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domingo, 27 de enero de 2008

La revista «The Lancet» no es científica en su propuesta sobre anticonceptivos orales / Autor: Jesús Colina

Según explica el presidente de los médicos católicos

(ZENIT.org).- La reivindicación de la revista «The Lancet» para pedir que la Iglesia reconozca los anticonceptivos orales no tiene carácter científico, explica el presidente de la Federación de Asociaciones de Médicos Católicos (FIAMC).

En el año del cuadragésimo aniversario de la encíclica «Humanae vitae», la publicación científica pide la distribución de anticonceptivos orales entre las mujeres como respuesta a un estudio en el que se muestra que estos fármacos protegen del cáncer de ovarios.

Un comunicado emitido por el doctor Josep María Simón Castellví, presidente de la FIAMC, recuerda que la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer («International Agency for Research on Cancer») --con sede en Lyon--, agencia de la Organización Mundial de la Salud, en su comunicado de prensa del 29 de julio de 2005, constató la posible carcinogenicidad de contraceptivos orales combinados estrógeno-progestógeno y terapia combinada estrógeno-progestógeno para la menopausia, basado en las conclusiones de un grupo internacional «ad hoc» de trabajo formado por 21 científicos de 8 países.

Los contraceptivos orales estrógeno-progestógeno fueron clasificados en el Grupo 1 de los agentes carcinogénicos. Esta categoría se utiliza cuando hay evidencia suficiente de carcenogenicidad en humanos.

El doctor Castellví envía la aclaración porque la FIAMC «está comprometida con la verdad y la ciencia desde sus orígenes».

«Como resultado de los efectos secundarios, incluido el cáncer, de estos fármacos, tenemos que decir que en este caso "The Lancet" y los medios de comunicación ha reproducir su llamamiento han sido claramente irresponsables», afirma.

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2008 / Autor: Benedicto XVI

«Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre» (2 Corintios 8,9)

Publicamos el mensaje que ha enviado Benedicto XVI con motivo de la Cuaresma 2008 con el tema: «Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre» (2 Corintios 8,9).

* * *


¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13).

La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).

2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).

En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: «Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha», dice Jesús, «así tu limosna quedará en secreto» (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra. Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que «Dios ve en el secreto» y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. «La caridad -escribe- cubre multitud de pecados» (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: «Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo» (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo «todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.

Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a «entrenarnos» espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar» (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la «batalla espiritual» de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2007


BENEDICTUS PP. XVI

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[Traducción distribuida por la Santa Sede

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]

Una incomprensión inicial / Autor: Alfonso Aguiló

El que tiene la verdad en el corazón
no debe temer jamás que a su lengua
le falte fuerza de persuasión.

John Ruskin


— Entiendo que muchas veces es natural que haya una inicial resistencia por parte de los padres. El hijo debe convencerlos con la madurez de su comportamiento y con la perseverancia en su determinación.

Es verdad que también los padres necesitan a veces un poco tiempo para asimilar la vocación de sus hijos. Pero la madurez y la rectitud en el comportamiento debe estar presente por parte de todos.

Así sucedió, por ejemplo, con San Francisco de Sales. Había decidido entregarse a Dios, pero su padre, Francisco de Boisy, le tenía preparado un magnífico partido a su hijo: una joven llamada Francisca de Veigy, hija del consejero del Duque de Saboya. Al pequeño Francisco le costaba mucho contrariar a su padre, pero un día del año 1593 finalmente le hizo saber sus propósitos y estalló la tormenta: "Pero, ¿quién te ha metido esa idea en la cabeza?", gritaba su padre. "¡Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!", tronaba furioso. Francisco contestaba que había tenido ese deseo desde la niñez. Y así una vez y otra. De vez en cuando, su madre intentaba ayudarle, sin que se notase que estaba de su parte, y sugería tímidamente: "Ay, será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios...". Finalmente, el Señor de Sales, después de un tiempo, cedió: "Pues adelante, hijo mío, haz por Dios lo que dices que Él te inspira."

Los padres se pueden tomar con más o menos entusiasmo la llamada


Aunque no todos los padres que ponen dificultades tienen ese carácter ardoroso y rompedor. Los señores Beltrán, una de las mejores familias de Valencia, no querían en absoluto interferir en la vocación de su hijo Luis. Solo querían "orientarla". Estaban acostumbrados a que su hijo les obedeciera en todo, y por eso, se quedaron desconcertados cuando les dijo que tenía unos planes diferentes a los que habían previsto: quería irse de casa y entregarse a Dios como fraile dominico. ¡Qué locura! No tenía salud suficiente, no sabía lo que hacía. Y empezaron su batalla. Aceptaban que se fuera, pero ahora no. Quizá en un futuro. No pasaba nada por esperar. Debía comprenderlo, su postura era razonable. Pero el joven Luis obró con la misma libertad que hubiese pedido en el caso de elegir una mujer que no hubiera agradado a sus padres. Escuchó sus consejos, y luego actuó con la libertad que sus padres decididamente le denegaban. Así que, un buen día del año 1544, en vista de la rotunda negativa paterna, decidió no volver a casa. Tenía dieciocho años. Estalló el escándalo familiar, una pequeña tragedia que se repite con frecuencia, con rasgos parecidos, siglo tras siglo, en algunos hogares en los que un alma decide dejarlo todo por Dios. Ni lo podían ni lo querían entender. Si hubieran vivido en nuestra época, habrían dicho que a su hijo "le habían comido el coco". Afortunadamente, la historia acabó como la gran mayoría de estas pequeñas tragedias familiares: con la aceptación de la vocación por parte de sus padres, que finalmente comprendieron que Dios quería ese camino para su hijo, que acabó siendo un gran santo de la Iglesia, San Luis Beltrán. Aquel hijo suyo, de cuya salud se preocupaban tanto, evangelizó durante bastantes años las regiones selváticas más difíciles, aprendió a hablar en los idiomas de los indígenas y convirtió miles de indios desde Panamá hasta el Golfo de Urabá. Aseguran las crónicas que bautizó a más de quince mil, que hizo numerosos milagros y que sirvió eficazmente y sin desfallecer a la Iglesia. Cuando su padre estaba en el lecho de muerte, sus últimas palabras fueron: "Hijo mío, una de las cosas que en esta vida me han dado más pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas."

El valor de entregar los hijos

San Bernardo de Claraval consolaba en una de sus cartas a los padres de un joven del siglo XII, Godofredo, que había decidido entregarse a Dios en Claraval, y les decía: "Si a vuestro hijo, Dios se lo hace suyo, ¿qué perdéis vosotros en ello y qué pierde él mismo? Si le amáis, habéis de alegraros de que vaya al Padre, y a tal Padre. Cierto, se va a Dios; mas no por eso creáis perderlo; antes bien, por él adquirís muchos otros hijos. Cuantos somos aquí en Claraval, y cuantos somos de Claraval, al recibirle a él como hermano, os tomamos a vosotros como padres. Pero quizá teméis que le perjudique el rigor de nuestra vida. Confiad, consolaos: yo le serviré de padre y le tendré por hijo, hasta que de mis manos lo reciba el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación."

Es un lamento que se repite de siglo en siglo. En el siglo XIX, Bernardette, la vidente de Lourdes, escribió una carta al padre de una amiga suya, M. Mouret, que no entendía la vocación de su hija. Bernardette le pedía que la dejase ir con ella: "Sea generoso con Dios –le decía– que nunca se deja vencer en generosidad. Algún día estará usted contento de haberle dado su hija, a quien no puede dejar en mejores manos que las del Señor. Quizás haría usted grandes sacrificios para confiarla a un hombre al que no conoce y que puede hacerla desgraciada, y, no obstante, ¿quiere negarla al que es el rey del cielo y de la tierra? ¡Oh, no, señor! Tiene usted muy buenos sentimientos para obrar de esa manera. En cambio yo creo que debe dar gracias a Dios por el beneficio que le concede...".

