Perder la vida por Cristo
Cristo quiere iluminar la mente de Pedro. Nosotros decidimos si perseveramos poniéndonos a los pies del Señor para que nos haga ver con sus ojos todas las cosas y vacíe de pensamientos vanos la mente. Pedro no es satanás pero sus pensamientos si vienen de él para desviarlo del camino y hacer que no cumpla la voluntad de Dios. Por eso, Jesús proclama con profundidad lo que supone ser discípulo suyo en Marcos, 7, 34-38:
"Luego llamó Jesús a sus discípulos y a la gente, y dijo:
–El que quiera ser mi discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y del evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? O también, ¿cuánto podrá pagar el hombre por su vida?Pues si alguno se avergüenza de mí y de mi mensaje delante de esta gente infiel y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre y con sus santos ángeles."
Para poder perder la vida por causa del evangelio es imprescindible invocar al Espíritu Santo que mora en nosotros y que nos capacite para ser testigos en todo momento y lugar del Amor del Padre y de Cristo Resucitado. San Pablo lo refleja en Romanos 8, 5-8, 12-17:
"Los que viven conforme a lo débil de la condición humana se preocupan solo de las cosas humanas; pero los que viven conforme al Espíritu se preocupan de las
cosas del Espíritu. Ahora bien, preocuparse sólo de lo que es humano lleva a la muerte; en cambio, preocuparse de las cosas del Espíritu lleva a la vida y la paz. Los que se preocupan sólo de las cosas humanas son enemigos de Dios, porque ni quieren ni pueden someterse a su ley. Por eso, los que viven sometidos a los deseos de la débil condición humana no pueden agradar a Dios......
Así pues, hermanos, tenemos un deber, que no es el de vivir conforme a los deseos de la débil condición humana. Porque si vivís conforme a esos deseos, moriréis; pero si los hacéis morir por medio del Espíritu, viviréis.
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud que os lleve otra vez a tener miedo, sino el Espíritu que os hace hijos de Dios. Por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: “¡Abbá!, ¡Padre!” Este Espíritu es el mismo que se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y por ser sus hijos tendremos también parte en la herencia que Dios nos ha prometido, la cual compartiremos con Cristo, si en verdad sufrimos con él para después estar con él en su gloria." El apóstol de los gentiles explica en la práctica cómo vivir en Cristo Jesús en Efesios 4, 17-31:
Así pues, en el nombre del Señor os digo y encargo que no viváis más como los paganos, que viven de acuerdo con sus vanos pensamientos y tienen oscurecido el entendimiento. No gozan de la vida que procede de Dios, porque son ignorantes a causa de lo insensible de su corazón. Se han endurecido y se han entregado al vicio, cometiendo sin freno toda clase de acciones impuras. Pero vosotros no conocísteis a Cristo para vivir de ese modo, si es que realmente oísteis acerca de él; esto es, si de Jesús aprendisteis en qué consiste la verdad. En cuanto a vuestra antigua manera de vivir, despojaos de vuestra vieja naturaleza, que está corrompida por los malos deseos engañosos. Debéis renovaros en vuestra mente y en vuestro espíritu, y revestiros de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se manifiesta en una vida recta y pura, fundada en la verdad.
Por lo tanto no mintáis más, sino que cada uno sea veraz cuando hable con su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo. Si os enojáis, no pequéis: procurad que el enojo no os dure todo el día. No deis oportunidad al diablo. El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo que compartir con los necesitados.
No digáis palabras groseras, sino solo palabras buenas y oportunas que ayuden a crecer y traigan bendición a quienes las escuchen. No hagáis entristecer al Espíritu Santo de Dios, con el que habéis sido sellados para distinguiros como propiedad de Dios el día de vuestra liberación definitiva.
Echad fuera de vosotros la amargura, las pasiones, el enojo, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sed buenos y compasivos unos con otros, y perdonaos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.
Resurgir de la prueba por la oración
Aun intentando llevar una vida espiritual equilibrada podemos caer presos de la ceguera del espíritu del mundo. No obstante, la constancia y la limpieza de corazón son decisivas para que Dios pueda rescatarnos de una caída acontecida de forma indeseada.
