«El dolor cuando se vive como signo de unión a la redención de Jesús es purificador. Me ha acercado mucho a Dios, me ha hecho comprender el dolor humano… El dolor no es una desgracia, es una gracia, desde esta perspectiva. Ha sido una experiencia muy dura, pero en la enfermedad he aprendido mucho más que con todos los libros que he estudiado. Me preguntaba: «Señor, ¿por qué? ». Mi madre me decía [se le empañan los ojos]: «Hijo, esto es una prueba de amor, si la superas creces en la fe». ¡Qué lección!»




“El Señor golpea con la cruz la deformidad de nuestra soberbia y de nuestro egoísmo esculpiendo en nosotros la belleza incomparable del rostro de Cristo, humilde, manso y entregado por todos… El creyente, negándose a sí mismo, deja que la cruz perfore la dura coraza de su orgullo y su autoafirmación para que emerjan los «ríos de agua viva», el Espíritu Santo que regará la aridez de su alma con la unción del conocimiento profundo del Señor, llenándolo todo del «suave olor de Cristo»”