Oposiciones de todos los colores

Por aquella misma época, un joven ecuatoriano llamado Miguel Febres desea ingresar en el noviciado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Le encanta la enseñanza y desea dedicar a ella su vida. Sus padres se oponen frontalmente, pues pertenecen a la alta sociedad y en cambio aquellos religiosos viven muy austeramente y se dedican a la educación de niños pobres. Para disuadirle lo envían a otro instituto, pero allí enferma y tiene que volver a casa. Finalmente, cuando el chico tiene catorce años, en 1868, su madre accede a que sea religioso. Su padre cede inicialmente, pero no deja de presionar para que abandone ese camino y, por ejemplo, no escribe a su hijo ni una sola línea en cinco años. Aquel chico pronto destaca como un profesor muy querido y valorado. Posee una gran cultura, domina cinco idiomas y escribe numerosos textos escolares que pronto se difunden por todo el país. Demuestra una enorme capacidad de querer y de hacerse querer, adquiere una gran confianza con sus alumnos y logra grandes mejoras en las personas. Cuando muere, en 1910, su fama de santidad se extiende por numerosos países de Europa y América. Sin su constancia para superar la oposición familiar inicial, no tendríamos hoy a San Miguel Febres, que la Iglesia propone como modelo de hombre culto, pero sencillo y humilde, totalmente entregado a la obra de la evangelización a través de la enseñanza.

En abril de 1949, pidió la admisión en el Opus Dei un estudiante latinomericano llamado Juan Larrea. Su familia no veía con agrado su decisión, tal vez por desconocimiento de lo que realmente era el Opus Dei, o acaso porque tal decisión desbarataba planes e ilusiones familiares. "Por entonces –contaba el propio Juan Larrea– mi padre era embajador de Ecuador ante la Santa Sede y me dijo que consultase el caso con Mons. Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado. Hablé con Mons. Montini, contándole mi historia, y después de larga y cariñosa conversación, Mons. Montini me dijo: tendré una palabra de paz para su padre. Días después recibió a mi padre diciéndole que había hablado con Pío XII y que le había dicho: "Diga Vd. al embajador que en ningún sitio estará mejor su hijo que en el Opus Dei". Veinte años más tarde, siendo yo obispo, visité a Mons. Montini, que era entonces el Papa Pablo VI, y me recordó con amabilidad la audiencia antes descrita".

Pero alegría posterior

Son testimonios diversos que confirman el gozo de tantos padres que inicialmente se opusieron tenazmente a la vocación de sus hijos, pero que, al final, comprendieron su decisión. El gozo de los padres que han sido generosos con la vocación de sus hijos no acabará aquí en la tierra. Los padres de las almas entregadas a Dios los querrán aún más en la otra vida, y contemplarán, con toda su grandeza, el influjo espiritual de la vida de sus hijos en miles y miles de almas.

Podemos imaginar el gozo de Luis Martín, al ver desde el cielo los grandes frutos que ha supuesto la entrega de su hija Santa Teresa de Lisieux. O la alegría de la madre de San Juan Bosco al contemplar el crecimiento de aquel hogar espiritual que nació gracias a su esfuerzo. O la satisfacción de Juan Bautista Sarto al comprobar cómo él, un pobre alguacil, contribuyó sin saberlo a enriquecer la Iglesia contemporánea de un modo profundísimo con la aportación de San Pío X.

También podemos imaginarnos a Teodora Theate, a Monna Lapa, a Juan Luis Beltrán, a Ferrante Gonzaga, a la madre de Juan Crisóstomo, a Pietro Bernardone y a tantos y tantos otros. También ellos gozarán al ver las maravillas que ha hecho Dios por medio de sus hijos. Y darán gracias porque, pese a sus lamentos, sus amenazas y "pruebas", sus hijos no les hicieron demasiado caso. Si hubieran llegado a hacerlo, la Iglesia y la humanidad no contarían ni con Santo Tomás de Aquino, ni con Santa Catalina de Siena, ni con San Luis Beltrán, ni con San Luis Gonzaga, ni con San Juan Crisóstomo, ni con San Francisco de Asís. La Iglesia habría sufrido enormes pérdidas, en el ámbito de la teología, del papado, de la evangelización, de la espiritualidad, de la doctrina.

La vocación de la familia

Gracias a Dios, sus hijos fueron fieles a su vocación, y las palabras de Jesús adolescente en el Templo resonaron en sus oídos con más fuerza que las de sus padres: "¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?". Con esas palabras, Jesús Niño quiso dejar su propio testimonio para dar fortaleza a quienes debían seguirle en el futuro. Y dejó también una referencia para los padres, pues María y José no protestaron, sino que supieron buscar, aun en lo inicialmente incomprensible y doloroso, la voluntad de Dios.

"Este episodio evangélico –comentaba Benedicto XVI– revela la más auténtica y profunda vocación de la familia: la de acompañar a cada uno de sus miembros en el camino del descubrimiento de Dios y del proyecto que Él ha dispuesto para ellos. María y José educaron a Jesús ante todo con su ejemplo: en sus padres, Él conoció toda la belleza de la fe, del amor por Dios y por su Ley, así como las exigencias de la justicia, que halla pleno cumplimiento en el amor. De ellos aprendió que en primer lugar hay que hacer la voluntad de Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre. La Sagrada Familia de Nazaret es verdaderamente el prototipo de cada familia cristiana, que está llamada a llevar a cabo la estupenda vocación y misión de ser célula viva no solo de la sociedad, sino de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para todo el género humano."

Pero a veces no entienden

Porque no todas las cosas son siempre fáciles de entender. Dice el Evangelio que María guardaba todas estas cosas, ponderándolas en su corazón. Y a la Virgen no le faltaba inteligencia, ni buena disposición, ni cercanía a Dios. Pero recibía contestaciones que le resultaban un tanto misteriosas, no fácilmente comprensibles, y que, sin embargo, aceptaba y meditaba en su corazón. "María y José –explicaba Juan Pablo II– le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio (...) ¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de Dios (...); una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres y para los hijos."

Para quienes están en el proceso de discernimiento de su propia vocación, o para sus padres, meditar la vida de la Virgen siempre resultará enriquecedor. Todos obtendremos nueva luz si ponderamos en nuestro corazón esas escenas, contemplando, por ejemplo, el momento del Nacimiento, con su esperanza alegre y su calor humano; o la huída a Egipto, en los momentos duros de la fe o de la vocación; o su vida en Nazaret, para que lo cotidiano de nuestra vida no se tiña de rutina mala. La Virgen es siempre un modelo de la disposición con que debemos escuchar a Dios, de confianza para preguntar lo que no entendemos, de generosidad y de diligencia en la respuesta, de humildad, de perseverancia en las horas malas, de fidelidad a la misión recibida.

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Fuente: Interrogantes.net

El infierno esta cerrado por dentro / Autor: Louis de Wohl

Durante mucho tiempo me ha resultado difícil creer en la existencia del infierno. Dios es la bondad misma. Dios es el Amor. ¿Cómo podía compaginarse con esto la existencia del infierno, la existencia de un lugar de castigo eterno? Incluso la justicia humana, a la que no puede atribuirse precisamente clemencia, libera a un condenado a cadena perpetua a los quince o veinte años por su buena conducta. Por lo menos así se viene haciendo en muchos países. ¿Y hemos de creer que Dios nos guarda rencor eterno, que no nos perdona jamás, a pesar de habernos ordenado por boca de Cristo perdonar setenta veces siete? ¿No existe ya una injusticia de base en el hecho de que un delito limitado en el tiempo reciba un castigo eterno?

Me dirigí a un teólogo anciano y sabio. «No puedo ayudarle», me dijo. «El propio Cristo habla del infierno constantemente –entre otras varias veces en el Sermón de la Montaña–. Existe, pues, la posibilidad de la condenación absoluta. Pero no tenemos derecho a suponer de nadie que se halla en el infierno, ni siquiera de Judas. Sería incluso posible que el infierno estuviese vacío».