Un matrimonio joven con varios hijos pequeños ha vivido hace unas semanas uno de los golpes más habituales del espíritu del mundo, que la sociedad acepta como normal y fruto de la libertad y el progreso.Se casaron, vírgenes, comprometidos ambos en un movimiento de la iglesia. Su matrimonio quería ser un canto de alabanza a Dios para siempre, un testimonio vivo de su amor. Eso ha sido durante tiempo. Hace poco, una mujer muy joven y atractiva, que trabajaba con el esposo de éste matrimonio, se separó de su marido. Le sedujo de tal forma que se dispuso a abandonar a su mujer.
La joven esposa acudió al sacerdote de la parroquia donde estaban comprometidos como familia cristiana. El párroco habló con el esposo y se dio cuenta que aquel hombre seguía amando a Dios, a su esposa y a sus hijos, aunque había quedado enamorado y apegado físicamente a la compañera de trabajo. Después de la conversación, el hombre volvió a su casa y decidió marchar. Era un jueves por la noche. La esposa llamó al sacerdote para explicarle que su marido se había ido de casa. El párroco le dijo a la desesperada mujer que había que orar con confianza porque Dios no quería eso y su marido estaba atrapado por una ceguera espiritual reversible.
Cinco días después, el martes, el hombre vuelve al párroco para explicarle lo que le ha sucedido. Cuando llegó a la casa de su compañera de trabajo para quedarse a vivir se sintió muy extraño, como fuera de lugar, pese a eso, el tercer día, el domingo decide ir a buscar todas las cosas a su casa para abandonar el hogar definitivamente. Al llegar al domicilio vió salir a su esposa y a sus hijos y al entrar en la vivienda se sintió conmovido. Se sentó y vió como su mente se iluminaba y se daba cuenta profundamente, que lo que estaba haciendo era un error. Dios mismo le mostró que su felicidad y su amor estaban unidos a su familia. Decidió quedarse para seguir disfrutando de un hogar en el que nunca había habido ningún problema.
Si el deseo profundo de nuestro corazón es vivir unidos a la voluntad de Dios manifestada en Cristo Jesús, no debemos temer a nada ni a nadie. S. Pablo lo confirma en Romanos 8, 35-39:
"¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la muerte violenta...? Como dice la Escritura:
“Por causa tuya estamos siempre expuestos a la muerte;
nos tratan como a ovejas llevadas al matadero.”
Pero en todo esto salimos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Estoy convencido de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente ni lo futuro, ni lo alto ni lo profundo ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús, nuestro Señor!"
Oremos con un texto de Marcelo A. Murúa pidiendo que el Espíritu de Dios nos lo enseñe todo:
Danos tu Espíritu
Danos tu Espíritu,
Señor de la Vida.
El Espíritu que nos llena el corazón
para seguir tus pasos y vivir el evangelio.
El Espíritu que guió tu camino,desde la concepción,
llenando la vida de María,tu madre y madre nuestra.
El Espíritu que acompañó tu crecimiento
en estatura, gracia y sabiduría,en los años sencillos de Nazaret.
El Espíritu que te orientó hacia el desierto para meditar el llamado y salir a la predicación.
El Espíritu que te daba fuerzas,aliento y ánimo
para anunciar el Reino y construirlo con gestos de vida solidaria.
El Espíritu que te enseñó a descubrir a Dios en los pobres y sencillos,
y alabar al Padre,como María en el Magnificat.
El Espíritu que te alentó en tu hora
y que pusiste en las manos del Padre,como signo definitivo de tu entrega.
Señor, danos tu Espíritu.
Nos has prometido un compañero,un guía, un defensor, un maestro.
Envía tu Espíritu a nuestras comunidades.
Lo esperamos con ansías, lo buscamos con alegría,
queremos llenarnos de su pasión por la Vida.
Renueva nuestra esperanza,
ayúdanos a caminar en los conflictos,
enséñanos la fidelidad al Evangelio en estos tiempos difíciles.
Queremos construir el Reino,
ofrecer al mundo los frutos de tu presencia.
Dios de la Vida, danos tu Espíritu,
para que nos haga nuevos,
para que nos impulse a la misión,
para que seamos testigos,hermanos y mensajeros.
Para que vivamos en el Espíritu de Jesús
y él nos muestre las huellas del Reino en la sociedad que vivimos.