo comenzó a recitar las oraciones de los moribundos. Terminó, dio la bendición y cuando dio la bendición la hermana Lucía despierta. Despierta de repente, abre los ojos, nos mira a todos, recorre el circuito de todos los que estábamos allí. Después fija su mirada en la priora, la priora coge su crucifijo y lo pone delante de ella y dice, hermana Lucía, mira a Jesús.

La hermana Lucía esboza un beso y después abre los ojos hacia un infinito. Era un mirar, una mirada que no consigo describir. Abre los ojos hasta no poder más, se aquieta un momento, después cierra los ojos y para de respirar.

Así fue la muerte de la hermana Lucía. El legado de la hermana Lucía fue hacer la voluntad de Nuestra Señora, hacer la voluntad de Dios, la obediencia, la humildad, el servicio, el amor a las personas, al prójimo, el amor a Dios sobre todo y el amor a la comunidad. Y la gran preocupación de la difusión del mensaje para que se cumpliese la voluntad de Dios a través de la petición de Nuestra Señora.

Branca María Pereira

Médico de sor Lucía 

los últimos 15 años de su vida