Pero, por lo menos en teoría, es muy posible que un hombre no se arrepienta jamás ni por un momento de una vida llena de maldades, que hasta el final cause a sus semejantes todo el daño de que es capaz y encima se burle de ellos, que hasta el final blasfeme y maldiga a Dios. ¿Acaso un hombre así debe llegar a la «contemplación» de Dios? Dios es el Amor. El amor no puede forzarse ni ser forzado. El rechazo del Amor debe respetar el amor, y quien no quiere llegar hasta Dios, no llegará hasta Dios. Se queda «fuera», encerrado en su propio odio, su propio dios diminuto, rígido, petrificado; es juzgado por ser como él mismo quiere ser. Su voluntad está petrificada, él mismo la ha dejado petrificarse. Ya no puede arrepentirse, ya no puede volverse «atrás» y tampoco puede ya «salirse». Se ha quedado dentro de su propia barricada. El infierno está cerrado por dentro.

No tiene sentido la objeción de que los delitos «temporales» no pueden ser castigados eternamente. Quien no quiere a Dios tendrá que arreglárselas sin El. Eso es el infierno, y sus ramificaciones alcanzan a nuestra vida terrena, lo mismo que las del cielo. Pueden percibirse. La elección es asunto nuestro.

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Traducción: Carmen Shàd de Caneda
ConoZe.com

La senadora más votada de España, Mercedes Aroz, se convierte y deja el escaño

La senadora socialista Mercedes Aroz deja su escaño y anuncia su conversión al cristianismo

Divorciada, antigua militante comunista, cofundadora del PSC, 21 años de parlamentaria... la senadora más votada dice que "hay algo más que razón y ciencia".

En un país como España de listas cerradas y bloqueadas sólo hay un sistema donde la gente pueda elegir nombres propios: las elecciones al Senado. Y el senador más votado de la historia del Senado es Mercedes Aroz (1.602.225 votos en la última legislatura, el 53,67%), senadora socialista por Barcelona.

En una época de "cuotas" en listas electorales, donde hay mujeres "políticas" de curriculum brevísimo, la senadora Aroz aparece como una veterana de primera línea: marxista ortodoxa durante décadas, se afilió al PSOE en 1976, proveniente de la rojísima Liga Comunista Revolucionaria. En el PSC formó parte de su dirección política durante 18 años, así como del Comité Federal del PSOE. En 1986 fue elegida diputada por Barcelona a las Cortes.

Fue una de las fundadoras del PSC en 1978: desde la Federación Catalana del PSOE, ella participaba en la comisión que consiguió unir a los tres partidos socialistas que había entonces en Cataluña (eran el PSOE, PSC-C y PSC-R).

Esta es la mujer que ahora ha anunciado con una nota difundida por Europa Press que deja el escaño y que la razón es su conversión al cristianismo, un proceso que le ha llevado varios años. Aroz anuncia con alegría su "plena integración como miembro de la Iglesia Católica".

Y no es un cristianismo del "todo vale, nada cambia". Al contrario: todo cambia. Y por eso deja el escaño y los cargos en el partido, aunque seguirá siendo militante de a pie del PSC. ¿Es, quizá, una forma de decir "otro socialismo es posible"?

Compromiso cristiano y coherencia

"Mi actual compromiso cristiano me ha llevado a discrepar con determinadas leyes del Gobierno que chocan frontalmente con la ética cristiana, como la regulación dada a la unión homosexual o la investigación con embriones, y que en conciencia no he podido apoyar. En consecuencia se imponía la decisión que he tomado", afirma en su comunicado.

Ya en junio de 2005 Mercedes Aroz anunció su oposición a la ley socialista del matrimonio homosexual (como publicaba ForumLibertas aquí) y cuando se debatió en el Senado.

Los senadores socialistas Mercedes Aroz y Francisco Vázquez (ex-alcalde de La Coruña, hoy embajador ante la Santa Sede y terciario carmelita) se ausentaron durante la votación en el Senado y ambos hablaron contra la ley. Mercedes Aroz insistió esos días en que ella se alineaba con las tesis del líder socialista francés Lionel Jospin -y de casi todo el socialismo europeo- de que reconocer derechos ligados a la convivencia no justificaba cambiar la definición y el sentido del matrimonio, que era un bien a proteger.

El Senado votó. Los senadores del PP (126), 4 de CiU y 1 regionalista aragonés votaron contra la ley del matrimonio gay; sólo 119 parlamentarios apoyaron esta ley. El Senado vetó, por lo tanto el matrimonio homosexual. El peculiar sistema bicameral español, sin embargo, permitió que el Congreso de los Diputados, con mayoría socialista, ignorase el veto de los senadores y así se aprobó una ley criticada por el Consejo de Estado (dictamen 2628/2004), la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia, el Consejo General del Poder Judicial, 700.000 firmas avaladas por la Junta Electoral Central y una manifestación de 700.000 personas en Madrid (si usamos las cifras de la prensa italiana, por ejemplo).

La fe, para "comprender la propia identidad y el sentido de la vida"

En su comunicado Mercedes Aroz es de una claridad y una sinceridad casi escandalosa. Y más después de las declaraciones de Tony Blair, el ex-premier británico laborista, que no acaba de dar el paso al catolicismo y no tiene del todo claros los temas de bioética, derechos del ser humano en estado embrionario o el matrimonio natural. Con todo, Blair ha hablado con franqueza del significado de tener fe, de la fuerza que da. Y también de la persecución que inevitablemente implica. Decía el 25 de noviembre en la BBC “Si hablas de tu fe religiosa, la gente te toma por un pirado”.

¿Cuántos pensarán que Mercedes Aroz es una "pirada"? ¿Dejar un puesto de poder y sueldo en un partido que gobierna Barcelona, Cataluña, España? ¿A cambio de qué?

"He querido hacer pública mi conversión para subrayar la convicción de la Iglesia Católica de que el cristianismo tiene mucho que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, porque hay algo más que la razón y la ciencia. A través de la fe cristiana se alcanza a comprender plenamente la propia identidad como ser humano y el sentido de la vida", recoge en declaraciones Europa Press.

Esta antigua marxista no sólo deja la política no sólo anunciando su fe íntima... sino que proclama con descaro el papel positivo de la institución más denigrada en la prensa española y en los medios políticos de izquierda: la Iglesia Católica.

Aroz además denuncia la ideología laicista: "la libertad religiosa reclama el respeto y un reconocimiento positivo del hecho religioso, frente a un intento de imponer el laicismo". Y pide al Estado que facilite "la educación religiosa en la escuela".

Un proceso paulatino y reflexivo

Hace ya unos años que Mercedes Aroz se fue acercando a la fe, a través de testimonios muy cercanos en su misma familia. Con la llegada de Zapatero a la Moncloa, la senadora hizo esfuerzos por tender puentes entre el "zapaterismo" y la Iglesia; escribía cartas al Presidente con sugerencias, propuestas de cooperación con la Iglesia. Casi agotada la legislatura con leyes radicalmente incompatibles con una visión cristiana coherente, Mercedes Aroz ha decidido "salir del armario" de cristiana oculta en el que ha macerado su fe durante los últimos años. con la

En la inmensa mayoría de países, Mercedes Aroz habría podido seguir siendo senadora socialista y defender la vida, el matrimonio y la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos. En España, pese a su esfuerzo por conciliar su fe y el trabajo en un partido, parece que no ha sido posible posible.

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Fuente: ForumLibertas.com

Por una ciencia con conciencia / Autor: Benedicto XVI


Discurso a un congreso organizado, entre otros, por la Academia de las Ciencias de París

Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI este lunes a los participantes en el congreso interacadémico sobre el tema «La identidad cambiante del individuo», organizado, entre otras instituciones, por la Academia de las Ciencias de París y por la Academia Pontificia de las Ciencias.

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Señores cancilleres,

excelencias,

queridos amigos académicos,

Señoras y señores:

Con mucho gusto os doy la bienvenida al final de vuestro coloquio que se ha concluido aquí, en Roma, después de haberse desarrollado en el Instituto de Francia, en París, consagrado al tema «La identidad cambiante del individuo».

Doy las gracias ante todo al príncipe Gabriel de Broglie por las palabras de saludo con las que ha querido introducir este encuentro. Quisiera saludar al mismo tiempo a los miembros de todas las instituciones que organizan este encuentro: la Academia Pontificia de las Ciencias y la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, la Academia de las Ciencias Morales y Políticas de Francia, la Academia de las Ciencias de Francia, el Instituto Católico de París. Me alegra el que por vez primera se haya podido instaurar una colaboración interacadémica de esta naturaleza, abriendo el camino a amplias investigaciones interdisciplinares cada vez más fecundas.

En el momento en el que las ciencias exactas, naturales y humanas han alcanzado prodigiosos avances en el conocimiento del ser humano y de su universo, la tentación consiste en querer circunscribir totalmente la identidad del ser humano y de encerrarle en el saber que podemos tener. Para evitar este peligro, es necesario dejar espacio a la investigación antropológica, a la filosofía y a la teología, que permiten mostrar y mantener el misterio propio del hombre, pues una ciencia no puede decir quién es el hombre, de dónde viene o adónde va. La ciencia del hombre se convierte, por tanto, en la más necesaria de todas las ciencias. Es lo que decía Juan Pablo II en la encíclica «Fides et ratio»: «Un gran reto que tenemos es el de saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia; incluso cuando ésta expresa y pone de manifiesto la interioridad del hombre y su espiritualidad, es necesario que la reflexión especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se apoya» (n. 83).

El hombre constituye algo que va más allá de lo que se puede ver o de lo que se puede percibir por la experiencia. Descuidar la cuestión sobre el ser humano lleva inevitablemente a negar la búsqueda de la verdad objetiva sobre el ser en su integridad y, de este modo, a la incapacidad para reconocer el fundamento sobre el que se apoya la dignidad del hombre, de todo hombre, desde su fase embrionaria hasta su muerte natural.

A lo largo de vuestro coloquio, habéis experimentado que las ciencias, la filosofía y la teología pueden ayudarse a percibir la identidad del hombre, que está en constante devenir. A partir de la cuestión sobre el nuevo ser surgido de la fusión celular, que lleva en sí un patrimonio genético nuevo y específico, habéis presentado elementos esenciales del misterio del hombre, caracterizado por la alteridad: ser creado por Dios, ser a imagen de Dios, ser amado hecho para amar. En cuanto ser humano, nunca está encerrado en sí mismo; siempre conlleva una alteridad y se encuentra desde su origen en interacción con otros seres humanos, como nos lo revelan cada vez más las ciencias humanas. No es posible dejar de evocar la maravillosa meditación del salmista sobre el ser humano, formado en lo secreto del seno de su madre y al mismo tiempo conocido en su identidad y misterio únicamente por Dios, que le ama y protege (Cf. Salmo 138 [139], 1-16).

El hombre no es fruto del azar, ni de un conjunto de circunstancias, ni de determinismos, ni de interacciones fisicoquímicas; es un ser que goza de una libertad que, teniendo en cuenta su naturaleza, la trasciende y es el signo del misterio de alteridad que lo habita. Desde esta perspectiva el gran pensador Pascal decía que «el hombre sobrepasa infinitamente al hombre». Esta libertad, propia del ser humano, hace que pueda orientar su vida hacia un fin, que por sus actos puede orientarse hacia la felicidad a la que está llamado para la eternidad. Esta libertad pone de manifiesto que la existencia del hombre tiene un sentido. En el ejercicio de su auténtica libertad, la persona realiza su vocación; se cumple; da forma a su identidad profunda. En el ejercicio de su libertad ejerce también su responsabilidad sobre sus actos. En este sentido, la dignidad particular del ser humano es al mismo tiempo un don de Dios y la promesa de un porvenir.

El hombre tiene una capacidad específica: discernir lo bueno y el bien. Impresa en él como un sello, la sindéresis le lleva a hacer el bien. Movido por ella, el hombre está llamado a desarrollar su conciencia por la formación y por el ejercicio para orientarse libremente en su existencia, fundándose en las leyes esenciales que son la ley natural y la ley moral. En nuestra época, cuando el desarrollo de las ciencias atrae y seduce por las posibilidades ofrecidas, es más importante que nunca educar las conciencias de nuestros contemporáneos para que la ciencia no se transforme en el criterio del bien, y el hombre sea respetado como centro de la creación y no se convierta en objeto de manipulaciones ideológicas, de decisiones arbitrarias, ni tampoco de abuso de los más fuertes sobre los más débiles. Se trata de peligros cuyas manifestaciones hemos podido conocer a lo largo de la historia humana, y en particular en el siglo XX.

Todo progreso científico debe ser también un progreso de amor, llamado a ponerse al servicio del hombre y de la humanidad y de ofrecer su contribución a la edificación de la identidad de las personas. En efecto, como subrayaba en la encíclica «Deus caritas est», «El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo... El amor es "éxtasis", pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo» (n. 6).

El amor permite salir de sí mismo para descubrir y reconocer al otro; al abrirse a la alteridad, afirma también la identidad del sujeto, pues el otro me revela a mí mismo. Es la experiencia que han hecho numerosos creyentes a lo largo de la Biblia, a partir de Abraham. El modelo por excelencia del amor es Cristo. En el acto de entrega de su vida por los hermanos, al darse totalmente, se manifiesta su identidad profunda y la clave de lectura del misterio insondable de su ser y de su misión.

Encomendando vuestra investigación a la intercesión de santo Tomás de Aquino, a quien la Iglesia honra en este día, quien sigue siendo un «auténtico modelo para quienes buscan la verdad» («Fides et ratio», n. 78), os aseguro mi oración por vosotros, por vuestras familias, por vuestros colaboradores y os imparto con afecto la bendición apostólica.

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[Traducción del original en francés realizada por Zenit

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

Teresa Iriarte: "África es un continente con esperanza, está despertando" / Autor: Alfredo Urdaci











La misionera afirma que "sin la ayuda de la Iglesia, sería imposible mantener las misiones".


Trabajan en un país donde la esperanza de vida no pasa de los 52 años. Llevar un centro de salud en Bata es enfrentarse al paludismo, a las tifoideas, a los parásitos intestinales, al sida, sobre todo al sida. Abren a diario, además, un comedor nutricional, lleno hasta la bandera.

¿Cómo es un día en el centro?

El trabajo empieza a las siete, y hasta que no están entregados todos los resultados no se cierra. Tenemos consulta, laboratorio, farmacia, control de embarazadas, sala de cunas…

¿Y cuántas son?

Cuatro hermanas y 18 nativos. Intentamos que ellos lleven el centro. Ponemos mucho esfuerzo en su formación, y en conseguir becas para que hagan estudios fuera y mejoren su nivel.

¿Y el comedor?

Damos comida diaria a los niños desnutridos, ayuda de leche a madres seropositivas. Muchos niños han perdido a su madre.

Hay quien piensa que África es un continente sin esperanza.

No es verdad. Los jóvenes de hoy piensan de otra manera, va a costar mucho el cambio, pero se está empezando. África es un continente con esperanza, está despertando a algo nuevo, a pesar de sus muchas dificultades y carencias. Son gentes alegres. Hay grupos de jóvenes que animan la Eucaristía. Los jóvenes africanos nos ayudan a vivir la fe, eso nos falta en España.

En España hay una campaña para que los contribuyentes pongan la cruz del impuesto en la casilla de la Iglesia… y hay polémica.

Si no fuera por la ayuda económica y humana de la Iglesia sería imposible mantener las misiones. Pueden estar muy seguros de que todo lo que llega por la Iglesia va destinado a la ayuda de estas gentes.

¿En qué lo emplean?

En ancianos crónicos, que no tienen servicios sanitarios, ni alimentos. En atender a paralíticos por la polio, en los que se han quedado ciegos por las filarias. Sería largo de detallar.

¿Y los niños?

También tenemos un grupo de niños apadrinados. Se les paga la matrícula, material escolar y medicación. Y me alegra tener esta ocasión para dar infinitas gracias a todas las mujeres y hombres de gran corazón, que nos ayudan en esta labor de ayudar a los necesitados.

¿Cómo afronta un trabajo diario tan duro?

Con alegría. Cada hombre que se acerca es una buena nueva. Lo importante para mi es estar entre esta gente y transmitir los valores cristianos, estar cerca de ellos en el dolor, acompañarles en sus fiestas. Ellos sienten que alguien les quiere, y nos sienten como su familia.

Darse a los demás, ¿le agota?

El trabajo es duro, y no hay horarios, pero en África recibes siempre más de lo que das.

¿Qué le ayuda en los momentos de desánimo, que los tendrá?

Por temperamento soy optimista y aunque asome el cansancio o el desánimo, encuentro pronto resortes para salir. Recuerdo mucho la frase "Dios me ha creado para ser feliz", la llevo a la oración. Y el Evangelio de San Mateo 25: "Tuve hambre y sed y me diste...", Los Hechos de los Apóstoles, el apoyo firme de mi congregación... Estos han sido pilares firmes que me han ayudado.

Hospitalaria

Nació en Rípodas (Navarra) en 1934. Recuerda una infancia feliz, con el cariño de sus padres y hermanos. Era la pequeña. Sus padres la educaron en la honradez, la justicia, la solidaridad y el respeto. Estudió enfermería e ingresó en la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. Ha dedicado su vida al cuidado de los enfermos en hospitales de Zaragoza. Al cumplir los 65 años, edad de su jubilación, pidió a sus superiores ir a trabajar a Guinea Ecuatorial. Dice que se fue para poder seguir cumpliendo los valores de su congregación, en especial la hospitalidad.

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Fuente: La Gaceta de Negocios

Día 29 / Tienes un mensaje: Evangelio y reflexión para hoy

Día 29 / Buenos días, Señor: Oración nacida de la Palabra de Dios

CRISTO: la solución para la droga / Charla en Sant Cugat del Vallés el lunes 28 de enero

Oremos!!! : La Comunidad Cenáculo puede instalarse en Catalunya para recuperar a drogadíctos

Hay una posibilidad muy seria de que la Comunidad Cenáculo venga a la provincia de Barcelona.

Como preparación para ello se ha iniciado un grupo de oración por esta intención desde hace unos meses.

Y para dar a conocer un poco más la Comunidad del Cenáculo se ha organizado una primera charla que dará el P. Carlos García Malo, sacerdote amigo de la Comunidad.

Esta charla será el próximo lunes 28 de enero después de Misa de 20h en la Parroquia de San Juan Bautista de Mirasol en Sant Cugat del Vallés (Barcelona).

El P. Carlos nos hablará más a fondo sobre la espiritualidad de la Comunidad, la “Cristoterapia” para sacar a los chicos de la droga, la confianza en la Providencia, ...

¡Gracias a Dios y por su misericordia se abre en España una gran puerta de esperanza para todos aquellos que sufren por el problema de la droga!

Dirección Parroquia: c/ Victoria 21 – Mirasol (Sant Cugat del Vallés)
frente al Restaurante “La Ponderosa”
A 5 min. en coche del Hospital General de Cataluña y del
Colegio La Farga

Para más información: amigosdelacomunidad@gmail.com

“La resurrección está dentro nuestro, porque Jesús no nos engaña, Él es la verdad, la vida, el amor.” (Madre Elvira, fundadora de la Comunidad)

La Comunidad Cenáculo trata a jóvenes drogodependientes desde hace 25 años

Cristo es el centro del
tratamiento de rehabilitación

Más del 90% de los que terminan
el proceso se rehabilitan

El secreto: trabajo y oración, cultivar la amistad con Cristo en la Eucaristía

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Para conocer la comunidad Cenáculo y su revista
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Espiritualidad misionera de San Pablo / Autor: Hº Jaime Ruiz Castro CM

San Pablo tiene conciencia de haber sido elegido por Dios para consagrarse enteramente al anuncio del Evangelio. Polemizando con los corintios llegará a decirles: «no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio» (1 Cor. 1,17). Sabe que su misión consiste en evangelizar, en anunciar a Cristo, poniendo así el fundamento sobre el cual otros continúen construyendo (1 Cor. 3,10).

Las palabras que figuran en el título de este capítulo indican lo mismo: tiene viva conciencia de que ha sido «escogido -por Dios mismo- para el Evangelio», es decir, para el anuncio del Evangelio. La palabra que se traduce por «escoger» significa en realidad «separar», «poner aparte», y es la misma que encontramos en Gal. 1,15 cuando Pablo habla de su vocación: Dios mismo le ha separado de las actividades ordinarias que los hombres realizan en su vida cotidiana para consagrarle enteramente al anuncio del Evangelio; ha sido sustraído a otras tareas para que su vida entera esté dedicada al ministerio de la Palabra.

De hecho, comprobamos que, si bien no tiene inconveniente en trabajar con sus manos para procurarse el sustento y no ser gravoso a nadie, en cuanto tiene posibilidad se deja absorber por la tarea evangelizadora. Así, por ejemplo, durante su estancia en Corinto, Pablo trabaja como tejedor de tiendas (He. 18, 3); pero cuando Silas y Timoteo llegaron de Macedonia trayendo ayudas materiales «Pablo se dedicó enteramente a la Palabra» (He. 18,5)

«La fe viene de la predicación» (Rom. 10,17)

Esta insistencia de San Pablo en la importancia del valor de la evangelización nace de una convicción fundamental: la predicación está en la base de todo; es el cimiento del edificio de la vida cristiana de cada hombre y de la vida de la Iglesia toda (1 Cor. 3,10).

Es muy significativa en el texto de Rom. 10,13-17 la concatenación de los verbos: al «ser enviado» sucede el «predicar»; al «predicar» sucede el «oír»; al «oír» sucede el «creer»; al «creer» sucede el «invocar»; y al «invocar» sucede el «ser salvado». En consecuencia, todo arranca de la predicación. La fe es la que justifica al hombre y le reconcilia con Dios, hace del hombre una criatura nueva; ahora bien, la fe es esencialmente acogida del kerygma, es decir, del anuncio de Cristo muerto y resucitado para nuestra salvación (este es el «Evangelio» que Pablo predica y en el que invita a todos a creer, cuyo resumen más antiguo encontramos en 1 Cor. 15,3-5; ver desde el v. 1 hasta el 11).

Pues bien, es a esta misión sublime a la que Pablo se sabe llamado sobre todo. Pues sin la evangelización -sin el anuncio de Cristo- no puede suscitarse la fe, ni -en consecuencia- tampoco la vida cristiana en toda su extensión, ni puede construirse la comunidad cristiana, ni es posible la salvación... Ciertamente podrá haber «diez mil pedagogos» que eduquen y cultiven la vida en Cristo; pero esta vida no existirá sin alguien que -mediante el anuncio del Evangelio- la «engendre» en el corazón de los hombres (1 Cor. 4,15).

Será preciso que alguien «riegue», abone y cuide la planta de la fe y de la vida nueva en Cristo; pero todo ello sería inútil y sin sentido si no fuera porque alguien antes «ha plantado» mediante la predicación la semilla de la fe y la raíz de la vida nueva (1 Cor. 3,6)

«Anunciar la inescrutable riqueza de Cristo» (Ef. 3,8)

Ya hemos visto cómo el contenido de la predicación de Pablo no es otro que la persona de Jesucristo y su obra de salvación en favor de los hombres: «yo, hermanos, cuando fui a vosotros... a anunciaros el misterio de Dios, no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo» (1 Cor. 2,1-2).

Lo que llena de admiración a Pablo es el hecho de que «ahora», precisamente en los días de su vida, haya sido revelado y dado a conocer por Dios el «Misterio», ese maravilloso plan de salvación que Dios tenía concebido en su designio «desde siglos eternos»; ese grandioso e increíble proyecto de ofrecer la salvación a todos, también a los gentiles (y no sólo a los judíos como creían los miembros del pueblo de la antigua alianza), mediante la fe en Jesucristo (Rom. 16,25-27; Ef. 3,3-12).

Pero lo que sobre todo le hace enloquecer es que además haya sido elegido precisamente él para la misión maravillosa de anunciar a los gentiles este misterio y conducirlos así a la fe y a la salvación: «a mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo» (Ef. 3,8).

Este hecho le llena de gratitud y de gozo. Pero sobre todo le impulsa a entregar todas sus energías al servicio de la evangelización. Como un hombre que en medio de una epidemia mortal y muy extendida tuviera en sus manos el remedio para curarla de raíz. Pablo sabe que en medio de esta humanidad sumergida en el pecado (Rom. 1,18-3,20; ver especialmente 3,10) es portador de la única medicina capaz de salvar: «el Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación» (Rom.1,16). Y ello por pura gracia, sin mérito alguno de su parte (pues, como vimos, él ha sido el primer sanado por esta medicina: 1 Tim. 1,12-16).

«Heraldo de Cristo» (1 Tim. 2,7)

Para exponer el sentido de su tarea de evangelizador Pablo encuentra una expresión que gusta aplicarse a sí mismo: heraldo (keryx; aunque el sustantivo sólo aparece tres veces, el verbo, Keryssein -«proclamar»- lo usa 19 veces).

El heraldo era un mensajero que en nombre del emperador anunciaba al pueblo un mensaje que les afectaba para su vida; en realidad, él era un instrumento por cuya mediación la voz del gobernante llegaba al pueblo; no proclamaba sus propias convicciones, sino que era el portavoz del rey y hablaba con su autoridad.

Al principio sólo se les exigía tener buena voz, una voz clara y potente. Pero como a veces el heraldo exageraba o deformaba las noticias, comenzó a exigírseles fidelidad a las instrucciones recibidas de su superior, tanto en el contenido como en el modo de anunciarlo; no podían añadir ni quitar nada por propia iniciativa, pues su anuncio no tenía origen en ellos mismos...

Pues bien, Pablo tiene conciencia de hablar como heraldo de Cristo. Pero lo que transmite no es una información cualquiera, sino la noticia de un acontecimiento (la muerte y la resurrección de Jesús) a través del cual Dios ha comenzado su intervención definitiva en la historia; y este acontecimiento es de tal importancia que si no fuera real, toda la predicación carecería de sentido (1 Cor. 15,14). Además, es un mensaje que afecta a toda la humanidad, pues habiendo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación, Cristo comunica su victoria a los que le acogen por la fe (Rom. 4,23-25).

Como mensajero personal de Cristo, Pablo sabe que él es puro instrumento e intermediario; instrumento necesario, desde luego, pues «¿cómo creerán en Aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?» (Rom. 10,14); pero instrumento al fin. Y como tal, es consciente de que está al servicio de un diálogo que debe instaurarse entre Dios y los hombres: a través de él Dios habla a los hombres -a cada hombre-, y estos deben dar una respuesta personal al Dios que les dirige su palabra, mediante lo que Pablo llama la «obediencia de la fe» (Rom. 1,5; 16,26). Por medio de él se inicia ese «diálogo de salvación» en el que los hombres son urgidos a dar la respuesta de fe que les introduzca en el acontecimiento que transformará tanto sus vidas como la historia misma del mundo. La predicación es absolutamente necesaria para que se inicie ese diálogo de fe y salvación: «plugo a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Cor. 1,21). Los hombres sólo pueden ser salvados si les son enviados mensajeros que les anuncien con autoridad la Buena Nueva (Rom. 10,14-17).

«Habla Cristo en mí» (2 Cor. 13,3)

Como heraldo de Cristo, Pablo tiene perfecta conciencia de estar transmitiendo Palabra de Dios, no su propia palabra, fruto de su personal elucubración. Espontáneamente dirá: «os decimos esto como Palabra del Señor» (1 Tes. 4,15). Es y quiere ser fiel a toda costa, transmitiendo todo y sólo aquello que ha recibido (1 Cor. 11,23; 15,3: las palabras «recibir-transmitir» son términos técnicos usados entre los rabinos para expresar la absoluta fidelidad).

En 1 Tes. 2,13 da gracias a Dios porque los tesalonicenses recibieron su predicación «no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios». Ciertamente se trataba de un mensaje salido de sus labios, anunciado por un hombre; pero él sabe muy bien que no es su mensaje particular, sino la Palabra de Dios mismo. Porque, como en el caso de los antiguos profetas, Dios mismo ha puesto sus palabras en la boca de su enviado (Jer. 1,9). Y Pablo podría repetir con toda verdad lo que Jesús mismo había dicho: «Mi palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn. 7,16; 8,28).

Precisamente por eso, reacciona con tanta energía cuando alguien deforma o trastoca el único Evangelio que salva. Porque lo que él predica no tiene su origen en los hombres, sino en Jesucristo mismo (Gal. 1,11), afirma con violencia: «aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!» (Gal. 1,8).

Pues hay más. No sólo transmite Pablo las palabras de Cristo, sino que afirma que es Cristo mismo quien habla en él (2 Cor. 13,3). Quien afirma: «vivo, no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal.2,20), dice también «habla Cristo en mí». Hay tal identificación entre Cristo y su enviado, que ya no son dos, sino una sola cosa. El evangelizador es como un sacramento de Cristo. En él y a través de él es Dios mismo quien exhorta (2 Cor. 5,20).

Quizá por esta identificación de Pablo con Cristo es por lo que insiste tantas veces a lo largo de sus cartas: «imitadme» (1 Cor. 4,16; Fil. 3,17; 2 Tes. 3, 7). Lo que podría parecer presunción suya, tiene en realidad un significado muy profundo: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor. 11,1). De este modo, el Evangelio que Pablo predica no es sólo palabras, sino Palabra hecha carne y vida; el anunciar ese Evangelio hecho realidad; de este modo, él mismo se había convertido en Evangelio, en Palabra; dejando vivir a Cristo en sí mismo (Gal. 2,20), podía presentarse a sí mismo como modelo y ejemplo de una existencia auténticamente cristiana y evangélica.

Papa: oración fundamento del ecumenismo

Papa: homogeneidad en las decisiones entre Rota y los tribunales locales

Día 28 / Tienes un mensaje: Evangelio y reflexión para hoy

Día 28 / Buenos días, Señor: Oración pidiendo sabiduría

Benedicto XVI: La ciencia no puede ser manipulada ideológicamente

Discurso de Benedicto XVI en el congreso por los 25 años de la promulgación del Código de derecho canónico

En la plaza de San Pedro Benedicto XVI libera dos palomas por la paz con la Acción Católica de jóvenes

Conversiones por la oración ante la Eucaristia / Autor: P. Ángel Peña Benito, O.A.R.

Refieren los biógrafos de S. Antonio de Padua que, estando en Rímini en 1225, un hereje albigense, llamado Boniville, negaba la presencia de Cristo en la Eucaristía y le pedía una prueba convincente. El hereje llevó a la plaza su mula, a la que había dejado tres días sin comer, Y le llevó un saco de cebada al tiempo que S. Antonio llevaba el Santísimo
Sacramento, y la mula dejando sin probar la cebada, se arrodilló a su manera ante la Eucaristía. A la vista de este milagro, se convirtió Boniville con varios de sus seguidores. Y allí se construyó una capilla para recordar el milagro.

Cuando el santo cura de Ars llegó a ese pequeño pueblo francés, apenas tres o cuatro ancianas iban a misa. El, entonces, se dedicó a pasarse muchas horas de adoración ante el Santísimo y siempre con el rosario entre las manos y los ojos fijos en el sagrario. Poco a poco, la gente empezó a ir a la Iglesia y a querer confesarse. Así empezó un ministerio
de confesión que lo hizo famoso, pues venían hasta de los últimos rincones de Francia y del extranjero para ver y oír a aquel sacerdote con fama de santo, que tanto amaba a Jesús sacramentado.

Algo parecido sucedió en el pueblo de S. Giovanni Rotondo con el famoso
P. Pío de Pietrelcina, capuchino estigmatizado. Cuando El llegó, era
un pueblo desconocido; hoy es un centro espiritual, sanitario y cultural
de fama internacional. ¿Qué es lo que hizo el milagro? El P. Pío,
sencillo y enfermizo, se pasaba las horas ante el sagrario, orando por los
pecadores y sufriendo por ellos.Poco a poco, la gente comenzó a visitarlo para confesarse con él. Y, como le había sucedido al cura de Ars, tuvo que dedicar sus horas libres a confesar. El 20 de septiembre de 1918, estando en oración ante el Santísimo, recibió de Jesús las santas llagas en manos, pies y costado.

Y ¿qué hizo que el Bto Damián de Veuster convirtiera el infierno de
Molokai, la isla de los leprosos, en un lugar digno de vivir? Su amor a la
Eucaristía. El decía: "Sin la presencia de Jesús en mi pobre capilla
jamás hubiera podido mantener unida mi suerte a la de los leprosos de
Molokai". Es por esto también que la M. Teresa de Calcuta, exige a sus
hermanas una hora de adoración diaria ante el Santísimo para tener
fuerza, para poder servir a los más pobres de entre los pobres.

Elizabeth Ann Seton, la primera santa norteamericana, se convirtió a la
Iglesia católica por la Eucaristía. Después de la muerte de su esposo
en Italia, regresó a Nueva York y buscó la paz en su propia Iglesia
episcopal. Un día se sentó en una silla de su iglesia, desde donde podía
ver la torre de la vecina iglesia católica, y mirando el altar vacío de
su iglesia, comenzó a hablar con Jesús, presente en el Santísimo de la
iglesia católica cercana. Así empezó a sentir amor a Jesús Eucaristía,
que la atraía como un imán, y éste fue el comienzo de su conversión.

Otro convertido es el músico judío Herman Cohen, nombrado maestro de
capilla de la iglesia de S. Valerio de París, que sintió por dos veces
una emoción extraordinaria en el momento de la bendición con el Santísimo
Sacramento. El 28 de agosto de 1847 fue bautizado por el sacerdote,
también judío convertido, S. Alfonso de Ratisbona. Después se hizo
carmelita descalzo con el nombre de P. Agustín María del Sacramento.

Poema de las manos / Autor: P. Miguel Segura

¡Las manos! Obreras inquietas, regalo de Dios. Se abren, se cierran pero siempre son caricia, consuelo, amor.
Manos maternales que brindan calor.
Manos que se extienden, donando perdón
Manos de maestro, que saben decir.
Manos que suplican, mirando hacia Dios.
Manos cansadas de tanto esperar...
cerrarse algún día apretando el pan.
Manos temblorosas ante la maldad porque han nacido para acariciar.
Manos enlazadas en una oración.
Manos que se mueven pidiendo perdón
Manos suaves, manos de novia que estrechan una rosa con néctar de amor.
Manos duras, callosas, pesadas; manos de labriego que oscurece el sol.
Manos de poeta que sueñan y cantan
Manos que golpean frente a la ansiedad.
Manos musicales que vibran y ríen porque han nacido para recrear.
Manos que levantan al hombre caído.
Manos enfermeras que saben curar.
Manos de médico que cortan y sanan porque son las manos de la humanidad.
Manos religiosas, manos consagradas que tienen el gesto de saber rezar.
Manos siempre limpias, manos siempre blancas... manos que se abren y nos dan el pan.
Manos prodigiosas, las más bellas manos de la amistad.

En qué consiste el Reino de Cristo / Autor: Benedicto XVI

Intervención con motivo del Ángelus

Publicamos las palabras que dirigió Benedicto XVI este domingo antes y después de rezar la oración mariana del Ángelus junto a miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:


En la liturgia de hoy, el evangelista Mateo, que nos acompañará durante todo este año litúrgico, presenta el inicio de la misión pública de Cristo. Consiste esencialmente en la predicación del Reino de Dios y en la curación de los enfermos, mostrando que este Reino está cerca, es más, ya ha llegado entre nosotros.

Jesús comienza predicando en Galilea, la región en la que creció, territorio que está en «las afueras» del centro de la nación judía, que es Judea, y en ella Jerusalén. Pero el profeta Isaías había preanunciado que esa tierra, asignada a las tribus de Zabulón y de Neftalí, tendría un futuro glorioso: el pueblo en tinieblas habría visto una gran luz (Cf. Isaías 8, 23-9,1), la luz de Cristo y de su Evangelio (Cf. Mateo 4, 12-16).

El término «evangelio», en los tiempos de Jesús, era utilizado por los emperadores romanos para hacer sus proclamas. Independientemente del contenido, eran definidos como «buenas nuevas», es decir, anuncios de salvación, pues el emperador era considerado como el señor del mundo y cada uno de sus edictos era portador de bien. Aplicar esta palabra a la predicación de Jesús tuvo, por tanto, un sentido fuertemente crítico, era como decir: «Dios, y no el emperador, es el Señor del mundo y el verdadero evangelio es el de Cristo».

La «buena nueva» que Jesús proclama se resume en estas palabras: «El reino de Dios --o reino de los cielos-- está cerca» (Mateo 4, 17; Marcos 1, 15). ¿Qué significa esta expresión? Ciertamente no indica un reino terreno, delimitado en el espacio y en el tiempo, sino que anuncia que Dios reina, que Dios es el Señor y que su señorío está presente, es actual, se está realizando.

La novedad del mensaje de Cristo es por tanto que Dios se ha hecho cercano en Él, que ya reina entre nosotros, como lo demuestran los milagros y las curaciones que realiza. Dios reina en el mundo a través de su Hijo, hecho hombre, y con la fuerza del Espíritu Santo, que es llamado el «dedo de Dios» (Cf. Lucas 11, 20).

Allí donde llega Jesús, el Espíritu creador trae vida y los hombres quedan curados de las enfermedades del cuerpo y del espíritu. El señorío de Dios se manifiesta entonces en la curación integral del hombre. De este modo, Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia por cada ser humano; el Dios que nos dona la vida en abundancia, su misma vida. El reino de Dios es, por tanto, la vida que vence a la muerte, la luz de la vedad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira.

Pidamos a María santísima que obtenga siempre para la Iglesia la misma pasión por el Reino de Dios que alentó la misión de Jesucristo: pasión por Dios, por su señorío de amor y de vida; pasión por el hombre, con el que se encuentra verdaderamente con el deseo de entregarle el tesoro más precioso: el amor de Dios, su Creador y Padre.

[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En italiano, comenzó diciendo:]

Saludo con mucho afecto a los niños y muchachos de la Acción Católica de Roma, que como todos los años han venido al concluir el «Mes de la Paz», acompañados por el cardenal vicario, por sus padres y educadores. Dos de ellos están a mi lado. Me han presentado un mensaje y dentro de poco me ayudarán a liberar el vuelo de dos palomas, símbolo de la paz. Queridos pequeños amigos: sé que estáis comprometidos a favor de vuestros coetáneos que sufren a causa de la guerra y de la pobreza. ¡Seguid por este camino que Jesús nos ha indicado para construir la verdadera paz!

Hoy se celebra la Jornada Mundial de los Enfermos de Lepra, comenzada hace 55 años por Raoul Follereau. A todas las personas que sufren por esta enfermedad dirijo mi afectuoso saludo, asegurando una oración especial por ellos, que ofrezco también por todos los que están comprometidos a su lado de diferentes maneras, en particular a los voluntarios de la asociación Amigos de Raoul Follereau.

El lunes pasado, 21 de enero, dirigí a la diócesis y a la ciudad de Roma una Carta sobre la tarea urgente de la educación. Quise ofrecer de este modo mi contribución particular a la formación de las nuevas generaciones, compromiso difícil y crucial para el futuro de nuestra ciudad. El sábado, 23 de febrero, mantendré un encuentro durante una audiencia especial en el Vaticano con todos los que, como educadores o como niños, adolescentes y jóvenes en formación, participan directamente en el desafío educativo, y les entregaré simbólicamente mi carta.


[Hablando en francés, dijo:]

Os saludo, queridos peregrinos de lengua francesa, congregados con motivo de la oración del Ángelus. En este domingo, en el que celebramos la 55ª Jornada Mundial de los Enfermos de Lepra, invito a los responsables políticos y sanitarios a comprometerse aún más en los cuidados a los que padecen la enfermedad. Que todos nuestros contemporáneos estén junto a sus hermanos y hermanas en humanidad. Cada uno de vosotros está llamado por Cristo y debe ser un misionero de la buena nueva, con la palabra y con la caridad activa. Con mi bendición apostólica.

[El Papa habló luego en cinco idiomas. En español, dijo:]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. Os invito a que, teniendo presente la llamada a la conversión que Jesús nos dirige hoy en el Evangelio, pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros ante su Hijo para que, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, podamos responder también nosotros con generosidad a nuestra vocación cristiana y dar frutos abundantes de santidad. ¡Feliz domingo!

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[Traducción del original plurilingüe realizada por Jesús Colina

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

jueves, 24 de enero de 2008

Iniciador del Octaviario centró obra en Reconciliación

¿Y quiénes son los pobres? / Autor: Carlos Padilla LC

“Sería mejor darlo a los pobres”, “hay que trabajar por los pobres” “pensemos primero en los pobres”, “hay que hacerse pobre…”. Todas son frases muy usadas, escuchadas a menudo pero desprovistas de un verdadero rostro. Todas usan ese término: “pobres”, en abstracto. Pero… ¿quiénes son los pobres?

¿Es la pobreza un estado o una virtud? ¿Es alcanzable o se debería huir de ella? Y suponiendo que quisiese conseguirla ¿la esposa estará de acuerdo en vivir con menos cosas? ¿Hay diversos modos de vivir la pobreza? ¿O es la misma pobreza la de san Francisco de Asís, la Madre Teresa, los ciudadanos del tercer mundo, los desempleados, los virtuosos, o los mendigos de los puentes?

Con un planteamiento así la pobreza se nos presenta con un rostro completamente diverso al trazado por nuestra traicionera imaginación. Curiosamente al escuchar “pobreza” vienen a la mente telas roídas, caras pálidas y desnutridas, llagas abiertas, costillas esqueléticas... La pobreza en cambio, también puede ser virtud, de lo contrario estaría reservada a unos cuantos.

Es virtud cuando se convierte en una disposición constante del alma que orienta rectamente los deseos y el apego a las riquezas y cosas de este mundo (Catecismo de la Iglesia Católica 2545). Forja un gran hábito el que se ejercita en el desprendimiento y la renuncia de lo que no es fundamental. Siguiendo este sendero la pobreza le fue posible al arquitecto más grande del siglo XX, al artífice de la futura catedral de Barcelona, “La Sagrada Familia”.

Su nombre: Antonio Gaudí, su siglo: ¡El nuestro! Era el artista más renombrado de la ciudad, su originalidad y talento le situaron en la cúspide de la fama. Le llovían trabajos con remuneraciones magníficas, estaba a cargo de obras de envergadura, materialmente no le faltaría nada, podría resolver su vida y la de las cuatro generaciones subsiguientes. ¡Todo resuelto, a disfrutar se ha dicho!

El arquitecto de Dios, el viejo de la barba blanca y los ojos de un color azul encendido, eligió otro camino. Una senda estrecha pero libre, exigente pero feliz, congruente y generosa. Optó por una pobreza digna y elocuente. Vivió sus últimos años en un pequeño cuarto debajo de la catedral, tal como lo atestiguan las hermanas religiosas que lo conocieron. “Cuando fuimos no encontramos nada, ni un bote, ni una cuchara, ni un trozo de papel, nada. Apenas tenía nada ni para encender el fuego”.

Gaudí es ejemplo de una pobreza callada y desprendida de todo lo superfluo. Pobre es aquél que teniendo bienes, sólo los usa en la medida en que estrictamente los necesita. Al pobre por virtud le basta lo indispensable y cuando incluso eso le falta le sobra amor para suplir aquel hueco material.

Hay muchos casos así, hombres de nuestro tiempo, emprendedores, luchadores, empresarios o profesionistas de éxito que arrancan de su corazón y su vida lo inútil, lo superfluo, lo cómodo. Saben dar a los demás con generosidad y a la vez administrar con responsabilidad y competencia. Buscan fortalecer sus empresas para así dar más trabajo a la gente. No dan el pescado: enseñan a pescar, alimentan el capital, no lo destruyen. El objetivo es socorrer convenientemente a los necesitados y acortar (no solo por unas semanas) las distancias entre unos y otros.

Constituirse pobre con el pobre significa promover su bienestar, el de su persona como el de su familia y entorno, establecer bases equitativas en las relaciones entre patronos y obreros, vivificar y robustecer en los unos y en los otros la conciencia de los propios deberes y la observancia de los preceptos evangélicos. El hombre, sea pobre o rico, que se hace sordo al clamor de sus hermanos limita la visión de sí mismo y de los demás. Es un ciego engañado en la sombra efímera que le presentan los bienes del dinero, el poder y los placeres.

La pobreza en esa perspectiva es activa. No se duerme bajo las llagas de la miseria ni se acomoda en un egoísta “tengo lo necesario apenas para mí, los demás que se las arreglen”.

Por ello para cultivar con integridad esta virtud y evitar todo individualismo, la pobreza viaja acompañada de la caridad, de la generosidad. Hay pobres en lo material que son también ejemplares en la aceptación de su estado. Agradecen todos los dones, aprecian las ayudas, se esfuerzan por superarse y, lo que es más importante, acompañan sus carencias materiales con una ancha pobreza de espíritu. Por eso no caben en sus pechos los celos, la envidia, el odio hacia el rico, el burgués, el jefe, el sistema, el gobierno y un largo etcétera de posibles culpables. El pobre que desea con rabia lo es sólo en los bolsillos, el pobre que desea vaciarse para enriquecer su corazón lo es en plenitud ¡Ese es pobre virtuosamente!

Entonces, las cosas materiales, ¿estorban? ¿Son el cáncer de este mundo, la enfermedad del espíritu? San Ignacio de Loyola, con sus ejercicios espirituales, nos contestaría: “Tanto en cuanto, hermano mío, tanto en cuanto”. Lo material es bueno o malo en tanto en cuanto me lleve a mi Creador o me aleje de Él. En acercarme a mi Creador se encierra mi ideal, mi prójimo, mi felicidad. “Soy más feliz mientras más doy. Dar lo que tengo, lo que soy, lo que puede servirte, lo que puede llevarnos, a los dos, a nuestra máxima plenitud”.

El hombre vale más que sus bolsillos, sea que estos estén llenos o agujereados, porque el peso del hombre está en su corazón.

Señor, Tú que te hiciste pobre para enriquecernos a todos, ¡enséñame a seguir Tu ejemplo y vivir tu bienaventuranza!

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3).

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Fuente: GAMA - Virtudes y valores

El Papa recibe al grupo de trabajo conjunto Iglesia católica-Consejo mundial de las Iglesias